17

Me quedé en la entrada del hangar contemplando el reluciente y elegante jet privado de una de las numerosas empresas de los caballeros. Sabía que Cole estaba a bordo; pasados unos instantes, yo también estaría allí. Él no me había invitado —ni siquiera sabía que me encontraba en la pista—; solo esperaba que su expresión al verme en el avión fuera de alegría. No de rabia ni de miedo.

O, lo que hubiera sido peor, de reproche.

—Se va a Los Ángeles —había dicho Evan.

—¿A Los Ángeles? ¿Por qué?

—Por ti.

—¿¡Qué!? ¿¡Cómo!?

—Tendrás que preguntárselo a él.

—Maldita sea, te juro que lo haré. Si él se va, me voy con él.

—Bien —dijo—. No te lo habría contado si no creyera que es lo mejor. —Me agarró de un brazo—. Tú le convienes, Kat. Y él lo sabe. No dejes que lo olvide.

—Y él me conviene —repliqué, y Evan esbozó una sonrisa compasiva.

—Ya lo sé —dijo—. Pero va a ser más difícil convencer a Cole. Lo quiero como a un hermano, pero, de nosotros tres, es el que está más jodido. Sinceramente, es el que tiene más razones para estarlo.

—Las razones me dan igual. No pienso renunciar a estar con él.

—Bien —dijo, y me besó en la frente.

En ese momento inspiré para reunir fuerzas, entré caminando en el hangar, sabiendo que la tripulación retenía el avión por mí. Estaban poniendo excusas técnicas, tal como les había ordenado Evan, para que Cole no empezara a preguntarse por qué no habían despegado todavía.

—Bienvenida a bordo, señorita Laron —me dijo una azafata muy menuda cuando empecé a subir la escalerilla de embarque—. El señor Black nos ha pedido que usted se quede en la zona de la tripulación hasta que hayamos despegado; luego puede pasar a la zona del pasaje.

Lo dijo todo como si no se tratase de una petición rarísima, y tuve que admirar su profesionalidad. El plan lo había ideado Evan, pero yo estuve muy de acuerdo con él. Porque no había forma de que Cole pudiera echarme del avión en cuanto estuviéramos volando a mil metros de altura.

La azafata, que se presentó como Jana, me ofreció una copa de vino antes del despegue, que yo acepté agradecida. Una vez en el aire, me ofreció otra, y también me la bebí de un trago. Cuando el avión había alcanzado la velocidad de crucero, y me autorizaron a levantarme y a cruzar la puerta que separaba las dos zonas, sentí el valor suficiente para creerme capaz de sobrevivir a la ira de Cole.

Inspiré con fuerza una vez, luego otra, descorrí la puerta, la cerré al pasar y accedí a la zona del pasaje. Lo vi enseguida, claro está, porque era el único pasajero. Estaba sentado en una de las butacas, con una mesa semicircular delante. Se había recostado en el asiento y llevaba una gorra de béisbol de los White Sox calada hasta las orejas, que le tapaba los ojos.

No me había visto, y me tomé un instante para echar un vistazo a mi alrededor. Nunca había estado en un jet privado; esa pequeña estancia era más parecida al vestíbulo de un hotel que al interior de un avión.

Había otras tres butacas alrededor de la mesa a la que estaba sentado Cole, era una especie de zona de encuentro. En el otro extremo de la cabina, había un sofá bajo una hilera de ventanillas a través de las cuales solo se veían nubes. Una pequeña mesa de centro ocupaba el espacio que tenía justo delante. Por último había dos lujosas butacas reclinables en el fondo de la cabina.

La totalidad del espacio estaba forrado de elegante madera y de bruñidas molduras metálicas. La tapicería daba a la cabina un aire de comodidad y de lujo. Sinceramente, podría acostumbrarme a aquello.

Observaba el entorno para hacer tiempo.

Di un paso hacia Cole, luego otro y otro hasta estar a solo un par de centímetros de él. Apoyé una mano sobre la mesa para no perder el equilibrio.

Iba a decir su nombre, pero entonces él levantó la cabeza. No le vi la cara por la gorra, pero, transcurrido un instante, me quedó claro que estaba dándome un buen repaso y, cuando llegó a la cara, se quitó la gorra de golpe y la tiró sobre el asiento que tenía al lado.

