—Tengo miedo, Olivia —señaló la mujer.
Iban en un campero rumbo a la pequeña finca que le habían devuelto a la familia. Era el primer predio que entregaba Olivia desde la llegada al pueblo. Estaba emocionada y ansiosa, no le importaba los tumbos que daba el jeep. La carretera estaba llena de boquetes y desniveles y en no muy buen estado. Los árboles que rodeaban el camino hacían sombra refrescando la calurosa mañana.
—No sé con qué me vaya a encontrar.
En ese momento Oscar, el chofer asignado a Olivia, esquivó un pequeño animal que se les atravesó por el camino.
Atrás venía un camión con algunos enseres para que la familia iniciara su nueva vida.
—Es normal sentirse así —le contestó Olivia—, la tierra ha estado abandonada. Él, mi padre, solo quería el terreno por poder, no hizo nada con las tierras. Está lleno de maleza, pero ya estamos trabajando en ello.
—Mientras que para nosotros esta amada tierra era nuestro sustento, para él solo significó territorio baldío. ¡Qué tristeza!
Rosa Santa Mejía regresaba a su hogar, después de siete años de desplazamiento forzado. Había perdido a su marido, también a su hija mayor. Volvía con sus dos niños menores y con Natalia, su hija de dieciocho años, que estaba embarazada y venía acompañada por su novio, que tenía más pinta de rapero que de labriego.
—El ejército ha garantizado la seguridad. Los especialistas en desminado ya peinaron el terreno palmo a palmo, sin encontrar minas en el sector.
—No se me va el miedo —la miró con sus enormes ojos castaños repletos de dolor—. Tengo miedo al futuro, quiero hacer las cosas bien. Sé que es una gran oportunidad pero ¿y si no funciona? ¿Si no soy capaz de darles una vida digna a mis hijos y a mi nieto?
Olivia le puso la mano sobre la rodilla. Le dio tres golpes suaves.
—Eres una mujer valiente, lo lograrás.
La mujer sonrió.
—Eres sincera, pero no entiendes ¿Y si no logro que mis hijos tengan paz? Quiero que se críen sin odios ni resentimientos.
—Puedes tranquilizarte, Rosa —tomó una de sus manos, otro intento por darle ánimo—. El hecho de que estés planteando estas preguntas, es un buen comienzo.
—Hemos pasado las verdes y las maduras. Ahora quiero mi hogar de vuelta.
Olivia evitó preguntar cómo habían tenido que sobrevivir, lo sabía. Esta familia era el retrato de miles de familias colombianas del momento. De ser dueños de su tierra habían pasado a ensanchar los cinturones de miseria de una ciudad que tenía poca compasión con ellos.
A su vulnerabilidad por el desarraigo, se sumaban la vulnerabilidad de tipo social, con altos niveles de economía informal, pobreza y otras facetas del conflicto.
Se acercaron a la pequeña finca. El camino se vestía con árboles que daban sombra a los caminantes que volvían de las labores del campo. La casa estaba en una colina pequeña y mostraba signos de abandono en medio del pasto y la maleza. El camión frenó más adelante. Bajaron las ollas, la loza, la estufita de gas, algunas colchonetas y unas cuantas cajas.
Rosa se puso pálida al observar el lugar, y no precisamente por el estado en que se encontraba.
Olivia la observaba, el miedo de la mujer era palpable, sabía lo que pasaba por la mente de ella. Se sentía impotente al imaginarse las experiencias que Rosa recordaba: el desarraigo violento al que la habían sometido, a la muerte de sus seres queridos.
Ante la mirada de tristeza y las lágrimas en los ojos de Rosa, la imposibilidad de consolarla embargaba a Olivia. Al acercarse a la vivienda, y sin poderlo evitar, la mujer se tiró al piso, presa de un llanto desgarrador.
A pesar de haber estudiado mucho, a pesar de haber repasado los casos al derecho y al revés, a pesar de recibir formación que la capacitaba para solventar cantidad de situaciones, no estaba lista para eso. El corazón de Oliva latía con furia, sentía el vaivén hasta en el cráneo. Una molestia se paseaba por su estómago, ocasionándole una ligera náusea.
