11

El Garritson Building estaba en las proximidades de la Séptima Avenida, en el distrito dedicado a la industria textil. Era una estructura antigua, de doce pisos, muy ornamentada en hierro forjado y con unas ventanas estrechas y largas, todas cerradas y pintadas de negro. Noventa años antes había sido probablemente, un edificio de relieve; en la actualidad constituía un martirio para la vista, en una zona llena de tales adefesios.

En la misma entrada, un viejo arrugado y reumático, sentado en una silla plegable junto a un pequeño escritorio, se estaba comiendo un bocadillo mientras leía una revista de cine. No levantó la mirada cuando entré; pero, al pretender rodearle, adelantó una pierna y me detuvo.

—Quédese ahí un momento, amigo —me advirtió—. ¿Quiere decirme a qué rediablos se debe tanta prisa?

Le expliqué que había venido a ver a Bill Chumner.

—¿Le está esperando el señor Chumner? —preguntó.

—Sí.

Se encogió de hombros, tomó un teléfono que había a su lado en el mostrador, murmuró unas palabras, escuchó un momento y luego volvió a colgar.

—¿Qué me dice? —le pregunté.

El viejo volvió a tomar su bocadillo, le dio un tremendo mordisco y se quedó sentado mientras masticaba, reflexivamente, con los ojos fijos al pequeño bulto que mi revólver formaba en la cintura bajo mi chaqueta.

—¿Qué me dice? —repetí.

—¿De qué?

—¿Puedo subir?

—¿Le ha dicho alguien que no pueda?

—No.

—¿Ve usted alguna pierna que le impida el paso?

—No.

—Pues, entonces, es que puede subir.

Abrió su revista, dio otro enorme mordisco al bocadillo y continuó su lectura. Le rodeé, encontré la escalera y subí hasta el cuarto piso.

Ante una puerta abierta al extremo del pasillo había varios jóvenes formando grupo.

—Estoy buscando el estudio de grabación —les informé—. ¿Es aquí?

Uno de ellos hizo una señal de asentimiento.

—Está usted en el sitio preciso —me contestó mirándome ceñudo—. Pero ¿dónde lleva el trombón?

—No soy músico.

—¡Qué mala pata! Si lo llevara le contrataríamos.

—Busco a Bill Chumner.

—Está adentro, papi. En la jaula de los chismes.

La habitación era mucho más pequeña de lo que había imaginado sería un estudio de grabación. Las paredes y el techo estaban recubiertos de lo que semejaba una capa de corcho encalada y el suelo cubierto de un material marrón elástico, parecido al linóleo; pero, tan esponjoso, que resultaba difícil caminar sobre él. Había una docena o más de sillas plegables, colocadas en semicírculos irregulares, frente a un pequeño tablado y, también, cierto número de atriles para músicos y micrófonos distribuidos entre las sillas. Un micrófono colgaba de un soporte sobre el tablado y otro pendía sobre un piano de cola. El fondo del estudio quedaba separado, formando una cabina de control, por una larga vidriera que iba de pared a pared. Sobre la vidriera se veían dos enormes relojes con segunderos y, entre ellos, había una luz roja apagada en aquel momento.

Dos hombres jugaban a los dados en un rincón del recinto, lanzándolos contra el zócalo, y otros tres en otro rincón habían improvisado un bar, colocando un estuche de saxo-tenor entre dos sillas. Había una botella de whisky, otra de vodka, cuatro o cinco de soda y un buen número de vasos de papel. En otro de los rincones permanecía sentada una chica morena muy bonita que vestía un traje de cocktail blanco con lentejuelas, tan ajustado a su cuerpo como el rocío a las ramas de un árbol. La chica estaba medio dormida o borracha, aunque era difícil decidir.

El encargado de la cabina de control me daba la espalda. Me acerqué al cristal y di unos golpecitos con los nudillos. Se volvió en redondo, casi dejando caer el disco que iba a colocar en aquel momento, y en seguida se acercó a la puerta y la abrió para dejarme paso.

Tendría unos veinticinco años y era alto, con el rostro muy delgado, facciones acusadas y despiertas, pelo negro que empezaba a escasear y una perilla en el mentón.

—¿Es el detective Selby? —preguntó.

