¡En París se han vuelto locos!

Una mentira bienintencionada convirtió el Tour en una carrera inmortal. «Lo repito: usted está loco». Alphonse Steinès era un hombre obstinado. Se presentó en la redacción de L’Auto, en el Faubourg Montmartre de París a comienzos de enero de 1910 con una idea nueva: franquear los Pirineos. «O está loco o las fiestas de Año Nuevo le han perturbado el espíritu». Pero Henri Desgrange, el patrón, siempre guardaba una carta en la manga. Permitió que su colaborador viajara al sur para explorar el terreno. En Eaux Bonnes buscó al ingeniero jefe de caminos de la zona. Le expuso sus planes. «¿Que quiere que los ciclistas suban el Aubisque? ¡En París se han vuelto locos!». Steinès le preguntó cuánto costaría arreglar la carretera. Luego regateó la cantidad. Prometió dos mil francos. Al día siguiente, solventado el problema del Aubisque, alquiló un Mercedes con un chófer que se apellidaba Dupont para ascender el Tourmalet. A cuatro kilómetros de la cima, la nieve impedía el paso. Eran las seis de la tarde. «Dupont, dé usted la vuelta y espéreme en Barèges. Yo sigo a pie». Caía la noche y Steinès se aventuró, con zapatos de calle y un bastón en la mano, la nieve hasta las caderas.

El Tourmalet es la esencia del Tour, pertenece al paisaje de la carrera más importante del mundo. Desde la mentira de Alphonse Steinès. «¿Quién va?». Una voz surge en el camino a Barèges, las primeras luces a cien metros. Nadie responde. «¿Quién va?, que lo estoy apuntando». Por fin la respuesta: «Soy un viajero extraviado. Vengo de atravesar el Tourmalet». Era Steinès, perdido durante horas. Su interlocutor, monsieur Lanne-Camy, corresponsal de L’Auto, el periódico de Steinès, avisado por el chófer del tenaz redactor, empeñado en atravesar el monte a pesar de la nieve.

Después de una reconfortante cena a las tres de la madrugada, y de un baño caliente, urdió el embuste que cambió la historia del Tour. Fue un telegrama a la redacción del periódico: «Atravesado el Tourmalet. Stop. Muy buena carretera. Stop. Perfectamente practicable. Stop. Firmado: Steinès». No hablaba de las penurias de su travesía, ni de la nieve, ni del camino de cabras hacia la cima. Ni de los osos que abundaban en los bosques del «mal rodeo», la traducción de Tourmalet en el dialecto de la Gascuña. Se había empeñado en incluir los Pirineos en el recorrido del Tour a pesar de las reticencias de Henri Desgrange.

Octave Lapize fue el primero en atravesarlo en 1910. Es la cima pirenaica más frecuentada, la preferida de Bahamontes, que ascendió en cabeza cuatro veces, una de ellas junto a Julio Jiménez.

El Tourmalet es el escenario de grandes gestas, de descalabros espectaculares. Hasta de arranques de soberbia, como el de Eddy Merckx en 1969. Vestía de amarillo, dominaba en el asalto a su segundo Tour. Marchaba escapado junto a Martin Vanden Bossche, su compañero de equipo, que tiró de él durante toda la ascensión.

El gregario esperaba un detalle de su líder. Lo habitual: pasa tú primero por la cima. Pero no. Merckx conocía la «traición» de Vanden Bossche, en conversaciones para cambiar de equipo. A unos metros de la cima, el Caníbal acelera y se va en solitario. Desciende a velocidad de vértigo. Aumenta su ventaja sobre sus perseguidores, y aún más en el Soulor y el Aubisque. A 15 kilómetros de la llegada en Mourenx se acerca al coche de su director, Guillaume Driessens y le dice: «Esto se acaba, no sé si voy a poder llegar. Estoy muerto». La respuesta es contundente: «No lo pienses. Los demás están más muertos que tú». Llega a la meta y su ventaja sobre sus perseguidores es de más de siete minutos. «Hemos corrido mucho», diría luego Roger Pingeon. «Me pregunto qué debía tener Merckx en sus piernas.» Mata el Tour en una estocada genial, pero llena de soberbia. Años después Merckx se lamentaría de su actitud.

El Tourmalet es también el escenario de la primera gesta de Miguel Indurain. Criticados los españoles en Jaca, por no atacar en la etapa con final en España, Greg Lemond se perfila de nuevo como favorito en la etapa con meta en la cima de Val Louron. Asciende el Tourmalet en cabeza. Indurain observa algo en la actitud del estadounidense. Capta su debilidad, las piernas hinchadas. A quinientos metros de la cima el navarro acelera. Le sigue un grupo. Lemond intenta responder pero se bloquea, se sienta sobre el sillín. Sigue a su ritmo. En la cima solo pierde diecisiete segundos. Se lanza al descenso y enseguida encuentra al grupo. Pero Indurain no está. Ha bajado aún más rápido. Tanto, que el coche de su equipo pierde una bicicleta en una curva y no puede parar a recogerla. «Habéis pasado miedo, ¿no?», le dice Indurain a Echavarri cuando llegan al llano. Nunca se ha visto nada igual. El navarro espera a Chiappucchi. Lemond se hunde. El primer maillot amarillo le espera a Indurain en la cima de Val Louron. Comienza el reinado.