XIII

Gases lacrimógenos en Cómbita

En la cárcel, tener tarjetas telefónicas es tanto como tener dinero en efectivo, ¡o mejor! Con ellas se comercializa todo. Resultan vitales; son como oxígeno para el preso. En alguna ocasión, misteriosamente escasearon en el expendio del penal. Transcurrieron cinco largos días en que no se podía comprar ¡ni una! “Chiqui” pidió una explicación al director y éste les mandó a decir que la empresa que las suministraba, “Telecom”, no estaba en condiciones de proveerlas y que no era culpa de la cárcel. “Chiqui”, llamó a la compañía y allí le dijeron que la cárcel no pagaba y por ello no surtían las tarjetas; que tenían stock suficiente y disponían de las cajas que se requirieran pues ese era su negocio.

¡Ahí fue Troya! Los paramilitares ordenaron “parar” el patio. Los guardias trabajaban 24 horas continuas y descansaban las siguientes 24. De las que trabajaban, sólo dormían seis horas. Para poder ir a sus casas necesitaban entregar turno al nuevo grupo de guardias que llegaba de su descanso. Era obligatorio hacer el conteo de los presos para poderse ir. A esa hora, ya estaban irritados y ansiosos por salir hacia sus hogares; ese era el momento en que los presos aprovechaban para protestar.

Llegó la hora de la contada y “Chiqui” dio la orden de correr a los pisos altos y al fondo del patio. La guardia se enfureció y salió a organizarse para atacarlos. El Capitán Toledo se apersonó de la situación y dispuso que sus hombres se uniformaran con los equipos antimotines: casco protector con visera, protectores de plástico para el pecho, codos, rodillas, un escudo y el temible “P91.4”, junto con lanza gases. El “P91.4” era el bastón de mando que medía 91 cm. de largo y tenía 4 cm. de grosor. En la punta tenía una bolita pequeña de aluminio que hacía mucho daño.

El Patio 1 también entró en desobediencia y los presos no se dejaron contar; lo mismo hicieron en el tres. Así como la guardia se preparó para el ataque, los paramilitares también lo hicieron. Rodaron las botellas con agua y las canecas de la basura se movieron a la única entrada al patio. Taparon con trapos las cámaras de vigilancia. Se amarraron en la cara toallas mojadas para protegerse de los gases lacrimógenos; metieron en las medias las pilas de los radios y se las amarraron a las manos para responder los golpes. Todos se ubicaron en puntos estratégicos y quedaron listos para la pelea.

“Popeye” no se bañó aquel día, prevenido porque ese podía ser el momento oportuno para que la guardia entrara a someterlos. El sicario tenía su buen puñal guardado, aunque no era muy hábil para usarlo; pero lo que sí tenía a su lado era a un colega que los defendía a todos, “Osuna”, excelente para pelear, una fiera con el cuchillo.

La tensión era total; se esperaba el ataque de la guardia en cualquier momento. Cada grupo de presos se ubicó en un rincón del patio. Esto para “Pope” resultaba un juego de niños, después de haber vivido lo de la Cárcel Modelo, con armas de fuego de largo alcance. Ahora sólo había puñales carcelarios y mucho coraje para combatir. Sin duda los antimotines los iban a moler a palos en minutos, pero tenía que tener cuidado ya que podría ser una trampa y de pronto en un descuido lo mataban a él; sabía que sus enemigos, afuera de la cárcel, estaban ofreciendo dinero por su cabeza.

Llegado el momento, la guardia ingresó lanzando gases lacrimógenos a discreción. Él se tiró al suelo, respiró despacio y tranquilo, tratando de no perder de vista a sus guardaespaldas armados con los cuchillos.

Entre el suelo y el gas, habría unos 10 cms. Ahí se podía respirar. Los ojos comenzaron a llorarle copiosamente pero se encontraba bien. Cuando notó que la guardia tenía bajo control a los tres grupos, arrojó su puñal y se movió. Su bravo protector lo conservó. No ocurrió nada más ese día. La requisa fue fuerte: 35 puñales fueron decomisados. El olor a gas quedó impregnado en el ambiente.

Los muchachos eran magos para hacer puñales y los volvieron a fabricar sacando de la pared y de los mesones de los colchones las varillas de hierro, los afilaban sacándole punta en el cemento y vuelve y juega, todos listos para la siguiente pelea, que sólo tardó en sucederse unas pocas horas.

