9

Evan Black había vivido en un barco antes de mudarse al piso de lujo que compartía con Angie. Tyler Sharp se alojaba en una suite del Drake que en su día había servido de residencia a la realeza.

Sin embargo, para mi gusto, los domicilios de Evan y Tyler palidecían al lado de la casa de Cole.

Vivía en Hyde Park, cerca de la Universidad de Chicago y, sí, cerca del famoso South Side plagado de bandas que la vieja canción sobre el malísimo Leroy Brown había hecho célebre. Sabía que Cole había crecido en esa parte de la ciudad, pero ya no vivía en la zona peligrosa. Al contrario, Hyde Park estaba de moda y era ecléctico. Era el lugar donde sucedía casi todo.

Además, su casa era como la guinda de un postre exquisito y exótico.

La había diseñado Frank Lloyd Wright a finales del siglo XIX, y el sello del arquitecto quedaba patente en sus líneas rectas, sus pronunciados ángulos y su geometría en general. La finca se había puesto a la venta hacía unos cinco meses y Cole se había hecho con ella de inmediato. Ignoraba lo que habría tenido que pagar para adquirirla, pero tenía la sensación de que ninguna cantidad lo habría desalentado.

En la fiesta de inauguración de la casa, me había dicho que Frank Lloyd Wright era un genio de la talla de Miguel Ángel o Da Vinci y que por nada del mundo habría dejado pasar la oportunidad de vivir en algo creado por ese genio.

En ese momento, de pie ante la enorme puerta de madera rodeada de intrincada mampostería, pensaba de nuevo en lo mucho que le iba a Cole aquella casa. No solo era artística, sino también impenetrable, sin llegar a producir rechazo.

¿No era él así también? Porque, salvo con su permiso expreso, no había forma de llegar al interior de Cole August.

No lo había llamado antes porque no quería que inventara una excusa para no verme. Liz me había asegurado que tenía previsto pasar la noche en casa, poniendo al día el papeleo, pero quizá no le había contado sus planes verdaderos.

Por lo que me habían dicho, estaría en el Firehouse. Y, por mucho que me intrigara aquel local, no estaba del todo dispuesta a ir a buscarlo allí.

Titubeé un instante más antes de llamar, sintiéndome un poco tonta. Quería verlo, joder, oír su voz. Esa voz sexy y suave que me había puesto a cien el otro día.

Al mismo tiempo, sin embargo, temía su reacción. No me habría quedado más clara su intención de mantenerse alejado de mí si hubiera puesto un anuncio en el Chicago Tribune, así que encontrarme a la puerta de su casa quizá no le alegrara la noche.

En todo caso, no estaba allí por mí, ni estaba allí por él, y mucho menos por el sexo.

Era por mi padre, y Cole era la única persona de mi círculo actual que de verdad podía ayudarle.

Eso significaba que cualquier problema que Cole tuviese conmigo en ese momento iba a tener que quedar al margen. Necesitaba ayuda. Cole tendría que lidiar con eso.

Toqué el timbre.

Al principio no contestó. Luego oí su voz distorsionada por el interfono.

—Enseguida voy.

Esperé y, al poco, abrió la puerta él mismo, cubierto tan solo por una toalla alrededor de las caderas.

—Kat —dijo, y por un instante vi arder la pasión en sus ojos. Luego su expresión se tiñó de estudiada indiferencia.

Se me secó completamente la boca; mis partes bajas sufrieron el efecto contrario.

—Kat —volvió a decir en un tono que no revelaba ni placer ni irritación. Solo confusión—. Lo siento… creía que era el mensajero. Tendría que haber mirado la pantalla.

Como si lo hubiera llamado, saltó a la acera desde una bicicleta un tipo delgaducho con una gorra de Speedy Messenger. Se acercó trotando a la puerta principal y le pasó a Cole un sobre fino de color crema junto con un portapapeles de pinza. Cole firmó el recibo, le devolvió el portapapeles y me miró expectante.

—¿Qué?

¿Por qué me miraba a mí? Yo no sabía lo que había en el sobre.

—¿A qué has venido? —dijo y añadió—: ¿Kat? ¿Va todo bien?

Levanté de golpe la cabeza, consciente de que llevaba un rato mirándole la entrepierna… y el bulto clarísimo que se ocultaba bajo la fina toalla blanca.

