XV
La Cárcel Modelo
Diciembre 2 de 1993… 2:00 p.m. Cárcel Modelo en Bogotá.
Cada vez que en el televisor salía el anuncio de ¡Extra! con el que los noticieros acostumbran a dar la primicia de una noticia importante, a “Popeye” se le helaba la sangre y la piel se le ponía de gallina. Él disimulaba ante sus compañeros de prisión frunciendo el ceño con naturalidad mientras el alma se le arrugaba del susto. Con angustia dirigía su mirada hacia el televisor del patio pensado ¡mataron al Patrón!… esta vez sí lo mataron.
“Popeye” ya estaba en la cárcel, pues se había entregado a las autoridades en medio del proceso de negociación con la justicia, y ante el acoso de los “PEPES”, pero “el Patrón” seguía afuera…
Por esos días el gobierno de Cesar Gaviria, respaldó una ley para los integrantes del Cartel de Medellín, que confesaran todos los delitos y se entregaran a la justicia. Dentro de ese mecanismo obtendrían rápidas condenas por acumulación de delitos, sin importar cómo los hubieran realizado.
En medio de las fiestas de fin de año una noticia llenó de angustia a Jhon Jairo. Estaba previsto que podría pasar pero su espíritu y su razón se negaban a aceptarlo. La información circuló rápidamente y muchos, quizá muchísimos, la recibieron con alborozo…
¡Fue ubicado y ejecutado Pablo Emilio Escobar Gaviria, jefe del Cartel de Medellín!…
Quedó petrificado, sintió que el mundo se le venía encima. Su situación era una con “el Patrón” vivo y otra muy diferente con él en el cementerio.
La cárcel se conmocionó con la noticia y el país también. Mientras “miraba sin ver” la pantalla donde aparecían los periodistas eufóricos transmitiendo la noticia que le resultaba demoledora, sus compañeros de patio se fueron reuniendo a su alrededor, frente al televisor.
Se sintió aún más solo, desamparado y triste… Con lágrimas en el alma recordó, como en una película de terror, todo lo que vivió al lado de este “Gran Capo de Capos”. Al menos para él significaba demasiado. “Popeye”, como un sicario fiel y leal a su “Patrón”, lo estaba llorando, mientras que no sólo sus enemigos también gran parte del mundo, celebraban como una victoria su desaparición física. Dentro de las cárceles muchos festejaron. Él, en silencio, simplemente observó como si estuviera frente a un escenario; quería creer que todo era una gran mentira, sólo una pesadilla.
Y alguien más lo observaba a él… Iván Urdinola Grajales, uno de los jefes del Cartel del Norte del Valle, quien había sido capturado y enviado a la misma prisión.
—“Pope”, no esté triste, era lo mejor que nos podía pasar a todos, inclusive al mismo Pablo.
—¡Ay! don Iván, esto es muy duro… —Le contestó, clavando la mirada al piso.
El narcotraficante se veía contento con la noticia, le dijo sonriente que en Cali en el departamento del Valle, la fiesta era total, los integrantes del Cartel de Cali y del Cartel del Norte del Valle, celebraban con champaña y aguardiente.
—¡Se lo tenía merecido ese perro H.P. por secuestrador y asesino!…
Fue lo último que le escuchó decir a “Caballo”, otro narcotraficante, antes de meterse a su celda y cerrar la puerta con fuerza. Se quedó en silencio pensando en todos los crímenes que su “Patrón” y sus asesinos habían cometido en el país.
Afuera se escuchaba la música a todo volumen en la celda de Iván Urdinola y las carcajadas de “el Caballo”. Seguía sentado en su cama, con la cabeza entre las manos sin poder razonar, parecía que sus pensamientos se hubiesen petrificado. Alguien tocó a su puerta, él no contestó, no se atrevió a abrir y tampoco quiso salir a ver los noticieros. Su estado era de aturdimiento; sentía rabia, tristeza, impotencia y desesperanza… un hombre a la deriva.
—Ahora el que está mal ubicado soy yo en esta cárcel; quizá en otro sitio esté mejor con los otros sicarios del Cartel de Medellín para que no nos maten a todos porque de ésta no creo que salgamos vivos…
Se acostó vestido y alerta. Todavía al amanecer se escuchaba que afuera seguían bebiendo y embriagándose en nombre de Pablo Escobar.
