UNDECIMA PARS

¡Ayyo! Después de habernos desdeñado por tanto tiempo, Su Ilustrísima se reúne otra vez con nosotros. Pero creo que puedo adivinar la razón. Ahora voy a empezar a hablar de esos dioses recién llegados y claro está que los dioses son de gran interés para un hombre de Dios. Nos sentimos muy honrados con su presencia, mi Señor Obispo, y para no tomar demasiado del tiempo invaluable de Su Ilustrísima, me apresuraré a contar mi encuentro con esos dioses. Solamente me saldré un poco del asunto para contar mi encuentro, en el camino, con un ser pequeño e insignificante, porque ese ser demostró más tarde no ser tan pequeño.

Dejé Tenochtitlan un día después de mi regreso a casa y lo hice con gran estilo. Ya que la estrella humeante no se veía durante el día, había muchas gentes en las calles, quienes echaban miradas de soslayo a mi cortejo, mientras salía de la ciudad. Llevaba puesto mi feroz yelmo de pico de águila y mi armadura emplumada de campeón Águila y llevaba también mi escudo con el símbolo de mi nombre, trabajado en plumas. Sin embargo, tan pronto como hube cruzado el camino-puente, me quité mi traje y se lo encargué al esclavo que llevaba la bandera con mi rango y mis otras insignias. Me puse una ropa más cómoda para viajar y no me volvía a poner mi fina vestimenta, excepto cuando llegábamos a una que otra comunidad importante a lo largo del camino, y yo deseaba impresionar con mi importancia a los gobernantes locales.

El Uey-Tlatoani me había provisto con una silla de manos dorada y enjoyada, en la cual podía viajar cómodamente cuando estaba cansado de caminar y otra silla de manos llena de regalos para el jefe xiu, Ah Tutal, además de otros regalos que debía presentar a los dioses, si éstos no los despreciaban y si probaban serlo. Además de los hombres que cargaban las sillas de mano y de los cargadores que llevaban nuestras provisiones de viaje, me acompañaba una tropa que Motecuzoma escogió entre los hombres más altos, robustos e imponentes de su guardia de palacio, y todos ellos iban magníficamente vestidos y armados.

Creo que no necesito decir que ningún bandido o villano se atrevió a atacar nuestra caravana; tampoco necesito decir la gran hospitalidad con que fuimos recibidos y regalados cada vez que paramos a lo largo de nuestra ruta. Sólo contaré lo que pasó una noche en que nos detuvimos en Coatzacoalcos, un pueblo-mercado que está en la costa norte, sobre esa tierra angosta comprendida entre los dos océanos.

Llegamos casi a la puesta del sol, en uno de esos días que parecían ser uno de los de más movimiento en el mercado, y por eso no llegamos hasta el centro de la población en donde hubiéramos sido alojados como huéspedes distinguidos. Sólo levantamos un campamento en un lugar para ello, fuera del pueblo, en donde otras caravanas que llegaron más tarde estaban haciendo lo mismo. Una de ellas, la que estaba más cerca de nosotros, era la de un mercader de esclavos que llevaba un considerable número de hombres, mujeres y niños, para venderlos en el mercado. Después de que todos hubimos comido, yo vagué por el campamento de esclavos, medio pensando que quizás podría encontrar uno bueno para reemplazar a mi difunto siervo, Estrella Cantadora, y que quizás pudiera hacer un trato al comprar uno de ellos antes de que los hombres fueran subastados públicamente en el mercado del pueblo, al día siguiente.

El mercader me dijo que había conseguido todo ese hato de seres humanos de dos en dos, en las tierras interiores de Coatlícamac y Cupilco. El cordón de hombres que traía era en realidad un cordón, puesto que viajaban, descansaban, comían y aun dormían, atados unos a otros por una larga cuerda, que cada hombre llevaba atravesada por una argolla que le colgaba del puente de la nariz. Las mujeres y las niñas, sin embargo, andaban libres para poder trabajar en los quehaceres del campamento, prendiendo hogueras, cocinando, acarreando agua y leña y cosas por el estilo. Mientras caminaba por los alrededores, ociosamente poniendo mis ojos sobre la mercancía, una muchachita que llevaba un cántaro de agua con una pequeña jícara, se aproximó tímida y me preguntó con dulce voz: «¿Le gustaría a mi Señor Campeón Águila refrescarse con un trago de agua fresca? En el lado más lejano de este campo hay un arroyo claro que corre hacia el mar y metí mi cántaro lo suficiente como para que todas las impurezas se asentaran en el fondo».

Yo la miré, a través de la jícara mientras bebía. Era una muchacha sencilla del campo, pequeña de estatura y delgada, no muy limpia y vestía una blusa larga hasta la rodilla de tela corriente. Sin embargo no era de complexión oscura ni tosca, era bastante bonita, en la forma en que puede serlo una adolescente cuyas líneas todavía son suaves y no están bien formadas. Ella, a diferencia de todas las demás mujeres del campamento, no estaba mascando tzictli y obviamente no era una ignorante, como se hubiera esperado. «Me hablas en náhuatl —le dije—. ¿Cómo llegaste a aprenderlo?». La muchacha, con una expresión de tristeza, murmuró: «Una viaja mucho, siendo, repetidamente, comprada y vendida. Por lo menos así se educa de cierta manera. Yo nací hablando la lengua de Coatlícamac, mi señor, pero he aprendido algunos dialectos maya y la lengua de los mercaderes, el náhuatl». Yo le pregunté cómo se llamaba y ella me respondió: «Ce-Malinali». «¿Uno-Hierba? —dije—. Eso es sólo la fecha del calendario, por lo tanto sólo medio nombre». «Sí —dijo ella suspirando trágicamente—. Hasta los hijos de los esclavos reciben un nombre en su cumpleaños número siete, pero yo no. Yo estoy todavía más abajo de un esclavo nacido de esclavos. Señor Campeón. He sido huérfana desde mi nacimiento».

Y me lo explicó. Su desconocida madre había sido una mujerzuela que había quedado embarazada de alguno de los hombres con quien había ido a ahorcajarse al camino. La mujer había dado a luz en el surco de un campo de labranza, un día, mientras trabajaba allí, y luego, como si hubiese simplemente defecado, había dejado a la recién nacida allí, sin importarle en lo más mínimo, como si sólo hubiera dejado su excremento. Otra mujer, con más corazón o quizás porque ella misma no podía tener hijos, encontró al bebé abandonado antes de que pereciera, se lo llevó a su casa y lo socorrió.

«Pero ya no me acuerdo de quien tan bondadosamente me recogió —dijo Ce-Malinali—. Yo era muy pequeña cuando ella me vendió, por maíz, para poder comer, y desde entonces he pasado de amo en amo. —Ella me miró como quien ha sufrido mucho, pero ha perseverado—. Sólo sé que nací el día Uno-Hierba del año Cinco-Casa». Yo exclamé: «Vaya, ése fue el mismo día y año en que mi hija nació en Tenochtitlan. Ella también fue Ce-Malinali hasta que recibió el nombre de Zyanya-Nochipa a la edad de siete años. Tú eres muy pequeña para tu edad, niña, pero tienes exactamente la edad que ella…». La muchacha me interrumpió con excitación: «¡Entonces, quizás usted me compre, Señor Campeón, para ser la criada personal y la compañía de su joven y señora hija!». «Ayya —dije con pena—. Esa otra Ce-Malinali… murió… hace casi tres años…». «Entonces cómpreme para ser una sirviente en su casa —me urgió—. O para esperar por usted, en la casa, como su hija lo hubiera hecho. Lléveme con usted cuando regrese a Tenochtitlan. Haré cualquier clase de trabajo, o —y ella bajó modestamente los ojos— si mi señor no desea de mí ningún servicio como hija, puede utilizar mi agujero. —Como en ese momento estaba tomando otra vez un sorbo de agua, lo eché fuera. Ella continuó con rapidez—: O puede revenderme en Tenochtitlan, mi señor, quizás entre los viejos raboverdes». Yo dejé caer: «Bribonzuela impertinente, la mujer que yo desee ardientemente, ¡no necesito comprarla!». No se sintió afectada ante mis palabras, sino que dijo con ardor: «¡Yo tampoco deseo ser vendida nada más por mi cuerpo, Señor Campeón! Tengo otras cualidades, yo lo sé, y anhelo tener la oportunidad para hacer uso de ellas. —Se agarró de mi brazo para enfatizar su ruego—. Deseo ir a donde sea apreciada, no solamente por ser mujer; deseo probar fortuna en una gran ciudad. Tengo ambiciones, mi señor, tengo sueños, pero serán vanos si estoy condenada a ser una esclava para siempre en estas secas provincias». Yo dije: «Un esclavo es siempre un esclavo, aun en Tenochtitlan». «No siempre, no necesariamente para siempre —insistió ella—. En una ciudad, con hombres civilizados, quizás mi valía, mi inteligencia y mis aspiraciones podrán ser reconocidas. Un señor podría elevarme a la posición de concubina y aún más, podría hacerme una mujer libre. ¿No han dado algunos señores la libertad a sus esclavos, cuando éstos han demostrado merecerlo?». Le dije que sí, que inclusive yo lo había hecho una vez.

«Sí —me dijo, como si hubiera arrancado una concesión de mí. Y oprimiendo mi brazo, con voz persuasiva me dijo—: Usted no necesita una concubina, Señor Campeón. Usted es un hombre fuerte y bien parecido, lo suficiente como para no tener que comprar una mujer, pero hay otros hombres, viejos o feos, quienes deben hacerlo y lo hacen. Usted me puede vender a uno de ellos en Tenochtitlan y sacar una buena ganancia».

Supongo que debía de haber sentido simpatía por esa muchacha, pues yo también había sido joven una vez y también había estado lleno de ambición y anhelando probar fortuna en la más grande de todas las ciudades. Pero había algo tan duro y tan intenso en la forma en que Ce-Malinali trataba de congraciarse, que me dio la impresión de que ella no suplicaba. Así es que le dije: «Parece que tienes una gran opinión de ti misma y una opinión muy baja de los hombres». Se encogió de hombros. «Los hombres siempre han usado a las mujeres para tener placer. ¿Por qué una mujer no habría de usar a los hombres para avanzar en la vida? Por otra parte, a mí no me gusta el acto sexual, pero puedo pretender que sí lo disfruto, y aunque todavía no he sido usada muy a menudo, puedo llegar a ser muy buena en eso. Si ese talento me puede ayudar a salir de la esclavitud… bueno… He oído que una concubina de un gran señor puede llegar a gozar de más privilegios y poder que su legítima primera esposa. Y aun al Venerado Orador de los mexica le gusta coleccionar concubinas, ¿no es así?». Yo me reí: «Ah, pequeña perra, sí que tienes grandes ambiciones». Ella dijo agriamente: «Yo sé que puedo ofrecer más de un agujero entre mis piernas, aunque todavía esté lo suficientemente suave y cerrado. ¡Un hombre puede comprar una perra techichi y tener también eso!». Me liberé de la garra que apretaba mi brazo. «Recuerda esto, muchacha. Algunas veces un hombre conserva a un perro sólo por el afecto de su compañía. No puedo ver ninguna capacidad de afecto en ti. Un techichi puede ser también un alimento nutritivo. Tú no estás limpia ni eres lo suficientemente apetitosa como para cocinarte. Solamente eres una rapaz de una región apartada, sin nada que ofrecer a excepción de tus ventosas jactancias, una codicia bien escondida y una idea patética de tu propia importancia. Tú misma admites que ni siquiera te gustaría emplear ese agujero apretado del que tanto haces gala y que es la única cosa por la que vales. En lo único en que tú estás por encima de tus hermanas esclavas es solamente en tus vanas presunciones». Me dijo con rabia: «¡Podría ir adonde está el río y bañarme hasta estar más que limpia, podría también hacerme apetitosa y tú no podrías rechazarme! ¡Con ropa fina podría pasar perfectamente como una señora! ¡Puedo pretender tanto afecto que hasta tú lo creerías! —Hizo una pausa y entonces se burló sonriendo—: ¿Qué otra mujer pudo haber hecho algo más por ti, mi señor, cuando ella aspiraba a ser algo más que el recipiente de tu tepule?».

Mis dedos se crisparon con el deseo de castigar su impertinencia, pero aquella esclava desaliñada ya era lo suficientemente grande como para ser golpeada como una niña y demasiado joven para ser azotada como una mujer. Así es que sólo puse mis manos sobre sus hombros, pero las sostuve allí lo más fuerte que pude para causarle daño y le dije entre dientes: «Es verdad que he conocido a otras mujeres como tú; venales, falsas y llenas de perfidia, pero he conocido a otras que no lo fueron. Una de ellas fue mi hija, que nació con el mismo nombre que tú llevas y si ella hubiera vivido se habría hecho un nombre del que hubiese estado orgullosa». No pude reprimir la ira que me llegaba como oleadas y mi voz se levantó al decir: «¿Por qué ella tuvo que morir, mientras tú estás viva?».

Sacudí tan fieramente a Ce-Malinali que ella dejó caer su cántaro de agua, que se rompió entre el ruido del barro y el agua, pero no presté atención a ese hecho de mala suerte. Grité tan fuerte que varias cabezas se volvieron hacia donde estábamos y el mercader de esclavos llegó corriendo para suplicarme que no maltratara la mercancía. Creo que en ese momento, se me concedió por un breve tiempo la visión de los adivinos-que-ven-a-lo-lejos, pues como si viera el futuro le grité: «¡Tú harás que ese nombre sea vil, sucio y despreciable y toda la gente al pronunciarlo escupirá en él!».

Noto la impaciencia de Su Ilustrísima porque me he detenido en ese encuentro que parecía no significar nada, pero ese episodio aunque breve, no es trivial. Quién era esa muchacha, lo que ella llegó a ser cuando fue adulta y por último a qué la llevó su precoz ambición, todas esas cosas son de lo más significativo. Si no hubiera sido por esa muchacha, podría ser que Su Ilustrísima, no fuera ahora nuestro ilustre Obispo de México.

Sin embargo, cuando me fui a dormir esa misma noche, bajo la estrella humeante de mal agüero que colgaba arriba en el cielo negro, ya había olvidado totalmente a la muchacha. Al día siguiente nuestra caravana se puso en camino, más allá de Coatzacoalcos y manteniéndonos sobre la costa pasamos las ciudades de Xicalanca y Kimpech, y por último llegamos al lugar en donde se suponía que nos esperaban los dioses, el pueblo llamado Tihó, capital de los xiu, una tribu maya que estaba al extremo norte de la península de Uluümil Kutz. Llegué en todo el esplendor de mi traje de campeón Águila e insignias, y por supuesto que fuimos respetuosamente recibidos por la guardia personal del jefe xiu, Ah Tutal, y conducidos en solemne procesión a través de todas las calles de esa ciudad blanca, hasta su palacio. No era realmente un palacio, ya que no se puede esperar mucho de esos descendientes de los maya, pero sus edificios de adobe, de una sola planta y con techos de palma tejida, como todos los demás del pueblo, relucían con su cubierta de cal blanca, y los edificios del palacio estaban distribuidos en un cuadrado alrededor de un patio interior.

Ah Tutal era un señor noble más o menos de mi edad, completamente bizco, quien quedó adecuadamente impresionado con los regalos que le mandó Motecuzoma, y como era lo debido me recibió con un festín; mientras comíamos conversamos acerca de su salud, de la mía, de todas nuestras relaciones y de nuestros amigos. No nos hubiéramos preocupado lo más mínimo por esos intercambios triviales, pero el propósito de eso era medir mis conocimientos en su dialecto maya. Cuando más o menos habíamos determinado la extensión de mi vocabulario en xiu, empezamos a hablar sobre la razón de mi visita.

«Señor Madre —le dije, pues ése era el título (ridículo) adecuado para dirigirse a cualquier jefe de cualquier comunidad en esos lugares—, dígame usted, ¿esos forasteros recién llegados, son dioses?». «Campeón Ek Muyal —dijo el Madre, utilizando mi nombre en el lenguaje maya—, cuando mandé avisar a su Venerado Orador, estaba seguro de que lo eran, pero ahora…». Y puso cara de incertidumbre. Le pregunté: «¿Cree usted que alguno de ellos pueda ser el dios Quetzacóatl, quien se fue hace mucho tiempo, prometiendo que regresaría; el dios que ustedes llaman en estas tierras Kukulkán?». «No. De ningún modo, ninguno de esos forasteros tiene la forma de la Serpiente Emplumada. —Luego suspiró y encogiéndose de hombros dijo—: De todas maneras, si no hay un aspecto exterior como para maravillarnos, ¿cómo podemos reconocer a un dios? Estos dos parecen humanos en apariencia, aunque tienen mucho pelo y más largo de lo normal. Son más altos que nosotros». Yo dije: «De acuerdo con la tradición, otros dioses han adoptado cuerpos humanos para visitar el mundo de los mortales. Ellos, comprensiblemente, podrían adoptar cuerpos con apariencia estremecedora». Ah Tutal continuó: «Fueron cuatro los que llegaron en esas extrañas canoas y que fueron arrojados a nuestras playas, más al norte. Pero cuando fueron traídos en sillas de manos a Tihó, descubrimos que dos de ellos estaban muertos. ¿Pueden los dioses morir?». «Morir… —dije reflexionando—. ¿No podría ser que ellos no estuvieran todavía vivos? Quizás traían esos dos cuerpos de repuesto, así cuando desearan un cambio podrían mutar de cuerpos». «Nunca se me ocurrió eso —dijo Ah Tutal sintiéndose incómodo—. Claro que sus hábitos y apetitos son muy peculiares y su lenguaje es incomprensible. ¿Qué dioses se toman la molestia de aparecer como mortales, y no la de hablar como los humanos?». «Aquí hay muchos y diversos lenguajes humanos, Señor Madre. Pudieron haber escogido un lenguaje que no sea comprensible en estas regiones, pero que quizás yo pueda reconocer por los muchos viajes que he hecho en todas partes». «Señor Campeón —dijo el jefe un poco impertinente—, usted tiene tantos argumentos como cualquier sacerdote. ¿Pero usted puede darme alguna razón por la cual esos dos seres rehúsan bañarse?».

Pensé acerca de eso. «¿Quiere decir, en agua?». Se me quedó mirando como si se preguntara si Motecuzoma no le habría mandado como emisario al bufón de su corte. Él dijo, pronunciando con mucha precisión: «Sí, en agua. ¿Qué otra cosa cree usted que quise decir por bañarse?». Carraspeé disculpándome y dije: «¿Y cómo sabe usted si los dioses no están acostumbrados a bañarse más que en puro aire? ¿O quizás sólo con luz del sol?». «¡Porque ellos apestan! —dijo Ah Tutal, triunfalmente y disgustado a la vez—. Sus cuerpos huelen a viejos humores, a sudor, a aliento rancio y a suciedad pegada. Y como si eso no fuera poco, y ya bastante malo, parecen contentarse en vaciar sus vejigas y tripas por una ventana que está en la parte de atrás de sus cuartos, y muy contentos también en dejar que esa porquería se acumule allí con el hedor insoportable que eso despide. Parece que los dos no están familiarizados con la limpieza, ni con la libertad, ni con la buena comida que les servimos». Dije: «¿Qué quiere usted decir con eso de que no están familiarizados con la libertad?».

Ah Tutal apuntó a través de una de las ventanas, que estaban en el lado opuesto de la sala del trono, indicando otro edificio bajo que estaba del otro lado del patio. «Ellos están allí. Permanecen siempre allí». Exclamé: «¿Seguro que usted no tiene a los dioses en cautividad?». «¡No, no, no! Ellos así lo desean. Le digo a usted que sus conductas son de lo más excéntrico. Desde que se les ofreció esos cuartos, desde su llegada, no han salido de ellos». Yo dije: «Perdone usted la pregunta, Señor Madre, pero ¿no serían tratados con rudeza cuando llegaron?». Ah Tutal me miró ofendido y dijo fríamente: «Desde un principio ellos han sido tratados con cordialidad, consideración y aun reverencia. Como ya le dije, dos de ellos ya estaban muertos cuando llegaron aquí, o por lo menos convencieron a nuestros mejores físicos de que estaban totalmente muertos. Así es que, de acuerdo a nuestra costumbre civilizada, les rendimos a cada uno de ellos un funeral honroso y devoto, incluyendo la ceremonia de cocinar y comer las partes más estimables y sus órganos. Fue entonces cuando los otros dos dioses vivos corrieron a encerrarse a sus cuartos y desde entonces han estado allí tercamente». Yo me aventuré a decir: «Quizás se molestaron porque ustedes dispusieron rápidamente de lo que pudieron haber sido sus cuerpos de repuesto». Ah Tutal dejó caer sus manos en un gesto de exasperación y dijo: «Pues bien, su propio confinamiento hubiera hecho que los cuerpos que ahora llevan se hubieran muerto de hambre, si yo no les hubiese mandado regularmente sirvientes llevando comida y bebidas. Aun así, sólo han comido muy frugalmente; frutas, vegetales y maíz, pero no han comido ninguna clase de carne, ni siquiera la deliciosa carne del tapir y del manatí. Campeón Ek Muyal, créame que he tratado continuamente de averiguar sus preferencias en todas las cosas, pero debo confesarle que me siento frustrado. Por ejemplo, tome en cuenta el asunto de las mujeres…». Le interrumpí: «¿Usan a las mujeres como los demás hombres?». «Sí, sí, sí —dijo con impaciencia—. De acuerdo con lo que dicen las mujeres, son humanos y hombres en todo excepto por su pelo excesivo. Y me atrevería a decir que cualquier dios que tiene todo lo que tiene el hombre, va a ocupar eso en la misma forma en que lo hace el hombre. Si usted piensa acerca de ello, Señor Campeón, convendrá conmigo, en que ni siquiera un dios podrá utilizar eso en otra forma diferente». «Por supuesto que usted tiene razón, Señor Madre. Continúe usted». «Pues les he estado mandando continuamente mujeres y muchachas, dos al mismo tiempo, pero hasta ahora los forasteros no han retenido a ninguna de ellas por más de dos o tres noches consecutivas. Las han seguido echando afuera, para que yo siga mandándoles otras, por lo menos eso es lo que supongo y eso es lo que he estado haciendo. Parece que ninguna de nuestras mujeres satisface a ninguno de ellos por largo tiempo. Si con eso están sugiriendo o tienen la esperanza de que les mande alguna clase de mujer particular o peculiar, no tengo la forma de saber qué clase sería y dónde la podría conseguir. Una noche les mandé dos muchachos muy bonitos y los huéspedes provocaron una conmoción aterradora, les pegaron y los arrojaron fuera. Y ahora no quedan más mujeres a quienes echar mano, aquí en Tihó ni en los alrededores, para poder mandárselas. Ellos ya han tenido a todas las esposas e hijas de la mayoría de los xiu, a excepción de mi familia y de las de otros nobles. Y para colmo, estoy corriendo el riesgo de que todas nuestras mujeres se rebelen, ya que tengo que usar la fuerza bruta para obligar hasta a la esclava más baja a entrar en esa fétida caverna. Las mujeres dicen que la peor cosa que tienen esos forasteros, y la más innatural, es que hasta en sus partes privadas tienen pelo y que los forasteros huelen todavía peor ahí, en esas partes, que lo que huelen sus sobacos y sus alientos. Oh, yo sé que su Venerado Orador dice que me debo considerar altamente favorecido y muy honrado por hospedar a esos dos dioses o lo que sean, pero yo quisiera que Motecuzoma estuviera aquí, tratando de utilizar toda su habilidad para custodiar a estos huéspedes tan pestilentes. Créame, Campeón Ek Muyal, cuando le digo que he llegado a considerar ese honor ¡como una desgracia y un fastidio! ¿Y por cuánto tiempo vamos a seguir así? Ya no los quiero más aquí, pero no me atrevo echarlos fuera. Les doy gracias a todos los demás dioses porque se me ocurrió darles a esos dos mugrosos esas habitaciones al otro lado del patio de palacio, pero aun así, al capricho del dios del viento, me llegan los tufos de esos seres desagradables, tan fuertemente que casi me hacen caer al suelo. Un día o más, el hedor no necesitará del viento para venir arrastrándose hacia acá. En estos precisos momentos, algunos de mis cortesanos están horriblemente enfermos de una enfermedad, que los físicos dicen que antes jamás se había visto en estas tierras. Personalmente, yo creo que todos nos estamos intoxicando al oler la pestilencia de esos extranjeros sucios. Y tengo la fuerte sospecha de que la razón por la que Motecuzoma me mandó tantos regalos es porque tiene la esperanza de que yo mantenga a estos dos, bien lejos de su limpia ciudad. Y además de eso, podría decir…». «Usted lo ha hecho todo muy bien, Señor Madre —le dije rápidamente, para poder detener toda esa recitación de quejas—. Por mucho tiempo usted ha sobrellevado esa responsabilidad y todo el honor debe recaer sobre usted, pero ahora que yo estoy aquí podría ayudarle con algunas sugestiones. Primero que nada, antes de que yo sea presentado formalmente a esos seres, me gustaría tener una oportunidad para escuchar cómo hablan, sin que ellos lo sepan». «Eso es muy fácil —refunfuñó Ah Tutal—. Sólo cruce el patio, y párese junto a una de las ventanas en donde ellos no lo puedan ver, pues durante el día lo único que hacen allí es charlar incesantemente como si fueran monos. Lo único que le aconsejo es que se tape la nariz».

Yo sonreí indulgentemente mientras me disculpaba por dejar su presencia, pues pensaba que el Señor Madre estaba exagerando en ese respecto, como en algunas otras de sus actitudes enojadas hacia los extranjeros, pero estaba equivocado. Cuando me acerqué a sus cuartos, el olor nauseabundo casi hace que devuelva toda la comida que acababa de ingerir. Estornudé para limpiar mi nariz y luego tapándomela con mis dedos, me escurrí con prisa contra la pared del edificio. Había voces murmurando y yo me pegué lo más cerca que pude a la abertura de la puerta, para poder distinguir las palabras ininteligibles. Como ya habrá supuesto Su Ilustrísima, en aquel tiempo los sonidos de la lengua española no significaban nada para mí, como muy pronto lo verifiqué, pero como yo sabía que ese momento sería histórico, me paré traspasado por cierto temor, para oír, memorizar y recordar hasta hoy, las palabras enfáticas de ese ser, nuevo y extraño que muy bien pudiera ser un dios. «Os juro por Santiago, ¡que ya estoy harto de chingar con estas putas lampiñas!». Y la otra voz dijo…

¡Ayya!

Usted me espantó, Su Ilustrísima. Saltó con tanta agilidad para un hombre que ya ha llegado a la edad de los nuncas, que francamente le envidio.

Con todo mi respeto, Su Ilustrísima, tengo que decirle con pena que no puedo retractarme de esas palabras, ni pedir disculpas por ellas, ya que yo no las pronuncié. Yo sólo las memoricé ese día, como lo haría un perico, repitiendo los sonidos. Un perico sería inocente al repetir esas palabras, aun en su iglesia catedral, Su Ilustrísima, porque un perico no puede saber lo que significan. Hasta el perico más inteligente no podría saberlo, porque, verá usted, una perica no posee lo que usted adecuadamente llamaría…

Muy bien, Su Ilustrísima, no insistiré más sobre este asunto y me cuidaré mucho de repetir los sonidos exactos, hechos por el otro forastero. Pero éste también, como el otro, dijo que echaba de menos y por mucho tiempo, los servicios de una buena puta castellana, con bastante pelo en sus partes inferiores. Y fue todo lo que pude oír, pues me sentí muy enfermo por el olor y temí que mi presencia fuera descubierta. Corrí lo más rápido que pude a la sala del trono, para tomar un poco de aire fresco cuando entré, y una vez allí le dije al jefe Ah Tutal: «Verdaderamente usted no exageró al hablar de sus fragancias, Señor Madre. Debo verlos y tratar de hablar con ellos, pero de veras que prefiero hacerlo en lugar abierto». Él dijo: «Puedo ponerles alguna droga en su próxima comida y sacarlos de ese fétido lugar cuando estén dormidos». «No es necesario —le dije—. Mis guardias pueden sacarlos ahora mismo». «¿Y pondrán sus manos sobre los dioses?». «Bueno, si al tocarlos les dejan caer un rayo de luz y los matan —dije— por lo menos sabremos al fin que son dioses».

