XXXIII
El Patio de “Recepciones”
La muerte de “Cadavid” no sorprendió a sus amigos; era de esperarse. Lo que sí asustó fue la forma como murió su esposa. Las mujeres de los bandidos saben a qué atenerse cuando se enredan con ellos —decían algunos, otros afirmaban que fue una estupidez de “Cadavid” llevarla.
La realidad era que, la vida en el país y en las cárceles, proseguía. El gobierno del Presidente Álvaro Uribe les metió el primer susto a los comandantes paramilitares desmovilizados. Las críticas sobre la existencia relajada que estaban llevando incorporados a la vida civil, sin responder realmente por sus acciones delictivas, generó malestar en varios sectores de la sociedad y ello obligó al gobierno a tomar medidas. Gran parte de los comandantes paramilitares fueron privados de su libertad. Inicialmente permanecieron en una granja carcelaria y tiempo después los enviaron a verdaderas prisiones, en diferentes zonas del país. Nadie les hablaba de extradición ni de los delitos por narcotráfico por los que seguían pedidos en EE.UU. Todavía tenían poder, aunque ya estaban presos. Faltaban algunos como Vicente Castaño, alias “el Profe”. También “los Mellizos”, estos no creían en las promesas del gobierno y prefirieron vivir en la clandestinidad hasta que les llegó su fin.
En medio de este ir y venir, encontrándose ya en la Cárcel de Cómbita, se descubrió un plan para asesinar a “Popeye”. Lo sacaron del Patio de Alta Seguridad, de manera intempestiva y fue llevado al pequeño espacio llamado “Recepciones”.
Una vez más desempacaba maleta, que en realidad era “sábana”, en donde metía sus escasas pertenencias cada vez que lo movían de celda o de cárcel.
Concentrado en el arreglo de su nuevo hogar pensó en las paradojas de la vida. Diez años atrás vivía como un rey en la Cárcel Modelo con los bandidos de moda. Tenía su propia celda, televisor con cable, baño privado, celular, beeper, gimnasio en el patio y un chef que les preparaba deliciosos manjares; todo esto sin olvidar la compañía femenina que disfrutaba a diario. Al igual que muchos otros, pensó que los lujos le durarían toda su condena. No podía evitar analizar su vida, la que parecía una colcha de recuerdos y añoranzas; se daba cuenta que desde siempre debió buscar su supervivencia, moviéndose al filo del abismo; quizá lo había logrado por la manera como aceptaba su destino, con la mayor serenidad que podía e intentando siempre acomodarse a las circunstancias.
Estaba convencido de que si había sobrevivido a la temible prisión de Valledupar, podía salir ileso de ese pequeño patio llamado “Recepciones”. Sólo había 20 celdas allí. El área resultaba pequeña, comparada con el resto de las instalaciones. El patiecito no tenía más de unos 15 metros cuadrados. Todo el mobiliario era una mesa con dos asientos y al fondo un televisor en el que la guardia veía las noticias en la noche.
“Popeye” acostumbraba a pararse frente a la pequeña ventanita de su celda, después de las 6:00 p.m., hora en que lo encerraban con llave. Desde su estratégico punto de observación alcanzaba a divisar, las novelas o los noticieros que los guardias veían y que le permitían mirar. Esta guardia la conformaban jóvenes llenos de ilusiones y mística por la profesión, muy diferentes a los del pasado que los golpeaban con bastones y los sometían con gases lacrimógenos. La nueva guardia del Instituto Carcelario Colombiano era mucho más humana con el preso, o al menos con “Popeye”, en los últimos años de su condena.
Una vez más se había salvado de ser asesinado.
