XII

Carlos Castaño

La vida seguía su rumbo en la cárcel y fuera de ella. En el patio les cambiaron un poco la rutina. Las celdas se comenzaron a abrir más tarde, 6:00 a.m., y los encerraban a las 5:00 p.m. Como aseador, su empleo para rebajar condena, “Popeye” junto con seis de sus compañeros se quedaba limpiando el patio.

En ese escenario, un día “Popeye” recibe información confiable de que lo iban a asesinar. No se podía dejar matar sin dar la pelea y menos permitiría que la monotonía de la cárcel se lo tragara vivo.

Para sobrevivir en una cárcel es necesario hacer alianzas con Dios y con el diablo y “Pope” lo hacía magistralmente para protegerse. Se alió con Aldemar Zamudio, alias “Cala”, un ex paramilitar condenado a 30 años de cárcel junto con alias “el Caleño”. Todos estaban conscientes de que debían tener a su asesino de confianza en el grupo, para que los respaldara sin que ellos directamente se afectaran con alguna acción extrema que se presentara. El hombre elegido tenía características especiales. “Osuna” era perfecto para unirlo al grupo. Estaba encartado por un homicidio y tenía un muerto más de cárcel. Se había fugado de otra prisión. “Osuna” era carne de presidio, y no tenía nada que perder con tanta condena encima. Se les une el sobrino del extinto Miguel Arroyave, “Camilito”, condenado a 15 años. Para su defensa el grupo contaba con dos buenos cuchillos y el fiero “Osuna” era bueno para el cuchillo, al igual que “Cala” y “el Caleño”. “Camilito” no se le arrugaba a nada. Todos se ayudaban y cuidaban mutuamente. No había jefe; se respetaban y su único fin era guardarse la espalda. El más malo para el cuchillo era “Popeye”. Su arma secreta y respaldo personal era “Osuna”, a quien le pagaba la marihuana, le compraba los cigarrillos y lo llevaba a que hablara con la mamá por teléfono, pues antes de su alianza pasó dos años sin llamar a la viejita. Todos se protegían y controlaban para que otro grupo no los fuera a coger; dentro del patio de mayor peligrosidad un asesino más criminal que ellos mismos era todo un lujo que pocos podían darse, sobre todo en Cómbita en donde se consideraba de extrema seguridad, aunque con el tiempo todos fueron viendo que el desarrollo, al interior de las torres, era como la de cualquier cárcel normal del país. “Popeye” vio el movimiento clandestino pero habitual de venta de droga dentro de los patios, sobre todo de marihuana. Algunos muchachos eran verdaderos magos para burlar los controles de la guardia. El día de la visita íntima se contrataba a una “mula”, que llevaba la droga en dedos de guantes de latex. La compañera ingresaba un laxante casero, camuflado también en su propio cuerpo. Luego de tomarlo la mujer expulsaba los dedos de marihuana o cocaína que se había tragado. El preso, apodado “Jíbaro”, era el distribuidor de droga dentro de la cárcel; la limpiaba en el lavamanos de la celda conyugal y luego se la tragaba nuevamente para pasar la requisa que los guardias hacen a cada preso después de la visita, la cual incluye mirada al ano, precisamente para evitar este tráfico o el de armas. Cuando el recluso llegaba a su patio repetía la operación del laxante en su propio cuerpo y de ahí salía a la venta con los viciosos, que eran muchos en la cárcel. Decían que así podían soportar la dura condena. Estos se exponían a la furia de los paramilitares quienes tenían prohibida la venta y el consumo de drogas en el patio. Cuando sorprendían a los presos en esta actividad los castigaban con dureza hasta expulsarlos de la torre, lo que hacía más difícil todo el negocio, sin embargo, los hombres se las ingeniaban para drogarse y comerciar el enervante.

