5
—Aguacate, salmón y crema de queso —anunció Flynn mientras ponía frente a mí un plato cargado con la mayor tortilla francesa de la historia—. Zumo de naranja —añadió, acompañando el plato con una copa de champán—. Un cóctel mimoso. Y, como ¿qué es un desayuno sin beicon?, una ración crujiente y sabrosa de grasa de cerdo.
Levanté una ceja mientras él colocaba el plato de beicon sobre la pequeña mesa de madera que ocupaba casi toda la zona del comedor de nuestro minúsculo apartamento.
—¿Y cómo pretendes que me coma todo esto?
—Poco a poco. —Llenó su plato y luego se dejó caer en una silla al otro lado de la mesa—. Considéralo el desayuno del remordimiento. Yo ayer salí y eché un polvo mientras tú te quedabas en casa a hacer la colada.
—Dicho así… —asentí, y empecé a comer.
Compartir piso con Flynn tenía muchas ventajas. Era el mejor cocinero que había conocido en toda mi vida. Siempre pagaba el alquiler puntualmente. Trabajaba como auxiliar de vuelo y a menudo se ausentaba durante varios días, lo cual me permitía pasar tiempo a solas. Y cuando estaba en la ciudad, solía hacer turnos en el John Barleycorn, un pub de la zona, con lo cual, además de cumplir con lo de mi necesidad de soledad, tenía un sitio al que ir de copas donde sabía que los camareros me tratarían bien.
Hacía años que era amigo de Angie y se llevaba genial con Sloane, por lo que no habíamos tenido ninguno de los problemas que suelen darse cuando se solapan dos grupos de amigos. Por si fuera poco, es agradable a la vista. Y es heterosexual.
Esa era precisamente la característica que más me intrigaba aquel día desde que me había levantado. No porque quisiera acostarme con él, sino porque podía darme otra visión sobre Cole. Al menos, eso esperaba.
Mientras él batía los huevos y freía el beicon, yo le había hecho un resumen general de todo lo que había pasado la noche anterior durante la inauguración. Una vez finiquitada la versión ligeramente editada de los hechos, le pedí que hiciera de psicólogo y se metiera en la cabeza de Cole.
—Como si fuera tan fácil meterse en la cabeza de Cole August —dijo Flynn—. O, para el caso, en la de cualquiera de los tres. Pero Cole…
Dejó la frase a medias y se encogió de hombros mientras meneaba la cabeza.
—¿Qué?
—Lo conozco desde hace los mismos años que Angie, aunque yo no los veía tan a menudo como ella, sobre todo desde que Jahn empezó a pasar más tiempo en el piso y menos en la casa —añadió, refiriéndose al tío de Angie y el piso del centro que su sobrina había heredado tras su muerte, hacía algo más de un año.
—¿Pero? —insistí.
—Pero lo conozco lo suficientemente bien como para saber que no lo conozco en absoluto. —Se encogió de hombros—. Nunca se le ha dado bien eso de compartir sus pensamientos.
—Ni a mí. Y si me apuras, a ti tampoco.
Levantó las manos en alto en señal de paz.
—No es una crítica, es un hecho. Y en lo que a mí respecta, conoces hasta el último de mis secretos más oscuros.
Golpeé la tortilla con el tenedor y sonreí.
—Por eso me tratas tan bien.
—Cierto. —Se llevó la copa a los labios y bebió un trago de su mimosa—. Yo solo me preocupo por ti. Es que te comportas como si se hubiera convertido en una obsesión. Y tú no eres el tipo de chica que se obsesiona con nada.
Tenía razón, así que preferí no decir nada.
—Deberías alejarte de él. Es decir, por un lado, es más o menos lo que te ha dicho que hagas. Y por el otro, no hay ni una sola persona en el mundo que merezca la cantidad de energía mental que tú has invertido en este tío.
Fruncí el ceño y pensé en lo que acababa de decir.
—¿De verdad lo crees?
—¿El qué?
—Que nadie merece tanto la pena.
Aquella idea me puso triste y no pude evitar pensar que Flynn se sentía más solo en el mundo de lo que yo creía.
Se encogió de hombros.