Dio unos pasos para alejarse de la mujer y la dejó desahogarse a sus anchas. Nada podía hacer en ese momento, salvo dejarla reencontrarse con su pasado.
Rosa Santa Mejía recordó la fatídica noche en que perdió a su esposo y a su hija de manos de los esbirros de Ruiz
—¡No, no, no!
Eso decían sus gritos y los ecos. La mujer golpeaba el piso con los puños, con la pena en carne viva, el miedo y la adrenalina recorriéndola de arriba abajo, la visión inundada en la película de sus recuerdos. Sus hijos y el yerno con pinta de rapero la miraban sin saber qué hacer.
Aquella noche habían venido unos amigos del pueblo para celebrar el cumpleaños de Marisol. Rosa le había regalado una gargantilla de fantasía fina, con una piedra azul. Le llevó meses ahorrar para dicho regalo, al fin y al cabo quince años se cumplían solo una vez. Se habían tomado un buen número de cervezas y en ese momento las mujeres se dirigían a servir el arroz con pollo que ya estaba listo, así podrían continuar la parranda hasta el amanecer. Otras personas supervivientes habían contado la historia. Ella no, era la primera vez en siete años que volvía a rememorar con lujo de detalles la peor noche de su existencia.
De improviso, arribaron a la fiesta dos camionetas Toyota con casi una docena de hombres dentro, vestidos en camuflaje y armados hasta los dientes.
El primero en apearse fue un hombre como de cuarenta años, algo subido de peso, con pelo indio y grasiento, mirada fría y despiadada.
El hombre era, por supuesto, uno de los lugartenientes de Ruiz.
Alguien apagó la música.
Se hizo un silencio sepulcral en el lugar, solo se oía el chirrido de las cigarras y la respiración agitada de unos cuantos.
El hombre cuarentón se acercó al esposo de Rosa.
—¿Qué putada celebran?
—El cumpleaños de mi hija, señor. Quince añitos.
—Ah —se dirigió hacia ella, porque la divisó entre las demás. Llevaba un traje azul celeste y una tiara en combinación.
Marisol se echó a temblar, conocía a ese hombre muy bien. Le había hecho un par de propuestas indecentes cuando había ido al pueblo en dos ocasiones. Le tenía asco. Cada vez que se acercaba, el vaho a cerveza y a maldad, salía de él en ondas expansivas.
El hombre al que apodaban “El Indio” se acercó para felicitarla y robarle un beso, el cual ella repudió.
—Repudias mis besos porque no soy guerrillero —expresó con una sonrisa maloliente. Sus compañeros arrinconaron a la gente—. ¿Por qué no les enseñamos a estos hijos de putas lo que pasa por meterse con quien no deben?
Agarró a la joven por el cabello, la obligó a echarse de rodillas. Así la arrastró hasta la camioneta. Marisol lanzaba gritos envueltos en llanto, ni siquiera veía bien a sus padres, la vista la tenía así de nublada. El esposo de Rosa trató de alcanzarla, pero uno de los hombres lo amenazó en silencio. Solo le puso un revolver en la cabeza.
El Indio señalaba a dedo a las personas que debían dar un paso al frente; los otros los obligaban a acostarse boca abajo, sobre el pasto o la tierra.
El hombre malvado se acercó, desenfundó su arma y le disparó en la cabeza a cada uno de los cuatro hombres acostados en el suelo, uno de ellos el esposo de Rosa. El resto de la gente los observaban aterrorizados, les prohibieron hablar o derramar una sola lágrima. Un niño no pudo seguir las órdenes. No paró de llorar al ver el cuerpo de su padre encharcado en sangre.
—Alguien calle a ese hijo de puta o lo pongo a bailar al son de las balas.
La madre del chiquillo le tapó la boca mientras aferraba su cuerpecito al de ella. El niño gemía y lloraba, asfixiado por su mano.
