Dixit

Mi señor.

Perdóneme, mi señor, de que no conozca su formal y digno tratamiento honorífico, pero confío en no ofender a mi señor. Usted es un hombre y jamás ningún hombre entre todos los hombres que he conocido en mi vida se ha resentido por haber sido llamado señor. Así que, mi señor.

O, Su Ilustrísima, ¿no es así?

Ayyo, un tratamiento todavía más esclarecido, lo que nosotros llamaríamos en estas tierras un ahuaquáhuitl, un árbol de gran sombra. Su Ilustrísima, así lo llamaré entonces.

Estoy muy impresionado, Su Ilustrísima, de que un personaje de tan alta eminencia haya llamado a una persona como yo, para hablar en su presencia.

Ah, no, Su Ilustrísima, no se moleste si le parece que le estoy adulando, Su Ilustrísima. Corre el rumor por toda la ciudad, y también sus servidores aquí presentes me lo han manifestado en una forma llana, de cuán augusto es usted como hombre, Su Ilustrísima, mientras que yo no soy otra cosa más que un trapo gastado, una migaja de lo que fui en otro tiempo. Su Ilustrísima está adornado con ricos atavíos, seguro de su conspicua excelencia, y yo, solamente soy yo.

Sin embargo. Su Ilustrísima desea escuchar lo que fui. Esto, también me ha sido explicado. Su Ilustrísima desea saber lo que era mi gente, esta tierra, nuestras vidas en los años, en las gavillas de años, antes de que le pareciera a la Excelencia de su Rey liberarnos con sus crucíferos y sus ballesteros de nuestra esclavitud, a la que nos habían llevado nuestras costumbres bárbaras.

¿Es esto correcto? Entonces lo que me pide Su Ilustrísima está lejos de ser fácil. ¿Cómo en esta pequeña habitación, proviniendo de mi pequeño intelecto, en el pequeño tiempo de los dioses… de Nuestro Señor, que ha permitido preservar mis caminos y mis días… cómo puedo evocar la inmensidad de lo que era nuestro mundo, la variedad de su pueblo, los sucesos de las gavillas tras gavillas de años?

Piense, Su Ilustrísima; imagíneselo como un árbol de gran sombra. Vea en su mente su inmensidad, sus poderosas ramas y los pájaros que habitan entre ellas; el follaje lozano, la luz del sol a través de él, la frescura que deja caer sobre la casa, sobre una familia; la niña y el niño que éramos mi hermana y yo. ¿Podría Su Ilustrísima comprimir ese árbol de gran sombra dentro de una bellota, como la que una vez el padre de Su Ilustrísima empujó entre las piernas de su madre?

Yya, ayya, he desagradado a Su Ilustrísima y consternado a sus escribanos. Perdóneme, Su Ilustrísima. Debí haber supuesto que la copulación privada de los hombres blancos con sus mujeres blancas debe ser diferente, más delicada, de como yo los he visto copular a la fuerza con nuestras mujeres en público, y seguramente la cristiana copulación de la cual fue producto Su Ilustrísima, debió de haber sido aún mucho más delicada que…

Sí, sí. Su Ilustrísima, desisto.

Sin embargo. Su Ilustrísima puede darse cuenta de mi dificultad. ¿Cómo hacer posible que Su Ilustrísima, de una sola ojeada, pueda ver la diferencia entre nuestro «entonces» inferior a su «ahora» superior? Tal vez baste una pequeña ilustración para que usted no necesite molestarse en escuchar más.

Mire Su Ilustrísima a sus escribanos; en nuestro idioma se les llama «los conocedores de palabras». Yo también fui escribano y bien me acuerdo de lo difícil que era transmitir al papel de fibra, o de cuero de venado, o de corteza de árbol, los esqueletos de las fechas y sucesos históricos y eso con poca precisión. A veces, incluso a mí me era difícil leer mis propios dibujos en voz alta sin tartamudear, unos cuantos momentos después de que los colores se hubieran secado.

Sin embargo, sus conocedores de palabras y yo hemos estado practicando mientras esperábamos la llegada de Su Ilustrísima, y estoy asombrado, estoy maravillado de lo que cualquiera de sus reverendos escribanos puede hacer. Pueden escribir y leerme no solamente la substancia de lo que hablo, sino cada una de las palabras y con todas las entonaciones, las pausas y las expresiones de mi discurso. Yo pensaría que esto es una capacidad extraordinaria de memoria y de imitación, nosotros también teníamos nuestros «memoristas» de palabras, pero me dicen, me demuestran, me comprueban que todo aparece escrito en sus hojas de papel. Me felicito a mí mismo, Su Ilustrísima, por haber aprendido a hablar su idioma con la poca perfección que han podido alcanzar mi pobre cerebro y mi pobre lengua, pero su escritura estaría fuera de mi alcance.

En nuestra escritura-pintada los propios colores hablaban, cantaban o lloraban, los colores eran necesarios. Teníamos muchos: rojo sangre, rojo-magenta, oro ocre, verde ahuácatl, azul turquesa, chocólatl, gris-barro, negro de medianoche. A pesar de eso, no eran adecuados para captar cada palabra individual, por no mencionar los matices y el hábil uso de las frases. Sin embargo, cualquiera de sus conocedores de palabras puede hacer precisamente eso: anotar para siempre cada parte de palabra con sólo una pluma de ganso, en lugar de un manojo de cañas y pinceles. Y lo que es más maravilloso, con un solo color, la decocción del negro óxido que me dicen que es tinta.

Pues bien. Su Ilustrísima, en resumidas cuentas ahí tiene en una bellota la diferencia entre nosotros los indios y ustedes los hombres blancos, entre nuestra ignorancia y sus conocimientos, entre nuestros tiempos pasados y su nuevo día. ¿Satisfaría a Su Ilustrísima el simple hecho de que una pluma de ganso ha demostrado el derecho de su pueblo para gobernar, y el destino de nuestro pueblo para ser gobernado? Ciertamente eso es todo lo que Su Ilustrísima desea de nosotros los indios: la confirmación de la conquista victoriosa que fue decretada, no por sus armas y artificio, ni siquiera por su Dios Todopoderoso, sino por su innata superioridad sobre las criaturas menores que somos nosotros. Ninguna palabra más que yo dijese podría respaldar los juicios astutos de Su Ilustrísima acerca de la situación pasada o presente. Su Ilustrísima no necesita más de mí o de mis palabras.

Mi esposa es vieja y enferma y no hay quien la cuide, y aunque no puedo fingir que lamenta mi ausencia, sí le molesta. Achacosa e irascible, no es bueno que ella se disguste, no me conviene. Por lo que con sincero agradecimiento a Su Ilustrísima por la forma tan benévola con que su Ilustrísima recibió a este viejo miserable, ya me voy.

Le ruego que me disculpe, Su Ilustrísima. Como usted ya lo ha hecho notar, no tengo permiso de Su Ilustrísima de irme cuando me dé la gana. Estoy al servicio de Su Ilustrísima por todo el tiempo que…

Mis disculpas, otra vez. No me había dado cuenta de que había estado repitiendo «Su Ilustrísima» más de treinta veces durante este breve coloquio, ni que lo he estado diciendo en un tono especial de voz. Sin embargo, no puedo contradecir la anotación escrupulosa de sus escribanos. De ahora en adelante intentaré moderar mi reverencia y mi entusiasmo hacia su título honorífico. Señor Obispo, y mantener un tono de voz irreprochable. Y como usted lo ordena, continúo.

