2 · La emergencia de la política científica.
Vimos en el capítulo 1 que las macrociencias surgieron en la época de la segunda guerra mundial en los EEUU. Otros países (Alemania, Gran Bretaña) se orientaban en una dirección similar, aunque el conflicto bélico impidió la consolidación de las tecnociencias en ellos. También vimos que surgen primero en el ámbito de la física y de las matemáticas, en base a necesidades de la investigación básica (ciclotrones, computadoras) o de la actividad militar (radares, trayectorias de proyectiles, bombas atómicas…). Estos primeros macroproyectos tuvieron éxito y posibilitaron el desarrollo de otros muchos. La alianza entre científicos, tecnólogos, militares e industriales se reveló mutuamente beneficiosa, sin perjuicio de los conflictos que se suscitaron, razón por la cual el Gobierno de los EEUU decidió institucionalizar y dirigir políticamente dicha alianza, convirtiéndola en alianza estratégica. Para ello se remodeló el sistema científico y tecnológico estadounidense.
Suele atribuirse a Vannevar Bush ya su informe de 1945, Science, the Endless Frontier[4], el diseño básico del sistema SCyT norteamericano. Por nuestra parte, consideramos que la aprobación y puesta en práctica de las directrices de dicho informe sintetizan bien la fase inicial de la macrociencia, pese a que autores como Greenberg han ironizado sobre el mito del «creador» de la nueva política científica y tecnológica, suministrando algunos argumentos en contra de dicho mito fundacional[5]. Es cierto que algunas Universidades norteamericanas (MIT, Berkeley, Stanford) ya habían dado pasos en esa dirección. Pero la ampliación de dicho modelo a todo el país, junto con su aprobación parlamentaria para la época de la postguerra, supusieron pasos decisivos para la consolidación y desarrollo de lo que ya había sido ensayado anteriormente.
El informe Bush nos interesa como diseño de un nuevo marco para la actividad científica y tecnológica en la postguerra y también como teoría sobre la influencia de la ciencia sobre la sociedad. La fase de diseño, por cierto, fue complicada y conflictiva. Los defensores de la tradición científico-tecnológica anterior en los EEUU (prioridad de los Estados frente al Gobierno Federal, desconfianza respecto a la intervención del Gobierno en cuestiones científicas, búsqueda de mecenas privados para apoyar a las Universidades y centros de investigación, etc.) opusieron considerable resistencia a las nuevas ideas, por lo que Bush precisó de un fuerte apoyo político para poder llevar adelante sus propuestas. Aun así, Truman tardó más de cuatro años en ponerlas en práctica. Es importante subrayar que, una vez publicado, dicho informe fue una acción macrocientífica muy importante, a pesar de que no se hizo en un laboratorio, sino en un nuevo escenario de la macrociencia, el gabinete de política científica y su entorno, es decir la Casa Blanca, la Cámara de Representantes y los Comités que asesoraron a Bush[6]. El objetivo de dicha acción no era generar conocimientos específicos, sino crear las condiciones de posibilidad para ello, transformando la práctica científica e introduciendo cambios importantes en su marco institucional, político, financiero y social. Fue una acción macrocientífica porque su objetivo era transformar la estructura de la ciencia norteamericana en su conjunto. Además, el informe Bush formuló una nueva teoría de la práctica científica, que Bush había ido aquilatando a partir de su larga experiencia como científico, en primer lugar, y luego en altos cargos institucionales en el MIT, la Carnegie Institution y la Office of Scientific Research and Development, de la que fue director durante la presidencia de Roosevelt.
Al final, el informe Bush fue asumido políticamente, tras múltiples polémicas, debates y críticas, que no cesaron después de la guerra. No todo lo propuesto por Bush se hizo realidad y, además de lo que él propugnó, se hicieron otras muchas cosas. Mas la acción Bush inició una profunda transformación de la ciencia y la tecnología norteamericana, y ello a muchos niveles. En lo inmediato, tuvo efectos institucionales importantes, puesto que varias de las acciones que sugirió, como la creación de un Consejo Científico adscrito a la Presidencia del país y la creación de una Agencia Nacional de coordinación (la National Science Foundation, como se llamó) fueron llevadas a cabo y produjeron efectos duraderos. En términos kuhnianos, la creación de la NSF (o las de la NASA, los NIH, etc.) pueden ser consideradas como logros ejemplares del nuevo paradigma tecnocientífico, en la medida en que este transforma la práctica científica. No son los únicos ejemplares canónicos[7]. Si comparáramos dicha institución y sus objetivos con la creación de la Royal Society en el siglo XVII podríamos inferir múltiples rasgos distintivos entre la revolución científica y la revolución tecnocientífica.
Uno de los principales fue la emergencia de la política científica, punto este que Bush subrayó insistentemente en su informe:
«No tenemos una política nacional para la ciencia. El gobierno apenas ha comenzado a utilizarla en el bienestar de la nación. No hay dentro de él un organismo encargado de formular o ejecutar una política científica nacional. No hay comisiones permanentes del Congreso dedicadas a este importante tema. La ciencia está entre bastidores. Habría que ponerla en el centro del escenario, porque en ella radica gran parte de nuestra esperanza para el futuro»[8].
Este fue el objetivo principal del informe Bush: convencer al Presidente Roosevelt y al Congreso de la necesidad de diseñar una política científica para la postguerra. El texto ofrecía una fundamentación teórica para dicha iniciativa, así como un conjunto de acciones estratégicas para ponerla en marcha.