Ellos no hicieron eso. Aunque forcejearon y dieron chillidos, cuando fueron sacados por la fuerza de sus cuartos, al patio abierto, los dos forasteros no se sintieron tan disgustados como lo estaban mis guardias, quienes con mucha dificultad detenían sus vómitos. Cuando sus captores musculosos los soltaron, ninguno de los dos saltó enojado o hizo algunos sonidos amenazantes o alguna hechicería que se pudiera reconocer; simplemente cayeron de rodillas delante de mí y empezaron a farfullar patéticamente e hicieron extraños gestos con sus manos, primero entrelazándolas enfrente de sus caras, luego moviéndolas como repitiendo un cierto patrón. Por supuesto que ahora ya sé que lo que estaban haciendo era recitar una oración Cristiana en latín con sus manos entrelazadas, y luego hicieron frenéticamente el signo de la cruz Cristiana, de su frente a su pecho y luego hacia sus hombros.

Tampoco me tomó mucho tiempo el adivinar que ellos se habían estado escondiendo todo ese tiempo, sintiéndose seguros en sus cuartos, porque se habían asustado ante las buenas intenciones de los xiu, para con sus dos compañeros muertos. Si los forasteros se habían sentido aterrados por los xiu, que son gente sencilla de costumbres simples, ya se pueden ustedes imaginar que casi cayeron medio muertos del susto cuando de repente se enfrentaron conmigo y mis mexica, todos ellos hombres altos y malencarados, guerreros fieramente adornados con sus trajes de batalla, sus yelmos, plumas y armas de obsidiana.

Por un tiempo, yo solamente los observé a través de mi cristal, lo que hizo que temblaran más notoriamente. Ahora ya estoy más acostumbrado y resignado a la apariencia tan desagradable de los hombres blancos, pero en aquel entonces no lo estaba y ambos me intrigaron y me repugnaron a la vez, por la blancura de cal de la piel de su rostro, pues en nuestro Único Mundo, blanco era el color de la muerte y del luto. Ningún ser humano era de ese color, excepto por los muy poco frecuentes monstruos tlacaztali. Bueno, esos dos tenían por lo menos ojos pardos o negros, de humano, o pelo negro o pardo aunque feamente rizado y de arriba de sus cabezas el pelo les crecía, de la misma manera, en sus mejillas, sobre sus labios, en sus barbillas y gargantas. Lo demás de ellos estaba escondido por lo que parecía ser un montón de ropas en desorden, aunque ahora sé que eran camisas, justillos, calzones, guanteletes, botas y cosas por el estilo, pero aun así, me parecía que sus ropas eran excesivamente pesadas, ceñidas y probablemente muy incómodas en comparación con la que acostumbraban a utilizar a diario nuestros hombres, el simple taparrabo y el manto, ambos muy ligeros.

«Desvestidlos», ordené a los guardias, quienes me miraron con indignación y refunfuñaron antes de cumplir mi orden. Los dos forasteros, otra vez, forcejearon y chillaron aún más fuerte, como si los estuvieran desollando en lugar de quitarles las ropas de tela y cuero. Nosotros, los que observábamos, éramos los que deberíamos habernos quejado, pues cada ropa mugrosa que era quitada nos traía un nuevo olor todavía más repugnante. Y cuando les quitaron las botas —¡yya ayya!—, cuando las botas salieron, todos los que estábamos en el patio del palacio, incluyéndome a mí, nos retiramos lo más rápido que pudimos y lo más lejos también, de tal manera que los dos forasteros quedaron, vilmente desnudos, en el centro de un círculo extremadamente amplio y distante de espectadores.

Ya antes les he hablado con desprecio de la mugre y la miseria de los chichimeca, los moradores del desierto, pero también les expliqué que su suciedad era el resultado de las circunstancias en que vivían, pero ellos se bañaban, peinaban y arreglaban cuando tenían las facilidades para hacerlo. Así que los chichimeca olían a flores de jardín en comparación con los hombres blancos, quienes parecían preferir su repulsión y temían la limpieza como un signo de debilidad o afeminamiento. Por supuesto, que sólo hablo de los soldados blancos. Su Ilustrísima, quienes todos ellos, desde el de rango más bajo hasta su comandante Cortés, compartían esa vergonzosa excentricidad. No estoy muy bien familiarizado con los hábitos de limpieza de las clases más altas, como Su Ilustrísima, pero muy pronto me di cuenta de que esos caballeros, utilizan con liberalidad perfumes y pomadas para disimular el olor del sudor, queriendo dar la impresión de que se bañan frecuentemente.

Los dos extranjeros no eran gigantes, como Ah Tutal los había descrito y como yo había esperado. Sólo uno de ellos era un poco más alto que yo y el otro era más o menos de mi estatura, lo que significaba que en realidad ellos eran más altos que el promedio de hombres de estas tierras. Sin embargo, estaban parados allí, encorvados y temblorosos, como niños que esperaran una tunda de azotes y protegían sus genitales con las dos manos, como si fueran un par de doncellas temerosas de ser violadas, así es que la altura de sus cuerpos quedaba muy menguada. Y lo que es más, se veían miserablemente debiluchos, pues la piel de sus cuerpos era todavía más blanca que la de sus caras. Le dije a Ah Tutal: «Nunca podré acercarme lo suficiente para interrogarles, Señor Madre, hasta que ellos no se hayan bañado. Si no lo hacen por sí mismos, entonces nosotros debemos hacerlo por ellos». Él me dijo: «Francamente le diré, Campeón Ek Muyal, que en la forma en que huelen, así desvestidos, tengo que declinar el honor de permitir que utilicen las tinas de baño y las casas de vapor. Créame usted que tendría que destruirlas y volverlas a construir». «Estoy completamente de acuerdo con usted —le dije—. Simplemente dé la orden a sus esclavos de que traigan agua y jabón y los bañen aquí mismo».

A pesar de que el jefe de los esclavos usó agua tibia, jabón de cenizas y suaves esponjas de baño, los objetos de su atención se defendían lanzando alaridos como si los hubiesen estado engrasando para asarlos o como si les escaldaran el pellejo como se le hace al verracoespín para poder quitarle más fácilmente sus púas. Mientras todo ese estrépito se llevaba a efecto, yo hablé con cierto número de mujeres y muchachas tiho, quienes habían pasado una noche o más con los forasteros. Éstas habían aprendido algunas palabras del lenguaje de ellos y me las dijeron, pero sólo eran nuevas palabras para tepili y tepule, el acto sexual y demás, palabras que no me eran muy útiles en un interrogatorio formal. Las mujeres también me confiaron que los miembros de los forasteros estaban proporcionados a su estatura y así es que cuando estaban en erección eran admirablemente inmensos, comparados con los miembros usuales de los xiu, pero ninguna mujer se deleitó al tener ese gran tepule a su servicio, según ellas mismas me dijeron, pues estaban tan rancios por la suciedad acumulada durante toda su vida, que daban ganas de vomitar ante su vista o su olor. Como una muchacha hizo notar: «Sólo una hembra buitre podría disfrutar realmente el copular con una de esas criaturas».

Sin embargo, aunque las mujeres sintieron repugnancia, hicieron sumisamente todo lo mejor que sabían para ofrecerles la mejor hospitalidad femenina, pero quedaron muy perplejas ante los aspavientos y los rechazos que los forasteros hacían, desaprobando algunos de esos ofrecimientos íntimos. Por lo visto, dijeron las mujeres, los extranjeros sólo sabían una manera y una posición para tomar y dar placer, y, tan vergonzosos y tercos como muchachitos, rehusaron ensayar alguna otra variación.

Aunque hubiera muchas evidencias que proclamaran que los extranjeros eran dioses, ese testimonio de las mujeres me hubiera hecho dudarlo, puesto que por lo que yo sabía de los dioses, no eran en lo más mínimo gazmoños en la manera de satisfacer sus lujurias. Así es que muy pronto sospeché que los extranjeros eran alguna otra cosa, pero no dioses, y no fue sino hasta mucho más tarde que supe que solamente eran buenos Cristianos. Su ignorancia y su inexperiencia en las diversas maneras de hacer el acto sexual, sólo reflejaba su adherencia a la moralidad Cristiana y a lo que en ella se consideraba normal, y no he conocido jamás a ningún español que se desvíe de esa estricta norma aun cuando esté cometiendo, en una forma ruda y tumultuosa, un acto de violación. Con toda verdad puedo decir que nunca vi violar a nuestras mujeres, aun por el soldado más bajo, más que por un único orificio y en la única posición permitida a los Cristianos.

Aunque se les dio a los dos forasteros tanta limpieza como fue posible, algunas de sus partes siguieron hediendo por uno o dos días más, y no eran todavía lo que se dice una agradable compañía. Los esclavos no pudieron hacer mucho, con sólo jabón y agua, para quitarles la capa verde que cubría sus dientes y mal aliento, por ejemplo, pero se les dieron mantos limpios, y la miasma de sus ropas, que casi se sostenían por sí solas de la mugre, fueron quemadas. Mis guardias guiaron a los dos hombres al rincón en donde estábamos, sentados en nuestras sillas bajas, Ah Tutal y yo, y los empujaron para que se sentaran en el suelo enfrente de nosotros.

Ah Tutal, muy inteligentemente había preparado una de esas jarras perforadas para fumar, llenas con rico pocíetl y otras hierbas varias olorosas. Cuando él hubo encendido esa mezcla, los dos metimos nuestras cañas por los agujeros y aspiramos, dejando salir nubes de humo aromático, con el fin de formar una cortina de olor para resguardarnos del mal olor de los sujetos a quienes íbamos a entrevistar. Cuando los vi temblando, supuse que sería por el frío causado por sus cuerpos al secarse o quizás ante el choque estremecedor al haber recibido un baño. Después supe que estaban aterrorizados al ver, por primera vez, «a hombres respirando fuego».

Bien, si a ellos no les gustaba nuestro aspecto, a mí no me gustaba en absoluto el suyo. Sus rostros estaban todavía más pálidos desde que habían perdido varias capas de mugre incrustada, y la piel que se veía a través de sus barbas, no era de una complexión lisa como la de nosotros. Uno de los hombres tenía la cara toda picada, como si hubiera sido un pedazo de roca volcánica, y la del otro estaba llena de granitos, bolas y pústulas abiertas. Cuando yo supe lo suficiente de su idioma como para hacer una pregunta discreta sobre eso, se encogieron de hombros indiferentemente y dijeron que casi toda la gente de su raza, hombres y mujeres por igual, sufrían alguna vez en su vida las «pequeñas viruelas». Algunos morían de esa enfermedad, nos dijeron, pero la mayoría no sufría más que esa desfiguración facial, y puesto que la mayoría estaba igualmente afectada por eso, no sentían que fuera denigrante para su belleza. Quizás ellos no, pero yo sí pienso que es una de las cosas más desagradables a la vista, o por lo menos lo pensé en aquellos momentos. Hasta nuestros días, cuando ahora tanta gente de mi propia raza se ve desfigurada por esos granos, como piedras volcánicas, trato de no retroceder ante su vista.

Usualmente empezaba a aprender algún lenguaje extranjero apuntando los objetos que se hallaban cerca de mí, y animando a las personas que hablaban esos lenguajes a decirme los nombres con que ellos los conocían. Había una muchacha esclava que en esos momentos acababa de servirnos nuestro chocólatl a Ah Tutal y a mí, así que la detuve y la atraje y levantándole la falda, apunté a sus partes femeninas y dije… dije lo que ahora sé que es la palabra menos apropiada en español. Los dos forasteros parecieron sorprenderse mucho y apenarse un poco. Luego apunté a mi propio corchete, que ahora sé que es la mejor palabra para decirla en público, aunque yo dije otra.

Entonces yo fui el que me sorprendí mucho. Los dos se enconcharon hasta sus pies, mirándome con ojos muy abiertos y aterrados. Entonces comprendí su pánico y no pude evitar el soltar la carcajada. Obviamente pensaron que si podía mandar restregarlos con tanta facilidad, también podía dar la orden de que los castraran por haberse aprovechado de las mujeres de la localidad. Todavía riéndome, negué con mi cabeza y les hice gestos para que se sosegaran. Apunté a la horquilla de la muchacha y a mi corchete y dije «tepili» y «tepuli». Después, apuntándome a la nariz, dije «yacatl». Los dos dieron signos de haber descansado y asintieron el uno al otro comprendiendo; uno de ellos apuntando también dijo «nariz». Ellos dieron muestras de quitarse un gran peso de encima y empezaron a enseñarme el último y nuevo lenguaje, que jamás hubiera tenido necesidad de conocer.

Esa primera sesión no terminó hasta que ya había oscurecido y cuando ellos empezaron a quedarse dormidos entre las palabras. Sin duda su vigor se había visto menguado por el baño, quizás el primero en toda su vida, así es que dejé que volvieran a sus cuartos, dando traspiés, para poder dormir. Sin embargo, los desperté muy temprano a la mañana siguiente y después de recibir su olor, les di a escoger entre bañarse ellos mismos o ser restregados a la fuerza otra vez. Aunque me miraron perplejos y disgustados, como dando a entender que nadie debería pasar por una cosa tan horrible dos veces en su vida, prefirieron bañarse ellos mismos. Desde entonces, lo hicieron diariamente, cada mañana, y aprendieron a hacerlo tan bien que para entonces yo ya me pude sentar con ellos, durante todo el día, sin sentirme muy incómodo. Así es que nuestras sesiones duraban desde la mañana hasta la noche, e incluso intercambiábamos palabras mientras comíamos los alimentos traídos por los sirvientes de palacio. Debo también mencionar que los huéspedes finalmente empezaron a comer carne, una vez les pude explicar a qué animales pertenecían.

Algunas veces para premiar su colaboración como maestros, otras para reanimarlos cuando se quejaban continuamente por lo cansados que estaban, les daba una taza o dos del refrescante octli. Entre los «varios regalos para los dioses» que mandó Motecuzoma, yo había llevado varias jarras del mejor octli y fue el único de sus muchos regalos que yo les ofrecí. La primera vez que lo probaron, hicieron gestos y dijeron que era «cerveza fermentada», sea lo que eso signifique. Pero muy pronto les gustó y una noche, deliberadamente, hice el experimento de dejarles tomar lo que quisieran. Fue muy interesante para mí comprobar que ellos se pusieron tan desagradablemente borrachos como cualquiera de nuestra gente.

Conforme pasaban los días y yo extendía mi vocabulario, supe muchas cosas y la más importante fue ésta: los forasteros no eran dioses sino hombres, hombres ordinarios aunque sin embargo con una apariencia extraordinaria. No pretendieron ser dioses, ni siquiera algún tipo de espíritus preparando el camino para la llegada de sus dioses-maestros. Parecieron honestamente sorprendidos cuando con cautela les mencioné que nuestros pueblos esperaban que algún día los dioses regresaran a El Único Mundo. Me aseguraron ansiosamente que ningún dios había caminado por ese mundo desde más de mil quinientos años, y ellos me hablaron de ese dios, como si fuera el único dios. Ellos mismos, me dijeron, eran sólo hombres mortales quienes, en este mundo y en el otro, habían jurado ser devotos a ese dios; mientras vivieran en este mundo, me dijeron, serían igualmente obedientes a su rey, quien era como cualquier otro hombre, pero más eminente, y que claramente venía a ser el equivalente del Venerado Orador.

Como más tarde le contaré a Su Ilustrísima, no toda nuestra gente estaba dispuesta a aceptar lo que afirmaban los mismos forasteros, o lo que yo afirmaba, de que eran simplemente hombres. Sin embargo, yo, desde mi primer contacto con ellos nunca dudé de eso y con el tiempo demostré que tenía razón. Así es que desde ahora en adelante, Su Ilustrísima, hablaré de ellos no como seres misteriosos, forasteros, extraños o extranjeros, sino como seres humanos.

El hombre que tenía los granitos y llagas era Gonzalo Guerrero, comerciante en madera y carpintería. El hombre con la cara picada era Jerónimo de Aguilar, un escribano profesional como los reverendos frailes que están aquí. Puede ser que hasta alguno de ustedes lo haya conocido en algún tiempo, porque me contó que su primera ambición había sido ser sacerdote de su dios y que había estudiado por un tiempo en una calmécac o como ustedes les llamen a sus escuelas para sacerdotes.

Los dos habían llegado, según me dijeron, de una tierra que está hacia el este y más allá del océano. Yo ya lo había supuesto, pero no pude comprender más aunque ellos me dijeron que esa tierra se llamaba Cuba y que ésta era sólo una colonia de la nación mucho más grande, y que estaba todavía más distante hacia el este, llamada España o Castilla, en donde con mucho poder su Rey gobierna todos los dominios españoles que se extienden hasta muy lejos. Esa España o Castilla, dijeron ellos, era una tierra en donde todos, hombres y mujeres, eran de piel blanca excepto unas cuantas personas inferiores que ellos llamaban moros, cuyas pieles eran totalmente negras. Quizás yo hubiera podido encontrar esa última declaración tan increíble, que hubiera recelado de todo lo que me contaron, pero reflexioné que si en estas tierras han nacido, ocasionalmente, los monstruos blancos tlacaztali, en esas tierras de hombres blancos, ¿por qué no podrían haber monstruos negros?

Aguilar y Guerrero me explicaron que habían llegado a nuestras playas sólo por mala suerte. Ellos habían estado entre unos cientos de personas, hombres y mujeres, que habían dejado Cuba en doce de esas grandes casas flotantes —ellos les llamaban barcos— bajo el mando del Capitán Diego de Nicuesa, que los llevaba consigo para formar otra colonia en la que él iba a ser el gobernador; un lugar llamado Castilla de Oro, hacia algún lugar más lejos de aquí, hacia el sur. Sin embargo, la expedición había tenido mala suerte y ellos se inclinaban a culpar de ello al «cometa con cola».

Una fiera tormenta había dispersado los barcos, y el que los llevaba a ellos acabó finalmente encallado entre unas rocas puntiagudas que rompieron su fondo, lo giraron y lo hicieron hundirse. Sólo Aguilar, Guerrero y otros hombres pudieron arreglarse para poner a flote otra embarcación, una especie de larga canoa que el barco llevaba para esas emergencias. Para su sorpresa, la canoa no estuvo mucho tiempo en el mar, antes de que éste la arrojara a las playas de esta tierra. Los otros dos ocupantes de la canoa se ahogaron entre la turbulencia de las rompientes y Aguilar y Guerrero quizás también hubieran muerto, si «los hombres rojos» no hubieran llegado corriendo a ayudarles a ponerse a salvo.

Aguilar y Guerrero expresaron su gratitud por haber sido rescatados, recibidos hospitalariamente, por haber sido alimentados muy bien y por los entretenimientos que les proporcionaron, pero estarían todavía más agradecidos, según dijeron, si nosotros los hombres rojos los podíamos guiar otra vez de regreso a la playa y a su canoa. Guerrero, que era carpintero, estaba seguro de que podría reparar cualquier daño que tuviera la canoa y hacer los remos para impulsarla adecuadamente. Él y Aguilar estaban seguros de que si su dios les daba tiempo favorable, podrían remar hacia el este hasta encontrar Cuba otra vez.

«¿Los dejo ir?», me preguntó Ah Tutal, a quien le había estado traduciendo nuestras entrevistas. Le dije: «Si pueden encontrar desde aquí ese lugar llamado Cuba entonces no tendrán ningún problema en encontrar Uluümil Kutz otra vez. Y usted ya lo oyó: su Cuba parece estar llena de hombres blancos, ansiosos de establecer nuevas colonias en cualquier lugar que puedan alcanzar. ¿Desea usted que lleguen aquí por enjambres, Señor Madre?». «No —dijo con preocupación—. Pero ellos podrían traer a uno de sus físicos para curar esta extraña enfermedad que esparcieron entre nosotros; los nuestros ya han utilizado cuantos remedios conocen, pero cada día caen más personas enfermas y tres ya han muerto». «Quizás estos mismos hombres sepan algo para remediar eso —le sugerí—. Veamos a alguna persona que esté enferma».

Ah Tutal nos guió a Aguilar y a mí a una cabaña en el pueblo, dentro de la cual encontramos a un doctor parado, murmurando, rascándose la barbilla ceñudo e inclinado sobre la esterilla de una muchacha que yacía agitada por la fiebre con su cara brillando de sudor, sus ojos vidriosos y sin ver. Aguilar se sonrojó al recordarla como a una de las mujeres que habían visitado a Guerrero en sus cuartos. Él dijo muy despacio, para que yo pudiera entenderle: «Siento deciros que ella tiene las viruelas pequeñas. ¿Veis? La erupción empieza a brotar en su frente». Traduje sus palabras al físico, quien le miraba con recelo profesional, pero dijo: «Pregúntele qué tratamiento siguen sus médicos». Así lo hice, pero Aguilar sólo se encogió de hombros y dijo: «Ellos rezan». «Evidentemente son gente muy retrasada —gruñó el doctor, pero añadió—: Pregúntele a qué dios». Aguilar dijo: «¡Pues, al Señor Dios!». Eso no ayudaba en lo más mínimo, pensé yo, pero le pregunté: «¿Rezan en alguna forma a ese dios, que nosotros podamos imitar?».

Él trató de explicarlo, pero la exposición era demasiado complicada para lo poco que sabía de su lenguaje, así es que nos indicó que era mucho más fácil demostrárnoslo, y los tres, Ah Tutal, el físico y yo, le seguimos apresuradamente al patio de palacio. Él corrió a sus cuartos cuando todavía nosotros estábamos a cierta distancia y regresó con algo en cada mano.

Una de esas cosas era una cajita con una tapa muy apretada, que Aguilar abrió para mostrarnos su contenido: cierto número de pequeños discos que parecían haber sido cortados de un papel blanco y grueso. Trató de darme otra explicación que era que al parecer, según pude yo entender, había tomado ilícitamente o robado esa caja como un recuerdo de sus días en la escuela para sacerdotes, y pude comprender, hasta cierto punto, que aquellos discos eran una especie de pan muy especial y de lo más santo, el más potente de todos los alimentos, porque la persona que comía uno de ellos, podía poseer parte de la fuerza de ese poderoso Señor Dios.

El otro objeto era un cordón que contenía muchas cuentas irregularmente intercaladas con otras más grandes; todas eran de una sustancia azul que nunca antes había visto: tan azules y duras como la turquesa, pero tan transparentes como el agua. Aguilar empezó con otra explicación compleja que lo único que entendí fue que cada cuenta representaba una oración; naturalmente yo estaba recordando nuestra práctica de poner un pedacito de jade en la boca de alguien muerto y pensé que las cuentas-oraciones se emplearían similarmente y con igual beneficio en una persona que todavía no estuviera muerta, así es que interrumpí a Aguilar preguntándole con urgencia: «¿Entonces, ustedes ponen las oraciones en la boca?». «No, no —dijo—. Se sostienen en las manos». Entonces él gritó protestando cuando le arrebaté la caja y las cuentas. «Tome, señor físico —le dije al doctor, mientras rompía el cordón y le daba dos cuentas, traduciéndole lo poco que había comprendido de las instrucciones de Aguilar—. Ponga cada una de estas oraciones en las manos de la joven, que las sostenga apretadamente…». «¡No, no! —aullaba Aguilar—. ¡Lo que estáis haciendo es un error! Se debe rezar más que…». «¡Cállese! —le dije en su propia lengua—. ¡No tenemos tiempo para más!». Desmañadamente tomé uno de esos papelitos de pan, que estaban en la caja y me lo puse en la boca. Sabía como a papel y se disolvió en mi boca sin necesidad de que yo lo masticara. No sentí que instantáneamente surgiera en mí una fuerza de dios, pero por lo menos me di cuenta de que el pan podría alimentar a la muchacha aun en su estado medio consciente.

«¡No, no! —gritó Aguilar otra vez, cuando me tragué la cosa aquella—. Eso es imperdonable, ¡usted no puede recibir el Sacramento!». Él me miró con el mismo horror que veo ahora en el rostro de Su Ilustrísima. Siento mucho el haber sido tan impulsivo, pero recuerde que en aquel entonces yo sólo era un pagano ignorante, que se preocupaba y se apuraba por salvar la vida de aquella muchacha. Tomé algunos de los pequeños discos y los puse en la mano del doctor, diciéndole: «Esto es comida del dios, comida mágica y fácil de ingerir. La puede poner dentro de la boca de la muchacha, sin ningún riesgo de que vaya a convulsionarse». Él se fue corriendo tanto como su propia dignidad se lo permitía…

Más o menos como lo acaba de hacer Su Ilustrísima.

Amistosamente puse una de mis manos sobre el hombro de Aguilar y le dije: «Perdóneme que haya tomado eso de sus manos, pero si la muchacha se cura le será reconocido y será muy honrado por estas gentes. Ahora, busquemos a Guerrero para sentarnos a charlar, quiero saber más sobre su gente».

Había muchas cosas que deseaba saber de Jerónimo de Aguilar y de Gonzalo Guerrero, pues para entonces ya podíamos conversar pasablemente y aunque lo hacíamos con poca fluidez, ellos a su vez sentían una curiosidad similar por saber muchas cosas de estas tierras. Me hicieron varias preguntas, que pretendí no entender: «¿Quién es vuestro Rey? ¿Tiene muchos ejércitos a su mando? ¿Posee una gran cantidad de riquezas en oro?». Y algunas otras preguntas, que en verdad no entendí, tales como: «¿Quiénes son vuestros Duques, Condes y Marqueses? ¿Quién es el Papa de vuestra Iglesia?». Y algunas otras que me atrevo a decir que nadie podría responder: «¿Por qué vuestras mujeres no tienen vello abajo?». Así es que evitaba sus preguntas, preguntando a mi vez y ellos contestaban a todo sin aparente vacilación o suspicacia.

Me hubiera podido quedar con ellos por lo menos un año, perfeccionando los conocimientos sobre su lenguaje y pensando constantemente en cosas nuevas que preguntarles, pero tomé la decisión precipitada de dejar su compañía cuando dos o tres días después de nuestra visita a la muchacha enferma, el físico fue en mi busca y me hizo señas silenciosas de que lo acompañara. Lo seguí hasta esa cabaña para ver que el rostro de la muchacha muerta estaba horriblemente hinchado, tanto que no se podía ni siquiera reconocer y con un color muy feo, un tono de púrpura muy oscuro. «Sus vasos sanguíneos se rompieron y sus tejidos se abotagaron —dijo el doctor—, incluyendo los de dentro de la nariz y de la boca. Murió tratando de respirar. —Y añadió desdeñosamente—: La comida del dios que usted me dio, no tenía ninguna magia». Yo le pregunté: «¿Y a cuántos pacientes ha curado usted, señor físico, sin recurrir a esa magia?». «A ninguno —suspiró, perdiendo toda su afectación—. Ni ninguno de mis colegas ha podido salvar un solo paciente. Algunos han muerto así, por asfixia; otros, por un chorro de sangre que les llega a la boca y a la nariz, y algunos más, delirando por la fiebre. Temo que todos morirán y lo harán de forma miserable». Mirando los restos horrorosos de lo que había sido una vez una muchacha bastante bonita, le dije: «Esta muchacha, ella misma, me dijo que sólo una hembra buitre podría tener placer con esos hombres blancos. Ella debió de haber tenido una verdadera premonición, porque ahora los buitres se sentirán muy contentos de engullir su carroña, y ella murió a causa de los hombres blancos».

Cuando regresé a palacio y le conté eso a Ah Tutal, él me dijo enfáticamente: «¡No quiero más aquí a estos extranjeros enfermos y sucios! —Yo no estaba muy seguro si sus ojos bizcos me estaban mirando a mí o detrás de mí, pero indiscutiblemente que lo hacían con ira—. ¿Los dejo ir en su canoa o se los lleva usted a Tenochtitlan?». «Ninguna de las dos cosas —le dije—. Ni tampoco los va usted a matar, Señor Madre, no por lo menos sin el permiso de Motecuzoma. Le sugiero que se deshaga de ellos, regalándolos como esclavos. Regáleselos a esos jefes de tribus que estén bastante lejos de aquí; jefes que se puedan sentir muy halagados y honrados con esos regalos. Ni siquiera el Venerado Orador de los mexica tiene un esclavo blanco». «Hum… sí… —dijo Ah Tutal pensativamente—. Hay dos jefes que particularmente no me gustan y de quienes desconfío, y no sentiría ni la menor pena si los hombres blancos les atrajeran miserias. —Me miró más amablemente—. Pero usted fue enviado hasta acá, Campeón Ek Muyal, para ver a los forasteros. ¿Qué va a decir Motecuzoma cuando usted regrese con las manos vacías?». «No completamente vacías —respondí—. Por lo menos me llevaré la caja con la comida del dios y las pequeñas oraciones azules y sé muchas cosa que puedo decir a Motecuzoma. —Entonces, de repente, se me ocurrió una idea—. Oh, sí. Señor Madre, puede haber otra cosa para enseñársela a él. Si algunas de las mujeres que se acostaron con esos hombres blancos resultaran preñadas y si no caen víctimas de las pequeñas viruelas, bien, si tienen alguna progenie, mándelos a Tenochtitlan. Así el Venerado Orador podría ensanchar su zoológico humano en la capital, pues creo que serán unos monstruos únicos».

