VIII
Cumpleaños de un condenado
Llega la época del año en que el frío se hace más intenso. Las madrugadas son dramáticas para los reclusos en Cómbita, pero deben sobreponerse a todo, o se los come el encierro. Así lo hace también “Popeye” quien, para entonces, lleva más de once largos años de condena. No se deja acorralar por el clima ni por sus enemigos. Con entusiasmo cada día toma su baño a toda prisa y se mantiene en pie de lucha, al lado de sus fieros compañeros. Algunos, envueltos en sus cobijas, caminan rápidamente hasta el fondo del patio y regresan una y otra vez para calentarse y matar el tiempo. El mal clima los deprime aún más. Otros utilizan medias como guantes para proteger las manos. Cobijados por la neblina se ven como figuras fantasmales de indigentes tristes y pensativos, todos deambulando por el mismo sitio, una y otra vez, esperando que lleguen las 10:00 a.m., a ver si con un poco de suerte, el sol asoma la nariz.
Cada uno de los prisioneros tiene una historia y una condena a cuestas; éstas suelen ir desde los 6 hasta los 40 años; hay de todo en realidad. También están los que nunca van a salir de prisión por varias condenas de 30 años. Estos no tienen nada que perder y los demás presos los tienen entre ojos. Son bandidos que han asesinado a otros presos en la cárcel e incluso a guardias, por ello han acumulado tiempo en prisión. Pero, extrañamente, son los más serios.
Cada torre en una prisión tiene vida propia. El murmullo es constante. Las celdas son cerradas luego de la hora del baño y de allí todos los presos tienen que permanecer en el patio hasta las 5:00 p.m. En ese tiempo se desarrollan diversas actividades. Cuando termina la caminata en el patio comienzan los partidos de futbolito. El resto de presos se dirige a los mesones de los comedores o a los pasillos, frente a las celdas, a seguir conversando de lo mismo; algunos van a llamar por teléfono o a mirar televisión. El guardia que vende en el expendio de comestibles autorizado, abre desde las 8:00 a.m. Allí se forma una fila. Todos los días son prácticamente iguales. La monotonía del patio sólo se rompe con los dramas humanos que viven los condenados.
Un buen día “Popeye” estaba haciendo sus ejercicios diarios y al terminar lo abordó “Cara´e crimen”, un preso joven y humilde que él no conocía muy bien.
—Señor “Popeye” ¿me regala por favor un momento?
—¡Claro mi amigo! —le contestó con respeto.
Lo condujo a un lugar en el segundo piso; él creyó que era algo muy delicado y lo siguió sin preguntar más; como todo era tan misterioso buscó con la mirada a su amigo “Cala” y vio que lo tenía ubicado; quedó tranquilo pues si lo pensaban matar “Cala” de una saltaría sobre ellos.
Pero no era lo que parecía. “Cara´e crimen” miró a un lado y al otro cerciorándose de que podían hablar sin que los escucharan:
—Don “Popeye” es que le quiero pedir un gran favor…
—¡Hable mi amigo!… —le dijo con curiosidad.
—¡Es que hoy estoy cumpliendo años y no tengo cómo celebrarlo!
“Popeye” rio por su revelación, le dio la mano y lo felicitó preguntándole cómo le podía ayudar. Pensó que le iba a pedir tarjetas para llamar, o, quizá quería comprar marihuana, o un galón de licor carcelario.
—Señor… ¡es que le quiero pedir el favor, a ver si usted me regala un ponquecito Gala, una chocolatina y un bon yurt…!
Lo miró con ternura y sinceramente se conmovió con su pedido. Viniendo de semejante asesino, a un sicario como él, en el lugar en que se hallaban… fue una lección de vida, que le movió el piso, mostrándole que es capaz de sentir piedad.
—¡Claro mi amigo, con gusto!
Le indicó que lo esperara, fue corriendo al expendio, compró lo que le pidió y algo más; se lo entregó en una bolsa y lo dejó solo. Esto le golpeó y comprendió que la vida al margen de la ley, es muy dura para los hombres, tanto como debe serlo para las personas a quienes ellos han hecho daño con sus acciones.
“Cara´e crimen” se fue al tercer piso buscando intimidad. Desde lejos “Popeye” lo observó. Se sentó en el frío suelo, puso las cosas una a una en un pedacito de cemento de las duchas y se las comió todas, despacio, disfrutándolas con una fría alegría reflejada en su cara. Allí estuvo un buen rato celebrando su cumpleaños número 25. Debía pagar una condena de 40 años en prisión por homicidio y secuestro; mató al secuestrado y a un capitán de la Policía, que llevó a cabo un intento de rescate. Su juventud lo llevó a cometer muchos errores y ahora estaba pagando por sus locuras, su cara de bandido era una boleta de captura fija, nadie le conocía familia y nunca llamaba.
A veces “Popeye” le decía a “Cala” que estuviera pilas, que se iba a echar un sueñito y de lejos veía a “Cara´e crimen” pendiente que no le pasara nada a su benefactor; se notaba la lealtad que le tenía.
Con los días se acopló al patio de los paramilitares y se involucró en el desarrollo de los acontecimientos y dramas normales dentro de una prisión, que rompen el duro letargo de la condena.