—¡Kat! —exclamó, y creí percibir cierta tristeza en su voz, aunque también me pareció distinguir un tono esperanzado.

—¡Qué pasa! —dije—. ¡Qué haces tú por aquí!

Esbozó una sonrisa fugaz y tensa.

—He oído la puerta, luego tus pasos. He pensado: «Dios, no puede ser ella, porque eso sería un milagro», y no creo en los milagros.

Alargó una mano para tocarme, y yo se la tomé, y permití que tirase de mí para acercarme a él. Sus rodillas rozaron mis piernas, y esa conexión, esa chispa luminosa y apasionante que sentía siempre que estaba con él me recorrió por dentro y me llenó de calor y de júbilo. Lo que me hizo sentir como si hubiera llegado a casa.

—Yo sí creo en milagros —aseguré—. Y también creo en ti. Cole, no deberías haberte marchado.

—Tienes razón —admitió, y sentí como si me hubieran salido alas en el corazón—. No debería haberme ido así. Pero, Kat —añadió con amabilidad—, hice bien marchándome.

Esas palabras me golpearon con la fuerza de una bofetada; me había relajado demasiado pronto. Me había permitido albergar esperanzas, y eso me había hecho sentir un optimismo prematuro. Como Ícaro, había permitido que esas malditas alas del corazón me llevaran cada vez más alto, y lo único que había conseguido era caer en picado de regreso a la realidad.

—Eres un hijo de puta —dije con un tono tan tenso que amenazaba con estallar, porque esa vez era yo quien intentaba controlar su malhumor—. Jamás había pensado que fueras ni cobarde ni idiota, pero ahora veo que eres las dos cosas. ¡Joder, no puedo creerlo!, eres las dos cosas.

—Maldita sea, Kat, no me hagas esto.

—¿Que no te haga qué? ¿Que no me enamore de ti? —En cuanto hube pronunciado esas palabras deseé retirarlas—. Mierda —dije, y me aparté de él enseguida; necesitaba espacio para pensar y para moverme.

Me fui corriendo hacia el sofá del fondo de la cabina y me dejé caer sobre él, me doblé hacia delante y metí la cabeza entre las manos. Odiaba a Cole. Lo odiaba a muerte.

Noté la presión de su mano sobre mi hombro, pero no levanté la vista. Sabía que no podía. Todavía no. No sin llorar. Le había revelado demasiados secretos de mi corazón, y no estaba de humor para que me lo partieran.

Los cojines del asiento se movieron cuando se acomodó a mi lado; me tomó de la mano y entrelazó sus dedos con los míos.

—Te perderás la firma de tu contrato de compra.

—Sí —dije—. Ya lo sé.

—Nena…

Lancé un suspiro.

—He hablado con Cyndee. Los vendedores firmarán su parte y yo firmaré cuando pueda. Al final conseguiré la casa.

—Eso no es lo que importa —dijo con amabilidad—. Lo que importa es el ritual. El hecho de estar allí. En esa diminuta habitación imprimiendo tu firma en todos esos documentos oficiales. Además, ¿los de la mudanza no van a tu casa el sábado?

Volví la cabeza para mirarlo.

—Hay cosas más importantes.

Me aguantó la mirada durante un rato y se pasó las manos por la cabeza. Se levantó, caminó hasta el fondo de la cabina, se volvió y regresó hasta donde yo estaba. Sabía que me observaba —podía sentir el peso de su mirada—, pero estaba concentrada en sus manos. En los puños que abría y cerraba. En la lucha que estaba librando consigo mismo.

Al final se plantó delante de mí.

—¿Sabes? En esa habitación del Drake, tu padre me halagó por haber cuidado de ti. Y todo ha sido una puñetera pantomima por mi parte.

—Cole…

—No insistas. Prácticamente te violé en ese aseo de señoras. Te retorcí los pezones. Te hice daño. Y luego, en tu casa, casi te arranco el pelo y te hice llorar. ¡Me cago en la puta! Estaba tan centrado en mi deseo, en lo que necesitaba… ¡Joder!, en la necesidad de correrme, que ni siquiera me di cuenta de que te estaba haciendo daño. De que te estaba asfixiando. ¡Por el amor de Dios, Kat!, ¿sabes lo mucho que me dolió verte así? ¿Tirada en el suelo, con el rostro empapado en lágrimas? ¿Sabes lo mucho que me odié en ese momento?

