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—Señor Almarales —saludó Teresa, algo turbada.

—¿Se olvidó de la invitación a almorzar? —preguntó Pedro, ansioso—. Todavía hay tiempo. Anímese.

Pero Teresa no tenía muchos ánimos. No luego de una mañana tan ajetreada.

—El enfermero que cuida a mi esposo no pudo venir hoy y las terapistas cancelaron la sesión. Gracias a Dios, la enfermera de la noche lo dejó cambiado, pero no puedo pasarlo a la silla de ruedas. Olivia no está para ayudarme. Salió temprano. Y Tránsito fue de compras. Anoche le di la mañana libre.

Pedro observó a la mujer en silencio. Estaba ojerosa, pálida, de seguro no había dormido bien durante la noche.

—Mucha realidad para una mañana del sábado que seguro usted había planificado de manera diferente, ¿verdad? —señaló ella, bajando la cabeza.

—No quiero que se preocupe por nada. Yo la ayudaré. Dígame, ¿dónde está la habitación de su esposo?

Teresa subió la cabeza y abrió los ojos.

—¡No! Ni más faltaba, no podría pedirle algo así.

Pedro le puso una mano sobre el hombro.

—La noto algo cansada, y para eso están los amigos. No tema, yo me encargaré —el tono que usó fue de esos que no admiten réplicas.

A duras penas convencida, Teresa lo llevó por un corredor hasta una habitación luminosa y limpia donde yacía postrado en una cama un anciano que no tenía similitudes con el hombre que Pedro había conocido años antes. Por primera vez pudo palpar la magnitud de la tragedia personal de esa buena mujer. Observó al anciano con detenimiento. Su rostro, que otrora denotaba autoridad, era como el de un niño inocente, encogido en su cama. “Este hombre está lejos del bien y del mal”, caviló consternado. Teresa se acercó y le acarició la cara y los brazos, le susurró tiernas palabras en el oído. El anciano apenas reparaba en ella. Pedro sintió celos, turbulentos y oscuros, al ver la manera en que ella lo trataba. En sus gestos y palabras había cariño. Debía renunciar a ella, era lo correcto, lo sensato, lo decente, pero su traza cerril y posesiva se lo impidió. La quería para él y la obtendría porque quería, porque podía hacerlo, porque deseaba ese cariño y esa ternura para él. Porque estaba seguro de que podría hacerla feliz.

Se dirigió a la cama del anciano. Lo levantó y lo acomodó en la silla de ruedas.

—Gracias, muchas gracias —le dijo ella mientras llevaba la silla al patio de la casa—. Mi esposo se pone de mal humor si no recibe sol y aire fresco en las mañanas.

Pedro no podía entender de qué manera el anciano podía ponerse de mal humor si apenas reparaba en su entorno, pero no quiso comentar al respecto. Quería decirle otras muchas cosas, ahí en su casa, con el anciano languideciendo a su lado. Deseaba hacerla reír, acabar con sus temores. Decirle que era hermosa, tierna y buena. Quería suplir su falta de amor, darle su fuerza, que se refugiara en él.

Pedro advirtió la reacción de Teresa a sus pensamientos como si él hubiera hablado en voz alta, porque ella se tensó enseguida y con una estudiada indiferencia se encerró en capas de cautela. Dejó al anciano en la sombra. Le puso música en una pequeña grabadora y se dirigió a la casa. Pedro la siguió.

—Espero que después de haber visto esto, lo piense mejor y se aleje de mí.

Él apenas sonrió.

—Si lo hizo por eso, perdió su tiempo. Ahora vaya y arréglese, que sigue en pie la invitación a almorzar.

Teresa anduvo hasta la cocina. Pedro se puso a su lado sin decir nada. Adicionó un par de cosas a la lista del mercado que estaba en la puerta de la nevera. Sacó una torta del horno que ya estaba reposada y que enseguida inundó el lugar con su aroma, era una mezcla de vainilla y naranja que le hizo la boca agua. Observó cómo Teresa la desmoldaba con movimientos ágiles. Después partió un pedazo, que puso en un plato y se lo dio con un tenedor pequeño. Se dirigió a la nevera y le sirvió un té helado.

