SEPTIMA PARS

¿Es que Su Ilustrísima viene hoy a acompañarnos para escuchar cómo fue mi vida de casado?

Pienso que usted encontrará esta narración sin muchos incidentes… y tengo la esperanza de que sea menos molesta para la sensibilidad de Su Ilustrísima que los tiempos tempestuosos de mi primera juventud. Aunque tengo que decirle con pesadumbre que la ceremonia efectiva de mi boda con Zyanya estuvo nublada por la tempestad y la tormenta; sin embargo, estoy muy contento de poder decir que la mayor parte de nuestra vida marital fue alegre y tranquila. No quiero decir que ésta haya sido siempre insípida; con Zyanya experimenté muchas otras aventuras y estímulos; en verdad, su sola presencia llenó de entusiasmo cada uno de mis días. También en los años que siguieron a nuestro matrimonio, los mexica alcanzaron el pináculo de su poder creciendo en vigor y en algunas ocasiones me vi envuelto en acontecimientos, que ahora me doy cuenta de que tenían una pequeña importancia. Pero al mismo tiempo, ellos fueron para Zyanya y para mí —y sin duda también para la mayoría de la gente común como nosotros— sólo como una clase de figuras en movimiento de un mural pintado, en frente del cual vivíamos nuestras vidas privadas, nuestros pequeños triunfos y nuestra pequeña felicidad insignificante.

¡Oh, no quiere decir que nosotros miráramos cualquier pequeño aspecto de nuestro matrimonio como insignificante! Hace algún tiempo, pregunté a Zyanya cómo lo hacía para contraer trémulamente el pequeño círculo de músculos de su tepili, que hacía nuestro acto de amor tan excitante. Enrojeció de tímido placer y murmuró: «Es lo mismo que si me preguntaras cómo parpadeo. Lo hago así, simplemente. ¿No lo hacen todas las mujeres?». «No conozco a todas las mujeres —dije—, y no deseo conocerlas ahora que tengo la mejor de todas». Me abstuve de mencionar que ninguna de las mujeres que había conocido, incluyendo a su propia madre, nunca había manifestado ese talento particular. Pero creo que Su Ilustrísima no está interesado en estos detalles hogareños. Pienso que lo mejor que puedo hacer para que usted vea y aprecie a Zyanya, es compararla con la planta que nosotros llamamos metl, aunque por supuesto, el metl no es tan bello como ella era y no ama, ni habla, ni ríe.

El metl, Su Ilustrísima, es la planta del tamaño de un hombre, verde o azul, que ustedes nos han enseñado a llamar maguey. Bienhechor, generoso y aun bello de mirar, el maguey es el vegetal más útil que crece en cualquier parte. Sus hojas largas y curvas se pueden cortar y colocarse de tal manera extendidas, que pueden formar el techo de una casa, protegiéndola contra la lluvia. O las hojas se pueden golpear hasta hacerlas pulpa y prensadas y secas convertirse en papel. O las fibras de sus hojas ser separadas y torcerse para dar forma a cualquier tipo de cordón, desde cuerda hasta hilo, y éste se puede tejer para hacer una tela ruda, pero útil. Las duras y aguzadas espinas que están en los bordes de las hojas, pueden servir como agujas, alfileres o clavos. Éstas sirven a nuestros sacerdotes como instrumento de tortura, mutilación y automortificación.

Sus raíces, que crecen casi al ras de la tierra, son blancas y suaves, y se pueden cocinar para hacer un dulce delicioso. O se pueden poner a secar, y sirven para alimentar un fuego sin que eche humo, y las cenizas blancas que quedan son usadas para todo, desde alisar papel de corteza hasta hacer jabón. Si se corta la hoja del maguey por el centro, se puede hacer un hoyo hasta su corazón para extraerse una savia clara. Ésta es una bebida sabrosa y nutritiva. Embarrada sobre la piel, previene arrugas, salpullidos y la deja sin defectos; nuestras mujeres lo usan mucho para eso. Nuestros hombres prefieren dejar fermentar el jugo del maguey hasta convertirse en el emborrachador octli, o pulque, como ustedes lo llaman. Nuestros niños lo prefieren cocido hasta convertirse en un jarabe, que llega a ser tan pesado y dulce como la miel.

Para acabar, el maguey ofrece cada una de las partes y partículas de su ser, para el bien de nosotros que lo hacemos crecer y lo cuidamos. Y Zyanya era como él, aunque incomparablemente mejor. Poseía el bien en cada una de sus partes, en su manera de ser, en cada una de sus acciones, y no sólo para mí. Aunque, por supuesto, yo gozaba lo mejor de ella, nunca conocí a una persona que no la amara, la estimara y la admirara. Zyanya no era solamente siempre, ella era todo.

Sin embargo, no debo de malgastar el tiempo de Su Ilustrísima en sentimentalismos. Déjeme recordar las cosas en el orden en que éstas sucedieron.

Después de haber escapado de los asesinos zyú y de haber sobrevivido en ese fiero temblor de tierra, nos tomó a Zyanya y a mí siete días para regresar a Tecuantépec por la ruta de tierra. Ya fuera que el temblor había aniquilado a los salvajes o que éstos pensaran que había acabado con nosotros, no lo sé, el caso fue que ninguno de ellos nos persiguió y de esa manera no tuvimos ningún obstáculo al cruzar las montañas, excepto por la sed y el hambre ocasionales. Hubiera podido cazar algún animal con mi maquáhuitl, pero hacía mucho tiempo que había perdido mi cristal para encender fuegos en manos de los ladrones del istmo y no llevaba nada que me sirviera para encender, y nunca llegamos a tener tanta hambre como para comer la carne cruda. Encontramos suficientes bayas, frutas silvestres y huevos de aves, lo que podíamos comer crudo y todo eso nos proporcionaba suficientes jugos como para sostenernos hasta encontrar alguno de los arroyos poco frecuentes en la montaña. Por la noche, apilábamos montones de hojas secas y dormíamos entrelazados en ellas, para darnos mutuo calor y otras satisfacciones.

Quizá los dos estábamos un poco más delgados cuando llegamos a Tecuantépec; aunque ciertamente andrajosos, descalzos y con los pies lastimados, pues nuestras sandalias se habían quedado entre las rocas de las montañas. Llegamos al patio de la hostería tan cansados y tan agradecidos, como cuando mis compañeros y yo llegamos por primera vez a ese lugar; Beu Ribé salió corriendo a darnos la bienvenida, su rostro expresaba una mezcla de preocupación, exasperación y gran alivio. «¡Pensé que habíais desaparecido, como nuestro padre, y que nunca más regresaríais! —dijo ella, mitad riendo, mitad regañándonos, después de haber abrazado apretadamente, primero a Zyanya y después a mí—. En el momento en que os perdisteis de vista, pensé que era una aventura tonta y peligrosa…». Su voz decayó, en tanto nos miraba a Zyanya y a mí y vi perder su sonrisa otra vez. Pasó su mano ligeramente a través de su rostro y repitió: «Tonta… peligrosa…». Sus ojos se agrandaron cuando vieron más de cerca a su hermana y su mirada fue de enojo al dirigirla a mí.

