XI
Por una tarjeta…
Para muchos, las cárceles son el reflejo de una sociedad descompuesta, estratificada y discriminatoria. Cómbita era la mejor demostración de esta premisa. En el Patio 7 estaban confinados todos los extraditables. La mayoría de ellos manejaba todo con dinero, a veces con absoluta generosidad; el dinero suavizaba su estadía. Llegaban a gastar hasta $400 USD diarios en la compra de tarjetas para llamadas telefónicas. La más costosa era de $50 USD y duraba 35 minutos. El teléfono constituía el 70% de la vida del preso, el hilo conector entre el dolor de la familia y el del reo. Pero había muchos compañeros que pasaban largos períodos sin poder llamar, a veces hasta ocho meses, pues no tenían dinero para comprarlas.
En el otro extremo de la población carcelaria estaban los presos comunes, los que no pertenecían a ningún grupo político o cartel de narcotráfico; eran hombres humildes, sin pedigrí pero con una gran capacidad para el crimen; el desecho de la sociedad. Ahí, en el Patio 3, cualquier cosa podía pasar.
Un 17 de octubre, cerca de las 12:30 p.m., varios presos conversaban animadamente en las esquinas del patio, refiriendo una y otra vez sus legendarios crímenes. Nadie perdía de vista al otro; eran miradas de desconfianza que temían a la muerte, porque el que se descuidara, perdía. En medio de ellos había un humilde hombre que lavaba, una y otra vez, los platos de plástico donde había consumido minutos antes los alimentos. Su atención estaba puesta en el agua que salía del grifo y escurría por las gigantes manos de Jorge Armando “Boca Negra” quien insistía en sacarle brillo a la vajilla de desechables que tenía frente a él. Su menuda figura, 1.60 metros de estatura y su piel morena no mostraban su fiereza. Estaba condenado a 30 años por homicidio, nunca se supo a quién mató; era un hombre reservado, amable servicial y taciturno, de pocos amigos, sólo confiaba en tres compañeros de patio que siempre estaban con él. Aún le faltaba por pagar 10 años de su condena.
Su oficio fue interrumpido por los amigos que le llamaron para que les colaborara en construir un escondite en un pequeño cuarto en donde la cámara de seguridad no alcanzaba a llegar. “Boca Negra” entró confiado a buscar el mejor lugar para ayudar a sus colegas a ocultar la marihuana que tenían. Ellos cerraron la puerta y cuando éste se agachó uno de ellos le tapó la boca y los otros dos lo asesinaron a puñaladas. Nadie escuchó nada pues el hombre no tuvo oportunidad de reaccionar; sus buenos amigos le clavaron el puñal por la espalda y lo dejaron tirado detrás de la puerta. Los asesinos salieron, uno de ellos llevaba encima el motivo de su crimen.
Tranquilamente los victimarios se sentaron a un lado del patio y se lavaron la sangre con el agua de un balde; tenían la ropa salpicada del delito. El olor a muerte en el ambiente fue notorio; las miradas de los otros reos se dirigieron discretamente hacia los hombres. Todos sabían y fueron cómplices mudos del asesinato de un criminal. Nadie habló; una vez más imperó la ley del silencio. De abajo de la puerta del cuartucho empezó a salir un hilillo de sangre que corrió a unirse con el agua que los hombres regaron en el piso, haciendo más grande el charco de agua sanguinolenta que llamó la atención de los guardias. Los 189 presos del Patio 3, quienes también estaban observando, voltearon su mirada para evitar problemas y cada quien siguió en lo suyo.
A las 3:30 p.m., se armó el escándalo.
—¡Hay un muerto al lado de la cocina!
El sargento Grimaldo llegó a regañadientes; incrédulo ingresó con su gente, vio la dantesca escena y ordenó accionar la alarma; todos los guardias disponibles al Patio 3. El lío fue enorme, en Cómbita no podían aparecer más muertos.
Una vez más llegó la Policía Judicial y efectuó la investigación. A las 2 horas ya había cinco sospechosos. A los 3 días un preso del mismo patio vio la oportunidad de un traslado cerca de su familia y delató a los asesinos. La guardia lo protegió y se esclareció el homicidio.
Cuando los fiscales preguntaron a los tres presos por qué lo habían matado, ellos se justificaron diciendo que “Boca Negra” había llamado por teléfono para delatar a una persona que trabajaba para ellos llevando droga al aeropuerto.
La verdad se conoció en toda la cárcel: a “Boca Negra” lo mataron sus amigos porque se gastó la última tarjeta telefónica de $22 USD que les pertenecía. Él, ingenuamente, la usó para llamar al único familiar que le quedaba vivo para pedirle que lo fuera a visitar. No le quedaba nadie más a quien llamar pues sus enemigos mataron a todos los suyos.
Por la crueldad y la premeditación del crimen los sicarios recibieron 30 años más de cárcel.
Después del levantamiento del cadáver por parte de la Fiscalía, la guardia estaba furiosa. Se suponía que Cómbita era una cárcel de alta seguridad y por ser así los guardias recibían una prima especial. Los asesinatos podrían hacer que los custodios perdieran la prima.