Destino es el nombre que se da al lugar donde los hombres van a trabajar.

Pero no existe uno tan lleno de horror como la salina.

Sacar piedras del mar a punta de vara era así como el residuo de estas uñas que yo me como, al par de las salinas.

Y mire usted que todo se hacía de piedra y era necesario sacarla y sacarla hasta caer muerto.

Nunca trabajé en tales sacaderos de sal, pero miraba con los ojos muy abiertos el regresar de los hombres que cada noche venían desde los pantanos en donde brota la sal.

Y ha de saber usted que cuando un reo mira alguna cosa con los ojos muy abiertos por el terror, es que su sentimiento al sufrir es más amargo que el suyo propio.

Tenía que pasarse los días rastrillando la sal, haciendo represas, hirviéndola en los hornos alentados por mangle arrastrado desde las marinas y usted saque y más saque de los grandes pozos naturales el agua en baldes que hay que traer y regresar de dos en dos en los hombros y que son medio estañón a los que se les ha proveído de manivelas.

Eso es los meses del verano. Y en el invierno también se hace. Solamente que entonces el trabajo es más duro, las lluvias molestan y las aguadas que deja la marea traen tanta agua de lluvia que el mar pierde algo de su salinidad. Pero eso al comandante del penal no le importa: él se ufana de sacar sal incluso en el invierno, época en que nadie suele sacarla y cuando los otros salineros del Golfo de Nicoya creen que es imposible por estar muy recargado el mar con las ya citadas aguas de la lluvia y de los ríos.

Iban siempre de un lado para otro. Les mirábamos desde lejos, allá en la playa, moviéndose entre cucuruchos de sal del tamaño de ellos mismos y arrastrando sus cadenas herrumbradas por entre las aguasales.

El comandante era insensible a todo porque ya he dicho que tenía el corazón sin un rayito de sol, hundido entre aguasales de rencor y de indiferencia. Y de mal.

Siempre inclinados bajo el peso de la cadena, a estos pobres salineros con el agua entre sus pies, se les hacía una llaga blanca que casi siempre causaba focos de pus entre la piel y terminaba en el cementerio.

Media docena de hombres que arrastraban una pata de palo lo debían a labores de las salinas cuando se les infectó una pierna y fue necesario cortarla. Eso es cuanto a los que se salvaron por casualidad… ya que los milagros no existen en un lugar donde no mira Dios.

El trabajo de cortar una pierna, horrible de por sí, se hacía en la herrería… atando luego el muñón como se ata a un cerdo y que el «operado rezara después».

Era penoso también ver a esos pobres rengos con su pata de palo y la cadena en la otra pierna buena, aunque un tanto más corta, con menos eslabones, ya que la ley decía que una vez recibida la cadena, por ningún motivo se la podía quitar al hombre sino por haber finalizado la pena impuesta. La cadena, como un suplicio más, era parte de la tortura impuesta por la ley; a todos se les aplicaba, fuera mucha o poca la sentencia.

¿Qué cuántos años tenía de estar preso cuando sucedió lo que ahora quiere que le cuente de nuevo?

En la cárcel el tiempo no cuenta. Uno sabe que entró, nada más. El tiempo se pierde todo y además que cuando nuestra sentencia es para toda una vida, ¿qué importa el contar?

Será un ir de muchos inviernos y un llegar de muchos veranos. Será un ir cambiando poco a poco. Sentir que cambia de color y los ojos además de quedar nublados el pelo se torna blanco y se le caen los dientes. La piel duele ante los reflejos de un sol. La falta de legumbres hace enfermos de lo más extraño que se puede notar y en fin… El penal lo cambia todo, hasta el nombre y la fe de vivir se convierte en una mansa resignación de buey o de cerdo o de piedra.

Pero le voy a contar cómo se mide el tiempo en un presidio.

Un tiempo: cuando la cadena ya no pesa y hasta se puede correr con ella. Un tiempo: cuando ya nadie de los familiares se acuerda de nuestra existencia. Un tiempo: cuando ya nosotros tampoco nos acordamos de nadie. Un tiempo: cuando se nos caen los dientes y la piel se vuelve roñosa. Un tiempo: cuando el pelo se vuelve blanco. Y el último de los tiempos en que todo ha pasado y todo es como nada; las piernas se vuelven flácidas y gustaría sentarse horas y horas nada más que sacando piojos de las costuras y dándoles muerte a dentelladas… o con las encías.

Existe también un tiempo hermoso. Yo no lo conozco, pero sé que lo hay: es el tiempo en que ya la culpa que nos llevó al presidio queda atrás y nos encontramos en libertad frente a un caminito nuevo.