A pesar de haber vivido muchos años y de haber conocido muchas mujeres, todavía no puedo saber cómo una de ellas puede percibir intensamente y con seguridad cuando otra se ha acostado con un hombre por primera vez. Luna que Espera miró a su hermana con sorpresa y decepción y a mí con ira y resentimiento. Dije rápidamente: «Nos vamos a casar». Zyanya dijo: «Tenemos la esperanza de que tú lo apruebes, Beu. Tú eres, después de todo, la cabeza de familia». «¡Entonces, debíais habérmelo dicho antes! —dijo la muchacha mayor, con voz sofocada—. Antes de que tú… —Parecía estar ofendida por eso. Entonces sus ojos no miraban enojados, sino llameantes—. Y no con cualquier extranjero, sino con un bruto mexica lujurioso que continuamente está en celo, sin ninguna discriminación. ¿Cómo pudiste hacer eso, Zyanya? Si no hubieras sido tan convenientemente disponible —su voz se hizo más fuerte y más desagradable— es probable que hubiese regresado con una hembra mugrosa de los zyú, haciéndole la corte para que su largo e insaciable…». «¡Beu! —jadeó Zyanya—. Nunca te he escuchado hablar así. ¡Por favor! Yo sé que esto es muy repentino, pero te puedo asegurar que Zaa y yo nos amamos». «¿Repentino? ¿Asegurarme? —dijo violentamente Luna que Espera y dejó caer su rabia sobre mí—. ¿Estás seguro? ¡Tú todavía no has probado a todas las mujeres de esta familia!». «¡Beu!», volvió a rogar Zyanya. Traté de conciliarlas, pero solamente me intimidé. «No pertenezco a la nobleza pípiltin. Sólo me puedo casar una vez en mi vida». Eso me ganó que Zyanya me mirara tan tiernamente como su hermana. Así es que añadí rápidamente: «Quiero a Zyanya por esposa. Me sentiría muy honrado, Beu, si te pudiera llamar hermana». «¡Sí! —dijo ella casi regañándome—. Pero sólo el tiempo necesario para decirle a tu hermana adiós. Cuando te vayas te deberás llevar a tu… a tu escogida contigo. Gracias a ti, ella no tendrá aquí ni honra, ni respeto, ni nombre, ni hogar. Ningún sacerdote de los be’n zaa querrá casaros». «Ya sabemos eso —dije—. Iremos a Tenochtitlan a casarnos. —Mi voz sonó firme—: Pero no será una ceremonia clandestina o vergonzosa. Nos casará uno de los sacerdotes más altos de la corte del Uey-Tlatoani de los mexica. Tu hermana ha escogido un forastero, sí, pero no un inútil vagabundo. Y ella se casará conmigo, con tu consentimiento o sin él».

Hubo un gran intervalo de tenso silencio. Las lágrimas resbalaban por los rostros igualmente apesadumbrados y casi idénticamente bellos de las muchachas y el sudor corría por el mío. Los tres estábamos como en los vértices de un triángulo atado por invisibles tiras de oli extendiéndose cada vez más y más, en una increíble tensión. Pero antes de que cualquiera de ellas se rompiera, Beu relajó la tensión. Su rostro perdió energía y sus hombros se hundieron y dijo: «Lo siento. Por favor, perdóname, Zyanya, y tú también, hermano Zaa. Por supuesto que tenéis mi consentimiento, mis más que amantes deseos por vuestra felicidad. Y os suplico que olvidéis las otras palabras que dije. —Trató de reírse de sí misma, pero su risa se quebró—. Esto ha sido tan repentino, como tú dijiste. Tan inesperado. No todos los día pierdo… una hermana tan querida. Pero ahora entrad. Bañaos, comed y descansad».

Luna que Espera me odió desde ese día hasta ahora.

Zyanya y yo estuvimos más o menos diez días en la hostería, pero guardando una distancia discreta entre los dos. Como antes, ella compartió la habitación de su hermana y yo dispuse de una para mí, y tuvimos mucho cuidado de no hacer demostraciones públicas de afecto. Mientras nos reponíamos de nuestra infructuosa excursión, Beu parecía recobrarse del disgusto y de la melancolía que nuestro regreso le había causado. Ayudó a Zyanya a elegir entre sus cosas personales y sus posesiones mutuas, unas pocas cosas relativamente queridas e irreemplazables que ella llevaría consigo.

Como otra vez me encontré sin suficientes semillas de cacao, tomé prestado una pequeña cantidad del dinero de las muchachas, para gastos de viaje y una cantidad adicional, que mandé con mensajero-veloz a Nozibe, para ser entregada a la familia que hubiera podido dejar el desventurado botero. También informé del incidente al Bishosu de Tecuantépec, quien dijo que él a su vez iba a informar al señor Kosi Yuela, de esa última salvajada cometida por los despreciables huave zyú.

En la víspera de nuestra partida, Beu nos sorprendió con una fiesta, como ella la hubiera hecho si Zyanya se hubiera casado con un hombre de los be’n zaa. Tuvo la asistencia de todas las personas que estaban hospedadas y había algunos invitados entre la gente del pueblo. Había alquilado músicos y danzantes en espléndidos trajes, que bailaban el genda lizaa, que es la tradicional danza «de espíritu de compañerismo» de la Gente Nube.

Con una apariencia por lo menos de buenos sentimientos entre nosotros, Zyanya y yo nos despedimos de Beu a la mañana siguiente, con besos solemnes. No fuimos inmediata o directamente a Tenochtitlan. Cada uno de nosotros cargando un bulto, nos encaminamos hacia el norte, a través de las tierras llanas del istmo, el camino por el que había llegado a Tecuantépec. En esa jornada, ya que tenía que pensar en otra persona, fui especialmente precavido con los villanos que acechaban en los caminos. Llevaba mi maquáhuitl lista en la mano y miraba atentamente el terreno cuando éste tenía algún arbusto en donde se podría esconder alguien.

No habíamos caminado más de una larga-carrera, cuando Zyanya dijo simplemente, pero con una animación anticipada en el rostro: «Nada más piensa. Voy tan lejos de casa como nunca antes lo había estado».

Esas pocas palabras envanecieron mí corazón y me hicieron amarla mucho más. Se estaba aventurando confiadamente en lo que era para ella un vasto territorio desconocido, solamente porque yo la cuidaba. Yo me sentía orgulloso y agradecido porque su tonali y el mío nos hubieran unido. Toda la gente que formó parte de mi vida fue dejada atrás en los ayeres y en los años pasados, pero Zyanya fue de algún modo siempre el ahora, fresca y nueva, sin ser trivial en la intimidad.

«¡Nunca hubiera creído —dijo ella, extendiendo sus brazos ampliamente— que pudiera haber tanta tierra, nada más que tierra!». Aun siendo el paisaje árido en las tierras del istmo, podía exclamar eso y hacer que compartiera con ella su sonrisa y su entusiasmo. Así sería a través de todos nuestros ahoras y mañanas juntos. Tuve el privilegio de darle a conocer cosas que para mí eran prosaicas, pero que para ella eran nuevas y extrañas. Y ella, en su incansable regocijo, hacía que yo viera esas cosas, también, como si fueran brillantemente novedosas y exóticas. «Mira esa planta, Zaa. ¡Está viva! Y tiene miedo, pobre. ¿Ves?, cuando le toco una rama, ella enrosca sus hojas y sus flores apretadamente y saca sus espinas como si fueran blancos colmillos».

Ella hubiera podido ser una joven diosa, tardíamente nacida de Teteoínan, la madre de los dioses, y enviada nuevamente del cielo a la tierra para trabar conocimiento con ella. Pues encontraba misterio, maravillas y delicias en cada pequeño detalle de este mundo, aun incluyéndonos a mí y a ella misma. Estaba tan llena de vida y centelleante, como la chispa encerrada en una esmeralda. Continuamente me sorprendía con sus actitudes inesperadas hacia cosas que yo consideraba ordinarias. «No, no nos desvistamos —dijo, en nuestra primera noche de camino—. Haremos el amor, oh, sí, pero vestidos, como lo hicimos en las montañas». Naturalmente protesté, pero se mantuvo firme y me explicó el porqué. «Déjame tener una pequeña y última modestia hasta nuestra boda, Zaa. Y entonces, el estar desnudos por primera vez, será como si todo fuera nuevo y diferente, como si nunca lo hubiéramos hecho antes».

Le repito, Su Ilustrísima, que la narración completa de nuestra vida marital debe de ser muy poco dramática, porque sentimientos como la alegría y la felicidad son mucho más difíciles de expresarse en palabras que los simples sucesos. Sólo puedo decirle que en ese entonces, yo tenía veintitrés años y Zyanya veinte, y los amantes de esa edad son capaces de los mayores extremos y de una adhesión que nunca más conocerán. De cualquier modo, ese primer amor entre nosotros nunca disminuyó; creció en profundidad e intensidad, pero no puedo decirle el porqué.

Ahora que estoy recordando, creo que Zyanya pudo haber estado muy cerca de decirlo en palabras, hace ya mucho tiempo, en aquel día que partimos juntos. Uno de esos cómicos pájaros correcaminos huyó veloz de nuestro lado, fue el primero que ella vio en su vida, y me dijo pensativamente: «¿Por qué un pájaro prefiere la tierra al cielo? Yo no lo preferiría si tuviera alas para volar. ¿Lo preferirías tú, Zaa?». Ayyo, su espíritu tenía alas y yo participaba de la alegría de sus sueños. Desde el principio, fuimos compañeros que compartíamos cada aventura encubierta. Nosotros amábamos la aventura y nos amábamos el uno al otro. Ningún hombre ni ninguna mujer hubieran podido pedir más de lo que los dioses nos habían dado a Zyanya y a mí, excepto quizá la promesa de su nombre: que fuera para siempre.