El aviso de mi regreso a Tenochtitlan me precedió con varios días de anticipación y es seguro que Motecuzoma se moría de impaciencia por conocer las noticias o los visitantes que yo pudiera llevar. Sin embargo, cuando llegué me encontré con que él seguía siendo el mismo viejo Motecuzoma, así es que no fui introducido inmediatamente a su presencia. Necesité detenerme en el corredor, afuera del salón del trono y cambiar mi traje de campeón Águila por el acostumbrado saco de suplicante y luego hacer el ritual ordinario de adulación de besar la tierra, a través del salón hasta donde estaba sentado, entre los dos discos de oro y plata. A pesar de haberme recibido fríamente y sin prisas, era obvio que deseaba ser el primero en conocer las noticias que llevaba o quizás el único que las oyera, pues los miembros de su Consejo de Voceros no estaban presentes. Lo que sí me permitió fue dejar a un lado la formalidad de hablar solamente cuando él me preguntara, así es que le conté todo lo que les he narrado a ustedes, reverendos frailes, y unas cuantas cosas más que pude averiguar de sus dos compatriotas: «Conforme he podido calcular, Señor Orador, creo que fue hace unos veinte años cuando las primeras casas flotantes, que ellos llaman barcos, salieron de esa tierra lejana llamada España, para explorar el océano de occidente. Entonces ellos no llegaron a nuestras costas, porque parece que hay un gran conjunto de islas, grandes y pequeñas, entre esa España y aquí. Cuando desembarcaron en esas islas ya había gente viviendo en ellas, y por la descripción que me hicieron parece ser que esa gente es como los salvajes chichimeca de nuestras tierras del norte. Algunos de esos isleños pelearon contra los hombres blancos para echarlos de sus islas, pero otros permitieron mansamente esa incursión, pero ahora, todos son vasallos de los españoles y de su rey. O sea, que durante esos veinte años, los hombres blancos han estado muy ocupados en colonizar esas islas, despojando a los nativos de sus recursos y traficando entre las islas y su tierra, España. Hasta ahora, sólo unos pocos de sus barcos le han echado un vistazo a estas tierras, ya sea pasando en su recorrido de una isla a otra, o por estar explorando ociosamente, o porque el soplo del viento las ha desviado de sus rutas. Sería de esperar que los nativos tuvieran ocupados a esos hombres blancos, por muchos años, en esas islas, pero le ruego a usted que lo considere así. Aunque una isla sea muy grande, no deja de ser una isla, por lo tanto sus riquezas y la población que puede ser aprovechada, será muy limitada. También los españoles parecen ser insaciables en ambas cosas: en su curiosidad y en su rapacidad. Para estas fechas ellos ya están buscando, más allá de esas islas, nuevos descubrimientos y nuevas oportunidades. Tarde o temprano, su búsqueda los traerá a estas tierras. Entonces sucederá lo que el Reverendo Orador Nezahualpili ya dijo: una invasión a la que todos nosotros debemos prepararnos de la mejor forma». «¡Preparar! —gritó Motecuzoma, seguramente al sentirse aguijoneado por recordar cómo Nezahualpili había sostenido su promesa al ganar el partido en el juego tlachtli—. Ese viejo tonto sólo está preparado para sentarse y quedarse allí sentado. Ni siquiera me ha ayudado una sola vez a hacer la guerra a los insufribles texcalteca». No le quise recordar lo demás que había dicho Nezahualpili: que todos nuestros pueblos deberían cesar sus enemistades pasadas y unirnos contra esa invasión inminente. «Usted dice invasión, ¿eh? —continuó Motecuzoma—, pero también dice que esos dos forasteros llegaron sin armas y totalmente indefensos. Si es que hay una invasión, significa que ésa será inusitadamente pacífica». Yo le dije: «No me confiaron la clase de armas que ellos perdieron al hundirse su barco. Quizás ni siquiera necesiten armas en lo absoluto, por lo menos no la clase de armas que nosotros conocemos, si pueden infligirnos una enfermedad a la que ellos son inmunes». «Sí, en verdad que ésa sería un arma potente —dijo Motecuzoma—. Un arma que sólo puede ser reservada a los dioses. Y usted, todavía insiste en que no son dioses. —Meditando miró la cajita y su contenido—. Ellos traían la comida del dios. —Tomó las cuentas azules—. Ellos traían las oraciones más palpables y hechas de una piedra misteriosa. Y con todo eso, usted todavía insiste que no son dioses». «Sí, mi señor. Se emborracharon como lo hacen los hombres y se acostaron con mujeres igual que los demás hombres». «¡Ayyo! —me interrumpió triunfalmente—. Las mismas razones por las que el dios Quetzalcóatl se fue lejos de aquí. De acuerdo con todas las leyendas, una vez sucumbió y se emborrachó y cometió una mala acción sexual, y de la vergüenza abdicó como jefe de los tolteca». «Y también de acuerdo con las leyendas —dije—, en el tiempo de Quetzalcóatl estas tierras estaban perfumadas por flores, por todas partes y cada soplo del viento esparcía dulces fragancias. El aroma que despedían esos dos hombres que yo conocí haría que se desmayara el dios del viento. —Y pacientemente seguí insistiendo—: Los españoles no son más que hombres, mi señor. Sólo se diferencian de nosotros en que tienen la piel blanca, tienen mucho pelo y son más altos que nuestra estatura normal». «Las estatuas de los tolteca en Tolan son mucho más altas que cualquiera de nosotros —dijo Motecuzoma tercamente—, y cualquiera que hayan sido los colores con que las pintaron, ya no son perceptibles. Y por todo lo que nosotros sabemos, los tolteca eran de piel blanca. —Yo exhalé un fuerte suspiro de exasperación, aunque él no prestó atención a eso—. Haré que nuestros historiadores investiguen en cada papel archivado, así podremos encontrar y saber cómo eran exactamente los tolteca. Mientras tanto, haré que nuestros más grandes sacerdotes pongan esta comida-del-dios en un recipiente mucho más fino y que lo lleven reverentemente a Tolan y lo pongan en donde se encuentran esas esculturas tolteca…». «Señor Orador —le dije—, en varias de mis conversaciones con esos dos hombres blancos les mencioné repetidas veces el nombre de tolteca y éste no significó nada para ellos». Él dejó caer su mirada en la comida-del-dios y en las cuentas, y luego sonrió de manera verdaderamente victoriosa. «¡Ya lo ve! Naturalmente que ese nombre no significaría nada para un tolteca genuino, nosotros los llamamos los Maestros Artesanos, ¡porque no sabemos cómo se llamaban a sí mismos!».

Bueno, por supuesto que él tenía razón y yo me sentí muy cortado. No pude pensar en nada adecuado con que replicar a eso, así es que sólo murmuré: «Dudo mucho de que ellos se llamaran a sí mismos españoles. Esa palabra, como todo su lenguaje, no guarda ninguna relación con ninguna de las lenguas que yo he conocido en cualquier parte de estas tierras». «Campeón Águila Mixtli —dijo él—, esos hombres blancos pueden ser, como usted dice, seres humanos, simples hombres, y también los tolteca, descendientes de aquellos que desaparecieron desde hace tanto tiempo. Ese Rey del que ellos hablaron, muy bien puede ser ese dios Quetzalcóatl que se exilió a sí mismo. Puede estar listo en estos momentos, preparando su regreso como él lo había prometido, esperando más allá del mar a que sus súbditos, los tolteca, le informen si nosotros estamos satisfechos con su regreso». «¿Y estamos satisfechos de su regreso, mi señor? —le pregunté descaradamente—. ¿Está usted satisfecho de eso? Porque el regreso de Quetzalcóatl despojará de su gobierno a todo gobernante en estas tierras, desde los Venerados Oradores hasta el más bajo jefe de tribu. Él será el gobernante supremo». Motecuzoma puso una expresión de piadosa humildad. «Ese dios, cuando vuelva, seguramente estará muy agradecido con aquellos que preservaron y aun ensancharon sus dominios y sin duda él hará evidente esa gratitud. Si él me concediera, tan sólo, formar parte de su Congreso de Voceros, me sentiría altamente honrado, como ningún otro ser humano lo haya sido nunca». Yo le dije: «Señor Orador, yo ya he cometido errores antes. Puede ser que me equivoque de nuevo al creer que esos hombres blancos no son dioses, ni son los enviados de ningún dios. Pero ¿no estará usted cometiendo un error todavía más grande, al suponer que ellos son dioses?». «¿Suponer? ¡Yo no lo supongo! —me contestó con severidad—. No estoy diciendo, si un dios llega o no, ¡como usted está impertinentemente asegurando! —Se levantó derecho y casi me gritó—: ¡Yo soy el Venerado Orador de El Único Mundo y no digo esto o aquello, sí o no, dioses u hombres, hasta que no haya examinado, observado, esperado y tenido una certeza!».

Consideré, al levantarse, que me estaba despidiendo, así que cuando terminó de hablar, caminé hacia atrás y repetidamente besé la tierra, como era el protocolo, salí de la cámara y en el corredor me quité el saco de tela y me fui a casa.

¿En cuanto a la cuestión de si eran dioses y hombres? Bien, Motecuzoma dijo que esperaría hasta tener la certeza y eso fue lo que hizo. Esperó y esperó demasiado y aun cuando ya no importaba más, él todavía no tenía la certeza. Y como él esperó indeciso, al fin murió en desgracia y la última orden que él trató de dar a su pueblo fue igualmente incierta, yo lo sé, porque yo estaba allí y oí la última palabra que Motecuzoma dijo en su vida: «¡Mixchía…! ¡Esperen…!».

En esa ocasión, Luna que Espera no hizo nada para echar a perder mi regreso a casa. Para entonces ella tenía el pelo canoso, pero pintó o cortó lo que había quedado de aquel otro mechón blanco que tanto me ofendió. No obstante de que Beu dejó de simular que era su hermana muerta, me encontré con que había adoptado una personalidad muy diferente a la que yo había conocido durante casi media gavilla de años, desde la primera vez que la vi en la cabaña de su madre, en Tecuantépec. Durante todos esos años, cada vez que estábamos juntos, parecía que teníamos que estar peleándonos, insultándonos o en el mejor de los casos manteniendo una tregua. Pero parecía que ella había decidido que hiciéramos el papel de una pareja ya entrada en años, amigable y casada desde hacía mucho tiempo. No sé si eso fue el resultado del castigo que le había infligido, o por el qué dirán de los admirados vecinos, o porque Beu, que había llegado a la edad de los nuncas, se había dicho resignadamente: «Nunca más tendremos animosidades abiertas entre nosotros».

De todas maneras, su nueva actitud hizo que con facilidad me adaptara otra vez a vivir en la casa y en la ciudad. Antes, siempre, aun en los días cuando mi esposa Zyanya y mi hija Nochipa estaban vivas, siempre había regresado a casa con la idea de volver a partir pronto, en busca de nuevas aventuras, pero cuando regresé esa vez, sentí que lo hacía para quedarme en casa para el resto de mi vida. Si hubiera sido joven, pronto me habría rebelado contra ese proyecto y habría encontrado alguna razón para volver a partir, a viajar, a explorar; o si hubiera sido un hombre pobre, me habría tenido que mover para ganarme la vida, o si Beu hubiera sido la mujer colérica de otros tiempos, yo habría tenido que encontrar alguna excusa para tenerme que ir… hasta guiando una tropa de guerreros a algún lugar en donde hubiera guerra. Pero por primera vez en mi vida no tenía ninguna razón o necesidad para irme lejos y recorrer todos los caminos y todos los días. Hasta me persuadí a mí mismo de que merecía un largo descanso y la vida fácil que mi riqueza y mi esposa me podían proporcionar. Así es que gradualmente caí en una rutina que ni me exigía ni me recompensaba mucho, pero por lo menos me tenía ocupado y no muy aburrido. Y no hubiera podido hacer eso, si no hubiera sido por el cambio de carácter de Beu.

Cuando digo que ella había cambiado, me refiero a que había logrado con mucho éxito esconder el desagrado y el aborrecimiento que siempre había sentido por mí durante toda su vida. Ella jamás me dio una razón para que yo pensara que esos sentimientos habían muerto en ella, sino que solamente dejó de demostrarlos y esa pequeña ficción fue suficiente para mí. Dejó de mostrarse orgullosa e incisiva y se tornó blanda y dócil en la forma en que lo eran la mayoría de las esposas. En cierto modo, casi echaba de menos a la mujer imperiosa que había sido, pero esa pequeña pena desaparecía por el peso de encima que se me quitaba al no tener que batallar con su testarudez. Cuando Beu disimulaba la personalidad que siempre la había caracterizado y asumía esa otra personalidad de deferencia y solicitud, entonces, yo podía tratarla con la misma cortesía.

Su dedicación a la vida de casada no incluyó la sugestión desdeñosa de que al fin la utilizaría como esposa, cosa que me había estado refrenando de aprovecharme. Nunca sugirió que consumáramos nuestro matrimonio; nunca más volvió a ostentar su feminidad o a incitarme burlonamente; nunca se quejó de que tuviéramos habitaciones separadas. Y yo me alegré mucho de que no lo hiciera. Si hubiera tenido que rechazar sus avances amorosos, la nueva ecuanimidad de nuestras vidas en común se habría visto perturbada, pues habría sido muy difícil para mí el obligarme a abrazarla como esposa. El hecho triste era que Luna que Espera era tan vieja como yo y su edad estaba reflejada en ella. De esa belleza que una vez había sido igual a la de Zyanya, quedaba muy poco, sólo sus bellos ojos y yo rara vez los miraba. En su nuevo papel servicial, Beu trató siempre de permanecer modestamente en un segundo plano, y de la misma manera, siempre hablaba en voz baja. Antes, sus ojos acostumbraban a mirarme con destellos brillantes y su voz, al dirigirse a mí, había sido mordaz, burlona o desdeñosa; pero entonces, con su nuevo disfraz, cuando me hablaba, y esto era muy raras veces, lo hacía con suavidad. Cuando salía de casa por las mañanas acostumbraba a preguntarme: «¿Cuándo desea mi señor que se le sirva su comida y qué desea comer?». Cuando dejaba la casa por las tardes, me prevenía: «Puede ser que haga aire frío, mi señor, y puede enfermarse si no lleva un manto más pesado».

Ya les he dicho que tenía una rutina diaria, y era ésta: salía de casa por las mañanas y por las tardes, para pasar el tiempo en las únicas dos maneras que pude encontrar.

Cada mañana iba a la Casa de los Pochteca y pasaba la mayor parte del día allí, conversando, escuchando y bebiendo el rico chocólatl que era servido por los criados. Por supuesto que los tres ancianos que me habían entrevistado en esas habitaciones, media gavilla de años antes, habían muerto hacía mucho tiempo, pero habían sido reemplazados por un buen número de hombres como ellos: viejos, gordos, calvos, complacidos y seguros de su propia importancia y de su dirección en el establecimiento. A excepción de que todavía no estaba ni calvo ni gordo y que tampoco me sentía viejo, supongo, hubiera podido pasar por uno de ellos, pues lo único que hacía era regodearme en el recuerdo de mis aventuras y en mi presente opulencia.

La llegada ocasional de algún mercader con su caravana, me ofrecía una oportunidad para hacerle una oferta sobre sus mercancías o por la parte de éstas que me gustara. Y antes de que el día terminara, usualmente había convencido a otro pochtécatl para que comprara mi mercancía, teniendo un beneficio por ella. Podía hacer eso sin tener que dejar, siquiera, mi taza de chocólatl, sin tener la necesidad de ver lo que había comprado y vendido. Algunas veces, había en el edificio algunos jóvenes que aspiraban a ser mercaderes, haciendo los preparativos para su primera aventura a alguna parte. Entonces, yo los detenía todo el tiempo que podía, dándoles todo el beneficio de mi experiencia en alguna ruta en particular, por lo menos todo el tiempo que escucharan sin molestarse e inventar algunos encargos urgentes.

Sin embargo, la mayoría de los días sólo había unas cuantas personas presentes, yo y algunos pochteca ya retirados, que no tenían otro lugar en donde pasar su tiempo de ocio. Así es que nos sentábamos juntos e intercambiábamos historias en lugar de mercancías.

Yo escuchaba sus historias de aquellos días en que ellos habían sido más jóvenes y menos ricos, pero con una ambición ilimitada; los días cuando ellos viajaban, cuando enfrentaron riesgos y peligros. Todas nuestras historias eran lo suficientemente interesantes, sin necesidad de adornarse, por lo menos yo no necesitaba exagerar las mías, pero como todos los viejos trataban de que sus cuentos fueran mejores que los de los otros, en lo único de sus experiencias y su variedad, en los peligros que habían tenido que afrontar y la forma tan difícil en que habían podido escapar a ellos, en lo notable de sus adquisiciones que tan astutamente habían conseguido… bien, pues me di cuenta de que algunos de esos hombres empezaron a adornar sus aventuras después de haber contado diez o doce cuentos…

En las tardes salía de casa, no para buscar compañía, sino porque quería estar solo para recordar, murmurar y anhelar sin ser observado. Por supuesto que no hubiera objetado nada si mi soledad se hubiera visto interrumpida por el encuentro de alguno de los ya idos. Sin embargo, como ya les he dicho, eso todavía no me ha sucedido. Así es que con serena esperanza y no con expectación, caminaba en la noche por las calles casi vacías de Tenochtitlan, de un lado a otro de la isla, recordando alguna cosa que ocurrió ahí o allí o más allá.

En el norte estaba el camino-puente de Tepeyaca, a través del cual había cargado a mi pequeña cuando habíamos huido de la inundación de la ciudad para buscar un lugar seguro en la tierra firme. En ese tiempo, Nochipa sólo había podido hablar dos palabras a la vez, pero algunas de ellas habían dicho mucho, pues en aquella ocasión ella había dicho: «Noche oscura».

Hacia el sur, estaba el camino-puente hacia Coyohuacan y hacia las tierras lejanas del sur, el camino-puente que yo había cruzado con Cózcatl y Glotón de Sangre en mi primera expedición mercantil. En el amanecer esplendoroso de aquel día, el poderoso volcán Popocatépetl nos había visto partir y parecía que nos decía: «Vosotros os vais, mi gente, pero yo me quedo…».

En medio de la isla había dos grandes plazas. La que estaba más al sur era la de El Corazón del Único Mundo, en donde se alzaba la Gran Pirámide, tan grande, sólida y eterna en su aspecto que el que la veía podría pensar que se levantaría allí por siempre, tanto como se levantaría el Popocatépetl en el distante horizonte. Se me hacía difícil, aun a mí, pensar que era tan viejo que había visto terminar la construcción de esa pirámide, que había estado por muchos años sin terminar, cuando la vi por primera vez.

La plaza que estaba más al norte era la de Tlaltelolco, esa área de mercado amplia y extensa, por la que por primera vez había caminado cogiendo apretadamente la mano de mi padre, y cuando él había pagado generosamente un precio extravagante al comprarme la primera nieve que saboreé en mi vida, mientras le decía al vendedor: «Recuerdo los Tiempos Duros…». Fue entonces cuando me encontré por primera vez con el hombre color cacao, quien tan certeramente me predijo la vida que tenía por venir.

Al recordar eso, me sentí bastante perturbado pues me recordó que todo ese futuro que él había visto, estaba ya en mi pasado. Cosas que alguna vez había visto, ahora se convertían en recuerdos. Para entonces, estaba a punto de completar mi gavilla de años y no muchos hombres han vivido más de esos cincuenta y dos años. ¿Entonces no habría más futuro para mí? Cuando me había estado diciendo a mí mismo que al fin estaba disfrutando, como debía ser, la vida de ocio por la que había trabajado tanto, quizás sólo estaba rehusando confesarme que había sobrevivido a mi utilidad, que había sobrevivido a todas las personas que había amado y que me habían amado. ¿Estaba sólo utilizando un espacio en este mundo, en lo que era llamado a presentarme a otro?

¡No! Me rehusé a pensar en eso y para confirmarlo miré al cielo nocturno. Otra vez se veía allí la estrella humeante, como aquella que había visto cuando Motecuzoma se reunió conmigo en Teotihuacan, y también cuando encontré a la muchacha Ce-Malinali, y también estaba allí cuando me encontré con los visitantes de España. Nuestros astrónomos no se ponían de acuerdo en si era el mismo cometa que regresaba con diferente forma y brillantez y con un ángulo diferente del cielo o si por el contrario era un nuevo cometa cada vez. Pues después de aquella estrella que me había acompañado en mi viaje hacia el sur, alguna otra estrella humeante había aparecido en el cielo nocturno dos veces más durante dos años consecutivos y cada vez había sido visible casi por un mes. Incluso hasta los astrónomos que usualmente eran imperturbables, estuvieron de acuerdo en que era un augurio, pues tres cometas en tres años desafiaban toda explicación. Así es que algo iba a pasar en este mundo y, bueno o malo, valía la pena esperar. Quizás tendría parte en ese asunto o quizás no, pero no renunciaría a este mundo, por lo menos no todavía.

Varias cosas pasaron durante esos años y cada vez yo me preguntaba: «¿Es el portento que nos augura la estrella humeante?». Todos esos sucesos fueron notables en un aspecto u otro, y algunos fueron lamentables, pero ninguno de ellos pareció lo suficientemente portentoso como para justificar que los dioses nos enviaban advertencias siniestras.

Por ejemplo, hacía apenas unos cuantos meses que había regresado de mi encuentro con los españoles, cuando nos llegó un aviso de Uluümil Kutz de que la misteriosa enfermedad de pequeñas viruelas se había extendido, como una ola en el océano, sobre toda la península. Había caído sobre las tribus xiu, tzotxil, quiché y sobre todos los descendientes de los maya y de cada diez personas tres morían, uno de los que murieron fue mi anfitrión, el Señor Madre Ah Tutal, y cada uno de los supervivientes quedaba desfigurado para el resto de su vida por las marcas de esas viruelas.

Por mucho que Motecuzoma hubiera estado inseguro acerca de la naturaleza e intenciones de esos dioses u hombres, que nos visitaban de España, no estuvo muy ansioso de exponerse a sí mismo a cualquier enfermedad del dios, pues por una vez actuó pronta y decisivamente prohibiendo estrictamente todo comercio con las tierras maya. A nuestros pochteca se les prohibió ir allá y a los guardias de nuestras fronteras en el sur se les dio instrucciones de devolver todo producto y mercancía que viniera de allí. Entonces, el resto de El Único Mundo esperó con aprensión por algunos meses más, pero las pequeñas viruelas fueron contenidas con éxito dentro de las infortunadas tribus maya y si no, por lo menos no afligieron a ningún otro pueblo.

Pasaron algunos meses más y un día Motecuzoma mandó a uno de sus mensajeros para llevarme al palacio y otra vez me pregunté: «¿Será que esto significa que las profecías de las estrellas humeantes se han cumplido?». Pero cuando hube hecho, cubierto con mi saco de suplicante, las acostumbradas cortesías en el salón del trono, vi que el Venerado Orador sólo estaba molesto, no lleno de pánico o maravillado o mostrando alguna de esas grandes emociones. Varios de los miembros de su Consejo de Voceros, que estaban parados alrededor del cuarto, parecían más que divertidos. Me sentí aturrullado cuando dijo: «Este hombre loco se llama a sí mismo Tliléctic-Mixtli». Entonces me di cuenta de que no estaba hablando de mí, sino conmigo y estaba apuntando a un extranjero de cara malhumorada y vestido mezquinamente, que dos guardias de palacio tenían agarrado. Levanté mi cristal para poder verlo y comprobé que no era un extraño, así que sonreí, primero a él y luego a Motecuzoma, y dije: «Tliléctic-Mixtli es su nombre, mi señor. El nombre de Nube Oscura es muy usual entre…». «¡Lo conoce! —dijo Motecuzoma interrumpiéndome o acusándome—. ¿Algún pariente suyo, quizás?». «Quizás tanto suyo como mío, Señor Orador y quizás con igual nobleza». Él parpadeó: «Se atreve a compararme con ese mendigo tonto y sucio. Cuando los guardias de la Corte lo aprehendieron estaba demandando audiencia conmigo, porque es un dignatario visitante. ¡Pero mírelo! ¡Este hombre está loco!». Yo dije: «No, mi señor. De donde él viene tiene un rango equivalente al de usted, sólo que los azteca no usan el título de Uey-Tlatoani». «¿Qué?», dijo Motecuzoma sorprendido.

«Éste es el Tlatocapili Tliléctic-Mixtli de Aztlan». «¿De dónde?», gritó Motecuzoma pasmado. Volví a sonreír a mi tocayo. «¿Entonces, trajiste la Piedra de la Luna?». Él asintió con un gruñido abrupto y enojado y dijo: «Empiezo a desear no haberlo hecho. Pero la Piedra de Coyolxaúqui está más allá, en la plaza, custodiada por los hombres que pudieron sobrevivir a la labor de ayudarme a empujarla, arrastrarla y embarcarla hasta aquí…». Uno de los guardias que lo sujetaba murmuró lo suficientemente audible: «Esa maldita piedrota ha deshecho el pavimento de la ciudad, desde aquí hasta el camino-puente de Tepeyaca». El recién llegado dijo: «Esos hombres que quedan y yo, estamos casi muertos de fatiga y de hambre. Creímos que íbamos a ser bien recibidos aquí. Nos hubiéramos sentido satisfechos con una hospitalidad común y corriente, pero en cambio he sido llamado mentiroso sólo por decir ¡mi propio nombre!». Me volví hacia Motecuzoma, quien todavía estaba mirando como si no lo pudiera creer. Yo le dije: «Como puede comprobar, Señor Orador, el Señor del Aztlan es capaz de explicar su nombre. También le puede decir su rango, su origen y cualquier cosa que usted desee saber de él. Encontrará que el náhuatl de los azteca es un poco anticuado, pero bastante comprensible».

Motecuzoma volvió de su sorpresa con un sobresalto y se disculpó y saludó al hombre diciendo: «Nosotros conversaremos con usted a su conveniencia, Señor del Aztlan, después de que usted haya cenado y descansado». Y dio órdenes a sus guardias y consejeros para que los visitantes fueran alimentados, vestidos y hospedados como se debía hacer con un dignatario. Él me hizo un gesto para que me quedara cuando todos salieron de la sala del trono, y entonces me dijo: «Apenas puedo creerlo. Una experiencia tan inquietante como lo sería el encontrarme con mi legendario abuelo Motecuzoma. O como ver una figura de piedra desprenderse del bajorrelieve del friso de un templo. ¡Imagínese! Un aztécatl genuino y vivo. —Sin embargo, su naturaleza suspicaz pronto salió a relucir, pues me preguntó—: Pero ¿qué hace él aquí?». «Como yo le sugerí, cuando volví a descubrir el Aztlan, le trae a usted un regalo, mi señor. Si usted quiere ir a la plaza y verlo, yo creo que valió la pena que hubiera roto unas cuantas piedras del pavimento». «Eso haré —dijo, pero luego añadió todavía suspicaz—: Él ha de querer algo a cambio». Yo dije: «Pienso que la Piedra de la Luna es lo suficientemente valiosa como para que su dador tenga algunos títulos rimbombantes y también algunos mantos de plumas, algunos ornamentos enjoyados, en fin, que vaya vestido de acuerdo a su nuevo rango. Y quizás también podrían serle cedidos algunos guerreros mexica». «¿Guerreros?». Le conté a Motecuzoma la idea que ya antes le había expuesto al gobernante del Aztlan: que si se renovaban los lazos familiares que unían a los mexica con los azteca, darían a la Triple Alianza lo que todavía no tenía, una fuerte guarnición en la costa del noroeste. Él dijo con precaución: «Teniendo en cuenta todos estos augurios, éste no debe de ser el tiempo de dispersar nuestros ejércitos, pero consideraré esa idea. Y una cosa sí es segura, aunque él es más joven que usted o yo, nuestro ancestro merece un título mejor que el de Tlatocapili. Por lo menos pondré el -tzin a su nombre».