El director dio la orden, al capitán de guardia, para que contara a la brava. En los otros patios los guardias, siguiendo órdenes, arremetieron y rápidamente doblegaron a los presos con los gases.

La guardia trataba de razonar con “Chiqui”, pero éste exigía las tarjetas de llamadas para dejarse contar. La respuesta de los guardias llegó con todo. A las 10:30 a.m., cuatro guardias se instalaron en las terrazas encima de las celdas, apuntándoles con los lanza gases. Ellos estaban listos con máscaras antigases. Tenían todo su equipo encima. El capitán dio la orden y se armó el infierno. Los presos encargados de manejar las canecas de basura las lanzaron con lavazas sobre los guardias que entraron hechos unas fieras. Los de la terraza comenzaron a disparar, como locos, las granadas de humo dentro del patio. Se formó la batalla campal, el garrote iba y venía sin misericordia. “Popeye” enrolló de nuevo su toalla en el antebrazo, la sostuvo con la otra mano para parar un garrotazo del temido “P91.4” en manos de un fúrico guardián, y se tiró al suelo. Los guardias les pegaban con sevicia con sus bastones de punta de aluminio y ellos respondían con las medias llenas de pilas que golpeaban durísimo. Los muchachos tiraban con fuerza botellas de agua que caían como piedras en los cuerpos del enemigo que buscaba detenerlas con los escudos.

Se escuchaban gritos, llanto, súplicas e insultos. Solo se veía humo por todos lados. “Pope” estaba bien protegido. Los guardias se tomaron el tercer piso y bajaron a garrote limpio a todos los muchachos. Algunos, desesperados, se lanzaron al patio desde el segundo piso y del susto no sintieron el totazo contra el suelo. A su lado estaba el compañero que le había estado entrenando para soportar el gas en estas situaciones. Parecía que se le había olvidado toda su técnica porque gritaba como loco:

—¡Ayyy Dios mío, llévame con mi madrecitaaaaa!

En medio de semejante batalla y derramando lágrimas por montones, soltó la risa por los alaridos de su valiente compañero. Dejó de reírse cuando sintió que se ahogaba por el gas; se concentró intentando no pensar en nada para resistir lo mejor posible a los golpes fuertísimos que llegaron cuando cinco guardianes les cayeron encima como fieras salvajes, dando bastonazos a diestra y siniestra. Todos corrían; se descuidó, no tuvo suerte, un guardia le descargó el bastón en la cabeza. El golpe fue brutal, por poco le hace perder el sentido; trató de protegerse la cara del segundo golpe, cuando lo vio llegar; alzó su brazo izquierdo, en donde tenía enrollada la toalla, para apaciguar el golpe, pero sin embargo, le llegó a la oreja y parte de la quijada, tan fuerte que le aflojó los dientes. Como pudo lo empujó con todas sus fuerzas y corrió veloz a tratar de esconderse; el hombre que lo perseguía parecía endemoniado con el bastón, se le fue detrás y le descargó un tercer garrotazo en la espalda que casi le hace caer de bruces; tambaleándose, logró meterse en medio de otros presos que le rescataron de la paliza.

Para ese momento estaban acabados y verdaderamente apaleados. Era evidente el desbalance de fuerzas. Los presos tenían la fiereza para pelear pero no tenían armas. Los guardias tenían las armas y los gases lacrimógenos que sometían al más valiente; con semejante jauría de guardianes resentidos los presos terminaron rindiéndose en menos de quince minutos.

El humo era espantoso no se podía respirar; fueron más de 18 granadas de gases las disparadas por los guardias. El sicario tomó aire lentamente para no tragar el gas que le lastimaba la garganta y le inundaba el pecho. Algunos presos se desmayaron por el efecto de los gases y la paliza. Un sargento dio la orden para que entraran la manguera antiincendios y los mojaran sin piedad; el potente chorro helado los dejó petrificados pero les ayudó a quitar un poco el efecto del gas que los tenía llorando. Fue tanto que hasta se les filtró a las máscaras que usaban los guardias.