El segundo día nos encontramos con una caravana de mercaderes tzapoteca que viajaban hacia el norte, cuyos portadores iban cargados de conchas de tortugas de donde se consigue el carey. Éstas serían vendidas a los artesanos olmeca, para ser calentadas y torcidas y aprovechadas en la confección de ornamentos e incrustaciones ornamentales. Fuimos bien recibidos por los mercaderes y aceptados en su caravana y aunque Zyanya y yo hubiéramos podido viajar más rápido por nuestra cuenta, por seguridad seguimos en esa compañía hasta su destino, el pueblo de Coatzacoalcos, que está en el cruce de las rutas comerciales.

Apenas habíamos llegado al mercado de ese lugar y Zyanya revoloteaba excitadamente entre los puestos de apiladas mercancías y de ropa, cuando una voz familiar me gritó: «¡Vaya, no estás muerto entonces! ¿Es que hicimos ahorcar a aquellos desgraciados por nada?». «¡Glotón de Sangre! —exclamé contento—. ¡Y Cózcatl! ¿Qué es lo que os ha traído hasta estos lugares tan distantes?». «Oh, qué fastidio», dijo el viejo guerrero con voz aburrida. «Él quiere decir que estábamos preocupados por ti», dijo Cózcatl, quien había dejado de ser un muchachito, para convertirse en un adolescente todo rodillas, huesos y ángulos. «No, no estaba preocupado, sino fastidiado —insistió Glotón de Sangre—. Mandé construir una casa en Tenochtitlan, pero la supervisión de albañiles y yeseros no es un trabajo muy edificante. También los albañiles me hicieron notar que estarían mejor sin mis ideas. Y Cózcatl encontró los estudios de su escuela más o menos insípidos después de todas las aventuras que pasó. Así es que el muchacho y yo decidimos seguir tus huellas y averiguar qué habías estado haciendo durante estos dos años». Cózcatl dijo: «No estábamos seguros de estar siguiendo la ruta correcta hasta que llegamos aquí y nos encontramos con cuatro hombres que trataban de vender algunas cosas de valor. Nosotros reconocimos tu broche de piedra-sangre para el manto». «No pudieron dar una razón satisfactoria por la posesión de esos artículos —dijo Glotón de Sangre—, así es que los llevamos ante el tribunal del mercado. Fueron juzgados, convictos y muertos por garrote. Ah, bueno, estoy seguro que ellos lo merecían por alguna otra fechoría. Como sea, aquí tienes tu broche, tu cristal para encender fuego y la turquesa para tu nariz…». «Hicisteis bien —dije—. Ellos me robaron, me golpearon y me dejaron por muerto». «Así lo pensamos, pero teníamos la esperanza de que no lo estuvieras —dijo Cózcatl—. Y ya que no teníamos otra cosa que hacer desde entonces nos dedicamos a explorar estas costas de arriba y abajo. ¿Y tú, Mixtli, qué has estado haciendo?». «También explorando —dije—. Buscando un tesoro, como siempre». «¿Encontraste alguno?», gruñó Glotón de Sangre. «Bueno, encontré una esposa».

«Una esposa. —Él carraspeó y escupió en la tierra con desprecio—. Y nosotros que temíamos que sólo estuvieras muerto». «El mismo viejo gruñón —dije riendo—. Pero cuando la veáis…».

Miré alrededor de la plaza, la llamé y en un momento ella estuvo con nosotros, parecía una reina como Pela Xila o la Señora de Tolan, pero infinitamente más bella. En ese pequeño espacio de tiempo, ella había comprado una blusa, una falda, sandalias y se las había puesto en lugar de sus vestidos manchados por el viaje y traía lo que nosotros llamamos una joya viva —escarabajos iridiscentes de muchos colores— prendida en su brillante mechón blanco. Creo que yo también me quedé con la boca abierta de admiración, como lo hicieron Cózcatl y Glotón de Sangre. «Tenías razón en refunfuñar, Mixtli —concedió el viejo—. Ayyo, una doncella de la Gente Nube. En verdad, ella es un tesoro que no tiene valor».

«Yo la reconozco a usted, mi señora —dijo Cózcatl galantemente—. Usted era la joven diosa de un templo disfrazado de hostería».

Después de que los hube presentado, y que mis dos viejos amigos, creo yo, quedaron instantáneamente enamorados de Zyanya, dije: «Estoy muy contento por nuestro encuentro. Iba en camino hacia Xicalanca, en donde me espera otro tesoro. Creo que no será necesario que alquile portadores si nosotros cuatro podemos transportarlo».

Así es que fuimos caminando tranquilamente, a través de esas tierras en donde las mujeres mascaban como manatíes y los hombres caminaban inclinados bajo el peso de sus identificaciones, hacia Cupilco, la ciudad capital y de allí al taller del maestro Tuxtem, quien nos enseñó los artículos que había confeccionado de los colmillos gigantes. Ya que sabía algo sobre la calidad del material que le había dado para trabajar, no me sorprendí tanto como lo hicieron Zyanya, Cózcatl y Glotón de Sangre, cuando vimos lo que él había hecho.

Como yo se lo había pedido, él había tallado figuritas de diosas y dioses mexica, algunos de ellos del tamaño de mi antebrazo, y dagas talladas, peines y otras cosas que también le había sugerido. Pero además, él había hecho unas calaveras más o menos del tamaño de la cabeza de un niño, que tenían grabadas intrincadas escenas de antiguas leyendas. También había hecho cajitas trabajadas artísticamente con tapas adecuadas, y redomas para perfume de copali con tapones del mismo material. Había tallado medallones, broches para mantos, silbatos y prendedores en forma de pequeños jaguares, búhos, pericos; exquisitas figuras de mujeres desnudas, flores, conejos, peces y caritas sonrientes.

En muchas de esas cosas, los detalles eran tan pequeñitos que solamente los pude apreciar bajo el escrutinio de mi cristal de aumento. Incluso se podía ver el tepili de una mujer desnuda, en un ornamento no mayor que una espina de maguey. Siguiendo mis instrucciones, Tuxtem no había desperdiciado ni un pequeño fragmento, ni una astilla: había hecho también adornos para la nariz, las orejas, pendientes y delicados palillos para los dientes y para los oídos. Todas esas cosas, pequeñas y grandes, brillaban bajo un blanco perla, como si poseyeran una luz interior propia, como si hubieran sido talladas por la luna. Eran tan agradables al tacto como a la vista; el artesano había hecho las superficies tan lisas como los pechos de Zyanya. Como su piel, ellos parecían decir: Tócame, acaríciame, desliza tus manos sobre mí.

«Usted me prometió, joven señor Ojo Amarillo —dijo Tuxtem— que sólo personas conocedoras podrían poseer una de estas cosas. Permítame la presunción de escoger a la primera de estas personas». Diciendo esto se arrodilló a besar la tierra ante Zyanya, luego se levantó y colgó alrededor de su cuello una cadena de delicados y sinuosos eslabones, que le debía de haber costado incontable tiempo de esculpido de una parte larga y dura del colmillo. Zyanya sonrió con una sonrisa radiante y dijo: «De verdad que el maestro Tuxtem me hace un honor. Nunca podrá haber otro trabajo como éste. Debería ser reservado para los dioses». «Yo solamente creo en lo creíble —dijo él irreverentemente—. Una mujer bella y joven, con una luz en su pelo, y un nombre en lóochi que sé que significa “siempre”, es una diosa más creíble que cualquiera».

Tuxtem y yo dividimos los artículos como habíamos acordado y después dividí mi parte, otra vez, en cuatro y envolví cuidadosamente cada objeto en algodón. Las piezas trabajadas eran mucho menos pesadas y hacían menos bulto que lo que pesaban los colmillos anteriormente, así es que los fardos resultaron lo suficientemente ligeros como para que mis tres compañeros y yo los pudiéramos llevar, sin utilizar cargadores. De allí nos fuimos primero a una hostería en Xicalanca, en donde alquilamos cuartos para descansar, bañarnos y comer.

Al día siguiente, seleccioné una de nuestras nuevas adquisiciones: una pequeña daga con estuche, que tenía esculpida la escena de Quetzalcóatl remando fuera de la playa en su bote hecho de serpientes emplumadas. Después me vestí de lo mejor y mientras Cózcatl y Glotón de Sangre llevaban a Zyanya a conocer Xicalanca, yo fui al palacio a solicitar una audiencia con el noble gobernante de Cupilco, el Tabascoöb, como le llaman allí. De ese título, no sé por qué, ustedes los españoles le han concedido un nuevo nombre a toda esa tierra que antes era Cupilco.

