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Pensé que no iba a ser difícil localizar a Dukey. Mas estaba equivocado. Porque tardé tres horas en dar con él, a pesar de que la Sección de Archivos me había proporcionado las señas de su casa, las de su actual patrono y una lista de los lugares que frecuentaba asiduamente. Aun así, le encontré casi por casualidad, como resultado de su afición favorita. Según la información de la Sección de Archivos, Dukey era lo que en algunos ambientes se conoce con el nombre de «colillero». Me contaron también que había sido retenido, en cierta ocasión, para someterle a reconocimiento en Bellevue, resultando que obtenía una gran satisfacción sexual al recoger la parte sin fumar de un cigarrillo, siempre y cuando el mismo hubiera sido utilizado por una joven de tipo atractivo y acabara él de consumirlo. Dukey había contado al psiquiatra, que lo examinó, que había desarrollado este fetichismo poco después de llegar a la pubertad, sin que, a partir de entonces, hubiera conseguido librarse de él.

No era su fetichismo lo que preocupaba a Dukey, sino el peligro que representaba procurarse las colillas. Había empezado por haraganear alrededor de las paradas de autobús, esperando que una joven arrojara su cigarrillo al suelo antes de subir al vehículo. Con el paso del tiempo, se fue haciendo más atrevido y empezó a arrebatar los cigarrillos de la mano de las chicas antes de que el autobús parase. En el momento de hacerle el examen en Bellevue, había llegado a un punto en el que no lograba obtener satisfacción sexual recogiendo la colilla del suelo, sino robándola de las manos.

Dukey había descrito al psiquiatra su manera de actuar. Entraba en un bar o restaurante barato, se sentaba junto a una chica guapa y encendía un cigarrillo que colocaba en el cenicero junto a ella. Cuando la chica ponía su propia cigarrillo allí, Dukey esperaba el momento oportuno para tomarlo y dejar el suyo en su lugar. Si la chica se daba cuenta antes de que Dukey hubiera salido del local, hacía como que se trataba de un error y pedía perdón.

Cuando supe que Dukey no estaba en su casa y que aquel no era su día libre, hice un recorrido por los lugares que, según los del Archivo, frecuentaba normalmente. No le encontré en ninguno de ellos, pero sí en una tienda a la que yo había entrado para llamar a la Comisaría.

Cuando me acercaba a la cabina telefónica situada en la parte del fondo, escuché una breve exclamación femenina y luego unos gritos agudos e insultos. Al mirar hacia el lugar en que se servían los refrescos, pude ver a una rubia exuberante mirando furiosa a un hombre pequeño y cargado de hombros que intentaba alejarse del mostrador, al tiempo que hacía una reverencia a la muchacha. Sonreía de manera dulzona, mientras murmuraba lo que parecían palabras de justificación.

—¡Cómprese usted sus malditos cigarrillos! —gritaba la chica—. Y si quiere fumar colillas salga a buscarlas a la calle.

Me volví y seguí a Dukey fuera del local. Se percató, en seguida, de mi presencia y se puso pálido.

No había detenido nunca a Dukey; en cambio, sí lo había visto varias veces en las ruedas de detenidos de los jueves por la mañana. Tendría unos cuarenta años, iba pulcramente vestido y su cara era sonrosada, de facciones planas, y ojos grises hundidos. Lucía un tupé que no combinaba demasiado bien con su pelo, ya algo gris en la nuca y por encima de las orejas.

—Hola, Dukey —le saludé.

Se humedeció los labios y repuso:

—Oiga, oficial, escúcheme antes de formarse una idea falsa de lo ocurrido. He cometido un pequeño error, eso es todo; la chica pensó que…

—No estoy interesado en tus errores —le respondí—. Entra ahí, Dukey —añadí señalando una puerta que daba a un tramo de escaleras.

—¿Por qué? ¿Tiene algo contra mí?

—No, pero puedo tenerlo en cuanto quiera. Hace mucho calor en la calle. Dukey. Haz el favor de entrar.