Pero ahora, ¿qué voy a decir? ¿Qué le gustaría escuchar?

Como nuestra vida está medida, la mía ha sido larga. No morí durante mi infancia como pasa con muchos de nuestros niños. No morí en la guerra o en el campo de batalla, ni fui sacrificado en alguna ceremonia religiosa, como le ha sucedido a muchos por su propia voluntad. No sucumbí por el exceso de bebida, ni por el ataque de un animal salvaje o la lenta descomposición del Ser Comido por los Dioses, esa terrible enfermedad que ustedes llaman lepra. No morí por contraer ninguna de las otras muchas enfermedades terribles que ustedes trajeron con sus barcos, a causa de las cuales tantos miles de miles han perecido. Yo sobreviví aun a los dioses, los que para siempre serían inmortales. He sobrevivido a más de una gavilla de años, para ver, hacer, aprender y recordar mucho. Pero ningún hombre puede saberlo todo, ni siquiera lo de su propio tiempo, y la vida en esta tierra empezó inmensurables años antes que la mía. Solamente de mi vida puedo hablar, solamente de la mía, que puedo hacer volver como una sombra de vida por medio de su tinta negra…

«¡Había un esplendor de lanzas, un esplendor de lanzas!».

Un anciano de nuestra isla de Xaltocan siempre empezaba de este modo sus historias sobre batallas. A nosotros, los que le escuchábamos, nos cautivaba al instante y seguíamos su narración absortos, aunque describiera una de las batallas menos importantes, y una vez que había contado los sucesos precedentes y los que estaban por venir, quizá resultara un cuento frívolo que no valiera la pena de ser narrado. Sin embargo, tenía la habilidad de llegar inmediatamente al momento más dramático de su relato, para luego ir entretejiendo alrededor de su narración. A diferencia de él, yo no puedo hacer otra cosa más que empezar desde el principio y pasar a través del tiempo exactamente como lo viví.

Todo lo que ahora declaro y afirmo, ocurrió. Yo narro solamente lo que pasó, sin inventar y sin falsedad. Beso la tierra. Eso quiere decir: lo juro.

Oc ye nechca —como ustedes dirían: «Érase una vez»— cuando en nuestra tierra nada se movía más rápido de lo que nuestros mensajeros-veloces podían correr, excepto cuando los dioses se movían y no había ningún ruido más fuerte que el que podían hacer nuestros voceadores-a-lo-lejos, excepto cuando los dioses hablaban. En el día que nosotros llamamos Siete Flor, en el mes del Dios Ascendente en el año Trece Conejo, el dios de la lluvia, Tláloc, era el que hablaba más fuerte, en una tormenta resonante. Esto era poco usual, ya que la temporada de lluvias debía haber terminado. Los espíritus tlaloque que atendían al dios Tláloc estaban golpeando con sus tenedores de luz, rompiendo las grandes cascaras de nubes, despedazándolas con gran rugido de truenos y escupiendo violentamente sus cascadas de lluvia.

En la tarde de ese día, en medio del tumulto causado por la tormenta, en una pequeña casa en la isla de Xaltocan, nací de mi madre para empezar a morir.

Como ustedes pueden ver, para hacer su crónica más clara, me tomé la molestia de aprender su calendario. Yo he calculado que la fecha de mi nacimiento debió de ser el vigésimo día de su mes llamado septiembre, en su año numerado como mil cuatrocientos sesenta y seis. Esto fue durante el reinado de Motecuzoma Ilhuicamina, en su idioma el Furioso Señor que Dispara sus Flechas Hacia el Cielo. Él era nuestro Uey-Tlatoani o Venerado Orador, nuestro título de lo que vendría a ser para ustedes rey o emperador. Pero el nombre de Motecuzoma o de cualquier otro no significaba entonces mucho para mí.

En aquel momento, todavía caliente de la matriz, es indudable que estaba mucho más impresionado al ser inmediatamente sumergido en una tinaja de agua fría. Ninguna comadrona me ha explicado la razón de esta práctica, pero supongo que es debida a la teoría de que, si el recién nacido podía sobrevivir a ese espantoso choque, podría hacerlo también a todas las enfermedades que generalmente se padecen en la infancia. De todas maneras, me debí quejar a pulmón abierto, mientras la comadrona me fajaba y mi madre se desataba de las cuerdas nudosas que la habían sostenido hincada, cuando me expelía hacia el suelo, y mientras mi padre enrollaba con cuidado, a un pequeño escudo de madera que él había tallado para mí, el trozo de cordón umbilical que me habían cortado.

Más tarde, mi padre daría ese objeto al primer guerrero mexica que encontrara y a éste se le confiaría la tarea de enterrarlo en algún lugar del próximo campo de batalla al que fuera destinado. Entonces mi tonali («destino», «fortuna», «suerte» o como ustedes quieran llamarlo) siempre debería estar incitándome a ser un guerrero, la ocupación más honorable para nuestra clase de gente, y también para morir en el campo de batalla; ésta era la muerte más honrosa para nosotros. Dije «debería», porque aunque mi tonali frecuentemente me ha impelido o mandado hacia varías direcciones, incluso dentro del combate, nunca me sentí atraído a pelear y morir con violencia antes de tiempo.

También debo mencionar que, de acuerdo con la costumbre, el cordón umbilical de mi hermana Nueve Caña fue enterrado, poco más o menos dos años antes, bajo el hogar de la casa en donde nacimos. Su hilo había sido amarrado alrededor de un huso delgadito de barro, con lo que se esperaba que al crecer fuera una buena, hacendosa y aburrida esposa. No fue así. El tonali de Nueve Caña fue tan indócil como el mío.

Después de mi inmersión y de ser fajado, la comadrona me habló directamente con voz solemne, si es que yo la dejaba ser escuchada. Creo que no necesito decirles que no estoy repitiendo de memoria nada de lo que se dijo o se hizo cuando nací, pero conozco todos estos rituales. Lo que la comadrona me dijo aquella tarde, lo he escuchado decir a muchos recién nacidos, como siempre fue dicho a todos nuestros infantes varones. Éste ha sido uno de los muchos ritos por siempre recordado y nunca olvidado desde tiempos anteriores a los tiempos. Por medio de nuestros ancestros muertos ha mucho tiempo, nos fueron transmitidos a los vivos su sabiduría desde el momento de nuestro nacimiento.

La comadrona me dio por nombre Siete Flor. Este nombre del día de nacimiento sería el mío hasta haber pasado los peligros de la infancia, o sea hasta que tuviera siete años, en cuya edad se podía suponer que podría vivir lo suficiente para poder crecer, y entonces me sería dado un nombre de adulto más distintivo.

Ella dijo: «Siete Flor, mi muy amado y tierno niño que he recibido, he aquí la palabra que nos fue dada hace mucho tiempo por los dioses. Tú has nacido de esta madre y este padre solamente para ser guerrero y siervo de los dioses. Este lugar en el que acabas de nacer, no es tu verdadero hogar».