El señor me recibió con mucha cortesía. Como casi todas las personas de otras naciones, él probablemente no sentía una afección prodigiosa hacia nosotros los mexica. Pero nosotros éramos los que teníamos más mercaderes y su tierra vivía del comercio. Yo dije: «Señor Tabascoöb, uno de sus artesanos locales, el maestro Tuxtem, me hizo hace poco un trabajo artístico, único en su clase, con el cual espero conseguir una buena utilidad. Sin embargo, considero que es conveniente que la primera muestra sea presentada al señor de estas tierras. Así es que le ofrezco esta prenda como un regalo en nombre de mi propio señor, el Uey-Tlatoani Auítzotl de Tenochtitlan». «Un gesto atento y un regalo generoso —dijo él, examinando la funda de la daga con gran admiración—. Un trabajo muy, muy bello. Nunca he visto otro igual».

El Tabascoöb me dio las gracias efusivamente, también una pequeña caña con polvo de oro para el maestro Tuxtem y en una caja, con una colección de criaturas del mar, en baño de oro para su preservación y para añadirles más belleza, como un regalo recíproco para el Venerado Orador Auítzotl. Dejé el palacio con la sensación de que, por lo menos, había ayudado un poco en las buenas relaciones futuras entre Cupilco y Tenochtitlan.

Tenía la intención de mencionarle eso a Auítzotl, cuando inmediatamente después de nuestra llegada, al corazón y al Centro del Único Mundo, fui llamado a su presencia. Tenía la esperanza de que el regalo de buena voluntad enviado por el Tabascoöb pudiera inducir al Venerado Orador a favorecerme con una petición: que Zyanya y yo fuéramos casados por un sacerdote del palacio de impecable rango y condición. Sin embargo Auítzotl solamente me lanzó una mirada de sus ojos enrojecidos y gruñó: «¿Cómo se atreve a venir a solicitar de nosotros un favor, después de haber desobedecido nuestras órdenes expresas?». Honestamente no entendí y dije: «¿Desobedecido, mi señor?». «Cuando nos trajo la narración de su primera expedición hacia el sur, nosotros le dijimos que permaneciera usted disponible para una discusión posterior. En lugar de eso, usted desapareció y privó a los mexica de una posible e invaluable oportunidad de conquista. Ahora regresa usted, dos años más tarde, dos años demasiado tarde, ¡sonsacando con regalos nuestro padrinazgo en una cosa tan frívola como una boda!». Todavía perplejo, dije: «Le aseguro, Señor Orador, que yo nunca me hubiera ido si hubiera sospechado que estaba desobedeciendo. Pero… ¿qué oportunidad fue la que se perdió?». «En sus palabras pintadas contaba cómo su caravana había sido acosada por bandidos mixteca. —Levantó la voz por la ira—. Nosotros, nunca hemos dejado que un ataque a nuestros pochteca viajeros, quede sin venganza. —Él estaba obviamente más enojado conmigo que con los bandidos—. Habiendo estado disponible para hacer presión sobre ese agravio, nosotros hubiéramos tenido una buena excusa para mandar un ejército contra los mixteca. Pero, sin tener al demandante…». Yo murmuré mis disculpas y bajé la cabeza en señal de humildad, pero al mismo tiempo hice un gesto deprecatorio. «Los miserables mixteca, mi señor, poseen muy poco para ser conquistados. Sin embargo, esta vez regreso del extranjero con noticias de un pueblo, que sí posee algo de bastante valor, y que también ellos merecen castigo y yo puedo ofrecer la misma excusa válida para ser castigados. Yo fui tratado con más violencia por ellos». «¿Por quiénes? ¿Cómo? ¿Qué es lo que ellos poseen? ¡Hable! Pudiera ser que usted todavía se pueda redimir en nuestra estimación».

Le narré cómo había descubierto la montaña de rocas en el mar, que servía de parapeto y habitación a los chóntaltin o los zyú o Los Desconocidos, esa rama de la tribus huave aislada y perniciosa. Le conté cómo esa gente es la única que sabe cómo, en dónde y cuándo bucear para encontrar los caracoles marinos y cómo hacer que esas feas babosas produzcan un hermoso colorante, púrpura profundo, que nunca se corre ni se decolora. Sugerí que ese producto único tendría un valor inmensurable en el mercado. Le dije cómo mi guía tzapoteca había sido asesinado por Los Desconocidos y cómo Zyanya y yo habíamos escapado con dificultad del mismo destino.

Durante mi narración, Auítzotl había dejado el trono de piel de oso y empezó a dar grandes zancadas, excitadamente alrededor de la habitación. «Sí —dijo él, sonriendo vorazmente—. El ultraje contra uno de nuestros pochteca puede justificar una invasión punitiva y el colorante solo, muy bien puede reparar éste. ¿Pero por qué nada más avasallar esa tribu de los miserables huave? La tierra de Uaxyácac tiene muchos más tesoros para ser adquiridos. Hace mucho tiempo, desde los días del reinado de mi padre, los mexica no han humillado a esos altivos tzapoteca». «Quiero recordar al Venerado Orador —dije rápidamente— que ni siquiera su padre Motecuzoma pudo mantener por mucho tiempo como vasallo de Tenochtitlan a ese pueblo que está tan lejos. Para poder hacer eso, se necesita una guarnición considerable y permanente en ese país. Y para sostener tal guarnición se requiere extender las líneas de suministro, siempre vulnerables de ser cortadas. Aunque fuera impuesto y mantenido un gobernante militar, éste nos costaría mucho más de lo que pudiéramos esperar de cualquier botín y tributo». Auítzotl gruñó: «Usted siempre parece tener un argumento en contra de los hombres que quieren guerrear». «No siempre, mi señor. En este caso, yo le sugeriría que usted adhiera a los tzapoteca por aliados. Ofrézcales el honor de pelear al lado de sus tropas cuando usted caiga sobre los bárbaros huave. Después ponga usted a esa tribu costera bajo tributo, no directamente de usted, sino del Señor Kosi Yuela de Uaxyácac para que le entreguen a él todo ese colorante púrpura desde entonces y para siempre». «¿Qué? ¿Combatir una guerra y renunciar a sus frutos?». «Déjeme terminar, Venerado Orador. Después de su victoria, usted haga un trato por el cual Uaxyácac se compromete a vender el púrpura a nadie más que a nuestros mercaderes mexica. De esa forma las dos naciones tendrán beneficios, aunque por supuesto nuestros pochteca revenderán el colorante a un precio mucho más elevado. Así usted atará a los tzapoteca a nosotros con los vínculos de un comercio creciente… y por haber peleado al lado de los mexica por primera vez, en una mutua aventura militar».

Su mirada fija en mí empezó a ser especulativa. «Y si ellos pelean una vez como nuestros aliados, lo podrían hacer otra vez. Y otra vez. —Él me regaló con una mirada casi amistosa—. La idea es buena. Daremos la orden de marchar tan pronto como nuestro tonalpoqui haya escogido un día propicio para eso. Esté listo, Tequíua Mixtli, para tomar el mando de los guerreros que se le conferirán». Yo protesté: «Mi señor, pero si voy a casarme». Él rezongó: «Xoquíui —lo cual es una baja blasfemia—. Usted puede casarse en cualquier tiempo, pero un guerrero está siempre sujeto a ser llamado, especialmente uno que tiene un rango de mando. También, usted es otra vez la parte demandante en este asunto. Usted es nuestra excusa para invadir las fronteras Uaxyácac». «Mi presencia física no es necesaria, Señor Orador. La excusa ya la he dejado bien preparada». Y le conté cómo había informado de las acciones perversas de Los Desconocidos al noble gobernante de Tecuantépec y a través de él al Señor Bishosu de aquellas tierras. «Ninguno de los tzapoteca siente afecto por esa advenediza tribu huave, así es que su camino hacia ellos no será impedido. En verdad es muy probable que Kosi Yuela no necesite ningún halago en lo absoluto, para unirse a usted en esa incursión de castigo, mi señor. —Hice una pausa y luego dije con modestia—: Espero haber hecho lo correcto, en la presunción de suavizar un avance entre los asuntos de sus señores, sus ejércitos y sus naciones».