—Sí.

—Yo soy Bill Chumner. Déjeme cerrar la puerta para que nadie pueda interrumpirnos —cerró con el pestillo y se volvió hacia mí—. Desde aquí podemos oírlos pero ellos no pueden oírnos a nosotros.

Señaló un par de sillas situadas delante del panel de controles y me senté en una de ellas. Me sorprendía la calidad de los sonidos que escuchaba, ya que hasta mí llegaba claramente el tintineo de los dados y la respiración de los hombres que jugaban, y cuando alguien en el bar tocaba uno de los vasos de papel cpn el cuello de una botella, percibía el rumor del contacto, tan claramente, como si se produjera a unos pocos centímetros de mi oído.

Chumner se dejó caer en la otra silla, me miró cual si me examinara, y luego, dirigiendo su vista al estudio, permaneció sentado tamborileando con los dedos sobre sus rodillas. Era evidente que se sentía muy nervioso por tenerme allí, aun cuando, por lo que había podido observar, nadie había prestado la menor atención a mi presencia. Decidí facilitarle un poco las cosas.

—¿No le parece que es muy temprano para empezar a poner discos? —pregunté con aire intrascendente.

—¿Cómo? —inquirió Chumner a su vez mirándome de nuevo como si su mente hubiera estado distraída unos momentos—. Oh, no. Lo hacemos a cualquier hora. En realidad, esta sesión la hemos empezado a las cinco de la madrugada. Todo iba perfectamente hasta que se produjo ese fallo.

—¿Un fallo?

—Sí. Algo que suena mal. Algo que no va con el acorde. Le puede ocurrir a cualquiera.

—¿Así es que han tenido que volver a empezar?

—Sí, desde luego. Evidentemente, no tiene importancia. No es posible poner a tantos hombres juntos y que todos toquen a la perfección cada vez que interpretan algo. Ese tío del trombón es un quisquilloso y cuando lo oyó en la reproducción, empezó a protestar. Metió su trompeta en el estuche y se largó. Hemos ido a buscar a otro, pero todavía no ha llegado.

—Comprendo.

—Sucedió en una de esas demostraciones del metal, ¿comprende? Cuando todos los instrumentos de viento repiten la misma melodía una y otra vez, mientras el solo se acerca al micrófono y toca su parte, ¿comprende?

—Sí.

—La sección de metal estaba usando auriculares y nadie percibió el fallo hasta reproducir la pieza. El del trombón se puso frenético… ¡Porras! Nunca he visto cosa parecida —miró con el ceño fruncido a través de la vidriera a los hombres reunidos junto al improvisado bar—. ¡Músicos! Mírelos. Están todos locos. Especialmente los que tocan el trombón —suspiró—. Lo sé muy bien porque yo también lo tocaba.

Sonreí tratando de mantener un ambiente agradable.

—¿Qué era lo que quería decirme, Chumner?

Tocó un botón del panel y los sonidos del exterior se redujeron a murmullos casi imperceptibles.

—Pues quería hablarle de George Sullivan, naturalmente. Es el que manda en todo esto y…

—Pues yo creí que era…, como decirlo…, un artista y encargado del repertorio.

—En efecto, pero aun así es el mandamás. Existen otros por encima de él si vamos a considerar los títulos; Sully es el que manda en todo esto. Y yo soy su ayudante.

—¿Qué es exactamente un artista y encargado de repertorio, Chumner?

—Sólo es un nombre, que aquí se aplica al que decide qué se va a grabar y quién lo hará.

—De acuerdo, prosiga.

—Sully cobra cuatro de cien a la semana por su trabajo, más un porcentaje sobre los beneficios. Yo percibo cien y medio sin porcentaje. En cambio, hago el doble de trabajo. En realidad me encargo prácticamente de todo —hizo una pausa tratando de acumular la suficiente indignación para, según creo, decir lo que quería teniendo la conciencia más tranquila—. Este es un trabajo duro, Selby. Un perro se come al otro. Nunca podría usted imaginarse lo duro que es esto.

—Creo que todo esto tendrá algo que ver con la muerte de Edward Macklin, ¿verdad? —indiqué.

