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El limbo de los locos
La vida para los reos continuó en la Cárcel de Cómbita sin “Chapatín”. En realidad nadie lo echó de menos por ser tan mala persona.
Al que sí recordaban en el patio en el que “Popeye” seguía recluido era a Miguel Rodríguez Orejuela. Todos lo extrañaban; se habían acostumbrado a vivir con él. Lo querían y respetaban. Su mano generosa ayudó a muchos presos humildes que aún hoy le siguen agradecidos.
El arte para sobrevivir estaba en saber aguantar el mal rato y seguir adelante. Como lo hizo el “Doctor Viejito” quien finalmente salió libre; las autoridades estadounidenses desistieron de pedirlo por su avanzada edad y concluyeron el caso. El que no se salvó de ser extraditado fue su amigo “Buonomo”; lo subieron al temido avión de la DEA y nunca más se supo de él.
De quien sí tuvo noticias “Popeye” fue de la Juez María Claudia: lo condenó a doce años y seis meses por narcotráfico en el caso de Holanda, que ya llevaba varios años peleándolo. Cuando el notificador se lo comunicó, lo tomó con tranquilidad, pues sabía que eso iba a pasar, después del montaje que le hicieron con tanto escándalo. Su filosofía guerrera ha sido la de aguantar y luchar un día a la vez.
“Popeye” tenía que pagar los delitos acumulados con el Cartel de Medellín y al terminar, arrancar de cero a pagar su nueva sentencia ya que supuestamente cometió el delito desde la cárcel. Pensó que la Jueza fue generosa con él porque no le dio una condena superior cuando siempre, en su caso, las autoridades han sido muy “espléndidas” en asignarle la mayor condena posible. Lo bueno es que le han aceptado estudio y trabajo, por lo que, con suerte, en el año 2014 sería hombre libre. Pero por ahora, tenía que seguir adelante junto con sus compañeros, todos subidos en el tren de sus condenas… el que se bajara, perdía o se enloquecía y terminaba en el patio de psiquiatría.
Los reos con varias condenas escogían la salida más rápida a su depresión: la fuga, el suicidio o morir en una pelea con otro preso igual que él.
Fue el caso de Raúl Críales Romero, más conocido como “Pecho de águila”, un bandido sin hígados, convertido en carne de presidio; éste no era inocente, al contrario, era un asesino completo y perdió el norte buscando la libertad. Medía 1.68 de estatura. Su cara de bandido de barrio, tenía la mirada fría y el ceño fruncido todo el tiempo, en actitud sobradora, dispuesto a saltarle al cuello a cualquier ser humano apenas diera la espalda. Listo a apuñalear por un simple empujón. Llegó a la cárcel por homicidio con una condena de 30 años, nadie sabe a quién mato, ni por qué. En la cárcel tenía otros dos muertos; esto era grave para él. En realidad no tenía nada que perder pues estaba condenado a pasar el resto de su vida tras las rejas.
Cuando un bandido llega a prisión puede acumular todos sus crímenes y le queda una sola condena, pero delito tras las rejas, es a otro precio; se paga individual, se termina de pagar el muerto de la calle y se comienza a descontar el muerto de prisión; si son tres muertos, son tres condenas.
Todos pensaron que “Pecho de águila” era un duro. A sus 36 años de edad, se pensaba que era fuerte y centrado; estuvo casi un año en los calabozos y allí recapacitó un poco; le pidió a otro preso con dinero que le regalara una gaseosa, un pollo asado, y unos chocolates; pero lo más importante, le regaló los pasajes para que su hija lo visitara en Cómbita. Fue un día especial para él, se vistió muy limpio con un buzo que le regaló un compañero, se afeitó y fue feliz al encuentro con su hija. Hacía muchos años no tenía visita de nadie; estaba emocionado. Al final de la visita cuando todos se habían ido, él llegó al patio con dos pollos del asadero, no se sabe cómo, pero “Pecho de águila” lo hizo. Ningún preso puede subir pollo de la visita a los patios, ya que allí pueden esconderse marihuana y elementos prohibidos, pero ese día el guardia lo dejó pasar con el tesoro.
A partir de ahí todo cambio para “Pecho de águila”; pidió ser llevado a otro patio y lo asignaron a la Torre 2; lentamente fue planeando la fuga; tenía que hacerse llevar a un hospital y tomó una decisión traumática: se tragó varias cuchillas de afeitar partidas en pequeños trozos; le produjo un sangrado rectal que lo llevó directo al hospital. Los guardias sabían que con “Pecho de águila” no se jugaba; fue amarrado de un pie a la cama de metal. Los médicos le retiraron parte de su colon perforado por las cuchillas, perdió fuerza y quedó inhabilitado para fugarse. Su esperanza era que algún guardia o un policía de la clínica se descuidara para arrebatarle el arma y salir del hospital a sangre y fuego. Pero en Cómbita estaban alerta y se activó el protocolo de seguridad por la peligrosidad del reo.
Cuando se recuperó medianamente, fue llevado de regreso a la prisión; en plena convalecencia, se tragó las puntas de unas tijeras pequeñas, los médicos para salvarle la vida le cortaron otro pedazo de colon. Allí perdió no sólo su fuerza sino también la esperanza de buscar la libertad y el aliento de vivir.