Por un corto espacio de tiempo, no hubo más sonido en la habitación que el tamborileo de los dedos de Auítzotl sobre la tapicería del respaldo de la banca, que sospecho que era de piel humana. Por fin dijo: «Nos han dicho que su futura novia es incomparablemente bella. Muy bien. Ningún hombre que haya hecho ejemplares servicios por su nación debe pedírsele que anteponga los placeres de la guerra a los placeres de la belleza. Usted se casará aquí, en el salón de baile de la corte, que nosotros hemos mandado decorar recientemente. Un sacerdote de palacio oficiará… nuestro sacerdote de la diosa del amor Xochiquétzal, creo, no el dios de la guerra Huitzilopochtli… y todos nuestros criados darán el servicio. Invite a todos sus compañeros pochteca, sus amigos, cualquier persona que usted quiera. Mientras tanto, usted y su mujer vayan alrededor de la ciudad y escojan algún lugar que les guste para fijar su residencia, un lugar que todavía no esté ocupado o que su propietario quiera vender y ése será el regalo de bodas de Auítzotl».

A su debido tiempo, en la tarde del día de mi boda, me aproximé nervioso a la entrada del salón de baile, que estaba atestado de gente y ruidoso, y me detuve lo suficiente para inspeccionar a la multitud a través de mi cristal; después, lejos de toda vanidad, lo guardé dentro de mi rico y nuevo manto, antes de poner un pie en la habitación. Había visto la nueva decoración del vasto vestíbulo, pinturas murales que podía reconocer aun sin firma… y que en esa multitud de nobles, cortesanos y plebeyos privilegiados, había un hombre alto que, aunque me daba la espalda en esos momentos, podía reconocer como el artista Yei-Ehécatl Pocuía-Chimali.

Me abrí paso entre la gente; algunos estaban parados, platicando locuazmente y bebiendo en copas doradas; otros, la mayoría mujeres nobles de la corte, ya estaban arrodilladas o sentadas alrededor de incontables manteles bordados con hilos de oro, que se habían extendido sobre el piso alfombrado. La mayoría de la gente se movía para darme una palmada en la espalda o para estrechar mi mano, sonriendo y murmurando palabras de felicitación. Sin embargo, como lo requería la tradición, yo no decía o no hacía ningún gesto de reconocimiento. Fui a la parte de enfrente del salón, en donde se había extendido el más elegante mantel de todos sobre un elevado tablado y en donde un número de hombres me esperaban, entre ellos el Uey-Tlatoani Auítzotl y el sacerdote de Xochiquétzal. Después de que me saludaron, los artistas de la Casa de Canto empezaron a tocar una música.

En la primera parte de la ceremonia, en la que sería introducido a la edad viril, había pedido a los tres viejos pochteca que me hicieran ese honor, y en aquellos momentos estaban sentados en el tablado. Ya que sobre el mantel se habían puesto platones llenos de támaltin calientes y potentes octli y como estaba prescrito que los padrinos se fueran después de ese primer ritual, los tres viejos se habían despachado a sí mismos, a tal extremo que era completamente notorio que se encontraban ahítos, borrachos y medio dormidos.

Cuando se hizo silencio en todo el salón y sólo la música se podía oír, Auítzotl, el sacerdote y yo nos paramos juntos. Quizá supongan ustedes que un sacerdote de una diosa llamada Xochiquétzal, por lo menos, podría ser limpio en sus hábitos, pero aquél estaba tan profesionalmente mugroso, desgreñado y hediondo como cualquier otro. Y como cualquier otro, se aprovechó de la ocasión para hacer su discurso tediosamente largo, más lleno de advertencias horrorosas acerca de las trampas del matrimonio, que la mención de cualquiera de sus placeres. Finalmente terminó y Auítzotl habló dirigiéndose a los tres viejos sentados a sus pies, quienes sonreían borrachos y sentimentales, unas cuantas palabras directas: «Señores pochteca, su compañero mercader desea tomar esposa. Miren este xeloloni que les doy. Éste es el signo de que Chicome-Xóchtitl Tliléctic-Mixtli desea terminar por sí mismo, con los días de su irresponsable soltería. Tómenlo y déjenlo libre para ser un hombre en toda su virilidad».

El viejo que no tenía pelo aceptó el xeloloni, que era una pequeña hacha casera. Siendo yo un plebeyo común en su ceremonia de casamiento, el xeloloni hubiera sido un simple utensilio de mango de madera y cabeza de pedernal, pero aquél tenía un mango de plata sólida y un filo de fino jade. El viejo lo blandió en una mano, eructó sonoramente y dijo: «Hemos oído, Venerador Orador, nosotros y todos los presentes hemos oído el deseo del joven Tliléctic-Mixtli: que de aquí en delante sobrellevará todos los deberes, las responsabilidades y privilegios de la virilidad. Como usted y él lo desean, que así sea». Borracho como estaba, hizo un dramático movimiento con el xeloloni y estuvo a punto de cortar el pie que le quedaba a su colega cojo. Después, los tres hombres se levantaron y se fueron, llevándose el hacha simbólica, el hombre cojo iba saltando sobre su pie entre los otros dos y todos ellos se bamboleaban al ir saliendo de la habitación. No hacía mucho que se habían ido, cuando oímos el clamor de la llegada de Zyanya al palacio, la multitud de plebeyos de la ciudad, que se apiñaban fuera del edificio, le gritaban: «¡Muchacha feliz! ¡Muchacha afortunada!».

Todos los arreglos habían sido hechos a su debido tiempo, porque ella había llegado exactamente cuando el sol se ocultaba, como era lo apropiado. El salón de baile, que se había ido quedando gradualmente oscuro durante la ceremonia preliminar, entonces empezó a iluminarse de luces doradas, conforme los sirvientes fueron prendiendo, alrededor, las antorchas de madera de pino en los ángulos que a intervalos se encontraban en las paredes pintadas. Cuando el vestíbulo estaba resplandeciente de luz, Zyanya cruzó la entrada, escoltada por dos damas de palacio. Estaba permitido a una mujer en su boda, sólo esa vez en su vida, embellecerse en extremo utilizando todas las artes en afeites de las auyanimi, cortesanas: coloreando su pelo, aclarando su piel, enrojeciendo sus labios. Pero Zyanya no necesitaba de tales artificios y no había utilizado ninguno. Llevaba una simple blusa y falda de un virginal amarillo pálido, y había seleccionado para esa ocasión los tradicionales festones de plumas a lo largo de sus brazos y pantorrillas, las largas plumas blanquinegras de un pájaro, obviamente para resaltar el blanco mechón en su largo y flotante pelo negro.

Las dos mujeres la guiaron hasta el entablado, a través de la multitud que murmuraba de admiración, y ella y yo nos paramos uno enfrente del otro. Ella se veía tímida y yo solemne, como lo requería la ocasión. El sacerdote tomó de uno de sus asistentes dos objetos y nos dio uno a cada uno de nosotros; una cadena de oro de la que pendía una bola de oro perforada, en cuyo interior se quemaba un poco de copali, incienso. Yo levanté mi cadena y balanceé la bola alrededor de Zyanya, dejando una voluta olorosa de humo azul flotante alrededor de sus hombros. Después me incliné un poco y ella hizo lo mismo parada en las puntas de sus pies. El sacerdote nos recogió los dos incensarios y nos pidió que nos sentáramos lado a lado.

En ese momento, deberían de haber salido de entre la multitud nuestros parientes y amigos trayéndonos regalos. Como ninguno de los dos teníamos, solamente se acercaron Glotón de Sangre, Cózcatl y la delegación de la Casa de los Pochteca. Todos ellos, cada uno en su turno, besaron la tierra delante de nosotros y dejaron enfrente sus diversos regalos; los de Zyanya eran vestiduras: blusas, faldas, chales y cosas por el estilo, todas ellas de la más fina calidad; para mí, también cierta cantidad de ropa, además de una cantidad estimable de armas: una maquáhuitl bien labrada, una daga, un haz de flechas.

Después, cuando los donantes se habían retirado, llegó el momento en que Auítzotl y una de las mujeres nobles que había escoltado a Zyanya, por turnos nos cantaran la rutina de consejos paternales y maternales acerca del matrimonio. En una voz monótona y sin emoción, Auítzotl me previno, entre otras cosas, de no seguir acostado después de haber escuchado el canto del Pájaro Tempranero, Papan, sino levantarme inmediatamente y ponerme a trabajar. La madrina de Zyanya le recitó un copioso catálogo de obligaciones maritales, y a mí me pareció que dijo absolutamente todo, incluyendo su receta favorita para hacer támaltin. Como si eso hubiera sido una señal, un sirviente llegó portando un platón vaporoso de maíz y rollos de carne fresca y lo puso delante de nosotros.