El Indio no les prestó más atención. Se volteó hacía Marisol y le gritó:— ¿Ve lo que pasa, mamita? Ahora vamos a encargarnos de usted.
Marisol lo miraba aterrorizada, incapaz de proferir palabra.
La llevó al platón de la camioneta y la tiró como a un bulto de abono. Le desgarró la parte superior del vestido, los pechos envueltos en el brasier saltaron a la vista.
El malvado no perdió el tiempo, le arrancó el sujetador y atacó los senos con la boca, mientras que con las manos le quitaba el vestido. Ella se rebullía y lo atacaba con pies y manos, mientras los gritos y los ruegos de Rosa se mezclaban con las risas de los hombres y los clamores de Marisol. El Indio la abofeteó para calmarla, ya que ella trató de arañarle la cara. Le rasgó los pantalones. Ella siguió luchando, él reía de sus intentos.
—Así me gusta, mamita, entre más bravitas mejor.
Rosa corrió hasta ellos sin importarle los hombres que la amenazaron con burla. Se arrodilló ante el hombre y le suplicó que, por favor, no le hiciera más daño a su hija.
—Tómenme a mí, por favor. Por lo que más quiera…
El Indio le dio una patada en el rostro.
—No, vieja, queremos carne fresca.
Uno de los hombres levantó a Rosa, quien ni siquiera desde el suelo, con la boca llena de sangre, cesó de implorar por su hija. Mientras tanto, El Indio le abrió las piernas a Marisol; de forma brusca y a la brava, la inmovilizó.
—Se deja, putica, o mató a su mamá y a sus hermanos.
Ella se quedó quieta enseguida.
El hombre se bajó los pantalones y acercó el pene a la parte noble de la joven. La penetró sin cuidados, fuerte.
Un grito desgarrador salió de garganta de Marisol, quien sintió perder el mundo de vista y el corazón detenerse antes de que llegara el dolor.
Y la sangre.
—¿Quién lo hubiera imaginado? ¿Virgencita, eh? —le decía el hombre al oído, en medio de penetraciones salvajes.
Rosa gritó y gritó hasta que uno de los hombres se acercó y la abofeteó. Los niños y el resto de la gente apenas se sorbían las lágrimas ante la mirada aterradora de los malosos, que observaban la faena de su jefe con ojeadas lujuriosas y sonrisas taimadas.
Cuando el hombre acabó, se separó de la joven quien lloraba a lágrima viva.
— Mamá, mamá —llamaba a Rosa entre gemidos.
Rosa quiso acercarse a ella, pensando que todo había terminado.
¡Cuán equivocada estaba!
—Vamos, muchachos —les dijo el hombre a los demás uniformados.
—Tienen hasta mañana para abandonar la región. Si no lo hacen, lo de esta noche es moco de pavo comparado a lo que les espera.
—Marisol, ven con mami —susurró Rosa, quien apenas podía hablar. Eso no debió pasarle a su hija, a ninguna mujer...
El Indio volvió donde la mujer que consideró vieja y le pateó el rostro de nuevo. Agarró a Marisol por la cabellera, que se arrodillara nuevamente.
—No, no. Nada de eso. Esta puta viene conmigo, aún no he acabado con ella.
Le dio un beso en la mejilla, Marisol sintió que el alma se le escaparía del cuerpo.
—No... Mami, ¡ayúdame! ¡No me dejes! —extendía los brazos.
Rosa trató de acercarse. Se puso de rodillas, su llanto se mezclaba con la tierra.
—Por favor, llévenme a mí, no le haga más daño, ¡por favor!
—No joda, vieja. Es una donación para la causa y para enseñarles a los hijos de putas guerrilleros que son unos capados, que son incapaces de proteger a sus mujeres.
—¡Mi marido nunca ha sido guerrillero!
—Eso dicen todos. ¡Vamos!
—¡Mamá! ¡Mamá!
Marisol esperaba un milagro, esperaba la salvación.
El hombre la obligó, a patadas, a entrar a la camioneta. Los hombres le siguieron el paso.
