I H S

S. C. C. M.
Santificada, Cesárea, Católica Majestad,
el Emperador Don Carlos, nuestro Señor Rey:
Nuestra Más Alta y Poderosa Majestad, nuestro Real Soberano, desde la Ciudad de México, capital de la Nueva España, en la Fiesta de Nuestra Señora de los Dolores, en el Año de Nuestro Señor de mil quinientos treinta, os saludo.
Nos, sentimos mucho no poder incluir en estas últimas páginas recolectadas del manuscrito, los dibujos que Vuestra Majestad nos pide en su carta reciente: «esos dibujos de personas, especialmente de mujeres, hechos por el narrador, a los que se ha referido anteriormente en esta crónica». Cuando le preguntamos al indio viejo sobre el paradero de éstos, se rió ante la idea de que esos apuntes triviales e indecentes se hubieran podido guardar aquí o allá en todos estos años, aun si hubiesen tenido algún valor, pues no hubieran podido sobrevivir a través de tantos años.
Nos, nos abstenemos de deplorar las obscenidades que esos dibujos intentarían reproducir, ya que estamos seguros de que si estuvieran disponibles, no conducirían a nada a Vuestra Majestad. Sabemos que el sentido de apreciación de nuestro Imperial Soberano está basado en las obras de arte como las del maestro Matsys, en cuyo retrato de Erasmo, por ejemplo, puede sin ningún error reconocerse el rostro de éste. Las personas retratadas en la forma de pintarrajear de estos indios, no se podrían reconocer ni siquiera como seres humanos, a excepción de algunos pocos de sus más representativos murales y bajorrelieves.
Su Más Alta Majestad ha ordenado anteriormente a su capellán asegurarse con «escritos, tablillas u otros registros» la substancia de las historias narradas en estas páginas. Pero podemos asegurarle, Señor, que el azteca exagera desatinadamente cuando habla de escritura y lectura, de dibujo y pintura. Estos salvajes nunca han creado, poseído o preservado algunas memorias de su historia, aparte de algunos papeles plegados, pieles o artesonados representando multitudes de figuras primitivas tales como las que hacen los niños. Estas representaciones vienen a ser inescrutables para cualquier ojo civilizado y fueron usadas por los indios solamente como un conjunto de preceptos de sus «hombres sabios», que lo garrapateaban para utilizarlo como un estímulo para su memoria, cuando ellos repetían la historia oral de sus tribus o clanes. Una clase de historia bastante dudosa por cierto.
Antes de que este vuestro siervo llegara a estas tierras, los frailes franciscanos enviados cinco años antes por Su Santidad, el último Papa Adriano, ya habían rastreado toda la tierra adyacente a esta ciudad capital. Estos buenos hombres habían recolectado, de cada edificio que todavía estaba en pie, todo aquello que podían considerar como un depósito de registro; muchos miles de «libros» indios, pero no habiendo recibido ninguna disposición para ellos, están pendientes hasta recibir alguna orden de la alta directiva.
Sin embargo, como Obispo delegado de Su Majestad, nosotros mismos examinamos esa voluminosa «biblioteca» y no encontramos ninguno que no tuviera más que figuras chillonas y grotescas. La mayoría de éstas eran seres de pesadilla: bestias, monstruos, falsos dioses, demonios, mariposas, reptiles y otras cosas vulgares de la naturaleza. Algunas de las figuras tenían como propósito representar a seres humanos, pero en ese estilo de arte absurdo que los boloñeses llaman caricatura, y los humanos no se distinguían de los puercos, asnos, gárgolas o cualquier otra cosa que la imaginación pudiera concebir.
Puesto que no había ni una sola palabra que no fuera una fétida superstición y engaños inspirados por el Demonio, nos, hemos ordenado que con los miles y miles de volúmenes y rollos se hiciera una pila en medio de la plaza del mercado de Tlaltelolco y fueran quemados hasta convertirse en cenizas. Nos, esperamos que éste haya sido el fin adecuado a esos archivos paganos y dudamos que hayan quedado algunos otros en todas las regiones de la Nueva España que ya han sido exploradas.
Tomad nota, Señor, que los indios que contemplaban esa hoguera, y que casi todos ellos ahora son cristianos profesos, demostraban sin ninguna vergüenza una gran aversión apesadumbrada y una gran angustia; incluso lloraban mientras miraban la pila ardiente, como si hubieran sido verdaderos cristianos viendo la profanación y la destrucción de las Santas Escrituras. Nos, hemos considerado eso como una evidencia de que estas criaturas no han sido convertidas de todo corazón al Cristianismo como nosotros y la Madre Iglesia desearíamos. Es por esto que este humilde siervo de Vuestra Muy Piadosa y Devota Majestad, todavía tiene y tendrá muchas obligaciones episcopales urgentes, pertinentes a una más intensa propagación de la Fe.
Pedimos a Vuestra Majestad que comprenda que estas obligaciones deben estar por encima de nuestra actuación como auditor y amonestador de la locuacidad del azteca, excepto en nuestros momentos libres que son cada vez menos. Nos, suplicamos también a Vuestra Majestad que comprenda la necesidad de que mandemos ocasionalmente el paquete de páginas sin una carta de comentario y algunas veces sin leerlas previamente.
Que Nuestro Señor Dios preserve la vida y acreciente el reino de Su Sacra Majestad por muchos años más, es la sincera oración de su S. C. C. M. Obispo de México.
(ecce signum) ZUMÁRRAGA