Así que dejé el palacio ese día sintiéndome muy complacido de que un Mixtli, aunque no fuera yo, hubiese conseguido el noble nombre de Mixtzin. Lo que sucedió fue que Motecuzoma aceptó todas las sugestiones que le hice. El visitante dejó nuestra ciudad llevando el rimbombante título de Azteca Tlani-Tlatoani o Menor Orador de los Azteca. También llevó con él, una tropa considerable de guerreros armados y un buen número de familias para colonizar, seleccionadas por su destreza en el arte de la construcción y fortificación.

Sólo tuve la oportunidad de sostener una breve conversación con mi tocayo antes de que él saliera de Tenochtitlan. Me dio las gracias efusivamente por mi ayuda en darle la bienvenida, en conseguirle su nuevo título y por haberle hecho un aliado de la Triple Alianza y añadió: «Teniendo el -tzin para mi nombre, lo pueden usar todas las personas de mi familia y mis descendientes, aun aquellos que no desciendan en la Línea directa y de divergente linaje. Debes de venir otra vez al Aztlan, hermano, pues te espera una pequeña sorpresa. Encontrarás más que una ciudad nueva y mejor».

En ese tiempo, supuse que lo que él quería decir era el arreglar alguna ceremonia para hacerme señor honorario o algo por el estilo de los azteca, pero nunca he regresado al Aztlan y no sé lo que ha llegado a ser en todos estos años, después del regreso de Mixtzin. En cuanto a la magnífica Piedra de la Luna, Motecuzoma hizo lo de costumbre, fue incapaz de decidir en qué parte de El Corazón del Único Mundo podía ser colocada. Así es que la última vez que recuerdo haberla visto, la Piedra de la Luna todavía estaba yaciendo de lado sobre el pavimento de la plaza, ahora ha quedado tan enterrada y perdida como la Piedra del Sol.

El hecho fue que pasó algo más que hizo que yo y la mayoría de la gente olvidáramos rápidamente la visita del azteca, la Piedra de la Luna que había traído consigo y los planes para hacer del Aztlan una gran ciudad marítima. Lo que sucedió fue que un mensajero llegó cruzando el lago de Texcoco y llevando puesto el manto blanco de duelo. La noticia no fue ni tan inesperada ni sorprendente, pues el Reverendo Orador Nezahualpili ya era para entonces muy viejo, pero yo me sentí desolado al oír que mi antiguo patrón y protector había muerto.

Pude haber ido a Texcoco con todos los campeones Águila, acompañando a los demás nobles mexica y cortesanos, quienes cruzaron el lago para asistir al funeral de Nezahualpili y quienes se quedarían allí o volverían a cruzar el lago, poco tiempo después, para asistir a la coronación del Príncipe Heredero Ixtlil-Xóchitl, como el nuevo Venerado Orador de la nación acolhua. Pero escogí ir sin pompa ni ceremonia, vestido completamente de duelo y como un ciudadano privado. Fui como un viejo amigo de la familia y me recibió mi viejo compañero de escuela, el Príncipe Huexotzinca, quien lo hizo tan cordialmente como la primera vez, hacía unos treinta y tres años atrás, y me saludó con el nombre que entonces yo había llevado: «¡Bienvenido, Cabeza Inclinada!». No pude dejar de notar que mi antiguo compañero de escuela ya estaba viejo; traté de que no notara por mi expresión lo que había sentido, cuando lo vi con el pelo gris y su rostro surcado de arrugas, pues yo lo recordaba como aquel delgado y joven príncipe que paseaba con su venado en un jardín lleno de verdor. Pero luego pensé, incómodo: «Él no es mayor que yo».

El Uey-Tlatoani Nezahualpili fue enterrado en el suelo de su palacio de la ciudad, y no en la tierra más extensa de la colina de Texcotzinco. Así es que el pequeño palacio quedó abarrotado con toda aquella gente que había ido allí para decirle adiós a ese hombre tan amado y respetado. Allí había gobernantes, señores y señoras de todas las naciones de la Triple Alianza y de toda las tierras, amigas o enemigas. Aquellos emisarios de lejanas naciones que no podían llegar a tiempo para el funeral de Nezahualpili sin embargo, ya estaban de camino hacia Texcoco en ese momento apurándose a llegar a tiempo para saludar a su hijo, como el nuevo gobernante. De todos los que debían estar al lado de su tumba el ausente más destacado fue Motecuzoma, quien había mandado en su lugar a su Mujer Serpiente Tlácotzin y a su hermano Cuitláhuac, jefe principal de los ejércitos mexica.

El Príncipe Huexotzinca y yo estuvimos lado a lado de la tumba y no muy retirados de su medio hermano, Ixtlil-Xóchitl, heredero del trono de los acolhua. De alguna manera él hacía recordar su nombre de Flor Oscura, ya que todavía tenía las cejas tan oscuras que le hacían parecer como si siempre estuviera enfurruñado. Pero había perdido mucho de su pelo y yo pensé que parecía diez años más viejo de lo que representaba su padre cuando yo fui a la escuela por primera vez en Texcoco. Después del entierro, la multitud se dirigió hacia los salones de baile de palacio, para festejar, cantar, pensar en voz alta y contar las hazañas y méritos del difunto Nezahualpili. Pero Huexotzinca y yo nos llevamos varias jarras del mejor octli a sus cámaras privadas y gradualmente nos fuimos poniendo muy borrachos, conforme revivíamos los viejos días de nuestra juventud y contemplábamos los días por venir.

Recuerdo que dije: «He oído muchos murmullos acerca de la ausencia tan descortés de Motecuzoma el día de hoy. Nunca le ha perdonado a tu padre el no haberse mantenido lejos durante todos estos años pasados y particularmente el haberse rehusado a ayudarlo en sus pequeñas y despreciables guerras». El príncipe se encogió de hombros: «Las descortesías de Motecuzoma no le ganarán los favores de mi medio hermano. Flor Oscura es el hijo de nuestro padre y piensa como él pensaba, que El Único Mundo algún día, muy pronto, será invadido por forasteros y que nuestra única seguridad será la unión. Él continuará la política de mi padre: que nosotros los acolhua debemos conservar nuestras energías para una guerra que no será precisamente pequeña». «Quizás sea lo más correcto —le dije—. Pero Motecuzoma no amará a tu hermano más de lo que amó a tu padre».

Lo siguiente que recuerdo es que miré por la ventana y exclamé: «Cómo se fue el tiempo. Ya es noche cerrada… y yo estoy desastrosamente borracho». «Descansa en la habitación de allá —dijo el príncipe—. Debemos de estar en pie mañana para escuchar a todos los poetas de palacio leer sus panegíricos». «Si duermo ahora tendré un horrible dolor de cabeza mañana —le dije—. Es mejor, con tu permiso, que primero vaya a caminar por la ciudad y deje que Viento de la Noche sople los vapores que tiene mi cerebro».

Mi manera de caminar probablemente era digna de verse, pero no había nadie por allí que pudiera hacerlo. Las calles, en la oscuridad de la noche, estaban más vacías que de costumbre, pues todos los habitantes de Texcoco estaban de duelo adentro de sus casas. Y era evidente que los sacerdotes habían arrojado partículas de cobre entre las astillas de pino de las antorchas, que estaban en los soportes de las esquinas de las calles, pues sus llamas eran azules y sus luces se veían disminuidas y sombrías. Medio sonámbulo como iba, de alguna manera tuve la impresión de que estaba repitiendo el camino que había seguido una vez, hacía ya mucho tiempo. Esa impresión exaltó todavía más mi imaginación cuando vi, delante de mí la banca de piedra y el árbol tapachini de flores rojas. Me senté agradecido, por un rato, gozando al ser rociado por los pétalos escarlata del árbol, que el viento hacía volar. Entonces me di cuenta de que a cada lado de mí, estaba sentado un hombre.

Me giré hacia mi izquierda, levanté mi cristal y vi al mismo hombre encorvado, de color cacao, vestido con jirones que había visto muy seguido en mi vida. Me volví a mi derecha y vi a aquel otro mejor vestido, pero sucio y cansado, que había visto antes, aunque no tan seguido. Supongo que debí de brincar y lanzar un fuerte grito, pero sólo me reí entre dientes como un borracho, dándome cuenta de que eran simplemente visiones producidas por todo el octli que había ingerido. Todavía riendo me dirigí a ambos: «Venerables señores, ¿no se han ido a la tumba con su personificador?». El hombre de color cacao sonrió enseñando los pocos dientes que tenía: «Hubo un tiempo en que tú creías que éramos dioses. Supusiste que yo era Huehuetéotl, El Más Viejo de Todos los Viejos Dioses, el que fue más venerado en estas tierras, mucho antes de que lo fueran los otros». «Y yo era el dios Yoali Ehécatl —dijo el hombre sucio—. El Viento de la Noche, quien puede arrebatar a los viajeros que caminan despreocupados por la noche, o recompensarlos, de acuerdo a su voluntad». Yo asentí, decidido a seguirles el humor aunque ellos sólo fueran alucinaciones. «Es verdad, mis señores, de que yo una vez fui joven y crédulo. Pero luego supe que el pasatiempo favorito de Nezahualpili era vagar disfrazado por el mundo». «¿Y eso hace que no creas en los dioses?», me preguntó el hombre color cacao. Yo hipé y dije: «Déjeme aclarar esto. Nunca me he encontrado con ninguno, excepto ustedes dos». El hombre polvoriento murmuró oscuramente: «Pudiera ser que los verdaderos dioses sólo aparecieran cuando están cerca de desaparecer». Yo les dije: «Entonces, será mejor que ustedes desaparezcan, y se vayan a donde deben estar. Nezahualpili no se sentirá muy contento caminando por ese horrendo camino hacia Mictlan, mientras dos de sus formas incorpóreas están todavía en este mundo». El hombre color cacao se rió. «Quizás no podamos dejarte, viejo amigo. Hemos seguido por tanto tiempo tu destino en tus diferentes personalidades: como Mixtli, el Topo, Cabeza Inclinada, ¡Trae!, como Zaa Nayàzú, Ek Muyal, Su-kurú…». Yo le interrumpí: «Usted recuerda todos mis nombres mejor que yo».

«¡Entonces, recuerda los nuestros! —dijo cortante—. Yo soy Huehuetéotl y éste es Yoali Ehécatl». «Para ser unos simples aparecidos —gruñí—, ustedes son abominablemente persistentes e insistentes. Hace mucho que no había estado tan borracho como ahora, la última vez debió de haber sido hace unos siete u ocho años. Y ahora recuerdo… que entonces dije que algún día encontraría a un dios en alguna parte y entonces le preguntaría… le preguntaría esto: ¿por qué los dioses tenían que dejarme vivir por tanto tiempo, mientras que hacían morir a todas aquellas personas que estaban cerca de mi corazón? Mi querida hermana, mi amada esposa, mi hijo recién nacido, mi adorada hija y tantos amigos cercanos, aunque fueran cariños pasajeros…». «Eso tiene una fácil respuesta —dijo la harapienta aparición que se llamaba a sí misma El Más Viejo de Todos los Viejos Dioses—: Esas personas fueron, por decirlo así, los martillos y los cinceles con que te hemos esculpido y ellos se rompieron o fueron descartados. Tú, no. Tú has aguantado todos los golpes, las raspaduras y las asperezas». Yo asentí con la solemnidad de la borrachera y dije: «Ésa es la respuesta de un borracho, si es que es una respuesta».

La polvorienta aparición que se llamaba a sí misma Viento de la Noche dijo: «De toda la gente, Mixtli, tú eres el que más sabes que una estatua o un monumento no llega ya esculpido a la cantera de piedra caliza. Debe ser cortado con hachas, alisado con polvo de obsidiana y expuesto a los elementos para que se endurezca. Y hasta que no está cortado, endurecido y pulido no se puede utilizar». «¿Utilizar? —dije con aspereza—. Al final de mis caminos y de mis días ya mermados, ¿para qué podría ser útil?». Viento de la Noche dijo: «Yo mencioné un monumento. Lo único que tienes que hacer es estar en pie y derecho, pero no siempre es una cosa fácil de hacer». «Y no se consigue fácilmente —dijo El Más Viejo de Todos los Dioses Viejos—. Esta misma noche, tu Venerado Orador Motecuzoma ha cometido un error irreparable y cometerá otros. Una tormenta de fuego y sangre se aproxima, Mixtli. Has sido tallado y endurecido con un solo propósito, que puedas sobrevivir a ella». Volví a hipar y pregunté: «¿Y por qué yo?». El Más Viejo dijo: «Hace mucho tiempo, un día tú estuviste parado al lado de una colina, no lejos de aquí, indeciso si escalarla o no. Entonces yo te dije que ningún hombre podría jamás vivir cualquier vida, que no fuera la que él escogiera. Tú escogiste subir la cuesta. Los dioses te elegimos y te ayudamos». Yo reí con una risa horrible. «Oh, tú no puedes apreciar nuestras intenciones —admitió—, no más que la piedra puede reconocer los beneficios que le da el martillo y el cincel. Pero sí te ayudamos. Y ahora tienes que devolver los favores recibidos». «Tú sobrevivirás a la tormenta», dijo Viento de la Noche.

El Más Viejo continuó: «Los dioses te ayudaron a llegar a ser un conocedor de palabras; luego para que viajaras a muchas partes, para ver, aprender y adquirir mucha experiencia. Es por eso que tú, más que ningún otro hombre, sabrás cómo era el Único Mundo». «¿Era?», repetí. El Más Viejo hizo un gesto como de barrer con su brazo delgado. «Todo esto va a desaparecer de la vista, del tacto y de cualquier otra sensación y sentido humano. Sólo existirá en la memoria. Y tú serás el encargado de recoger y transmitir esos recuerdos». «Tú perseverarás», dijo Viento de la Noche. El Más Viejo cogió mi hombro y dijo con un dejo de infinita melancolía: «Algún día, cuando todo se haya ido… para nunca volverse a ver… algunos hombres levantarán las cenizas de estas tierras y ellos se maravillarán y se preguntarán. Tú tienes los recuerdos y las palabras para contar la magnificencia de El Único Mundo, para que así nunca sea olvidado. ¡Tú, Mixtli! Cuando todos los monumentos de todas estas tierras hayan caído, cuando incluso la Gran Pirámide haya caído, tú no lo harás». «Tú permanecerás en pie», dijo Viento de la Noche. Yo me reí otra vez, mofándome ante la absurda idea de que la Gran Pirámide se cayera alguna vez. Todavía tratando de seguirles el humor a los dos fantasmas censores, les dije: «Mis señores, yo no estoy hecho de piedra. Sólo soy un hombre y un hombre es el más frágil de los monumentos».

Pero no escuché ninguna respuesta o censura. Las apariciones se habían ido tan rápidamente como habían llegado y yo estaba hablando solo.

Desde la distancia en donde estaba sentado, la antorcha de la calle parpadeaba sus caprichosas llamas azules. Bajo esa luz mortecina, las flores rojas del tapachini que caían sobre mí se veían oscuras, de un color carmesí, como si lloviznara gotas de sangre. Me estremecí de horror, pues sentí algo que ya había experimentado una vez, mucho tiempo antes —cuando por primera vez me había parado a la orilla de la noche, a la orilla de la oscuridad—, el sentimiento de encontrarme totalmente solo en el mundo, desolado y perdido. El lugar en donde estaba sentado era sólo una pequeña isla dentro de la luz azul y opaca y todo lo que le rodeaba estaba oscuro, vacío y el suave gemido del viento nocturno, y el viento gemía: «Recuerda…».

Cuando fui despertado por el guarda que hacía su ronda, apagando las antorchas de la calle, al amanecer, me reí de mi conducta de borracho, tan impropia, e incluso de mi sueño tan tonto. Caminé de regreso al palacio, entumecido por haber dormido en la banca de piedra fría, esperando encontrar a toda la corte todavía dormida. Pero había una gran excitación allí, todo el mundo estaba levantado y se movía de un lado para otro y un buen número de guerreros mexica armados estaban inexplicablemente apostados en todas las puertas del edificio. Cuando encontré al príncipe Huexotzinca y ceñudo me dio la noticia, entonces empecé a preguntarme si el encuentro de la noche pasada había sido en realidad un sueño. Pues la nueva era que Motecuzoma había hecho una cosa muy baja y jamás oída.

Ya he dicho que era una tradición inviolable que en una solemne ceremonia como el funeral de algún alto gobernante, no se echara a perder ésta con un asesinato o con algún otro tipo de traición. También he dicho que el ejército acolhua había sido dado de baja por el difunto Nezahualpili y las pocas tropas que todavía estaban bajo las armas, no estaban preparadas para rechazar invasiones. Como también les dije, Motecuzoma había enviado al funeral a su Mujer Serpiente y al jefe de su ejército, Cuitláhuac. Pero no les he dicho, porque no lo sabía, que Cuitláhuac había llevado consigo un acali de guerra con sesenta buenos guerreros mexica, quienes habían desembarcado secretamente, a las afueras de Texcoco.

Durante la noche, mientras en la confusión de mi borrachera estaba conversando con mis alucinaciones o conmigo mismo, Cuitláhuac y sus guerreros habían derrotado a los guardias de palacio, habían tomado el edificio y el Mujer Serpiente había citado a todos sus habitantes para que escucharan lo que iba a proclamar. El Príncipe Flor Oscura no sería coronado como el sucesor al trono padre. Motecuzoma, como jefe supremo de la Triple Alianza, había decretado que el gobernante de Texcoco sería, en lugar de él, uno de los príncipes menores, Cacama, Mazorca de Maíz, de veinte años de edad e hijo de Nezahualpili y de una de sus concubinas, que no incidentalmente era la hermana menor de Motecuzoma.

Ese despliegue de coacción era inaudito y censurable, pero indisputable. Aunque la política pacifista de Nezahualpili hubiera sido admirable en un principio, desgraciada y tristemente dejó a su pueblo incapacitado para resistir cuando los mexica se mezclaran en sus asuntos. El Príncipe Heredero Flor Oscura demostró la más furiosa y oscura indignación, pero fue todo lo que pudo hacer. El Jefe Cuitláhuac no era un hombre malo a pesar de ser hermano de Motecuzoma y de haber seguido sus órdenes, así es que expresó sus condolencias al desposeído príncipe y le aconsejó que se fuera silenciosamente lo más lejos posible, antes de que Motecuzoma pudiera tener la buena idea, muy práctica por cierto, de hacerlo su prisionero o de eliminarlo.

Así es que Flor Oscura se fue ese mismo día, acompañado por sus cortesanos, sirvientes y guardias personales y de un buen número de otros nobles, que estaban igualmente enfurecidos por lo que había sucedido, todos ellos prometiendo a viva voz que tomarían venganza por haber sido traicionados por un aliado que lo había sido durante mucho tiempo. El resto de la gente de Texcoco sólo pudo quedarse impotentemente ultrajada y preparándose para asistir a la coronación del sobrino de Motecuzoma, como Cacámatzin, Uey-Tlatoani de los acolhua.

No me quedé a la ceremonia. Yo era mexica y en esos momentos un mexica no era muy popular en Texcoco, y en verdad que no me sentía muy orgulloso de ser un mexica. Aun mi antiguo compañero de escuela, Huexotzinca, me miraba pensativo, probablemente preguntándose si yo había hablado veladamente de esa traición cuando le había dicho: «Motecuzoma no amará a tu hermano más de lo que amó a tu padre». Así es que me fui y regresé a Tenochtitlan, en donde todos los sacerdotes jubilosamente estaban preparando ritos especiales en casi todos los templos, para celebrar «la estratagema tan astuta de nuestro Venerado Orador». Y Cacámatzin apenas había calentado con sus nalgas la silla del trono de Texcoco, cuando le fue anunciado que la política de su padre sería derogada, llamando a lista nuevamente a todas las tropas acolhua, para ayudar a su tío Motecuzoma a llevar a efecto otra batalla ofensiva en contra de la eternamente beligerante nación de Texcala.

Tampoco esa guerra tuvo éxito, principalmente porque el nuevo aliado de Motecuzoma, joven y belicoso, no fue de mucha ayuda para él, a pesar de que lo había seleccionado personalmente y de que era su pariente. Cacama no era ni amado ni temido por sus súbditos y su llamada a todos los guerreros fue absolutamente ignorada. Aunque en seguida él hizo una llamada severa para el reclutamiento, sólo unos pocos hombres, comparativamente, respondieron a ésta, y eso con mucha reluctancia, y demostraron ser muy negligentes en la batalla. Otros acolhua, quienes de otra manera hubieran estado ansiosos de tomar las armas, se excusaron diciendo que ya eran muy viejos para pelear o que habían caído enfermos durante los años de paz que Nezahualpili había decretado o que eran padres de una gran familia a la que no podían dejar. La verdad era que ellos eran fieles al Príncipe Heredero que debió ser su Venerado Orador.

Al dejar Texcoco, Flor Oscura se había ido a alguna otra residencia campestre de la familia real, en algún lugar al norte en las montañas y había empezado a fortificar una guarnición allí. Además de los nobles y sus familias que se habían ido, voluntariamente, al exilio con él, muchos otros acolhua se unieron a esa compañía: campeones y guerreros que habían servido bajo las órdenes directas de su padre. Había otros hombres también que aunque no podían dejar sus hogares o negocios permanentemente y que por eso se tuvieron que quedar en los dominios de Cacama, se escurrían por intervalos al reducto que Flor Oscura tenía en la montaña, para adiestrarse y practicar con las otras tropas. Todos esos hechos eran desconocidos por mí en ese tiempo, como también lo eran a la mayoría de la gente. Era un secreto muy bien guardado el que Flor Oscura se estaba preparando, despacio y cuidadosamente, para rescatar su trono de las manos del usurpador, aunque tuviera que pelear con toda la Triple Alianza.

Mientras tanto, la disposición de Motecuzoma, venenosa la mayor parte del tiempo, no había adelantado mucho. Sospechaba que había caído mucho en el ánimo y en la estima de los otros gobernantes, por su intervención dominante en los asuntos de Texcoco. Se sentía humillado por haber fallado, una vez más, en su intento de humillar a Texcala, y no estaba muy complacido con su sobrino Cacama. Entonces, como si no tuviera suficientes cosas que le causaran preocupación y fastidio, otras todavía más problemáticas empezaron a ocurrir.

La muerte de Nezahualpili casi pudo haber sido la señal para que se cumplieran sus oscuras predicciones. En el mes El Árbol Se Levanta que siguió a su funeral, un mensajero-veloz maya llegó con más noticias perturbadoras acerca de que los extraños hombres blancos habían vuelto otra vez a Uluümil Kutz y esa vez no fueron dos, sino cientos. Habían llegado en tres barcos, que echaron anclas en el puerto del pueblo de Kimpech, en la playa oeste de la península, y habían remado hacia la playa en sus grandes canoas. La gente de Kimpech, la que no había sido diezmada por las pequeñas viruelas, resignadamente los dejaron desembarcar sin molestarlos u oponerse. Sin embargo, los hombres blancos entraron en un templo, todos en grupo, y sin hacer siquiera un gesto para pedir permiso, empezaron a arrancar la ornamentación dorada del templo, a lo cual, la población local arremetió en contra de ellos.

O por lo menos lo intentaron, según dijo el mensajero, pues las armas de los guerreros kimpech se estrellaban contra los cuerpos de metal de los hombres blancos y entonces éstos habían gritado «¡Santiago!», como un grito de guerra y pelearon retrocediendo a sus barcos, con unos palos que llevaban, pero que no eran palos ni estacas. Los palos esos lanzaban truenos y luces como lo hace el dios Chak cuando está enojado, y muchos maya cayeron muertos a gran distancia por lo que escupían esos palos. Por supuesto que ahora todos sabemos lo que el mensajero estaba tratando de describir, la armadura de acero de sus soldados y sus arcabuces que matan desde lejos, pero en aquel tiempo esa historia parecía la de un demente.

Sin embargo, él había llevado consigo dos cosas para sustentar su extraña historia. Una era un papel de corteza llevando la cuenta de los que habían muerto: más de cien de los kimpech, entre hombres, mujeres y niños; cuarenta y dos de los forasteros, y una indicación de que los kimpech habían tenido que pelear muy fuerte contra esas nuevas y terribles armas. Como fuera, los defensores habían podido repeler a los invasores. Los hombres blancos se batieron en retirada hacia sus canoas y de allí a sus barcos, que extendiendo sus alas se perdieron de vista, otra vez, más allá del horizonte. La otra cosa que había traído el mensajero era la cara de un hombre blanco muerto, que había sido desollada de su cabeza, con todo su pelo y su barba, y la traía seca y tiesa dentro de una horquilla de sauce. Más tarde tuve la oportunidad de verla y se parecía mucho a las de los otros hombres que había conocido, por lo menos la misma piel color de cal, pero su pelo y su barba eran de un color todavía más extraordinario: eran tan amarillos como el oro.

Motecuzoma recompensó al mensajero por haber traído ese trofeo, pero después de que el hombre se fue, se refirió a ellos maldiciéndolos mucho, por lo tontos que eran los maya: «¡Imagínense, atacar a visitantes que bien pudieran ser dioses!». Y con gran agitación se encerró con su Consejo de Voceros, sus sacerdotes, sus adivinos, sus profetas y hechiceros. Pero a mí no me pidió que me reuniera en esa conferencia y si llegaron a alguna conclusión, yo no oí nada acerca de eso.

Sin embargo, un poco más de un año después, en el año Trece-Conejo, el año en que yo cumplí mi gavilla de años, los hombres blancos se dejaron ver de nuevo en el horizonte, pero esa vez Motecuzoma me llamó para tener una conferencia privada con él. «Para variar —dijo—, esta noticia no ha sido traída por un maya de frente puntiaguda y cerebro pequeño; lo ha hecho un grupo de nuestros propios pochteca, que en aquellos momentos estaban comerciando a lo largo de la costa del mar del este. Se encontraban en Xicalanca cuando seis de esos barcos llegaron y ellos tuvieron el buen sentido de no sentir pánico ni dejar que éste cundiera entre la población».

Yo recordaba muy bien Xicalanca, el bellísimo pueblo situado entre el océano azul y una laguna verde, en la nación de Cupilco.

«Así es que allí no hubo lucha —continuó Motecuzoma—, a pesar de que esta vez los hombres blancos eran doscientos cuarenta y de que los nativos estaban muy asustados. Nuestros firmes pochteca tomaron el mando de la situación, hicieron que todo el mundo conservara la calma e incluso persuadieron al gobernante Tabascoöb para que les diera la bienvenida a los recién llegados. Así es que los hombres blancos no causaron ningún problema, no saquearon ningún templo, no robaron nada, ni siquiera molestaron a las mujeres y se volvieron a ir, después de haber pasado el día admirando el pueblo y probando la comida nativa. Por supuesto que nadie pudo comunicarse con ellos en su propio lenguaje, pero nuestros mercaderes se las arreglaron por medio de señas para sugerirles algún trueque. Aunque los hombres blancos habían llegado a la costa, sin traer mucho con que comerciar, así lo hicieron; a cambio de unas cuantas cañas de polvo de oro, dieron ¡esto!».

Y Motecuzoma, con el mismo gesto que hace un adivino callejero sacando mágicamente unos dulces ante una multitud de niños, extrajo de su manto, con rápido movimiento, varios hilos de cuentas. Aunque estaban hechos de diferentes materiales y de diversos colores, tenían las mismas cuentas pequeñas separadas por otras más largas a determinados intervalos. Eran hilos de oraciones, como el que yo había conseguido de Jerónimo de Aguilar, siete años antes. Motecuzoma sonrió y su sonrisa parecía ser de vindicación, como si esperara de mí que de repente yo me rebajara ante él y le concediera: Usted tenía razón, mi señor, los extranjeros son dioses. Pero en lugar de eso, dije: «Claramente se ve, Señor Orador, que esos hombres blancos, todos ellos, adoran o rezan de la misma manera, lo que indica que todos son del mismo lugar de origen. Pero ya hemos supuesto eso. Y estas cuentas no nos dicen nada nuevo acerca de ellos». «¿Y esto? —Y de detrás de su trono, sacó con el mismo aire de triunfo lo que parecía ser una olla de plata empañada—. Uno de los visitantes se la quitó de la cabeza y la cambió por oro».