Rosa vio cómo todos, entre risas maquiavélicas, tocaban los senos maltratados de su hija indefensa.
El Indio encendió la camioneta y la puso en marcha.
Rosa corrió tras la camioneta hasta que esta se perdió en el camino. Nunca dejó de gritar el nombre de su hija.
Hasta hoy nunca ha dejado de hacerlo.
Nunca más la volvió a ver.
Rosa volvió a la realidad. Alzó la vista a Olivia.
—¿Cómo ese hombre pudo hacernos esto? ¿Qué le habíamos hecho nosotros? —dijo la mujer de mal modo alejándose de ella, como si temiera faltarle el respeto de alguna manera.
La rabia y la desesperación tenían enrollada el alma de Rosa y sabía que Olivia lo percibía. Resentimiento, sufrimiento, rabia, resentimiento: era un ciclo de nunca acabar. Necesitaba romperlo, por ella misma y por la familia que aún le quedaba. Recordó las charlas con la psicóloga en Bogotá antes de regresar. Observó a Olivia hablar con sus pequeños. Ella era una muchacha joven cuando ocurrió el evento; es más, ni siquiera estaba en esa época en la región. No tenía la culpa de nada y, sin embargo…
Natalia observaba la escena con angustia. El novio, Héctor se llamaba, se hizo cargo de la situación y entró a la vivienda con parte de los enseres. Los chiquillos, ajenos a lo que pasaba, correteaban por el terreno, mientras descubrían rincones nuevos para sus juegos y perseguían las iguanas y lagartijas que habían inundado el lugar. Olivia les explicó los cuidados que deberían tener al jugar en el monte, que deberían fijarse bien donde pisaban, no alzar objetos de ningún tipo y dar aviso a las autoridades si veían algún artefacto sospechoso. Aunque ya habían recibido una charla sobre el tema, ella les repitió de nuevo los cuidados a seguir y tener. El sitio ya había sido revisado, pero toda precaución era poca.
Minutos después Olivia se acercó a Rosa en silencio.
Olivia la observaba sin saber qué decir. Se inclinó por una simple disculpa que sabía que no significaría nada, para la tragedia que se había gestado en aquel lugar.
¡Dios mío¡ ¡Dame valor para no salir corriendo! ¡Dame tolerancia para las palabras hirientes que desea soltar está mujer! ¡Si le traen paz, bienvenidas sean!
—¡Tú no pareces hija de tu padre!
A Olivia se le llenaron los ojos de lágrimas. No claro que no.
Olivia sabía que costaría mucho trabajo y esfuerzo convencer a Rosa de que ella no había tenido culpas. Le faltaba reconstruir su historia, vivir ese doloroso proceso que sería el único que haría que sanaran las heridas y que sus sentimientos de culpa desaparecieran.
Saber el porqué de las cosas, le permitiría a Rosa encontrar cierto sentido a lo acontecido. Tendría, por fin, la claridad de que la culpa nunca recae en las acciones u omisiones de las víctimas, sino que debe recaer en los victimarios. Ojalá pudiera hacerlo ella, dejar de sentirse como un insecto cada que alguien la miraba. ¡Era tan difícil!
Algo en la mirada y los gestos de Olivia, la calmó por ensalmo.
—Bien —dijo Rosa y se levantó, se secó las lágrimas con el orillo de su blusa, se sonó la nariz—. Hay trabajo que hacer y poco tiempo para lamentarse.
Olivia y Oscar ayudaron en el aseo de la casa. El chofer del camión se despidió tan pronto descargó las cosas con las que esas personas iniciarían una nueva vida. Barrieron todo el polvo, lavaron pisos y colocaron una olla con sopa. Ciertamente, entre las labores de Olivia no estaba el ayudar en las faenas del hogar, pero era algo que hacía con gusto para crear lazos de confianza.
