VI

La Cabo Aneida

¡Cuando el gato duerme los ratones hacen fiesta! Así dice un viejo refrán y eso parecía estar pasando esa noche en Cómbita. Todos estaban distraídos con la extradición de los Rodríguez Orejuela. Los que si se encontraban concentrados en lo suyo eran Gerardo y Cristóbal, dos presos que aprovecharon el descuido para intentar fugarse.

11:30 p.m. Cristóbal abandona su celda en el segundo piso del Patio 2. Como un gato, se pegó al tubo de PVC que paralelo a su ventana llevaba agua al otro piso. Sigilosamente cayó en la zona verde. Detrás venía Gerardo quien torpemente, al caer, reventó el tubo y el agua comenzó a rodar por la pared haciendo un pequeño pozo en el piso. No le dieron importancia, corrieron hacia la malla, se pararon en un punto muerto previamente identificado y esperaron unos minutos. Ese sitio era el único donde una persona no podía ser vista desde la garita del guardia.

Los fugitivos llevaban en el hombro dos cobijas gruesas y ganchos para escalar la tupida reja. La fuga estaba bien planeada y lo hubieran logrado de no ser por el pequeño detalle que dejaron atrás. Apareció la Cabo Aneida quien por casualidad pasaba por el lugar; iba concentrada en su paseo. La neblina cubría la inmensa mole de cemento haciéndola más tétrica de lo que ya era. A lo lejos sólo se escuchaba el croar de las ranas. Pero otro ruido más sutil y cercano llamó la atención de la mujer. Se detuvo orientando el oído hacia el sigiloso goteo que resbalaba por la pared; al caer al piso el agua reveló su posición. La astuta cabo caminó siguiendo el rumbo del agua, se paró justo enfrente del tubo roto, levantó la mirada y notó algo extraño en los barrotes de la ventana del segundo piso. De inmediato comprendió que algo andaba mal, dirigió su linterna hacia la malla y corrió en esa dirección, dando la alarma de fuga.

Los prófugos ya habían avanzado y cuando voltearon a mirar se encontraron de frente con la cabo. Cristóbal ya estaba instalando la cobija sobre la concertina para no lastimarse las manos. Gerardo ya había alcanzado la primera malla y se dirigía a la segunda.

La cabo sacó su pistola y disparó dos veces al aire dando la voz de alerta a los fugados y a sus compañeros que corrieron a apoyarla. El centinela de la garita, desde lejos, les apuntó con el fusil y accionó la alarma del penal que advirtió a todos de la evasión, con su estridente ruido.

Los presos asustados se bajaron en el acto, sabían lo que les esperaba. Los guardias los esposaron y les pegaron brutalmente. Los dejaron en la parte de “Recepciones” con vigilancia especial en las celdas 17 y 18. En la celda de los hombres se encontró la segueta con la que cortaron los barrotes. Se inició una investigación exhaustiva que terminó en nada. Todos sabían que algún guardia les había ayudado porque además de la segueta los prófugos tenían que pasar por la malla electrificada y la zona de sensores; era casi imposible que ellos conociendo esto, se hubieran aventurado a la fuga. Y si alguien no les ayudó entonces eran privilegiados y tenían información clasificada sobre el funcionamiento de la seguridad de la cárcel, o, solamente se querían “suicidar” fuera de la celda…

Cualquiera de las anteriores hipótesis nunca fue aclarada, lo que sí se vivió fue el malestar de la guardia que cogió a patadas a los presos. La furia de la Cabo Aneida fue tal que les golpeó hasta agotar fuerzas; los funcionarios justificaron la paliza. Si los dos presos hubieran coronado la huida, los custodios habrían perdido su empleo y la cárcel ya no estaría clasificada como de Alta Seguridad.

El intento de fuga fue notificado a las autoridades norteamericanas que pedían a los hombres y en menos de quince días un avión llegó por ellos para extraditarlos.

Gerardo Herrera Guilles y Cristóbal Alvarado Herrera fueron rápidamente acusados por secuestro de los norteamericanos Leonardo Cortez, Dennis Corre, Steve Terry, Hasson Abey, David Bradley y el asesinato de Ron Sanders, ocurrido en 1999.

El grupo de secuestradores se dividió con las declaraciones que en EE.UU., dieron unos contra los otros. Finalmente Gerardo Herrera Guilles y Cristóbal Alvarado fueron condenados a 30 años de cárcel. Juan Luis Bravo, alias “Juan Joyita”, Henry Jamioy Quistinal y José del Carmen Álvarez, alias “el Maestro”, a 20 años de prisión.

Los condenó el Juez Henry H. Kennedy de la corte del Distrito de Columbia en Washington.

Todos los hombres pertenecían a una banda de secuestradores que operaba en Ecuador, contra ciudadanos extranjeros, extorsionando a las empresas petroleras en donde trabajaban. Asesinaban a sus víctimas cuando no pagaban el rescate.

Con los años, la acción valerosa de la Cabo Aneida y su excelente desempeño profesional se vieron empañados con su propio drama.