Yo examiné esa cosa. No era una olla, pues por su forma no se podía mantener inmóvil. Era de metal, de una clase del mismo color de la plata, pero no tan brillante —por supuesto que era acero— y en la parte que estaba abierta tenía amarradas unas tiras de cuero, evidentemente para ser asegurada a la barbilla del que la llevaba. Yo dije: «Es un yelmo, como seguramente el Venerado Orador ya ha adivinado. Y muy práctico, ninguna maquáhuitl podría lastimar la cabeza del hombre que llevara puesto uno de éstos. Sería una cosa muy buena si nuestros propios guerreros pudieran ser equipados con…». «¡Usted se está olvidando del punto más importante! —dijo él interrumpiéndome impaciente—. Esta cosa tiene la forma exacta de lo que el dios Quetzalcóatl habitualmente llevaba sobre su reverenda cabeza». Yo dije escéptico, pero respetuoso. «¿Cómo podemos saber eso, mi señor?». Con otro movimiento rápido, él sacó la última de sus triunfantes sorpresas. «¡Aquí está! Mire ahí, obstinado y viejo incrédulo. Mi sobrino Cacama me lo envió de los archivos de Texcoco». Era un texto de historia escrito en piel de venado, que narraba la abdicación y la partida del gobernante tolteca Serpiente Emplumada. Motecuzoma apuntó, con dedo tembloroso, uno de los dibujos que mostraba a Quetzalcóatl diciendo adiós en su canoa que flotaba en el mar. «Él está vestido como nosotros —dijo Motecuzoma, con voz algo trémula—. Pero lleva en su cabeza una cosa que seguramente era la corona de los tolteca. Ahora, ¡compárelo con el yelmo que usted sostiene en este momento!». «No, indiscutiblemente que no puede discutirse la semejanza entre los dos objetos —le dije y él dio un gruñido de satisfacción. Pero yo continué con precaución—: Aunque a pesar de todo, mi señor, debemos tener en mente que hacía mucho tiempo que todos los tolteca ya no estaban aquí cuando cualquiera de los acolhua aprendió a dibujar. Por lo tanto, el artista que dibujo esto jamás pudo ver cómo se vestían los tolteca y mucho menos Quetzalcóatl. Le concedo a usted que la apariencia del tocado que está en este dibujo tiene una semejanza maravillosa con el yelmo del hombre blanco. Yo sé cómo los escribanos historiadores pueden dejar volar su imaginación en su trabajo, por lo que sugiero a mi señor que esto es sólo una coincidencia». «¡Yya! —exclamó Motecuzoma como si fuera a vomitar—. ¿Nada puede convencerlo a usted? Escuche, hay una prueba todavía mayor. Como hace tiempo lo prometí, puse a todos los historiadores de toda la Triple Alianza a buscar lo que pudieran encontrar acerca de los desaparecidos tolteca. Para su sorpresa, según ellos mismos reconocieron, encontraron muchas viejas leyendas sobrenaturales, extraviadas y olvidadas. Y escuche esto: de acuerdo con esas leyendas redescubiertas, los tolteca tenían una complexión pálida muy fuera de lo común y también tenían mucho pelo, los hombres acostumbraban dejárselo crecer en sus caras, porque lo consideraban un signo de hombría. —Él se inclinó hacia mí para verme mejor—. En simples palabras, Campeón Mixtli, los tolteca eran unos hombres blancos y barbudos, exactamente iguales a estos forasteros que cada vez nos visitan más frecuentemente. ¿Qué puede usted decir a eso?».

Pude haberle dicho que nuestras historias están tan llenas de leyendas y éstas son tan diversas y elaboradas, que cualquier niño podría encontrar alguna de ellas que pudiera sostener cualquier creencia extraordinaria o cualquier teoría nueva. Pude haberle dicho que aun el historiador más dedicado, de ninguna manera hubiera desilusionado al Venerado Orador si éste estaba encaprichado con una idea irracional y demandando algo con que sustentarla. Pero me callé esas cosas y dije circunspecto: Cualquier cosa que sean los hombres blancos, mi señor, usted ha hecho notar correctamente que sus visitas son cada vez más frecuentes. También, cada vez vienen en número mayor. También, cada vez desembarcan más hacia el oeste: Tihó, luego Kimpech y ahora Xicalanca, cada vez más cerca de nuestras tierras. ¿Qué va a hacer mi señor acerca de eso?». Él se levantó de su trono, como si inconscientemente sospechara que estaba sentado allí precariamente y después de haber meditado por unos momentos, contestó: «Cuando nadie se les ha opuesto, no han causado perjuicios o daño. Es obvio que prefieren viajar siempre en sus barcos o estar cerca del mar. Usted mismo ha dicho que vienen de unas islas. Así es que quienquiera que sean… los tolteca que regresan o los verdaderos dioses de los tolteca… no parecen demostrar ninguna inclinación a internarse tierra adentro, para venir a esta región que una vez fue de ellos. —Se encogió de hombros—. Si ellos desean regresar al Único Mundo, o quedarse sólo en las tierras costeras, bueno… —Se volvió a encoger de hombros—. ¿Por qué no habríamos de vivir, ellos y nosotros, amigablemente como vecinos? —Hizo una pausa y como yo no dije nada, él me preguntó con aspereza—: ¿No está usted de acuerdo?». Yo le dije: «Según mi experiencia, Señor Orador, uno nunca puede saber cuándo un vecino será un tesoro o una desgracia hasta que éste se ha mudado para quedarse, y para entonces será muy tarde para arrepentirse. Lo podría comparar con un matrimonio impetuoso, uno sólo puede tener la esperanza de que será un buen matrimonio».

Un poco menos de un año después, los vecinos se mudaron para quedarse. Fue en la primavera del año Uno-Caña que otro mensajero-veloz llegó y éste era de la nación de Cupilco, pero esa vez traía un recado tan alarmante que Motecuzoma envió por mí y al mismo tiempo reunió a su Consejo de Voceros para escuchar la noticia. El mensajero era portador de unos papeles de corteza en los que se daba la triste historia en palabras-pintadas. Pero mientras los examinábamos, él mismo nos contó lo que había pasado con palabras entrecortadas y llenas de angustia. En el día Seis-Flor, unos barcos habían aparecido en la costa, otra vez, con sus alas anchas desplegadas al viento y no unos cuantos de ellos, sino toda una flota, bastante atemorizante, de once barcos. Según su calendario, reverendos escribanos, eso debió de haber sido el día veinticinco de marzo o el primer día de su Año Nuevo, del año de mil quinientos diecinueve.

Los once barcos anclaron en la boca del Río de los Tabascoöb, mucho más hacia el oeste que la visita anterior, y habían vomitado en la playa incontables cientos de hombres blancos. Todos ellos armados y cubiertos con metal, que habían desembarcado gritando «¡Santiago!», que era aparentemente el nombre de su dios de la guerra, y llegaron con la clara intención de hacer algo más que admirar el paisaje y saborear los alimentos locales. Así es que la población había reunido inmediatamente a sus guerreros, no solamente los de Cupilco sino que también juntaron a los coatzacuali, a los coatlícamac y otros más de esa región, que en total fueron unos cinco mil. Se pelearon muchas batallas en el espacio de diez días, y la gente había luchado con bravura, pero sin provecho, pues las armas de los hombres blancos eran invencibles.

Ellos tenían lanzas, espadas, escudos y armaduras de metal, contra las cuales la obsidiana de las maquáhuime se rompía al primer golpe. Tenían arcos muy pequeños y con el arco muy mal hecho, pero que lanzaba pequeñas flechas con increíble destreza. Tenían esos palos que lanzaban luz y truenos y que aunque hacía unos agujeritos insignificantes en sus víctimas, eran de muerte. Tenían unos tubos de metal puestos sobre unas ruedas muy grandes, que se parecían mucho más a una tormenta furiosa enviada por el dios, pues éstos escupían todavía más luz, atronaban más fuerte y que arrojaban pedacitos de metal dentado que segaban la vida de muchos hombres al mismo tiempo, como un maizal abatido por una tormenta de granizo. Pero lo más maravilloso, increíble y aterrorizador de todo, dijo el mensajero, es que algunos de esos guerreros blancos son hombres-bestias: sus cuerpos son como venados gigantes pero sin astas, sus cuatro patas tienen cascos, con los que galopan tan rápido como un venado, mientras que sus dos armas humanas que empuñan con habilidad, ya sea la lanza o la espada, tienen efectos letales y a su sola vista, hasta los hombres más valerosos tiemblan de miedo.

Veo que sonríen, reverendos frailes, pero en aquel tiempo, ni las palabras entrecortadas del mensajero, ni los rudos dibujos de Cupilco, nos pudieron dar una idea coherente de soldados montados en unos animales mucho más grandes de los que hay en estas tierras. Por lo mismo, nos quedamos sin comprender lo que el mensajero llamaba por perros-leones, que podían correr detrás de un hombre huyendo u oler su escondite y que podía destrozarlo tan terriblemente como lo haría una espada o un jaguar. Ahora, por supuesto, todos nosotros estamos íntimamente familiarizados con sus caballos y sabuesos y de su gran utilidad en la caza o en una batalla.

Cuando todas las fuerzas juntas de los nativos habían perdido ochocientos hombres por muerte y cerca de igual número por heridas graves, dijo el mensajero, y en ese tiempo sólo habían matado catorce de los invasores blancos, el Tabascoöb los llamó para que se rindieran. Mandó unos emisarios nobles portando las banderas doradas de tregua y ellos se aproximaron a las casas de tela que los hombres blancos habían erigido en la playa. Los nobles se sorprendieron cuando vieron que podían comunicarse con ellos, sin necesidad de gesticular, puesto que uno de los hombres blancos hablaba, comprensiblemente, un dialecto maya. Los enviados preguntaron que cuáles serían las demandas de los hombres blancos para rendirse y que la paz fuera declarada. Uno de los hombres blancos, evidentemente su jefe, dijo unas palabras ininteligibles que el que hablaba maya tradujo.

Reverendos escribanos, no puedo atestiguar la exactitud de esas palabras, ya que sólo les repito a ustedes lo que el mensajero cupícatl nos dijo ese día, y él lo escuchó, por supuesto, después de que éste hubo pasado por varias bocas y en las diversas lenguas que se hablaban en esos lugares. Pero las palabras fueron éstas:

«Decid a vuestro pueblo que no hemos venido a hacer la guerra. Venimos buscando un remedio para nuestras enfermedades. Nosotros los hombres blancos sufrimos de un mal del corazón, y el único remedio es el oro».

A eso, el Mujer Serpiente Tlácotzin mirando a Motecuzoma dijo, en una voz que quería ser estimulante: «Eso puede ser una cosa muy valiosa para nosotros, Señor Orador. Los forasteros no son invulnerables a todo. Ellos tienen una curiosa enfermedad que jamás ha causado problemas a los pueblos de estas tierras». Motecuzoma asintió vacilante, con incertidumbre. Todos los hombres viejos de su Consejo de Voceros siguieron su ejemplo y como él asintieron, como si se reservaran sus juicios. Sólo un hombre viejo que estaba en esa habitación fue lo suficientemente rudo como para dar una opinión, y por supuesto ése era yo. «Discúlpeme por diferir con usted, Señor Mujer Serpiente —le dije—. He conocido a mucha de nuestra gente que sufre los síntomas de esa enfermedad, y es llamada avaricia». Ambos, Tlácotzin y Motecuzoma me miraron enojados y yo ya no hablé más. Al mensajero se le dijo que prosiguiera con su historia, de la cual ya no quedaba mucho.

El Tabascoöb, dijo él, había hecho la paz al amontonar sobre las arenas cada fragmento de oro que pudo ser traído inmediatamente a ese lugar: vasijas, cadenas, imágenes de dioses, joyas, ornamentos de oro batido y aun en polvo, pepitas y pedazos crudos del metal todavía no trabajado. El hombre blanco que obviamente era el que mandaba, preguntó casi casualmente, de dónde conseguía la gente ese oro que aliviaba el corazón. El Tabascoöb le replicó que se encontraba en diferentes partes de El Único Mundo, pero que la mayor parte lo tenía el gobernante de los mexica, Motecuzoma, pues estaba atesorado en su ciudad capital. Los hombres blancos parecían estar seducidos por esa noticia y preguntaron dónde estaba esa ciudad. El Tabascoöb les dijo que sus casas flotantes podrían acercarse más a ella si iban más hacia el oeste, siguiendo la costa y luego hacia el noroeste.

Motecuzoma gruñó: «Qué vecinos tan útiles tenemos».

El Tabascoöb también había dado, como un regalo, al comandante blanco veinte mujeres bellas para que se las dividieran entre él y sus oficiales. Diecinueve de las muchachas habían sido escogidas por el mismo Tabascoöb, como las vírgenes más deseables de toda esa región. Ellas no se sentían muy felices cuando fueron conducidas al campamento de los extranjeros, pero la muchacha número veinte se había ofrecido a sí misma, sin ningún egoísmo, para completar la cifra de veinte para ese regalo, cuyo número ritual podría influenciar a los dioses para que ya no mandaran más visitantes a Cupilco. Así es que, concluyó el mensajero cupícatl, los hombres blancos cargaron su oro y sus mujeres dentro de sus grandes canoas y luego abordaron sus inmensas casas flotantes y como toda la gente fervientemente esperaba, las grandes casas desplegaron sus alas y salieron rumbo al oeste, el día Trece-Flor, manteniéndose lo suficientemente cerca de la costa.

Motecuzoma gruñó un poco más, mientras los viejos de su Consejo de Voceros se mezclaban en murmurante conferencia y el mayordomo de palacio acompañaba al mensajero fuera de la habitación. «Mi Señor Orador —dijo uno de los viejos con timidez—, éste es el año Uno-Caña». «Muchas gracias —dijo Motecuzoma con acritud—. Eso es algo que ya sé». Otro viejo dijo: «Pero quizás el posible significado de él, haya escapado a la atención de mi señor. De acuerdo con una de las leyendas, Uno-Caña fue el año en que Quetzalcóatl nació en su forma humana, para ser el Uey-Tlatoani de los tolteca». Y otro dijo: «Uno-Caña pudo haber sido, por supuesto, el año en que Quetzalcóatl completó su gavilla de cincuenta y dos años. Y, también fue en ese año Uno-Caña, según la leyenda, que su enemigo el dios Tezcatlipoca lo engañó haciendo que se emborrachara, así que sin quererlo él cometió un pecado abominable». Y otro dijo: «El gran pecado que él cometió, mientras estaba ebrio, fue copular con su hija. Cuando despertó a su lado, a la mañana siguiente, su remordimiento le hizo abdicar su trono e irse lejos en su canoa, más allá del mar del este». Y otro dijo: «Pero aunque se fue él prometió volver. ¿Lo ve usted, mi señor? La Serpiente Emplumada había nacido en el año Uno-Caña y desapareció en el siguiente año llamado Uno-Caña. Admitimos que ésta es sólo una leyenda y que las otras acerca de Quetzalcóatl citan fechas diferentes y que todo eso sucedió hace incontables gavillas de años, pero, ya que éste es otro año Uno-Caña, ¿no sería bueno preguntarnos…?».

Ese hombre dejó caer su pregunta en el silencio, porque la cara de Motecuzoma estaba casi tan pálida como la de cualquier hombre blanco. Se vio tan afectado que se quedó sin habla y debió de haber sido porque al recordarle esas fechas que coincidían, siguiendo su significado de cerca llegó a lo que había dicho el mensajero: que los hombres que se fueron por el mar del este, aparentemente intentarían buscar su ciudad. O quizás se había puesto pálido por la alusión directa de una semejanza entre él y el Quetzalcóatl que había dejado el trono, por haber sentido vergüenza de su propio pecado. Motecuzoma tenía por entonces varios hijos de diferentes edades, de sus diversas esposas y concubinas, y por algún tiempo se escuchó por ahí un sordo rumor acerca de sus relaciones con dos o tres de sus hijas. El Venerado Orador tenía suficientes cosas para reflexionar en ese momento, pero el mayordomo de palacio regresó otra vez, besando la tierra y pidiendo permiso para anunciar la llegada de más mensajeros.

Era una delegación de cuatro hombres que venían de la nación totonaca en la costa este, y llegaban para informar que allí habían aparecido once de esos barcos llenos de hombres blancos. La entrada al salón de esos mensajeros totonaca, inmediatamente después del mensajero cupícatl, fue otra coincidencia inquietante, aunque no inexplicable. Habían pasado unos veinte días entre que los barcos habían dejado Cupilco para aparecer en la costa totonaca, pero esta última nación estaba casi directamente al este de Tenochtitlan y había muy buenos caminos comerciales entre las dos, en cambio el hombre de Cupilco había tenido que venir por una ruta mucho más larga y difícil. No era sorprendente, pues, la llegada de esos mensajeros diferentes, pero esto no hizo que ninguno de los que estábamos en el salón del trono nos sintiéramos tranquilos.

Los totonaca eran gente ignorante y no conocían el arte de las palabras-pintadas, así es que no habían enviado ningún mensaje escrito. Los cuatro mensajeros eran recordadores-de palabras y traían un mensaje memorizado de su gobernante, el Señor Patzinca, como él se los había dicho, palabra por palabra. Debo hacerles notar aquí, que en un aspecto nuestros memoristas de palabras eran casi tan útiles como los informes escritos: podían repetir lo que hubieran memorizado, una y otra vez, cuantas veces fuera necesario y sin omitir o cambiar alguna palabra. Sin embargo, tenían sus limitaciones al ser imperiosamente interrogados. Cuando se les preguntaba algo para esclarecer alguna parte del mensaje, ellos no lo podían hacer, sólo podían repetir el mensaje exactamente como se les había dado. Ni siquiera podían hacer ese mensaje más elaborado, añadiéndole sus propias opiniones o impresiones, porque la sencillez de sus mentes les impedía hacer alguna de esas cosas.

«En el día Ocho-Lagarto, mi Señor Orador», empezó uno de los totonaca y continuó recitando el mensaje mandado por Patzinca. En el día Ocho-Lagarto, once barcos se materializaron sobre el océano y se detuvieron afuera de la bahía de Chalchihuacuecan. Era un lugar que yo ya había visitado una vez, El Lugar En Donde Abundan Las Cosas Bellas, pero no hice ningún comentario, pues sabía que no se debe interrumpir a un recordador de palabras. El hombre siguió con su mensaje diciendo que al día siguiente, el día Nueve-Viento, los extranjeros blancos y barbudos empezaron a llegar a la playa, en donde construyeron casitas de tela y que además habían erigido allí un palo largo, con grandes banderas y que habían empezado a representar lo que parecía ser una ceremonia, ya que cantaban mucho y gesticulaban y se arrodillaban y se paraban y que también había varios sacerdotes, que habían reconocido porque vestían todos de negro, exactamente igual a los de estas tierras. Ésos fueron los sucesos en el día Nueve-Viento. Al siguiente día…

Uno de los ancianos del Consejo de Voceros dijo pensativamente: «Nueve-Viento. De acuerdo, por lo menos con una de las leyendas, el nombre completo de Quetzalcóatl era Nueve-Viento Serpiente Emplumada. Lo que quiere decir que él había nacido en el día Nueve-Viento». Motecuzoma se tambaleó a simple vista, quizás porque esa información lo había sorprendido portentosamente o quizás porque el anciano debía de haber sabido que no se debía interrumpir a un recordador de palabras ya que éste no puede coger de nuevo el hilo de la narración en donde la dejó cuando lo interrumpen, tiene que volver a empezar otra vez.

«En el día Ocho-Lagarto…».

Él recorrió todo el principio hasta llegar al punto en donde se había quedado y continuó con su informe de que no había habido ninguna batalla en la playa ni en ningún otro lado, todavía. Cosa que era de comprenderse, pues los totonaca aparte de ser ignorantes eran serviles y de todo lloriqueaban. Por años habían estado subordinados a la Triple Alianza y regularmente habían pagado su tributo anual de frutas, madera fina, vainilla y cacao para hacer chocólatl, picíetl para fumar y otros productos de las Tierras Calientes, pero siempre habían entregado su tributo lloriqueando y quejándose.

Los habitantes de El Lugar En Donde Abundan Las Cosas Bellas, había dicho el mensajero, no se habían opuesto a la llegada de los forasteros, pero habían mandado aviso a su Señor Patzinca en la ciudad capital de Tzempoalan. Patzinca envió a varios de sus nobles llevando muchos regalos a los extranjeros blancos y barbados, y también una invitación para que fueran a visitar su Corte. Así es que cinco de esos hombres blancos, presumiblemente personajes de alto rango, aceptaron su invitación, llevando con ellos una mujer que había desembarcado con ellos. Ella ni era blanca ni tenía barbas, dijo el mensajero, sino que era una hembra de alguna nación más al norte de El Único Mundo. En el palacio de Tzempoalan, los visitantes presentaron sus regalos a Patzinca: una silla de curiosa construcción, muchas cuentas de colores, un sombrero muy pesado y una tela como con pelitos color roja. Los visitantes anunciaron entonces que ellos llegaban en representación de su gobernante llamado Reidoncarlos, y de un dios llamado Nuestro Señor y una diosa llamada Nuestra Señora.

Sí, reverendos escribanos, ya sé, ya sé. Solamente repito lo que aquel ignorante totonaca había dicho.

Entonces los visitantes le hicieron muchas preguntas a Patzinca referentes a su tierra. ¿A qué dios veneraba su pueblo? ¿Había mucho oro en ese lugar? ¿Era él un rey o un simple virrey? Aunque Patzinca estaba perplejo ante los muchos términos extraños utilizados en su interrogación, contestó lo mejor que pudo. De toda la multitud de dioses que existían, él y su pueblo adoraban a Tezcatlipoca como el más grande. Él era el gobernante de todos los totonaca, pero estaba sometido a las tres naciones más poderosas que se encontraban tierra adentro y de las cuales la más fuerte era la nación mexica, gobernada por el Venerado Orador Motecuzoma. Y en ese momento preciso, les había confiado Patzinca, cinco registradores de la tesorería mexica estaban en Tzempoalan para revisar la lista de artículos que los totonaca pagaban como tributo…

«Quisiera saber —dijo de repente el viejo consejero—, ¿a qué conducía toda esa interrogación? Hemos escuchado que uno de los hombres blancos hablaba la lengua maya, pero ninguno de los totonaca puede hablar más que su propia lengua y nuestro náhuatl». El recordador de palabras miró confundido por un momento, luego se aclaró la garganta y empezó otra vez:

«En el día Ocho-Lagarto, mi Señor Orador…». Motecuzoma miró exasperado al desgraciado viejo que había interrumpido y entre dientes le dijo: «Ahora todos moriremos de viejos antes de que este estúpido pueda terminar su mensaje». El totonácatl se aclaró otra vez la garganta y empezó:

«En el día Ocho-Lagarto…», y todos nos sentamos inquietos hasta que llegó de nuevo en donde se había quedado, para darnos nueva información. Cuando lo hizo, ésta fue lo suficientemente interesante como para haber valido la pena el esperar.

Los cinco arrogantes registradores de tributo mexica, le dijo Patzinca a los hombres blancos, estaban muy enojados con él porque les había dado la bienvenida a ellos, los extranjeros, sin haber pedido permiso primero a su Venerado Orador Motecuzoma. En consecuencia, ellos habían añadido al tributo la demanda de diez muchachos totonaca y diez doncellas vírgenes totonaca para ser mandados junto con la vainilla, el cacao y otros artículos a Tenochtitlan, para ser sacrificados como víctimas cuando lo requirieran los dioses mexica.

Al oír eso, el jefe de los hombres blancos hizo gestos de que sentía una gran repugnancia por eso, y colérico le dijo a Patzinca que él no debía hacer una cosa como ésa, que en lugar de esto tenía que coger a los cinco oficiales mexica y hacerlos sus prisioneros. Cuando el Señor Patzinca expresó, horrorizado, su reluctancia a poner las manos sobre los funcionarios de Motecuzoma, el jefe blanco le prometió que sus soldados blancos defenderían a los totonaca contra cualquier represalia. Así es que Patzinca, aunque sudando por la aprensión, dio la orden y los cinco registradores fueron por último vistos —por los recordadores de palabras antes de salir para Tenochtitlan— aprisionados en una jaula pequeña, atados a las barras de ésta, todos ellos amontonados como si fueran pavos llevados al mercado, con las plumas de sus mantos lamentablemente alborotadas, por no hablar del estado de sus mentes.

«¡Eso es ultrajante! —gritó Motecuzoma, olvidándose de sí mismo—. ¡Los extranjeros tienen una disculpa pues no conocen nuestras leyes tributarias, pero ese necio de Patzinca…! —Se levantó de su trono y agarró fuertemente al totonácatl que había estado hablando—. Cinco de mis registradores del tesoro han sido tratados así ¡y te atreves a venírmelo a contar! Por los dioses, que te echaré vivo a los grandes gatos que hay en el zoológico, ¡a menos de que tus siguientes palabras sean para dar una explicación y una disculpa a ese loco acto de traición de Patzinca!».

El hombre tragó saliva, sus ojos se hicieron acuosos, pero lo que él dijo fue: «En el día Ocho-Lagarto, mi Señor Orador…». «¡Ayya ouiya, cállate! —rugió Motecuzoma. Regresó a su trono y con desesperación se cubrió el rostro con las manos—. Me retracto, ningún gato podría sentirse muy orgulloso de comerse semejante porquería».

Uno de los ancianos consejeros, diplomáticamente, completó la diversión al hacerle una señal a otro de los mensajeros para que hablara. Ése, inmediatamente empezó a balbucir muy rápido y mezclando los lenguajes. Era evidente que había estado presente por lo menos en una de las conferencias entre su gobernante y los visitantes, y estaba repitiendo cada una de las palabras que habían hablado entre ellos. También era evidente que el jefe blanco hablaba en español y después otro de los visitantes lo traducía al maya y después eso era traducido al náhuatl para que lo pudiera entender Patzinca, y después de que Patzinca había contestado, era otra vez traducido al jefe blanco de la misma manera. «Afortunadamente está usted aquí, Mixtli —me dijo Motecuzoma—. Aunque el náhuatl está muy mal hablado, por lo menos podremos coger sentido, con suficientes repeticiones. Mientras que las otras lenguas… ¿puede decirnos qué es lo que ellos quieren decir?». Me hubiera gustado poder hacerlo con una traducción inmediata y fluida, pero en verdad entendía tan poco como todos los presentes, incluyendo al que estaba revolcando las palabras. El acento del mensajero totonaca era más que un impedimento, pero tampoco su gobernante hablaba bien el náhuatl, ya que él sólo había aprendido ese lenguaje para conversar con sus superiores. También, como el dialecto maya era una traducción de la tribu xiu y aunque yo era bastante competente en esa lengua, era muy difícil de comprender, pues aparentemente el traductor blanco no era muy ducho en esa lengua. Y entonces, por supuesto que yo no hablaba fluidamente el español, además de que había muchas palabras en español como «rey» y «virrey» que no existían en ninguno de nuestros lenguajes, y por lo tanto no se podían traducir ni en xiu ni en náhuatl. Un poco abatido tuve que confesar a Motecuzoma: «Quizás yo también, mi señor, oyendo varias repeticiones pueda sacar algo limpio de todo esto. Pues de momento lo único que puedo decirle es que la palabra que más pronuncia en la lengua del hombre blanco es “cortés”». Motecuzoma dijo desalentado: «Una palabra». «Eso quiere decir cortesía, Señor Orador, o gentil, o bien educado, o bondadoso». Los ojos de Motecuzoma se iluminaron un poco y dijo: «Bueno, por lo menos eso no pronostica nada malo, si los forasteros hablan de gentileza y bondad». Me contuve de hacerle notar que los forasteros no habían tenido una conducta muy gentil cuando asaltaron las tierras de Cupilco.

Después de vacilar un momento, Motecuzoma nos dijo a mí y a su hermano, el jefe guerrero Cuitláhuac, que nos lleváramos a los mensajeros a algún lado y escucháramos todo lo que tenían que decir, tantas veces como fuera necesario, hasta que pudiéramos reducir todo el flujo de sus palabras a un informe coherente de lo que había sucedido en la nación totonaca. Así es que los llevamos a mi casa, en donde Beu nos dio suficiente comida y bebidas para todos, y dedicamos varios días completos a escucharlos. Uno de los mensajeros repitió una y otra vez el mensaje que había enviado Patzinca, los otros tres, repitieron una y otra vez toda aquella palabrería que memorizaron en las varias conferencias, en diversas lenguas, que tuvo Patzinca con sus visitantes. Cuitláhuac se concentró en las porciones recitadas en náhuatl, yo en las xiu y español, hasta que nuestros oídos y cerebros estaban bien embotados. Sin embargo, de ese flujo de palabras pudimos al fin sacar algo en limpio que yo puse en palabras pintadas.