El sacerdote hizo un gesto y Zyanya y yo tomamos un pedacito de tamali caliente y nos lo dimos mutuamente, que, por si ustedes nunca lo han tratado, les diré que no es una acción fácil de hacer. Mi barbilla quedó bien engrasada y la nariz de Zyanya corrió la misma suerte, pero cada uno de nosotros, por fin, llegó a comer un poquito de las otras ofrendas. Mientras hacíamos esto, el sacerdote empezó con otra arenga larga y rutinaria, con la cual no los aburriré. Todo terminó cuando él se inclinó hacia nosotros, tomando una punta de mi manto y otra punta de la blusa de Zyanya, las amarró juntas.

Estábamos casados.

La suave música de pronto sonó fuerte y festiva y gritos de alegría se propagaron entre los invitados allí reunidos, y desde esos momentos toda esa rígida ceremonia podía relajarse dentro de la jovialidad. Los sirvientes se movían con rapidez por todo el salón, repartiendo entre los manteles, platones de támaltin y jarras de octli y chocólatl. Cada uno de los invitados esperaba, para entonces, poder engullir y emborracharse hasta que las antorchas fueran apagadas al amanecer o hasta que los hombres cayeran inconscientes y fueran llevados a casa por sus mujeres y sus esclavos. Zyanya y yo comeríamos, sí, pero delicadamente, y luego seríamos guiados discretamente —todo el mundo pretendería que éramos invisibles— a nuestra recámara de bodas, que estaba escaleras arriba en una parte del palacio, dispuesta por Auítzotl para nosotros.

Sin embargo en esos momentos, yo rompí la tradición. «Discúlpame un momento, querida», le susurré a Zyanya y me levanté para cruzar el salón, el Venerado Orador y el sacerdote me vieron con perplejidad y sus bocas se abrieron dejando ver pedazos de tamali a medio masticar. Sin duda, en mi larga vida he sido odiado por muchas personas, ni siquiera sé por cuántas, pues nunca me he preocupado en contarlas o recordarlas. Pero en esos momentos tenía, en esa noche, en ese mismo salón, un enemigo mortal, un enemigo declarado e implacable y con sus manos ya manchadas de sangre. Chimali había mutilado y matado a varias personas que me eran queridas. Su próxima víctima sería, antes que yo, Zyanya. El haber asistido a nuestra boda era su modo de amenazar y su desafío a que hiciera algo por detenerlo.

Mientras caminaba en busca de Chimali, dando vueltas alrededor de los cuatro ángulos que componían los grupos de invitados sentados, éstos empezaron a dejar de parlotear hasta que se hizo un silencio expectante. Incluso los músicos bajaron el sonido de sus instrumentos para prestar atención. Al fin el silencio que imperaba en la habitación fue roto por un sonido colectivo, cuando con mi mano golpeé y mandé muy lejos, el vaso dorado que Chimali se llevaba a los labios, estrellándose musicalmente contra sus pinturas murales. «No bebas mucho —le dije y todos lo oyeron—. Necesitarás una mente clara en la mañana. Al amanecer, Chimali, en el bosque de Chapultépec. Solamente nosotros dos, pero con cualquier clase y número de armas que tú quieras. A muerte».

Me miró con una mezcla de disgusto, desprecio y cierta diversión, luego miró a sus vecinos que engullían a su alrededor. En privado, hubiera podido rehusar ese desafío, o poner condiciones e incluso evitarlo humillándose. Pero como ese desafío fue acompañado de un golpe insultante, que había sido visto y oído por cada uno de los ciudadanos más importantes de Tenochtitlan, él se encogió de hombros, alcanzó la copa de octli de otra persona, la levantó en un saludo perverso y dijo claramente: «Chapultépec. Al amanecer. A muerte». Se lo bebió de un trago, se levantó y salió orgullosamente del salón.

Cuando regresé al tablado, la multitud empezó a murmurar y a platicar otra vez, detrás de mí, pero de algún modo su charla se oía como sojuzgada y atemorizada. Zyanya me miró con perplejidad, pero no me preguntó nada, ni se quejó de que hubiera convertido una ocasión tan feliz en otra cosa. El sacerdote, sin embargo, me vio con una mirada funesta de mal de ojo y empezó: «Muy poco auspiciable, joven…». «¡Cállese! —gruñó entre dientes el Venerado Orador, y el sacerdote cerró la boca. Auítzotl me dijo a través de los dientes—: Su repentina entrada a la madurez y el desposorio ya le han trastornado». Yo dije: «No, mi señor. Estoy cuerdo y tengo una buena razón para…». «¡Razón! —dijo interrumpiéndome sin levantar la voz, lo cual nacía que ésta sonara todavía más iracunda que si estuviera gritando—. ¿Una razón como para hacer un escándalo público en el día de su boda? ¿Una razón como para haber echado a perder una ceremonia arreglada para usted, como si fuera nuestro propio hijo? ¿Una razón como para agredir a nuestro palaciego e invitado personal?». «Siento mucho si he ofendido a mi señor —dije, pero añadí con obstinación—: Mi señor hubiera pensado aún más mal de mí, si yo hubiera pretendido no darme cuenta de la burla que un enemigo me hacía con su presencia». «Sus enemigos son su problema. El artista de palacio es nuestro y usted lo ha amenazado de muerte. Y, mire allá, él todavía no ha terminado de decorar toda una pared de este salón». Yo dije: «Puede ser que la termine todavía, Señor Orador. Chimali era un luchador mucho más capacitado que yo, cuando los dos estuvimos juntos en la Casa del Desarrollo de la Fuerza». «Así es que en lugar de perder a nuestro artista de palacio, nosotros perderíamos entonces al consejero por cuyo consejo y al demandante por cuyo patrocinio, nosotros estamos preparándonos para marchar dentro de una nación extranjera. —Y todavía en esa media voz baja y amenazante me dijo—: Le prevengo ahora, y una prevención del Uey-Tlatoani Auítzotl no es como para tomarse a la ligera. Si cualquiera de los dos muere mañana; ya sea nuestro valioso pintor Chimali o Mixtli quien ocasionalmente nos ha dado valiosos consejos, será Mixtli a quien culpemos. Será Mixtli quien pagará, aunque él fuese el que muriera».

Muy despacio, para que no pudiera equivocarme de lo que quería decir, volvió sus ceñudos ojos hacia Zyanya.

«Deberíamos de estar rezando, Zaa», dijo Zyanya con suavidad. «Estoy rezando», le dije honesta y fervientemente. Nuestra recámara contenía todos los muebles necesarios, excepto la cama, que no nos sería entregada hasta cuatro días después de la ceremonia. Los días y las noches intermedias se suponía que debíamos pasarlas ayunando, refrenándonos los dos en alimentación y en la consumación de nuestra unión, mientras rezábamos a nuestros dioses favoritos para que fuéramos buenos el uno con el otro y para que nuestro matrimonio llegara a ser un matrimonio feliz.

Pero yo estaba silencioso y devotamente empeñado en otra clase muy diferente de plegaria. Sólo estaba pidiendo a todos los dioses existentes, que Zyanya y yo pudiéramos sobrevivir a la mañana siguiente para poder tener un matrimonio. Antes, ya había pasado en situaciones muy precarias, pero nunca como ésa, de la cual era muy posible que no pudiera salir adelante, sin importar lo que hiciera. Si por una proeza o buena fortuna, o porque mi tonali así lo destinara, pudiera acertar a matar a Chimali, entonces podría escoger entre dos cosas. Podría regresar al palacio y dejar que Auítzotl me ejecutara por haber instigado el duelo. O podría huir y dejar a Zyanya para ser castigada, sin duda, en una forma horrible. La tercera circunstancia previsible, era que Chimali me pudiera matar, por su conocimiento superior en armas, o porque yo contuviera mi brazo al tratar de matarlo porque su tonali era más fuerte. En cuyo caso, yo estaría más allá del castigo de Auítzotl y él dejaría caer su furor sobre mi querida Zyanya. El duelo terminaría en una de esas tres eventualidades, y cada una de ellas era como para no pensarse. Pero no había otra posibilidad: que simplemente no me presentara en el bosque de Chapultépec al amanecer…

Mientras pensaba en lo impensable, Zyanya quietamente estaba empaquetando el pequeño equipaje que habíamos traído. Su exclamación de júbilo me hizo despertar de mi lóbrego ensueño. Levanté mi cabeza de entre mis brazos para ver que había encontrado en uno de mis cestos, la antigua figurita de barro de Xochiquétzal, la que yo había guardado desde la desgracia de mi hermana. «La diosa que nos veía cuando nos casamos», dijo Zyanya, sonriendo. «La diosa que te hizo para mí —dije—. Ella, la que gobierna toda belleza y amor. Deseaba que su estatua fuera un regalo de sorpresa para ti». «Oh, sí lo es —dijo ella fielmente—. Tú siempre me estás sorprendiendo». «Temo que no todas mis sorpresas han sido placenteras para ti. Como mi desafío con Chimali esta noche». «No conozco su nombre, pero me parece haberlo visto antes. O a alguien parecido a él». «Fe a él al que viste, aunque me imagino que él no se vestía como un elegante cortesano, en aquella ocasión. Déjame explicarte y tengo la esperanza de que tú comprenderás por qué tuve que echar a perder nuestra ceremonia de bodas, por qué no pude posponer lo que hice… y lo que tengo que hacer todavía».