Pero de esos tiempos que son sueños mejor no hablar.

En uno de los «tiempos» fue que sucedió mi desgracia, la más grande. Bueno, la más grande no, ya que esa ya había sucedido: perder mi libertad que es la peor de las desgracias que a un hombre puede suceder. Pero en verdad fue una inmensa desgracia.

Se la he de contar de la siguiente manera:

Salí del penal como siempre en la madrugada. Una nube de agua venida desde el mar tapaba la mirada por todos lados a una distancia de dos metros. Es frecuente que en las noches esa clase de niebla cubra toda la isla y hay que tener cuidado en la madrugada oscura al tirar el machete contra el monte ya que puede herir a un compañero. Hasta muy entrada la mañana en que el sol viene despejando el campo y se ven los árboles y los caminos del mar por allá y las montañas azules al otro lado de donde nace el sol es que se empiezan a ver las cosas claras.

Nuestra fila iba en el silencio como se ordena caminar cuando vamos al trabajo, solamente interrumpido por el tintinear de las cadenas que chocan contra las piedras. De rato en rato se escuchaba el vozarrón de un cabo de vara que hacía luego estallar el látigo sobre la espalda del retrasado o que habló con algún compañero.

Digo caminar en «silencio» ya que ha de saber usted que el ruido de las cadenas también pertenece al silencio que ya después de eso no se escuchaba nada más. La verdad es también que casi la mitad de las cadenas, las mejores o las de treinta eslabones, no sonaban ya que sus portadores las llevaban recogidas sobre el hombro como un bejuco.

Aunque también es cierto que al regreso cuando los hombres están cansados y no soportan el peso, en las cuestas abajo, se van arrastrando las cadenas y todas juntas hacen un escándalo que bien pudiera decir que es el ruido de una inmensa serpiente de hierro que se arrastra hasta las olas del mar.

Caminando, de repente, sentí de pronto un dolor en la pierna derecha y al ver para abajo distinguí una serpiente que se escabullía entre unos matones cubiertos de niebla.

Grité al cabo de vara y expliqué lo que me pasaba y él se inclinó a examinar la pierna donde se miraban dos puntitos rojos de los que manaba una gota de sangre no más grande a una cabeza de alfiler y estaba un poco arriba del tobillo.

—Has tenido suerte —dijo el cabo de vara—, trata de arrastrarte hasta la herrería si no quieres que te lleve p… pues la bicha que te picó parece mala.

En la herrería había carbolina, polvo de carbón e instrumentos cortantes de «cirujano» que servían de todo: para cortar una parte del cuerpo humano; para abrir una herida; para «operar» en casos de suma emergencia. Todo lo anterior lo hacía en un campo aparte pero no muy alejado de la fragua un reo que cuidaba del «hospital».

Estaba alejado de donde nosotros vivíamos y cuando a algún hombre le inyectaba veneno alguna serpiente, era conducido allá para que en el lugar donde le atacó el animal le aplicaran un hierro en rojo, lo que algunas veces contenía o inutilizaba el veneno y que en otras, ni modo, se terminaba de mal morir el paciente.

La distancia que tenía que regresar desde el monte hasta la herrería era como de unos quince minutos. Minutos después el pie se me empezó a hinchar y sentía algo así como una picazón y luego un poco de sueño que me recorría todo el cuerpo. Desaté la coyunda con que ataba mi machete, con ella me amarré la pierna más arriba de la rodilla y cuando al final medio de rastras, con un dolor agudo en la carne que casi me hacía gritar llegué hasta la herrería, de la rodilla para abajo la pierna era negra e hinchada hasta dos veces su propio tamaño. En esos momentos estaban herrando dos caballos y me fue necesario esperar. Eran los caballos del señor comandante; luego me llegó el turno y fui atendido.

Varias fraguas echaban chorros de fuego por todos lados. Una cuadrilla de reos apenas con taparrabos avivaban las llamas dando vuelta a un abanico de mano. Sobre yunques grandes como albardas, unos compañeros trabajaban en modelar cadenas o poniendo remiendos a otras semiterminadas por el agua de sal. Otros fundían hierros para hacer bolas de las que se usan en los grillos, y un grupo de reclusos más hacían herraduras para los caballos, las mulas y los bueyes.

Los bueyes se herraban dada la cantidad de piedras que existía en los caminos y para preservarles las pezuñas.

El cabo de vara que mandaba en la herrería mandó a llamar a un «cirujano» y al momento me preguntó:

—¿Te fue posible ver qué clase de bicha era?