Cuitláhuac y yo percibimos que la situación era ésta:

Los hombres blancos parecían estar escandalizados porque los totonaca o cualquier otro pueblo tuvieran que sentir temor o estar subyugados a la dominación de un gobernante «extranjero» llamado Motecuzoma. Les ofrecieron utilizar sus armas, únicas e invencibles, para «liberar» a los totonaca y a otros que desearan igualmente verse libres del despotismo de Motecuzoma, con la condición de que esos pueblos se aliaran a su Rey Don Carlos, quien todavía era más extranjero. Nosotros sabíamos que algunas naciones gustosamente se unirían para destruir a los mexica, pues ninguna de ellas había estado muy complacida de tener que pagar tributo a Tenochtitlan, y Motecuzoma había hecho que los mexica fuéramos todavía menos populares en todo El Único Mundo. Sin embargo, los hombres blancos habían añadido otra condición a su ofrecimiento de liberación, y la aceptación de ésta por cualquier aliado sería tanto como cometer un acto de rebelión todavía más horroroso.

Nuestro Señor y Nuestra Señora, dijeron los hombres blancos, estaban celosos de todas sus deidades y se sentían asqueados con la práctica de sacrificios humanos. Todos los pueblos que deseasen liberarse de la dominación de los mexica, debían, también, adorar al nuevo dios y a la nueva diosa. Deberían evitar toda ofrenda sangrienta, tenían que tirar o destruir todas sus estatuas y todos los templos dedicados a sus viejas deidades, y en su lugar pondrían las cruces que representaban a Nuestro Señor y las imágenes de Nuestra Señora que los hombres blancos les proporcionarían. Cuitláhuac y yo estuvimos de acuerdo en que los totonaca y cualquier otro pueblo descontento podría ver una gran ventaja en deponer a Motecuzoma y a todos sus mexica que se esparcían por doquier y ponerse de lado del Rey Don Carlos, que estaba todavía más lejos e invisible. Pero también estábamos seguros que ningún pueblo estaría dispuesto a renunciar a los antiguos dioses, inmensurablemente más atemorizantes que cualquier gobernante en la tierra y por lo tanto correr el riesgo de ser destruidos, ellos y hasta todo El Único Mundo, por un terremoto. Nos dimos cuenta por sus mensajeros que hasta el voluble Patzinca estaba espantado ante esa sugestión.

Así es que ésa era la narración y las conclusiones que nosotros recogimos y que llevamos al palacio. Motecuzoma puso sobre sus piernas el libro de papel de corteza que le entregué, y lo fue leyendo melancólicamente, pasando hoja por hoja, mientras yo contaba lo que había escrito, en voz alta para beneficio del Consejo de Voceros que estaba allí reunido. Pero esa reunión, como la anterior, fue interrumpida por el mayordomo de palacio que nos anunció que otros recién llegados imploraban audiencia inmediata.

Eran los cinco registradores que habían estado en Tzempoalan cuando los hombres blancos llegaron. Como todos los oficiales que viajaban recogiendo los tributos de esas tierras, ellos portaban sus más ricos mantos, sus penachos de plumas y las insignias de su oficio —para impresionar y atemorizar a los que pagaban el tributo—, pero ellos entraron en el salón del trono como pájaros que hubieran sido zarandeados por una tormenta. Estaban desgreñados, sucios, flacos y sin resuello, parte porque, como dijeron ellos, habían llegado de Tzempoalan a paso rápido, pero principalmente porque habían pasado muchos días y noches confinados en la maldita jaula prisión en donde los había encerrado Patzinca, y en donde no había facilidades sanitarias. «¿Qué locura está sucediendo allí?», preguntó Motecuzoma. Uno de ellos suspiró cansado y dijo: «Ayya, mi señor, es indescriptible». «¡Tonterías! —dijo Motecuzoma—. Todo lo que puede sobrevivir es descriptible. ¿Cómo se las arreglaron para escapar?». «No escapamos, Señor Orador. El jefe de los extranjeros blancos, en secreto, nos abrió la jaula». Todos parpadeamos y Motecuzoma exclamó: «¿En secreto?». «Sí, mi señor. El hombre blanco que se llama Cortés…». «¿Su nombre es Cortés?», exclamó Motecuzoma taladrándome con la mirada, pero yo sólo pude encogerme de hombros impotente y poner una cara de confundido, igual a la de él. Aunque los recordadores de palabras habían memorizado partes de las conversaciones, con las cuales me dieron la idea de que era un nombre.

El recién llegado continuó, paciente y cansadamente: «El hombre blanco, Cortés, llegó a nuestra jaula en secreto una noche, cuando no había totonacas en los alrededores y lo hizo acompañado por dos intérpretes. Abrió la puerta de la jaula con sus propias manos. Por medio de sus intérpretes nos dijo que su nombre era Cortés y que huyéramos para salvar nuestras vidas y nos pidió que trajéramos sus respetos y saludos a nuestro Venerado Orador. El hombre blanco Cortés desea que usted sepa, mi señor, que los totonaca se quieren rebelar y que Patzinca nos puso en prisión a pesar de que Cortés le previno con urgencia de que no debía tratar así tan rudamente a los enviados del poderoso Motecuzoma. Cortés desea que usted sepa, mi señor, que ha escuchado mucho acerca del poderoso Motecuzoma y que es un ferviente admirador de usted y que él de buena gana se arriesgó a ponerse bajo la furia del traicionero Patzinca, mandándonos de regreso sanos y salvos como una muestra de simpatía. También desea que sepa que él utilizará toda su persuasión para evitar que los totonaca se levanten en contra de usted. A cambio de mantener la paz, Señor Orador, el hombre blanco Cortés sólo pide que lo invite a Tenochtitlan, así él podrá personalmente rendir homenaje al más grande gobernante de todas estas tierras». «Bien —dijo Motecuzoma sonriendo y sentándose muy derecho en su trono, inconscientemente componiéndose ante esa muestra de adulación—. El hombre blanco forastero tiene un nombre adecuado, Cortés». Sin embargo su Mujer Serpiente, Tlácotzin, le preguntó al hombre que acababa de hablar: «¿Y usted cree lo que le dijo el hombre blanco?». «Señor Mujer Serpiente, sólo le puedo decir lo que sé. Que fuimos hechos prisioneros por los totonaca y liberados por el hombre Cortés». Tlácotzin se volvió hacia Motecuzoma: «Nos han dicho los mismos mensajeros de Patzinca que éste puso las manos sobre estos funcionarios, sólo después de que se lo ordenó el jefe de los hombres blancos». Motecuzoma dijo con incertidumbre: «Patzinca pudo haber mentido, por algunas razones aviesas». «Yo conozco a los totonaca —dijo Tlácotzin desdeñosamente—. Ninguno de ellos, incluyendo a Patzinca, tiene el coraje de rebelarse o el ingenio para ser hipócrita. No sin ayuda». «Si me permites hablar, Señor Hermano —dijo Cuitláhuac—. Todavía no has terminado de leer el informe que preparamos el Campeón Mixtli y yo. Las palabras que repetimos ahí son las palabras exactas que se dijeron el hombre Cortés y el Señor Patzinca. Y no están de acuerdo con el mensaje que acabamos de recibir de ese tal Cortés. No hay duda de que él engañó astutamente y con maña a Patzinca para que cometiera una traición y que ha mentido desvergonzadamente a los registradores». «Eso no tiene sentido —objetó Motecuzoma—. ¿Por qué habría de incitar a Patzinca para que nos traicionara aprisionando a estos hombres y luego negarlo dejándolos libres por sí mismo?». «Quería tener la seguridad de que nosotros culpáramos a los totonaca por la traición —resumió el Mujer Serpiente—. Ahora que los funcionarios han regresado, Patzinca debe estar aterrorizado y preparando su ejército en contra nuestra, esperando la represalia. Cuando ese ejército lo haya reunido sólo para defenderse, el hombre Cortés lo puede incitar fácilmente para que lo utilice no para defenderse sino para atacar». Cuitláhuac añadió: «Y eso está totalmente de acuerdo con nuestras conclusiones, ¿no es así, Mixtli?». «Sí, mis señores —dije, dirigiéndome a todos los presentes—. El jefe blanco Cortés claramente desea algo de nosotros los mexica y utilizará la fuerza si es necesario. La amenaza es implícita en el mensaje que trajeron los registradores, tan astutamente puestos en libertad. El precio que pide por mantener a los totonaca tranquilos es que lo invitemos aquí. Si esa invitación se le rehúsa, él utilizará a los totonaca y quizás a otros para que los ayuden a pelear aquí». «Entonces nosotros podemos anticiparnos a eso —dijo Motecuzoma— extendiéndole la invitación que solicita. Después de todo, él sólo dice que desea presentar sus respetos y está bien que lo haga. Si viene sin su ejército, sólo con una escolta de sus oficiales de alto rango, ciertamente que nadie le causará daño aquí. Yo creo que lo que él desea es pedir permiso para asentar una colonia en la costa. Ya sabemos que estos forasteros son por naturaleza isleños y marineros. Si sólo desean una porción de playa cerca del mar…». «Siento cierta vacilación al contradecir a mi Venerado Orador —dijo una voz enronquecida—, pero los hombres blancos desean algo más que una porción de playa. —El que así hablaba era uno de los registradores que habían regresado—. Antes de haber salido libres de Tzempoalan, vimos el resplandor de las llamas de unos grandes fuegos en dirección del océano y uno de los mensajeros llegó corriendo de la bahía en donde los hombres blancos habían anclado sus once barcos y eventualmente oímos lo que había pasado. A una orden del hombre Cortés, sus soldados desmantelaron y quitaron cada cosa útil de diez de esos barcos y luego los quemaron hasta convertirlos en cenizas. Sólo uno de los barcos quedó, aparentemente para servir de correo entre aquí y el lugar de donde vienen los hombres blancos, cualquiera que ése sea». Motecuzoma dijo con irritación: «Esto cada vez tiene menos sentido. ¿Por qué habrían de destruir los únicos medios que tienen de transporte? ¿Me está tratando de decir que todos esos hombres extranjeros están locos?». «No lo sé, Señor Orador —dijo el hombre de la voz enronquecida—. Yo sólo sé esto. Esos cientos de guerreros blancos están ahora en la costa, sin medios para regresar de donde vinieron. Al jefe Cortés ya no se le puede persuadir o forzar para que se vaya, porque con su propia acción, ya no puede. Para regresar tiene que hacerlo por el mar y no creo que piense quedarse allí donde está. Su única alternativa es caminar tierra adentro. Creo que el Campeón Águila Mixtli lo ha predicho correctamente, él marchará hacia acá, hacia Tenochtitlan».

Pareciendo tan problemático e inseguro como el desgraciado Patzinca de Tzempoalan, nuestro Venerado Orador se negó a tomar alguna rápida decisión o a ordenar alguna acción inmediata. Nos ordenó que despejáramos el salón del trono y que lo dejáramos solo. «Tengo que pensar profundamente en esos asuntos —dijo— y estudiar de cerca esta narración recopilada de mi hermano y el Campeón Mixtli. Debo conversar con los dioses. Cuando haya determinado lo que se debe hacer, les comunicaré mis decisiones. Por ahora, necesito estar solo».

Así que los cinco harapientos registradores se fueron para descansar al fin, el Consejo de Voceros se dispersó y yo me fui a casa. Aunque Luna que Espera y yo rara vez hablábamos mucho entre nosotros y cuando lo hacíamos sólo tratábamos asuntos de la casa, en esa ocasión sentí la necesidad de hablar con alguien. Le relaté las cosas que habían estado pasando en la costa y en la corte y las molestas aprensiones que estaban causando. Ella dijo con suavidad: «Motecuzoma teme que sea el fin de nuestro mundo, ¿y tú, Zaa?». Negué con la cabeza sin tener una idea clara. «No soy un adivino-que-ve-en-la-lejanía. Todo lo contrario. Sin embargo, el final de El Único Mundo ya ha sido profetizado varias veces, así como también el regreso de Quetzalcóatl, con o sin sus tolteca. Si este Cortés es sólo un merodeador nuevo y diferente, podemos pelear contra él y probablemente lo venceremos, pero si su venida es hasta cierto punto un cumplimiento de todas esas viejas profecías… bien, será como cuando llegó la inundación veinte años atrás, contra la cual ninguno de nosotros pudo hacer nada. Yo no pude, y eso que estaba en los mejores años de mi primera juventud. Ni siquiera el Orador Auítzotl, tan fuerte y tan temido, pudo hacer nada. Ahora estoy viejo y tengo muy poca confianza en el Orador Motecuzoma». Beu me miró pensativamente y luego dijo: «¿Estás pensando que quizás deberíamos tomar nuestras pertenencias y huir a algún lugar más seguro? Aunque hubiera cierta clase de calamidad aquí en el norte, la ciudad de Tecuantépec, mi antiguo, hogar, podría estar fuera de peligro». «Ya he pensado en eso —dije—, pero como por mucho tiempo he estado implicado en la suerte de los mexica, sentiría que estaba desertando si tuviera que partir en el momento crítico. Y quizás sea una perversidad de mi parte, pero si esto es algún tipo de final, cuando esté en Mictlan me gustaría poder decir: yo lo vi todo».

Motecuzoma hubiera podido seguir vacilando o alargando el asunto por mucho tiempo, si no hubiera sido por lo que pasó esa misma noche. Hubo otro augurio y tan alarmante como para que Motecuzoma por lo menos se animara a mandarme llamar. Un paje del palacio vino muy perturbado a levantarme de la cama, para que lo acompañara inmediatamente al palacio.

Mientras me vestía, podía oír un alboroto que como un ronroneo venía de la calle y gruñí: «¿Y ahora qué está pasando?». «Se lo mostraré, Campeón Mixtli —dijo el joven mensajero—, tan pronto como estemos afuera». Cuando lo estuvimos, él apuntó al cielo y dijo en voz baja: «Miré ahí». Aunque ya pasaba de la medianoche, nosotros no éramos los únicos que estábamos en la calle viendo esa aparición. La calle estaba llena de gente, todos mis vecinos, escasamente vestidos con aquello que encontraron a la mano, y todos ellos miraban hacia el cielo, murmurando inquietos excepto cuando iban a despertar a otros vecinos. Levanté mi topacio y miré al cielo y al principio me maravillé como todos los demás, pero luego recordé algo que estaba en mi mente desde hacía mucho tiempo y de alguna manera eso hizo que disminuyera, por lo menos para mí, el temor que podría despertar ese espectáculo. El paje me miró de reojo, esperando quizás, a que yo hiciera alguna exclamación de miedo, pero sólo suspiré y dije: «Esto era todo lo que nos faltaba».

En el palacio, el mayordomo a medio vestir se apresuró en conducirme escalera arriba hacia el piso alto y luego por otra escalera hacia la azotea del gran edificio. Motecuzoma estaba sentado en una banca en su jardín y creo que estaba temblando, aunque la noche primaveral no era fría y a pesar de que estaba envuelto en varios mantos que caían pesados alrededor de él. Sin dejar de ver al cielo me dijo: «Después de la ceremonia del Fuego Nuevo hubo un eclipse de sol; luego la caída de estrellas; luego las estrellas humeantes. Todas esas cosas que sucedieron durante los años pasados, ya eran augurios suficientemente malos, pero por lo menos los conocíamos por lo que ellos representaban. En cambio esta aparición jamás se había visto antes». Yo dije: «Discúlpeme si le corrijo, Señor Orador… ya que sólo deseo disminuir sus aprensiones. Si usted despertara a sus historiadores, mi señor, y los pusiera a buscar en los archivos, seguramente ellos encontrarían que esto ya había ocurrido antes. En el año Uno-Conejo que precedió a la última gavilla de años, durante el reinado de su abuelo, su tocayo». Él se me quedó mirando, como si de repente yo le hubiera confesado que era cierta clase de adivino. «¿Hace sesenta y seis años? Mucho antes de que usted naciera. ¿Cómo puede saberlo?». «Recuerdo que mi padre me habló de unas luces como éstas, mi señor. Él clamaba que eran los dioses caminando en el cielo, pero que lo único visible de ellos eran sus mantos, pintados con todos estos mismos colores fríos».

Y así era como se veían esas luces aquella noche: como si fueran unas telas drapeadas en forma singular, pendiendo de algún punto arriba del cielo y dejándose caer hacia atrás de las montañas que estaban en el horizonte y se movían y se estiraban como si un viento suave soplara sobre ellas. Pero no había ningún ruido silbante mientras se mecían. Solamente brillaban frías, con colores blancos, verdes y azul pálido. Conforme se movían esas cortinas drapeadas, suavemente ondulando, los colores sutilmente cambiaban de lugar y algunas veces emergían. Era una noche muy hermosa, pero ese espectáculo hacía que a uno se le erizara el pelo.

Mucho después, por casualidad mencioné el espectáculo de esa noche a uno de sus marineros españoles y le conté cómo nosotros los mexica habíamos interpretado eso, como el aviso de que muchas cosas espantosas iban a suceder. Él se rió y me llamó salvaje supersticioso. «Nosotros también vimos esas luces aquella noche —dijo él—, y estábamos muy sorprendidos de verlas tan al sur. Pero yo sé que eso no significa nada, ya que las he visto muchas veces cuando navegamos en los océanos fríos del norte. Es muy común ver eso en los mares enfriados por Bóreas, el viento del norte. Y por eso las llamamos nosotros Luces Boreales».

Pero aquella noche, yo sólo sabía que esas luces pálidas, bellas y atemorizantes, se habían visto por primera vez en El Único Mundo hacía sesenta y seis años y le dije a Motecuzoma: «De acuerdo con mi padre, fue el augurio que presagió el principio de los Tiempos Duros». «Ah, sí —asintió sombríamente Motecuzoma—. He leído la historia de esos años devastadores. Sin embargo, pienso que esos Tiempos Duros no significarán nada en comparación con los que nos esperan ahora. —Se quedó ahí sentado en silencio por un rato y pensé que se estaba adormeciendo, pero de repente me dijo—: Campeón Mixtli, deseo que usted haga otro viaje». Yo protesté lo más cortésmente que pude: «Mi señor, ya soy un hombre viejo». «Le proveeré nuevamente con una silla de manos y una escolta, y no es un camino muy riguroso de aquí a la costa totonaca». Protesté todavía con más fuerza: «El primer encuentro formal entre los mexica y los blancos españoles, mi señor, no debería ser confiado a personajes de menos categoría que sus nobles del Consejo de Voceros». «Muchos de ellos son mucho más viejos que usted y por lo tanto menos apropiados para viajar. Ninguno de ellos tiene su facilidad para registrar los hechos con palabras-pintadas o sus conocimientos sobre lenguas extranjeras. Y lo más importante, Mixtli, usted tiene bastante destreza para pintar a la gente como es en realidad. Eso es algo que nosotros no tenemos todavía, no desde la llegada de los primeros forasteros a las tierras maya… un buen retrato de ellos». Le dije: «Si eso es todo lo que mi señor desea, todavía puedo dibujar de memoria los rostros de los dos que visité en Tihó y le aseguro que puedo hacer un retrato bastante reconocible y pasable». «No —dijo Motecuzoma—. Usted mismo dijo que ellos eran sólo artesanos comunes. Deseo ver la cara de su capitán, el hombre llamado Cortés». Me aventuré a decirle: «¿Entonces, mi señor ha llegado a la conclusión de que Cortés es un hombre?». Él sonrió de forma torcida: «Usted siempre ha desdeñado la idea de que él pudiera ser un dios, pero ha habido muchos augurios y coincidencias. Si él no es Quetzalcóatl, si sus guerreros no son los tolteca que regresan, todavía podrían ser los enviados de los dioses. Tal vez como alguna clase de retribución». Estudié su rostro que se veía muerto por las luces verdes que brillaban en el cielo. Me preguntaba si cuando él había hablado de retribución estaba pensando en cómo le había arrebatado el trono de Texcoco al Príncipe Heredero Flor Oscura o si estaba pensando en algunos otros pecados secretos y privados. Pero de repente se enderezó y dijo en su forma usual, tajante: «Esta parte del asunto es algo que a usted no debe interesarle. Sólo tráigame el retrato de Cortés y un recuento en palabras-pintadas de sus fuerzas, la descripción de sus armas misteriosas, la manera en que ellos pelean y cualquier otra cosa que nos ayude a conocerlos mejor». Traté de hacer una última objeción: «Sea lo que sea ese hombre Cortés, mi señor, juzgo que él no es ningún tonto. Él no es de la clase de hombre que permite que un escribano espía vague tranquilamente por todo su campamento, contando sus guerreros y examinando sus armas». «Usted no irá solo, sino acompañado de muchos nobles, ricamente ataviados de acuerdo a su rango y todos ustedes se dirigirán al hombre Cortés, tratándolo de igual a igual, como a un noble. Eso lo halagará. También llevará una caravana de cargadores portando ricos regalos, lo que apaciguará sus suspicacias y no se fijará en las verdaderas intenciones que usted lleva. Usted será un alto emisario del Venerado Orador de los mexica y de El Único Mundo, yendo al encuentro y a saludar a los emisarios del Rey Don Carlos de España. —Luego hizo una pausa y me miró—. Cada uno de ustedes debe ser un auténtico señor, representando a la nobleza mexica».

Cuando regresé a casa, me encontré a Beu despierta. Después de haber estado viendo las luces en el cielo por un tiempo, se había puesto a hacer chocólatl para cuando yo regresara. La saludé de una manera un poco más efusiva de lo usual: «Ha sido una noche completa, mi Señora Luna que Espera». Obviamente, ella tomó eso por un cumplido y me miró asombrada y complacida, pues pienso que en todo el tiempo que llevábamos casados, jamás le había dicho una palabra de cumplido. «Pero, Zaa —dijo enrojeciendo de placer—, si tú sólo me llamaras “esposa” eso alegraría mi corazón, pero… ¿mi señora? ¿Por qué esta repentina muestra de afecto? ¿Ha pasado algo…?». «No, no, no —la interrumpí. Por tantos años había estado tan satisfecho de tener cerca a Beu, pero conteniendo sus muestras de amor, que entonces no quería que ella de repente se me pusiera sentimental—. Hablo con la debida formalidad. “Señora” es el título con que ahora se deben dirigir a ti. Esta noche el Venerado Orador me acaba de otorgar el -tzin a mi nombre, y queda conferido también a ti». «Oh —dijo ella como si hubiera preferido otra clase de beneficio, aunque rápidamente volvió a su manera de ser, fría y sin emoción—. Me imagino que estás complacido, Zaa». Yo me reí un poco irónicamente. «Cuando era joven soñaba con hacer grandes hazañas, con tener una gran riqueza y llegar a ser noble. Y hasta ahora que ya he pasado mi gavilla de años, he llegado a ser Mixtzin, el Señor Mixtli de los mexica y quizás sólo por un breve espacio de tiempo, Beu… Quizás sólo por el tiempo que haya señores, sólo por el tiempo en que haya mexica…».

Me acompañaron otros cuatro nobles, quienes no estuvieron muy contentos de que Motecuzoma me hubiese puesto al mando de la expedición y de la misión que teníamos que cumplir, pues yo había sido un plebeyo elevado al rango de noble, mientras que ellos lo eran de nacimiento. «Ustedes se deben ganar la estima y atención del hombre Cortés, así como halagarlo —dijo el Venerado Orador cuando nos dio sus instrucciones—, y a todos aquellos hombres que le acompañan, que ustedes se den cuenta de que son de alto rango. Cada vez que puedan deben festejarlos. En su caravana van cocineros muy capaces que llevan un amplio surtido de las más deliciosas golosinas. Los cargadores llevan también muchos regalos, que ustedes deben presentar con pompa y gravedad, diciendo que Motecuzoma los envía como una muestra de amistad y de paz entre nuestros dos pueblos. —Hizo una pausa y luego murmuró—: Además de las otras riquezas, va suficiente oro como para mitigar todas sus enfermedades del corazón».

Seguro que sí, pensé. Además de los medallones, diademas, máscaras y otros adornos de oro sólido, las más bellas piezas trabajadas de su colección particular y de otros Venerados Oradores anteriores; muchas piezas de gran antigüedad e inimitable belleza, Motecuzoma estaba enviando también los dos grandes dioses de oro y plata que habían estado a un lado de su trono y que le servían de batintín para llamar a sus empleados y guerreros. También había espléndidos mantos de pluma y penachos para la cabeza; esmeraldas, ámbar, turquesas y otras joyas exquisitamente talladas, incluyendo una cantidad extravagante de nuestras piedras de jade sagradas.

«Pero, por encima de todo —dijo Motecuzoma—, desanimen a los hombres blancos para que vengan aquí o siquiera deseen venir aquí. Si ellos sólo buscan riquezas, este regalo será más que suficiente para mandarlos a buscar en otras naciones de la costa. Si no, díganles que el camino hacia Tenochtitlan es duro y peligroso y que nunca podrán salir vivos de ese viaje. Si eso falla, entonces díganles que su Uey-Tlatoani está demasiado ocupado para poderlos recibir o que es muy viejo o que está enfermo o también que no es digno de ser visitado por tan distinguidos personajes. Díganles cualquier cosa con tal de que pierdan el interés de venir a Tenochtitlan».

Cuando cruzamos el camino-puente del sur, desviándonos hacia el este, yo iba en cabeza de la caravana más larga y con tantas riquezas, que ningún pochtécatl había guiado jamás. Nos desviamos hacia el sur rodeando la tierra de nuestros enemigos los texcalteca, para seguir hacia Chololan. Allí y en otras ciudades, pueblos y aldeas en donde descansamos a lo largo de nuestra ruta, los habitantes ansiosos nos molestaban preguntándonos acerca de los «monstruos blancos», que sabían que estaban causando disturbios cerca y de los planes que teníamos para mantenerlos a distancia. Cuando hubimos dado la vuelta a la base del poderoso volcán Citlaltépetl, empezamos a descender por la última nación montañosa, hacia las Tierras Calientes. En la mañana de ese día que nos llevaría directo a la costa, mis compañeros señores se pusieron sus trajes esplendorosos, sus penachos, sus mantos, insignias y demás, pero yo no.

Yo había decidido agregar un poco de astucia a nuestros planes e instrucciones. Por un lado, habían pasado unos ocho años desde que yo había aprendido lo poco que sabía de español y ya se me había olvidado mucho, así es que deseaba mezclarme con los españoles sin ser observado y escucharles hablar en su propio lenguaje y absorberlo lo mejor posible, para que volviera a hablarlo con cierta fluidez antes de cualquier reunión formal con nuestros señores y los suyos. También, en ese tiempo podría estar espiando y tomando nota de lo que ellos hacían y todas esas tareas las podría hacer mejor si ellos no se fijaban en mí.

«Así es que —les dije a los otros nobles— desde aquí hasta la tierra en donde los tengamos que encontrar, yo iré descalzo, llevando sólo mi taparrabo y cargando uno de los bultos más ligeros. Ustedes guiarán la caravana, saludarán a los extranjeros y cuando hayan acampado dejarán que sus portadores se dispersen y descansen en donde quieran, pues uno de ellos seré yo y quiero tener libertad para vagar. Ustedes harán el festín y las entrevistas con los hombres blancos, y yo, de tiempo en tiempo hablaré con ustedes en privado, al anochecer. Cuando tengamos toda la información que el Venerado Orador desea, yo les avisaré para que nos vayamos».

Estoy muy contento de que usted esté otra vez con nosotros, Señor Obispo, porque sé que le gustará oír nuestra confrontación real entre su civilización y la nuestra. Por supuesto que Su Ilustrísima apreciará que muchas cosas que vi en ese tiempo eran tan nuevas y exóticas como engañosas para mí, y muchas de las que oí me sonaron como el parlotear de un mono. Pero no prolongaré mi narración repitiendo los errores tan ingenuos que cometí muy seguido, en mis primeras impresiones. No hablaré tontamente diciendo, como lo hicieron nuestros primeros observadores, que los soldados españoles tenían cuatro patas de animal. Contaré las cosas tal como las vi tiempo después, cuando comprendí claramente de qué se trataban. Las cosas que oí, se las repetiré como después las pude componer, cuando ya tenía un conocimiento más perfecto de su lenguaje.

