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—¿Estás segura? Pienso que te precipitas —dijo Claudia con cara de pocos amigos.

Olivia supo que quería zarandearla.

—No me mires como si me hubieran salido sapos de la cabeza. Ya tomé la decisión, necesito que te pongas al mando.

Llevaba una semana planificando irse de San Antonio. No deseaba seguir en el lugar que tantas penas le causaba. “Penas y, también, felicidad”, le susurró su vocecita interior. Con la aparición de los cuerpos, el pasado se encargaba de cerrarle la puerta en las narices al porvenir.

—¿Y Miguel? ¿Se irá contigo?

—No.

Claudia se cruzó de brazos.

—¿No? Entonces, amiga, no entiendo.

Olivia dejó caer la cabeza y se secó un par de lágrimas antes de volver a hablar:

—Claudia, no puedo atarlo a mí. Él es lo más importante en mi vida. Lo adoro, es el único hombre que me ha llegado al alma. Pero no puedo condenarlo a este estigma, a todo lo que nos rodea —se secó las mejillas con las manos, se levantó y le dio la espalda a su amiga—. Es el mejor momento para hacerlo, cuando todavía está fresco el escándalo por los cadáveres aparecidos.

Claudia se levantó furiosa, la tomó del brazo y, por fin, la zarandeó.

—¿Qué mierda tienes tú que ver con eso? Hablas como si hubieras sido tú la que los hubiera enterrado y te hubieran pillado de pronto con la pala en la mano.

Olivia se soltó y se alejó unos pasos, hablaba con una calma que estaba lejos de sentir.

—Yo debí investigar ese terreno. Ahora considero La Casa de Paz como una burla.

—Estás mal, muy mal, Olivia, si piensas así. ¿No te das cuenta de que es el sitio ideal para levantar el monumento? Lo que pasa es que tú eres una malcriada que quiere perfección en todas las facetas de su vida y nunca la vas a encontrar. No te resignas a que esto te esté pasando a ti, a doña perfecta. Ese es el verdadero problema.

—Si no me vas a ayudar, dímelo de una maldita vez.

—No estoy de acuerdo con esto —Claudia frunció el entrecejo y, al ver la desolación de Olivia, volatilizó su genio—, pero puedes contar conmigo.

—Gracias. De veras lo siento tanto, no quería que terminara así.

—Esto no es un asunto de disculpas, Olivia, sino de tu orgullo. Detestas la idea de que Miguel sepa que no eres un ángel caído del cielo, toda dulzura, pureza y perfección, que eres una mujer con un legado turbulento. ¿Me equivoco?

—Él se merece la mejor mujer del mundo, alguien que no lo avergüence. ¡Por Dios! Soy la hija de un matón de la peor estofa y me avergüenzo —sintió que se le encogió el corazón—. Fue difícil para mí aceptar mi discapacidad. De pronto, él llegó y, de un momento a otro, borró diez años de inhibiciones.

—¿Y crees que no pueden superar lo de tu padre?

—No, esto es demasiado horroroso para ser real. Te digo que a veces no lo creo. No quiero atarlo a mí, no quiero este estigma para nuestros hijos.

—Mejor volvamos al trabajo antes de que te vuelva a zarandear por estúpida.

 

Miguel entró en el estudio de la hacienda, cerró la puerta con llave y se dirigió al bar donde se sirvió un vaso de whisky doble.

Algo iba mal, muy mal. La extraña sensación se removía y surgía. “Maldito Orlando Ruiz”. Olivia quería alejarse de él, lo presentía. La felicidad que creía haber encontrado se hallaba al borde del abismo, esperando el último empujón para perderse por el despeñadero como si nunca hubiera estado ahí. Ella le huía como a la peste, no quería nada con él.

No podía decir que era grosera, no, al contrario, era la mata de la amabilidad, pero de dientes para afuera. No lo dejaba acercarse y él necesitaba su amor, su corazón, su cuerpo, así como estaba seguro de que ella lo necesitaba a él. Quería ayudarla, que ambos estuvieran unidos en ese trance.