Al día siguiente se levantó muy temprano y preparado para morir. Sabía que los “PEPES” lo iban a matar. El Cartel de Cali y el del Norte del Valle se dedicaron a hacer alianzas con los políticos corruptos y a seguir con el negocio de la cocaína, reorganizando las rutas que dejó libres el desaparecido Cartel de Medellín, para enviar al exterior viajes del alcaloide.
El país respiró tranquilo. Todo el mundo en Colombia creyó que con la desaparición de Pablo Escobar ahora sí se podría vivir en paz. Pensaron que muerto el perro… se acabó la rabia… Pero se les olvidó un pequeño detalle: la mafia en Colombia tenía nuevos jefes.
En el bajo mundo todos sabían quiénes eran y verdaderamente los respetaban, no sólo manejaban el poder y el dinero a manos llenas, también un poderoso ejército armado hasta los dientes, que los respaldaba.
El tiempo pasó y la imagen de Pablo Escobar se fue desvaneciendo, pero quedó convertido en una sombra que permanece, como una leyenda que evoca épocas de dolor y sangre, pero también de opulencia y bienestar para algunos.
El país retomó la calma y se alistó para elegir nuevo presidente de la República y “Popeye” se acomodó en la cárcel lo mejor que pudo, bajo la sombra protectora de Iván Urdinola, así salvó temporalmente su vida.
Los nuevos jefes de los carteles emergentes se confiaron en las promesas de políticos corruptos de alto nivel, quienes les prometieron ayuda para evitar la extradición, cuando llegaran al poder.
La mafia colombiana quería tener Presidente de la República y entregó millones de dólares a una de las campañas políticas para respaldar la elección del eventual presidente.
Por el partido conservador estaba Andrés Pastrana, quien en el pasado fuera secuestrado por el Cartel de Medellín. Su contendor en el partido liberal era Ernesto Samper.
El pueblo se botó a las calles a celebrar el triunfo del partido liberal, el nuevo presidente de los colombianos se llamaba Ernesto Samper. Los que no tuvieron nada que celebrar fueron los de la campaña opositora, salvo que se guardaron un as bajo la manga y lo usaron en el momento oportuno para aguarles la celebración a los liberales.
Un buen día un noticiero de televisión sacó a la luz unos “narcocasetes”, en los que aparecían hablando dos personajes famosos de la política y la mafia. En la conversación se tocaba el tema de los millones de dólares que la mafia dio para la campaña del nuevo presidente.
En la comprometedora conversación estaba el relacionista público de la mafia, Alberto Giraldo, íntimo amigo de políticos y de Miguel Rodríguez, el jefe del Cartel de Cali. El diálogo fue filtrado a la prensa como prueba de que el narcotráfico había permeado la campaña presidencial del presidente electo. El escándalo fue brutal, el nuevo presidente se tambaleó en su silla presidencial pero logró atornillarse hábilmente y no se dejó tumbar, afirmando que todo se hizo a sus espaldas.
La Fiscalía desató una cacería de brujas buscando culpables, uno de ellos llegó rápidamente a la Cárcel Modelo en Bogotá; era un niño mimado de la sociedad colombiana: Santiago Medina, clave en la campaña presidencial cuestionada.
Santiago Medina había sido el tesorero de la campaña presidencial de Samper. Y según las acusaciones del momento, él sabía perfectamente quiénes participaron en la entrega de dineros, cómo los habían recibido, cuánto contaron, cuándo, cómo y en dónde quedó el dinero de la mafia.
En la cárcel se comentó que al tesorero lo enviaron a prisión pero para presionarlo y que no abriera la boca. Él sabía perfectamente la verdad de toda esta historia. En esa época, un delincuente de cuello blanco siempre era recluido en una casa, de aquellas que las autoridades allanaban y decomisaban a los narcotraficantes. Se les llamaba “casa cárcel”, tenían seguridad y comodidades normales para los políticos o funcionarios caídos en desgracia. Pero en el caso de Santiago Medina, el gobierno lo trató como a un delincuente de quinta categoría y terminó en la más tenebrosa cárcel de Colombia en esos momentos: “La Modelo”.