«Por favor».

Inspiré hondo para recomponerme y confié en que no notara lo colorada que me había puesto ni las gotitas de sudor que me ribeteaban la frente.

—Necesito hablar contigo —dije—. ¿Puedo pasar? —Al ver que no se apartaba para dejarme entrar, añadí—: Es importante.

Se hizo a un lado, abrió más la puerta.

—Adelante.

Lo seguí a un salón imponente, repleto de radiantes adornos de madera pulida y muebles de estilo moderno que acentuaban la elegante simplicidad de la arquitectura. La luz vespertina entraba a mares por los ventanales y la estancia entera parecía refulgir.

—Siéntate —dijo señalándome un sofá azul de dos plazas.

Se volvió hacia un pequeño bar instalado en un rincón y, mientras se alejaba, estudié el intrincado tatuaje de un dragón que le cubría casi toda la espalda. Le había visto el tatuaje entero solo una vez, en una fiesta en el barco de Evan, cuando se había quedado en bañador. La mayoría de las veces tan solo había visto una parte asomándole por el cuello de la camisa desde la nuca.

El trabajo era detallado y hermoso, y no tenía ni idea de por qué se había hecho un tatuaje tan grande y enrevesado. Suponía que significaba algo para él, pero cuando Sloane se lo había preguntado en una ocasión, había eludido la pregunta y yo ya no había insistido.

Pese a la belleza del dragón, la imagen era atrevida y le hacía parecer un tipo salvaje e imprevisible.

Claro que eso no era solo una impresión, ¿verdad?

—Me alegro de que hayas venido —señaló trayéndome un trago de whisky solo.

—Déjame adivinarlo —espeté con sequedad—: tenemos que hablar.

Esbozó una sonrisa.

—Sería buena idea.

Se sentó en la silla de enfrente, aún tapado solo por la toalla, que se le tensó a la altura de las rodillas. Vislumbré la sombra que, bajo la tela, marcaba la conjunción de sus muslos y, aunque no se distinguía nada, lo imaginé. Y lo deseé.

Me distraía mucho, muchísimo.

Enarqué una ceja y señalé la toalla.

—¿Por eso te van tan bien los negocios, porque sabes cómo poner nerviosa a la otra parte?

—Exacto —dijo—. Aunque en las reuniones de trabajo, suelo ir vestido.

—¡Qué lástima! —exclamé, y le hice reír.

—Dame un minuto.

Se levantó, se dirigió al fondo de la estancia, donde tenía unos pantalones de deporte grises colgados del respaldo de una silla. Dejó caer al suelo la toalla y yo inspiré hondo en respuesta a la inesperada y del todo excepcional visión de su culo desnudo.

No tardó nada en subirse los pantalones y volverse hacia mí y, aunque ya iba medianamente tapado, la vista seguía siendo de lo más provocadora.

—Cometí un error —dijo sin preámbulos—. La otra mañana, por teléfono. Y un error aún mayor la noche anterior.

—Te equivocas —repuse serena—. Pero da igual. Ahora mismo da igual. No he venido por eso.

Aunque sí, la verdad. Había ido tanto por mí como por mi padre. Y estaba decidida a salir de aquella sala con todo lo que quería.

Ese era mi plan, ya solo me faltaba ejecutarlo correctamente.

Me miró desconcertado un instante, luego se sentó enfrente de mí.

—Muy bien —dijo—. Cuéntame.

Así lo hice, se lo conté todo. Salvo lo de mi infancia, lo de que había crecido en chirona. Sí le conté lo que había hecho mi padre. Le hablé de Muratti. Le dije que necesitaba a alguien que falsificara el testamento.

Le conté lo suficiente para incriminar a mi padre, además de enredarme en una posible conspiración. En otras palabras, puse mi vida y la de mi padre en manos de Cole August. Lo hice porque confiaba en él, porque había visto lo que había hecho por las chicas del Destiny y porque sabía que tenía buen corazón.

O eso me parecía, al menos.

Confiaba en no estar equivocándome.

—¿Dónde está tu padre ahora?

—He estado una hora dando vueltas con él en el coche, para asegurarnos de que no nos seguía nadie, después lo he registrado en el Windy City Motor Inn. Ya sabes, ese motelucho que hay a kilómetro y medio del Destiny.