Gracias a su Olivia había aprendido a perdonar y a superar ese odio y resentimiento que había regido su vida durante años. Se le hacía un hueco en el estómago al pensar en lo que perdería si ella lo abandonaba esta vez.

Quería devolverle de alguna forma lo que había hecho por él, pero ella apenas lo dejaba acercarse. Se acercó a la ventana del estudio y observó el paisaje. ¿Cómo llegar a ella? ¿Cómo? Pegó la frente al cristal. Hizo un inventario de lo que fue su vida hasta la aparición de Olivia: relaciones sin sentido, solo buscando el alivio del cuerpo. Nunca le dio la oportunidad a otra mujer, porque su alma ya estaba empeñada en otra. Soltó una risa amarga, “y yo que me creía un Don Juan.” Iba de una mujer a otra buscando lo que había encontrado esa tarde en la quebrada, sin conseguirlo. A lo lejos le llegaron los acordes de una balada que tenía una treintena de años, o eso creía. Era la canción de Charles Aznavour: She. She may be the face I can’t forget. A trace of pleasure or regret. May be my treasure or the price I have to pay. She may be the song that summer sings. May be the chill that autumn brings. May be a hundred different things. Within the measure of a day. She may be the beauty or the beast.

El tema estaba escrito para él.

May be the famine or the feast. May turn each day into a heaven or a hell.

She may be the mirror of my dream, a smile reflected in a stream. She may not be what she may seem. Inside her shell.

Se alejó de la ventana y trató de distraerse con el trabajo de escritorio acumulado. No podía concentrarse, el rostro de dolor de Oliva volvía a él, una y otra vez. No soportaba esa expresión de tristeza con que la imaginaba. Quería que desapareciera, alejarla para siempre de ella y ataviar su rostro de alegría, de amor y de placer. Quería verla satisfecha con su vida, con él a su lado, todo el tiempo.

Esperó hasta entrada la noche y se dirigió a la casa de Teresa. Se sorprendió cuando la empleada le dijo que Olivia estaba en el apartamento. Tomó el atajo del patio y entró en la vivienda, que estaba sin llave.

En la sala había un par de cajas con papeles y su ordenador estaba encima de la mesa del comedor. La luz en el cuarto lo guió hasta ella. Le vino a la mente la manera en que la había amado en cada uno de los rincones del lugar.

La encontró poniendo ropa en una de las maletas.

—¿Qué haces, Olivia? —preguntó, desde la puerta de la habitación.

Olivia interrumpió la labor y se volteó a verlo.

—Ah, hola —susurró con el corazón en la garganta. Sintió una punzada en la sien—. Alisto mis cosas, vuelvo a Bogotá —balbuceó y, sin mirarlo, le dijo—: Ya terminé lo que vine a hacer. Claudia y William quedarán al mando de lo poco que falta.

—¿De qué diablos estás hablando? ¿Cómo así te vas? —la aferró del brazo y la arrastró hacia él.

Se miraron a los ojos. Olivia le rogó a Dios poder disimular, fingir desenfado, indiferencia, ¡lo que fuera!, para poder cerrar esa puerta de su vida de una vez y por todas. Tenía una de las prendas agarrotada en las manos para evitar temblar.

—Ya te lo dije, terminé mis tareas aquí —sonrió—. No creerías que me iba a quedar aquí para siempre.

—Pues eso se sobreentendía. ¿Y nosotros qué? ¿Acaso me vas a dejar?

Olivia sentía los nervios a punto de romperse. Él la aprisionó entre sus brazos y ella quiso derretirse ahí junto a él, refugiarse para siempre en el único lugar en el que había sido feliz.

Había ensayado algunas pocas palabras de despedida para aligerar las cosas, pero ante la intensidad de sus sentimientos sabía que sonarían falsas. De todas formas decidió intentarlo.

—Ay, Miguel, no pretenderás que después de vivir tantos años en la capital y de viajar por el mundo, me vaya a encerrar aquí, ¿o sí?

—Yo lo hice —le contestó él con orgullo—, porque este es mi hogar. El lugar al que pertenezco.