El tesorero de la campaña de Samper era un personaje notable de la sociedad bogotana y de la clase política; se movía en las altas esferas del poder y manejaba un grupo selecto de amistades. Les decía a los presos que, al caer en desgracia, todos lo abandonaron, incluso el presidente electo, no le volvió ni a pasar al teléfono…
Cuando llegó a la cárcel, estaba muy asustado, llorando y temblando de miedo. Pobrecito, le habían dicho que ahí los otros presos lo iban a violar, dada su condición de homosexual y que nunca más saldría de prisión. Por eso cuando el guardia de la cárcel lo dejó solo en el patio, él bajó la mirada, sus ojos estaban llenos de lágrimas y no se atrevía a mirar a nadie, mucho menos a dirigirse hacia algún lado en concreto, no sabía qué hacer, parecía un muerto en vida o un condenado dirigiéndose al patíbulo. Con angustia apretaba sobre su pecho un pequeño maletín, mientras arrastraba lentamente sus pies hacia adentro de la cárcel.
Los presos en el patio lo miraban con lástima. Iván Urdinola fue quien dio el primer paso; se dirigió hacia él y efusivamente le dio un abrazo de bienvenida, “Popeye” le ofreció su mejor sonrisa dándole la mano con firmeza. Le habló con seguridad, asegurándole que en la cárcel nadie le iba a hacer daño y que ya estaba entre amigos. Para que no quedara duda alguna lo recibieron al estilo colombiano en una cárcel manejada por narcotraficantes:
—¿Champaña o whisky… Santiago? —Le dijo Iván tranquilamente mientras levantaba dos botellas de licor y hacía sonar las copas.
—¡Champaña!… —contestó el abatido hombre, bajando la mirada.
“Popeye” salió rápidamente a buscar una botella finísima que le habían robado de la nevera a otro narcotraficante del patio y que cuidaba más que a su mujer. Regresó y sirvió las copas a los dos hombres que permanecían de pie frente a él. Santiago Medina bebió con desconfianza, pero al final pudo más su miedo y se mandó dos copas seguidas, de un solo tirón.
Cuando recuperó la compostura, los miró aterrado, como si recién se ubicara. Por un momento les sostuvo la mirada, fue como si dimensionara frente a quiénes se hallaba y observó lentamente a su alrededor.
Por donde sus ojos pasaban sólo veía asesinos y narcotraficantes, pero todos lo saludaron con un gesto amable. Urdinola percibió el pánico de Santiago y rápidamente lo llevó a su celda; allí le dijo que no se preocupara, que no le pasaría nada, que confiara en ellos.
El hombre temblaba aún más que al principio y mirando fijamente al sicario, como si estuviera a punto de llorar, le dijo con voz suave:
—“Popeye”, ¿usted me promete que no me van a hacer nada malo?
—Doctor, nosotros no somos mala gente, acá va a estar bien. Mientras es llevado a un buen lugar, nosotros lo protegeremos.
El tesorero respiró tranquilo y ya más relajado se dejó conducir por Urdinola.
Lo llevaron a una buena celda y le arreglaron un lugar decente. Iván le pidió un televisor a un empleado suyo que permanecía frente a la cárcel para cualquier eventualidad. Le prestó su teléfono de línea y el gran Doctor se comunicó con la familia. Al calor de la champaña, Santiago Medina se calmó y soltó una perla:
—¡A mí me van a matar acá!
Santiago Medina, no estaba lejos con esta apreciación. Todos en la cárcel, en la calle, en los círculos sociales y hasta dentro de los mismos narcotraficantes, repetían en coro el mismo comentario: ¡el temor de algunos políticos es que Santiago Medina hable y se destape toda la verdad!
Y junto con su traslado a La Modelo el escándalo en Colombia cada vez se hacía más grande. Mientras los presos en Alta Seguridad le daban la bienvenida con champaña al tesorero, en Colombia y el mundo corrían ríos de tinta por cuenta de este suceso.
Pero estaban equivocados los que pensaron que Santiago Medina se dejaba amedrentar por el escándalo y la captura. Mientras se consumían varias botellas de licor, ese día soltó valiosa información sobre el tema y sus cómplices. En medio de los tragos se le fue la lengua contando infidencias hasta que Iván Urdinola le dijo que era suficiente y que mejor se fuera a dormir. Él se paró tambaleándose y dijo con firmeza, antes de partir:
—¡Mi lealtad con el presidente llega hasta que pise el primer escalón de la Fiscalía!
Santiago Medina era dueño de una gran fortuna en arte y tierras en el departamento de Boyacá; conocedor como ninguno de valiosas antigüedades, su casa en Bogotá era un sueño. Físicamente se veía de clase. Un hombre cuarentón, un poco obeso, blanco, 1.72 metros de estatura y educado como ninguno. Al final se resignó a compartir la cárcel con los presos y volvió la rutina.