El patio quedó hecho una pocilga. Residuos del gas por todos lados, agua, pantalonetas, toallas, calzoncillos, medias, camisetas, botellas, pilas, lavazas en el suelo… Los presos vencidos, empapados y golpeados terminaron sentados en el fondo del patio. Los desnudaron, requisaron y contaron. Nadie se opuso, ya no tenían fuerzas. El sol apareció y encontraron sus rayos reconfortantes después de semejante paliza. Lentamente fueron reponiéndose del malestar. El saldo final de la golpiza: 52 presos heridos, algunos graves y 3 guardianes con heridas fuertes.

Ante tamaña trifulca los compañeros de “Popeye” en la torre 3, se entregaron sin pelear. La garrotera contra ellos los asustó y se filtró rápidamente en el resto de los patios, por lo que mejor se quedaron quietecitos.

Allí todos guardaron silencio. Callados trataban de secarse con los rayos del sol, esperando recobrar fuerzas, ante la mirada implacable y despectiva de los guardias que se sentían triunfadores ¡y lo eran! Los dejaron desnudos y sin comida todo el día; sólo hasta las 5:00 p.m., abrieron las celdas para que ingresaran a dormir y curar sus heridas físicas y emocionales, si es que podían superar tal resentimiento.

Todos terminaron con la moral abajo y cuando menos, con un ojo hinchado. A “Pope” no sólo le golpearon el ojo sino toda la cara que se le inflamó notablemente. No podía mover la mandíbula sin que le doliera el oído, escuchaba un zumbido, como si tuviera una mosca adentro.

Cuando los presos comenzaron a hacer el balance de heridos descubrieron casos patéticos. A un pastor que pregonaba la palabra de Dios, sin ofender a nadie, le pegaron con saña; se le veía el bastón de mando marcado en la espalda. Otro preso quedó en muletas, por los golpes que recibió en la columna y no se podía mover. Todos los hombres que estaban en ese patio terminaron con un recuerdito de la guardia. Unos con moretones, otros con la nariz reventada, uno más, como el sicario, con los dientes flojos, otro se quejaba de que le pegaron en los testículos. Al caer la tarde, parecían los pacientes de un hospital de la tercera edad; para desplazarse daban un pasito a la vez, nadie se podía mover por el efecto de la paliza. Habían perdido la pelea, la dignidad y el buen estado físico que hasta ese momento tenían.

Al día siguiente los guardias sonrientes, anunciaron que en la tarde les esperaba otra faena similar. “Popeye” se llenó de rabia, fue directo al teléfono y denunció la golpiza a los medios de comunicación. Se armó un escándalo. La Procuraduría General de la Nación, entidad que vigila a los empleados públicos en Colombia, les tomó la denuncia y fueron a constatar las heridas de los acusadores; igualmente, la Defensoría del Pueblo envió sus funcionarios para hablar con ellos.

Cuando los guardias vieron la noticia en televisión, se les borró la sonrisita y corrieron a la enfermería con los presos más golpeados para curarles las heridas. En un patio de 204 personas no se sabe quién es quién. Había jefes de bandas de secuestradores muy poderosas, apartamenteros, asesinos, jaladores de carros, narcotraficantes sin perfil, paramilitares de diferentes frentes. Y todos estaban ofendidos con el proceder de la guardia y con el director de la cárcel que provocó la carnicería del patio por sus corruptos actos.

Según se conoció en el patio, todo comenzó por las irregularidades cometidas por parte de quien ejercía como director del penal en ese momento. Los paramilitares afirmaron que, aparentemente, el hombre y su amante, estaban desviando los dineros del expendio; ellos habían investigado y chuzado los teléfonos de los implicados a quienes les hicieron seguimiento de sus actividades apoyados por los paramilitares del Bloque Capital, que operaba afuera de la prisión; tenían amigos en entidades públicas y de inteligencia y conocían de la vida de todo el mundo. Esta práctica la estaba realizando el directivo con Margarita, la civil que manejaba el expendio donde les entregaban las tarjetas o los comestibles, cuyo precio descontaban del dinero de la cuenta. Todos sabían que ella era la amante del director.