—Mi carrera es muy importante para mí. Es lo único que he tenido todos estos años.

—Pero ahora me tienes a mí.

Ella se obligó a sonreír en un gesto que le salió como una mueca.

—Si tuvieras la oportunidad de irte, ¿lo harías?

—No, porque todo lo que deseo está aquí. Pero si tú no puedes vivir aquí, solo dímelo y me voy contigo.

Ella rehuyó su mirada y se acercó a la pequeña ventana. Sus palabras se le clavaron en el pecho. Miró el paisaje sin verlo realmente. Observó el patio y el jardín, y recordó los momentos de su infancia, su adolescencia y el deseo de irse de aquel lugar.

Pero ahora era diferente. Daría lo que no tenía por poder quedarse al lado de su Miguel. Ante cada respuesta de él sentía la desesperación crecer en su interior.

—Miguel, tú me importas demasiado, pero no podemos estar juntos —dijo la mujer, con voz amortiguada.

—¿Por qué? —el tono duro de su voz no escondió la vulnerabilidad que había detrás.

Olivia quiso encerrarse en un hueco y llorar de amargura.

—Nos separan demasiadas cosas —dijo—. El horror que ocasionó mi padre, la muerte del tuyo, el odio que me tiene tu familia, ¡tantas otras!

—¡No me importa nada de eso, Olivia! ¡Yo te amo!

Olivia sintió que se alivió una carga de encima.

—Lo sé, y yo no puedo amarte igual.

—No me digas eso, Olivia, ¡yo te conozco! Sé que me amas. Te lo repito por enésima vez, Olivia; no fijes tu vida en el pasado, es hora de pasar la página, de que te des otra oportunidad.

—No, Miguel, no. No entiendes nada.

—Sí, entiendo, te empeñas en arreglar a la brava lo que está mal. Tomas los errores de tu padre como si los hubieras cometido tú.

—¿Y qué más puedo hacer?

—Yo sé que tu alma íntegra y buena no puede soportarlo, lo sé —se le quebró la voz—. Tú no sabes lo que ha significado para mí verte compartir el dolor de toda esa gente, tomar como tuyas sus pérdidas. Tenía tanto miedo de acercarme a ti, pero a la vez deseaba tu consuelo, ese que prodigas a manos llenas. Te necesito en mi vida, Olivia.

La mujer abrió más los ojos al advertir que él se le acercaba y le rodeaba la cintura. Dio unos pasos atrás.

—No me digas más, Miguel, debo irme. Como tú mismo dices, hay mucha gente en el mundo que necesita mi consuelo.

Miguel sintió un vacío helado en el pecho. No podía perderla de nuevo. No lo soportaría.

—¿Sabes? Yo también tuve una prótesis durante estos años —dijo y se llevó la mano al corazón.

—¿Pero qué dices?

—Una prótesis hecha de rabia, de incomprensión y de resentimiento. Pero en cuanto volviste, el corazón volvió a tomar su lugar —acarició el rostro de Olivia, por el cual rodaba una lágrima impropia—. No te imaginas la lucha que había a diario dentro de mí y, sin embargo, ganaste, porque siempre has estado aquí.

Se golpeó el pecho varias veces.

—No puedo, Miguel. Lo siento.

La tribulación de Olivia era evidente y Miguel supo que no la convencería. De todas formas, siguió implorándole.

—No lo hagas, mi amor. Detesto al hombre que soy cuando no estás. Por lo menos, tú tienes tu prótesis que te hace caminar erguida, pero para esto que siento ya no hay prótesis que valga.

—Pues tendrás que aprender a convivir con ello, así como yo aprendo a diario cómo vivir con la mía.

—¡Maldita sea, Olivia!

La zarandeó como a una muñeca de trapo. Eso hizo que ella permaneciera en sus trece.

—Es mejor que te vayas. Esto nunca tuvo futuro.

Pensó en la falta de su pierna y en el consuelo que había llevado él a su vida. La invadió la amargura. Deseaba terminar con esto cuanto antes o no podría disimular más. Ese sentimiento se encargó de helar los otros, la culpa, el dolor y la confusión.