—Sé cuál dices —respondió Cole—. ¿Bajo nombre falso?

—Por supuesto. Y hemos pagado en efectivo. Sabe que no debe salir de la habitación, ni cargar llamadas a su tarjeta de crédito, ni llamarme por el móvil, blablablá. Le he comprado un teléfono desechable para emergencias. —Alcé un hombro con desenfado—. Ya conoce el procedimiento.

—Eso parece. Y, por lo visto, tú también.

Lo miré a los ojos. Noté que conectábamos.

—Ya te lo he dicho —me excusé—. No soy ningún alma cándida.

Lo dije en voz baja, provocadora. Y vi en su rostro que me había entendido y que sabía lo que deseaba.

Por Dios, cómo lo deseaba. No hacía otra cosa que estar sentada enfrente de él, pero era tal la cercanía que lo imaginaba acariciándome. Con esas manos ásperas y callosas. Sentía el tacto de los músculos tersos y firmes de sus muslos. Ansiaba que aquellos labios me besaran, me exploraran.

¿Cómo había llegado a eso? Era como si estuviera hecha de una especie de material combustible y me hubiera paseado por la vida sin saberlo, manteniéndome a salvo solo lejos de la chispa.

Hasta que Cole se había acercado demasiado y me había encendido. Me iba a quemar, era inevitable. Joder, lo que yo quería era que ardiera conmigo.

Allí estaba, sentado, observándome en silencio, esperando a que prosiguiera. Pero yo no sabía qué más decir.

—Y eso es todo —espeté al fin—. ¿Me vas a ayudar?

—¿Qué te hace pensar que puedo?

—Sé lo del Da Vinci —repliqué, refiriéndome a la falsificación de un célebre cuaderno de Da Vinci de la que sabía que se había ocupado hacía años.

Alzó las cejas de forma casi imperceptible.

—¿Qué Da Vinci?

Ladeé la cabeza.

—El del piso de Angie y Evan. ¿Tengo que darte más detalles? ¿O quizá debería recitar la letanía de tus diversas actividades delictivas a lo largo de los años? Yo estaba presente, ¿lo recuerdas? He visto mucho. Y entiendo lo que veo.

Se hizo el silencio un instante, luego se recostó en el asiento, tan relajado y desenfadado que era fácil ver cómo se había hecho tan poderoso. Nada alteraba a aquel hombre. O al menos, nada lo alteraba hasta que explotaba. Y entonces temblaba el mundo entero.

—Si no te he entendido mal, quieres contratar los servicios de alguien que falsifique un testamento ológrafo.

—Eso es —dije tras un momento de vacilación—. Sinceramente, no se me ocurre otra solución.

Lo cierto era que sabía qué pasaría si le entregaba ese testamento ológrafo a Muratti, que pondría en peligro la vida del anciano; pero en ese momento, en ese lugar, debía pensar en mi padre. Y confiar en que, de algún modo, como fuera, todo saliera bien.

—Aunque supiera a quién contratar, ¿por qué iba a hacerlo?

—Porque he venido a pedírtelo —contesté—. Y porque necesito tu ayuda.

Pensé en las chicas del Destiny a las que los caballeros llevaban años ayudando. Pensé en los estudiantes de arte a los que Cole daba clases sacando el tiempo de no se sabe dónde y en los artistas profesionales como Tiki de los que era mentor.

No me lo negaría, de eso estaba segura. Y, sí, estaba jugando con él y aprovechándome de su buena voluntad, pero tenía la impresión de que él habría hecho lo mismo en mi lugar.

—Muy bien —dijo—. Hecho.

Se levantó y cruzó la estancia para servirse otra copa.

Lo observé mientras se alejaba, encantada con la vista pero también algo desconcertada.

—¿Ya está? ¿Sin negociación? ¿Sin tira y afloja?

—¿Decepcionada?

Negué con la cabeza.

—¿Cuánto se tarda en hacer la falsificación?

Se apoyó en la barra y dio un sorbo al whisky.

—No voy a falsificar nada.

—Pero si me acabas de decir…

—Te he dicho que te ayudaría. No te he dicho cómo.