Perder el patio para cualquier reo es traumático y peligroso; se corre la voz en toda la cárcel, después ninguna torre lo quiere recibir y el caído en desgracia tiene que ir a vivir al calabozo para esperar allí hasta veinte días mientras la cárcel le asigna uno nuevo donde acepten su presencia. Los muchachos de las autodefensas, al igual que los de la guerrilla, eran disciplinados y tenían la fuerza para evitar el consumo de alucinógenos excepto con pequeñas excepciones. En una pelea de bandas contra los que dominaban el patio, aparecían 20 ó 30 con “cuchillos hechizos” defendiendo su organización, no sólo protegían su territorio sino a ellos mismos. En caso de una requisa sorpresa había condenados que se introducían por el ano un tubito plástico en donde camuflaban la droga o los cuchillos hechizos protegiéndose de no lesionar el interior. Lo asombroso de esta práctica era que caminaban normalmente sin que se notara alguna irregularidad; en caso de enfrentamientos, en segundos se lo sacaban para atacar al enemigo, con una audacia y agilidad que sorprendía a todos.

En ese escenario, “Popeye” permanecía atento por la información que tenía de las negras intenciones de sus enemigos. Como siempre, daría la pelea a quien intentara desaparecerlo. Para ello se protegería con sus nuevos socios.

Un día cualquiera mientras centraba su atención en la escritura, un paramilitar le cambió el ánimo.

—Don “Popeye”, me permite un minuto. Por favor, regáleme una tarjeta para llamar a mi familia.

“Popeye”, soltó el lapicero y lo miró sonriente dispuesto a ayudar al compañero.

—Es que mataron a Carlos Castaño y mi cuñado estaba con él. No aparece hace tres días. Mi hermana está muy preocupada; necesito hablar con el “Mono Leche”.

El hombre le soltó la noticia tan directamente que “Popeye” quedó paralizado y apenas si pudo levantarse del piso donde estaba sentado. Nunca se lo esperó, pero pensó que tendría información de primera mano gracias a su amigo.

Sacó dos tarjetas de $10 USD. No se aguantó las ganas de conocer los detalles y se fue detrás de él.

El patio ya contaba con dos teléfonos de Telecom. Eran muy cómodos; les metían la tarjeta y el teléfono iba descontando el dinero. Había una larga fila siempre para utilizarlo. Otros reclusos llamaban a sus familias ese fin de semana. Ante la gravedad de la situación les pidieron permiso para llamar y enseguida accedieron todos, aterrados con la noticia. El hombre marcó a una población de la zona de Urabá. “Popeye” alistó cinco tarjetas más para dárselas. El “Mono Leche”, quien tenía la información directa de la muerte de Castaño no le podía contestar en ese momento, pero un empleado suyo le dijo que llamara en la tarde. El “Para” no era ningún pintado en la pared. Cuando llamó le atendieron.

Colgó desilusionado y le fue a devolver las tarjetas a “Popeye” pero éste se las dejó para que las utilizara cuando quisiera, él le prometió ir para la llamada de la tarde. No todo terminaba ahí. Los demás paramilitares se reunían en corrillos comentando el tema, todos buscando información sobre la muerte de su jefe supremo…

A medio día la noticia saltó a los medios de comunicación; se hablaba de dos sobrevivientes que escaparon heridos: alias “la Vaca” y “el Tigre”. Un carro que distribuía pan los ayudó a salir de la zona. La Policía y el Ejército los protegió. El país incrédulo. La noticia le da la vuelta al mundo. ¡Increíble! El poderoso Carlos Castaño, muerto a sus escasos 39 años de edad.

Llegó la tarde y fue con Zapata a llamar nuevamente. La razón de “Mono Leche” a través de sus hombres fue: …Que le diga a su hermana que no averigüe más por Richard. Está muerto y desaparecido… ¡Si sigue molestando la orden es matarla!

Zapata cuelga desconcertado y le marca a su hermana advirtiéndole lo que le puede pasar si sigue buscando a su marido que era parte del grupo de escoltas de Castaño. Ésta, asustada, le prometió guardar silencio y salir rápidamente de la zona. Sabía que los asesinos del jefe paramilitar no querían testigos molestos. Era un hecho: el poderoso Carlos Castaño estaba muerto. Lo asesinaron sus propios hombres por órdenes de su hermano Vicente y del Estado Mayor, quienes un día fueron sus amigos y aliados en la lucha con los subversivos.

La noticia entristeció al patio; todos sus hombres hablaban en voz baja. Sabían lo que se les venía encima; no era bueno para el proceso de desmovilización que se llevaba con el gobierno. Su muerte traería consecuencias.