Se encogió de hombros, abrió la puerta y entró en el pequeño vestíbulo. Lo seguí, lo hice poner de cara a la pared y lo cacheé rápidamente, esperando encontrar una pistola, algún objeto robado o narcóticos, es decir, algo que le obligara a mostrarse cooperativo. Di en seguida con algo adecuado: una navaja con una hoja retráctil de cinco pulgadas.

—Ya conoces la ley de Nueva York sobre este tipo de navajas —le advertí—. Es lo mismo que si hubieras llevado una pistola.

—Me la he encontrado —protestó Dukey—. Se lo juro por lo que más quiera, oficial. Hace un par de minutos que la encontré. Estaba encima del depósito del lavabo para hombres.

—¿Y desde cuándo tienen lavabo para hombres estas tiendas, Dukey?

—No ha sido en la tienda, sino en el restaurante al que entré antes. Estaba allí puesta y la tomé distraídamente sin pensar lo que hacía. Simple curiosidad, ¿comprende?

—Y luego te la metiste en el bolsillo también por curiosidad, ¿no es cierto? —le pregunté—. Es lo que haría cualquiera en este caso, ¿verdad?

—En efecto. Eso es lo que pasó. Me la metí en el bolsillo de un modo natural. Y no había vuelto a acordarme de ella.

—Pues tendrás que empezar a hacerlo a partir de ahora. Recuerda que estás en libertad bajo fianza, Dukey.

—Ya lo sé. ¿Cree usted que llevaría una de estas navajas a propósito? No me he vuelto loco. Me la metí en el bolsillo sin saber, exactamente, lo que estaba haciendo.

—¿Cuánto tiempo de condena le debes al Estado?

—Un poco más de dos años.

—Pues esta navaja te volverá a tu encierro por todo ese tiempo e incluso más.

—¡No, no, por Dios, oficial! —exclamó con el rostro repentinamente cubierto de sudor—. Deme una oportunidad. ¿Por qué quiere portarse tan mal con un pobre diablo como yo? ¿Le he hecho algo?

Me apoyé con un hombro contra la pared y le miré fijamente.

—Lo malo es que seas tan buen amigo de Dave Greer —le indiqué—. De no ser así, quizá pudiéramos encontrar alguna salida.

Dukey asintió lentamente y sus ojos grises y hundidos parecieron animarse.

—¡Ah! Se trata de eso, ¿eh?

—Sí, se trata de eso, Dukey. Piénsalo bien.

—¿Quiere saber dónde se encuentra ahora?

—Sí, y deprisa.

—Dave Greer es amigo mío.

—También tienes amigos en la prisión de Dannemora —le recordé—. Tendrás que escoger entre unos u otros.

Aspiró el aire profundamente y lo volvió a exhalar deprisa.

—Sí, sí, lo comprendo. Veo que no tengo opción… No sé dónde vivirá en este preciso momento, pero sí le puedo decir dónde le va a encontrar. ¿Conoce a Alice, la del cine?

—La conozco cuando la veo —le contesté.

Alice la del cine era una prostituta de Greenwich Village donde Stan y yo habíamos trabajado antes de nuestro destino temporal en la Comisaría número 20. Ahora debería tener cuarenta años y se trataba de una antigua artista de teatro a quien se aplicó aquel extraño apodo, años atrás, cuando un cameraman la enfocó al rodar unas escenas en Times Square. Había aparecido en la pantalla únicamente un par de segundo, pero tenía más de un metro ochenta de estatura y, además, llevaba tacones altos, por lo que su cabeza sobresalía por encima del resto de la gente.

—Pues no tiene más que encontrarla —dijo Dukey—. Ella y Dave están casi siempre juntos.

—¿Quieres decir que él la chulea?

—Si no lo hace es porque es tonto, puesto que la chica gana buen dinero. Lo cierto es que están siempre juntos. Si la encuentra a ella lo encontrará también a él. Está loca por sus huesos. Ya sabe lo que pasa con esas mujeres tan altas cuando conocen a un pequeñajo como Dave. Si quiere reírse alguna vez, véalos cuando van juntos por la calle. Pero no se ría demasiado fuerte. Esa mujer es capaz de romperle la cara.

—¿Es todo cuanto puedes hacer por mí, Dukey?