Pedro sintió anhelo y añoranza inmensos, quería todo eso para él. La deseaba en su casa, en su cocina, en su cama. Deseaba que fuera el centro de su existencia. Quería que desmoldara tortas para él, que le prodigara suaves caricias y le susurrara tiernas palabras al oído.

Un nudo le oprimió la garganta y le impidió tragar. Dejó el plato en la mesa de la cocina y caminó con ella a la sala. Teresa dio rienda suelta a la rabia y con ojos turbios le espetó:

—¡Usted no entiende nada!

—Teresa, dígame que no quiere volver a verme, que no siente nada cuando me acerco a usted. ¡Vamos, dígamelo!

Teresa no hablo, sino que lo miró con miedo, y Pedro pudo evidenciar ese miedo.

—¡No puede! Porque es lo mismo que yo siento por usted —la agarró de los brazos y pegó su rostro al de ella—. ¡Dígalo!

Pero no la dejó siquiera respirar. Le acaparó la boca en un beso tierno, un beso tan tierno que ella abrió los labios con lentitud y besó también.

Entonces, se separó del hombre.

Pedro la miró mortificado y arrepentido por haberse dejado llevar por sus sentimientos a esas alturas de la vida, y más con una mujer que no era libre para corresponderle.

—Ese fue un beso culpable. Reconozco un beso culpable. Cuando vuelva a hacerlo, lo hará de corazón y sin remordimientos.

Teresa estuvo a punto de alzar la mano y pegarle la cachetada.

—Es usted un cretino, váyase de mi casa.

—Está bien, pero nos volveremos a ver. Recuerde que me prometió ir a Santa Rosa.

—No le prometí nada.

Era muy de noche cuando Olivia salió de la alcaldía con William. Había dormido mal la noche anterior, estaba cansada y con las emociones a flor de piel. Apenas comió durante el día. Se sepultó en el trabajo desde muy temprano y de forma frenética. A esa hora, solo deseaba descansar.

Ese día no había recibido flores ni tampoco había sabido nada de Miguel. William ya se disponía a cargar su maletín con el ordenador para acompañarla, cuando una voz los hizo detener el andar.

—Buenas noches.

Oliva observó cómo Miguel tomaba el maletín con mirada asesina y se lo cargaba al hombro ante el gesto resentido de William.

—No se preocupe, William. Yo acompañaré a Olivia a su casa.

—Ella es la que tiene que decidir —argumentó el hombre mientras trataba de acercarse al maletín otra vez.

—Ni se le ocurra —contestó Miguel entre los dientes.

Olivia, mortificada, los increpó:

—Si van a comportarse como niños, me iré sola —percibió en Miguel algo diferente esa noche. Aparte de su aspecto, que era como si le hubiera pasado una aplanadora, estaba sin afeitar, con los ojos enrojecidos y la mirada tormentosa. La ropa, en cambio, lucía impecable. Se volvió hacia William—. No te preocupes, ve a descansar.

—Buenas noches, entonces.

—Buenas noches —contestaron a coro Miguel y Olivia.

—¿Dónde está tu camioneta?

—La estacioné cerca de tu casa. Quise caminar contigo estas cuadras —la miró ceñudo—. ¿Algún problema? ¿O es que solo tu amigo tiene ese derecho?

—¿Qué diablos te pasa?

—No me gusta cómo te ronda ese mamarracho. Entre otras cosas.

Caminaron por las cuadras con los escoltas a unos cuantos pasos. Olivia no podía evitar un estremecimiento en su piel cada vez que él tomaba su brazo para cruzar una calle. Le gustaba caminar a su lado, su presencia y su físico le trasmitían seguridad. Lo observó de reojo, así tuviera una barba como de dos días y aspecto lúgubre, era el hombre más guapo que había conocido. En cuanto la saludó con ese tono de voz, rasposo y dominante, un escalofrío le había surcado la nuca y atravesado el cuerpo de golpe.

Algo lo atormentaba, ella podía percibirlo tan bien como percibía cualquiera de sus emociones. Al pasar por el restaurante de los hermanos Martínez, él le preguntó:

—¿Quieres comer algo?

El restaurante estaba atiborrado de gente, olía a carne a la brasa y una canción de moda animaba el lugar. Miguel saludó con la mano a una pareja que comía en las sillas de afuera.

—No, gracias, no tengo hambre.