En la calle, después del sonado caso de la financiación de la “narco campaña”, algunos narcotraficantes comenzaron a entregarse en medio del proceso de sometimiento a la justicia.
La Cárcel Modelo era por esos días el sitio más comentado en Colombia. El tiempo transcurría lentamente. Cuando los periodistas anunciaban el nombre de un político importante o de un narcotraficante que estaban siendo investigados, inmediatamente los presos señalaban a dedo la próxima celda a ocuparse. Así se entretenían, alternando los problemas cotidianos de la comunidad carcelaria con largas discusiones, que reflejaban el desorden en que se hallaba el país…
Santiago Medina tenía además de sus problemas judiciales, problemas de ansiedad; era claustrofóbico, situación complicada para un preso que tiene que dormir con la puerta bajo llave. En el momento en que el guardia carcelario encerraba a Santiago y éste sentía el rechinar de la cerradura, caía al suelo estrepitosamente desmayado. En otras ocasiones entraba en pánico y comenzaba a sudar y a gritar desesperado.
Al principio sus compañeros se asustaban porque no sabían lo que le pasaba y en coro decían:
—¡Ahora sí el doctor Santiago se enloqueció!
Pasaron los meses y un buen día Iván Urdinola, le dio una noticia a “Popeye”. Le dijo que se iba trasladado a la Cárcel de Palmira Valle, su territorio; que le había costado una fuerte suma de dinero en el INPEC pero había valido la pena.
Se despidió de él con un abrazo. El capo lo había protegido en la cárcel; volvía a quedar solo. Lo miró a los ojos y con sinceridad, intentando demostrarle su reconocimiento le dio las gracias por la protección brindada.
Ese día Urdinola salía rápidamente con su maleta; mientras se dirigía hacia la puerta “Pope” lo miraba con nostalgia pensando que quizá ya no lo volvería a ver. Probablemente sintió su mirada y de un momento a otro se detuvo en seco, volteó y se regresó, lo tomó del brazo, lo llevó aparte y le dijo en voz muy baja:
—¡“Popeyito”, cuídese mucho, Carlos Castaño está sobre Usted! No va a descansar. ¡Lo mata porque lo mata… yo se lo aseguro!
—¡Gracias Don Iván! —Le contestó bajando la cabeza.
Se sintió triste ese día, no por la noticia de que Castaño había dado la orden de matarlo como fuera, en realidad era porque este poderoso narcotraficante que se estaba despidiendo de él en esos momentos, fue el único miembro de “los Caleños”, sus enemigos del Cartel del Norte del Valle, que paradójicamente lo protegió y respaldó en la cárcel, cuando todos se peleaban por asesinarlo después de la muerte de Pablo Escobar.
Al conocer sobre la partida de Urdinola, el Doctor Santiago se angustió aún más. En esos momentos estaba siendo presionado, por todos los lados, para que no hablara sobre los dineros del narcotráfico que ingresaron a la campaña presidencial.
A pesar de la situación tan grave en que se encontraba, él tenía la plena confianza en la Fiscalía y decía que si colaboraba, ellos lo iban a proteger. Por eso siempre se mantuvo firme en su decisión de contar toda la verdad… Verdad que tenía incomodos a varios personajes que le pusieron precio a su cabeza.
Un día “Popeye” recibió a un emisario de Orlando Henao, jefe del Cartel del Norte del Valle. El hombre le dijo directamente.
—“Popeye”, ¡un millón de dólares para que deje matar a Santiago Medina! —Le ofreció sin sonrojarse.
Lo miró directamente a los ojos y le dijo con firmeza:
—Venga en diez días y le doy una respuesta.
El hombre se fue con el mensaje para su patrón. Pensó con cabeza fría la propuesta; era tentadora y peligrosa. Toda la mafia en Colombia sabía que él estaba cuidando a Santiago Medina en la cárcel y si alguien se atrevía a asesinarlo en el patio, tenía que pasar antes sobre su cadáver, pero si se dejaba comprar por el cartel Santiago Medina sería hombre muerto.
Le había tomado cariño y sentía respeto por Santiago, quien además confiaba ciegamente en él. Una tarde en la que intercambiaron algunos secretos de la política corrupta y de la mafia, en tono nostálgico le habló sobre su efímero futuro confesándole que tenía sus propios sueños por cumplir con un amor que tenía atravesado en su corazón enamorado…
—“Pope”, ¡cuídeme que yo salgo y lo saco de acá!