Como pretendí ser un cargador, muy pocas veces, y siempre subrepticiamente, pude hacer uso de mi topacio para ver las cosas, pero éstas fueron las que vi primero. Como ya nos habían dicho que esperáramos ver, sólo había un barco en medio de la bahía, que estaba a cierta distancia de la playa, pero a pesar de eso era obvio que tenía el tamaño de una buena casa. Sus alas estaban aparentemente plegadas, pues desde la parte alta de su azotea sólo sobresalían unos palos muy altos, llenos de cuerdas. Aquí y allá, alrededor de la bahía, otros palos similares sobresalían un poco del agua, en donde los otros barcos habían sido quemados y hundidos. En la playa, los hombres blancos habían erigido tres señales para conmemorar el lugar en donde por primera vez habían desembarcado. Eran unas cruces muy grandes hechas de una pesada viga de madera, que había sido de uno de los barcos destruidos. Había un palo muy alto en donde tremolaba una inmensa bandera de colores sangre y oro, los colores de España, y otro palo más corto que tenía una bandera más chica, que era la insignia personal de Cortés, y era azul y blanca con una cruz roja en medio.

El Lugar En Donde Abundan Cosas Bellas, que los hombres blancos habían llamado Villa Rica de la Vera Cruz, se había convertido rápidamente en una aldea. Algunos de los albergues eran sólo unos palos que tenían una tela encima, pero otros eran las típicas cabañas costeras hechas con cañas y con tejados de palma, construidas para los visitantes por sus sumisos anfitriones, los totonaca. Pero ese día no había muchos hombres blancos por allí, ni sus animales, ni sus trabajadores totonaca, pues nos dijeron que la mayoría de ellos estaban trabajando en un lugar más al norte, en donde Cortés había decretado que se construyera lo que sería permanentemente la Villa Rica de la Vera Cruz, con casas sólidas de madera, piedra y adobe.

La aproximación de nuestra caravana había sido vista, por supuesto, por sus centinelas que fueron a avisar a los españoles, por lo que había un pequeño grupo esperándonos para saludarnos. Nuestra caravana se detuvo a respetable distancia y nuestros cuatro señores, tal como yo les había recomendado en privado, encendieron unos incensarios de copali y empezaron a balancearlos sobre sus cadenas, haciendo espirales de humo azul en el aire que estaba alrededor de ellos. Los hombres blancos creyeron entonces y por mucho tiempo después —y creo que hasta este día, según lo tengo entendido— que el balancear este humo perfumado era nuestra manera tradicional de saludar a los extranjeros distinguidos. Era sólo para tratar de poner un velo defensivo contra el hedor intolerable de esos extranjeros que jamás se bañaban.

Dos de los hombres se adelantaron a encontrar a nuestros señores, y estimo que los dos andaban alrededor de los treinta y cinco años. Iban bien vestidos, con lo que ahora sé que eran sombreros de terciopelo, capotes, justillos de manga larga y calzones abombados de merino, con largas y ceñidas botas de cuero. Uno de los hombres era más alto que yo, ancho de espaldas, musculoso y de una apariencia extraordinaria, pues tenía abundante cabello dorado y su barba era igual y flameaban a la luz del sol. Sus ojos eran azules y muy brillantes y aunque tenía la piel pálida, sus facciones eran fuertes. Los totonaca le habían puesto el nombre de su dios, Tezcatlipoca, por su parecido con él, en cuanto al color. Nosotros los recién llegados, naturalmente que lo consideramos el jefe de los hombres blancos, pero pronto supimos que era el segundo en mando y que su nombre era Pedro de Alvarado.

El otro hombre era más corto de estatura y mucho menos impresionante, tenía las piernas zambas y el pecho raquítico como la proa de una canoa, su piel se veía todavía más blanca que la de los otros, pues tenía el pelo y la barba negros. Sus ojos eran tan descoloridos, fríos y distantes como un cielo invernal cubierto de nubes grises. Esa persona tan poco impresionante era, según nos dijo pomposamente, el Capitán Hernán Cortés de Medellín en Extremadura, más recientemente en Santiago de Cuba y venía en representación de Alta Majestad Don Carlos, Emperador del Santo Imperio Romano y Rey de España.

En aquel tiempo, como ya les he dicho, nosotros entendimos muy poco de esa introducción y título tan largo, a pesar de que nos fue repetido en xiu y en náhuatl por los dos intérpretes, que habían venido, caminando un poco atrás de Cortés y Alvarado. Uno de ellos era un hombre picado de viruelas, vestido como usualmente lo hacían sus soldados de bajo rango. El otro era una mujer joven de nuestra propia raza, vestida con la blusa y la falda amarillas de las doncellas, pero su pelo era de un color, no natural, rojo pardusco casi tan llamativo como el de Alvarado. De todas las mujeres nativas que les regalaron a los españoles, primero por el Tabascoöb de Cupilco y más recientemente por Patzinca de los totonaca, ésa era la más admirada por los soldados españoles, porque tenía el pelo rojo y ellos decían: «Como las putas de Santiago de Cuba».

Aunque yo luego reconocí que su pelo estaba teñido con el jugo de las semillas de achíyotl, como también pude reconocer a ambos, al hombre y a la muchacha. Él era Jerónimo de Aguilar, aquel que había sido un huésped muy desagradable de los xiu, hacía ocho años. Antes de llegar a Cupilco y luego a estas tierras, Cortés había pasado por Tihó y habiendo encontrado a ese hombre lo había rescatado. Guerrero, el compañero náufrago de Aguilar, después de haber contagiado a toda la nación maya con las pequeñas viruelas, había muerto de esa misma enfermedad. La muchacha de pelo rojo, que para entonces tenía veintitrés años de edad, seguía siendo pequeña, bonita, era la esclava Ce-Malinali a quien había conocido en Coatzacoalcos en mi camino hacia Tihó, ocho años antes.

Cuando Cortés habló en español, fue Aguilar quien tradujo sus palabras al difícil xiu que él había aprendido durante su cautividad y fue Ce-Malinali quien las tradujo a nuestro náhuatl, y cuando nuestros señores emisarios hablaron, el proceso se invirtió. No me tomó mucho tiempo el darme cuenta de que las palabras de ambos, los dignatarios mexica y los españoles, muy a menudo eran traducidas imperfectamente y no siempre porque los intérpretes se vieran embrollados en ese sistema de tres lenguas. Sin embargo, no dije nada y ninguno de los dos intérpretes se dio cuenta de que yo estaba entre los cargadores y yo deseaba que no se dieran cuenta, por lo menos por un tiempo.

Estuve presente cuando los señores mexica presentaron ceremoniosamente los regalos que les había mandado Motecuzoma. Un brillo de avaricia iluminó los ojos opacos de Cortés, conforme cada cargador posaba su carga y desenvolvía su contenido: los grandes batintines de oro y plata, los artículos trabajados en pluma, las gemas y las joyas. Cortés dijo a Alvarado: «Llamad al lapidario de Flandes», y pronto se les unió otro hombre blanco, que evidentemente había llegado con los españoles con el solo propósito de valuar los tesoros que pudieran encontrar en estas tierras. Sea lo que sea Flandes, el caso es que él hablaba español y aunque sus palabras no fueron traducidas para nosotros, pude pescar el sentido de casi todas.

Él dijo que el oro y la plata eran de gran valor, lo mismo que las perlas, los ópalos y las turquesas. Las esmeraldas, los jacintos, los topacios y amatistas, dijo, eran todavía más valiosos, pero por encima de todo, las esmeraldas, aunque él hubiera preferido que estuvieran cortadas en facetas y no talladas como flores, animales y demás, en miniatura. Él sugirió que los mantos y penachos de pluma, podrían ser valiosos como curiosidad para algunos museos. Muchas de las piedras de jade laboriosamente trabajadas, las hizo a un lado desdeñosamente, aunque Ce-Malinali trató de explicarle que por su aspecto religioso, debían ser los regalos más respetados. El lapidario la miró, se encogió de hombros y le dijo a Cortés: «No son como el jade de Cathay, ni siquiera como el jade falso. Sólo son piedrecillas talladas en serpentina verde, Capitán, que difícilmente valdrán un poco más que nuestras cuentas de vidrio».

Entonces yo no sabía lo que era el vidrio y todavía no sé lo que es el jade de Cathay, pero siempre he sabido que nuestras piedras de jade sólo poseían un valor ritual. Por supuesto que hoy en día ni siquiera valen eso, ahora son cosas con las que pueden jugar los niños y que pueden chupar los infantes. Pero en aquel entonces todavía significaban algo para nosotros y yo estaba muy enojado por la forma en que los hombres blancos habían recibido nuestros regalos, poniéndole precio a todo, como si nosotros sólo fuéramos unos mercaderes importunos tratando de vender una mercancía falsa. Y lo que más nos molestó y causó pena, fue que aunque los españoles tan altaneramente valuaron todo lo que les dimos, ni siquiera supieron apreciar esas obras de arte, sino que sólo las consideraron de valor por el simple metal, pues quitaron todas las gemas de las montaduras de oro y plata y las pusieron en unos sacos, mientras que las montaduras de filigranas de oro y plata fueron rotas y aplastadas dentro de unas vasijas de piedra y luego éstas fueron puestas sobre un fuego muy caliente, ya que para avivar ese fuego tenían un extraño invento de cuero que al oprimirlo echaba mucho aire y así derritieron todo el metal. Mientras tanto, el lapidario y sus ayudantes, cavaron unas depresiones muy pequeñas en la arena húmeda de la playa y sobre ellas dejaron caer el metal derretido, hasta que éste se enfrió y endureció. Así es que eso fue todo lo que quedó del tesoro que les dimos, aun esos enormes discos, bellos e irreemplazables que le habían servido a Motecuzoma como batintín, se convirtieron en barritas de oro y plata que no tenían ninguna belleza, sino que parecían pequeños adobes.

Mientras mis compañeros hacían sus tareas señoriles, yo pasé los siguientes días yendo y viniendo, entre la masa de soldados comunes. Los conté a ellos y a sus armas, también a sus caballos y sabuesos amarrados, y otras de sus pertenencias aunque no podía adivinar para qué servían, cosas como unas bolas muy pesadas de metal que tenían almacenadas y unas sillas de cuero, curvas, muy extrañas. Tuve el cuidado de no atraer su atención al verme vagar ocioso. Como todos los demás hombres totonaca, a quienes los españoles habían forzado a trabajar, yo siempre iba cargado con algo, como una tabla de madera o alguna otra cosa, para que pareciera que la estaba llevando a algún lado. Ya que había un constante tráfico de soldados españoles y cargadores totonaca entre el campamento de la Vera Cruz al pueblo que se estaba levantando de la Vera Cruz y como los españoles clamaban (como lo siguen haciendo hasta ahora) «que no les podían hacer entender a esos malditos indios que se hicieran a un lado», yo anduve desapercibido como una simple hoja de caña que se extiende a lo largo de la costa. Cualquier cosa que cargara, no interfería para que pudiera utilizar mi topacio subrepticiamente, hacer notas de las cosas y personas que conté y rápidamente describirlas con palabras pintadas.

Lo único que hubiera deseado es haber podido cargar un incensario en lugar de las otras cosas, cuando estaba entre los españoles, pero debo conceder que éstos no olían tan mal como recordaba de los otros. Aunque todavía no demostraban ninguna inclinación por limpiarse y tomar baños de vapor, por lo menos al final de un día duro de trabajo, se desnudaban mostrando su piel espantosamente blanca y quedándose sólo con su sucia ropa interior, se metían vadeando en el mar. Me di cuenta de que ninguno de ellos sabía nadar, pero chapoteaban lo suficiente como para que se les cayera el sudor que habían acumulado durante el día. No crean que eso hacía que olieran a flores, sobre todo porque luego se volvían a poner sus ropas rancias y llenas de costras, pero por lo menos no olían tan mal como su fétido aliento de buitre.

Mientras vagaba de un lado a otro, pasé varias noches lo mismo en el campamento que en el pueblo de la Vera Cruz, manteniendo mis oídos y ojos bien abiertos. Aunque rara vez pude escuchar algo que realmente me sirviera como información, pues los soldados la mayor parte del tiempo se lo pasaban hablando y gruñendo acerca de esas indias lampiñas, que no tenían ni sus horquillas ni sus sobacos llenos de cómodo vello, como sus mujeres allende el mar; y así, yo volví a comprender el español y mejoré mis conocimientos en esa lengua. También fui muy cauto, para que ninguno de los soldados me oyera cuando estaba repitiendo, para mí mismo, sus palabras y sus frases.

Para prevenir que no me fueran a coger con esa impostura, tampoco conversé con ninguno de los totonaca, así es que no pude preguntar a nadie acerca de unas cosas curiosas que había visto repetidamente y que me causaban mucha perplejidad. A lo largo de la costa y especialmente en la ciudad capital de Tzempoalan, hay muchas pirámides erigidas a Tezcatlipoca y a otros dioses, incluso hay una que no es cuadrada sino como una torre redonda, cuyas terrazas van disminuyendo de tamaño al ascender y está dedicada al dios del viento Ehécatl; esta pirámide había sido construida así para que pudiera soplar su aliento libremente, sin que éste tuviera que hacer ángulo en los rincones.

Cada una de las pirámides de los totonaca tenía un templo en la cumbre, pero todos esos templos habían sido cambiados en una forma sorprendente. Ninguno de ellos contenía ya una estatua de Tezcatlipoca o Ehécatl o cualquier otro dios. A todos se les había raspado y limpiado la sangre coagulada acumulada en ellos. A todos se les había dado por dentro una capa de agua de cal y en todos ellos sólo había una rígida cruz de madera y una simple y pequeña figurita, también de madera aunque tallada en una forma muy burda; ésta representaba a una mujer joven con su mano derecha levantada en un vago gesto admonitorio. Su cabello estaba pintado de negro sin ningún matiz, su vestido en un azul suave y sus ojos del mismo color, su piel blanca-rosada como la de los españoles, pero lo más singular de todo era que llevaba una corona circular dorada, que era tan grande para ella, que no podía sostenerse sobre su cabeza, sino que estaba atada en la parte de atrás de su pelo.

Estaba claro para mí, que aunque los españoles no buscaron ni provocaron una batalla con los totonaca, los habían amenazado con bravatas y espantado, como para que ese pueblo reemplazara a todos sus antiguos dioses tan poderosos, por una simple mujer pálida y plácida. Pensé que era la diosa Nuestra Señora de quien había oído hablar, pero no podía comprender qué habían visto los totonaca en ella que fuera superior a los antiguos dioses. En verdad, se veía tan insípida que seguía sin comprender qué atributos de diosa le habían visto para venerarla, incluyendo a los españoles.

Pero un día, mis vagabundeos me llevaron a una barranca cubierta de hierba, un poco tierra adentro, que estaba llena de totonaca que parados escuchaban con evidente estupidez la arenga de uno de los sacerdotes españoles que habían venido con los soldados. Esos sacerdotes, como ya les he hecho notar, no se veían tan extranjeros y fuera de lo común como los soldados; sólo el corte de sus cabellos era diferente, porque por otro lado sus vestiduras negras se parecían mucho a las de nuestros sacerdotes y olían casi como ellos, también. El que estaba sermoneando a los allí reunidos lo hacía con la ayuda de los dos intérpretes, Aguilar y Ce-Malinali, que evidentemente tomaba prestados cuando Cortés no los necesitaba. Los totonaca parecían escuchar petrificados su discurso, aunque yo sabía que no podrían entender más que dos palabras de cada diez que tradujera Ce-Malinali al náhuatl.

El sacerdote explicaba, entre otras muchas cosas, que Nuestra Señora no era exactamente una diosa, que ella había sido una mujer humana a quien llamaban la Virgen María, porque de alguna manera había quedado virgen, aunque había copulado con el Espíritu Santo del Señor Dios, quien era un dios, y ella había dado a luz al Señor Jesús Cristo quien era el Hijo de Dios y que podía andar por este mundo con forma humana. Bien, nada de eso era difícil de comprender, ya que nuestra propia religión tenía muchos dioses quienes habían copulado con mujeres humanas y muchas diosas que habían sido excesivamente promiscuas con ambos, dioses y hombres, quienes prolificaron muchos niños diosecitos, mientras que de alguna manera mantuvieron sin mancha su reputación y su apelativo de Virgen.

Por favor, Su Ilustrísima, estoy contando cómo veía yo esas cosas cuando mi mente todavía no había sido instruida en ellas.

También estuve atento a la explicación del sacerdote sobre el acto del bautismo, del que decía que todos nosotros podríamos en ese mismo día participar; aunque normalmente se imponía a los niños recién nacidos: una inmersión de agua que nos obligaría por siempre a adorar y servir al Señor Dios, a cambio de todas sus bondades, que recibiríamos durante toda nuestra vida y en el mundo del más allá. No pude ver mucha diferencia entre eso y las creencias y prácticas de la mayoría de nuestros pueblos, aunque la inmersión se hacía con diferentes dioses puestos en la mente.

Por supuesto que el sacerdote no trató en ese discurso de explicarnos todos los detalles de la Fe Cristiana, con todas sus complicaciones y contradicciones. Y aunque yo era el que mejor podía entender las palabras en español, en xiu y en náhuatl, aun yo me equivoqué en la comprensión y en el pensamiento de esas cosas. Por ejemplo, como el sacerdote habló muy familiarmente de la Virgen María y como yo ya había visto sus estatuas con piel pálida y ojos azules, pensé que Nuestra Señora era una mujer española, que quizá muy pronto cruzaría el océano para visitarnos en persona, y que tal vez trajera con ella a su niñito Jesús. También pensé que el sacerdote estaba hablando de un compatriota suyo, cuando dijo que ese día era el día de San Juan de Damasco y que todos nosotros seríamos honrados cuando se nos diera el nombre de ese santo, al ser bautizados.

Después de eso, él y sus intérpretes llamaron a todos aquellos que desearan abrazar el Cristianismo, para que se arrodillaran, y prácticamente casi todos los totonaca presentes lo hicieron, aunque como era natural ninguna de esa gente lerda tenía idea de lo que pasaba y quizás hasta pensaron que estaban allí para ser sacrificados ritualmente. Sólo unos cuantos viejos y algunos niñitos se fueron; los viejos, si es que entendieron algo, probablemente no vieron ningún beneficio en cargarse con otro dios para lo que les quedaba de vida, y los niños probablemente deseaban disfrutar de otro tipo de juegos.

Aunque el mar no estaba muy lejos, el sacerdote no llevó a toda esa gente allí para una inmersión ceremonial, sino que simplemente caminó entre las filas de los totonaca arrodillados, rociándoles agua con una varita que llevaba en una mano y con la otra dándoles a probar algo. Yo observé y cuando ninguno de los bautizados cayó muerto o presentó algún otro efecto horroroso, decidí quedarme y compartirlo yo también, ya que aparentemente no me haría ningún daño y quizá me pudiera dar alguna ventaja desconocida en mis futuros tratos con los hombres blancos. Así es que recibí unas cuantas gotas de agua en mi cabeza y tomé un poco de sal de la palma de la mano del sacerdote, aunque no era más que sal común y corriente, y algunas palabras que él murmuró sobre mí y que ahora sé que es latín, su lenguaje religioso.

Para concluir, el sacerdote cantó sobre todos nosotros un pequeño discurso en latín y nos dijo que de acuerdo a eso, todos los hombres nos llamaríamos Juan Damasceno y todas las mujeres Juana Damascena, y de esta manera la ceremonia se acabó. Por lo que puedo recordar, ése fue el primer nombre nuevo que adquirí después del de Ojo Orinador, y el último nombre que he adquirido hasta este día. Me atrevería a decir que es un nombre mejor que el de Ojo Orinador, pero debo confesar que muy rara vez he pensado en mí mismo como Juan Damasceno. Sin embargo, supongo que el nombre vivirá más que yo, porque he sido inscrito con él en todos los rollos de registro y otros papeles oficiales del gobierno de esta Nueva España, y probablemente el último registro de todos sin duda dirá que Juan Damasceno murió.

Durante una de las conferencias secretas que por la noche tenía con los señores mexica, en la casa de tela colgante que había sido erigida como morada para ellos, me dijeron: «Motecuzoma se ha estado preguntando mucho si estos hombres blancos pudieran ser dioses o los tolteca convertidos en dioses, así es que decidimos hacer una prueba. Nosotros le ofrecimos un sacrificio a su guía, el hombre Cortés, matar para él un xochimiqui, quizás a alguno de los señores de los totonaca, que estuviera disponible, pero se sintió muy insultado ante nuestra sugestión. Él dijo: “Vosotros sabéis muy bien que el benevolente Quetzalcóatl nunca pidió o permitió sacrificios humanos para él. ¿Por qué habría de permitirlo yo?”. Así es que ahora nosotros no sabemos qué pensar. ¿Cómo podría saber este forastero todo lo relacionado con la Serpiente Emplumada, a menos que…?». Yo les dije: «La muchacha Ce-Malinali le pudo haber contado todas las leyendas sobre Quetzalcóatl; después de todo, ella nació en algún lugar de esta costa, desde donde Quetzalcóatl se fue». «Por favor, Mixtzin, no la llame por su nombre común —dijo uno de los señores, pareciendo muy nervioso—. Ella insiste mucho en que se le llame Malintzin».

Yo le dije divertido: «Se ha elevado mucho desde la primera vez que la conocí en un mercado de esclavos». «No —dijo mi compañero—. Ella era noble antes de ser esclava. Era la hija del señor y la señora de Coatlícamac. Cuando su padre murió y su madre se volvió a casar, su nuevo marido celosa y traicioneramente la vendió como esclava». «En verdad —dije secamente— que su imaginación ha mejorado mucho desde la primera vez que la encontré, pero claro que ella me dijo que haría cualquier cosa para realizar sus ambiciones. Les sugiero a todos ustedes que estén en guardia de las palabras que hablen y que estén al alcance de los oídos de la señora Malinali».

Creo que fue al siguiente día cuando Cortés dispuso, para los señores, una demostración de sus armas maravillosas y de las proezas militares que sus hombres podían hacer. Por supuesto que yo estuve presente entre la multitud de nuestros cargadores y de los totonaca que también se reunieron para observar. Esos plebeyos quedaron despavoridos por lo que vieron; jadeaban a intervalos y murmuraban «¡Ayya!» llamando a sus dioses muy seguido. Los emisarios mexica mantuvieron sus caras impasibles, como si no estuvieran muy impresionados y yo estaba muy ocupado memorizando los diversos eventos para poder lanzar alguna exclamación. No obstante, tanto los señores como yo, varias veces brincamos ante el repentino estruendo, tan sorprendidos como cualquiera de los plebeyos.

Cortés mandó construir una burda casita hecha de madera, con algunos de los tablones que quedaron de los barcos, tan lejos sobre la playa que apenas era visible desde donde estábamos nosotros. Sobre la playa, enfrente de nosotros, mandó acomodar uno de esos tubos pesados de metal amarillo que eran portados sobre grandes ruedas…

No, llamaré a las cosas por sus nombres, adecuadamente. Ese tubo con ruedas altas… era un cañón de bronce que fue apuntado hacia la distante casa de madera. Diez o doce soldados cabalgaban, formando una hilera, sobre la húmeda y dura arena entre el cañón y la línea de la playa. Los caballos llevaban esas sillas de cuero que antes no había comprendido para qué servían, eran sillas de montar con todos sus aditamentos: bridas para guiar a los animales, faldas de un material acojinado, muy parecido al de nuestras armaduras para pelear. Otros hombres se quedaron a un lado de los caballos, con esos sabuesos gigantes que tiraban de las correas de cuero con que los detenían.

Todos los soldados vestían su traje de batalla completo, que los hacía verse muy aguerridos, con esos yelmos de acero brillando sobre sus cabezas y esos corseletes de acero brillando sobre sus justillos de cuero. Llevaban sus espadas envainadas en sus costados, pero cuando montaban sus cabalgaduras llevaban en sus manos unas armas largas muy parecidas a nuestras lanzas, excepto que sus hojas de acero además de ser puntiagudas estaban hechas de tal manera que podían desviar los golpes de cualquier enemigo, mientras cabalgaban.

Cortés sonrió a sus guerreros sintiéndose orgulloso de ellos, cuando tomaron sus posiciones. A cada lado de él estaban sus intérpretes, y Ce-Malinali también sonreía con un dejo de superioridad medio aburrida, por haber visto ya antes esa representación. Por medio de ella y de Aguilar, Cortés dijo a nuestros señores mexica: «A vuestros ejércitos les encantan los tambores, yo los he escuchado. ¿Os gustaría que empezáramos el espectáculo con el retumbido de un tambor?». Antes de que nadie pudiera contestar él gritó: «¡Por Santiago… ahora!». Los tres soldados que estaban a cargo del cañón hicieron algo para encender una llama en la parte de atrás del tubo y se oyó un solo retumbido, tan fuerte como jamás lo habrían podido hacer nuestros tambores que rompían el corazón. El cañón de bronce saltó, y yo también, y de su boca salió un humo del color de las nubes en tormenta y su estruendo fue como el de Tláloc y arrojó una luz más brillante que cualquiera de los tenedores de luz de los tlaloque. Después, para mi gran sorpresa, vi un objeto pequeño que iba muy rápido y muy lejos volando a través del aire. Era por supuesto la bola de hierro fundido, que cayó sobre la casa de madera haciéndola añicos.

El repentino retumbar del cañón se vio prolongado, como frecuentemente lo hace Tláloc, por un estruendo más pequeño. Era el sonido que hacían las herraduras de los caballos, al patear la arena dura, pues sus jinetes habían tirado de sus bridas para lanzarlos a un galope furioso en el momento en que el cañón había vomitado. Fueron corriendo a lo largo de la costa, lado a lado, tan rápido como un venado sin astas y los grandes perros que habían soltado al mismo tiempo, fácilmente mantenían el paso. Los jinetes llegaron hasta donde estaban las ruinas de la casa y podíamos ver a lo lejos el relampaguear de sus lanzas cuando pretendían matar a cualquier superviviente. Luego hicieron que sus monturas se dieran la vuelta y regresaron galopando hacia nosotros, otra vez. Los perros no los siguieron inmediatamente y a pesar de que mis oídos seguían zumbando, podía oír en la distancia a los sabuesos haciendo ruidos voraces y pensé que también había escuchado gritos de hombres. Cuando los perros regresaron, sus fieras quijadas chorreaban de sangre. Pudiera ser que algunos de los totonaca hubiesen escogido ese lugar, cerca de aquella casa, para observar los ejercicios o que Cortés deliberada e insensiblemente se las arregló para que ellos estuviesen allí.

Mientras tanto, los jinetes que se aproximaban ya no guardaban su formación de una línea al frente, sino que movían a sus caballos de arriba a abajo, entrecruzándose unos a otros, formando intrincados movimientos y diseños que se cruzaban, para demostrarnos el perfecto control que podían mantener aun galopando en esa forma tan temeraria. También, el hombrón aquel de barba roja, Alvarado, nos dio una representación personal mucho más temeraria. A todo galope, se descolgó de su silla de montar y sosteniéndose de ella con una sola mano, corrió a un lado de su animal que parecía un relámpago, conservando con facilidad su mismo paso y entonces sin detener su galope saltó por la parte de atrás de su caballo para caer sobre la silla de montar. Eso hubiera sido una hazaña admirable de agilidad hasta para los Pies Veloces rarámuri, pero Alvarado lo hizo llevando puesto su traje de acero y cuero, así es que eso pesaba tanto como lo que él hizo. Cuando los jinetes terminaron de mostrar cómo galopaban y la seguridad con que podían manejar a sus grandes animales, un número de soldados se desplegaron sobre la playa. Algunos llevaban arcabuces y otros unos arcos pequeños montados sobre una caja pesada de madera que se acomodaban contra el hombro. Algunos trabajadores totonaca pusieron unos adobes a una buena distancia a tiro de flecha, enfrente de los soldados. Entonces los hombres blancos se arrodillaron alternativamente para disparar sus arcos y arcabuces. La destreza de los arqueros era encomiable, acertando quizás a dos de cinco adobes, pero no eran muy rápidos con sus armas. Después de haber arrojado una flecha, no podían volver la cuerda del arco a su lugar con rapidez, sino que tenían que estirarla a lo largo de la caja hasta uno de los extremos en donde estaba una pequeña pieza que la fijaba.

Los arcabuces eran unas armas formidables; sólo el ruido que hacían, la nube de humo y las llamas que despedían eran suficientes como para acobardar a cualquier enemigo que las tuviera enfrente por primera vez. Pero éstas despedían más que miedo, lanzaban unas pequeñas bolitas de metal que volaban tan rápido que eran invisibles. Las pequeñas flechas de las ballestas simplemente golpeaban los adobes, pero las bolitas de metal de los arcabuces chocaban tan fuerte que los adobes volaban en pedazos. No obstante, yo me di cuenta de que esas bolitas no volaban más lejos de lo que podrían hacerlo nuestras flechas y un hombre que lo manejara tardaba tanto en volverlo a cargar, que en ese tiempo nuestros guerreros podían haber lanzado seis o siete flechas.