En esta ocasión, en los patios estuvieron cerca de matarlo con un
cuchillo, a manos de un preso que tenía varias condenas encima. La
amenaza venía por la publicación de un libro en donde relató con
detalle su vida y actividades al lado de Pablo Escobar. 5
Las revelaciones que hizo como miembro del Cartel de Medellín lo convirtieron en testigo estrella de la Fiscalía General de Colombia, contra un poderoso político que, gracias a su testimonio, fue capturado y enviado a la cárcel como partícipe del magnicidio del candidato presidencial Luis Carlos Galán, en 1989. Esta confesión, unida a su pasado delictivo, le tenían en esos momentos, la espada de Damocles sobre su cabeza y lo mantenían en el ojo de la opinión pública en Colombia, generando entre sus detractores una aversión hacia él que soportó con dignidad; resistió las acusaciones de delator con que lo señalaban día a día. Y ahora llegaba nuevamente…
Tomó como premonitorio que le asignaran la celda número uno pues fue esa la primera que piso años atrás. Su optimismo tambaleó cuando se enfrentó al mal ambiente de sus compañeros en ese patio. El cuento estaba regado por todo el país:
—¡“Popeye” se volvió sapo!
En “Recepciones” estaban los presos con mayor seguridad de la cárcel y de Colombia. Dos personajes famosos le dieron una mala bienvenida. “Ojitos” y Rodrigo Granda Escobar, alias “el canciller de las FARC”, secuestrado en Venezuela como consecuencia de un excelente trabajo de la inteligencia colombiana que lo condujo a su patria, cuando se paseaba tranquilamente por el vecino país. Lo dieron como detenido en Cúcuta en la frontera colombo-venezolana. En el camino quienes lo “secuestraron”, le decían que eran paramilitares. Rodrigo sólo pensaba en la motosierra y la tortura. Fue un susto fenomenal. Cuando ya lo tuvieron las autoridades y lo mostraron en Cúcuta como capturado, le volvió el alma al cuerpo.
Era inteligencia militar actuando como bandidos. Quinientos mil dólares pagaron a unos oficiales venezolanos que los apoyaron en el secuestro y luego en el recorrido hasta territorio colombiano. Este complicado hecho creó un lío diplomático entre las dos naciones.
Granda cada vez que firmaba un documento le colocaba ¡Secuestrado por la República de Colombia! Un ser despreciable, que respira odio por el país y por sus instituciones. “Popeye” había convivido en las cárceles con revolucionarios pero éste era caso aparte. Granda veneraba a Cuba y a sus comandantes; odiaba a “Popeye” porque en su libro había denunciado el tráfico de drogas del Cartel de Medellín a través de Cuba, con la complacencia de los hermanos Castro. Esto hizo que cuando él sicario ingresó al patio lo rechazara de frente haciéndole la vida imposible, tratando de voltear a los demás presos en su contra. Incluso les decía que no le hablaran. “Popeye” sabía que le ganaba la pelea, sólo tenía que tener paciencia e inteligencia.
Rodrigo Granda aparentaba unos 53 años de edad, delgado, enfermizo y fumador empedernido, se veía frágil e inofensivo, pero su mirada fría y asesina traspasaba las lentes de sus grandes gafas. Sus ínfulas eran aún más grandes: se creía El Presidente de la República de Cómbita y parecía suponer que su segunda era la Doctora Imelda, directora de la prisión, con quien no congeniaba. Granda estaba loco y así lo comentaban los demás presos y guardianes.
Cuando “Popeye” salía a ver a su abogado en la parte de atrás de “Recepciones” Rodrigo Granda y “Ojitos”, un preso del Cartel del Norte del Valle, le gritaban:
—¡Se fue el sapo, se fue el sapo!
Él los escuchaba y se echaba a reír sin darles importancia; se sentía privilegiado de estar en “Recepciones” en dónde solo había siete presos, veinte celdas, cada una con baño privado y tres duchas comunales. Además del teléfono que vivía todo el día desocupado, era una dicha la greca para preparar café. Pero lo mejor de todo era la tranquilidad de no estar el día entero cubriéndose la espalda para evitar una puñalada trapera. En ese patio tenía que cuidarse de la lengua mordaz y del mal genio del “canciller de las FARC”, Rodrigo Granda. Para “Popeye” era como vivir en el paraíso con dos serpientes. Enseñado a sobrevivir en otras prisiones con asesinos de la misma clase que éste y gente despreciable en su máximo esplendor, no se iba a dejar acorralar por Granda y “Ojitos”, que no conocían la cárcel, ni sus trampas. “Ojitos” estaba esperando su extradición para los EE.UU. Fue capturado en Caldas, un municipio del Valle de Aburrá del departamento de Antioquia. Hasta allí llegaron a buscarlo, delatado por un “amigo”.