Me había hecho llorar. Me sequé las lágrimas y me levanté para situarme delante de él. Le tomé la cara con ambas manos y le planté el beso más tierno del mundo en los labios.

—Para ser un hombre tan listo, que ha conseguido tanto en la vida, eres un idiota de mucho cuidado, Cole August.

—Catalina…

Le puse un dedo sobre los labios.

—Ahora me toca a mí —dije, y me enjugué las nuevas lágrimas—. ¿Que me violaste en el aseo de señoras? ¿Estás de guasa? Me pusiste tan cachonda que hasta me da vergüenza reconocerlo. Fue un momento increíble, Cole, ¿es que no lo entiendes? Una situación perversa y sensual, con el punto de exhibicionismo justo para que una chica mala se ponga como una moto. ¡En serio! Fue como hacer realidad una fantasía, y fue asombroso.

Él quiso hablar, pero yo negué con la cabeza.

—No. No he terminado. ¿Has mencionado que me pellizcaste los pezones? ¿Dices que dolía? Bueno, caballero, pues, adivina, tengo un secreto que contarte.

Me apoyé en su hombro con una mano mientras me acercaba a su oreja para hablarle al oído. Sentí que se estremecía y, al mismo tiempo, me recorrió una oleada de calor, provocada por el roce de nuestros cuerpos y la proximidad entre nosotros.

—Sí que dolía —dije, y noté cómo se le tensaba el cuerpo—. Dolía y era una sensación maravillosa. ¡Joder, Cole!, ¡casi me corro! ¿Que me hiciste daño? Quizá sí, pero me encantó. Y duele de maravilla, ¿sabes? Se dice así, ¿no? Porque eso fue lo que me hiciste sentir.

—Kat. ¡Ay, nena!

Me eché hacia atrás para mirarlo a la cara.

—No paras de interrumpirme. Deja de hacerlo. —Señalé el sofá—. Siéntate. Antes de que atravesemos una zona de turbulencias o de que Jana nos eche el sermón por no llevar puesto el cinturón.

Se sentó y, para mi descanso, su expresión, que hasta entonces había sido de sufrimiento, empezaba a parecer de divertida curiosidad.

Me apoyé sobre la mesa que él tenía delante con la mirada clavada en su rostro.

—¿Has dicho que me has hecho llorar? Si no recuerdo mal, estaba pasándomelo de puta madre intentando que te corrieras. Me gustaba, Cole. Estaba completamente entregada. Estaba completamente entregada a ti.

Me arrodillé delante de él y le separé las rodillas para poder pegarme más a su cuerpo. De forma muy intencionada, pasé la mirada de su entrepierna a su cara, y, mientras tanto, alargué una mano y se la coloqué sobre la polla; noté cómo se le ponía dura al instante.

—Quería probarte, tragármelo todo, meterme tu polla tan hasta el fondo como pudiera porque me pone muy cachonda darte placer. —La polla se le ponía cada vez más dura por mis caricias y por mis palabras—. Pero adivina una cosa: es un tema fisiológico, ¿sabes? Me gustaría ver cómo lo harías tú para tragarte hasta el fondo una polla tan grande como la tuya sin que se te salten las lágrimas.

Esbozó una sonrisa fugaz.

—Preferiría no hacerlo.

—Sí, bueno, pues me lo debes. Estaba a punto de conseguir que te corrieras, y tú vas y me empujas hacia atrás, cabronazo. Y, en cuanto a lo de tirarme del pelo —proseguí antes de que me interrumpiera—, sí, eso me dolió. Me diste un buen tirón, no lo esperaba, y me dolió.

Puso cara de dolor, como si acabara de pegarle una bofetada.

—Vaya chorrada, Cole. Me tiraste del pelo sin querer. Algún día seguramente te darás la vuelta en la cama y me golpearás con un codo, y tendré un ojo morado durante una semana. Y no habrá sido porque hayas perdido los nervios y me hayas pegado una paliza.