Abrí la boca para rebatírselo, pero la cerré casi de inmediato. Al fin y al cabo, yo buscaba una solución que no precisara la falsificación. Y, teniendo en cuenta la clase de argucias y de tejemanejes que Cole urdía a diario, confiaba en que se le ocurriera un plan que tuviera sentido y, a la vez, pusiera a salvo a mi padre y al propietario de la finca.

—Muy bien —dije—. Confío en ti.

Esbozó una sonrisa.

—Está bien saberlo.

Inspiré hondo y me levanté del sofá. Me acerqué a él, pensando que me abrazaría y me estrecharía contra su pecho, pero no lo hizo, y me quedé allí, desconcertada, excitada, envuelta en el aire cálido y vibrante que nos separaba.

—De verdad confío en ti, ¿sabes? —dije en voz baja—. Sea lo que sea eso de lo que crees que debemos hablar, te prometo que no.

—Kat.

Me cogió suavemente la cara y me miró a los ojos. Tragué saliva, perturbada por su intenso escrutinio, pero no aparté la vista y lo que vi en su rostro me llenó de esperanza.

Se inclinó hacia delante y le atrapé la boca con la mía. Su aliento me supo a whisky y de pronto me sentí ebria, no sé bien si por el alcohol o por el hombre.

A diferencia de nuestro beso de la noche de la gala, este fue suave, tierno y un poco triste, y cuando se apartó, anticipando sus palabras, negué con la cabeza.

—No puedo ser el hombre que necesitas.

—Te equivocas. Lo que no puedes ser es otra cosa.

Se metió la mano en uno de los bolsillos del pantalón de deporte y sacó una piedra verde lisa. Era ovalada y plana, y tenía una muesca del tamaño de un pulgar en un lateral. La sostuvo en la mano como lo había visto hacer en numerosas ocasiones, dándole vueltas, acariciándola y jugando con ella.

—Sé que te confunde —señaló—, pero me importas, Katrina. Y por mucho que chilles, patalees y me odies, esto no va a ir más lejos. No soporto la idea de hacerte daño, y tú te mereces a alguien mucho menos jodido que yo.

—¿Hacerme daño? —repetí—. ¿Qué coño crees que estás haciendo? Me dices que me quieres… que te importo, y sabes perfectamente que tú me importas a mí también, pero ¿me apartas de ti? Eso sí que duele, Cole, no esto.

Me volví de espaldas, me bajé el tirante de la camiseta y dejé al descubierto las heridas aún visibles del hombro.

—Joder —dijo en voz baja, lastimera.

—No me hiciste daño —declaré, enfatizando cada palabra—. ¿Cómo puedo hacértelo entender? Son solo unos rasguños. Solo carne. Nada comparado con lo que podría haber entre nosotros.

Sentí ganas de levantar las manos y gritar de frustración y de desconcierto. Frustración de no poder entrar en aquella cabeza tan espantosamente tozuda y desconcierto por lo mucho que me importaba. Nunca me había importado tanto. Nada, de verdad, y menos aún un hombre.

Pero las cosas estaban cambiando. O yo cambiaba. Me importaba mi casa. Me importaba encontrar un empleo mejor. Mis amigos y mi padre. Sentar cabeza. Esas raíces que le había dicho a mi padre que estaba echando.

Y me importaba aquel hombre. Tanto que no sabía si quería abofetearlo, besarlo o llorar.

Lentamente, alargó la mano y me acarició con suavidad el hombro, procurando no rozar las partes más irritadas. Noté que el pulso se me aceleraba poco a poco e inspiré de manera entrecortada. Sus manos eran mágicas, me producían espirales de gozo por todo el cuerpo. Me despertaban. Me calentaban.

—¿Ves? —le dije, mirándolo por encima del hombro—. Tengo mucho más aguante del que crees.

Él no dijo nada y me pareció buena señal. Me volví para mirarlo de frente, porque quería ver esa expresión que tantísimo se esforzaba por ocultar.

—No me has hecho daño, Cole. Ni siquiera me has asustado. Pero te diré lo que sí has conseguido. Me has puesto cachonda. Me has encendido. —Me acerqué más, hasta percibir el aroma limpio y fresco de su jabón—. ¿Tienes idea de lo mucho que te deseaba en tu despacho? ¿De lo mucho que aún te deseo?

Lo miré a los ojos, confiando en ver en ellos un deseo equiparable al mío. En cambio, lo único que vi fue una férrea determinación.