Y ella dijo: «Siete Flor, tu deber más importante es dar a beber al sol la sangre de tus enemigos y alimentar la tierra con los cadáveres de tus oponentes. Si tu tonali es fuerte, estarás por muy poco tiempo con nosotros y en este lugar. Tu verdadero hogar estará en la tierra de nuestro dios-sol Tonatíu».

Y ella dijo: «Siete Flor, si tú creces hasta morir como un xochimiqui, uno de los muy afortunados que alcanzan el mérito suficiente de tener una Muerte Florida, en la guerra o en el sacrificio, vivirás otra vez, eternamente feliz en Tonatiucan, el otro mundo del sol y servirás a Tonatíu por siempre y para siempre y te regocijarás en su servicio».

Puedo ver recular a Su Ilustrísima. Yo también lo habría hecho si entonces hubiera podido comprender esa triste bienvenida a este mundo, o las palabras que después pronunciaron nuestros capuli, vecinos y parientes, que apretujándose en la pequeña estancia habían venido a ver al recién nacido. Cada uno de ellos, inclinándose hacia mí, dijo el saludo tradicional: «Has venido a sufrir. A sufrir y a perseverar». Si todos los recién nacidos pudieran entender este saludo se retorcerían dolientes, volviéndose hacia la matriz, consumiéndose en ella como una semilla.

No hay duda de que venimos a este mundo a sufrir y a perseverar. ¿Qué ser humano no lo ha hecho? Sin embargo, las palabras de la comadrona acerca de ser guerrero y sobre el sacrificio, no eran más que la repetición del canto del cenzontle. Yo he escuchado otras muchas arengas tan edificantes como ésas, de mi padre, de mis maestros, de nuestros sacerdotes y de los suyos, todas ellas ecos insensatos de lo que a su vez ellos escucharon de generaciones pasadas a través de los años. Por mi parte, he llegado a creer que los que murieron hace mucho tiempo no eran en vida más sabios que nosotros, y que con sus muertes no añadieron ningún lustre a su sabiduría. Las palabras pomposas de los muertos siempre las he considerado, como nosotros decimos yca mapilxocóitl, con mi dedito meñique, o como ustedes dicen: «como un granito de sal».

Crecemos y miramos hacia abajo, envejecemos y miramos hacia atrás. Ayyo, pero qué era ser un niño… ¡ser un niño! Tener todos los caminos y los días ensanchados a lo lejos, adelante, hacia arriba. Todavía ninguno de ellos desperdiciado, perdido o del que podernos arrepentir. Todo era nuevo y novedoso en el mundo, como una vez lo fue para nuestro Señor Ometecutli y nuestra Señora Omecíhuatl, la Primera Pareja, los primeros seres de toda la creación.

Sin ningún esfuerzo recuerdo los sonidos recogidos en mi memoria, que llegan otra vez nebulosamente a mis oídos envejecidos. Los sonidos que escuchaba al amanecer en nuestra isla de Xaltocan. Muchas veces me despertó el reclamo del Pájaro Tempranero, Papan, gritando sus cuatro notas: «¡Papaquiqui!, ¡papaquiqui!», invitando al mundo a «¡elevarse, cantar, danzar, ser feliz!». Otras veces me despertaba un sonido todavía más temprano; era mi madre moliendo el maíz en el métlatl de piedra, torteando y dando forma a la masa del maíz, para luego convertirla en los grandes panes delgados y redondos, los deliciosos tlaxcali, que ustedes conocen por tortillas. Incluso hubo mañanas en que me desperté más temprano que todos, con excepción de los sacerdotes del dios-sol Tonatíu. Acostado en la oscuridad los podía escuchar soplando las caracolas marinas, que emitían balidos roncos y ásperos, en lo alto del templo de la modesta pirámide de nuestra isla, en el momento en que quemaban el incienso y cortaban ritualmente el pescuezo de una codorniz (porque esta ave está moteada como una noche estrellada) y cantaban en un rítmico son a su dios: «Ve como la noche ha muerto. Ven ahora y muéstranos tu obra bondadosa, oh joya única, oh encumbrada águila, ven ahora a alumbrar y a dar calor al Único Mundo…».

Sin ningún esfuerzo, sin ninguna dificultad, recuerdo los mediodías calientes, cuando Tonatíu el sol blandía fieramente, con todo su primitivo vigor, sus flameantes lanzas mientras se levantaba y estampaba sobre el techo del universo. En aquella deslumbrante luz azuldorada del mediodía, las montañas que rodeaban el lago de Xaltocan parecían estar lo suficientemente cerca como para poderlas tocar. De hecho, éste es mi más antiguo recuerdo; no tendría más de dos años y todavía no había en mí ningún sentido de la distancia, el día y el mundo a mi alrededor eran jadeantes y sólo quería tocar algo fresco. Todavía recuerdo mi infantil sorpresa cuando al estirar el brazo hacia afuera no pude sentir el azul del bosque de la montaña que se veía enfrente de mí tan cerca y claramente.

Sin ningún esfuerzo, recuerdo también el terminar de los días, cuando Tonatíu se cubría con su manto de brillantes plumas para adormecerse, dejándose caer sobre su blanda cama de pétalos coloreados y sumergirse en el sueño. Él se había ido de nuestro lado, hacia Mictlan, el Lugar de la Oscuridad. De los cuatro mundos adonde iríamos a habitar después de nuestra muerte, Mictlan era el más profundo; era la morada de la muerte total e irredimible, el lugar en donde nada pasa, jamás ha pasado y jamás pasará. Tonatíu era misericordioso ya que, por un tiempo (un pequeño espacio de tiempo en el que nos podíamos dar cuenta de cuán pródigo era con nosotros) prestaría su luz (una pequeña luz, solamente atenuada por su sueño) al Lugar de la Oscuridad, de la muerte irremediable y sin esperanza. Mientras tanto, en nuestro Único Mundo, en Xaltocan, de todos modos el único mundo que yo conocía, neblinas pálidas y azulosas surgían del lago de tal manera que las negruzcas montañas que le circundaban parecían flotar sobre ellas, en medio de aguas rojas y purpúreos cielos. Entonces, exactamente por encima del horizonte, por donde Tonatíu había desaparecido flameando allí todavía un momento, Omexóchitl, Flor del Atardecer, la estrella vespertina, aparecía. Esta estrella, Flor del Atardecer, venía, siempre venía para asegurarnos que a pesar de la oscuridad de la noche no debíamos temer que esa noche se oscureciera para siempre en las tinieblas totales y negras del Lugar de la Oscuridad. El Único Mundo vivió y volvería a vivir en un rato más.

Sin ningún esfuerzo recuerdo las noches y una en particular. Metztli, la luna, había terminado su comida mensual de estrellas y estaba llena y satisfecha, tan ahíta en su redondez y brillantez que la figura del conejo-en-la-Luna estaba grabada tan claramente como una escultura tallada del templo. Esa noche, supongo que tendría tres o cuatro años de edad, mi padre me cargó sobre sus hombros y sus manos sostuvieron fuertemente mis tobillos. Sus grandes zancadas me llevaron de una fresca claridad a una oscuridad todavía más fresca: la claridad veteada de luces y sombras que proyectaba la luna por debajo de las ramas extendidas de las emplumadas hojas de los «más viejos de los viejos árboles», los ahuehuetque, cipreses.