El Doctor Santiago se veía indefenso, vulnerable y muy triste en prisión. En las largas conversaciones que tenían a diario en su celda, le comentaba historias de su vida. Un día le confesó que estaba muy angustiado porque Iván Urdinola, antes de irse de la cárcel, lo presionó para que no hablara ante la Fiscalía y le advirtió que no podía decir la verdad sobre el dinero que entró a la campaña presidencial proveniente del narcotráfico, porque estarían en peligro todos los mafiosos de Colombia, ya que rápidamente serían extraditados a los EE.UU., por el presidente electo.
Mientras Santiago le hacía su confesión, pensaba en la propuesta que le habían hecho días atrás y llenándose de valor le contó que lo querían muerto.
—Don Santiago, esto está preocupante; no le puedo decir más pero se tiene que cuidar porque lo van a asesinar y están ofreciendo mucho billete por su cabeza…
—¿Qué pasó? ¿Qué…queeee qué pasó, “Pope”? —Le dijo levantándose rápidamente de su cama, con el rostro transfigurado por el miedo y tartamudeando; las palabras no se animaban a salir de su boca desencajada.
—Nada grave don Santiago. —Le dijo “Popeye”, en tono cordial, sólo para calmarlo y haciéndolo sentar en la cama—. Venga le cuento. La verdad… ¡le doy mi palabra de sicario arrepentido que no voy a permitir que lo maten en la Cárcel Modelo y si lo intentan tendrán que pasar sobre mi cadáver…!
Eso fue muy arriesgado de su parte, pero tenía que tomar una decisión y lo había hecho de forma correcta, según lo pensó.
La mafia y sus amigos estaban dispuestos a todo, para cerrarle la boca al tesorero de la campaña y al que se interpusiera en su camino también… ¡o sea a él! Sabía cómo se movían las cosas en el bajo mundo y si permitía que lo mataran después también lo harían con él. No era tonto y menos con sus eternos enemigos del Valle.
Pero asesinar o participar en la muerte de tan famoso personaje en la cárcel no era fácil. Ningún delincuente en esos momentos quería echarse encima ese muerto y él tampoco, no sería la excepción. Así que prefirió aliarse con Santiago. Al menos tendría una oportunidad de salir con vida del nuevo lío en que lo habían metido.
Santiago Medina entró en pánico y le prometió esta vida y la otra, para que lo siguiera protegiendo. Le dijo que en agradecimiento por la protección que le estaba brindando, iba a mover sus influencias para enviarlo a una cárcel donde estuviera seguro. “Popeye” le sonrió con aceptación pero sabiendo que no podría cumplirle. En esos momentos, ningún funcionario o político importante en el país le quería pasar al teléfono, menos le iban ayudar con el traslado de su nuevo amigo. Todos los de su clase lo habían dejado solo con su problema, dándole la espalda para que lo mataran. Ahora su vida estaba en manos de uno de los sicarios más despiadados del país. Pero Santiago Medina no tenía opción.
Se acostumbra en el bajo mundo, liquidar a un preso desde afuera ingresando a un asesino profesional a la cárcel el día de la visita masculina. Cuando éste llega al patio hace su trabajo y sale nuevamente a la calle con la complicidad de algún guardia comprado.
En el caso de Santiago eso era lo que pensaban hacer y si “Popeye” se oponía, la orden era matarlo también.
El emisario del Cartel del Norte del Valle volvió a los diez días por la respuesta.
—Doctor… ¡dígales por favor que yo no me meto en eso!
El emisario abrió los ojos con sorpresa; no esperaba esa razón, pero asintió con la cabeza, dio media vuelta y se fue sin decir nada.
“Popeye” comprendía las consecuencias de su negativa y estaba listo para morirse. Cuando los miembros del Cartel de Cali o del Norte del Valle ordenaban un asesinato nunca fallaban y si él se había negado entendía las consecuencias; sólo era cuestión de tiempo. Prefirió jugársela de esa manera a echarse encima a Santiago Medina. ¡Todos sabían que era un muerto demasiado grande para meterse en semejante escándalo que implicaba mafia, política y corrupción!
Le advirtió a Santiago Medina que la única manera de salvarle la vida en la cárcel a partir de ese día, era que él siguiera sus instrucciones al pie de la letra.
Lo convenció para que el fin de semana, cuando los presos recibían la visita masculina el día sábado, no saliera para nada de su celda, que iba a permanecer cerrada con llave, para evitar que se le metieran a matarlo y para esto, él se pararía todo el día afuera de la celda con un arma en la mano evitando que alguien se acercara al tesorero.