—No lo sé. Puede que sí. Puede que no. Supongo que aquí la pregunta importante es si Cole vale la pena. —Me dedicó una de sus sonrisas de sátiro—. Es decir, si lo único que quieres es echar una cana al aire, estoy dispuesto a sacrificarme por ti.
Lo miré y puse los ojos en blanco.
—Ni aunque viviera un millón de años. Tu experiencia como profesional dejaría mis habilidades a la altura del betún.
Flynn sonrió.
—Estoy retirado, ¿recuerdas?
—Y yo me alegro.
Durante unos meses, Flynn había completado su sueldo acostándose con mujeres de alta alcurnia, señoras aburridas y siempre mayores que él. Estaba convencida de que Angie sospechaba la verdad, pero yo era la única que lo sabía a ciencia cierta, básicamente porque había tenido sospechas y un día le había sacado el tema.
Pero, a pesar de que yo conocía su secreto, él seguía sin conocer los míos. Y de momento no se me ocurría ninguna razón de peso para alterar el statu quo.
—Aun así —continué—, sería raro. Imagino que debe de ser muy tentador verme día sí, día no y no poder tener un trozo de mí —añadí alegremente—. Tranquilo, estoy seguro de que sobrevivirás al dolor de pelotas.
Flynn sonrió.
—Por eso te quiero, Kat. No te tragas mis mierdas.
—No me trago las mierdas de nadie.
—Excepto las de Cole.
Fruncí el ceño porque debía admitir que tenía razón.
Ya que estábamos celebrando el día de la Pobre Katrina, Flynn me libró de mi parte del trato, que consistía en que él cocinaba y yo limpiaba. Mientras él recogía los platos, los aclaraba y ponía el lavavajillas, yo lo observé en silencio, dejando que mi mente repasara la conversación.
La verdad era que, aunque no tuviéramos la típica relación incómoda entre amigos, tenía claro que nunca me acostaría con Flynn. De hecho, no solía acostarme con prácticamente nadie porque sabía lo que venía después. Cómo reaccionaría yo. Cómo me encerraría en mí misma.
Ese era el motivo principal por el que estaba segura de que mis sentimientos por Cole eran verdaderos. Tenía que insistir u olvidarme del tema cuanto antes y para siempre. Porque aunque sabía lo que acabaría pasando, aunque sabía los recuerdos que acabarían asaltándome y las sombras que aparecerían cuando menos lo esperara para consumirme, aún lo deseaba desesperadamente, como nunca antes había deseado a ningún hombre.
De pronto me di cuenta de que estaba temblando y me cubrí el pecho con los brazos para protegerme de los recuerdos.
Flynn se dio cuenta y frunció el ceño.
—¿Estás bien?
—Solo es un escalofrío. Anoche no pegué ojo.
—No me sorprende. —Apuró su copa y me miró fijamente—. Tienes que hablar con él, así de sencillo. Lo sabes, ¿verdad? Si no tienes intención de pasar del tema, no te queda otra que tragarte el orgullo y forzar la conversación. El tío está loco por ti. Tú estás loca por él. Te has acercado bastante y, aun así, no te ha tirado encima de la cama ni te ha arrancado la falda a bocados. Tienes que preguntarle por qué.
—Lo he intentado.
—Pues inténtalo otra vez.
Me encogí de hombros. Empezaba a cansarme de que la conversación girara a mi alrededor.
—Sigues queriendo alquilar una de las habitaciones de mi casa, ¿verdad?
Por un momento, creí que no iba a contestar y temí que se burlara de mi intento más que evidente de cambiar de tema. Por suerte, cuando respondió fue para decir:
—Joder, claro. Pero deberías dejarme pagar la mitad de la hipoteca.
—Ni hablar. Es mi casa. O lo será la semana que viene. Tú solo alquilas una habitación. El trato ya está cerrado.
Sabía que Flynn iba justo de dinero. La compañía aérea en la que trabajaba no dejaba de quitarle turnos y las propinas como camarero tampoco daban para tanto. No quería que volviera a sus tiempos de gigoló, pero si en algún momento se veía en apuros, sabía que eso era precisamente lo primero que se le ocurriría.
Me levanté de la mesa.