—¿Me lo dices ahora?

—No es tarde, mereces rehacer tu vida con una mujer... —iba a decir, “con una mujer completa”, pero se contuvo a tiempo—, con una mujer que te merezca.

—Esta era tu idea desde el principio, ¿verdad? Veo que esa partida de hijos de putas y tu padre lograron robarte el gozo por la vida. No fue solo esa maldita mina —le hablaba fuera de sí.

Olivia palideció.

—No sabes de lo que hablas.

—Sí, créeme que lo sé. Eres una cobarde.

Tenía que ignorar sus palabras. Tenía que hacerlo por él y por ella.

—Te agradezco que me hayas ayudado —dijo y volvió rápidamente a su maleta. Siguió ordenando la ropa de cualquier manera—. Y también me alegra que te quede claro.

—¡Vete al diablo! —gritó Miguel, y salió de la vida de Olivia dando un portazo.

Olivia soltó lo que estaba haciendo ante la inminencia de lo que sentía. Aquel dolor era como un viejo compañero que había estado de viaje y había vuelto de pronto. Lo reconoció enseguida.

Tiró con rabia la maleta al suelo. Se tumbó en la cama a llorar con unos lamentos que atravesaron el patio y llegaron hasta la cocina donde Tránsito se afanaba por la cena. El dolor la atravesaba como lanza, todo había terminado. Ya nada valía la pena sin Miguel a su lado.

Miguel sobrevivía.

Habían pasado dos semanas desde que Olivia abandonó San Antonio y lo abandonó a él. Trabajaba, comía y hablaba porque debía hacerlo. No tenía paciencia para estupideces. Lo sostenía la cólera teñida de desesperación.

Imaginó la vida de Olivia lejos de él.

Aunque ahora, ella apenas salía, era cuestión de tiempo que volviera a reuniones y salidas. Podría volver a enamorarse, y ya superados sus traumas, se acostaría con otro. Y claro, ¿qué hombre desaprovecharía la oportunidad?

Olivia nunca le había pertenecido. Tendría que superarlo a como diera lugar. ¿Pero cómo olvidar lo que habían vivido? ¿Cómo arrancarla de su pecho y su cabeza, si pequeños detalles cotidianos no hacían más que obligarle a recordarla? Su manera de hablar, de reírse, la seriedad con que lo escuchaba, las simples caricias que lo calmaban.

“¿Quieres un chiste, teniente?”

“Más Miguel, ámame más.”

“¿Cómo te atreves a poner dos guardianes a seguirme todo el tiempo?”

Le vino a la mente el color de sus ojos y la manera en que se oscurecían cuando llegaba al orgasmo. Su piel, su…

“Mierda”, se dijo, “así no voy a llegar a superarla.”

Salió a paso rápido de la casa sin mirar ni a Ligia ni a Elizabeth, que estaban en el zaguán tomando una limonada helada. Se dirigió al establo, donde ensilló unos de sus caballos.

Rechazó la ayuda de uno de los peones, montó su caballo y salió a galope rápido. Casi se le atravesó uno de los empleados.

—¡Quita de ahí!

Se adentró en el bosque con el viento acariciando sus sienes y como si lo persiguiera una tanda de bandoleros.

—Va a terminar matándose —suspiró Elizabeth al retomar el libro que tenía en su regazo.

—Yo sabía que terminaría así —sentenció Ligia mientras observaba el horizonte por donde apenas distinguía a su hijo.

—No sabes qué pasó.

—Solo sé que mi hijo está sufriendo.

Elizabeth levantó una ceja:

—¿A ti quién te entiende? Deberías estar feliz, al fin y al cabo no toleras a Olivia.

Ese era el problema, que Olivia había logrado traspasar las barreras de Ligia cuando Miguel le contó lo que ella había hecho con tal de que su otro hijo saliera de la cárcel.

—Es la mujer que mi hijo ama.