Carlos Castaño había sido pedido en extradición por los EE.UU., por el delito de narcotráfico. Al comienzo del gobierno del Presidente Álvaro Uribe Vélez se conoció la orden. Castaño tenía un discurso anti narco y era un gran narcotraficante, recibiendo dinero de ellos para financiar su guerra. Sus declaraciones constantes en los medios de comunicación denunciando a sus antiguos aliados le engordó la lista de enemigos dentro de su organización, incluso se estaba distanciando de Diego Murillo, alias “don Berna”, su gran aliado en el grupo de los “PEPES” cuando combatieron a Pablo Escobar.

No sólo con ellos tuvo enfrentamientos. Con su hermano Vicente Castaño, alias “el Profe”, tenía peleas verbales a diario. La mayoría de los jefes paramilitares se estaban financiando con recursos del narcotráfico para sostener a su tropa que peleaba fieramente contra las guerrillas de las FARC y el ELN. Los comandantes le temían a los contactos que tenía Carlos con la DEA y a su personalidad cambiante. Temían que los entregara a la justicia norteamericana a cambio de inmunidad para él, su esposa Kenia y su pequeña hija. Su amigo y aliado en el departamento de Córdoba, Salvatore Mancuso, también se empezó a distanciar de él.

Kenia Gómez empezó a jalonear fuertemente a su hombre hacia la legalidad. Con el dinero que tenía, con su hermosa y joven esposa lo que anhelaba era una nueva vida… Inteligente como era, públicamente se declaró enemigo del narcotráfico y de los bandidos. Este hecho se sumó al maltrato que diariamente le daba a sus comandantes del Estado Mayor ofendiéndoles en las reuniones, hasta la humillación pública. No los respetaba y se contradecía en sus actuaciones. Algunos de ellos ya con poder y dinero decidieron alejarse de él y desafiar su autoridad. No lo reconocían ya como jefe de los paramilitares en Colombia. Sus antiguos socios y amigos se reunieron y con la autorización de su hermano Vicente Castaño, alias “el Profe”, tomaron la decisión mortal.

La operación fue liderada por Hebert Veloza, alias “H.H.” comandante del Bloque Calima. Éste escogió a sus mejores hombres para realizar el operativo en cabeza de Jesús Ignacio Roldán, alias “Mono Leche”. Todos fueron acuartelados en una finca de “el Profe”. Cero celulares, ninguna comunicación; treinta hombres listos para el ataque. Nadie sabía de qué se trataba la operación. La información del asesinato de Carlos Castaño sólo la tenían en ese momento “H.H.” y “Mono Leche”. No podían fallar. Si el jefe supremo de esta organización salía vivo, era el fin de los paramilitares.

Carlos tenía una rutina que todos conocían. Salía con frecuencia a una tienda llamada “Rancho al Hombro” para conectarse a la internet. Todo estaba listo. El tiempo apremiaba. Nadie ignoraba que Castaño se preparaba para ir a los EE.UU., a colaborar con la justicia. Entregaría a sus compañeros todo por la ilusión de iniciar una nueva vida con su familia, su único sueño en esos momentos.

Ese día sólo estaba protegido por su escolta personal de doce hombres; los radios le avisarían con suficiente tiempo para salir de allí en caso de peligro. Castaño se confía y navegando en la red se despreocupa de lo que pasa a su alrededor.

“Mono Leche” y cuatro de sus mejores hombres burlaron la seguridad de Carlos Castaño. Lograron llegar a una arboleda cerca de “Rancho al Hombro”. Allí se atrincheraron tomando posición estratégica para el combate. El apoyo estaba en manos de los escoltas del hermano de Castaño que generaba confianza entre sus hombres. Estos pasaron por la carretera, como todos se conocían, no había problema.

El primer radio de la seguridad de Carlos ve normal ese desplazamiento y no los reporta para evitar que su jefe sea interrumpido en su conexión vía internet. La caravana de seis camionetas avanza despacio y sin despertar sospechas. El segundo radio sí los reportó a 50 metros diciéndole que “el Profe” y su escolta iban llegando al lugar, pero el hombre que estaba al lado de Carlos no se lo comunicó. Sabía del mal genio que le producía ser interrumpido sin su autorización. Pensó que su comandante no debía ser molestado; en otras ocasiones había pasado y se había ganado una reprimenda de su jefe cuyo mal carácter y volubilidad eran ya conocidos por todos en la organización. En una oportunidad le había lanzado un teléfono a la cara por su supuesta negligencia. El hombre se quedó tranquilo con la información y cuando menos pensó llegaron las camionetas y abrieron fuego sobre todo el mundo. Carlos rápidamente se levantó de su silla y salió corriendo veloz, sin entender qué pasaba, dejando atrás su computadora. Con esfuerzo ganó los árboles y se internó en el monte en medio de los disparos y la persecución de sus asesinos. Allí le sale de frente “Mono Leche” y Castaño confiado le dice:

—¡Vámonos, vámonos que me están atacando!