Para entonces, era lo suficientemente mayor como para haber oído hablar de las terribles asechanzas que nos aguardan en la oscuridad de la noche, ocultas a la visión de cualquier persona. Allí estaba Chocacíhuatl, La Llorona, la primera de todas las madres que murió al dar a luz; por siempre vagando, por siempre lamentando la muerte de su hijo y la pérdida de su propia vida. Allí estaban las calaveras descarnadas y separadas de sus cuerpos, que flotaban a través del aire, cazando a aquellos viajeros que habían sido atrapados por la oscuridad de la noche. Si algún mortal llegaba a vislumbrar algunas de estas cosas, sabía que era para él un presagio seguro de muerte o de infortunio.

Había otros habitantes de las tinieblas, pero no eran tan pavorosos. Por ejemplo, estaba el dios Yoali Ehécatl, Viento de la Noche, que soplaba fuertemente a lo largo de los caminos nocturnos, intentando agarrar a cualquier hombre incauto que caminara en la oscuridad. Sin embargo, Viento de la Noche era tan caprichoso como cualquier otro viento. A veces agarraba a alguien y luego lo dejaba libre, y cuando esto pasaba, a la persona se le concedía incluso algún deseo que ansiara su corazón y una vida larga para gozarlo. Así es que, con la esperanza de tener al dios siempre en ese indulgente estado de ánimo, hace mucho tiempo nuestra gente construyó bancos de piedra en varias de las encrucijadas de la isla, en donde Viento de la Noche pudiera descansar de sus ímpetus. Como ya dije, yo era lo suficientemente mayor como para saber acerca de los espíritus de las tinieblas y temerles. Pero aquella noche, sentado sobre los anchos hombros de mi padre, estando temporalmente más alto que cualquier hombre, siendo mi pelo cepillado por las frondas mohosas de los cipreses y mi rostro acariciado por los rayos veteados de la luna, no sentía ningún miedo.

Sin esfuerzo recuerdo esa noche, porque por primera vez se me permitió presenciar la ceremonia de un sacrificio humano. Era un rito menor, un homenaje a una deidad muy pequeña: Atlaua, el dios de los cazadores de aves. (En aquellos días, el lago de Xaltocan rebosaba de patos y gansos que en sus temporadas discurrían pausadamente allí para descansar, comer y alimentarnos a nosotros). Así es que en esa noche de luna llena, al principio de la temporada de caza de aves acuáticas, solamente un xochimiqui, un hombre solamente, sería ritualmente sacrificado para la grandeza de la gloria del dios Atlaua. El hombre no era, esta vez, un guerrero cautivo yendo a su Muerte Florida con regocijo o con resignación, sino un voluntario avanzando tristemente hacia la muerte.

«Yo ya casi estoy muerto —había dicho a los sacerdotes—. Me ahogo como un pez fuera del agua: Mi pecho hace un gran esfuerzo para poder tomar más y más aire, pero el aire ya no me nutre. Mis miembros se están debilitando, mi vista está nublada, mi cabeza me da vueltas, estoy extenuado y me caigo. Prefiero morir de una vez, en lugar de aletear como un pez fuera del agua, hasta que al final me ahogue».

Ese hombre era un esclavo de la nación de los chinanteca, situada lejos hacia el sur. Este pueblo estaba, y todavía está, aquejado de una curiosa enfermedad que parece correr indudablemente por el linaje de ciertas familias. Ellos y nosotros le llamamos la Enfermedad Pintada y ustedes, los españoles, ahora llaman a los chinanteca, el Pueblo Pinto, porque la piel del que la aflige está manchada de un azul lívido. De alguna manera, el cuerpo se ve imposibilitado de hacer uso del aire que respira, así es que se muere por sofocación de la misma forma en que un pez muere al ser sacado del elemento que lo sustenta.

Mi padre y yo llegamos a la orilla del lago, en donde, un poco más allá, habían dos postes gruesos hincados en la arena. La noche que nos rodeaba estaba iluminada con el fuego de las urnas, pero nebulosamente por el humo de los incensarios en donde se quemaba el copali. A través del humo se podía ver bailar a los sacerdotes de Atlaua: hombres viejos, totalmente negros, sus vestiduras negras, sus caras negras y sus largos cabellos enmarañados y endurecidos por el óxitl, la resina negra del pino con que nuestros cazadores de aves se embarraban sus piernas y la parte posterior de su cuerpo para protegerse del frío, cuando vadeaban en las aguas del lago. Dos de los sacerdotes tocaban la música ritual con flautas fabricadas con huesos de pantorrillas humanas, mientras otro golpeaba un tambor. Éste era un tipo especial de tambor que convenía para la ocasión: una calabaza gigante y vacía por dentro, parcialmente llena de agua, de manera que flotaba medio sumergida en la superficie del lago. Golpeada con huesos del muslo, el tambor de agua producía un rataplán de extrañas resonancias, que hacían eco contra las montañas, ahora invisibles, al otro lado del lago.

El xochimiqui fue llevado hacia el círculo de luz, en donde se desprendía el humo. Estaba desnudo, no traía ni siquiera el máxtlatl básico que normalmente cubre las caderas y las partes privadas. Aun a la luz parpadeante del fuego podía ver que su cuerpo no tenía el color de la piel manchado de azul, sino un azul de muerto con un toque aquí y allá de color carne. Fue tendido entre los dos postes y amarrado de un tobillo y una muñeca a cada uno de ellos. Un sacerdote ondulaba una flecha en la mano, como lo haría el que dirige un coro de cantantes, mientras entonaba una invocación: «El fluido de la vida de este hombre te lo damos a ti, Atlaua, mezclado con el agua de vida de nuestro amado lago de Xaltocan. Te lo damos a ti, Atlaua, para que tú a cambio te dignes enviarnos tus parvadas de preciosas aves hacia las redes de nuestros cazadores…». Y así seguía.

Esto continuó lo suficiente como para aburrirme, si es que no aburrió también a Atlaua. Entonces, sin ningún ritual florido, sin ningún aviso, el sacerdote bajó la flecha de repente y la clavó con todas sus fuerzas tirando después hacia arriba, retorciéndola, dentro de los órganos genitales del hombre azul. La víctima, por mucho que hubiera deseado aliviarse de esta vida, dio un grito. Aulló y ululó un grito tan agudo y penetrante que destacó sobre el sonido de las flautas, del tambor y del canto. Gritó sí, pero no por mucho tiempo.

El sacerdote, con la flecha ensangrentada, marcó una cruz a manera de blanco sobre el pecho del hombre, y todos los sacerdotes empezaron a bailar alrededor de él en círculo, cada uno llevando un arco y muchas flechas. Cada vez que uno de ellos pasaba frente al xochimiqui, clavaba una flecha en el pecho jadeante del hombre azul. Cuando la danza terminó y todas las flechas fueron usadas, el hombre muerto parecía una especie de animal que nosotros llamamos el pequeño verraco-espín.

La ceremonia no consistía en mucho más. El cuerpo fue desamarrado de las estacas y sujetado con una cuerda a la parte de atrás de un acali de cazador, que había estado esperando en la arena. El cazador remó en su canoa hacia el centro del lago, fuera del alcance de nuestra vista, remolcando el cadáver hasta que éste se hundió por la acción del agua al penetrar dentro de los orificios naturales y los producidos por las flechas. Así recibió Atlaua su sacrificio.

