XXXI

Amarga experiencia para una periodista

“Popeye” volvió a la realidad cuando una periodista de Bogotá llegó a visitar la Cárcel de Valledupar para mirar, con sus propios ojos, lo que estaba pasando. Entró a los calabozos pero a la única celda que no se arrimó fue a la de él. Días después salió su informe en el prestigioso periódico donde trabajaba. El artículo denunció las condiciones infrahumanas en que se vivía y concluyó su informe con esta frase: El único que merece estar allí es “Popeye”.

La periodista Jineth Bedoya era una excelente reportera del diario el Espectador en Bogotá; siempre estaba buscando las noticias en el sitio donde se producían, una mujer valiente e íntegra que un día cualquiera recibió una llamada telefónica de un preso recluido en la Cárcel Modelo. Esta llamada desgració su vida.

Jineth ya había estado dentro del edificio de Alta Seguridad buscando noticias, entre los paramilitares y narcotraficantes; esta misma curiosidad ya la había llevado a los patios de la guerrilla en donde también esperaba conseguir una gran primicia periodística, entrevistando a los jefes guerrilleros de las FARC. Estas visitas y un informe que publicó el periódico, en donde decía que los guardias del penal permitían a los presos de los paramilitares tener pistolas en sus celdas, la marcó como auxiliadora de la guerrilla. Sólo denunció lo que todos sabían y ninguna autoridad en la época se atrevía a confrontar.

La diminuta mujer que no mide más de 1.60 metros de estatura, posee una personalidad fuerte. No le tiene miedo a nada y husmea por todas sus fuentes persiguiendo la verdad, no es ni guerrillera, ni paramilitar, sólo es una periodista.

Un día la reportera recibió la llamada telefónica de un hombre que se hizo pasar con el alias de “El Panadero”. Le pidió que fuera a la Cárcel Modelo para darle la exclusiva sobre sus crímenes. “El Panadero” era muy conocido en los medios de comunicación, porque correspondía al alias de un comandante paramilitar del departamento de Santander, a quien se le atribuía la muerte de más de 400 personas. Todos los periodistas de la época querían hablar con él.

La inocente mujer cayó en la trampa. Muy puntual llegó a las afueras de la cárcel en compañía de su compañero Jorge Cardona, jefe de redacción del periódico.

Para ingresar a la cárcel se tenía que acceder con un permiso escrito que el preso entregaba a los guardias, estos siempre llegaban a la puerta principal portando la orden para entrar, que los visitantes pacientemente debían esperar; claro, excepto las visitas especiales como esposas, amigas y demás personas que no querían dejar evidencia de su visita.

Hacia las 10 de la mañana de aquel 25 de mayo del año 2000, Jineth se acercó a la puerta principal para preguntar por su permiso, varias personas estaban allí: guardias, abogados y visitantes; su acompañante se quedó en la acera de enfrente esperando, pero pendiente de ella.

Las horas fueron pasando y su compañero comenzó a inquietarse porque no la volvió a ver, ni se enteró si había entrado a la cárcel; se acercó a preguntarle a la guardia pero nadie le dio razón. A escasos 10 metros de la puerta de ingreso, la periodista Jineth Bedoya Lima desapareció, como por arte de magia. Jorge Cardona, angustiado decidió regresar al periódico con la esperanza de que ella estuviera allí.

Al final de la tarde toda la visita carcelaria es sacada por reglamento, después de las cinco nadie puede permanecer en el penal. Sus colegas en el periódico ya estaban sintiendo que algo no andaba bien. Jineth no volvió a la redacción, sus jefes desesperados dieron la voz de alerta a la Fiscalía; la Policía comenzó a rastrear su teléfono celular. A las 6:30 p.m., las autoridades ingresaron a la cárcel requisando por todos los patios pensando que la tenían secuestrada en el interior.

Uno de sus jefes llamó por teléfono a otra periodista que tenía contacto directo con los presos de Alta Seguridad, que eran fuente directa de información para el trabajo que ella realizaba en su noticiero. Ella tenía los números celulares de los presos de ese pabellón. Su colega le contó la situación y le hizo un llamado angustiante.

—¡Dígale al “Panadero” que nos devuelva a Jineth!

La periodista habló con Miguel Arroyave y Ángel Gaitán preguntándoles por Jineth, ellos dijeron no saber nada y se comprometieron a exigirle al “Panadero” que llamara a esta periodista para aclarar la situación.

El llamado “Panadero” sí existía en el patio de los paramilitares; los jefes lo llamaron de inmediato para preguntarle por la periodista y lo hicieron subir ante ellos. El hombre entró asustadísimo, le dijeron que si la periodista no aparecía él era hombre muerto; le dieron el teléfono de la periodista que estaba intermediando, para que aclarara la situación. “El Panadero” la llamó y ésta le dijo que se comunicara de inmediato con los periodistas del periódico El Espectador diciéndoles quién era él y contara lo que sabía.