Los paramilitares comprobaron que el director dejaba que los extraditables del Patio 7 tuvieran visitas íntimas en días no permitidos. Los mismos narcotraficantes se ufanaban de tener más compañía femenina que los demás presos, pagando hasta $2,500 USD por semana. Algunos oficiales de la guardia, junto a varios de sus compañeros, estaban muy molestos con la situación pero tenían las manos atadas; sabían que si lo denunciaban, sus vidas corrían peligro. La mayoría eran jóvenes con ideales y respeto hacia el nuevo INPEC. Evitaban contaminarse de la corrupción que ya se vivía en Cómbita.

Es frecuente encontrar en las cárceles de distintos países, funcionarios corruptos; muchos, en el bajo mundo, acuden a ellos por recomendación de alguien a quien le han hecho “una vuelta”. En el caso de nuestro director, todos sabían en la cárcel que ese personaje también hacía traslados irregulares de presos. En la dirección general del INPEC en Bogotá no se tenía conocimiento de la situación, o si lo sabían, nunca lo investigaron hasta que la burbuja reventó.

La paliza que les dieron el día en que los presos decidieron entrar en huelga tuvo eco en el país y los directivos, al fin, ordenaron una investigación exhaustiva. En esta ocasión los periodistas estaban ocupándose de las denuncias.

Las cosas fueron tan graves que el director se asustó y los envió al calabozo. “Popeye” estaba tan ofendido y adolorido con tanto golpe que no le importó el aislamiento. Se llevó con él su radio, sus buenas cobijas, sus buzos y sus libretas para escribir. A los tres días de estar allí sin más contacto con el mundo exterior que su radio, escuchó la noticia que se veía venir: ¡Asesinados dos guardianes de la Cárcel de Cómbita, en Tunja!

Se complicó la cárcel. Volvía y jugaba. ¡Lo mismo que pasó en la Cárcel de Valledupar! Miedo adentro, miedo afuera. ¡Muerto adentro, muerto afuera!

Una noche, a lo lejos, se escucharon disparos de fusil, despidiendo a los dos funcionarios muertos. Fueron velados en la parte administrativa de Cómbita. Los otros guardias no salían de la cárcel por miedo a represalias y se quedaron a dormir en el penal. Se inició la guerra de nervios. La Procuraduría obligó al director a que sacara de los calabozos a los presos maltratados en la pelea; el director se tomó su tiempo y finalmente lo hizo; diez días después devolvieron al sicario a la Torre 2.

Con el paso del tiempo, el dolor en la mandíbula ya no era tan fuerte y podía comer; el oído le seguía torturando con el molesto zumbido. Para evitar el dolor en la espalda dormía boca abajo, así le fastidiaba menos.

La Fiscalía abrió una investigación contra las actuaciones de los guardias, apoyada por la Procuraduría y la Defensoría del Pueblo. Las leyes de derechos humanos afirman que sólo se pueden reventar tres granadas de gases en una retoma y en el caso de Cómbita la guardia reventó dieciocho, en un espacio sin suficiente ventilación.

Ante las consecuencias judiciales y el acoso de los periodistas los guardias se asustaron, se dieron cuenta que los asesores del Buró de Prisiones de EE.UU., no los podrían proteger de la justicia colombiana como les presumían diariamente a los presos. Ellos les habían enseñado a usar el garrote “P91.4”, pero se les olvidó recordarles que no está dentro de la ley abusar de un ser humano aún tratándose de un delincuente.

El riesgo no sólo era judicial. Los amigos de los presos afuera estaban bastante ofendidos y amenazaban con represalias y más muertos para cobrar venganza. Los guardias estaban tan asustados que pidieron ayuda a la Policía para que los protegiera cuando se iban a sus casas. Los que habían participado en la golpiza, seguían negándose a salir de la cárcel por miedo y preferían dormir allí.

Pasaron los días y los hombres aburridos de quedarse en la cárcel, se arriesgaron a salir a la ciudad pero en una ocasión cuando regresaban, se encontraron de frente con un taxi que tenía placas de la ciudad de Medellín y tres pasajeros a bordo. Estos estaban haciendo una diligencia personal frente a la cárcel y los guardias entraron en pánico pensando que eran asesinos del sicario de Pablo Escobar y comenzaron a murmurar: ¡“Popeye” nos va a matar! ¡“Popeye” trajo su bandola!

Todos los guardias sabían que él era de Medellín y que todavía tenía amigos que lo apoyaban. Para protegerse, le mandaron decir que le iban a matar a una noviecita que por esos días lo visitaba, porque ellos también tenían armas y eran más de ocho mil hombres para defenderse de sicarios como él.