Nadie sabe cuándo fue que su esposo se metió a las filas de los paramilitares del Llano, organización armada al margen de la ley. Como era de esperarse, un buen día lo capturaron y lo llevaron a la Cárcel de Cómbita, al Patio de “Recepciones” en donde fue recibido por “Popeye”. Cuando ingresó, éste no le prestó mucha atención hasta que le pidió un favor que ningún compañero puede negar.

—Hola “Popeye”, yo soy amigo de “Solín”. —dice, el hombre extendiéndole la diminuta mano por la rejilla de la celda.

—Amigo, ¿en qué le puedo servir? —Le contesta, estrechándole la mano, aceptando su saludo.

—Necesito llamar a mi esposa. Responde el pálido hombre un poco apenado.

—Claro que sí hermano, ya le busco al guardia para que le podamos colaborar. —Afirma con entusiasmo “Popeye”. Fue y convenció al guardia para que le permitieran llamar por teléfono al misterioso preso. Cuando éste termina de hacer su llamada el guardia le interroga indiscretamente:

—¿Usted es el esposo de la Cabo Aneida?

El hombre sorprendido y abochornado dirige su mirada hacia la de “Popeye” que lo observaba con curiosidad, pues sabía lo que eso significaba, y no era bueno para el hombre y menos para su esposa, esa situación marital en una cárcel de alta seguridad.

—Sí, yo soy el esposo. —Respondió cortante al guardia que se quedó apenado entendiendo su indiscreción, mientras “Popeye” y el paramilitar se iban juntos a la celda…Ya ahí le contó su historia de amor con la Cabo.

Se habían conocido años atrás cuando él fingía ser un exitoso ganadero en el Llano. Ella no sabía nada de sus actividades paramilitares, se había separado de su primer esposo y tenía dos hijos pequeños para criar. Era una buena mujer, honesta y seria. El paramilitar la cortejó durante un tiempo hasta que se enamoraron locamente y formalizaron su relación. Al principio todo marchó bien, ella era suboficial de la guardia penitenciaria y honesta con su trabajo, pero con el tiempo el desarrollo de la guerra evidenció las verdaderas actividades de su esposo y al final se enteró de todo. Ya nada podía hacer, era su mujer, lo quería y tenía que sacar a su familia adelante. Siempre fue leal a la institución pero se enfrentó a la lealtad de esposa. Un día el hombre fue capturado y enviado a una cárcel distrital en donde ella tenía mando. Los guardias se ensañaron con él cuando conocieron la historia, pero fue peor cuando se filtró a los presos. Estos decían que él era el soplón y le informaba sobre el tráfico de drogas y celulares que se movía en la cárcel. Pero era falso, el paramilitar era un hombre serio y de palabra, nunca le comentó nada a su mujer que de vez en cuando se daba sus escapadas amorosas en la prisión donde estaban para cumplir con la visita conyugal.

Los dos vivían sus vidas desde diferentes ángulos del destino. Cuando los otros guardias le allanaban la celda y le quitaban sus cosas personales, ella intervenía y se las hacía devolver. Los presos no la querían mucho porque decían que era soberbia y los maltrataba. Su esposo recorrió varias cárceles antes de llegar a Cómbita. Pasaron los años y un día “Popeye” tuvo noticias sobre la pareja de enamorados. A su Patio de “Recepciones” llegó “Solín”, otro paramilitar compañero del esposo de la Cabo Aneida.

Cuando “Popeye” le preguntó por el amigo, éste le dijo:

—“El flaco” murió de sida en la Cárcel La Picota, ¿no sabía?

A “Popeye” la noticia le enfrió el alma.

—Sí… el hombre de un momento a otro se comenzó a secar y le salieron unas manchas raras. Sólo al final nos confesó que tenía sida y en dos meses se murió… el muy tonto no quiso tomarse la medicina que le daban para que nadie se enterara y mira, se fue para el otro lado.

—¿Y la Cabo? —Dijo “Popeye” preocupado.

—Dicen que ella también está enferma pero que si se cuida, con el tratamiento puede vivir más años.

La noticia entristeció a “Popeye” que recordó al tímido hombre que siempre fue serio y buen preso. Lamentó lo de la Cabo y pensó que el destino es un juego incierto, para la vida de todos, sin excepción. ¿Qué dirían ahora los prófugos Gerardo y Cristóbal del trágico sino de la Cabo? Ella les cambió radicalmente el de ellos al evitar su fuga de Cómbita y les aceleró su viaje a una cárcel norteamericana en donde pagarían, con su vida en prisión, la que les quitaron a seres inocentes cuando los asesinaron…

Esa noche, “Popeye” se acostó a dormir reflexionando sobre su propio destino y fue inevitable que viniera a su mente la frase predilecta de Pablo Escobar, que tanto repetía:

¡Juego mi vida, cambio mi vida. De todos modos la llevo perdida…! 1 nota

La conclusión de la historia para “Popeye”, fue que los hombres se empeñan en cuidar lo que ya todos tienen perdido. Y terminaba otro día más en prisión, diciendo en voz alta…

—¡Quizá no sea tan malo morir bajo una lluvia de balas!