Estaba escapando de la Policía del Valle y de las guerras de su Patrón. Los norteamericanos lo solicitaban por narcotráfico y tenía un pequeñísimo problema: había asesinado a tres amigos en un apartamento en New York, para robarles dos millones de dólares. Eso sí es grave en los Estados Unidos.
Era un hombre de 44 años de edad, trigueño oscuro, oriundo del Valle. Delgado, de 1.70 metros de estatura, le temía a su extradición. Sabía lo que le esperaba.
Su jefe sí era poderoso. Manejaba las oficinas de cobro en Cali y tras la muerte de su gran jefe Orlando Henao, incursionó en el narcotráfico, asociándose con un peso pesado del trasiego de cocaína: “Chupeta”.
“Ojitos” vivía orgulloso de su jefe, pensaba que éste lo iba a salvar, que era todopoderoso. “Ojitos” era astuto y tenía que sobrevivir en el patio. Para eso convenció a Rodrigo Granda de que él también era admirador del libertador Simón Bolívar y con ello se ganó su confianza y protección. En el patio también estaba el ex parlamentario y miembro de la Comisión de Acusaciones de la Cámara, Carlos Oviedo Alfaro, condenado por un asesinato; todos lo recordaban por ser uno de los congresistas que absolvió al Presidente Samper en el sonado caso del proceso 8000.
El Patio de “Recepciones” se había inaugurado con el famoso comandante del Bloque Caribe de la guerrilla de las FARC, Ricardo Palmera, alias “Simón Trinidad”. Éste estaba listo para ser extraditado a los EE.UU., por narcotráfico, cuando “Popeye” llegó a “Recepciones”. Los dos guerrilleros eran vigilados sigilosamente y encerrados en sus celdas todo el día, Simón Trinidad en la celda 06 y Rodrigo Granda en la 12. En las mañanas se saludaban a gritos.
—¿Quién vive? —Gritaba Granda.
—¡Simón Bolívar, camarada! —Le contestaba Simón Trinidad.
Y luego lo hacía Trinidad.
Estas apologías guerrilleras molestaban al resto de los habitantes del patio que comentaban entre dientes su descontento diciendo:
—¡El prócer Simón Bolívar nos liberó del dominio español y estos guerrilleros de las FARC nos quieren someter al yugo a punta de pistola!
Granda, obsesivo con Simón Bolívar, todo el día hablaba de él y del sueño bolivariano, hasta el punto que ya nadie quería escucharlo por intenso con el mismo tema. Era feliz burlándose de la tragedia de los norteamericanos del 11 de Septiembre. Cada mañana gritaba a todo pulmón:
—¡Tumbaron las Mamonudas! ¡Jajaja! —refiriéndose a las Torres Gemelas y soltaba una sonora carcajada.
También se reía y ridiculizaba cada cosa que veía en las noticias cuando el Presidente de la República Álvaro Uribe con voz potente anunciaba:
—¡La culebra está viva! —decía el Dr. Uribe, refiriéndose a que las FARC no estaban derrotadas en su totalidad.
Granda se burlaba del mandatario imitándole su actitud, gritando a voz en cuello, ante la mirada reprobatoria de los otros presos y la guardia que creían que estaba loco:
—¡Ja,ja,ja, la culebra está viva, jajaja!
La sonrisita se le pasmó el día que llegaron por “Simón Trinidad” para extraditarlo a los EE.UU. Lo esposaron y ni tiempo tuvo de despedirse de su sueño bolivariano.