Olivia salió a pasear por los alrededores. Era entrada la tarde y el paisaje era hermoso. Los árboles eran los testigos mudos de los momentos que vivió esa familia: los abrazos y besos de los esposos, la llegada y los juegos de los niños, la tragedia, los actos violentos. Hoy volvían a ser testigos de un momento feliz: el regreso a casa.
La mujer trajo un pocillo de café, agradeció a Olivia su ayuda, su perseverancia.
—Pobre Héctor, creo que no había visto tanto verde en su vida —Olivia señaló al muchacho que trataba de quitar algo de maleza alrededor de la casa.
—Aprenderá —sentenció Rosa—, por mi hija y el bebé probará su valía.
—Hacen bonita pareja —dijo Olivia rato después mientras los observaba abrazados al pie de una ceiba—. Mañana traerán temprano la vaca y el ternero, y vendrán unos jóvenes a prepararlos para lo que deseen sembrar.
Rosa no quería hablar de eso, sino de un tema con más importancia.
—Quiero pertenecer a esa comisión de la verdad de la que hablaste el otro día en el auditorio del colegio.
Olivia por poco tumba la taza. Se quemó un poco los labios.
“No puede ser...”, pensó, más actúo normal tan pronto como la sorpresa le permitió.
—Tienes que prepararte, ir a la psicóloga.
—Haré lo necesario, quiero un futuro mejor para mis hijos y mi nieto. Quiero la verdad —soltó un suspiro—. Quiero que esos hombres me miren a los ojos y me digan por qué mataron a mi marido. Cuando el pobre nunca empuñó un arma. Quiero saber también dónde están los restos de mi hija —hizo una pausa, y añadió con mirada derrotada—: Y quiero algo más, Olivia.
Olivia no se atrevió preguntar qué, pero sabía que movería cielo y tierra para complacerla.
—Dignidad para mi esposo asesinado. Quiero que la gente de bien deje de mirarme como un estorbo o como si hubiera hecho algo malo.
Se secó unas lágrimas que le adornaron el rostro.
Su mirada se le fue en su tierra, en la casa humilde.
—¿Sabes? Aquí fui mujer por primera vez. Mi marido fue el único hombre de mi vida. Aquí nacieron mis hijos y aquí tuvimos sueños, ilusiones, tanto para nosotros como para ellos.
—A punta de coraje y con la solidaridad de los demás, tengo fe de que saldrás adelante.
—Eres corajuda, ojalá encuentres un hombre que te dé amor, hijos.
Olivia tomó un sorbo de café. No iba a tocar ese tema. Ni hoy ni ningún otro día.
—Ven, Natalia, está llamando para el sancocho, tengo hambre. —dijo con firmeza y resuelta.
Se levantó y sintió un tirón en la parte del muñón que colindaba con su prótesis. Otra vez ese maldito ruido.
Rosa pareció no percatarse de nada…
Volvió al anochecer a su casa. Estaba cansada, y eso que solo había ido a la finca de los Mejía. ¿Cómo les habrá ido a sus demás compañeros? Se lavó la cara y las manos, sacó el móvil del bolso, estaba descargado. Lo puso a cargar, atravesó el patio y se dirigió a la casa de su tía.
Teresa la saludó mirándola de arriba abajo, la notó tensa, pálida y triste.
Llamó a Tránsito, quien se presentó enseguida. Le pidió que sirviera la comida. La mujer inclinó la cabeza y volvió a la cocina.
—¿Cómo te fue? —volvió a la carga Teresa, con talante preocupado, se quitó las gafas y las dejó sobre una mesita esquinera, junto al libro que le ocupaba el tiempo libre.
—No me puedo quejar —se quedó pensativa— aunque es muy duro, tía.
Los ojos se le aguaron y los labios le temblaron.
—Haces lo correcto, para esto te preparaste. Quisiste echarte esta carga en tus hombros, ahora debes seguir adelante —tomó su mano y la palmeó con cariño—, pese cuanto te pese.
Olivia sonrió con dificultad. Había sido una jornada intensa, pero había cumplido con su deber. La ansiedad asentada en su estómago durante toda la jornada empezaba a aflojar. Terminaría acostumbrándose, para eso se había preparado.