—¿Y si lo hubiera hecho?

—No lo hiciste y no lo harías. No eres capaz de hacerlo. Ni de perder los nervios, seguro. No podrías hacerme daño aunque lo intentaras.

—Kat, no lo entiendes.

—Y una mierda que no lo entiendo. ¿Qué te acabo de decir? No había motivos para marcharse, pero igualmente lo hiciste. ¡Joder!, te fuiste pitando. Y eso sí que me dolió, Cole. No todo lo demás.

Él apartó la mirada, y yo reprimí un taco.

—¡Dios, tienes la mollera muy dura! Dices que no lo entiendo, pero te equivocas. ¿No lo ves? Me has descubierto una nueva faceta de mí misma, y me encanta. No me asusta lo que puedas enseñarme de ti. —Alargué una mano hacia él—. La verdad es que te entiendo más de lo que tú crees.

—Gilipolleces.

—Necesitas dolor —dije con dulzura—. Necesitas infligirlo. Y resulta que a mí me gusta mucho sentirlo. Me parece que encajamos a la perfección. Es la situación perfecta. Como la sal y la pimienta. Es lo que debería haberte dicho anoche, cuando estábamos en la casa, pero no supe cómo expresarlo. Lo deseaba, Cole. Cuando dije que deseaba darte todo lo que necesitaras obtener de mí, me refería a eso. Y no me asusta que puedas llegar demasiado lejos. Porque no puedes hacerlo. No lo harás.

Me miró parpadeando, pero no dije nada. «Por favor —pensé—. Por favor, déjame entrar en ese coco tan duro que tienes».

—Crees que no tienes el control, pero te aseguro que sí lo tienes. Todo el mundo lo pierde de vez en cuando. ¡Joder!, tú estás demasiado obsesionado porque llevas mucho tiempo conteniéndote.

Se frotó la cara con las manos y volvió a pasárselas por la cabeza. Luego se quedó mirándome; yo estaba ahí sentada con un nudo en el estómago a la espera de su respuesta.

—¿Cómo lo haces? —me preguntó al final.

—¿El qué?

—Convencerme de que quizá no esté tan jodido como creo.

Me encogí de un hombro.

—¿Y qué si estás jodido? Al menos no nos aburriremos.

Estuvo a punto de echarse a reír, y sentí un alivio repentino, porque quizá la tormenta ya había pasado.

—En serio, Cole. ¿Quién no está jodido? Creo que todos lo estamos. Yo seguro que lo estoy. A lo mejor, el truco es aceptar que estás jodido, que los dos lo estamos, y seguir viviendo.

No dijo nada.

—Cole. Por favor. —Cerré los ojos e inspiré para dar con las palabras justas, porque sabía que estaba desnudando mi alma más allá de lo que resultaba inteligente o cauto. Aunque quizá con Cole no tenía que ser ni más lista ni más precavida. Quizá solo tenía que decirle cómo me sentía—. Te necesito —me limité a decir—. Al principio creía que solo te deseaba. Que eras como un picor que tenía que rascarme para poder eliminarte de mi organismo. Pero eres algo más que eso, y no puedo soportar la idea de perderte. Sinceramente, no sé si podría sobrevivir a tu pérdida. —Inspiré con fuerza—. Y ahora necesito que digas algo.

Me quedé sentada, inmóvil, rogando que hablara, aunque también temiendo las palabras que pudiera pronunciar. Pasado un rato, se levantó y se dirigió hacia el otro extremo de la cabina. Apoyó una mano en el brazo de una de las butacas, estaba dándome la espalda y tenía la cabeza vuelta hacia la ventana. Me dio la impresión de que estaba contemplando el mundo que se extendía ante nosotros.

—Siempre he salido adelante —empezó a decir con un tono grave pero firme—. Conseguí entrar en varias bandas. Me relacionaba con estudiantes, con profesionales de todas clases, con artistas y con todo el mundo en general. Se me daba muy bien imitar la forma de hablar y de actuar de los hombres con dinero. Sé adaptarme y que parezca fácil.

Se volvió para mirarme.

—Pero, en el fondo, no soy más que un gángster cualquiera.