Después de la salida de Trinidad, la situación en el patio mejoró; las celdas ya permanecían abiertas en el día y bajó la presión, antes se temía una fuga o un operativo de rescate por el guerrillero pero todo volvió a la normalidad. En medio de esto “Popeye” una vez más, sobrevivió al ambiente hostil. Ese lugar era un pequeño infierno. Esperó el momento oportuno para atacar. La pelea era de bobos. Ellos se levantaban diariamente a buscar la forma de sacarlo del patio y él, todos los días en los medios de comunicación por sus denuncias en la publicación de su libro, lo que le generaba mala vibra con sus compañeros.
En todo esto, Rodrigo Granda se enferma de la próstata y empezó a caminar por todo el patio con una sonda en la vejiga y una bolsa llena de orines. A los otros presos les molestaba, con toda la razón pues resultaba desagradable, pero a él no le importaba y así se sentaba a la mesa a cenar con los demás. Esta visión les quitaba las ganas de consumir sus alimentos, a algunos les producía asco, no lo ocultaban tratando de que Granda mejorara su apariencia o al menos ocultara su desagradable bolsa de orines, pero él ni se inmutaba, al contrario, con mayor avidez comía ante la mirada de los demás. A veces alguno se disculpaba para pararse de la pequeña mesa de plástico que servía como comedor y se retiraba a su celda o comía después.
Los días del “Canciller de las FARC”, transcurrían en la Cárcel de Cómbita fumando cigarrillo, tomando tinto y cambiándose su bolsa de orines, mientras no perdía oportunidad para hablar mal del gobierno. El hombre no manejaba dinero; su amigo “Ojitos” era quien le financiaba los cigarrillos, el café, el expendio, las tarjetas para llamar y una prostituta de $25 USD que le mandaba traer cada mes para la visita conyugal.
En la Cárcel de Cómbita las cosas iban mejorando para los presos. Ya la visita conyugal no era cada 45 días, sino cada 30 días. En “Recepciones” les tocaba hacerla en su propia celda.
Mientras los compañeros disfrutaban con su conyugal, incluyendo a “Popeye” a quien lo visitaba su novia, a Rodrigo Granda se le complicó el problema de próstata y la prostituta no volvió. El médico le informó que tenían que operarlo de urgencia. El hombre se preocupó y un día “Popeye” lo cogió pensativo y le preguntó qué le pasaba, él le dijo que tenían que operarlo. “Popeye” aprovechó y le soltó todo su veneno para desquitarse de las ofensas anteriores.
—¡Don Rodrigo, no se vaya a dejar operar por médicos del gobierno que le colocan un chip, luego lo liberan y le llegan al señor Marulanda… Ojo con eso!
El hombre abrió sus ojotes y le dio la razón en el acto, con cara de angustia.
Días después, fue llevado para la cirugía, al hospital de la pequeña ciudad de Tunja, en Boyacá, cerca del penal. Granda, probablemente se acordó de lo que “Popeye” le recomendó y se retractó, no se dejó operar, ante la incredulidad de los médicos que le advirtieron que era urgente la intervención, aun así no se dejó convencer y volvió con su bolsa de orines al patio.
El Capitán Toledo, comandante de la guardia, encargado de coordinar la salida del guerrillero, llegó furioso al patio donde “Popeye” y lo regañó por haberle dicho semejante estupidez a Granda. Su salida fue organizada con personal del Ejército, bajo estrictas medidas de seguridad, para evitar un eventual rescate por parte de la guerrilla y, por una broma, terminó malograda.
“Popeye” miraba con sorpresa al capitán Toledo pero en su corazón reía; se gozó como nunca esa pequeña venganza de su enemigo. Pasaron los días y él, como buen bandido aplicaba la premisa que reza: manso como una paloma, astuto como una serpiente. La aplicaba diariamente con el guerrillero ya que el pequeño lugar en donde los siete presos estaban recluidos les obligaba a interactuar así no se soportaran. Los meses transcurrieron y la situación de Rodrigo Granda se complicó; la operación era un hecho si quería sobrevivir en la cárcel.
