El barril de Dixan, a 555 pesetas
El barril de Dixan de cinco kilos costaba 555 pesetas en Pryca el día que Julián Gorospe se volvió a vestir de líder en la Vuelta a España. Era la segunda vez. Primero fue en Soria donde desbancó a Marino Lejarreta, que durante cinco días encabezó la General. El ciclista de Berriz, a su vez, consiguió descabalgar a Bernard Hinault después de una jornada memorable que finalizó en Viella. Recuerden el podio de aquel día: Lejarreta primero; Gorospe segundo, Delgado, tercero.
El día en que Gorospe volvió a vestirse de amarillo en la Vuelta, un «joven» Manuel Fraga daba un mitin en el Palau Blaugrana de Barcelona. «Fraga amb tothom», decían los carteles publicitarios colocados en la Ciudad Condal por Alianza Popular. En el País Vasco, sin embargo, la actualidad política se veía eclipsada por la deportiva. Incluso la gesta de Gorospe quedó empequeñecida por la del Athletic de Bilbao que, unos días antes, había conseguido en Las Palmas ganar la Liga Española de fútbol.
El día de Gorospe en Valladolid, los rojiblancos rendían visita al lehendakari Garaikoetxea en Ajuria Enea. Javier Clemente le hizo la campaña: «Venimos a presentarle el título al auténtico jefe de nuestro pueblo. Llega en un momento difícil para el pueblo vasco pero todos somos conscientes de que esto va a tirar para adelante y que vamos a seguir siendo los mejores, no solo en el fútbol sino en todo». Tal vez para olvidar las penas, ese mismo día Diego Armando Maradona se compró un BMW que le costó siete millones de pesetas, y no fue en un Pryca, por supuesto.
Cuántas cosas pasaron el día que Gorospe se vistió de amarillo en la Vuelta. Fue tras una contrarreloj que ganó Bernard Hinault, quién si no, en Valladolid. El segundo sector de una etapa que por la mañana salió de León. 134 kilómetros a los que había que sumar los veintidós de la tarde, en los que Julián, que se estaba convirtiendo en un fenómeno de masas, —ya se sabe: guapo, rubio, deportista—, solo perdió diez segundos ante el campeón francés que aspiraba a engordar aún más su abultado palmarés con su segunda victoria en la Vuelta a España, tras de la que había conseguido unos años antes, en 1978, después de un aplastante dominio y trece días de liderato.
A mitad del recorrido, Gorospe se atrevió incluso a ponerse por delante en los tiempos parciales. Acabaría pagando caro ese atrevimiento ante uno de los ciclistas más insaciables que en la historia del ciclismo han sido. Bernard Hinault no esperó mucho. Solo dos días. No tenía demasiado margen de maniobra porque a la Vuelta apenas le quedaban tres jornadas de vida. Fue una carrera cruenta. Basta apuntar un dato: acabaron la Vuelta solo el 59% de los ciclistas que comenzaron. El cálculo es fácil. Tomaron la salida cien y se retiraron cuarenta y uno. Entre ellos un prometedor ayudante de Hinault, Greg Lemond.
El Caimán se tomó la revancha de los abucheos que escuchó a su paso durante muchas etapas, de los constantes ataques de sus rivales españoles, de las críticas de la prensa. Se puso en cabeza del pelotón y que aguantara quién pudiera. En el Pico armó la marimorena; en Serranillos destrozó la carrera. Julián Gorospe desapareció del mapa serrano, perdió el liderato y llegó a más de veinte minutos del campeón que había avisado el primer día: «Vengo a ganar».
A Hinault solo pudieron seguirle Marino Lejarreta y Vicente Belda. Iban con el gancho, aguantando el ritmo infernal del francés enrabietado. La Paramera, el penúltimo puerto, fue escenario de una exhibición de Hinault. Siempre en cabeza, sin levantarse del sillín, impidió que Belda esprintara en la cima. Los puntos de la montaña no le importaban, solo su orgullo. En el velódromo de Ávila volvió a mostrar su rabia. Otra vez fue Belda el que intentó adelantarse para ganar la etapa, las migajas después de una etapa terrible, pero tampoco. Dos potentes pedaladas le bastaron para cazar al rebelde. La etapa era suya, la Vuelta era suya. Gorospe, solo veintiún años, entraba a formar parte de la historia negra de aquella edición. El domingo 8 de mayo, el Ministerio del Interior avisaba en los periódicos: «Hoy hay colegio. Cumple con tus deberes. Vota. Ya sabes: papeleta blanca para Municipios, papeleta sepia para Autonomías». En Madrid, Hinault, que no podía votar, cumplía con su deber de ganar la Vuelta. Meses después, el esfuerzo de Serranillos le pasó factura a su delicada rodilla. No pudo disputar el Tour. Perdió su oportunidad de ganar seis.