—Gilipolleces —le solté, y mi respuesta fue inmediata y firme.

Él negó con la cabeza.

—No, es cierto. Es verdad, y no me avergüenzo. Así son las cosas, ¿sabes?

—No, no son así. Ya has dejado esa vida.

—Joder, claro que la he dejado. La he dejado porque soy listo. Y he tenido éxito porque no solo soy listo, sino que tengo los amigos adecuados.

—Y porque los tres habéis hecho algo de trampa —dije, y eso lo hizo reír.

—Eso es. —Inspiró con fuerza—. Soy capaz de manchar un lienzo con pintura y conseguir que le guste a la gente. Consigo que sientan algo aquí —dijo, y se dio un golpe en el pecho, sobre el corazón.

Yo quise decir algo, pero ignoraba adónde quería ir a parar con ese comentario, y me aterrorizaba hacerle perder el hilo. Por eso me limité a quedarme sentada, asimilando lo que decía y rogando en silencio que cuando terminase de hablar el mensaje fuera algo que yo deseara oír.

—Sé pintar el amor y el dolor, el honor y la nostalgia, y cualquier emoción, joder, la que te dé la gana. Pero ¿expresarlas? ¿Demostrarlas? Eso no se me da bien, nena.

Se me encogió el corazón cuando fui consciente de que todas aquellas palabras tan hermosas estaban relacionadas conmigo.

—No necesito que sepas expresarlas, Cole. Te necesito a ti.

Asintió en silencio, como si lo entendiera.

—Todo se resume a una sola cosa: estoy jodido, Kat. Pero tú también estás jodida.

Sonreí con suficiencia.

—Ya te lo he dicho.

—Sí me lo has dicho. Así que a lo mejor, en lugar de resistirme a esto que hay entre nosotros, debería aceptarlo. —Levantó la mano para invitarme a ir hacia él.

Fui y me refugié entre sus brazos, que era el lugar donde deseaba estar.

Él me besó en la frente y luego murmuró:

—Quizá tengas razón —repitió—. A lo mejor tendríamos que estar jodidos y juntos.

Levanté la cabeza para sonreírle, y me sentí más relajada de lo que me había sentido en muchas horas.

—Ya te he dicho que era lista.

—Y también de armas tomar. Si no hubiéramos estado ya volando, te habría echado de una patada del avión.

—Todavía no sé qué haces en este avión —dije, y me dejé caer en el sofá, atrapada por su abrazo. Se sentó y quedé a horcajadas sobre él. En ese instante me invadió una oleada de felicidad tan intensa que borró de un plumazo el dolor y el miedo que había sentido hasta entonces.

Había subido al avión con la intención de recuperar a Cole, y eso era exactamente lo que había hecho.

Me colgué de su cuello con las manos para echarme hacia atrás y poder verle la cara.

—Aunque estuvieras asustado o enfadado, seguías pensando en mí. Vas a Los Ángeles por mí. Por mi padre.

—Sí —dijo, y alargó un dedo para recorrerme el contorno del labio inferior con la yema—. Me resulta imposible no pensar en ti, Kat. Aunque no hubieras acudido a mí, aunque no hubiera vuelto a tocarte nunca más, seguirías estando presente para mí todos los días y las noches, y ocupando mi imaginación. Si no pudiera tenerte, te dibujaría, y lloraría el haber perdido la oportunidad de acogerte entre mis brazos.

Pestañeé, y me corrió una lágrima por la mejilla.

Él me la enjugó.

—Te necesito ahora, Kat. Aquí, ahora y con intensidad. Porque necesito saber que estás aquí y que eres real; y que de verdad eres mía.

—Ya sabes que soy tuya —dije con la voz entrecortada porque tenía un cúmulo de emociones agolpadas en la garganta. Me incliné hacia delante, y nuestras bocas se encontraron, nuestros dientes entrechocaron y nuestras lenguas se entrelazaron. Me sentí embriagada, poseída por él; no pensaba echarme atrás.

Cole tenía una mano por debajo de mi camisa, y yo buscaba a tientas su cremallera. No tengo ni idea de cómo se las arregló, pero, de algún modo, consiguió que mi camisa y mi sujetador terminaran en el suelo. Yo estaba sentada a horcajadas sobre él con una mano por dentro de sus pantalones; tenía una erección tremenda, la polla dura como una piedra.