Mi explicación instantánea de la figurita de Xochiquétzal, unos momentos antes —que había deseado que fuera un recuerdo de nuestra boda— fue una mentira blanca que le conté a Zyanya. Sin embargo, en esos momentos en que le contaba mi vida pasada, entonces sí fui culpable de algunas omisiones deliberadas. Empecé con la primera traición de Chimali, cuando él y Tlatli se negaron a ayudar a salvar la vida de Tzitzitlini y dejé algunos huecos en mi narración, como el porqué de que la vida de mi hermana había estado en peligro. Yo le conté cómo Chimali, Tlatli y yo nos habíamos encontrado otra vez en Texcoco y, omitiendo algunos de los detalles más horribles, cómo había disimulado para poder vengar la muerte de mi hermana. Cómo, por cierta piedad o cierta debilidad, había quedado satisfecho con dejar caer la venganza sólo en Tlatli, dejando escapar a Chimali. Y cómo desde entonces, él continuamente me había pagado ese favor, molestándome a mí y a los míos.

Y al final dije: «Tú misma me contaste cómo pretendió ayudar a tu madre cuando…». Zyanya jadeó: «Él fue el viajero, quien atendió… quien mató a mi madre y a tu…». «Él es —dije, cuando ella discretamente hizo una pausa—. Y porque ha pasado todo eso, cuando lo vi sentado arrogantemente en nuestra fiesta de bodas, determiné que él no mataría más». Ella dijo, casi con fiereza: «En verdad que debes enfrentártele. Y superarlo, no importa lo que el Venerado Orador dijo o lo que él haga. ¿Pero y si los guardias no te dejan salir del palacio al amanecer?». «No. Auítzotl no conoce todo lo que te he dicho, él cree que es un asunto de honor. Él no me detendrá. Te detendrá a ti en mi lugar. Y es por esto que mi corazón sufre… no por lo que me pudiera pasar a mí, sino por lo que tú pudieras sufrir por mi impetuosidad». Zyanya pareció resentir eso último. «¿Piensas que soy menos valerosa que tú? Cualquier cosa que pase en el campo de duelo y cualquier cosa que venga después, yo estaré esperando con gusto. ¡Ya lo he dicho! Ahora, que si tú detienes tu mano, Zaa, es que lo estás utilizando como una excusa. Y no podría vivir contigo después». Yo sonreí tristemente. Así es que la cuarta y última elección no fue escogida por mí. Meneé mi cabeza y la tomé tiernamente entre mis brazos. «No —dije con un suspiro—. No detendré mis mano». «Nunca pensé que lo harías —dijo ella, como si fuera un hecho de que al casarse conmigo se hubiera casado con un campeón Águila—. Ahora no queda mucho tiempo para el amanecer. Recuéstate un rato y apoya tu cabeza en mí. Duerme mientras puedas».

Parecía que apenas había puesto mi cabeza sobre su pecho suave, cuando escuché unos golpecitos discretos en la puerta y la voz de Cózcatl llamándome: «Mixtli, el cielo palidece. Es tiempo». Me levanté, mojé mi cabeza en una vasija de agua fría y arreglé mis vestidos arrugados. «Él acaba de partir desde el atracadero —me dijo Cózcatl—. Quizás intenta tenderte una emboscada». «Entonces, sólo necesitaré armas para pelear de cerca, no para arrojar —dije—. Trae mi lanza, mi daga y mi maquáhuitl».

Cózcatl corrió y yo pasé unos momentos amargos y dulces diciéndole adiós a Zyanya, mientras ella me decía palabras para darme valor y asegurarme de que todo iba a salir bien. Le di un último beso y bajé la escalera en donde Cózcatl me estaba aguardando con las armas. Había esperado que Glotón de Sangre también se presentara, pero él no estaba. Ya que él había sido el Maestro Quáchic, que nos enseñara a ambos, a Chimali y a mí, en la Casa del Desarrollo de la Fuerza, no hubiera sido bien visto que él diera consejos o aun apoyo moral a ninguno de los dos, cualesquiera que fueran sus sentimientos acerca del duelo.

Los guardias de palacio no hicieron ningún movimiento para impedirnos salir fuera de la puerta que conducía, a través del Muro de la Serpiente, dentro del Corazón de Único Mundo. El sonido de nuestras sandalias sobre el piso de mármol hacía eco de ida y vuelta desde la Gran Pirámide hasta los numerosos edificios menores. La plaza se veía mucho más inmensa que de ordinario, en esa temprana mañana; entre la luz mortecina y la soledad, no había más gente que unos pocos sacerdotes renqueando a sus deberes, en el amanecer. Dimos vuelta a la izquierda, en el portón del lado oeste del Muro de la Serpiente y fuimos a través de calles y sobre puentes de canales a la orilla de la isla, más cercana a la tierra firme. En el atracadero ordené que me dieran una de las canoas reservadas al palacio y Cózcatl insistió en remar y llevarme a través de esa extensión no muy ancha de agua, para que yo pudiera conservar la fuerza de mis músculos.

Nuestro acali golpeó la orilla, al pie de la colina llamada Chapultépec, en el lugar en que el acueducto se arquea desde la colina hasta la ciudad. Arriba de nuestras cabezas, los rostros esculpidos de los Venerados Oradores Auítzotl, Tíxoc, Azayácatl y el primer Motecuzoma, nos miraban desde lo que antes había sido una roca natural. Otra canoa ya estaba allí, su cuerda amarrada estaba sostenida por un paje de palacio, quien apuntando hacia arriba y hacia un lado de la colina dijo cortésmente: «Él le espera en el bosque, mi señor». Yo dije a Cózcatl: «Tú espera aquí con el otro paje de armas. Pronto sabrás si te necesito más tarde o no». Puse la daga de obsidiana en la cintura de mi taparrabo, tomé mi espada de filo de obsidiana en mi mano derecha y en la izquierda la lanza con punta de obsidiana. Fui a la cumbre del risco y miré hacia abajo, hacia el bosque.

Auítzotl había empezado a hacer un parque de lo que en toda forma había sido un bosque silvestre. Ese proyecto no sería terminado por varios años, todavía; los baños, las fuentes, las estatuas y demás, pero la floresta ya había sido cortada en su densidad para dejar solamente en pie los incalculablemente viejos y grandes ahuehuetque, cipreses, y la alfombra de pasto y flores silvestres que crecían en sus profundidades. Como yo estaba en esos momentos en la parte alta del risco, esa alfombra era casi invisible para mí y los poderosos cipreses parecían pararse sin raíces, mágicamente, en la neblina azul pálida que se proyectaba en el suelo, mientras Tonatíu se levantaba. Chimali hubiera podido pasar igualmente invisible para mí, si se hubiera escondido en cualquier parte, bajo esa neblina. En lugar de eso, en cuanto utilicé mi topacio, vi que había escogido yacer desnudo a lo largo de una rama gruesa de un ciprés, la cual colgaba horizontalmente, como a la mitad de mi estatura, más arriba del nivel del suelo. De momento eso me confundió. ¿Cómo era posible una emboscada tan sencilla? ¿Por qué estaba sin ropa?