Se curó en salud y le dijo a su novia que mejor no lo visitara por un tiempo mientras se calmaban los ánimos. Ella estaba asustada sobre todo porque tenía un hijo. Temía que les hicieran algo por estar de amoríos con el sicario. El papá del niño no tenía ni idea del romance y aunque ellos estaban separados, era mejor que no se enterara de nada para evitar más problemas.

La situación cada día se agravaba más en Cómbita sin que los directivos recuperaran totalmente el control. Ya nadie quería dormir, sino permanecer alerta.

El ambiente estaba muy tenso. Los guardias por cualquier ofensa de uno de los presos se metían a las celdas de noche y los golpeaban sin piedad. Pero lo peor era la llevada a los calabozos. Primero les daban una golpiza terrible y luego les colocaban el temido escorpión.

No contentos con eso, metían la manguera de incendios y les mojaban todas las pertenencias. Estos abusos llegaron a oídos de los jefes de otras bandas y comandantes paramilitares que estaban muy sentidos con los guardias por su comportamiento y sólo esperaban una oportunidad de amarrar a algunos de ellos, porque decían que el mensaje anterior no les había quedado claro. Más sangre estaba por correr en Cómbita.

Ante la gravedad de los hechos, el capitán de la guardia, Toledo, con su gran experiencia, prometió parar las garroteras. Se inició un diálogo y el capitán ordenó acabar con golpizas y abusos. La Procuraduría y la Defensoría del Pueblo también asumieron una vigilancia más celosa sobre todo lo que estaba pasando. Poco apoco se fue calmando la bronca.

La Fiscalía exoneró a los guardias, pero la Procuraduría y la Defensoría del Pueblo los obligaron a conciliar con los presos. Al final se reconocieron los errores de ambos lados. Cómbita inició una nueva etapa sin escorpión, sin mojar a los presos, sin golpizas injustificadas y sobre todo, con mucho diálogo entre las partes; se derogó la norma absurda que prohibía que los guardianes hablaran con los presos.

El director fue sacado del Penal, junto con su amiga. Todos terminaron felices y contentos esperando al nuevo director y con gusto recibieron a una mujer. La “dama de hierro”, la Doctora Imelda. Era una señora honesta, seria y con 15 años de experiencia carcelaria. No le temía ni a narcos, ni a guerrilleros, paramilitares o presos comunes.

En el acto tumbó un sistema irregular de comercialización de los teléfonos que el director había puesto en el penal, del cual supuestamente se beneficiaba y cuya ganancia se cree que superaba los $30.000 USD mensuales, según denuncias de los mismos narcos quienes al parecer le pagaban por prebendas.

La Doctora Imelda también montó una empresa para el beneficio de las finanzas de la cárcel. Organizó el expendio y lo modernizó con computadoras. Mejoró los productos y vigiló de cerca los precios para que no abusaran. La corrupción salió de Cómbita y la cárcel comenzó a funcionar.

La directora era honesta y le rendía el presupuesto. Autorizó las grecas; fue fantástico. Agua caliente todo el día; en el expendio vendían café instantáneo y había azúcar. Este milagro de la greca llegó acompañado de otro: el pollo asado. ¡Instalaron un asadero de pollos en la panadería! Era una buena oportunidad de comer proteína y lo vendían en el Patio de Visitas. “Popeye” organizó de nuevo su visita y su miedosa novia regresó a la cárcel, claro, ¡sin que su ex marido se enterara!

En medio de todo esto, a los norteamericanos se les acabó el presupuesto y no volvieron a entregar dinero para la compra de los feos uniformes que les daban como provisión a los condenados. Las directivas autorizaron que los presos usaran su propia ropa y la cárcel se llenó de color y alegría, al menos por un tiempo. Era increíble ver cómo el ánimo de los presos se afectaba por tener que usar el monótono y feo uniforme.

En el Patio 5, asesinaron a cuchillo a dos presos en la hora del baño. A las 6:00 a.m., los acabaron a puñaladas. Éste fue un campanazo de alerta para “Popeye” y una mala noticia para la directora que acababa de posesionarse. Todos atentos. Los mataron por orden del secretariado de las FARC. Tenían cuentas pendientes con la guerrilla. La cárcel investiga e individualiza a los culpables.