Un ejercicio casi imposible para un claustrofóbico, como era el caso de Santiago. Pero fue valiente a pesar de su miedo y luchó desesperadamente en la cárcel por preservar su vida. Esta situación lo unió más a “Popeye” el único hombre en quien podía confiar en esos momentos, no le quedaba otra alternativa. Si hubiera querido él mismo lo habría asesinado sin que siquiera alguien lo notara, pero “Popeye” le dio su palabra y la cumplió. Hicieron una buena amistad. Él, en agradecimiento, le celebró el cumpleaños a la esposa de “Popeye”, Ángela María Morales, quien tuvo una fiesta por todo lo alto en el famoso castillo de Santiago Medina que fue generoso y corrió con todos los gastos del comentado evento.
Ángela María Morales se lució ante sus amigas. Santiago quedó bien con “Popeye”, quien terminó enfrentado a los asesinos del tesorero que ahora no sólo ofrecían dinero por el hombre sino también por su nuevo escolta.
El lío al final se le armó, pero con la víctima. Apenas le cerraban la puerta de la celda con llave, entraba en pánico pensando que ese día lo matarían en la visita y ¡de una se desmayaba! Qué problema para resucitarlo y hacerle ver la realidad…
Cuando llegaban los sábados, “Popeye” probaba su revólver 38 corto 5 tiros, se lo ponía en la pretina del pantalón y salía rumbo a la celda de Santiago. Ahí permanecía parado todo el día vigilante, cuidándolo con lealtad. Durante las largas horas de vigilia hacía castillos en el aire con todo lo que el tesorero le había prometido. ¡Estaba cuidando su futuro!
Una pequeña ventana en la celda de Santiago y otra en el baño de la misma, le calmaban un poco la ansiedad al pobre hombre que con timidez se arrimaba a respirar el aire puro que circulaba afuera. ¡Tenía que escoger entre el encierro voluntario, o un balazo de un visitante “entrado”, o de algún otro preso, que también se quisiera ganar el dinero que ofrecían por volverlo cadáver!
Aparentemente, en el pabellón no existía una persona que, de frente, fuera capaz de echarse ese muerto encima. Una cosa es un asesinato en la calle y otra muy distinta dentro de la prisión… En este caso sabían que un menor de edad había sido el elegido para matar al Doctor Santiago Medina, dentro de la Cárcel Modelo de Bogotá; como era menor de 18 años el asesino no pagaría cárcel, según reza la ley colombiana.
La vida del Doctor Santiago, siguió en medio de ese torbellino emocional, cada vez que salía de la cárcel a sus audiencias judiciales, se echaba la bendición y con voz temblorosa se despedía de “Popeye” como si fuera el último día de su vida. Temía no regresar para contar el cuento.
Un día fue a su audiencia en la Fiscalía y delató al Presidente Samper y a su Ministro de Defensa Fernando Botero. Le dijo que contó “todo, todo”, con pelos y señales a los fiscales que le indagaron. Ellos le creyeron, por eso le dieron la casa por cárcel y le ofrecieron protección para su vida. Regresó feliz se despidió de él con un fuerte abrazo. “Pope” lo miró con tristeza. Sabía que no lo volvería a ver y que todas sus esperanzas de ser trasladado a otra cárcel se terminaban ahí.
La despedida entre los hombres fue sincera. Con la partida del político “Pope” descansó; era demasiado estresante estar cuidándolo las 24 horas del día y con el alma en vilo vigilando a todos los presos para que no le pegaran un tiro o no le envenenaran la comida, que era procesada por alguien de extrema confianza y probada por él mismo antes de que Santiago la consumiera.
Por las declaraciones de Santiago Medina la Fiscalía ordenó la captura del flamante Ministro de Defensa Fernando Botero, quien fue detenido y recluido en una guarnición militar. El escándalo en Colombia, sobrepasó las fronteras y EE.UU., canceló la visa al presidente electo; un caso insólito para la época. Era el primer mandatario de un país a quien le cancelaban la visa americana.
La mafia entró en pánico; de nada les sirvió aportar los millones de dólares que entregaron al tesorero para financiar la campaña y por primera vez se dieron cuenta de que su extradición estaba más próxima de lo que ellos imaginaban.