—Desde luego. Pero antes de que le diga algo más, quiero saber cuál es mi verdadera posición. O, dicho de otro modo, no me gustaría que algo me diera de rebote en la cara.

—¿Como por ejemplo qué?

—Imaginemos que Sully no se cargó a Macklin. Que demuestre no tener que ver absolutamente nada en todo ello. Quiero estar seguro de que…

—¿Cree usted que Sullivan mató a Macklin?

—Pudo haberlo hecho. Yo diría que no.Si sospecha que le he contado algo, me expulsarán para siempre del ramo musical. O, por lo menos, de la parte que produce algún dinero. Tendré que empezar a tocar en bandas de mala muerte de las que van por los pueblos. Y ahí sí que no se consigue nada. Pregúntele a cualquiera.

—La Policía protege a sus fuentes de información, Chumner. Si no lo hiciera, las fuentes se secarían.

—Lo sé; sólo he querido que usted me lo dijera.

Me encogí de hombros.

—Si lo que me cuenta de Sullivan no tiene ninguna importancia será, exactamente, como si nunca hubiéramos hablado. ¿De acuerdo?

Hizo una lenta señal de asentimiento.

—De acuerdo. Le contaré lo que sé y esperemos que todo acabe bien —aspiró el aire fuertemente y luego, bajando la voz, se inclinó hacia adelante—. Sully estuvo aquí en el estudio un poco antes. Parecía preocupado por algo. Le pregunté la causa y me respondió que un detective llamado Selby había estado hablando con él y con Peggy Taylor sobre ese hombre al que mataron en el metro. Ese Edward Macklin. Sully manifestó estar furioso porque, a su modo de ver, aquello era muy perjudicial para Peggy.

—Nada de eso —protesté—. Yo sólo estaba haciéndole unas simples preguntas de rutina.

—Quizá; pero Sully parecía muy enfadado. Peggy Taylor es ahora nuestra figura estelar y si se le hace alguna faena inoportuna puede salir muy mal parada. Y como Sully se lleva una buena parte de los beneficios del contrario, tiene derecho a estar preocupado. Si Peggy llevara ya el tiempo suficiente en el candelera como para haberse convertido en una especie de institución, lo mismo que pasa con otros cantantes, la cosa sería distinta. Mas no es así. Está todavía en período de promoción y ha de ganarse la fama sólo con sus discos porque no tiene, lo que pudiéramos decir, una cara de las que se paga dinero para contemplar. Una noticia mal colocada en los periódicos pudiera serle falta.

Yo me estaba poniendo un poco impaciente.

—Volvamos a Sullivan —propuse—. ¿Qué le hace creer que es el hombre al que busco?

—Sully estaba demasiado nervioso. Es natural que se preocupara por Peggy, pero creo que sus nervios procedían de algo más importante que el peligro de una noticia perjudicial para ella. George Sullivan no se sulfura fácilmente; en cambio, esta mañana estaba fuera de sí. Nunca le he visto de tal modo desde que nos conocimos.

Empecé a decir algo pero Chumner levantó una mano.

—¡Espere! —me indicó—. No es de esto de lo que quería hablarle. Lo importante ahora es decirle que Sully y Macklin habían tenido una discusión muy violenta. Sully le dijo al otro que le iba a matar aun cuando fuera lo último que hiciese en el mundo.

—¿Cuándo fue eso?

—El martes, hace una semana.

—¿Llegaron a las manos?

—No. Creí que se iban a pegar pero no ocurrió así. No sé por qué. Se pusieron en guardia un par de veces y se hicieron unos pases el uno al otro, aunque no llegaron a sacudirse. Peggy Taylor estaba también presente. Por un momento pensé que se abalanzaría sobre Macklin antes de que lo hiciera Sully. Nunca he visto a tres personas tan furiosas sin que, al final, llegaran a hacerse nada.

—¿Dónde ocurrió todo eso?