—No, señor —le respondí con un lamento.

—¡Qué bruto, le ronda la muerte y este animal no sabe ni mirar para defenderse!

—Es que no la distinguí entre la niebla.

—¡Ah, los zanates son siempre igual de idiotas!

«Zanate» era el nombre con que se denominaba a todos los hombres de color moreno como yo y se había tomado de un pájaro que abunda en los bejucales de la isla.

Tomó luego el «médico» un cuchillo y punzó cerca de la herida que produjo la serpiente, un chorro de sangre negra brincó como si hubiera abierto un tubo, y la pierna se me deshinchó un poco. Luego, con la misma punta, picó hondo en la carne revolviendo como si estuviera seguro de que eso no duele. Así lo hizo varias veces con toda la parte hinchada desde el tobillo hasta más arriba de la rodilla. La cadena se llenó de sangre y las moscas que pululan a millones por todos lados acudieron en busca de la sangre fresca hasta pararse sobre el cuchillo del herrero. Luego tomó mi médico un hierro candente en forma de tenaza con el que antes se había herrado los caballos y lo colocó varias veces en mi carne que chirrió como puesta al brasero en tanto que sobre el cuerpo corría un sudor helado y sentía un dolor terrible como si estuvieran moliendo todos los huesos con una máquina de moler carne. Una vez que hizo esa curación trajeron una cubeta de agua y me rociaron la pierna para terminar diciendo el «médico» con mucho orgullo:

—Ya está, ahora no te has de morir.

Ayudado por dos compañeros me regresaron al patio. Era prohibido entrar a los pabellones en horas del día y los que se encontraban muy enfermos tenían que acostarse en la sombra de un alero.

Así pasé los próximos cinco días: en la mañana me sacaban inconsciente y me tiraban sobre el patio. Un día llovió y sentí un frescor que me lavaba todo el cuerpo. Después de la lluvia resultó uno de los enfermos agonizando y ahí permaneció hasta que un cabo de vara dijo que ya no era necesario de entrarlo en el pabellón y que era un trabajo para los enterradores, por lo que fue esa cuadrilla la que se hizo cargo del hombre hasta dejarlo cerca del cementerio, donde luego se dedicaron a jugar dados en espera de que el hombre se muriera…

Antes de que los enterradores terminaran la jugada, uno de ello se dedicó a cavar la sepultura finalizando en el punto mismo en que el enfermo moría.

Cierto que se me embarraba la pierna con carbolina pero así y todo la hediondez que despedía la carne podrida era insoportable hasta para mi nariz, por lo que mis compañeros de salón gritaban llenos de furia:

—Cabo, tiren esa piltrafa al jefe de enterradores, aquí ya no se puede estar, ¡esto parece una reunión de pura m…

Y el grito fue amparado por otras protestas pero de nada servía ya que ahí no importaba la delicadeza de los reos ante el mal olor.

Cuando la pierna se llenó de gusanos me sentí un poco más aliviado porque había mirado que siempre cuando a un reo le caían gusanos en alguna parte del cuerpo con seguridad se iba a morir. Y ya estaba cansado de tantos dolores.

Todos los días entre dos compañeros piadosos me llevaban en la tarde a la herrería donde con un trapo limpiaban las heridas hasta dejarlas sin gusanos y después ponían de nuevo otro poco de carbolina. Ya para entonces tenía la pierna hinchada hasta la mancuerna y tan colorada como un mango maduro. Después de la curación descansaba un poco y horas después me asomaban de nuevo los gusanos que no entiendo cómo nacían y se multiplicaban tan rápidamente, y entonces miraba con desesperación e impotencia cómo poco a poco me iban devorando vivo con un dolor del diablo y sin poder hacer movimiento alguno para impedirlo.

Diez o veinte días y las heridas, aunque no cicatrizadas del todo, sí estaban bastante buenas hasta que una mañana llegó el cabo de vara Mitajuana y me dijo:

—Tu pata ya está buena, mañana tendrás que trabajar.

Sabía yo muy bien que mi pierna no estaba buena y que era imposible subir esas cuestas con una cadena de rastras y más ahora que los hierros me pesaban como toneladas y dificultaban mucho cada uno de mis movimientos. Pero cuando se es reo no se tiene voz para dar una queja ni el valor de sostener un derecho.

Sin chistar al día siguiente tomé el lugar que me correspondía en la fila.