El “Mono Leche” lo encañona con su gente, le quita la pistola y le dice fríamente:

—Mi comando, lo siento mucho. ¡Usted se va con nosotros!

Al fondo se escuchaba el tiroteo; sus hombres no se rindieron tan fácilmente y pelearon hasta morir.

Carlos Castaño por un momento se sorprendió y su cara se desencajó ante las palabras de su hombre, rápidamente recuperó la compostura y comenzó a gritar como loco pidiendo explicaciones.

—¿Quién ordenó esto?

“Mono Leche” estaba muy tranquilo, sabía que controlaba la situación. Su cara colorada por naturaleza no titubeó al soltarle la noticia:

—“El Profe”…

Ahí sí la cara de Carlos Castaño se descompuso completamente. Sabía lo que eso significaba. No dijo más, pero sus ojos parecían querer saltar de sus órbitas. Por primera vez en su vida no supo qué decir ante la inminencia de la muerte. Él, que ordenó cientos de asesinatos y mató directamente a otros, estaba vencido ante ella. Sabía que iba a morir como un perro, sin derecho a la defensa ni a un juicio justo, tal como lo padecieron sus víctimas un día. Con una mano inhabilitada por un accidente sin importancia, se entregó de mala gana. Fue llevado a la carretera. Vía radio “Mono Leche” ordenó que los recogieran. Una camioneta los sacó de la zona de combate.

“El Profe” y “H.H.” esperaban en una de sus fincas. El combate con los escoltas de Carlos terminó con la muerte de cinco de ellos. “La Vaca” y “el Tigre” huyeron heridos sin que sus atacantes se enteraran en ese momento. Gracias a estos dos escoltas que lograron escapar de la zona, el mundo supo la verdad sobre el asesinato del poderoso Carlos Castaño Gil.

En el atentado también murieron “H.2”, cuñado y jefe de escoltas de Castaño. Estaba en una finca cercana, oyó el tiroteo y pedido de auxilio que hacían los hombres de su cuñado por el radio. Salió con su fusil y 200 tiros a enfrentar el ataque. Fue emboscado y ejecutado por los hombres de “Mono Leche”.

Carlos Castaño fue llevado a la finca “El 15”. Lo sentaron frente a cuatro hombres que le apuntaban cada uno con su fusil y con la clara instrucción de “Mono Leche” quién les dijo:

—Si se mueve ¡dispárenle!…

Carlos estupefacto, no paraba de decir en tono de súplica:

—“Mono”… ¡déjeme hablar con mi hermano!

Éste no le contestaba evitando mirarlo a los ojos. Se retiró a prudente distancia, tomó el radio y en voz baja dio el positivo a sus jefes reafirmando que todo había sido hecho conforme a lo planeado y que ya tenía al objetivo mayor.

En Amalfi, un pueblo del departamento de Antioquia, nacieron los hermanos Castaño. De allí había partido “Mono Leche” buscando una nueva vida; llegó a la hacienda “Las Tangas”, en la zona de Urabá. La finca era de Fidel Castaño, alias “Rambo”, hermano mayor de Carlos.

“Mono Leche” empezó en las filas de las autodefensas como paramilitar raso. Un buen día llegó Fidel Castaño a visitar su hermosa propiedad y a pasar revista a la tropa. Le llamó la atención el joven combatiente cuyos cachetes colorados resaltaban sobre su blanca cara. Tenía una mirada astuta y una personalidad feroz a la hora de combatir, que contrastaba con su carácter tranquilo y observador. Era un muchacho ambicioso de pocas palabras que sabía reconocer las oportunidades. Se veía en buena forma; era alto, fornido y muy ágil para las armas.

Fidel Castaño se fijó en “Mono Leche” y le dijo:

—¿Usted de dónde viene? —Le preguntó con fuerza.