—En un parking ahí abajo en esta misma calle. Sully, Peggy y yo salimos juntos de aquí. Habíamos estado grabando un par de caras con Peggy. Serían las cuatro y media y Sully y Peggy se dirigieron al coche del primero, mientras yo atravesaba la calle para comprar cigarrillos en un bar de los que no cierran en toda la noche. Cuando volví, vi que Sully y otro tipo estaban como peleándose, así es que me metí en el coche y los estuve observando. Al principio, no levantaban mucho la voz, de modo que no pude oír el motivo de la disputa. Peggy se limitaba a mirar y a soltar palabrotas. No creo que ninguno de ellos me viera regresar, aunque no estoy seguro. Macklin, finalmente, empezó a alejarse de allí. Y fue, entonces, cuando oí a Sully decir que le mataría aun cuando fuera lo último que hiciera en el mundo.

A pesar de que no se lo dije a Chumner, yo me sentí bastante seguro de que ni Sullivan ni Peggy Taylor le habían visto regresar al coche. Los dos me habían asegurado no haber visto a Macklin en un año y medio y esto era algo a lo que no se hubieran arriesgado de haber sabido que existió un testigo presencial de su altercado con él.

También existía la posibilidad de que Bill Chumner estuviera mintiendo o exagerando todo aquello con algún propósito personal, pero lo consideré poco probable. Hubiera sido muy tonto hacerlo, y de haber sido un tonto, yo me habría dado cuenta en seguida. Así, pues, llegué al convencimiento de que Sullivan y Peggy me habían mentido, y me sentía muy interesado en averiguar la causa.

—¿Dice usted que todo esto ocurría sobre las cuatro y media? —quise saber.

—Sí, poco más o menos. Habíamos terminado a las cuatro y cuarto y debieron pasar unos quince minutos hasta el momento en que llegamos al parking.

—¿Estuvo Macklin aquí en el estudio durante la grabación?

—No. No sé si estaría esperándolos o si se encontraron allí por casualidad.

—¿Está totalmente seguro de que aquel hombre era Macklin?

—Seguro.

—¿Le conocía usted personalmente?

—Nunca había hablado con él. Pero sí le había visto hablar con Sully un par de veces y lo recordaba también aquella vez en que grabamos un disco para él. Nunca me lo presentaron, pero yo estaba en la cabina de control cuando Sully hizo la grabación, y éste me dijo su nombre. Me acordaba de él porque Sully parecía considerar todo aquello como una broma. No sé el motivo. Porque Macklin tenía condiciones bastante buenas.

—¿Cuánto hace de eso?

—Cosa de un par de años. A lo mejor, un poco menos. ¿Por qué?

—Simple curiosidad. ¿Qué sucedió con el disco?

—Nada. Lo dejaron olvidado y se murió. A veces, uno de esos discos sin relieve pueden tocarse en un local de música popular, pero no ocurrió así en este caso.

—¿La grabación fue de tipo profesional normal?

—Desde luego. No hacemos ninguna otra. Aunque, de vez en cuando, podemos permitirnos algo informal sólo para comprobar cómo suena. No ocurrió así esta vez. El disco de Macklin fue grabado para vender…, únicamente que no se vendió.

Recordé cómo Sullivan me había contado que lo único que hizo para Macklin había sido darle buenos consejos.

—Hacemos muchos discos, ¿comprende? —continuó Chumner—. Y los lanzamos para ver qué pasa. Esto es tan expuesto como jugar a las carreras. Pero, si uno de ellos empieza a «pegar» bien…, si los disc-jockeys lo escogen para sus audiciones o para algo así, echamos el resto. Es lo que ocurrió con el primer disco que grabamos para Peggy Taylor. Me refiero a Cheatin Mamma. Realmente «pegó» y se convirtió en un éxito.

—¿Cree usted que este altercado en el parking podía tener alguna relación con el disco de Macklin? —le pregunté.

Chumner se pasó una mano por su escaso pelo negro y se pellizcó brevemente los labios.

—No le veo ninguna conexión —declaró—. Había pasado ya demasiado tiempo. Y, además, no fue culpa de Sully el que el disco fracasara. Muchos fracasan, ¿comprende? Hay que estarlos lanzando uno tras otro y esperar que se produzcan los suficientes triunfos como para pagar los gastos que ocasionan los fracasos.

—Volvamos a lo ocurrido en el parking. ¿Oyó algo que le hiciera suponer de qué estaban discutiendo?