Lo vieron pasar rumbo a la enfermería de la cárcel, vencido, totalmente acabado, dando pasos cortos, mientras se frotaba con las manos suavemente el estómago; la mirada altiva de antes desapareció y esta vez sólo la fijaba en el piso. Ya no tenía brillo en sus ojos. En esta ocasión la recuperación fue más lenta y dolorosa; hasta que logró su objetivo de salir libre de la cárcel, pero con los pies para adelante.
La mañana en que se ahorcó el frío era intenso; helaba como nunca. El peligroso hombre se negó a salir de la celda y el guardia, por no enfrentarlo, no se complicó y lo dejó tranquilo. Con una cuerda hecha de bolsas plásticas, amarrada a los barrotes de la ventana de su celda, puso fin a sus días. En el levantamiento quedó como indocumentado, pues nunca apareció su identificación personal. “Pecho de águila” no dejó huella entre los reclusos, salvo porque terminó con el mito de su fuerza invencible… Quedó claro que la fuerza más importante en los hombres no es la física sino la del espíritu y “Pecho de águila” evidentemente carecía de ella, quizá no la buscó nunca o no supo hallarla. Nadie lo extrañaría.
El implacable peso de la justicia volvió loco a más de uno. Algunos presos jóvenes, con apenas 22 años de edad, acudían temerosos al llamado del notificador. Este funcionario público se acercaba presuroso a la reja del patio y sin la menor consideración le notificaba al joven que había sido condenado a 20, 30 o 40 años de cárcel, para luego darle la espalda sin conceder un minuto de su tiempo para responder alguna pregunta.
El preso, pasmado por la noticia salía a paso lento, con la cabeza hundida entre los hombros e instintivamente se dirigía al teléfono para darle la mala noticia a su mujer. En la mayoría de los casos ésta era la primera que salía corriendo. Una jovencita de 20 años no espera 30 a su galán por más amor que jure tenerle y si lo acompaña los primeros años de condena, no la termina con él, porque en el camino se cansa de las visitas a la cárcel, las incómodas requisas y los celos obsesivos de su pareja. Al final el golpe certero: dejarlo por otro hombre con mejor futuro…
Para ellos todo resulta vano; caen en depresión y con los años terminan perdiendo la cabeza, sin esperanzas, con su vida vacía. Tristemente acaban en el temido “Limbo de los locos”…
Estos presos son muy rutinarios en sus actividades; da verdadera lástima verlos. Siempre a la misma hora, 7:30 a.m., bajan las escaleras y se dirigen a tomar el desayuno.
Como en el caso de “el Grillo”. Un preso que se aislaba en el tercer piso de la torre, al lado de los baños. Nadie lo visitaba, no tenía dinero para ir al expendio, nadie a quién llamar, en el patio ninguno le hablaba. Todos los días bajaba a recoger su comidita y subía las escaleras para tomar sus alimentos lejos de los demás; siempre iba con un periódico en la mano. Sobre las 9:30 a.m., hacía la fila para el almuerzo, lo tomaba y subía lentamente, una vez más, con el periódico en frente, como si quisiera que las escaleras nunca terminaran.
A las 2:30 p.m., bajaba de nuevo para buscar su comida; nunca dejaba de leer el periódico, ni siquiera cuando comía. A veces, “Popeye” con disimulo y para no molestarlo, le miraba el periódico de reojo y lo tenía al revés, o peor aún, la noticia era de años atrás y el periódico tenía ya la tinta corrida. Aun así “el Grillo” seguía concentrado, supuestamente leyendo.
Finalmente, a las 4:30 p.m., cuando el día terminaba para todos, y era la hora de ir a las celdas encerrados bajo llave, “el Grillo” suspendía su lectura y se acostaba a dormir, pero permanecía mirando el techo con los ojos fijos en la nada. Su compañero de celda, que aparentemente estaba menos loco, contó que así sucedía siempre.
Al llegar una nueva jornada “el Grillo” retomaba idéntica rutina, día tras día. Así pasaron las semanas, los meses, y los años. Todos sabían que leía el mismo periódico. Nunca buscó uno nuevo; con religiosidad recurría a las mismas noticias de su amarillento diario, mirando sin ver. Hasta que finalmente fue sacado del patio y llevado a un anexo psiquiátrico pero en otro penal. “El Grillo” no aguantó la presión de la elevada condena, sumado al abandonó de su mujer y terminó desquiciándose totalmente. Alguien contó que estaba en la Cárcel Modelo de Bogotá en donde se le vio “leyendo sin leer” quizá el mismo periódico descolorido que se llevó de la Cárcel de Cómbita.
Cada cual carga su piano como le toca. Así como “el Grillo” otros presos perdían la razón y se volvían agresivos; entonces eran llevados a los calabozos. Para que los guardias no ingresaran a su mundo a molestarlos llegaban a untarse de sus propios excrementos; eran felices haciendo bolitas con ellos para arrojarlas a los guardias. Unos hasta se comían su propia miseria; los carceleros evitaban provocarlos, eran hombres convertidos, por equivocación o destino, en guiñapos humanos, escoria de la sociedad, olvidados por todos, incluso por su propia memoria…