Durante años se aseguraron de tener amigos leales en el Congreso de la República, como el parlamentario Carlos Oviedo Alfaro, quien fue integrante de la Comisión de Acusaciones del Parlamento, la misma que luego absolvió al Presidente de la República. Estas relaciones parlamentarias no fueron gratuitas; los mafiosos tuvieron un gran relacionista público, que por esos días llegó también a pasar un tiempo con los presos en el Patio de Alta Seguridad de la Cárcel Modelo.
El periodista Alberto Giraldo, fue detenido por el escándalo del dinero entregado a la campaña del Presidente Samper. Su voz fue la que se escuchó en los llamados “narcocasetes” que destaparon la olla podrida de la campaña.
Giraldo rápidamente fue instalado en el patio donde estaba “Popeye” e inició su vida de presidiario, en medio del revuelo que amenazaba con tumbar al Presidente de la República y que permaneció en su cargo tras la famosa frase de ¡Aquí estoy y aquí me quedo!
El que no se salvó fue su Ministro de Defensa, Fernando Botero, quien fue declarado culpable por la justicia y condenado por la financiación irregular de la campaña presidencial.
Poco después y en una de las llamadas que le hacía “Popeye” al Dr. Medina, le sorprendieron con la noticia de su hospitalización. Aparentemente estaba enfermo del estómago.
—¡El doctor está en el hospital! —fue la respuesta que recibió.
Acostumbraba a llamarlo por teléfono a su hermosa casa-cárcel en Bogotá. El tesorero le recibía las llamadas con alegría.
—Hola “Popeyito” ¿cómo estás?— era su saludo habitual.
Pero esta vez su voz se apagó. Trató de hablar con él y nunca se lo comunicaron. El Doctor Santiago Medina murió de una afección renal, dijeron los médicos que lo atendieron. En el bajo mundo se habló de la extraña contaminación del agua de la casa de Santiago, que lo llevó rápidamente a la tumba…
Cuando el sicario lo supo sintió tristeza por el hombre que murió de forma tan extraña; nadie se atrevió a cuestionar el dictamen médico y menos a hacerle una necropsia para buscar rastros del agua que misteriosamente le afectó el estómago. Los del Cartel del Norte del Valle celebraron su muerte; no tuvieron que disparar un solo tiro.
Santiago Medina estaba planillado para viajar al más allá, y así pasó…
Ya sin el testigo estrella de la Fiscalía, muchos respiraron tranquilos y siguieron sus vidas normalmente, no así algunos narcotraficantes que vieron la oportunidad de entregarse a las autoridades y hacer una negociación inteligente con la justicia que les ofrecía jugosas rebajas de penas a cambio de confesar sus delitos de narcotráfico.
Algunos de los mafiosos del departamento del Valle del Cauca, al suroccidente del país, aceptaron la oferta e iniciaron el proceso de sometimiento a la justicia.
Uno de ellos fue Henry Loaiza, alias “el Alacrán”, miembro del Cartel de Cali. Dueño de una personalidad difícil, sin educación, lleno de poder y dinero, aterrizó también en el Patio de Máxima Seguridad…
El narcotraficante era famoso por haber participado en la masacre de Trujillo, Valle. Los muertos pasaron de cien. El sacerdote del pueblo, el padre Tiberio, fue una de las víctimas inocentes que asesinaron. Al cura le cortaron la cabeza y jugaron fútbol con ella. Las partes desmembradas de las víctimas comenzaron a bajar por el río. La noticia de la sevicia con que actuaron llegó hasta el Vaticano.
Un día “Popeye”, de metido, le sugirió que confesara eso que todo el mundo ya sabía, que él había ordenado las muertes y así la justicia le haría una rebaja de pena; le darían máximo siete años de cárcel si declaraba.
—¡Yo no soy un sapo! —le respondió furioso, dejándolo parado en el patio en donde hablaban.
Este hombre se sumó a la locura colectiva que por esos días se vivía en el pabellón. El sicario nunca supo si lo que otros prisioneros veían o escuchaban en la cárcel, era producto de sus conciencias atormentadas o correspondía a la realidad. Pero lo que sí vio y escuchó fue la historia de “el Alacrán”. Para él la llegada de la noche resultaba una verdadera agonía. Decía que no lo dejaban dormir, que lo querían enloquecer los otros presos.
Al caer la tarde “el Alacrán” se veía ansioso; su angustia se intensificaba cuando anochecía y todos se retiraban a descansar; el hombre aseguraba que escuchaba ruidos encima de su celda.