“El Panadero” así lo hizo y los jefes de Jineth angustiados lo insultaron gritándole varias veces:

—¡Devuélvanos a Jineth que usted la tiene!

“El Panadero” cada vez estaba más enredado y complicado en esta desaparición; según él no sabía nada del tema y por eso estaba poniendo la cara y así se lo dijo a su comandante supremo Carlos Castaño, quien también lo llamó furioso amenazándolo con desaparecerlo del mapa si la periodista no aparecía.

A las 8: 30 p.m., Jineth apareció en un paraje cerca de la carretera de la ciudad de Villavicencio. La encontró un taxista caminando desorientada. Jineth estaba brutalmente golpeada, drogada y habían abusado sexualmente de ella. Fue llevada a una clínica, allí la estabilizaron y la sacaron de un shock nervioso. Repetía insistentemente el nombre de otros periodistas que cubrían noticias de temas relacionados con los grupos guerrilleros, ella decía que sus captores le habían advertido que matarían a estos reporteros por sus informes y que sus secuestradores decían pertenecer a los grupos paramilitares.

El secuestro y violación de Jineth fue asqueroso y repudiable, los que hicieron eso merecían morir como los perros que eran. Cuando “Popeye” lo supo se indignó mucho al ver los detalles en el noticiero, no fue el único en el patio pero por más que indagaban había algo que no encajaba en este secuestro. Nadie se explicaba qué estaba pasando, la noticia causó revuelo internacional, los periodistas conmocionados al punto que algunos rápidamente salieron del país ante las amenazas.

Este secuestro estuvo muy bien planeado y con ayuda de la autoridad. Nadie se explicaba cómo fue posible que en una ciudad como Bogotá se llevaran a una periodista de la puerta de la cárcel, frente a todo el mundo y horas después apareciera en otra ciudad, a la que se llegaba pasando varios retenes de las autoridades.

Era inexplicable que se hubiera trasladado una secuestrada en automóvil por carretera con todos los controles de seguridad que tenía la Policía y el Ejército en esa importante vía a la ciudad de Villavicencio. Estos vigilaban la carretera para evitar acciones de la guerrilla, por eso hacían retenes, revisaban los carros, hacían bajar a los pasajeros para verificar sus documentos.

Pero el caso de Jineth fue diferente. Con los días se supo que cuando ella se acercó a la puerta de la cárcel la drogaron y la llevaron a una casa cercana, luego la pasaron a un carro de un supuesto alto oficial de la Policía Nacional, amigo de los paramilitares. El objetivo no era asesinar a Jineth, sino utilizarla para enviar un mensaje claro y tenebroso a los demás periodistas afines en su ideología de izquierda con los grupos guerrilleros, o que simplemente escribían en contra de la violación de los derechos humanos de los uniformados o de las acciones violentas de algunos paramilitares.

Al día siguiente de estos hechos mientras la noticia circulaba en todos los noticieros, la periodista estaba recluida en una clínica en Bogotá recuperándose. Los culpables: los paramilitares. El comandante supremo de estos Carlos Castaño, llamó a otra periodista y le pidió que le contara toda la historia.

—¡Yo no ordené ese hecho tan miserable y es evidente que alguna autoridad les ayudó. Voy a investigar y juró que mataré a los que le hicieron eso!

Le pidió a su interlocutora que le ayudara a contactarse con Jineth Bedoya. Él quería hablar con ella y explicarle que su organización no había tenido nada que ver en este hecho tan repugnante. La llamó por teléfono a la clínica donde ella estaba reponiéndose y le dijo que él nunca había dado esa orden y que la amenaza a los otros periodistas era falsa por parte de su organización. Le prometió encontrar a los culpables para ajusticiarlos.

Los meses pasaron y la valiente periodista se restableció lentamente de sus heridas físicas, las emocionales tardaron más. Es una mujer honesta e inteligente que salió adelante y siguió trabajando en la misma línea periodística; intentaron arrebatarle su dignidad de mujer, pero con su fuerza para levantarse demostró el gran valor que tiene su vida, su espíritu, su honestidad y compromiso con la verdad.

Con el tiempo “Popeye” se enteró de que Jineth creía que él había participado en su secuestro. Un día ella fue a visitarlo a la Cárcel de Cómbita y hablaron largamente. Él le contó la verdad que conocía. En el patio esta historia no se discutió mucho pero todos sabían que la mano de Ángel Gaitán permeó el bolsillo de algunos uniformados corruptos que participaron en el secuestro.

Asimismo, el comandante Carlos Castaño llegó a conocer la verdad de los hechos que le fueron contados a conveniencia y por eso no hizo nada, su íntimo amigo, el alto oficial estaba de por medio y ahí murió la historia sin venganza ni ajustes de cuentas como lo había prometido. Es probable que la justicia de los hombres no les llegué a los culpables, pero sin duda un día les llegará la de Dios.

Ninguna mujer merece lo que le hicieron a Jineth.