—¡No me digas! —Elizabeth lanzó una carcajada y preguntó con una sonrisa—: ¿Cambiaste de opinión?

—No te burles —susurró—. Sé que mi hijo merece alguien mejor, pero si es ella la que lo hace feliz, pues que así sea.

—Qué sentido de oportunidad el tuyo. Si no hubiera sido por lo que pasó con Zambrano seguirías pensando igual que antes.

—Mira, Elizabeth, no soy ningún ángel. Soy una mujer de carne y hueso con defectos como las demás, pero sé reconocer cuando he metido la pata. Y esta vez la metí hasta el fondo.

Elizabeth se llevó un sorbo de limonada a la boca.

—Deberías hablar con ella.

Ligia bebió, si así ahogara la pena.

—¿Crees que sirva de algo?

—No lo sé —la miró fijamente—. Me alegra ver tu buen corazón de vuelta.

—Ay, Elizabeth, tengo tanto que reponer. ¿Cómo va La Casa de Paz? Me gustaría ayudar.

—Olivia debería estar el día de la inauguración. El pueblo y la gente tienen una gran deuda con ella.

Ligia sonrió una sonrisa de demasiada felicidad para la ocasión.

—Voy a acompañar a Miguel a Bogotá. Veré a Jorge y trataré de hablar con Olivia.

Elizabeth entendió, y también sonrió.

Esa noche, mientras cenaban en el comedor de la hacienda, Ligia le habló a Miguel de su deseo de acompañarlo a Bogotá.

—Como quieras, madre. Tengo cita con los abogados de Jorge pasado mañana a primera hora, y luego varias reuniones de trabajo y con la federación de ganaderos.

—No te preocupes, aprovecharé para hacer algunas compras y diligencias.

En ese momento, sonó el móvil de Miguel:

—Si me disculpan, debo contestar —se levantó de la mesa.

—¿Sí?

Al otro lado de la línea:

—Hola, jefe.

—¿Dónde están? —contestó con la mano apretada al aparato, sintiendo la opresión a la que ya se había acostumbrado en el estómago y sobre el corazón.

—Apostados frente a su casa.

Miguel sabía que tarde o temprano tendría que terminar la vigilancia de Olivia. Ya no había proyecto del que ocuparse. Además, Gabriel le había llamado la atención por el uso del par de escoltas en Bogotá. Pero Miguel no quería correr riesgos y necesitaba saber de ella, participar de su vida así fuera de lejos y a través de otras personas. Era obsceno, pronunció una maldición y volvió a la mesa. Acabaría con esas llamadas mañana mismo.

—¿Todo bien?

—Sí, mamá, tranquila.

Las dejó con su charla sobre un cambio de cortinas y se dirigió al estudio. En soledad se dedicó a regodearse en su dolor. ¿Por qué no quiso seguir a su lado? Si de algo estaba seguro era que ella lo amaba. Al fin y al cabo había sido el único hombre de su vida.

Y si no hubiera sido así, poco le importaba. Olivia era una mujer excepcional, era más que hermosa como para que un simple defecto en el cuerpo o un padre malvado lo fuera a mantener lejos de ella.

Aún se sorprendía y lo desconcertaban sus sentimientos hacia ella. De solo imaginarla le variaban las pulsaciones y se le exacerbaba ese instinto primitivo de posesión. Lo aturdía la manera en que la necesitaba.

Quizá debería buscarla y convencerla. ¡No, no y no! Era ella la que debía volver. Si él tuviera la certeza de que con unas pocas palabras la convencería, lo haría sin dudarlo. Pero Olivia era Olivia, puro granito cuando le convenía. La decisión tenía que venir de ella.

Vivía en soledad, pensó otra vez enternecido. Fue algo de lo que se percató tan pronto los escoltas le informaron de todos sus movimientos. A excepción de un par de invitaciones de Melisa —bendita fuera— vivía de su casa al trabajo.

William seguía en el pueblo, pero no demoraba en irse para Bogotá. Lo enfermaba que ese tipo pretendiera a su mujer. Bueno, no solo él, cualquier otro que se atravesara.