—Tienes que alimentarte mejor, Olivia, o podrías enfermarte.

—No soy yo la que tengo cara de doliente.

—No creas, no tienes muy buen semblante que digamos.

Olivia rió, pero no dijo más. Continuaron la marcha en silencio. Tras algunas calles, el silencio se prolongó más y más. Olivia lo observaba de reojo, hasta que debajo de una farola, ella dejó de caminar.

—Mira no sé lo que quieres, Miguel, pero yo...

No habló más, porque Miguel así se lo imploró con la vista. Miguel no la interrumpió ni le contestó, quizás porque sentía que se ahogaba. El aire era denso, palpable, repleto de frenesí. Pronto se caerían las máscaras. Dejó salir un suspiro. Necesitaba armarse de valor para lo que enfrentaría esa noche. La tomó de nuevo del brazo y reanudaron el paso.

Llegaron a la puerta de la casa y una angustia oprimió el pecho de Olivia y le provocó pulsaciones en la cabeza, tenía que relatarle lo ocurrido y enfrentarlo así como había enfrentado a sus compañeras de penas. Miguel la miraba con ganas de decirle algo.

—¿Qué pasa?

—Tenemos que hablar.

—Estamos hablando.

—Es mejor que entremos.

En cuanto Olivia caminó a la entrada de la casa de su tía, él la frenó.

—A solas.

—En la sala de mi tía estaremos a solas —contestó nerviosa.

—No quiero a tu tía rondándonos. Vamos a tu apartamento.

—No.

—¿Me tienes miedo? —era la primera sonrisa que le veía en el rato que habían caminado juntos.

—No te tengo miedo. En la sala podremos hablar tranquilos.

—No. Lo que necesitamos hablar necesita privacidad. Vamos.

Olivia no quería quedarse a solas con él. ¿Por qué insistía tanto?

Miguel sabía que a la fuerza no podía obligarla, así que habló sin rodeos, para que ella entendiera la naturaleza y seriedad del asunto.

—El papá de Fernanda es el que te ha enviado la tarjeta de condolencias y, además, quien disparó al Jeep.

Olivia se puso pálida, refrenó el aliento y una mirada acongojada pobló su semblante. Las pulsaciones del corazón las sentía en la cabeza y un ligero temblor la invadió de pronto. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Ey, tranquila.

Por entre la nube de lágrimas pudo ver que Miguel se acercaba y la abrazaba. Las palabras la abandonaron cuando algo incorpóreo le oprimió la garganta. Como una autómata, se dirigió a la entrada del apartamento, sacó las llaves de su bolso, pero debido al temblor, le fue imposible abrir. No supo en qué momento Miguel se las quitó de las manos y abrió la puerta. Tampoco supo en qué momento entraron en el pequeño apartamento y la sentó en el sofá.

—¿Hablaste con él? —Miguel solamente le hizo un gesto afirmativo con la cabeza—. Te contó todo —susurró, una afirmación.

Miguel la miró sin decirle ni sí ni no.

—¡Oh, Dios mío! —se llevó una de las manos a la boca. La expresión de pánico en su semblante hizo que Miguel le aferrara las manos, que temblaban sin contención. Rechazó el gesto y se levantó bruscamente del sofá. Pudo percatarse del aire que soltó la prótesis. Caminó de lado a lado.

—¡No sientas lástima por mí! —lanzó con dureza.

—Créeme, en este momento lástima es lo último que siento.

—¿Qué quieres decir?

—No te puedo negar que siento tristeza, y debes dejarme sentirla, porque lo necesito —le dijo con tono desgarrado y mirada deshecha—. ¿No te das cuenta de que eres mi vida? Cuando te escuché, me sentí el peor hombre de la tierra. Me sentí morir.

Miguel se acercó a ella y la abrazó.

Ella lo miró confundida.

—¿Me escuchaste?

—Fui a buscarte y Claudia me dijo que estabas en una reunión en Acción Social. Cuando llegué allá, escuché tu voz.

—Ay, Dios mío —se soltó de su abrazo.

—Déjame, mi amor, por favor —le decía mientras la tomaba de nuevo en sus brazos. No fue consciente de la energía que empleó en el abrazo. Le tembló el mentón y con un gesto de control trató de mantener el llanto a raya.

—Así no, Miguel, así no —le decía ella, desgarrada en llanto.