—Gracias por el desayuno y por la conversación. Será mejor que me ponga en movimiento. Tengo que hacer unos recados y luego me esperan más planes para la boda, y esta noche pretendo acostarme pronto porque mañana, antes de que se haga de día, tengo que estar sirviendo cafés. Mi vida está tan llena de emociones…
—Sé que no es la primera vez que te lo digo, pero te admiro por ser capaz de comprarte una casa con un sueldo de camarera.
—Soy el tipo de chica que siempre consigue lo que quiere —dije, sin mencionar que mi plan incluía fingir un trabajo que no tenía en la galería y sacar la paga y señal de la caja de seguridad en la que guardaba el dinero que había ahorrado año tras año gracias a los timos.
—¿De eso se trata? —preguntó Flynn.
Lo miré fijamente, confundida.
—¿De qué estás hablando?
—Cole —respondió él—. ¿Estás forzando la máquina porque se te ha antojado y no puedes tenerlo?
—No —repliqué de forma automática—. Por supuesto que no.
Pero mientras me dirigía hacia mi dormitorio para acabar de vestirme, me pregunté si Flynn no tendría razón. Todo lo que creía sentir por Cole ¿no era más que un ataque de orgullo? ¿O realmente se trataba de algo mucho más profundo?
Y siendo la principal implicada como era, ¿cómo se supone que iba a saber la diferencia?
Como creía que Flynn tenía razón, cancelé los recados relacionados con la casa que tenía pendientes y fui a la galería para hablar con Cole.
—Aún no ha llegado —me dijo Liz, la rubia que se ocupaba del día a día de la galería y que antes había sido una de las bailarinas del Destiny.
Una de las cosas más chulas que hacían los caballeros era ayudar a las chicas que trabajaban en el club a encontrar un trabajo en el que no tuvieran que sacarse la ropa si no querían. Incluso llegaban a pagarles los estudios o las prácticas, y Tyler era el dueño de una empresa de trabajo temporal a la que muchas de las chicas acudían cuando estaban listas para seguir su camino.
Aún mejor que eso era que algunas de las chicas habían sido captadas por una mafia de trata de blancas y los chicos habían conseguido liberarlas y encontrarles un trabajo remunerado. Se trataba de una operación encubierta, pero tanto Angie como Sloane estaban tan orgullosas de lo que sus parejas habían hecho que no se habían podido resistir y me lo habían contado.
Desde entonces, los tres caballeros seguían trabajando de vez en cuando para los federales que habían desmantelado aquella red de trata de blancas. El caso aún estaba siendo investigado, pero cualquier día podía empezar el juicio, que sin duda sería un auténtico circo mediático.
—La inauguración salió genial —le dije a Liz—. Hiciste un trabajo increíble organizándolo todo.
—Gracias —respondió ella visiblemente halagada—. ¿Quieres que le deje una nota o algo?
No estaba segura de querer, pero me pareció extraño pasarme por allí y no dejar ni un mísero recado. Además, dejar una nota era propio de gente civilizada.
—¿Te importa que entre y se la deje yo misma en su mesa?
—No, adelante —dijo Liz, sonriendo de oreja a oreja.
Esta vez, mientras recorría el pasillo de las oficinas, vi que la puerta del estudio de Cole estaba abierta. Me pareció ver algo que me resultó familiar y me detuve frente a ella. Era la imagen de la espalda desnuda de una mujer, la misma imagen que yo ya había visto antes.
El lienzo descansaba sobre un caballete y, aunque en un primer momento pensé que se trataba del mismo retrato que me había llamado la atención la noche anterior, enseguida me di cuenta de que en este el ángulo era diferente. Era otro estudio de la misma mujer.
Había además otra diferencia muy evidente. Este estaba firmado con una rúbrica que yo conocía muy bien.
«Cole».
Recordé la conversación e intenté disimular una sonrisa. De pronto entendía por qué parecía tan seguro cuando me había dicho que la galería seguiría exponiendo el trabajo de aquel artista.
Sin darme cuenta, había entrado en el estudio y estaba apenas a unos centímetros del lienzo. La perspectiva de la mujer era casi idéntica a la del retrato de la galería, con algunas sutiles aunque importantes diferencias.