Fue un duro golpe para la Doctora Imelda. En la súper Cárcel de Cómbita no podía pasar esto. Llegaban noticias de la calle y tampoco eran las mejores. Tenían que ver con las guerras de Miguel Arroyave, comandante del Bloque Centauros y de los Paramilitares, contra “el loco Barrera”, reconocido narcotraficante. Un peso pesado cuyo centro de operaciones eran los departamentos del Meta y Casanare. Tenía conexiones con la guerrilla de las FARC para comprarles droga y lo mismo hacía con algunos “Paras”. “El loco” era un león para los negocios en el bajo mundo. Manejaba mucho efectivo y resultaba un enemigo letal para Miguel Arroyave, alias “Arcángel”. Lo mantuvo secuestrado y le quitó una fuerte suma de dinero. Cometió el craso error de soltarlo y perdonarle la vida. Barrera se le fue encima y se dedicó a darle la pelea, tenía contactos importantes en la clase política y en los estamentos corruptos de la Policía. Ya se hablaba de que, por su lado, Miguel Arroyave también crecía en poder, armas, hombres y dinero. Su tropa estaba calculada en cerca de 5000 efectivos.

La guerra declarada contra “el loco Barrera” se les volvió un problema a los dos enemigos, ya que a veces pasaron hasta seis meses sin pagarles sueldo a sus hombres en la cárcel. En la Torre se sentía cuando Miguel Arroyave pagaba y también se notaba cuando no lo hacía.

La guerra le dejaba más de 200 amputados, por las minas antipersona que les colocaban la guerrilla y las autodefensas enemigas del Casanare, territorio que él quería coronar.

Arroyave no quería desmovilizarse en la negociación con el gobierno; finalmente sus compañeros lo convencieron y un día salió de Santa Fe de Ralito, zona de concentración y se subió al helicóptero en que viajaba el Dr. Luis Carlos Restrepo, Alto Comisionado para la Paz, designado por el gobierno del Dr. Álvaro Uribe para estas negociaciones. Arroyave llegó a una de sus fincas, lo recogió su gente y se fue en su camioneta Llano adentro. El Dr. Restrepo se fue por su lado rumbo a Bogotá.

El comandante paramilitar iba pensativo, con la misión de reunir sus tropas para informarles sobre la desmovilización, entrega de armas al Gobierno y su reintegro a la vida civil. Llegó rayando la noche. En el camino se desvió a un pequeño caserío en busca de una tienda para comprar agua. Ahí vio un número anormal de hombres armados de su propia tropa, parecía que estaban listos para el combate; se alteró ante la situación y ordenó llamar a “Cuchillo” uno de sus comandantes a cargo de esa tropa. Quería que le diera una explicación.

Arroyave iba sentado en la parte delantera del vehículo junto al conductor. Pedro Olivero Guerrero, alias “Cuchillo”, no contestó el radio. Estaba a prudente distancia del carro. Los cordones de seguridad que deberían estar cuidando el sector no estaban, al acercarse más a la tienda vio que ninguno de sus hombres estaba en posición como debían en los puntos estratégicos y que al contrario, toda la tropa estaba concentrada en la tienda alistándose para salir. Se enfureció porque él no dio ninguna orden al comandante encargado que era “Cuchillo” y que además no le contestaba.

Inmediatamente pide un radio y lo llama nuevamente para saber qué pasa y detiene su camioneta justo en frente de la tienda. Sus hombres voltean a mirar el carro sorprendidos pues no esperaban ver a su jefe frente a ellos, ya que supuestamente tenía una reunión minutos después en su finca con el comandante “Cuchillo” y en vez de eso, lo estaban viendo ahí mismo. Arroyave no tuvo tiempo de reaccionar, el que sí lo hizo fue su hombre de confianza, “Cuchillo” quien salió repentinamente de la tienda con un fusil AK-47 en las manos y sin pensarlo, disparó de frente a su jefe que cayó muerto en el acto, dentro de la camioneta.