—¡Sí, te quiero así! —le susurraba él sobre su cabello. Hundió la cara en su hombro y lloró con el desconsuelo con el que lloran los niños. La imaginó sola, en el monte, herida, trataba de espantar las imágenes, pero estas volvían con crudeza. Imaginó la sangre. ¡Tanta sangre! ¿Cómo se habrá sentido cuando despertó del infierno para darse cuenta de que le faltaba una parte de su cuerpo? ¿De que su mejor amiga ya no vivía? Desahogaba su angustia mientras Olivia, que lloraba también, le acariciaba el cabello y la espalda.

Olivia se sintió expuesta y aterrorizada. Tenía miedo de darle su confianza a un hombre que podría aniquilarla con una sola mirada de lástima o de desprecio.

—Soy una mujer incompleta. Nada más.

—Eres una mujer bella, con carácter y de buenos sentimientos.

—Créeme, no todos mis sentimientos son nobles.

—Nadie es perfecto.

El llanto de Miguel, en vez de alejarla, la acercaba más a él, porque se dio cuenta de lo mucho que le importaba. Siempre pensó que si Miguel la rechazaba sería una experiencia tan nefasta como las demás que ya tenía en lista. “Tarde o temprano tienes que afrontarlo”, se dijo cuando pretendía darse valor. ¿Cómo hacerlo sin morirme de vergüenza? Ese sentimiento no era propiamente por su discapacidad, era por todo lo que hacía parte de su vida.

—¿Vergüenza? —por lo visto la pregunta la formuló en voz alta. Miguel tomó su cara con las dos manos, le barrió las lágrimas con los pulgares y la miró con fijeza—. Eres la mujer que menos vergüenza debería tener sobre la faz de la tierra.

—Eres un exagerado —dijo ella con una sonrisa a medias. La expresión de dolor y vulnerabilidad que la acompañaron le rompió a Miguel el corazón.

—Eres una hermosa mujer valiente, que en este momento necesita consuelo.

Olivia se abrazó a él con llanto renovado, buscando ese consuelo. Miguel contenía el nudo en la garganta que mantenía a raya el bramido que pugnaba por salir. El sufrimiento de Olivia iba a acabar con él, sino lo había hecho diez años antes, lo haría en este preciso momento. Sus sentimientos eran una jodida bomba a punto de estallar. Solo anhelaba que el alma de Olivia supiera perdonarle los errores que ese amor disgustado le hizo cometer.

Deseaba sincerarse con ella, con palabras o con gestos, debía disculparse.

—Si hubiera sabido, habría actuado de otra manera —quería absorber su dolor, así muriera en el intento. Quería llevarse hasta la última gota del sufrimiento que le había opacado la sonrisa—. Déjame aliviar tu tristeza, Olivia —le susurraba al cabello, mientras la abrazaba con dulzura. Quería contagiarle su energía, su deseo, anhelaba que la emoción que percibía en ella fuera el mismo innegable y asfixiante sentimiento que lo embargaba.

Le besó la cabeza, le levantó la cara y le besó los ojos, las mejillas húmedas de lágrimas y las comisuras de la boca. Eran besos destinados a calmar, a sanar. Miguel necesitaba sentirla tanto como necesitaba respirar. Necesitaba besarla con locura, enterrarse en ella, tomar su cuerpo y su alma para fundirlo en él. Abrazar su pasión, su corazón puro, sus sentimientos y unirlos a su alma entristecida y pecadora. Pero sabía que las cosas debían ir de forma lenta.

¡Por Dios! Ella estaba vulnerable, y aquí estaba él, pensando a qué horas podría llevársela a la cama.

Al observar la belleza de sus facciones, Miguel no podía imaginarse mirando a otra mujer, ¿pero cómo convencerla de ello?

Hundió ambas manos en su cabello y se apoderó de su boca. ¡Dios! Era una delicia. Sus manos temblaron en el proceso. No podía perder el control, se repetía a sí mismo.

A los pocos minutos, se moría por su sabor, la besaba con desesperación, como si alguien viniera a separarlos. La tomó por la cintura y la pegó a él. Olivia se removió cuando sintió su erección. Él dejó de besarla aunque no quería hacerlo.

“Tengo que mantener el puto control”, se repetía a sí mismo.