Mi padre me colocó otra vez sobre sus hombros y regresó con sus grandes zancadas a través de la isla. A medida que me bamboleaba en lo alto, sintiéndome a salvo y seguro, me hice un voto pueril y arrogante. Si alguna vez mi tonali me seleccionaba para la Muerte Florida del sacrificio, aun para un dios extranjero, no gritaría, no importa lo que me fuese hecho, ni el dolor que sufriera.

Niño tonto. Creía que la muerte sólo significaba morir cobardemente o con valentía. En aquel momento de mi joven vida, segura y abrigada, siendo llevado en los hombros fuertes de mi padre hacia la casa para disfrutar de un sueño dulce del que sería despertado en el nuevo día por el reclamo del Pájaro Tempranero, ¿cómo podía saber lo que realmente significa la muerte?

En aquellos días creíamos que un héroe muerto al servicio de un señor poderoso o sacrificado en homenaje de una alta divinidad, aseguraba una vida sempiterna en el más esplendoroso de los mundos del más allá, en donde sería recompensado y agasajado con bienaventuranzas por toda la eternidad. Ahora, el cristianismo nos dice que todos podemos tener la esperanza a un espléndido cielo similar, pero consideremos. Aun el más heroico de los hombres muriendo por la más honorable de las causas, aun el más devoto de los cristianos muriendo mártir con la certeza de alcanzar el Cielo, nunca volverán a sentir las caricias que los rayos lunares dejarán caer sobre sus rostros, en sombras de luz, mientras caminan bajo las ramas de los cipreses de este mundo. Un placer frívolo, tan pequeño, tan simple, tan ordinario, pero ya jamás volverán a disfrutar. Eso es la muerte.

Su Ilustrísima demuestra impaciencia. Discúlpeme, Señor Obispo, mi vieja mente me impulsa algunas veces fuera del camino recto, hacia el laberinto de una senda descarriada. Yo sé que algunas cosas que he dicho y algunas otras que diré no serán consideradas por usted como una información estrictamente histórica. Sin embargo, rezo para alcanzar su indulgencia, ya que no sé si tendré otra oportunidad para contar estas cosas. Y por todo lo que cuento, no cuento lo que podría contarse…

Retrocediendo otra vez hacia mi infancia, no puedo pretender que ésta haya sido extraordinaria en ningún sentido, para nuestra época y lugar, puesto que yo era ni más ni menos que un niño ordinario. El número del día y el del año de mi nacimiento no fueron ni afortunados ni desafortunados. No nací durante algún portento ocurrido en el cielo, como por ejemplo un eclipse mordiendo a la luna, que podría haberme roído un labio en forma parecida, o haber dejado una sombra permanente en mi cara, una marca oscura de nacimiento. No tuve ninguna de esas características físicas que nuestra gente consideraba como feos defectos en un hombre: no tuve pelo rizado; ni orejas en forma de asa de jarro; ni barba partida o doble; ni dientes protuberantes de conejo; ni nariz muy achatada, pero tampoco pronunciadamente picuda; ni ombligo saltón; ni lunares visibles. Afortunadamente para mí, mi pelo creció lacio, sin ningún remolino que se levantara o que se rizara.

Mi compañero de infancia, Chimali, tenía uno de esos remolinos encrespados y durante toda su juventud, prudentemente y aun con miedo, lo conservó muy corto y aplastado con óxitl. Recuerdo una vez, cuando éramos niños, que él tuvo que llevar una calabaza sobre su cabeza durante todo un día. Los escribanos sonríen; es mejor que lo explique.

Los cazadores de aves de Xaltocan agarraban patos y gansos de la manera más práctica y en buen número, poniendo largas redes sostenidas por varas clavadas aquí y allá en las partes poco profundas sobre las aguas del lago; entonces, haciendo un gran ruido, asustaban a las aves, de tal manera que éstas empezaban a volar repentinamente, quedando atrapadas en las redes. Sin embargo, nosotros, los niños de Xaltocan, teníamos nuestro propio método, verdaderamente astuto. Cortábamos la parte de arriba de una calabaza y la dejábamos hueca, haciéndole un hoyo por el cual podíamos ver y respirar. Nos poníamos dicha calabaza sobre la cabeza y, chapoteando como perritos, nos acercábamos al lugar en donde los patos y los gansos nadaban plácidamente en el lago. Como nuestros cuerpos eran invisibles dentro del agua, las aves no parecían encontrar nada alarmante en una o dos calabazas que se aproximaban flotando lentamente. Nos acercábamos lo suficiente como para agarrar las patas del ave y de un rápido tirón la metíamos dentro del agua. No siempre era fácil; hasta una cerceta pequeña podía presentar batalla a un niñito, pero generalmente podíamos mantener a las aves sumergidas hasta que éstas se sofocaban y se debilitaban. La maniobra rara vez causaba perturbación en el resto de la parvada que nadaba cerca.

Chimali y yo pasábamos el día en ese deporte y para cuando nos sentíamos cansados y desistíamos de seguir, teníamos amontonados en la orilla de la playa un respetable número de patos. Fue en ese momento cuando descubrimos que con el baño se le disolvía a Chimali el óxitl que usaba para aplacar su remolino, y su pelo quedaba detrás de la cabeza como si fuera un penacho. Estábamos al lado de la isla más lejano de nuestra aldea, lo que significaba que Chimali tendría que cruzar todo Xaltocan.

«¡Ayya, pochéoa!», se quejó. Esta expresión solamente se refiere a una ventosidad maloliente y apestosa, pero de haber sido escuchada por un adulto le hubiera valido una buena tunda de azotes con una vara espinosa, pues era una expresión demasiado vehemente para un niño de ocho o nueve años.

«Podemos volver por el agua —le sugerí— y nadar alrededor de la isla, si nos quedamos lo suficientemente alejados de la orilla».

«Quizá tú puedas hacerlo —me dijo Chimali—. Yo estoy tan lleno de agua y tan sin aliento que me hundiría en seguida. Mejor que esperemos a que anochezca para regresar a casa caminando».

Me encogí de hombros. «Durante el día corres el riesgo de que un sacerdote vea tu remolino y dé la noticia de ello, pero en la oscuridad corres el riesgo de encontrarte con algún monstruo más terrible, como Viento de la Noche. Yo estoy contigo, así es que tú decides».

Nos sentamos a pensar un rato y mientras, inconscientemente, nos pusimos a comer hormigas. En esa temporada del año las había por todas partes y sus abdómenes estaban llenos de miel. Así es que, cogíamos a los insectos y les mordíamos el trasero para tomar una gotita de miel, pero destilaban tan poquita que por muchas hormigas que comiéramos no aplacábamos nuestra hambre.

«¡Ya sé! —dijo Chimali al fin—. Llevaré puesta mi calabaza durante todo el camino de regreso a casa».