Nos dijeron que no teníamos ese día que ir al monte sino al muelle para descargar unos sacos de cemento que había traído una lancha. Dos horas estuve con el agua a la cintura y sintiendo a cada golpe de las olas una punzada lacerante en mi pierna. Mi labor era hacer cadena para pasar de mano en mano los sacos de cemento y tenía que estar como a tres metros dentro del mar.

Cada momento me dolía más, hasta que llegó un instante en que no soportando salí de la fila y sin hacer caso de los golpes del látigo que me llamaba al orden, me tiré sobre la playa. El látigo siguió cayendo sobre mi cuerpo no sé cuántas veces, pero no lo sentí, ya que lo peor de mi dolor era superior. También vinieron las patadas, y como no soportaba más, me di vuelta y gritando le solicité piedad a mi verdugo mostrando la sangre que me bañaba la cadera y se hacía poza sobre las piedras. Mamitajuana, el que me pegaba, se quedó mirando en una forma rara como un gesto de susto y dejó de maltratarme.

Y ya no sé lo que pasó.

Solamente recuerdo que el mar estaba enojado y había un cielo azul.

Tenía el pensamiento de que en todo momento alguien me estaba mirando.

La voz de María Reina sonaba poquito, dulce, cerca del oído y a veces lejana.

Cuando abría los ojos me extrañaba no estar muerto, pero de inmediato volvía a cerrarlos.

¡Ay, Señor, cómo cuesta morir dos veces!

En otros instantes mis ojos miraban cositas color de sangre como uvas del más rojo que vi en toda la vida y que son esos racimos de fruta que se derrama con cantidad en todas las cercas que dividen los potreros de la isla y donde se alimentan los zanates, los tijos, las urracas.

Y de nuevo todo se volvía a poner de un color azul.

La risa lejana de María Reina salía desde mi corazón y luego sentía su mano suave que se acercaba y ponía paños de agua caliente en mi cabeza. Soñaba como cuando no era un reo. Al igual que cuando era un ser humano libre, allá, más allá del mar, donde está la gente buena y no hay necesidad de ponerles cadenas, guiarlas a látigo y amenazar con palabras de las que ni siquiera existen.

Un sudor copioso bañaba hasta mis sueños.

La voz del comandante llegó hasta mí y gritó que ya estaba libre.

¡Se había probado mi inocencia!

¡Gracias, Dios mío, al fin!

Tenía que ser en una enfermedad así que viniera mi orden de libertad. Y recuerdo que el comandante me decía que me fuera ahora mismo ya, ya, márchese.

Traté de levantarme. Un compañero me lo impidió y como insistían en detenerme y hasta me tapaban la boca para que no hablara, les grité:

—¡Traidores, hijos de p…! ¡Perros, sarnosos, ladrones, criminales! ¿Es que les duele y por eso me detienen? ¿No me quieren porque YA ME VOY?

Uno de ellos intentaba varias veces sostenerme duro contra el suelo hasta hacer que me doliera la cabeza.

Desgraciados, infelices, reos, reos sucios, chanchos, no me toquen. ¿No saben que estoy libre? ¡Soy inocente, inocente! ¡no! ¡Soy inocente! ¡No soy un asesino como ustedes, recua de chanchos, no lo soy, No! ¡Soy inocente, inocente!

En esos momentos sentí un golpe duro sobre la cabeza y me volvía a quedar en tinieblas.

Cuando abría los ojos encontraba siempre a mi lado a un gran amigo que se llamaba Cristino. Este trataba de hablarme y yo le gritaba:

—¡Qué le pasa, asesino! ¿Es que me quiere asesinar así como lo hizo con su mujer? ¿Qué me mira, perro?

Los ojos de Cristino se posaban en mí todos con lástima, lo que me provocaba ira y volvía decir:

—No me mire, culebra, no me mire. ¡Culebras desde el comandante para abajo, todos culebras! Porque entre todos me han picado y sacaron mi sangre.

¡Y me dejaron veneno en la sangre! Culebras, todos desde el comandante, los cabos de vara todos cule…

Las palabras se me cortaron porque sentía de repente una nueva oscuridad total.

No sé cuánto tiempo pasé así. Deliraba. Veía en mis propias manos la orden de libertad enviada por el juez por haberse averiguado que yo era totalmente inocente. Pero siempre que empezaba a solicitar mi libertad me acogía un odio terrible contra todo y contra todos.

Otras veces caminaba por una playa hermosa en manos de una mujer que era muy linda y que en vez de una cadena al pie yo tenía una pierna de palo. La mujer cantaba. Yo sin duda aprendí a cantar de nuevo muy bien y le hacía coro dejando la pierna sobre una piedra para descansar. Las olas abanicaban el ambiente y todo era lindo. Ella estaba desnuda y era su cuerpo blanco como una nube del verano, me besaba y besaba, yo le devolvía sus besos con ardor en los ojos, en las manos, en sus senos desnudos y pequeños como gorriones blancos de miel.