Al igual que en la obra original, la mujer del cuadro sugería belleza y también pureza. Transmitía energía y dinamismo, aunque también control. Estaba viva y era consciente de su propia excepcionalidad. Era una diosa en la tierra.
Cole dominaba el pincel con tanta maestría que, a partir de una simple pincelada, era capaz de evocar un abanico de emociones y un catálogo de interpretaciones, a cuál más vívida. Siempre había sabido que tenía talento, pero de repente, de pie frente a su obra, me daba cuenta de que sus habilidades se parecían mucho a las de un genio.
Retrocedí con la intención de empaparme de la belleza de la imagen. En ese momento, era lo más cerca que iba a estar de Cole y no quería malgastar el momento ni la oportunidad.
A diferencia del retrato que colgaba en la galería, esta otra imagen no estaba oculta tras la fuente, por lo que no había nada que se interpusiera entre la mujer y los espectadores. Los detalles de su espalda eran más precisos, incluidas las marcas del biquini que le daban una calidad más humana. Por si fuera poco, la imagen llegaba más abajo y mostraba unos centímetros más de la cadera y un par de pequeños hoyuelos justo por encima de la curva de las nalgas.
Yo tenía dos hoyuelos como aquellos. Cuando era pequeña los odiaba. Ahora, en cambio, los consideraba un punto a mi favor. Eran sexis y provocadores, y Cole debía de pensar lo mismo o no los habría incluido…
De pronto me quedé petrificada, sin poder apartar la mirada de una zona por debajo del hoyuelo izquierdo de la modelo. ¿Eso era…?
Me incliné sobre el lienzo y se me escapó una exclamación de sorpresa. Era un tatuaje.
Peor aún, era una expresión latina. Ad astra. «A las estrellas».
En un acto reflejo, me llevé la mano a la espalda, justo por debajo del hoyuelo. Era el mismo tatuaje y las mismas palabras en latín, palabras que conocía desde pequeña porque eran la expresión favorita de mi padre.
Retrocedí para poder contemplar el retrato al completo. Era yo, ya no tenía ninguna duda. Aquella era mi cintura. Y mi pelo. Incluso la forma en que la modelo inclinaba la cabeza ligeramente a un lado, tal y como hacía yo cuando pensaba.
Me había visto reflejada, había analizado mi propio retrato, sin ni siquiera darme cuenta.
Más grave aún, no sabía que Cole me estuviera usando como modelo.
¿De qué demonios iba aquello?
Recordé todas las veces que había tomado el sol en el piso de Angie. Las veces que Evan nos había llevado a navegar en su barco.
¿Cole había aprovechado para observarme?
Y no solo para observarme, sino también para estudiarme.
Recorrí todo el taller y descubrí que la del caballete no era la única imagen de mí. La mesa estaba cubierta de bocetos. Los revisé y me vi a mí misma devolviéndome la mirada, sopesando la curva de mi propio cuello o el tamaño de mis pechos.
En lo práctico, el de Cole era un trabajo excepcional, pero eso no era lo que me intrigaba.
Cole me deseaba.
Al menos se sentía atraído e intrigado por mí.
Obsesionado.
Por lo visto, eso también lo teníamos en común.
Entonces ¿por qué se estaba esforzando tanto para mantenerse alejado de mí?
Respiré hondo y miré a mi alrededor, observé la sala espaciosa y llena de luz a través de los ojos de Cole. Estaba repleta de mí. O, al menos, de una versión.
Pero la chica del cuadro y de los bocetos estaba llena de luz. Transmitía pureza y dulzura. No había nada en ella que sugiriera un pasado secreto o una arista en su carácter.
Esa chica era yo y, al mismo tiempo, no lo era. De pronto el placer que había sentido al reconocerme se transformó en una sensación fría y desagradable.
No sabía a quién veía Cole cuando me miraba, pero seguro que no era Katrina Laron ni ninguno de los otros nombres que había usado a lo largo de los años.
Ni siquiera veía a Catalina Rhodes, la chica con cuya identidad había venido a este mundo, pero que había desaparecido hacía tanto tiempo.
¿Acaso no me había mirado de verdad?
¿O quizá veía algo en mí que yo llevaba mucho tiempo ocultando a todo el mundo, incluida a mí?