—No. Yo me encontraba en el otro extremo del recinto. Podía oír sus voces; no las palabras. Excepto los tacos que soltaba Peggy. Estos me llegaban perfectamente. Pero no lo que decían Sully y Macklin. Todo cuanto pude oír fue lo que dijo Sully cuando Macklin se alejaba.

—Vayamos ahora a lo que sucedió antes de esa escena. ¿Oyó alguna vez algo que le hiciera pensar que había malquerencia entre los dos? ¿Hizo Sullivan alguna observación sobre Macklin? ¿Algo que resultara significativo?

—No. Supe que me haría esa pregunta y he intentado contestármela mientras usted venía hacia acá. La verdad es que nunca oí nada. Lo primero que supe sobre el mal estado de sus relaciones fue lo que ocurrió en el parking.

—¿Y qué me dice de Peggy Taylor?

—Lo mismo. Nunca me había mencionado a Macklin.

—¿Les vio juntos alguna vez?

—No. Entre la noche en que grabó el disco y la otra en que discutieron, sólo vi a Macklin un par de veces cuando estuvo hablando con Sully. Pero sólo hicieron eso: hablar. No parecían muy contentos de cómo funcionaban las cosas, pero tampoco tenían aspecto de irse a pelear de un momento a otro.

Hice una señal de asentimiento.

—¿Alguna cosa más que crea, interesante decirme, Chumner?

—No. Creo que lo único interesante es lo de la pelea. Creí que era mi deber informarle… —se interrumpió unos momentos—. Lo dejo a su criterio, Selby. La razón por la que le estoy contando esto es que espero que George Sullivan sea el hombre al que busca. No tengo nada contra él, ¿comprende?, e incluso le aprecio. Se trabaja a gusto a su lado, a pesar de que ponga siempre tantos obstáculos. Eso no es lo grave. Lo importante es que él es el mandamás aquí y yo no. Gana sus cuatro de cien a la semana y su porcentaje, y yo sólo uno y medio sin porcentaje.

Me miró con aire expectante, y yo no contesté.

—Me gustaría ganar esos cuatro y el tanto por ciento, Selby. Soy el que le sigue en categoría, pero Sully parece estar bien atornillado. Y no me extraña, porque es muy bueno en su oficio. Ahí está lo malo. Que puede seguir igual para el resto de sus días.

Me volvió a mirar con la misma expresión de antes, pero yo seguí mudo.

—Esa es la situación —continuó—. Y el motivo por el que le hablo de él. Me importa un bledo quién mató a Macklin. En cambio, sí me importan mucho esos cuatro billetes y la comisión, especialmente esto último. Me gustaría tener un par de Cadillacs, ¿comprende?

—Sí, sí —le contesté.

Se encogió de hombros.

—De acuerdo. Soy un asqueroso, ¡qué diablo! Prefiero ser un asqueroso en un Cadillac que un tío educado usando el metro. ¿Qué puedo perder? Si Sully se cargó a Macklin, yo saldré ganando. Ahora bien, si no lo hizo, continuaré con mis ciento cincuenta cada viernes por la tarde y seguiré conociendo a un montón de mujeres que harán cualquier cosa porque les dé la oportunidad de acercarse al director de una productora. Así, pues, no hay por qué echarse a llorar. Lo único que espero es que no me ponga a malas con Sully.

—Comprobaré todo esto —le prometí—. Entre tanto, ¿por qué no me cuenta dónde estaba…?

Levantó la mano sonriendo un poco.

—Comprendo. Quiere usted saber dónde me encontraba cuando alguien empujó a Macklin en el andén de la estación del metro.

—En efecto —corroboré—. ¿Dónde estaba usted?

—Me ha sorprendido que no me lo preguntara antes. Pues bien, estaba aquí junto con otra media docena de personas. Agentes y demás. Estábamos escuchando unos cuantos «demos» y…

—¿Demos?

—Sí, discos de demostración. Grabaciones muy rápidas que los cazadores de talentos y los agentes hacen por unos cuantos dólares y luego nos mandan a los promotores discográficos. Se saca mucho más escuchando un disco que al talento en persona —tomó un cigarrillo de una cajetilla situada en la repisa bajo el panel de control y lo golpeó ligeramente sobre su uña—. Estuvimos aquí desde las dos de la tarde hasta las siete y media.