—Vamos a tu habitación.

—Tengo miedo, Miguel. Mucho miedo. Me muero de miedo —le susurró ella pegada a su pecho sin mirarlo.

—¿Me tienes miedo?

—No —lo miró a los ojos y le acarició la barbilla—. A ti no.

—Yo también tengo miedo de no ser suficiente para ti.

Ella soltó la risa.

—¿Cómo puedes decir eso? —contestó rindiéndose en sus brazos—. Miguel, pienso que tú y yo debemos ir despacio, no creo que esté preparada para…

La silenció con otro beso arrasador y la tomó nuevamente en brazos.

—Sí, lo estás.

Olivia tenía la garganta rígida por el temor, así que pasó saliva antes de hablar.

—No sé si sea capaz.

—Eres mi mujer valiente —le susurró con ternura—. Ya verás cómo llego hasta ti. Quiero atrapar tu dolor. No quiero que estés triste.

—Eso será difícil.

—Pero no imposible —le contestó él con resolución.

Llegaron a la habitación y Miguel se acercó a la cama. Ella estaba aterrada, el nerviosismo le salía por la mirada. Por favor ven a mí, le dijo Miguel con el pensamiento, y como si lo hubiera oído, Olivia caminó los pocos pasos que los separaban hasta quedar frente a él.

—Me temo que ya no hay escapatoria, ¿verdad? —dijo ella en tono ligero.

—No —la jaló por la pretina del pantalón y le cubrió la boca con la suya, tragándose sus temores e inseguridades.

La sentó en la cama. Ella se tensó de nuevo. Él se arrodilló y empezó a quitarle las botas.

El silencio solo era interrumpido por las respiraciones agitadas de los dos.

Olivia tenía unas medias de color azul claro. Miguel empezó con la media de la pierna sana y luego la otra. Ella se encogió cuando sus manos tocaron la prótesis. Era como si lo hubiera sentido, fue un gesto nervioso, percibió él, consternado y con el pecho encogido.

Quería gritar y desatarse en llanto otra vez, pero sabía que eso era lo que ella menos necesitaba en ese momento. Acomodó su pena en el fondo de su corazón y se dispuso a redimirla de su dolor. Le abrió el pantalón con paciencia, tenía unos interiores blancos con encaje. ¡Era tan hermosa! Tuvo que contener sus manos para no enterrar sus dedos en ese espacio que le ofrecía siempre el paraíso. Acarició sus piernas, mirándolas fijamente mientras bajaba el pantalón. La miró a los ojos, estaba pálida y rehuía su mirada.

—Tranquila, mi Olivia...

Ella se mordió los labios sin decirle nada. Miguel terminó de quitarle el pantalón. Dedicó unos momentos a observar su prótesis. Luego la acarició en la parte que colindaba con el muñón.

—Ayúdame —dijo él—. Enséñame a quitarla.

Ella la quitó con facilidad. Iba a retirar la malla protectora, pero él se lo impidió.

—Déjame a mí.

—Miguel…

Estaba tensa, agarrotada, con el semblante desencajado. Miguel le quitó la malla, dejando a la vista el muñón a diez centímetros debajo de la rodilla. Observó la cicatriz, la acarició, y en ese momento Olivia se desató en llanto.

—No, no, no... No llores —la consolaba él al tiempo que llevaba sus labios a la cicatriz y la besaba con ternura, mientras aguantaba las ganas de llorar y de gritar. Si lo hacía, ella se escondería de él y no lo iba a permitir. Le suplicó a Dios fortaleza—. Ojalá hubiera estado contigo.

—No lo hagas —le decía ella—. No es necesario —tomó su cabeza y acusó su mirada—. De verdad.

—¿Por qué no? Es otra parte de ti para amar.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Porque lo siento.

—Entonces, mírala bien. Con más cautela. A lo mejor recuperas la cordura y sales corriendo.

—Me es difícil imaginar el dolor... —le susurró con voz rota e ignorando su último comentario.

—No fue la mejor época de mi vida.

La miró consternado y con voz inestable le contestó:

—Es hora de que comprendas cuánto te necesito —fue un susurro desgarrador que llenó el lugar para después quedar en total silencio. El hombre se levantó y empezó a quitarse la camisa. Se desabrochó el cinturón y abrió el primer botón de sus jeans. Tiró las botas en cualquier parte. Se acercó más a ella y le sacó la camiseta.