—Dios, necesito estar dentro de ti —dijo mientras me ponía la mano sobre el sexo y me acariciaba por encima de los tejanos como si fuéramos dos adolescentes salidos en el asiento trasero de un coche.

—Quiero tenerte en mi boca —dije.

—No. —Movió las manos, me agarró por las caderas y tiró de los tejanos hacia abajo—. Voy a follarte, Kat. Necesito estar dentro de ti. Necesito sentir cómo me recubres con tu sexo.

Sentí cómo iba tensándoseme el cuerpo con sus palabras y empezaba a jadear y a respirar con dificultad.

—Lo que tú quieras —dije, me derretía por dentro porque sabía que, me deseara como me desease, yo estaba dispuesta a dárselo—. Lo que necesites. —Al borde de la locura, me esforcé por quitarme los tejanos y las bragas lo más rápido posible. Me quedé desnuda y sentada en su regazo, metiéndole los dedos por la cintura del pantalón con tal de quitárselos.

No se los bajé del todo, pero en cuanto tuvo la polla fuera, me importaron un bledo los pantalones, solo lo deseaba a él. Dentro de mí. Caliente, cachondo y con el sexo a punto de estallar. Me apoyé en sus hombros para montarlo bien, y me dejé caer para meterme su polla y colocar la punta justo en el centro de mi sexo.

—Ahora —dijo, y me agarró de las caderas para obligarme a bajar más, con fuerza y rapidez, para metérmela por completo. El dolor y el placer me recorrieron, sentí un estallido repentino de pasión encendida proyectado por la violencia del movimiento. Esa intensidad maravillosa y frenética me hizo gritar:

—¡Sí, oh, Dios, Cole, sí!

Mis palabras hicieron eco en la pequeña cabina, y cuando el sonido nos envolvió, abrí los ojos como platos. Había olvidado dónde estábamos, y vi que Cole torció el gesto cuando se dio cuenta de lo que yo estaba pensando. Entonces, de forma muy pausada y deliberada, levantó una mano y apretó el botón con el que el pasajero solicitaba absoluta intimidad.

—Jana ya lo habrá escuchado —susurré.

—¿Te molesta? —me preguntó mientras bajaba una mano para estimularme el clítoris—. ¿Te molesta que sepa que estoy follándote? ¿Que te la estoy metiendo hasta el fondo? ¿Que estás desnuda y cachonda, y que voy a hacerte chillar cuando te corras?

—No. —Apenas podía articular palabra por el placer que estaban provocándome sus palabras al mismo tiempo que sus caricias no me daban tregua—. No —repetí. Y entonces, como quería que él supiera que lo decía muy en serio, me incliné hacia delante y le rodeé el cuello con los brazos. De esa forma, recoloqué el cuerpo y despegué el culo de sus piernas para clavarme su polla una y otra vez con un ritmo sensual que nos volvió locos a los dos.

—Azótame —le dije, y sentí que su sexo se endurecía más dentro de mí al susurrarle esas palabras—. Ponme el culo rojo, Cole. Quiero sentir el escozor de tu mano incluso después de que me haya corrido. Azótame porque el hecho de que Jana sepa lo que estamos haciendo me pone muy cachonda. Azótame —murmuré— porque sabes que lo deseas. Y, joder, deseo sentir cómo te corres.

Emitió un gruñido como respuesta, un sonido instintivo, sensual y lleno de deseo. Y justo cuando temía que quisiera ignorar lo que le había pedido, sentí el delicioso escozor de su palmetazo en el culo. Solté un grito, pero él me hizo callar comiéndome la boca.

—Ahora —me ordenó al finalizar con el beso, y me propinó otro agradable azote en el culo. Eso me obligó a arquear el cuerpo de tal modo que no solo me estimuló el clítoris, sino que me clavé todavía más su polla—. Córrete para mí; ahora, Catalina.

Y luego, como era suya y sabía que siempre lo sería, me entregué a él y me desplomé entre los brazos de ese hombre que me había reclamado como suya.