Dieta de ciclistas

En los tiempos heroicos del ciclismo, comer era una obsesión. Los ciclistas venían de épocas de hambre, de penurias de guerras civiles y mundiales. Eran hijos de la necesidad. Contaba Antón Barrutia que, en cierta ocasión, con una carrera a la vista, quedó para viajar hasta la salida con su hermano, Cosme, y su amigo Jesús Loroño. La prueba era por la mañana, así que madrugaron y pararon a desayunar en un bar del camino. Los tres pidieron lo mismo: «Pónganos una tortilla de dos huevos y un bidón de zumo de naranja. Para la carrera, prepárenos otra tortilla azucarada», le dijeron al encargado.

Antón añadió: «A mí, además, póngame un filete». Los otros dos le miraron sorprendidos. «Te va a sentar mal», le dijo Loroño. «Me va a sentar estupendamente», replicó Antón. Ese día acabó segundo en la carrera. «Lo que no les había dicho a los otros dos es que ya me había comido otro filete antes de salir».

Cualquier nutricionista se echaría ahora las manos a la cabeza viendo el menú de Barrutia. Y era cuando los ciclistas empezaban a cuidar un poco su alimentación. En las primeras épocas cada cual comía lo que podía. Cuando no existía el avituallamiento y cada ciclista corría por su cuenta, las etapas de más de trescientos kilómetros se soportaban parando en los bares de los pueblos, asaltando los colmados, pidiendo, por favor, algo de comida en las aldeas. Las fotografías sepia del ciclismo antiguo reflejan los hábitos alimentarios del pelotón. El grupo asaltando el bar y respondiendo, «Monsieur Goddet», cuando el dueño preguntaba «¿Y esto quién lo paga?»; el gregario con la botella de cristal embutida en el bolsillo del maillot de lana áspera. Luego llegaron los equipos bien organizados. Ya no había que llenar el bidón en las fuentes del camino ni en riachuelos dudosos. No era necesario envolver el bocadillo en el periódico del día anterior y cargar con él durante toda la jornada.

Los ciclistas descubrieron mucho antes la importancia de alimentarse en carrera que la de cómo hacerlo. Hasta la llegada de los médicos deportivos, la carne era un alimento básico en su dieta. Las proteínas y la grasa ocupaban un 60% de la ingesta diaria de un ciclista. Después se descubrió que era un error. Los corredores necesitaban más hidratos de carbono que proteínas.

Así que la dieta cambió. Para un ciclista en competición hay dos comidas fuertes durante el día y otra más, necesaria, mientras transcurre la prueba. En el desayuno, normalmente a hora temprana cuando al resto de los mortales les apetece más bien poco probar bocado, la mesa de un equipo ciclista es un festival de cajas de cereales y platos de pasta. Cada corredor desgasta aproximadamente 8.000 calorías por etapa, tres veces más que una persona normal, y ni con los setecientos gramos diarios de pasta engordan. Su porcentaje de grasa está cercano al 6% cuando el umbral mínimo es del 3% y el porcentaje en un deportista de otra especialidad está sobre el 10%. Los ciclistas están delgados casi siempre, aunque el retirado Ullrich acostumbrara a presentarse cada comienzo de año con una considerable barriga. Las pastelerías de Merdingen tiraban demasiado. Sin embargo, el recuento que llevó a cabo un equipo del pelotón sobre la cantidad de alimento que engulle un corredor durante el Tour pone los pelos de punta. A saber: ocho kilos de pasta, cien lonchas de queso, cincuenta yogures, 36 litros de bebida isotónica, dos kilos de zanahorias, cinco botes de proteínas, cuatro tartas, veinticinco litros de refresco, treinta kilos de patatas, tres kilos de espinacas, 75 piezas de fruta, tres litros de aceite, tres piezas de carne, seis de pescado, diez botes de mermelada, tres botes de miel, un kilo de arroz, veinticinco panes, 150 litros de agua, veinticinco ensaladas, sesenta bocadillos y cuatro litros de zumo de naranja. Ahí es nada.