Miguel volvió a suspirar, tratando de controlarse ante los hermosos senos envueltos en un sujetador a juego con los interiores. Tomó una de las manos de ella y la llevó a su erección.

—Si no me crees, tócame —le dijo con voz ronca.

Ella lo acarició y se sonrojó. Se le escapó una risa nerviosa. Musitó:

—No puede ser.

— Sí lo es. Estoy ardiendo por ti —le dijo con una mirada penetrante de ojos brillantes—. Ha estado así desde que volviste.

Se sentía mareado de excitación al volver a tocar el contorno de su cuerpo. En solo un par de segundos, ella estaba debajo de él. La acariciaba, se refregaba en ella, era una necesidad aplastante, nunca tendría suficiente piel que acariciar, suficiente Olivia para penetrar. Antes de llegar al clímax, se retiró como pudo, apoyó los brazos a lado y lado de ella y se obligó a ralentizar la respiración, pero los movimientos de su Olivia no ayudaban. La mujer gemía y se pegaba a él, desesperada, sin vergüenzas, sin heridas y sin nada que se interpusiera entre los dos.

Despacio, de forma cuidadosa, empleando una delicadeza que estaba lejos de sentir, la acariciaba. Su mirada asustada y excitada lo seguía. Se inclinó de nuevo sobre ella y rozó los labios con los suyos. Estaban fríos. Los calentó con sus besos, introdujo la lengua y profundizó la caricia hasta que ella cerró los ojos y tomó su cara entre sus manos y se pegó a él. Era dulce, un néctar tan dulce que lo emborrachó de deseo aún más.

Su erección lo atormentaba, su cota de deseo era excesiva. Le besó el cuello, mordisqueó el lóbulo de su oreja, hasta que la sintió gemir de placer. Le quitó el sujetador y cuando sus senos saltaron, recordó el día de la tina. La respiración se le volvió a atrancar cuando le bajó los interiores. Estaba cautivado por ella, por su cuerpo, por el inolvidable aroma que revoloteaba alrededor enardeciéndolo. “¡Contrólate!”, se reprendió por enésima vez.

Tomó un pezón en su boca sin poder evitar un gruñido de placer y con los dedos acariciaba el otro. Se desprendió de ellos y mientras oía sus gemidos fue bajando por su barriga plana y ombligo, donde refregó la barbilla en la suavidad de su piel, durante varios segundos, hasta sentirla estremecerse.

Evitó el espacio entre sus piernas, lo dejaría para el final. Acarició los muslos hasta llegar a la pierna mutilada que mimó y besó a conciencia, sin importar los esfuerzos que hacía ella para apartarse.

—Acostúmbrate —no cesó de besarle la cicatriz.

—Pero Miguel…

No la dejó terminar, sino que la acalló volviendo sobre sus labios. Deseaba tener diez manos y diez bocas para sobarla, para degustarla. Besó de nuevo sus pezones. Empujó sus muslos y los apartó con la nariz. La miró con ojos nublados de promesas y se sumergió en ella. Necesitaba saborearla más de lo que necesitaba penetrarla. Estaba sediento de sensaciones, ebrio de deseos, hambriento de ella.

—Eres tan hermosa —le decía con un tono de voz de excitación y turbulencia. Saboreaba su interior con la lengua. Olivia le acariciaba el cabello sin atreverse a pegarlo más a ella—. Hueles delicioso —chupaba, mordisqueaba y gruñía enloquecido, provocándole escalofríos en el cuerpo. “Eres mía”, meditó en medio del fuego y con una urgente necesidad de poseerla, “siempre lo has sido, tú me añorabas mientras yo me mataba de celos, de angustia y de rabia por tu indiferencia.”. Cesó los agitados pensamientos y se concentró en los gemidos de la mujer. Quería estar cerca, más cerca. Deseaba estar encima de ella, dentro de ella, juntos, piel con piel. Necesitaba fundirse en su piel, se sentía en llamas. Quería devorarla, atravesarla como animal en celo. Pero debía ser mejor esa vez que como fue durante su último encuentro.