Al otro día, trasnochado y de mal humor, “el Alacrán” hacía el reclamo a los presos alegando que no lo dejaban dormir y que lo querían enloquecer con esos ruidos. Al principio todos reían, pensaban que algún chistoso le estaba haciendo bromas, o que el bullicio venía de otro patio y en medio de la noche él lo percibía cerca, pero no, al pasar los días éste insistía en su historia.
Se le corrió la teja… susurraban los presos convencidos de su locura, pero estaban ansiosos por descubrir el misterio. ¿Por qué aseguraba que escuchaba golpear toda la noche en el techo de su celda?
Lo curioso de la situación era que, ¡arriba de su celda no había nadie…! Y tampoco resultaba lógico que alguno de los prisioneros pasara la velada dando golpes. Era absurdo. Tampoco resultaba factible que alguien estuviera construyendo un túnel o algo parecido, porque no había espacio. Los golpes los ubicaba en el techo sin nada encima y los alrededores estaban completamente deshabitados.
Sus compañeros al conocer la versión de “el Alacrán” estuvieron pendientes y nunca oyeron nada diferente a los murmullos habituales en una prisión.
Con el tiempo “el Alacrán” logró que lo trasladaran a otra prisión en donde dejó de escuchar los ruidos que decía oír en La Modelo. Fue condenado, pagó su pena y salió libre. La justicia lo volvió a vincular a delitos de narcotráfico y las autoridades lo capturaron nuevamente.
Transcurrieron los días y quedó en evidencia que no sólo “el Alacrán” escuchaba ruidos extraños en su celda. También el descontrol emocional del periodista Alberto Giraldo se hizo notorio y del conocimiento de todos los presos de Alta Seguridad. Este hombre se enloquecía por días; nunca se enteraron si fue por la compañía de los demás reclusos o por la tensión del escándalo de la narco campaña sumado a la presión que estaba ejerciendo la mafia sobre él.
A veces cuando estaban reunidos los presos en el comedor, lo veían pasar presuroso para su celda, empacaba sus cosas y bajaba corriendo al primer piso del pabellón, no sin antes despedirse de todos asegurándoles que le había llegado la orden de liberación.
Pasaba horas sentadito encima de su maleta, mirando al frente de la pesada puerta de hierro que blindaba el patio. Algunas veces se impacientaba al ver cómo la ansiada libertad se diluía en el lento paso de las horas… con ellas se desvanecían también sus ilusiones de regresar a casa.
Al notar el paso del tiempo sin que algo sucediera, se paraba frente a la reja de seguridad y permanecía eternidades pegado a los barrotes con los ojos llenos de lágrimas… No era difícil imaginar lo que estaba sintiendo en su corazón. Los demás presos lo miraban con tristeza y pensaban lo mismo: ¿cuándo llegará la boleta de mi libertad?
Por suerte, el periodista se reponía de la depresión y entonces no paraba de hablar todo el día. Les contaba con lujo de detalles las orgías que hacían los políticos amigos suyos, con lesbianas y prepagos. Era enfermo por las niñas menores de 18 años; un viejo verde. Pero del tema que todos querían saber, sobre la financiación de las campañas políticas, no hablaba. Tenía miedo; le habían advertido que era mejor quedarse callado. Él sabía toda la historia de la financiación de los políticos corruptos, comprados por los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez, jefes del Cartel de Cali. Giraldo, durante años, fue su relacionista público, sabía muchas verdades que no se atrevió a contar. Cuando algún recluso mencionaba el tema, él lo eludía sagazmente, afirmando que ya llegaría su turno de hablar en la Fiscalía, porque tenía una lápida colgada al cuello, al igual que su familia que también estaba amenazada. Repetía que, por él, contaría la verdad absoluta de la corrupción de los políticos pero que de eso dependía la vida de sus seres queridos y no iba a arriesgar a inocentes por sus revelaciones.
Pasó el tiempo y un día salió libre. Su secreto se lo llevó a la tumba, pues murió años después. Al igual que Santiago Medina, pudo más el miedo a la “narco política” colombiana que su deber para con el país, permitiéndole conocer la verdad sobre su clase dirigente.
Siempre decía que contar la historia verdadera de la corrupción en Colombia no sirve de nada, porque nunca pasará de ser un sonado escándalo periodístico. Y así era, no sólo con los políticos corruptos, también con los bandidos de otras esferas que también eran recluidos en la Cárcel Modelo, la más famosa del país, por aquellos días.