Un día llegó la Cruz Roja Internacional y con delegados del Gobierno buscaron un mecanismo para que Granda aceptara dejarse operar sin creer en que le iban a instalar algún chip, para llegarle a sus compañeros del secretariado de las FARC en las montañas, como se lo había hecho creer “Popeye”. La solución era llevarle un médico de absoluta confianza de los guerrilleros que pudiera estar presente y vigilar de cerca la operación. En ese contexto estaban cuando le llegó la noticia de que uno de sus abogados se salvó de milagro, intentaron asesinarlo a bala en Bogotá. Esto asustó más al guerrillero, no dejaba de fumar y tomar tinto todo el día pensando que lo podían asesinar a él también cuando lo estuvieran operando.
Acusaba de frente al Presidente de la República del atentado. Se volvió insoportable. “Popeye” reía viéndolo asustado, Granda era un ideólogo no un combatiente y lo mejor, temía morir como cualquier mortal.
A los días ingresa de visita el médico de las FARC, un tipo sucio, barbado, con una sudadera rota. Habló con Granda y lo convenció de que se dejara operar, confirmándole su presencia en la cirugía en calidad de garante para evitar que le instalaran el temido chip. Granda accede y en la cárcel se organiza un operativo gigantesco con el Ejército. La operación de la próstata fue un éxito. Para sus curiosos compañeros esto no fue suficiente, todos apostaron a ver cómo le había quedado su lívido y no era porque les preocupara su salud. Esperaron un tiempo prudencial para que el hombre se recuperara y meses después le mandaron traer a la prostituta para satisfacer su morbo, no el de Granda, sino el de sus chismosos vecinos de celda…
Un domingo llegó la prostituta. Granda se veía con carita feliz, le funcionó todo perfectamente, ante la desilusión de sus enemigos que esperaban lo peor.
La vida continuaba su imparable curso. Un día, sin saber por qué, el ex parlamentario Carlos Oviedo Alfaro fue trasladado a la Cárcel de Valledupar. Salió lloroso y asustado; sabía el infierno que le esperaba.
Por su lado Rodrigo Granda cometió un craso error. Su prepotencia rayaba en la locura. Un buen día retó a la directora de la cárcel. La citó al patio y convocó a una reunión con todos los presos, incluyendo a “Popeye”.
Granda se echó un discurso larguísimo y sin sentido, ante el asombro de todos. Y al finalizar concluyó diciéndole a la Directora Imelda:
—¡Se va “Popeye” o me voy yo! ¡Le doy hasta mañana!
La directora lo miró seria y contestó calmadamente mientras se levantaba de la mesa:
—¡Mañana le soluciono Rodrigo!
Y se fue sin mirar atrás. Los demás intercambiaron expresiones y se levantaron sin decir palabra, dirigiéndose a sus respetivas celdas. Minutos después “Popeye” fue llamado a la parte posterior del patio. La directora le preguntó qué era lo que estaba sucediendo allí. Él le explicó. Muy inteligentemente le aconsejó que no peleara con nadie, que ella lo resolvía.
Él sabía que no era conveniente confrontarlos y se jugó una última carta. Ingresó de nuevo a “Recepciones” y se despidió de todos.
—¡Señores, gracias por todo. Mañana me llevan para la Cárcel La Dorada!
Granda sonreía feliz. “Ojitos”, su amigo, lo secundaba.
Llegó el nuevo día y prometía una gran sorpresa. Tipo 10:30 a.m., llega la capitana Miriam. Granda estaba escribiendo en la mesa. La capitana le dice en tono enérgico:
—¡Rodrigo, empaque que va de traslado!
Éste se ríe relajadamente, voltea a mirar a “Popeye” que está en una esquina del patio y descaradamente invita a la capitana a sentarse.
Ésta muy seria le dice de nuevo en tono más alto:
—¡No estoy bromeando. Empaque!