—¿Qué pasa con Miguel? Me preguntó si William es tu novio.
Olivia abrió los ojos sorprendida, no creyó que le importara un comino a ese hombre. El par de veces que lo había visto con Ana, le provocaba agarrar a esa mujer de los pelos. ¿Quién se creía ella, para usar esa ropa tan ajustada y tan vulgar, para refregarle el trasero y los pechos a Miguel en cada ocasión? Más importante aún, ¿qué carajos le importaba a ella?
El problema era que le importaba y mucho.
Hubiera pasado lo que hubiera pasado, sentía que Miguel seguía siendo suyo, más allá de todo y así la tratara como a una extraña. Nunca lo olvidó, pero pensó que sus sentimientos se habían diluido con el tiempo y la distancia. Su encuentro hacía meses en la oficina de los esposos Preciado había prendido sus alarmas. No podía mentirse: sus sentimientos hacía Miguel eran intensos e indescriptibles. Su veta posesiva y envidiosa le impedía ver con buenos ojos a las mujeres que se acercaban a él. Mujeres completas, mujeres con las dos piernas que le podrían dar lo que ella ya no podía. Quería sus sonrisas para ella, sus caricias y sus besos solo para ella.
“¡Dios! Eres patética”.
Sabía que no tendría ninguna oportunidad con ese hombre. Además de lisiada, Miguel apenas la toleraba, así no existiera el desfiladero de odio que los separaba y si las circunstancias fueran distintas, lo decepcionaría. Era mejor contar con su rencor. Un rechazo por parte suya, la acabaría.
—Seguro fue simple curiosidad. Miguel me odia —Trató de explicar, triste.
—Es una relación entre el amor y el odio que debe aclararse para evitar más problemas. ¿Qué pasaría si él se vuelve a enamorar de ti?
Olivia soltó un resoplo.
—Créeme, eso no sucederá. Su animada aversión es más fuerte.
—¿Y si nunca ha dejado de amarte? —insistió Teresa—. La línea entre el amor y el odio es muy fina.
—¡Por favor, tía! Estoy segura de que durante estos años él ha hecho cuanto se nos ocurra excepto sufrir de amor por mí.
—¿Por qué no le cuentas tu versión? ¿Por qué no le cuentas lo que te pasó?
Olivia negó con la cabeza. Se levantó de la silla y caminó por la sala en círculos. No quería su lastima, prefería su odio. Antes muerta que permitir que se enterara.
—Hija, puedes ayudar a mil personas a arreglar su vida, pero si evitas arreglar las cosas con Miguel, pierdes tu tiempo.
—¿Cómo puedes decir eso? ¡Amo mi trabajo, es lo que hago!
—Sí, es trabajo, una labor que desempeñas porque para eso te formaste. Y de nada te servirá si no confrontas a Miguel.
—No creo que sea capaz.
—¡Oh sí! Eres capaz de eso y mucho más. El miedo que tienes es que él nunca pueda perdonarte.
¿Cómo la iba a perdonar? Al fin y al cabo ella había sido solo un peón de su padre en esta triste historia. El tiempo le había enseñado muchas cosas, entre ellas, que su padre sí sabía que ella estaba enamorada de Miguel, y en vez de hacer lo que siempre hizo, alejarlo a punta de amenazas, lo dejó estar, para así cumplir sus planes sin interferencias.
Eso era algo que Miguel jamás le perdonaría. Sabía que lo confrontaría, pero ya le había mentido una vez. A estas alturas ¿a quién le importaría?
—Eras una jovencita, Olivia
—Miguel siempre me vio como una mujer. Y yo... yo solo sabía que lo amaba…
—Me cuesta separarme de ti —le decía Miguel embobado con un brillo peculiar en sus ojos —. Cada día es más difícil.
La besó mordisqueándole el labio superior y acariciándole la espalda. Descendió las manos a las nalgas pegándola más a él.
Le iba a acabar los labios si la seguía besando de esa manera, y así se lo manifestó, sin dejar de brindarle la boca.