Cuando la demostración se acabó, yo tenía muchos más papeles de corteza dibujados para mostrárselos a Motecuzoma y muchas cosas más que decirle, sólo me faltaba el dibujo de la cara de Cortés que me había pedido que hiciera. Muchos años antes, en Texcoco, había jurado que nunca más haría retratos, pues parecía que algún desastre caía siempre sobre las personas que retrataba, pero no sentía ningún remordimiento, si eso les causaba algún problema a los hombres blancos. Así es que la siguiente tarde, cuando los señores mexica tuvieron la última entrevista con Cortés y sus oficiales y sus sacerdotes, éramos cinco los señores. Ninguno de los españoles parecieron darse cuenta de que había uno más y ni Aguilar ni Ce-Malinali me reconocieron bajo mi traje de señor, como tampoco lo hicieron cuando andaba vestido de cargador.

Nos sentamos todos juntos para cenar, pero no haré ningún comentario acerca de los modales que tenían los hombres blancos para comer. Nosotros habíamos puesto la comida, así es que era de la mejor calidad; los españoles habían contribuido con un brebaje que llamaban vino, que llevaban en unas bolsas largas de cuero. Uno era pálido y seco, y otro oscuro y dulce, pero yo bebí muy poco porque era tan embriagador como el octli. Mientras mis cuatro compañeros señores se hacían cargo de la conversación, yo me senté en silencio, tratando de captar de la manera más discreta las facciones de Cortés sobre el papel de corteza, utilizando una tiza. Viéndolo de cerca por primera vez, me pude dar cuenta de que el pelo de su barba era más ralo que el de sus compañeros, que no podía esconder adecuadamente una fea cicatriz en su labio inferior y que su barbilla era casi tan puntiaguda como las de los maya, y puse todos esos detalles en el retrato. Entonces, me di cuenta de que todos los hombres se habían callado y estaban silenciosos y cuando levanté los ojos me encontré con los ojos grises de Cortés puestos en mí. Él me dijo: «¿Así es que estoy siendo retratado para la posteridad? Dejadme verlo». Por supuesto que él habló en español, pero su mano extendida significaba una orden fácil de comprender, así es que se lo alargué. «Bueno, no puedo llamarlo muy halagador —dijo—, pero sí se reconoce. —Él lo mostró a Alvarado y a los otros españoles y cada uno de ellos cloqueó y asintió—. En cuanto al artista —dijo Cortés todavía mirándome—, observen su cara, compañeros. Si le quitaran todas esas plumas que lleva y le blanquearan la complexión, podría pasar por un hijodalgo y aun por un hombre de distinción. Si os hubieseis encontrado con él en la Corte de Castilla, un hombre de su estatura y con esas facciones tan fuertes, os hubieseis quitado vuestros sombreros, haciendo una gran reverencia. —Él me devolvió el dibujo y sus intérpretes tradujeron su siguiente pregunta—: ¿Por qué me estáis retratando?».

Uno de mis compañeros señores, pensando rápidamente, le contestó: «Ya que nuestro Venerado Orador Motecuzoma desgraciadamente no tendrá la oportunidad de conocerle, mi Señor Capitán, nos pidió que le lleváramos su retrato como recuerdo de su corta visita a estas tierras». Cortés sonrió con sus labios, pero no con sus ojos opacos y dijo: «Sin embargo, yo veré a vuestro emperador. He determinado hacerlo. Todos nosotros admiramos tanto los tesoros que nos mandó de regalo que estamos ansiosos por ver las maravillas que debe de tener vuestra ciudad capital. No pensaría en irme antes de que mis hombres y yo nos regocijemos la vista en lo que según me han dicho es la ciudad más rica de todas estas tierras». Cuando todo eso fue traducido, otro de mis compañeros, poniendo cara de duelo, le dijo: «Ayya, el señor blanco sólo hará un viaje largo y peligroso para encontrarse con una desilusión. No deseamos confesárselo, pero el Venerado Orador despojó y echó a perder la ciudad, para poderles dar estos regalos. Él escuchó que los hombres blancos que nos visitaban parecían apreciar el oro, así es que él mandó todo el oro que poseía, como también todos sus demás adornos de valor. Ahora la ciudad ha quedado pobre y fría. No vale la pena que los visitantes se molesten en verla». Ce-Malinali dijo, al traducir todo eso en xiu a Aguilar: «El Venerado Orador Motecuzoma les mandó esos simples regalos con la esperanza de que el Capitán Cortés estuviera satisfecho con ellos e inmediatamente se fuera de aquí. Pero de hecho sólo representa una pequeña parte de todos los tesoros inestimables que tiene en Tenochtitlan. Motecuzoma desea desanimar al Capitán, para que no vea la riqueza real que tiene en su ciudad capital».

Mientras Aguilar se lo traducía a Cortés en español, yo hablé por primera vez y con voz baja a Ce-Malinali en su lengua nativa de Coatlícamac, para que sólo ella lo pudiera comprender: «Tu trabajo es decir lo que se habla, no inventar mentiras». «¡Pero él mintió!», barbotó, apuntando a mi compañero. Entonces se sonrojó al darse cuenta de que había sido cogida en su traición, y que lo había confesado abiertamente. Yo le dije: «Yo sé los motivos por los que miente. Me interesaría mucho conocer los tuyos». Ella me miró fijamente y sus ojos se abrieron mucho al reconocerme: «¡Usted!», dijo sin aliento, y espantada y desanimada a la vez.

Nuestro pequeño coloquio había pasado desapercibido para los demás y Aguilar todavía no me reconocía. Cuando Cortés volvió a hablar y Ce-Malinali tradujo, su voz era sólo ligeramente insegura. «Le agradeceremos mucho a vuestro emperador si nos extendiera una formal invitación para visitar su magnífica ciudad. Pero decidle, mis señores embajadores, que nosotros no insistimos en ningún recibimiento oficial, ya que de todas maneras iremos, con invitación o sin ella. Aseguradle que iremos». Mis cuatro compañeros empezaron otra vez a exponerle sus razones, pero Cortés los cortó diciendo: «Para ahora, ya les hemos explicado con mucho cuidado la naturaleza de nuestra misión, como nuestro Rey Don Carlos nos ha mandado con instrucciones muy particulares de presentar nuestros respetos a vuestro gobernante y pedirle permiso para introducir la Santa Fe Cristiana en estas tierras. Y con mucho cuidado nosotros les hemos explicado la naturaleza de esa Fe, de Nuestro Señor Dios, de Jesucristo y de la Virgen María, quienes sólo desean que todos los pueblos vivan como hermanos. También nos hemos tomado el trabajo de demostrarles las armas insuperables que poseemos, y no puedo pensar en alguna otra cosa en la que hayamos sido negligentes de aclararles. Pero antes de que os hayáis ido, ¿deseáis saber alguna otra cosa de nosotros? ¿Alguna pregunta que queráis hacer?». Mis cuatro compañeros lo miraron molestos e indignados, pero no dijeron nada. Así es que me aclaré la garganta y hablándole directamente a Cortés en su propia lengua, le dije: «Sólo una pregunta, mi señor».

Los hombres blancos me miraron sorprendidos porque había hablado en español y Ce-Malinali se puso envarada, temiendo sin duda que fuera a denunciarla… o quizá temiendo que fuera a quitarle su trabajo de intérprete. «Tengo curiosidad por saber… —empecé, pretendiendo humildad e incertidumbre—. ¿Podría decirme…?». «¿Sí?», apuró Cortés. Todavía pareciendo tímido y vacilante, le dije: «He escuchado que sus hombres, muchos de sus hombres, hablan de que nuestras mujeres, bien…, están incompletas en cierto aspecto…». Hubo un ruido de metal y de cuero cuando todos los hombres blancos se inclinaron hacia mí, prestando toda su atención. «¿Sí? ¿Sí?». Entonces les pregunté como si realmente deseara saberlo, les pregunté con cortesía y solemnidad, sin demostrar la menor burla o gazmoñería: «Sus mujeres… su Virgen María, ¿tienen pelo en sus partes privadas?». Se oyeron otros chirridos y rechinos de sus armaduras; creo que también sus bocas y ojos abiertos rechinaron, conforme todos se hicieron para atrás, boquiabiertos —más o menos como ahora lo está haciendo Su Ilustrísima—, soltando exclamaciones agitadas de «¡locura!» y «¡blasfemia!» y «¡ultraje!». Sólo uno de ellos, el grande y barbirrojo Alvarado, soltó la carcajada. Se volvió hacia los sacerdotes que estaban cenando con nosotros y poniendo sus dos manos en los hombros de dos de ellos, entre sus espasmos de risa, les preguntó: «Padre Bartolomé, Padre Merced, ¿os han preguntado eso antes? ¿Os enseñaron en el seminario cómo contestar adecuadamente a una pregunta como ésa? ¿Habéis pensado antes siquiera una vez en eso? ¿Eh?». Los sacerdotes no hicieron ningún comentario, pero me miraron aviesamente y sonriendo me enseñaron sus dientes e hicieron la señal de la cruz para alejar al demonio. Cortés no había quitado sus ojos de mí. Observándome detenidamente con su mirada de halcón, me dijo: «Tú no eres un hijodalgo o un hombre distinguido, no, ni ninguna clase de caballero. Pero serás recordado, sí, yo te recordaré».

A la siguiente mañana, mientras nuestro grupo se estaba aprestando para partir, vino Ce-Malinali y con una señal imperiosa me indicó que deseaba tener una discusión privada conmigo. La hice esperar y cuando me reuní con ella, le dije: «Debe de ser algo interesante. Habla, Uno-Hierba». «Por favor, no me llame con mi nombre de esclava. Debe llamarme Malintzin o Doña Marina. —Me explicó—: He sido cristianizada con el nombre de Santa Margarita Marina. Por supuesto que eso no significa nada para usted, pero le sugiero que me demuestre el debido respeto, porque el Capitán Cortés me tiene en muy alta estima y él es muy rápido para castigar la insolencia». Yo le dije con frialdad: «Entonces te sugiero que duermas muy estrechamente con tu Capitán Cortés, porque a una sola palabra mía cualquiera de estos totonaca que andan por aquí con mucho gusto metería una hoja de obsidiana entre tus costillas, al primer descuido que tengas. Ahora estás hablando insolentemente al Señor Mixtli, quien ha ganado el -tzin a su nombre. Esclava, puedes hacer tontos a los hombres blancos con tus pretensiones de nobleza. Puedes hacer que te deseen pintándote el pelo como una maátitl, pero para tu propia gente sólo serás una hija de perra con el pelo pintado de rojo que ha vendido más que su cuerpo al invasor Cortés».

Eso la hirió y dijo como defendiéndose: «No me acuesto con el Capitán Cortés, sólo le sirvo de intérprete. Cuando el Tabascoöb nos regaló, las veinte mujeres fuimos repartidas entre los hombres blancos y a mí me tocó ese hombre. —Y apuntó a uno de los oficiales que había estado cenando con nosotros—. Su nombre es Alonso». «¿Y estás disfrutando de él? —le pregunté con sequedad—. Si no recuerdo mal, cuando nos vimos la última vez te estabas expresando con odio de los hombres y de la manera en que ellos usaban a las mujeres». «Puedo pretender cualquier cosa —dijo—. Todo lo que pueda servir para mis propósitos». «¿Y cuáles son tus propósitos? Estoy seguro de que no es la primera vez que traduces mal. ¿Por qué aguijoneaste a Cortés para que vaya a Tenochtitlan?». «Porque yo deseo ir allá. Ya le había dicho eso, hace años, cuando lo encontré por primera vez. Una vez que esté en Tenochtitlan, no me importará lo que les pase a los hombres blancos. Quizás hasta sea recompensada por haberlos llevado, en donde Motecuzoma podrá aplastarlos como chinches. Bueno, de todas maneras yo estaré en donde siempre he deseado estar y seré notoria y reconocida y no me tomará mucho tiempo llegar a ser una mujer noble, tanto de hecho como de nombre». «Sí, y por otro lado —sugerí—, si por algún golpe de suerte los hombres blancos no llegan a ser aplastados, entonces recibirás una recompensa mejor». Hizo un gesto de indiferencia. «Solamente quiero pedirle… quiero suplicarle, Señor Mixtli… que no haga nada para impedir mi oportunidad. Sólo deme el tiempo suficiente para demostrarle a Cortés cuán útil puedo ser, y así no pueda privarse de mi ayuda y consejo. Sólo déjeme llegar a Tenochtitlan. Eso puede significar muy poco para usted o para su Venerado Orador o para cualquier persona, pero significa mucho para mí». Me encogí de hombros y le dije: «No me voy a salir de mi camino sólo para aplastar chinches. No voy a impedir tus ambiciones, esclava, siempre y cuando éstas no causen problemas a los intereses que yo sirvo».

Mientras Motecuzoma veía el retrato de Cortés y otros dibujos que había hecho, yo enumeraba las personas y las cosas que había contado: «Incluyendo a él y a sus otros oficiales, eran quinientos ocho hombres para pelear. La mayoría de ellos llevaban espadas y lanzas, pero trece también portaban arcabuces, treinta y dos tenían ballestas y me atrevería a decir que todos los otros hombres eran capaces de usar esas armas especiales. Además había cien hombres más, que evidentemente eran los marineros de los diez barcos que habían quemado». Motecuzoma pasó las hojas de papel de corteza encima de su hombro y los ancianos del Consejo de Voceros que estaban detrás de él, en una línea, se las empezaron a pasar de un lado a otro. Yo continué: «Hay cuatro sacerdotes blancos. Tienen muchas mujeres de nuestra propia raza que les fueron regaladas por el Tabascoöb de Cupilco y por Patzinca de los totonaca. Tienen dieciséis caballos y doce perros grandes de caza. Tienen diez cañones de largo alcance y cuatro más pequeños. Como nos dijeron, Venerado Orador, sólo se quedaron con un barco que está todavía flotando en la bahía y en donde hay hombres, pero no los pude contar». Dos ancianos del Consejo de Voceros, que eran físicos, estaban examinando con atención solemne el retrato de Cortés y conferenciaban en murmullos profesionales. Concluí: «Además de todas las personas que he mencionado, prácticamente toda la población de los totonaca parece estar bajo las órdenes de Cortés, trabajando como cargadores, carpinteros, albañiles y demás… cuando no les están enseñando los sacerdotes blancos, cómo adorar ante la cruz y la imagen de la Señora».

Uno de los dos doctores dijo: «Señor Orador, si puedo hacer un comentario… —Motecuzoma asintió—. Mi colega y yo hemos estado observando el retrato del rostro del hombre Cortés y en otros dibujos en donde se ve completo». Motecuzoma dijo con impaciencia: «Y supongo que, como físicos que son, declaran oficialmente que él es un hombre». «No sólo eso, mi señor. Hay otros signos de diagnóstico. Es imposible decirlo con certeza, a menos de que alguna vez tuviéramos la oportunidad de examinarlo en persona, pero parece que por sus facciones enclenques, su pelo ralo y lo mal proporcionado de su cuerpo, él debe de haber nacido de una madre que estaba afligida, vergonzosamente, por la enfermedad nanaua. Hemos visto esas características muchas veces entre la progenie de las maátime».

«¿De verdad? —dijo Motecuzoma visiblemente contento—. Si eso es cierto y si el nanaua ha afectado su cerebro, eso podría explicar muchas de sus acciones. Sólo un loco podría haber quemado esos barcos, con los que hubiera podido retirarse a salvo. Y si un hombre consumido por el nanaua es el guía de esos extranjeros, los otros deben de ser unos bichos con un intelecto todavía más pobre. Y usted, Mixtzin, díganos que sus armas no son tan terriblemente invencibles como otros lo han dicho. Saben, empiezo a pensar que hemos exagerado mucho el peligro que pueden suponer esos visitantes». De pronto, Motecuzoma había cambiado de ánimo, de ese ánimo con que lo había visto por tanto tiempo, pero su rápido cambio, pasando de la melancolía a una alegre ligereza, no me impelió a imitarlo. Hasta entonces él había pensado en los hombres blancos como una amenaza, como dioses o mensajeros de los dioses y requiriendo de nosotros que les profesáramos todo respeto, amistad y probablemente hasta toda nuestra sumisión. Pero al oír mi información y la opinión de los doctores, estaba muy dispuesto a subestimar a los hombres blancos, como si no merecieran nuestra atención y preocupación. Esa actitud se me hacía tan peligrosa como la otra, pero como no podía decir eso con tantas palabras, sólo le dije: «Quizá Cortés esté enfermo hasta el punto de estar loco, Señor Orador, pero un loco puede ser todavía más peligroso que un cuerdo. Hace solamente unos cuantos meses que esos bichos vencieron a unos cinco mil guerreros en las tierras de Cupilco».

«Pero los defensores de Cupilco no tienen nuestras ventajas. —No fue Motecuzoma quien habló, sino su hermano, el jefe guerrero Cuitláhuac—. Fueron al encuentro de los hombres blancos con la antigua táctica de combate cuerpo a cuerpo. Pero gracias a usted, Señor Mixtli, nosotros sabemos ahora algo acerca de las capacidades del enemigo. Si a la mayoría de mis guerreros les doy arcos y flechas, podremos estar fuera del alcance de sus armas de metal y escapar a las descargas de sus pesadas armas de fuego y podremos vencerlos con flechas más rápidas, que no podrán contestar con sus proyectiles». Motecuzoma dijo con indulgencia: «Es de suponerse que un jefe de guerra hable de guerra, pero no veo en absoluto la necesidad de tener una guerra. Simplemente le mandaremos una orden al Señor Patzinca para que todos los totonaca dejen de ayudar a los hombres blancos, de proveerlos con comida, mujeres y otras comodidades. Los intrusos se cansarán muy pronto de estar comiendo sólo el pescado que puedan pescar por sí mismos, bebiendo sólo el jugo de los cocos y teniendo que sufrir un verano en las Tierras Calientes». Fue su Mujer Serpiente, Tlácotzin, quien contestó a eso: «Patzinca no parece estar muy inclinado a rehusarles nada a los hombres blancos, Venerado Orador. Los totonaca nunca se han regocijado de ser nuestros vasallos tributarios. Ellos preferirán cambiar de amos». Uno de los emisarios que había ido conmigo a la costa dijo: «También, estos hombres blancos hablaron de otros hombres blancos, incontables, que viven en esas tierras de donde éstos llegaron. Si nosotros peleamos contra ellos y los vencemos o si se rinden por hambre, ¿cómo sabríamos cuándo otros más lleguen o cuántos llegarán o qué armas más poderosas traerán con ellos?».

La alegría de Motecuzoma se disipó. Sus ojos lanzaron una mirada de desasosiego alrededor, como si inconscientemente buscaran una forma de escapar, ya fuera de los hombres blancos ya de tomar una firme decisión, no lo sé. Pero su mirada cayó casualmente sobre mí, se me quedó mirando y luego me dijo: «Mixtzin, su agitación habla de impaciencia. ¿Qué es lo que usted podría decir a esto?». Yo dije sin vacilar: «Quemar el único barco que les queda a los hombres blancos». Algunos de los hombres que estaban en el salón del trono exclamaron: «¿qué?» o «¡deshonroso!». Otros dijeron cosas como: «¿atacar a los visitantes sin ninguna provocación?» y «¿empezar la guerra sin mandarles siquiera nuestras insignias de declaración de guerra?». Motecuzoma con un gesto los silenció y volviéndose hacia mí sólo me dijo: «¿Por qué?». «Antes de que nosotros dejáramos la costa, mi señor, ese barco fue cargado con todo el oro fundido y todos los demás regalos que usted les mandó. Pronto desplegará sus alas hacia ese lugar llamado Cuba o hacia el lugar llamado España o quizás irá directamente a presentarse con su Rey Don Carlos. Los hombres blancos estaban hambrientos de oro y los regalos de mi señor no los saciaron, sino que sólo excitaron más su apetito. Si le permite a ese barco partir, con la prueba de que aquí hay oro, nada nos podrá salvar de una inundación de hombres blancos, que vendrán cada vez más y más hambrientos de oro. Pero el barco está hecho de madera. Envíe sólo unos cuantos buenos guerreros mexica hacia esa bahía, mi señor, de noche y en canoas. Mientras pretenden pescar a la luz de las antorchas, se pueden aproximar lo suficiente como para prenderle fuego». «¿Y luego? —dijo Motecuzoma mordiéndose un labio—. Cortés y sus hombres no podrán regresar a su tierra. Entonces, ciertamente que se vendrán para acá… y ciertamente que no vendrán con unas intenciones muy amistosas, no después de una acción tan hostil por nuestra parte». «Venerado Orador —dije con cansancio—, ellos vendrán de todas maneras, sea lo que nosotros hagamos o dejemos de hacer. Y vendrán con sus dóciles totonaca para enseñarles el camino, para que les carguen todas sus provisiones durante la jornada, para asegurarse de que podrán sobrevivir al pasar esas montañas y a los encuentros con otras gentes. Pero también eso lo podemos prevenir. He tomado, cuidadosamente, nota de todo el terreno. Hay varias formas de ascender de las costa a las tierras altas y todas ellas llevan a través de pasos y desfiladeros muy angostos. En esos lugares tan apretados, a los hombres blancos no les servirán de nada sus caballos, sus cañones, sus arcabuces y aun sus armaduras de metal no serán una defensa. Unos cuantos y buenos guerreros mexica apostados en esos pasos, sin más armas que piedras, podrían convertir a cada uno de esos nombres en una pulpa». Se oyó otro coro de exclamaciones horrorizadas, ante mi sugestión de que los mexica pudieran atacar escondidos como salvajes. Pero yo continué con voz más fuerte: «Debemos detener esta invasión, aunque sea con los medios más desagradables, si eso es lo conveniente, o nunca más tendremos la esperanza de contener la invasión. Quizás el hombre Cortés al ser un loco nos facilitó el camino, sólo tenemos que quemar o destruir el barco que él no mandó quemar. Si ese barco mensajero nunca regresa a su Rey Don Carlos, si ninguno de los hombres blancos queda vivo y capacitado para hacer siquiera una balsa con que escapar, el Rey Don Carlos nunca sabrá qué pasó con esa expedición».

Se hizo un gran silencio en el salón del trono. Nadie quería ser el primero en comentar algo y yo traté de no impacientarme. Al fin Cuitláhuac dijo: «Es un consejo práctico, Señor Hermano». «Es un consejo monstruoso —gruñó Motecuzoma—. Primero destruir el barco de los extranjeros y por ende empujarlos a que avancen tierra adentro y luego cogerlos indefensos en un ataque encubierto. Eso requerirá mucha meditación y consultarlo detenidamente con los dioses». «¡Señor Orador! —dije con desesperación—. ¡Ese barco mensajero puede estar extendiendo sus alas en este momento!». «Lo que indicaría —dijo imperativo— que los dioses así lo desean. Y por favor no agite de esa forma sus manos enfrente de mí». En esos momentos mis manos deseaban estrangularlo, pero las contuve para que pareciera un gesto que indicaba que cedía resignadamente de mi propósito. Él meditó en voz alta: «Si el Rey Don Carlos no llega a saber nada de este grupo, se imaginará que está en algún peligro y ese rey no vacilará en enviar una tropa para que los rescate o los refuerce. Quizás incontables barcos trayendo a incontables hombres blancos. Por la forma tan simple en que Cortés quemó sus diez barcos, aparentemente su Rey Don Carlos tiene una gran reserva de ellos. Me da la impresión de que Cortés es sólo la punta de una lanza que ya ha sido arrojada. Quizá lo más sabio sea tratar a Cortés con cautela y pacíficamente, por lo menos hasta que podamos determinar cuán pesada es la lanza que se apoya detrás de él. —Motecuzoma se levantó, como una señal para que nos retiráramos, y dijo mientras salíamos—: Pensaré en todo lo que se ha dicho aquí. Mientras tanto, enviaré a unos quimíchime a las tierras de los totonaca y a todas las tierras intermedias, para que me tengan informado de lo que los hombres blancos están haciendo».

Quimíchime quiere decir ratón, pero esa palabra también la usábamos para decir espía. Entre toda la comitiva de esclavos que tenía Motecuzoma, estaban incluidos hombres de cada nación de El Único Mundo y los que eran de más confianza siempre los había utilizado frecuentemente para que espiaran en las tierras de donde ellos eran nativos, pues se podían infiltrar fácilmente y en completo anonimato entre su propia gente. Por supuesto que yo también en los últimos tiempos, había hecho el papel de espía en las tierras totonaca y he hecho ese trabajo en otras ocasiones… aun en algunos lugares en donde no hubiera podido pasar por un nativo del lugar… pero sólo era un hombre. Un hato completo de ratones, como el que había enviado Motecuzoma, podía cubrir más lugares y traer mucha más información.

Motecuzoma volvió a llamar a su presencia al Consejo de Voceros y a mí, cuando regresó el primer quimichi para informar que la casa flotante de los hombres blancos en verdad ya había desplegado sus alas y se había ido hacia el oeste perdiéndose de vista en el mar. Aunque me sentí desanimado al oír eso, seguí escuchando el resto del informe, pues el ratón había hecho un buen trabajo escuchando y observando, incluso había oído varias conversaciones traducidas.

El barco mensajero había partido con todos aquellos marineros que necesitaba y con otro hombre que había sido separado de la fuerza militar de Cortés, posiblemente encargado de entregar tanto los regalos y el oro, como el informe oficial de Cortés a su Rey Don Carlos. Ese hombre era el oficial Alonso, el que había tenido a Ce-Malinali, pero por supuesto no se había llevado consigo a esa joven mujer tan valiosa para ellos. Como era de esperar, Malintzin, como era llamada cada vez con más frecuencia, no se había sentido en lo más mínimo afectada por ello, sino que inmediatamente se convirtió en la concubina de Cortés aparte de ser su intérprete.

Con su ayuda, Cortés les dio un discurso a los totonaca. Les dijo que el barco mensajero regresaría con la orden de su rey de elevarlo de rango, pero que él se anticiparía a ello y que de ahí en adelante no debían llamarlo solamente por Capitán, sino por Capitán General y que también anticipándose a la orden de su rey, él le daba un nuevo nombre al Cem-Anáhuac, El Único Mundo. Todas las tierras de la costa que él ya tenía y todas las tierras que él descubriera en el futuro, se llamarían en lo sucesivo como La Capitanía General de la Nueva España. Por supuesto que esas palabras en español significaban muy poco para nosotros, sobre todo cuando el quimichi las dijo con su acento totonaca. Pero estaba lo suficientemente claro que Cortés, aunque fuese un loco digno de lástima o un hombre audaz quien actuaba incitado por las ambiciones de su consorte, se estaba atribuyendo tierras sin límites y pueblos incontables que ni siquiera había visto, sin haberlos conquistado por combate o por algún otro medio. Las tierras sobre las que él clamaba sus dominios incluían las de nosotros y los pueblos sobre los que él clamaba soberanía incluía al nuestro, los mexica.

Casi echando espuma por la boca ante ese ultraje, Cuitláhuac dijo: «Si ésa no es una declaración de guerra, Venerado Hermano, entonces nunca he oído una». Motecuzoma dijo con incertidumbre: «Él no ha mandado todavía los regalos guerreros u otras insignias guerreras con esa intención». «¿Esperarás hasta que él descargue sus estruendosos cañones sobre tus oídos? —demandó con impertinencia Cuitláhuac—. Obviamente él ignora nuestras costumbres de declarar la guerra. Quizás el hombre blanco lo haga sólo con palabras de desafío y presunción, como él lo ha hecho. Así es que enseñémosle a ese plebeyo engrandecido algunas buenas maneras. Mandémosle nuestros regalos de guerra, nuestras banderas y armas. Luego vayamos a la costa y ¡echemos de ella a ese insufrible jactancioso, empujándolo al mar!». «Cálmate, mi hermano —dijo Motecuzoma—. Todavía él no ha molestado a nadie en estos lugares excepto a esos despreciables totonaca y aun a ellos sólo les ha hecho ruido. Por lo que a mí respecta, Cortés se puede quedar en la playa pavoneándose, poner su estado allí y romper el viento por ambos lados. Mientras tanto, hasta que él no haga nada, nosotros esperaremos».