Cuánto deseaba burlar esas defensas. Era mi misión. Como si solo me faltara desmontar a Cole para que todas las piezas sueltas de mi propia existencia encajaran allí mismo, con él en el centro.

Me acerqué un poco, tanto que noté que su aliento me alborotaba el pelo. Tanto que veía inflarse su pecho al ritmo de sus latidos y distinguía los diminutos poros de su piel.

Despacio, posé la mano en su abdomen, con los dedos apuntando abajo. Sus músculos ya tensos se contrajeron al contacto con mis dedos y yo contuve una sonrisa, consciente de que por lo menos el tacto de mi piel le había afectado.

Alcé la cabeza y volví a mirarlo a los ojos. Esta vez vi en ellos el ardor que anhelaba y este me dio fuerzas para continuar.

Muy lentamente fui deslizando la mano por debajo de la lazada que impedía que aquellos pantalones de deporte le resbalaran de las caderas. No me detuve, no pensé, simplemente seguí, sin dejar de mirarlo, calibrando el impacto que tenía en ese hombre por el fuego de su mirada y la tensión de su mandíbula.

Un vello fino poblaba el camino a su polla, que yo seguí entusiasmada. La tenía dura y gorda; la envolví con la mano y la acaricié.

Cole gruñó, luego espetó mi nombre como una maldición. Me limité a sonreír, ahogando mi propio suspiro y descansando el peso de mi cuerpo primero en un pie y luego en el otro para aliviar la dulce e imperiosa presión de entre mis muslos.

—¿Quieres que me arrodille? —le susurré deslizando la mano con movimientos lentos y sensuales—. ¿Quieres metérmela en la boca? ¿O me doy la vuelta, me curvo sobre el brazo del sillón y te dejo que me folles por detrás? Lo que tú quieras, Cole. Y como tú quieras.

Metió la mano entre los dos y, por un instante, estuve casi segura de que iba a apartar la mía, pero lo único que hizo fue sujetármela a través de la gruesa felpa de los pantalones para que yo terminara acariciándole la polla con la intensidad y la velocidad que él quería.

—Te lo dije —señalé—. No soy pura. No soy inocente.

—Igual no —coincidió él. Dejó pasar un instante y vi el arrepentimiento en su rostro al soltarme despacio la mano—. Pero tampoco puedes ser mía.

Aquellas palabras tan inesperadas fueron la gota que colmó el vaso. Estallé y sin pensarlo le di una bofetada.

—Cabrón.

—Maldita sea, Kat, tú eres especial. —Se frotó la mandíbula enrojecida—. Quizá tú no lo veas, pero yo sí, y no me voy a arriesgar a destruir eso permitiendo que te enredes conmigo. Porque la mierda con la que debo lidiar todos los días no tiene nada de limpia, ni de pura, ni de especial.

—Eso es mentira —espeté—. Es miedo y es una excusa y, desde que te conozco, jamás, ni una sola vez, te he creído un cobarde.

Exhaló y se pasó las manos por la cabeza, visiblemente frustrado.

—Sé lo del Firehouse —confesé—. Sé que te va el sado. Lo entiendo, Cole. No me molesta.

—No entiendes una mierda —replicó.

—Pues explícamelo.

—Joder —dijo, tirando una mesita auxiliar de una patada y haciendo que me sobresaltara—. Mierda —espetó, lleno de furia y frustración.

—Me sorprendiste —sentencié—. No me hiciste daño. Y, si lo que quieres es asustarme, no va a bastar con que destroces una mesa.

Como esperaba, casi se rió. Casi. Pero se calmó. Inspiró hondo, luego más. A poco se pellizcó el puente de la nariz y me miró.

—¿Tú crees que me enorgullezco de mis necesidades? —me preguntó en voz baja—. No es un camino por el que te quiera llevar, Kat.

—No te atrevas a decirme lo que yo quiero o no quiero. No tienes ni idea de lo que necesito y te aseguro que no conoces mis límites en absoluto.

—Puede que no —reconoció—. Pero conozco los míos.

—¿Qué coño quieres decir? —inquirí.

Suspirando, me cogió la barbilla con tanta tristeza que me dieron ganas de llorar.

—Que tú eres un límite infranqueable para mí, rubia. Y eso es así.