—Quiero llevarlos conmigo —la miró con deseo de arriba abajo y añadió—: mejor dicho, quiero el paquete entero.
Olivia sonrió, le acarició el cabello húmedo. Era un hombre muy guapo, suspiró al mirar la línea sensual de su mandíbula, la huella de su incipiente barba. Olivia llevó las manos a la cara, siempre con ese impulso loco de tocarlo. Paseó sus labios por las mejillas y le susurró sobre la piel:
—Descarado…
Se unieron en otro beso.
—¿Quieres un chiste para el camino?
—Quiero todo lo que me quieras compartir —la observó con ternura.
—Había una vez un presidente que iba en su helicóptero y le dijo a su mano derecha: ¿Sabes? Voy a tirar desde aquí arriba un billete de 100 dólares para hacer feliz a una persona. No, mejor tiraré dos de 50 para hacer feliz a dos personas. No, mira, mejor tiro cinco de 20 para…
—Mire, mejor tírese usted y hace feliz a todo el país.
Miguel soltó la carcajada.
Olivia recorrió el camino, pensando que el tiempo se le acababa, que no podría mantener a Miguel en la inopia. Pasó el resto de la tarde con Fernanda y la invitó a dormir a su casa, pero el padre de la chica no la dejó.
Esa noche estaba sola en la casa con Rosario, la vieja empleada, más sorda que una tapia y con muy malgenio. A esas horas ya se había retirado a su cama. Sus tíos habían viajado a Bogotá para el fin de semana, iban a darles la sorpresa a sus hijos, que estudiaban en la capital.
Tocaron el timbre.
Olivia ni se inmutó en ver quien era. Se había colocado el pijama más temprano de lo usual y ya estaba cómoda, viendo una telenovela.
Tocaron el timbre de la puerta, otra vez.
“¿Quién será a esta hora?” Su pijama no era indecente, pero tampoco era para recibir visitas. Se acercó al portón. Corrió el seguro para entreabrir la puerta, pero no sucedió.
La puerta fue abierta de par en par.
Y Olivia se encontró con el rostro de uno de los aliados de su padre, quien la miró de arriba a abajo.
—Hola, Olivia —dijo por lo bajo.
—¿Qué quieres? —respondió Olivia.
No quería que ese hombre la visitara, no le gustaba que la relacionaran con semejante tipo, así como tampoco le gustaba la forma en que la miraba el personaje.
—Tú padre me manda a informarte que estará pendiente de ti ahora que tus tíos están en Bogotá.
—Avísale a ese hombre que sé cuidarme sola —hizo el amague de cerrarle la puerta en las narices.
“Otra vez esa maldita mirada”, pensó Olivia al ver cómo la recorría de arriba abajo. Podía jurar que babeaba.
—Ten cuidado, Olivia, podrías arrepentirte. Estás advertida —y sin más se alejó por el caminito de entrada de la casa.
Olivia cerró la puerta de golpe. ¡Estaba harta! ¿Desde cuándo su padre podía tratarla como una posesión? No hallaba la hora de largarse de ese maldito pueblo que solo le había traído desdichas.
Bueno, tampoco podía ser injusta. Allí había conocido al amor de su vida. La familia de Miguel vivía en la zona, sus tíos vivían en el pueblo, no podía cortar lazos así porque sí.
Cuando su padre se enterara…
A Olivia le retumbaba el corazón. Si su padre se enteraba, ¿de qué sería capaz? “Por lo menos el tipejo ese no se postrará en la entrada de la casa”, pensó para sí al oír el encendido del motor y el ruido del auto que se alejaba perderse con el tiempo.
Fue a la cocina por un vaso de agua.
Otra vez el timbre.
“¡Si es ese malnacido, ya verá!”
Se acercó furiosa a la puerta, la abrió con brusquedad, se quedó sin palabras.
Olivia tragó fuerte, sin atreverse a decir algo o actuar.
—Hola —saludó Miguel, nervioso. Llevaba un enorme ramo de rosas.