¿Qué diablos le hacía esa mujer? Él era una persona que aguantaba largas sesiones de sexo y había tenido sus buenas experiencias, pero todas palidecían a lo que le hacía sentir su Olivia, su amor.

Se levantó sobre ella. Observó la expresión de sus ojos y la belleza de su piel. Le dolió el corazón. Pronto, muy pronto estaría envuelto en ella y sería suya. Le dio un último beso como si se estuviera devorando su boca.

Se separó un poco, y sacó una caja de condones del pantalón. Olivia sonrió.

—Estabas muy seguro —le dijo.

—Esperanzado —le contestó serio.

Abrió la caja y saco un condón, rasgó el envoltorio y se lo puso con celeridad sin dejar de mirarla.

Sus instintos tomaron el timón. Le abrió los muslos y, teniendo cuidado de no lastimar su pierna herida, empujó dentro de ella.

Ella le acariciaba el pecho y la espalda.

—Eres deliciosa …

La tenía debajo de él. Era su amor, era su sexo el que lo aprisionaba, eran sus gemidos los que lo enloquecían, pensaba emocionado. Nunca en toda su vida, ni siquiera en los encuentros furtivos que tuvo en el pasado, había estado tan excitado y tan desesperado porque la mujer sintiera lo mismo y se fundiera en el placer.

Era su mujer. Siempre lo había sido. En medio de su deseo llevó su boca al nacimiento del cuello. El aroma de su cabello y su tersura lo hundieron aún más, si eso era posible, en el pozo del deseo.

La mordió y apreció las contracciones de su orgasmo, la expresión en el éxtasis, el vaivén ingobernable de sus caderas y sus gemidos roncos.

—¡Oh si, gime por Dios!, gime más. He esperado diez años por volver a escuchar tus gemidos, no te calles ahora, los necesito.” —farfulló apasionadamente como si el mismo no se lo creyera.

Llegó también él a una turbulenta liberación, con su cuerpo contraído temblaba y gemía como si la vida le fuera en ello.

Quedó desmadejado encima de ella, vagamente cobró conciencia de todo. “Ha sido como morir y volver a nacer”, pensó sorprendido mientras trataba de calmarse.

Olivia lo abrazaba sin querer soltarlo. Unas lágrimas le rodaban por las mejillas. Trataba de normalizar su respiración y se preguntaba qué había pasado allí.

La visión de sus manos y sus labios acariciando su herida fue más de lo que pudo soportar su maltrecho corazón y lloró como una niña.

Su mirada ardiente, posesiva y amorosa había obrado milagros en su alma, sus ojos no la habían abandonado en ningún momento. Era imposible no percatarse de lo excitado que estaba, de la necesidad que vio en su cruda mirada. Él había aceptado a la nueva mujer cuando ella había sido incapaz de hacerlo.

Las ventanas de su corazón y de su mente se abrieron para él. Las palabras de Miguel y sus acciones obraron el milagro de llegarle al corazón.

No se engañaba. No había sido una sensación agradable. Era la crisálida convirtiéndose en mariposa, chocante y aterrador al mismo tiempo. Al dejar al descubierto su vulnerabilidad, el miedo adherido como una costra la ahogaba. Pero pudo comprobar que, por fin, podía dejar atrás el dolor, los complejos, los prejuicios que por tantos años le habían amargado la vida.

Le agradecía a Dios que hubiera sido su Miguel, el hombre de su vida, el hombre que más amaba en el mundo, el que hubiera obrado ese milagro.

Le acariciaba el cabello, la espalda, lo besaba en la boca. Él la miraba atontado. Con la orilla del cubrecama le limpió las lágrimas. Ella lo abrazó.

—Ha sido increíble —soltó ella sin querer separarse de él.

—Creo que tenemos un problema —respondió él, colocándose de lado sin salir de ella—. Tengo tantas ganas de hacerte tantas cosas... Quiero saborearte ahí otra vez —llevó una mano a su femineidad—, pero no quiero salir de ti esta noche.

Tendría que hacerlo, debía tirar el condón y ponerse otro, solo pensarlo, lo mortificaba, no quería moverse.

—¿De veras? —le preguntó con su antigua sonrisa, la sonrisa de la quebrada y esa misma que había estado vetada todos esos años.

Hasta entonces.

—Me temo que pasaremos la noche entera recuperando el tiempo perdido.