Lo más sorprendente, es que a los dos pasajeros que iban en la parte de atrás, su comandante político y la novia, no les ocurrió un solo rasguño; salieron ilesos y según su dudosa versión, los asesinos, los retuvieron por horas y después los dejaron ir sin hacerles daño. El poderoso comandante Miguel Arroyave, alias “Arcángel”, terminó en una bolsa de basura negra junto a los cadáveres de su conductor y tres hombres de confianza. Así fue mostrada la noticia por los medios de comunicación. Cuando “Popeye” y los hombres de Miguel, vieron la noticia sintieron verdadera pena por él pero también por lo cruel que puede ser la guerra.

Los asesinos, al mando de “Cuchillo”, llegaron a varias fincas y mataron salvajemente a toda la servidumbre leal al jefe; su lema fue acabar con todo lo que tuviera que ver con el poderoso comandante paramilitar. Todos los que trabajaban para Miguel Arroyave, fueron brutalmente asesinados, la masacre fue bestial.

“Cuchillo” después de asesinar a sangre fría al comandante, se llevó al conductor y hombre de confianza de don Miguel, y lo obligó a dar la orden por el radio de comunicaciones en todas las fincas, para que dejaran pasar la caravana de la muerte. A su paso fueron disparando en la cara, a los guardias de seguridad. Los victimarios se apropiaron de todo el botín y pertenencias de don Miguel y al final asesinaron cruelmente al conductor.

No toda la tropa de Miguel participó en esto, ni estaban todos enterados que el operativo para el cual se preparaban era precisamente para asesinar a su jefe. Después del crimen, alias “Cuchillo” lo justificó diciéndoles que su jefe los había traicionado y los iba a entregar al gobierno, sin garantías en el proceso de paz que se estaba negociando en Santa Fe de Ralito. Todo fue una mentira para justificar la millonaria suma de dinero que recibió del “loco Barrera”, enemigo y victimario de Arroyave.

La noticia pegó durísimo en el patio de “Popeye”. Se sintió lo mismo que con la muerte de Carlos Castaño Gil. Con las llamadas de los muchachos de su bloque se conoció que el cadáver de Miguel Arroyave fue botado en un potrero con sus cuatro escuderos y luego le metieron una granada de fusil a la camioneta. Ésta no explotó. Pretendían simular un ataque de la guerrilla, su eterna enemiga.

El Ejército y la Policía demoraron muchísimo para llegar al lugar. “Arcángel” fue recogido casi 20 horas después. El país estaba sorprendido con la muerte de los jefes paramilitares en plena negociación con el gobierno. Los que sí celebraron fueron “el loco Barrera” y “Martín Llanos”, comandante paramilitar de “los Buitragueños” con quienes peleaban fieramente por el territorio. Se quitó de encima el poderoso enemigo. Feliz, “Cuchillo”, se fue a la zona de Lejanías con los hombres que le eran leales y un botín de $5’000.000 USD que le pagó “el Loco Barrera” por traicionar a su comandante.

Tristes, los paramilitares del Bloque Centauros que estaban presos, quedaron desprotegidos. “Popeye” sintió también la muerte de “Arcángel”, ya que siempre fue respetuoso y protector con él.

Este gravísimo suceso golpeó la negociación, pero ésta no se detuvo. Pasaron los meses y en el patio de Cómbita los muchachos recuperaron la fe en el Proceso de Paz. Decían con firmeza que su libertad estaba próxima. Más de uno ya tenía empacada la maleta de ilusiones. El futuro se veía esperanzador. El país estaba polarizado por la negociación de los “Paras”. Unos a favor y muchos en contra.

Los paramilitares pagarían un máximo de ocho años de cárcel y tendrían que reparar a sus víctimas. Lo más complejo de la ley era que serían obligados a contar la verdad de sus crímenes. Pasaron los meses, finalmente llegó el momento de la entrega de armas y hombres, para los paramilitares. Todos los bloques se desmovilizaron, incluso los que estaban renuentes a hacerlo. Al principio los medios de comunicación difundieron, en todos los noticieros del país, los rostros felices de varios comandantes. Los hombres en el patio de “Popeye” reían con malicia cuando los veían tan contentos disfrutando de la vida civil.

En medio de todo esto, los comandantes de rangos inferiores de los paramilitares no pensaban en desmovilizaciones sino en seguir delinquiendo. Fue el caso del famoso José Alberto Cadavid Vélez, alias “Cadavid”. Tenía un prontuario de miedo.