Rodrigo de repente se bloquea, no sabe qué decir y palidece ante la mirada fría de la capitana que estaba perdiendo la paciencia. Él lo asimila y se levanta rápidamente, va hacia su celda, saca sólo un pequeño bolso de mano. Pasa ante “Popeye” quien lo mira con desprecio y sin poder evitar una sonrisita irónica, Éste lo mira también pero va tan confundido que voltea la cabeza presuroso. Un helicóptero se oye en la lejanía acercándose al penal. Rodrigo Granda Escobar, alias “el Canciller de las FARC” rumbo a la Cárcel La Dorada. Su amigo Julio López, alias “Ojitos”, quedó frío y no volvió a comentar nada en todo el día esperando su turno. Al llegar la noche el Teniente Millán le cae.
—¡Empaque que va para la Torre 7, la de los extraditables!
“Ojitos” se desencajó y suplicó que no lo llevaran a ese sitio porque allí lo mataban los enemigos de su patrón. Al final el teniente le dio la razón y no lo sacó. El peligro era real. Amaneciendo el día, “Ojitos” era todo amor con “Popeye” y los otros presos ya habían olvidado a su ex amigo Rodrigo Granda. A partir de ese día el Patio de “Recepciones” se convirtió en un remanso de paz. “Popeye” saboreó su pequeño triunfo, sin mover un solo dedo, ganó la “guerra de los bobos” como había bautizado a su confrontación con estos hombres y una vez más se repitió la premisa que tanto le ayudaba a sobrevivir entre bandidos:
Manso como una paloma, astuto como una serpiente…
Mientras daba sus batallas en “Recepciones”, un fin de semana de visita llegó la guardia con la noticia de que “Ojitos” sería extraditado ese mismo día. Lo que tanto temía le llegó. Era un sábado en la mañana, estaba feliz hablando con su hijo menor cuando el guardia le notificó la mala noticia. Esto golpeó al niño con fuerza. “Ojitos” le pidió una bebida caliente para darle al menor que se descompuso al escuchar la noticia.
“Ojitos”, con dolor, se separó del niño y dirigiéndose a su celda, sacó unas pocas pertenencias, luego se agachó para abrazar con fuerza a su hijo; parecía que el alma se le fuera en ese encuentro. Intentando que su voz no se quebrara le prometió al niño que volvería en un año. El menor, a pesar de su corta edad entendía la situación, por eso en ese momento se bloqueó completamente, parecía mareado y a punto de desmayarse se quedó callado; sus hermosos ojos se llenaron de lágrimas, las mismas que su padre trataba de controlar para no caerse enfrente de él, quería que lo recordara con honor y valentía ante su extradición.
El niño no sabía qué hacer, los que observaban la escena e incluso la misma guardia, tampoco se atrevía a interrumpir la despedida final de un extraditado frente a su pequeño hijo.
Sin saber muy bien qué hacer, a Julio López se le vio en el rostro reflejado el dolor, la frustración y la tristeza, era consciente de su situación, pero ningún hombre está preparado para ese momento. “Popeye” miraba la escena con tristeza, recordando que al lado de Pablo Escobar luchaba contra la extradición y nunca pensó llegar a ver los últimos minutos de un hombre que es llevado a ella, menos dejando atrás a su pequeño hijo quien tampoco entendía muy bien por qué tenía que aceptar que unos hombres armados lo obligaran a desprenderse de su padre.
La visita que allí se hallaba aquel sábado, junto con los demás presos, miraban acongojados otra de las horribles caras que también produce el negocio del narcotráfico en la vida de la gente inocente; a más de uno se le escapó una lágrima. “Ojitos” demostró un gran valor en esa despedida. Sabía que en EE.UU., podría enfrentar una pena de por lo menos 20 años, si no colaboraba con las autoridades. Todos quedaron tristes en el patio ese día. En la cárcel se sentía con fuerza cada vez que un hombre era subido al temido “vuelo de la muerte” rumbo a los EE.UU. Algunos regresaban pronto, pero en Colombia siempre hay alguien esperándolos para ajustar cuentas…