—Es mía, solo mía —susurró con dientes apretados.

Olivia sabía que se había equivocado.

Estaba arrepentida de haber salido corriendo de San Antonio, hacía una vida que ya no tenía nada de encanto para ella. Le faltaba valentía y le sobraban los lamentos y las lágrimas. Se dormía llorando. ¡Cuánto lo había lastimado!

Solo le venía a la mente la expresión de los ojos de Miguel cuando ella le daba la puñalada. Era el hombre de su vida, había besado cada una de sus cicatrices, y no hablaba propiamente de las heridas de su pierna. ¿Y qué había hecho ella? Salir corriendo como si la vida hubiera dependido de ello. Miguel tenía razón, era una cobarde. Necesitaba su gente. Cuando Claudia le hablaba de los progresos de La Casa de Paz y los demás proyectos, le molestaba sentirse excluida. Para su orgullo no era satisfactorio. Era ella la que tendría que estar allí, escogiendo los terminados de la casa y quien sería el joven ganador del proyecto de la escultura. Sabía cuáles eran las intenciones de Claudia, quería hacerla regresar.

Ahora entendía en carne propia lo que se sentía ante el desarraigo, lo que sintió esa pobre gente al tener que abandonar su tierra, al saber que no volverían a ver sus casas, sus ríos, sus montes y las tumbas donde descansaban sus muertos.

La primera vez que ella dejó San Antonio, su rebeldía la sostenía. Pero ahora era diferente. Había construido cosas, se había involucrado con la gente: Rosa Santa, Clementina y las demás mujeres. Las extrañaba. Sus pasados plagados de dolor y pérdida las habían unido, creando redes por encima de la amistad. ¡Tenían tanto en común!

En definitiva, quería volver a su hogar y no sabía cómo hacerlo.

Pensó en la mejor manera de arreglar las cosas con Miguel. Se sentía avergonzada, sabía que su decisión lo había hecho sufrir.

Dejaría su orgullo a un lado, aún a riesgo de hacerse vulnerable ante un hombre que con una sola palabra o gesto podría demolerla y que, además estaría justificadamente furioso con ella.

Tendría que reconocer que no era perfecta en ninguna faceta de su vida, que tenía defectos, igual que cualquier otra persona. Ese sería su homenaje a él, liberarse de la careta de perfección construida a base de tesón, culpa y mentiras. Sí, para una mujer hermosa como ella era difícil saber que había una parte de sí que la avergonzaba y que necesitaba ocultar.

Y no precisamente se refería a la pierna que carecía.

Sonó el intercomunicador. Olivia se sorprendió al oír el nombre de la persona que deseaba hablar con ella.

—Sí, dígale que suba.

Recogió un par de revistas tiradas en el suelo y unos pañuelos Kleenex que había encima de la mesa de la sala, preguntándose que querría esa señora.

Al segundo timbrazo, respiró profundamente y abrió la puerta.

—Buenas tardes, Olivia.

Olivia le hizo un gesto a Ligia para que entrara. La mujer cruzó el umbral, puso el bolso en una de las sillas y se dedicó a mirar el espacio.

—Muy bonito tu departamento —dijo al volver la mirada a Olivia. Se acomodó en un sillón. Olivia seguía de pie, un tanto sorprendida aún—. Te preguntarás qué hago aquí.

—En realidad, no.

—Vaya, cuán sincera —la mujer cruzó los dedos de las manos, que puso sobre las rodillas.

Olivia decidió callar. La observó con detenimiento. Era una mujer que tenía la melancolía plasmada en el rostro. Su aire soberbio y belicoso brillaba por su ausencia.

—Para mí es difícil abrirme a otra persona y, no creas, tuve serias dudas sobre venir a verte. Pero estoy cansada de ver a mis hijos sufrir.

Olivia se percató del gesto apagado de la mujer y del trabajo que le costaba el estar ahí frente a ella.

Sintió pena. Bajó sus armas y se sentó frente a ella.