Y eso fue lo que hizo. Por supuesto que no podía ver muy bien por el agujero de su calabaza, así es que yo le guiaba, aunque los dos veníamos considerablemente cargados con el peso de nuestros patos muertos. Esto significaba que Chimali tropezaba continuamente, cayéndose entre las raíces de los árboles o en las zanjas del camino. Por fortuna nunca se hizo pedazos su calabaza. Sin embargo, me reí de él durante todo el camino, los perros le ladraban y como el crepúsculo se nos echó encima antes de llegar a la casa, Chimali hubiera podido asustar y aterrorizar a cualquier persona, que viajando al anochecer lo hubiese visto.

Por otra parte, eso no debía haber sido motivo de risa. Había una buena razón para que Chimali fuera siempre cauto y cuidadoso con su indómito pelo. Y es que, como verán ustedes, cualquier niño con remolino era especialmente preferido por los sacerdotes cuando necesitaban de un joven para sus sacrificios. No me pregunten por qué. Ningún sacerdote me dijo jamás el porqué. Pues ¿cuándo un sacerdote ha dado alguna vez una buena razón para imponernos las reglas irracionales que nos hace vivir, o por hacernos sentir el miedo, la culpa o la vergüenza que tenemos que sufrir cuando algunas veces las violamos?

Eso no significa que quiera dar la impresión de que cualquiera de nosotros, jóvenes o viejos, viviéramos en constante aprensión. Excepto por unos cuantos caprichos arbitrarios, como esa predilección de los sacerdotes por los muchachos con remolinos en su pelo, nuestra religión y los sacerdotes que la interpretaban, no nos cargaban con muchas demandas onerosas. Ninguna de las otras autoridades lo hicieron tampoco. Debíamos obediencia a nuestros soberanos y gobernadores, por supuesto, teníamos ciertas obligaciones para los pípiltin nobles y prestábamos atención a los consejos de nuestros tlamatintin, hombres sabios. Yo había nacido en la clase media de nuestra sociedad, los macehualtin, «los afortunados», llamados así porque estábamos libres de las pesadas responsabilidades de las clases altas, como éramos igualmente libres también de ser maltratados como frecuentemente lo eran las clases bajas.

En nuestro tiempo habían solamente unas pocas leyes, deliberadamente pocas, para que cada hombre pudiera guardarlas, todas, en su corazón y en su cabeza, y no tuviera ninguna excusa para quebrantarlas aduciendo ignorancia. Por eso, nuestras leyes no estaban escritas como las suyas, ni eran pegadas en sitios públicos como ustedes lo hacen, así un hombre no tenía que estar consultando continuamente la larga lista de edictos, reglas y regulaciones, para poder así medir hasta su más pequeña acción de «si debería» o «no debería». Conforme a sus normas, nuestras pocas leyes les pueden parecer ridículas y vagas, y los castigos por sus infracciones les parecerán indebidamente rigurosos. Nuestras leyes fueron hechas para el bien de todos y todos las obedecían, conociendo de antemano las espantosas consecuencias de no acatarlas. Aquellos que no lo hicieron, desaparecieron.

Por ejemplo, de acuerdo con las leyes que ustedes trajeron de España, un ladrón es castigado con la muerte. También para nosotros era así. Sin embargo, por sus leyes un hombre hambriento que roba algo de comer es un ladrón. Esto no era así en nuestro tiempo. Una de nuestras leyes decía que en cualquier campo sembrado de maíz a la vera de los caminos públicos, las cuatro primeras hileras de varas eran accesibles a los caminantes. Así cualquier viajero podía tomar de un tirón cuantas mazorcas de maíz necesitara para su panza vacía. Pero el hombre que por avaricia, buscando enriquecerse, saqueara aquel campo de maíz para colectar un saco, ya sea para atesorarlo o para comerciar con él, si era atrapado, moría. De este modo esa ley encerraba dos cosas buenas: que el ladrón sería curado para siempre de robar y que el hombre hambriento no muriera de hambre.

Nuestras vidas, las de los macehualtin, eran regidas más por costumbres y tradiciones que por leyes. Conservadas por largos años, muchas de ellas gobernaban la conducta de los adultos o de las tribus o de comunidades enteras. Aun cuando como niño todavía no había crecido más allá del apelativo de Siete Flor, ya me había dado cuenta de la insistencia tradicional de que un varón debe ser valiente, fuerte, galante, trabajador y honesto y de que una mujer debe ser modesta, casta, gentil, trabajadora y humilde.

Todo el tiempo que no pasé jugando con mis juguetes —la mayoría de ellos eran miniaturas de armas de guerra o réplicas de los aperos de trabajo usados por mi padre— y todo el tiempo que no pasé jugando con Chimali, con Tlatli y con otros niños de mi edad, lo pasé en compañía de mi padre, cuando él no estaba trabajando en la cantera. Aunque yo le llamaba Tata, como todos los niños llaman infantilmente a sus padres, su nombre era Tepetzalan, que significa Valle, como el valle que está entre las montañas de la tierra firme, en donde él había nacido. Como creció muy por encima de la estatura normal de nuestros hombres, ese nombre que se le había dado a los siete años fue después ridículo. Todos nuestros vecinos y sus compañeros en la cantera le llamaban con apodos referentes a su alta estatura: como Toca Estrellas, Cabeza Inclinada y otros parecidos. Por cierto que él tenía que agachar mucho la cabeza cuando me dirigía las pláticas tradicionales de padre a hijo. Si por casualidad me veía imitando descaradamente el caminar arrastrado del viejo jorobado Tzapátic, el hombre que recolectaba la basura de nuestra aldea, mi padre me decía severamente: «Ten cuidado, Chapulin (él siempre me llamaba con apodos cariñosos), de no burlarte de los ancianos, de los enfermos, de los incapacitados o de cualquier persona que haya caído en algún error o transgresión. Ni los insultes ni los desprecies, más bien humíllate ante los dioses y tiembla, no sea que ellos dejen caer sobre ti las mismas miserias». O si yo no mostraba interés en lo que mi padre trataba de enseñarme acerca de su oficio, ya que cualquier niño macehuali que no aspirara a la vida de guerrero, se esperaba que siguiera los pasos de su padre, él se agachaba y me decía sinceramente: «No huyas de cualquier labor que los dioses te asignen, hijo, sino que debes estar contento. Rezo para que ellos te otorguen méritos y buena fortuna, pero cualquier cosa que te den, recíbela con gratitud. Aunque te den solamente un pequeño don, no lo desdeñes, porque los dioses pueden quitarte lo poco que tienes. En caso de que la dádiva que recibas sea muy grande, quizá un gran talento, ni seas orgulloso ni te vanaglories, más bien recuerda que los dioses deben haber negado ese tonali a otra persona, para que tú lo pudieras tener».

Algunas veces, sin instigación alguna y con su cara grande ligeramente sonrojada, mi padre me echaría un pequeño sermón Que no tendría ningún significado para mí. Algo así como: «Vive limpiamente y no seas disoluto, Chapulin, o los dioses se enojarán y te cubrirán de infamia. Contrólate, hijo, hasta que conozcas a la joven que los dioses han destinado para que sea tu esposa, porque ellos saben arreglar todas las cosas con propiedad. Sobre todo, nunca juegues con la esposa de otro hombre». Eso me parecía una recomendación innecesaria, porque yo vivía limpiamente. Como todos los demás mexica, a excepción de nuestros sacerdotes, me bañaba dos veces al día en agua caliente y jabonosa, nadaba frecuentemente en el lago y periódicamente sudaba los restantes «malos humores» en la casita de vapor de la aldea. Me limpiaba mis dientes por la mañana y por la noche con una mezcla de miel y cenizas blancas. En cuanto a «jugar», yo no conocía a ningún hombre en la isla que tuviera una esposa de mi edad, y de todos modos nosotros, los muchachos, no incluíamos a las niñas en nuestros juegos.