Una tarde desperté de repente.

Cristino con los ojos muy cansados me miraba. Su mirar venía de muy lejos, mucho.

—Hola, amigo —me saludó con una voz cansada, dulce, suave.

—Hola, Cristino.

—Te ha bajado mucho la fiebre, creo que has de estar mejor.

—Me duele mucho la cabeza, la espalda y la pierna.

—Ya con este son quince días que estás ahí tirado. Te he improvisado una cama aquí porque los muchachos del salón se quejan de tu hediondez y el comandante les escuchó. Algunas veces cuando me voy he tenido que dejarte amarrado. Yo mismo hablé con el comandante para que me dejara cuidarte y aunque él no veía la necesidad porque te han creído candidato a una muerte segura, la verdad es que aquí estás conmigo. Y creo que ha sido bueno en esta oportunidad.

—Cristino, me duelen mucho la cabeza y la pierna.

Mi amigo guardó silencio.

—Noes extraño que te duela la cabeza, pues varias veces te he dado con un leño en ella y era cuando en tus delirios dedicabas palabras a insultar al comandante, los tenientes, al capitán y a todos los cabos de vara. Un día en tus delirios llegó el comandante y escuchó lo que decías de él y al rato llegaron los cabos de vara y me azotaron pues según el viejo yo era quien atizaba a tu mente para que hablaras tonterías.

Cristino volvió la espalda y me enseñó los vergazos que había recibido por mi culpa. Tenía las heridas infectadas y untadas de carbolina.

—Tienes que perdonarme, Cristino, tienes que perdonarme.

—Por eso cuando empezabas a gritar que el comandante era la pura m… te daba con este pedazo de palo por la cabeza; de no ser así te hubieran matado.

Me llevé las manos a la cabeza y sentí un chichón enorme. Tomando las manos de Cristino entre las mías le pregunté:

—¿Tengo la jupa muy dura?

Mi amigo miraba como con ganas de decir algo. Tenía los ojos saltones para afuera y el rostro macilento y arrugado.

Luego me enteré de que cuando estaba en el salón antes de que los reos se quejaran de mi hediondez, cuando yo empezaba a gritar, él tomaba un saco viejo y me tapaba la boca porque una de esas noches había entrado el cabo de vara Mitajuana y me pegó por quejarme. Y también porque algunos compañeros sacados de quicio por mis gritos me daban de patadas y hasta uno de ellos se acercó con un punzón en las manos… La pierna dolía como nunca.

Me dieron ganas de tomar agua y seguro Cristino adivinó el pensamiento porque en un pedazo de calabazo me fue a traer un poco de agua caliente, salosa, como suele salir desde los pozos que se han hecho en el fondo de esta isla.

Cerca del tobillo, donde la serpiente clavó los colmillos, era donde más agudo se me hacía el dolor. No podía moverla y en cambio la otra sí. Me extrañó mucho que me hubieran cambiado la cadena de una pierna a la otra pero seguro la que estaba herida se puso tan hinchada que fue necesario cortar la argolla y pasarla a la otra. Y seguro me maltrataron mucho y de ahí provenía el dolor.

—Cristino —le dije—, me duele mucho la pierna enferma, ahí cerca del tobillo.

—No puede ser.

—Sí puede ser, por Dios, haga algo…

—No puede ser, estás delirando otra vez.

—No, no es cierto: lo pruebo al decirte el día en que ingresaste al presidio. ¿Te acuerdas? Traías una camisa crema y un pantalón manchado con cáscaras de plátano y dentro de un saco el almuerzo que te hizo tu mamá. Recuerdo que el cabo de vara te quitó el saquito, tú le dijiste algo y entonces él tomó el atadillo donde estaba además una mudada, el retrato de tu mujer, el de tu madre, uno de tus hijos y lanzó todo al mar diciendo que el reglamento no te permitía tener ese montón de porquerías. Nosotros vimos cómo la resaca se fue llevando el saquito con tus cosas queridas ante la risa de muchos compañeros a los que les hacía burla la acción desesperada con que mirabas navegar y luego hundirse en el mar tus cositas. ¿Ahora me crees cuando te digo que me duele mucho el lugar donde la serpiente me inyectó el veneno?

—No; no puede ser, Jacinto, porque hace una semana yo te llevé a la herrería en donde ayudé al herrero para que te cortara la pata de un hachazo…