—Santiago fue el amor de mi vida. Cuando murió, me llené de amargura. Fue peor cuando encerraron a Jorge —tras una ligera pausa añadió—: En algún lugar del camino me perdí.

—No me debe explicaciones, señora.

—Al contrario, sí las debo. Estoy aquí por Miguel. Cuando mataron a mi esposo —hizo un gesto con la mano como si no quisiera recordar—, Miguel perdió su vida, te perdió a ti, a su ejército, a su padre y a su hermano. Y al llegar cada noche a casa lo recibía una madre amargada y belicosa. A veces pienso que él aceptaba esos trabajos fuera del país para huir de mí, de los problemas, y para tratar de olvidarte.

Olivia sintió su corazón encogerse de pena.

—No te sientas triste, tú no tienes la culpa —observó una foto de Rosalía en una pequeña consola que contenía portarretratos de su familia—. ¿Sabes? Yo conocí a tu madre.

Olivia levantó la ceja dispuesta a saltar ante cualquier comentario sobre ella.

—No te pongas a la defensiva, no voy a ofender su memoria. Era una mujer hermosa.

—¿Y?

—Rosalía era una mujer enamorada del amor y de la imagen que los hombres tenían de ella. Ella creía que eso era lo que necesitaba para ser feliz.

—¿A dónde quiere llegar?

—Parece que tú tienes la misma idea equivocada de lo que necesitas.

Olivia soltó una carcajada y se levantó rumbo a la cocina:

—No soy ligera de cascos.

—Lo sé. No estaría aquí si lo fueras.

—No la entiendo.

Olivia puso la cafetera a funcionar y volvió a la sala.

—A veces buscamos la felicidad tratando de acomodar las situaciones a nuestro antojo, obligando al destino a cambiar el rumbo de las cosas. Pero entonces llega la vida, nos da una patada al otro extremo y tenemos que volver a empezar... con el alma hecha pedazos.

Olivia exhaló.

—Le agradezco el psicoanálisis, pero usted no me conoce.

—Olivia, tú no eres tu padre, nunca podrás serlo. No tienes potestad de arreglar las cosas que él hizo mal.

—Es lo que he tratado hacer este tiempo y no voy a disculparme por ello.

—Puedes ayudar a quien te plazca, pero mientras no te perdones tú misma y perdones el hecho de ser hija de quién eres, no podrás respirar en libertad.

—¿Por qué me dice esto?

—Ya te lo dije, por Miguel. Él volvió a la vida cuando tú volviste.

—Mire, señora, su hijo puede escoger cualquier mujer que quiera.

—Y te escogió a ti.

—Soy terca y orgullosa.

—Tendré nietos de carácter. No es algo que no pueda soportar, si mal genio tengo yo.

—Usted no entiende nada —Olivia se levantó el pantalón de deporte que tenía, se quitó la zapatilla y se bajó la media dejando expuesta su prótesis. Acusó la mirada de Ligia—. ¡No le convengo! Su hijo deberá enfrentarse a esto cada día de su existencia.

Un brillo de comprensión pobló la mirada de Ligia.

—Guárdese su lástima.

—No siento lástima por ti. Es que no sabía que lo que tenías para ofrecerle a mi hijo estaba de tu rodilla para abajo.

—Es usted imposible —le contestó Olivia en un tono de voz alto, pero suprimió una sonrisa.

—Haz de cuenta que yo soy la prótesis de Miguel. Tendrás que tolerarme todos los días hasta que me muera.

Se miraron con otros ojos y soltaron la carcajada. Después, se mantuvieron calladas. El ruido de la cafetera rompió el silencio.

—Me vendría bien un cafecito, hace un frío atroz.

—Está bien, pero estoy segura de que mi prótesis no molesta tanto.

Olivia se apartó y volvió a acercarse con dos tazas de líquido humeante. Tomaron el café hablando sobre temas menos importantes, como la vez que Ligia se cayó en el fango mientras reprendía a uno de los peones por holgazán.

—¿Volverás? —cuestionó Ligia antes de marcharse.

Olivia no respondió. Ni siquiera ella sabía cómo encontrar el camino de vuelta.