Todas estas prédicas de padre a hijo eran nada más que recitaciones de loro transmitidas a través de generaciones, palabra por palabra, como el discurso de la comadrona en el momento de mi nacimiento. Sólo en estas ocasiones mi padre Tepetzalan hablaba largamente; por lo demás, él era un hombre taciturno. El ruido que había en la cantera no daba lugar para pláticas y en casa la cháchara incesante y quejosa de mi madre no le daba oportunidad de decir ni siquiera una palabra. A Tata no le importaba. Él siempre había preferido la acción a las palabras, y me enseñó más con su ejemplo que con sus arengas de loro. Si a mi Tata de veras le faltaban algunas de las cualidades que se esperaban de nuestros hombres, fuerza, valentía y todo eso, ese defecto consistía solamente en dejarse intimidar e insultar por mi Tene.

Mi madre era una de las hembras menos típicas entre todas las macehualtin de Xaltocan: la menos modesta, la menos dócil, la menos humilde. Era una pendenciera consumada, la tirana de nuestra pequeña familia y la que atosigaba a todos nuestros vecinos. Sin embargo, creyéndose un modelo de perfección, había caído en un estado de insatisfacción perpetuo y enojoso hacia todo lo que la rodeaba. Si aprendí algo útil de mi Tene, fue el estar algunas veces insatisfecho conmigo mismo.

Me acuerdo de haber sido castigado por mi padre, corporalmente, solamente en una ocasión, cuando lo merecía plenamente. Nosotros, los niños de Xaltocan, teníamos permiso y aun éramos alentados a matar a las aves que, como los cuervos y mirlos, picoteaban las cosechas de nuestras chinampa, lo que hacíamos con unas cerbatanas de caña que expulsaban unas bolitas de barro. Un día, por cierto tipo de perversidad traviesa, soplé una bolita contra la pequeña codorniz domesticada que teníamos en nuestra casa. (La mayoría de las casas tenían una de estas aves como mascota, para controlar a los alacranes y otras clases de bichos). Entonces, para aumentar mi crimen, traté de culpar a mi amigo Tlatli de la muerte del ave. A mi padre no le costó mucho averiguar la verdad. El asesinato de la inofensiva codorniz podría haber sido castigado moderadamente, pero no así el pecado estrictamente prohibido de mentir. Mi Tata tuvo que infligirme el castigo prescrito por «hablar escupiendo flemas», que era así como le llamábamos a una mentira. Él se sintió mal cuando lo hizo. Atravesó mi labio inferior con una espina de maguey, dejándola ahí hasta que me llegó el tiempo de ir a dormir. ¡Ayya ouiya, el dolor, la mortificación, el dolor, las lágrimas de mi arrepentimiento, el dolor!

Ese castigo me dejó una huella tan profunda, que yo a mi vez lo he dejado grabado en los archivos de nuestra tierra. Si ustedes han visto nuestra escritura-pintada, habrán observado pinturas de personas o de otros seres con un pequeño símbolo enroscado como un pergamino emanando de ellos. Ese símbolo representa un náhuatl, que significa una lengua, un lenguaje, un discurso o sonido. Esto indica que la figura está hablando o emitiendo algún sonido. Si el náhuatl está enroscado más de lo ordinario y elaborado con el glifo que representa una mariposa o una flor, significa que la persona está recitando poesía o está cantando. Cuando llegué a ser escribano, agregué otra figura a nuestra escritura-pintada: el náhuatl atravesado por una espina de maguey y pronto todos los demás escribanos lo adoptaron. Así cuando vean ese glifo antes de una figura sabrán que se está viendo la pintura de alguien que miente.

Los castigos que más frecuentemente nos daba mi madre eran infligidos sin tardanza, sin compasión y sin remordimiento; yo sospecho que incluso con algo de placer en dar una pena, además que corregir. Ésos, quizá, no dejaron legado en la historia-pintada de esta tierra como la lengua atravesada por una espina, pero ciertamente afectaron la historia de nuestras vidas: la de mi hermana y la mía. Recuerdo haber visto a mi madre golpear una noche a mi hermana con un manojo de ortigas hasta dejarle rojas las nalgas, porque la muchacha había sido culpable de inmodestia. Debo decirles que inmodestia no tiene el mismo significado para nosotros que para ustedes, los hombres blancos; entendemos por inmodestia una indecente exposición de alguna parte del cuerpo que debe estar cubierta por la ropa.

En cuestiones de ropa, nosotros los niños de ambos sexos íbamos totalmente desnudos, lo que permitía la temperatura, hasta que teníamos la edad de cuatro o cinco años. Después cubríamos nuestra desnudez con un largo rectángulo de tela tosca que atábamos a uno de los hombros y plegábamos el resto alrededor de nuestro cuerpo, hasta la mitad del muslo. Cuando éramos considerados adultos, o sea a la edad de trece años, los varones empezábamos a usar el máxtlatl, taparrabos, bajo nuestro manto exterior. Más o menos a esa misma edad, dependiendo de su primer sangrado, las niñas recibían la tradicional blusa y falda de las mujeres, además de una tozotzomatli, una ropa interior muy parecida a lo que ustedes llaman bragas.

Perdonen si mi narración está llena de pequeños detalles, pero trato de establecer el tiempo de la paliza dada a mi hermana. Nueve Caña había recibido el nombre de Tzitzitlini un poco antes —que quiere decir «el sonido de campanitas tocando»—, así es que ella ya había pasado de los siete años. Sin embargo, yo vi sus partes inferiores ser golpeadas hasta ser desolladas, lo que quiere decir que todavía no usaba bragas, por lo tanto aún no había cumplido los trece años. Considerando todas estas cosas estimo que tendría diez u once años. Y lo que ella había hecho para merecer esa paliza, la única cosa de la que era culpable, había sido el murmurar, soñadora: «Oigo tambores y música tocando. Me pregunto en dónde están bailando esta noche». Para nuestra madre eso era una falta de inmodestia. Tzitzi estaba anhelando una frivolidad cuando debería estarse aplicando en el telar o en alguna otra cosa igualmente tediosa.

¿Conocen ustedes el chilli? ¿Esa vaina vegetal que usamos en nuestra cocina? Aunque hay diferentes grados de picante entre las distintas variedades, todos los chiltin son tan picantes al paladar, pero tan picantes, que no es de extrañar que el nombre chilli derive de nuestras palabras «afilar» y «aguzar». Como toda cocinera, mi madre utilizaba los chiltin en la forma usual, pero también tenía otro uso para ellos, que casi titubeo en mencionar, puesto que sus inquisidores tienen ya suficientes instrumentos de tortura.