—¡Cielos! ¿Qué más quiere? Llevo semanas sin ver a Dave. Si supiera exactamente dónde viven él y esa mujer, se lo diría tan rápido que no tendría tiempo para escucharme. ¿Cree que me corre prisa terminar mi tiempo de condena en Dannemora?

Hice rodar la navaja en la palma de mi mano y toqué el botoncito que ponía en acción la hoja. Esta salió como una exhalación de la empuñadura, y brilló suavemente bajo la turbia luz del vestíbulo. Dukey la miró apartando en seguida la vista y se volvió a humedecer los labios.

—Un hombre como tú debería procurar mantenerse a mucha distancia de estas cosas —le aconsejé—. Crees que la llevas para protegerte, pero te equivocas. No tendrías valor suficiente para usarla. Lo que hará esta navaja es ponerte en situación de pasar unos cuantos años más 346 en chirona.

—Me la he encontrado —repitió Dukey—. Se lo juro.

Puse la navaja contra el suelo de cemento, apoyé el talón en la hoja y la partí, tras de lo cual le dije a Dukey:

—Andando. Ya te puedes ir.

Cuando regresaba de Plymouth tiré la navaja a un cubo de basura. Me dirigí a Greenwich Village para buscar a Alice la del cine.

Mi primera parada fue en un bar de Christopher Street, muy conocido por su clientela de chulos y de «ganchos» para toda clase de negocios sucios. Era, también, el lugar habitual de un viejo tipo del Village conocido como Mercator porque se ganaba el dinero para comprar vino, vendiendo mapas a los turistas.

Los mapas del Village que vendía Mercator no tenían mucho valor como tales, pero, en cambio, como curiosidades valían mucho más del cuarto de dólar que cobraba por ellos. Estaban dibujados por él mismo e iban profundamente ilustrados y detallados, intentando enseñar al forastero dónde podía conseguir todo cuanto le pasara por la imaginación. Muchas de las ilustraciones eran casi pornográficas y los consejos que Mercator garrapateaba en los márgenes, resultaban con frecuencia más intencionados de lo que imaginaban los compradores. Sin embargo, pocos turistas se resistían a adquirir tales mapas, y aun quienes no los compraban, invitaban a Mercator a un trago…, lo que, en realidad, era el principal objetivo del personaje.

Mercator me contó que llevaba varios días sin ver a Alice la del cine. No obstante, había oído decir que un hombre llamado Teddy Sheaffer le había sacado recientemente algún dinero.

La base de operaciones de Sheaffer era otra trampa para turistas, en West Eight Street. Se trataba de uno de los tipos más conocidos del Village, y yo había hablado con él en varias ocasiones. Era un alcohólico, pero no un vagabundo, distinción de la que se sentía muy orgulloso. Unas décadas antes, fue artista de relieve en las variedades, actuando como ventrílocuo en el Palace con la misma frecuencia que sus mejores colegas. Ahora, estaba convertido en uno de los personajes típicos del Village, y operaba en los bares para sacar bebidas gratis a los turistas.

Al parecer, Sheaffer había tenido un día muy bueno. Estaba sentado en una mesa al fondo, con el muñeco en el suelo, a sus pies, leyendo un ejemplar de Variety.

Me dijo dónde podía encontrar a Alice la del cine. Da manera curiosa, el lugar se encontraba sólo a unas cuantas puertas del sitio en el que yo había quitado la navaja a Dukey Nardo.

De todas maneras, antes de ir a ver a Alice, llamé a la Comisaría y Barney Fells se puso al teléfono. Le dije que creía tener localizado a Dave Greer y que pensaba llevárselo.

—Es mejor que antes se procure alguna ayuda —me aconsejó—. Puede que se trate de un hombrecillo, pero también las pistolas tienen escaso tamaño. No corra riesgo alguno.

—Así lo haré.

—Una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace. Lo malo de los héroes muertos es que están muertos para siempre.

Colgué y me dirigí a las señas donde vivía Greer con Alice la del cine, sin seguir el consejo de Barney acerca de procurarme ayuda.

Y no había de pasar mucho tiempo sin que me arrepintiera.