—Mi comando, yo soy de Amalfi.

Fidel sonrió y allí “Mono Leche” se convirtió en su hombre de confianza. A su lado aprendió todo lo que debía saber del bajo mundo. Admiró la disciplina, valentía y sangre fría que siempre mantuvo su jefe; por algo fue uno de los cabecillas de los tenebrosos “PEPES”. En los momentos difíciles y alegres de su vida siempre “Mono Leche” lo acompañó. Lo vio feliz el día que mataron al jefe del Cartel de Medellín, Pablo Escobar Gaviria. En aquella ocasión Fidel Castaño se tomó la cabeza y se dijo a sí mismo con voz tenue: ¡Debés… saber administrar el poder que hoy tenés!

Ante el acercamiento de “Mono Leche” y “Fidel”, su hermano Carlos Castaño, se dedicó a atacar al “Mono Leche”, por todo lo amenazaba de muerte. Estaba celoso. Con la muerte de Fidel Castaño Gil, el “Mono Leche” se unió a Vicente Castaño Gil, alias “el Profe”, el otro hermano de Carlos. Se ganó también su confianza y se convirtió en su mano derecha junto con “H.H.”.

En una Navidad Carlos llegó a la finca del “Mono Leche” en donde estaba con su esposa y su familia. Compartían un asado, licor y música con los empleados. Carlos lo criticó a gritos por estar de fiesta y lo avergonzó delante de los suyos. El “Mono Leche” llegó a acariciar la cacha de su pistola en ese momento pensando en borrar a Carlos de la faz de la tierra, pero inteligente como era prefirió esperar otra oportunidad.

Al final, ese día no ocurrió nada y el poderoso jefe paramilitar salió de la finca maldiciendo y gritando, que era como acostumbraba mostrar su poder. Hechos como estos llevaron al “Mono Leche” a odiar con intensidad a Carlos Castaño, quien no perdía oportunidad de humillarlo cuanto podía. “Mono Leche” presenció en diversas ocasiones las acaloradas discusiones de los hermanos Castaño. Por lo regular el que se salía de casillas violentamente era Carlos, lanzando improperios y amenazas contra los otros. Vicente Castaño era un hombre cerebral, tranquilo que convocaba a la mafia a su alrededor. Era lo contrario a Carlos. Ya ningún mafioso quería hablar con él. Todos iban donde Vicente.

El supuesto odio de Carlos por los narcotraficantes se había convertido en un dolor de cabeza para Vicente. El ataque hecho público a “Macaco” y a “los Mellizos”, puso en peligro la unidad paramilitar.

Las citas entre Carlos Castaño y “Macaco”, jefe de un poderoso bloque paramilitar, significaban un movimiento de tropas impresionante. Se desplazaban 2 ó 3 helicópteros artillados de “Macaco” como fuerza de apoyo, pues la realidad era que no confiaba en Carlos. Las reuniones para tratar de limar asperezas resultaban en insultos y humillaciones de Carlos a los demás jefes “Paras”. Lo más peligroso de todo era la comunicación de Carlos con la DEA. Allí todos eran puros narcos, según él lo manifestaba.

Se sabía perfectamente que, tiempo atrás, Carlos había entregado muerto al poderoso narcotraficante José Santacruz Londoño, uno de los jefes del Cartel de Cali y su amigo personal. Lo mató y le dio el positivo a la Policía. Lo traicionó de frente, por eso nadie confiaba su vida a Carlos Castaño. Por la mañana decía una cosa y por la tarde hacía otra.

También estaba claro que había entregado a la DEA información clave sobre algunos paramilitares que decía él eran narcos y no merecían estar en la negociación, como fue el caso de “Gordo Lindo”.

Estas actitudes fueron colmando la paciencia de algunos de sus comandantes hasta querer borrar de la faz de la tierra a Carlos Castaño. Por eso, para Ignacio Roldán Pérez, alias “Mono Leche” era un gran día tener bajo control, humillado y sometido, al fiero Carlos Castaño.

Llegó corriendo uno de sus hombres y le dijo al “Mono Leche” que lo necesitan urgentemente en la radio. Ignacio se inquieta y antes de ir a contestar repite la orden a los hombres que vigilaban a Carlos, no lo descuiden y fusílenlo si se mueve.