Un día, cuando tenía cuatro o cinco años, me senté con Tlatli y Chimali en la puerta de nuestro patio, jugando patli, «el juego de los frijoles». Éste no era el mismo juego que los hombres mayores jugaban, apostando con exceso. Un juego que en ocasiones había causado la ruina de una familia o la muerte de alguien en una riña. No, nosotros, los tres niños, simplemente habíamos dibujado un círculo en la tierra y cada uno puso un choloani, frijol-saltarín, en el centro. El objeto del juego era ver cuál de los frijoles, calentados por la acción del sol, sería el primero en saltar fuera del círculo. El mío tenía la tendencia a flojear y yo gruñí alguna imprecación, quizá dije «¡pocheoa!» o algo por el estilo.

De repente estaba pies para arriba, suspendido sobre la tierra. Mi Tene me había agarrado con violencia de los tobillos. Vi las caras invertidas de Chimali y Tlatli, sus ojos y sus bocas abiertas por la sorpresa, antes de haber desaparecido dentro de la casa hasta las tres piedras del hogar. Mi madre cambió la forma de asirme, de tal manera que con una mano arrojó un puñado de chili rojo y seco en la lumbre. Cuando estuvo crujiendo y lanzó hacia arriba un humo denso, amarillento, mi Tene me tomó otra vez por los tobillos y me suspendió cabeza abajo sobre ese acre humo. Dejo a su imaginación los siguientes momentos, pero creo que estuve a punto de morirme. Recuerdo que mis ojos lloraban continuamente medio mes después y no podía aspirar ni superficialmente sin sentir como si inhalara llamas y lajas.

Después de eso me sentí muy afortunado, pues nuestras costumbres no dictaban que un niño pasase mucho tiempo en compañía de su madre y ya tenía una buena razón para no estar en su compañía. Por esa causa huía de ella, como mi amigo Chimali, el del pelo hirsuto, huía de los sacerdotes de la isla. Aunque ella viniera a buscarme para ordenarme alguna tarea o recado, siempre me podía refugiar en la seguridad de la colina en donde estaban los hornos para quemar la cal. Los canteros tenían la creencia de que no se le debía permitir a ninguna mujer acercarse jamás a los hornos, o la calidad de la cal se echaría a perder, y ni siquiera una mujer como mi madre se atrevería a hacerlo.

Sin embargo, la pobrecita de Tzitzitlini no tenía tal refugio. De acuerdo con la costumbre y con su tonali, una mujer tenía que aprender el trabajo de mujer y esposa: cocinar, hilar, tejer, coser, bordar; así es que mi hermana debía pasar la mayor parte del día bajo los ojos vigilantes y la ágil lengua de nuestra madre. Su lengua no perdía ninguna oportunidad para decir a mi hermana una de las tradicionales arengas de madre a hija. Cuando Tzitzi me repitió algunas, estuvimos de acuerdo en que habían sido confeccionadas, por algún lejano antepasado, más para el beneficio de la madre que de la hija. «Debes atender siempre, hija, al servicio de los dioses y a dar comodidad a tus padres. Si tu madre te llama no te esperes a que te hable dos veces, ve siempre al instante. Cuando te ordene una tarea, no contestes insolentemente y no demuestres renuencia para hacerla. Lo que es más, si tu Tene llama a otro y aquél no va rápidamente, ve tú misma a ver qué es lo que desea y hazlo tú y hazlo bien».

Otros sermones eran consejos típicos sobre la modestia, la virtud y la castidad, y ni siquiera Tzitzi y yo pudimos encontrar error en ellos. Sabíamos que desde que ella cumpliera los trece años hasta que tuviera más o menos veintidós años y estuviera casada adecuadamente, ningún hombre podría ni siquiera hablarle en público, ni ella a él. «Si en un sitio público te encuentras con un joven que te guste, no lo demuestres, no des señal alguna, no sea que vayas a inflamar sus pasiones. Ten cuidado de no tener familiaridades impropias con los hombres, no cedas a los impulsos primitivos de tu corazón o enturbiarás de suciedad tu carácter como lo hace el lodo con el agua».

Probablemente Tzitzitlini nunca hubiera desobedecido esa única prohibición razonable, pero cuando tenía doce años empezó a sentir, seguramente, las primeras sensaciones sexuales y alguna curiosidad acerca del sexo. Tal vez para ocultar lo que ella consideraba sentimientos impropios e indecibles, trató de darles salida privada y solitariamente. Lo único que sé es que, un día nuestra madre regresó del mercado inesperadamente a casa y encontró a mi hermana recostada en su esterilla desnuda de la cintura hacia abajo, haciendo un acto que yo no entendí hasta mucho después. La había encontrado jugando con sus tepili, partes, y utilizando un pequeño uso de madera para ese propósito.

Oigo que Su Ilustrísima murmura en voz baja y veo que recoge las faldas de su hábito de una manera casi protectora. ¿Le ofendí en alguna forma contándole con toda franqueza lo que sucedió? He tratado de no utilizar palabras vulgares para narrarlo. Supongo, que dado que esas palabras vulgares abundan en nuestros respectivos idiomas, los actos que describen no son extraños entre nuestros pueblos.

Para castigar la ofensa que Tzitzitlini hizo contra su propio cuerpo, nuestra Tene tomó el frasco que contenía el polvo de chilli seco y tomando un puño lo frotó violentamente, quemando la expuesta y tierna tepili. Aunque ella sofocaba los gritos de su hija tapándole la boca con la colcha, los oí, fui corriendo y le pregunté entrecortadamente: «¿Debo de ir a traer al tícitl?». «¡No, no un físico! —me gritó nuestra madre violentamente—. ¡Lo que tu hermana ha hecho es demasiado vergonzoso para que se sepa más allá de estas paredes!».

Tzitzi sorbía su llanto y también ella me rogó: «No estoy muy lastimada, hermanito, no llames al físico. No menciones esto a nadie, ni siquiera a nuestro Tata. Es más, procura olvidar que sabes algo acerca de esto, te lo ruego».

Quizás hubiera ignorado mi tirana madre, pero no a mi querida hermana. Aunque entonces yo no sabía la razón por la cual ella rehusaba una ayuda, la respetaba y me fui de ahí para preocuparme y preguntarme solo.

¡Ahora pienso que debí haber hecho algo! Y no hacer caso a ninguna de las dos, por lo que sucedió más tarde, ya que la crueldad infligida por nuestra madre en esa ocasión, en la que trató de desalentar las urgencias sexuales que apenas se despertaban en Tzitzi, tuvo un efecto totalmente contrario. Creo que desde entonces las partes tepili de mi hermana se quemaban como una garganta ampollada con chilli, calientes y sedientas, clamando por ser apagadas. Creo que no hubieran pasado muchos años antes de que mi querida hermana Tzitzitlini se hubiera ido a «ahorcajarse al camino», como nosotros decimos de una ramera depravada y promiscua. Ésa, era la profundidad más sórdida en la que una joven decente mexica podría caer, o por lo menos así lo pensaba hasta que conocí el destino aún más terrible en que finalmente cayó mi hermana.

Cuál fue su conducta, lo que ella llegó a ser y cómo la llegaron a llamar, lo contaré a su debido tiempo. Sin embargo, quiero decir solamente una cosa aquí. Quiero decir que para mí, ella siempre fue y siempre será Tzitzitlini, «el sonido de campanitas tocando».