—¿Y no salió usted de este recinto en todo ese tiempo?

—No. Tomamos unos bocadillos y algunas otras cosas que pedimos fuera —encendió el cigarrillo y me miró pensativo sobre la llama de la cerilla—. Sully no se encontraba aquí. Lo esperábamos, pero no hizo acto de presencia ni tampoco llamó.

—¿Era una cosa poco habitual en él?

—Sí. Como ya. le dije antes, me encajaba muchas de sus entrevistas, pero siempre me lo hacía saber con anterioridad. ¿Quiere hablar con los que estaban aquí aquella tarde?

—Ya se lo diré más adelante.

—Como quiera. Mas no olvide que se ha comprometido a protegerme. Si habla con ésos o con cualquier otro del ramo, que quede bien claro que desea averiguar cosas de Macklin, pero no mías. Si es así, podrá continuar hablando conmigo sin provocar sospechas de nadie. ¿De acuerdo?

—Creo que sabré manejar esto con cuidado —le aseguré.

—Bien. No es que quiera meterme en sus asuntos, Selby. Pero creo que le estoy haciendo un favor considerable.

—Sí, y aprecio mucho su atención.

—No me extraña. Espero que lo aprecie lo suficiente.

Hice como que no le entendía.

Chumner miro con el ceño fruncido a través de la vidriera a un joven que acababa de entrar en el estudio.

—Ahí lo tenemos —dijo malhumorado—. El del trombón que hemos mandado a buscar. Ese no sabe ni sonarse las narices. Es lo mejor que podía encontrarse por estos contornos, sobre todo disponiendo de tan poco tiempo.

El recién llegado llevaba el estuche de un trombón en una mano y una bolsa de papel marrón en la otra. Dejó el estuche junto a la puerta, sacó de la bolsa una botella de ginebra y se acercó al grupo de músicos reunidos en el improvisado bar.

—¿Se da cuenta? —me indicó Chumner—. Está loco como todos ellos. El soplar en ese instrumento les debe deshacer el cerebro. Yo me salí en el momento oportuno.

Saqué mi libreta de notas.

—Dígame las señas de Sullivan.

Chumner me las indicó sin dejar de mirar al estudio con la especie de sonrisa preocupada que se suele mostrar cuando uno ha jugado todo su capital a los dados y se da cuenta de que no debió haberlo hecho. Aunque quizá no se tratara de aquello. A lo mejor, estaba pensando de qué color compraría los Cadillac si la tirada le resultaba favorable.

Planteé unas cuantas preguntas rutinarias más, me despedí y salí de la cabina de controles. Nadie me había prestado la menor atención. La joven morena con el traje blanco de cocktail seguía sentada, exactamente, donde la vi al entrar. Al observar la completa relajación de su cuerpo y la expresión eufórica de sus ojos semicerrados, decidí que no estaba borracha ni dormida, sino que se trataba de una adicta a la heroína, sufriendo los efectos de la droga.

Había una hilera de cabinas telefónicas en el vestíbulo y entré en una de ellas para llamar a la comisaría y preguntar si Stan Rayder había vuelto.

En efecto, acababa de regresar. Su pista sobre Buddy Colton se había borrado y acababa de lanzar un aviso de búsqueda. El de Jim Mooney no había producido fruto alguno y era todavía demasiado pronto para esperar lograrlo en el de Dave Greer.

Dije a Stan que visitara el bar-club cuya factura habíamos encontrado en el bolsillo del muerto. Eran las ocho y diez, lo que significaba que la actividad en el club debía haber descendido bastante. A esa hora es cuando, en tales lugares, se empieza a servir lo que los clientes denominan «desayunos fantasmas». Se me ocurrió que también yo necesitaba comer algo. Pero no quería perder tiempo. Estaba demasiado ansioso por saber por qué George Sullivan y Peggy Taylor habían considerado necesario mentirme acerca de no haber visto a Edward Macklin durante un año y medio.

Cuando acabé de hablar con Stan llamé a la Sección de Archivos y les conté todo cuanto sabía de las actividades de Macklin. Después les rogué que me ataran los cabos sueltos y enviaran la información a la comisaría.

Regresé, entonces, al Plymouth y me dirigí a la casa donde habitaba George Sullivan.