Lo llamaba “H.H.” para hacerle el reclamo de por qué había matado a “H.2”. El “Mono” dice no saber nada de esto y promete averiguar. Da parte de que todo terminó.

“H.2” era incondicional con Carlos. Su cuñado fue quien más presionó para la fuga de la Cárcel Modelo. Todo pasa en la vida; después de lo que tuvieron que hacer Miguel Arroyave y Ángel Gaitán para la fuga de “H.2” y terminar asesinado por su propia gente. Era un tipo con mala estrella.

El “Mono Leche” ordenó enterrar los cadáveres de los escoltas de Carlos. Él mismo mata al poderoso jefe paramilitar y lo sepulta en un lugar secreto. La fuga de “la Vaca” y “el Tigre”, evidenció el macabro plan en el que fue asesinado uno de los hombres más temidos de las cruentas guerras en Colombia: Carlos Castaño Gil.

Ese día “Popeye”, caminando en el patio, meditó sobre la situación. Descansó temporalmente; un enemigo menos, pero no se podía confiar, los otros seguían vivitos y vigilándolo…

Su pesadilla con Carlos Castaño terminó el 16 de abril del año 2004. Otro enemigo en el cementerio y él todavía guerreando por su vida en la cárcel.

En el país la negociación de los paramilitares y el gobierno del Presidente Álvaro Uribe, siguió bajo una lluvia de críticas, tragándose el sapo de la muerte de Carlos Castaño; el proceso tomó fuerza hacia la desmovilización de más de 35000 combatientes, muchos de ellos se encontraban en la Cárcel de Cómbita junto a “Popeye”. Éste pensaba que lo que mal empieza, mal acaba. Desde su celda no entendía cómo los paramilitares con asesores, abogados y demás lagartos que los asediaban, pudieron permitirles entrar en una negociación de desmovilización de tropa y entrega de armas, con la extradición firme en la Constitución Nacional de Colombia y estando pedidos muchos de ellos. Era un suicidio pero parecía que tenían afán de negociar y el gobierno aprovechó su disposición de volver a la vida civil. Era obvio que si el presidente de turno no los extraditaba, llegaría un nuevo mandatario y los enviaría a los EE.UU., sin pensarlo dos veces. “Popeye” recordaba cómo se dio la negociación de Pablo Escobar con el gobierno de Cesar Gaviria y no se sometió a la justicia hasta que la extradición estuvo muerta en la Constitución Nacional. Claro, al gobierno le tocó ceder a sus peticiones y darle su propia cárcel: “La Catedral”.

El patio de los paramilitares en la Cárcel de Cómbita asimiló el golpe de la muerte de Carlos Castaño con tristeza y decepción, pero siguieron adelante preparándose para la negociación y posible salida hacia la libertad, como supuestamente se creía que iba a pasar. Se hablaba de proyectos muy productivos, una nueva vida lejos de las armas. Todo era hermoso para los paramilitares y su eventual desmovilización. En el patio hacían reuniones para comentar la negociación, con paradas militares y orden cerrado para no perder la disciplina ideológica que los motivaba en su organización. Eran metódicos, con rigor militar combatiente. Desde lejos “Popeye” los observaba junto con los presos comunes que preferían mantenerse al margen. Se animan muchísimo porque de la mesa de negociación mandan a pedir los nombres de todos y el de su bloque, para incluirlos en los acuerdos y si no tenían delitos graves quizá podrían salir en libertad. Eso era lo que se decía, al final la realidad fue otra.

El patio gira alrededor de Santa Fe de Ralito, en el departamento de Córdoba, zona en donde el Gobierno y el Estado Mayor de los Paramilitares adelantaban las negociaciones con Miguel Arroyave, comandante del Bloque Centauros, quien cada día tenía más poder y dinero. Él ya estaba libre y poderoso, atrás habían quedado las historias de la Cárcel Modelo. En el patio de “Popeye” había varios hombres de su bloque. Cuando pagaban el sueldo de los “Paras” presos, se veía buena economía en la torre. Les llegaban unos $200 USD mensuales. Si el dinero no llegaba no se veía tanta fila en los teléfonos o en el expendio y el día de la visita íntima era medio triste. La vida continuaba para todos los presos, en medio del maremoto de acontecimientos que se vivían en el país adentro y afuera de la prisión.