Cuando capté su intención, creo que debí de haber sonreído como un cóyotl. En la recepción de la noche anterior, Chimali no me había visto ni una vez utilizar mi cristal para ver, y era obvio que nadie le había informado que tenía ese objeto artificial para mejorar mi visión. Se había quitado su ropa de brillantes colores, para que su cuerpo se confundiera con el color pardo oscuro del ciprés. Creía que de esa manera sería invisible a su viejo amigo Topo, su compañero de estudios Perdido en Niebla, mientras que yo iría tentaleando y buscando entre los árboles. Lo único que tenía que hacer, era esperar allí a salvo hasta que, entre mis tanteos vacilantes y cegatones, pasara al fin debajo de él. Luego balanceando su maquáhuitl hacia abajo, de un solo golpe, yo estaría muerto.

Por un instante, sentí que había sido casi injusto de mi parte tener la ventaja de mi cristal, con el cual había descubierto dónde estaba, pero luego pensé: «Debe de estar muy contento de que yo haya estipulado que nos encontráramos aquí». Después de haberme despachado, él se vestiría y regresaría a la ciudad para contar cómo nos habíamos enfrentado cara a cara, bravamente, y cómo habíamos tenido un duelo salvaje y caballeroso, antes de que al fin me hubiera vencido. Conociendo bien a Chimali, estaba seguro de que incluso se haría unos cortes pequeños para hacer su historia más verídica. Así es que ya no tuve ni el menor remordimiento de lo que iba a hacer. Volví a poner el topacio dentro de mi manto, dejé caer mi maquáhuitl en el suelo y con ambas manos tomé el mango nivelado de mi lanza y me adentré en la niebla del bosque.

Caminé despacio y astutamente, como él esperaría del inepto luchador Perdido en Niebla; mis rodillas flexionadas, mis ojos como ranuras, como los de un topo. Por supuesto que no fui directamente hacia su árbol, sino que empecé a dar vueltas a uno que estaba a un lado, buscando entre una hilera de árboles a la misma distancia, después me volví a lo largo de otra hilera. Cada vez que yo me aproximaba a un árbol, buscaba lo más lejos posible dando golpes de ciego con mi lanza, alrededor del lado opuesto del tronco, antes de moverme más lejos. Sin embargo, había tomado nota mentalmente del lugar en donde se escondía y la posición de la rama en que yacía. Cuando, inevitablemente, me acerqué a ese lugar, empecé gradualmente a levantar mi lanza de su posición horizontal, hasta que la llevé completamente derecha enfrente de mí, apuntando hacia arriba, como Glotón de Sangre me había enseñado en la selva, para desanimar a los jaguares que yacían en las ramas esperando para dejarse caer, exactamente como Chimali lo estaba haciendo en esos momentos. Con mi arma en esa posición, me aseguré de que él no pudiera deslizarse enfrente de mí; él tenía que esperar hasta que la punta de mi lanza y yo pasáramos un poco más allá, debajo de él y luego golpearme en la parte de atrás de mi cabeza o en el cuello.

Me aproximé a su árbol como lo había hecho con los otros, agachado y despacio, andando a hurtadillas, continuamente volviendo mi rostro ceñudo y atisbando de lado a lado, manteniendo mi mirada cegatona al mismo nivel, sin mirar nunca hacia arriba. En el momento en que llegué bajo su rama, sostuve mi arma con las dos manos y al pasar la lancé hacia arriba y hacia atrás con todas mis fuerzas. Hubo un momento en que mi corazón dejó de latir, ya que la punta de mi lanza nunca lo tocó, se detuvo antes de haber tocado su carne, pues cayó con un ¡crac! sobre la rama e hizo que con el golpe mis brazos se sintieran entorpecidos. Sin embargo, Chimali debió de estar balanceando su maquáhuitl en ese mismo momento, ya que simultáneamente perdió el equilibrio. Por el golpe que le di a la rama él salió disparado, cayendo exactamente detrás de mí, y sobre sus espaldas. El aire de sus pulmones se salió mientras su maquáhuitl saltaba de su mano. Me volteé con rapidez y lo golpeé en la cabeza con el mango de mi lanza, dejándolo inanimado.

Me incliné sobre él para darme cuenta de que no estaba muerto, pero de que sí estaría inconsciente por un tiempo. Así es que simplemente recogí su espada y volví hacia el risco, en donde recuperé mi espada y me volví a juntar con los dos jóvenes pajes de armas. Cózcatl dio un pequeño grito de alegría cuando me vio cargando el arma de mi oponente: «¡Sabía que lo matarías, Mixtli!». «No, no lo hice —dije—. Lo dejé sin sentido, pero cuando despierte lo peor que puede sufrir será un dolor de cabeza. Si es que despierta. Una vez te prometí, hace mucho tiempo, que cuando llegara el momento de ejecutar a Chimali, tú decidirías en qué forma se haría». Saqué mi daga de la banda de mi cintura y se la entregué. El paje nos miraba con fascinación horrorizada. Guié a Cózcatl hacia el bosque. «Tú lo encontrarás con facilidad. Ve y dale lo que se merece».

Cózcatl asintió con la cabeza y con la daga en la mano se alejó de mi vista, risco abajo. El paje y yo esperamos. Su rostro estaba descolorido y contorsionado y tragaba saliva en un esfuerzo por no sentirse enfermo. Cuando Cózcatl regresó, antes de que llegara lo suficiente cerca como para hablar, pudimos ver que su daga ya no estaba lustrosamente negra, sino brillantemente roja.

Sin embargo él denegó con su cabeza, al aproximarse y dijo: «Lo dejé vivir, Mixtli». Yo exclamé: «¿Cómo? ¿Por qué?». «Anoche escuché las palabras amenazantes del Venerado Orador —dijo disculpándose—. Estuve tentado a hacerlo, teniendo a Chimali indefenso delante de mí, pero no lo maté. Ya que él todavía vive, el Señor Orador no puede desahogar demasiado su ira contra ti. Sólo le quité esto a Chimali».

Él tenía su puño convulsivamente apretado, hasta que lo abrió para que yo pudiera ver dos glóbulos relucientes y viscosos y una cosa blanda rojiza cortada más o menos a la mitad de su extensión.

Le dije al miserable paje que hacía esfuerzos por no vomitar: «Ya oíste. Él vive. Sin embargo necesitará de tu ayuda para regresar a la ciudad. Ve y trata de detener su hemorragia y espera a que recobre el sentido».

«Así es que el hombre Chimali vive —dijo Auítzotl con frialdad—. Si es que usted puede llamarle a eso vida. Así es que usted cumplió con nuestra prohibición de no matarlo, por lo menos de no matarlo completamente. Así es que usted espera con alegría, que nosotros no nos sintamos ofendidos y no nos venguemos como lo prometimos. —Yo no dije nada prudentemente—. Nosotros le concedemos que usted obedeció nuestra palabra, pero no comprendió muy bien lo que nosotros dijimos en silencio. ¿Y qué de eso? ¿Qué uso mundano podemos darles a ese hombre en la condición presente?». Para entonces ya me había resignado a ser, en todas las entrevistas con el Uey-Tlatoani, el foco de su mirada beligerante. Otros temblarían y se desanimarían bajo el influjo de esa horrible mirada, pero yo ya lo tomaba como una cosa usual. Yo le dije: «Quizás, si el Venerado Orador quisiera escuchar mis razones por las que tuve que desafiar al artista de palacio, mi señor pudiera sentirse inclinado a ver con más benevolencia el trágico duelo que tuvo lugar». Él sólo gruñó, y tomé eso como permiso para que hablara.

Le conté mucho de la misma historia que le había contado a Zyanya, sólo que esta vez omití mencionar todo lo relacionado con Texcoco, ya que todo eso había estado íntimamente ligado con su difunta hija. Cuando concluí con la narración de cómo Chimali había matado a mi hijo recién nacido, y de ahí mis temores por mi recién adquirida esposa, Auítzotl gruñó otra vez, luego meditó sobre el asunto —o por lo menos fue lo que supuse ante su hosco silencio— y al fin dijo: «Nosotros no empleamos al artista Chimali por su vil amoralidad o a pesar de ella, o por sus peculiares propensiones sexuales, su naturaleza vengativa o su tendencia a la traición. Nosotros sólo lo empleamos por sus pinturas, que él las hace mucho mejor que cualquier otro pintor en nuestros días y en épocas pasadas. Por supuesto que usted no mató al hombre, pero ciertamente que usted mató al artista. Ya que le han sacado las ojos de las cuencas, no podrá pintar más. Ya que su lengua fue cortada, él ni siquiera puede decir a ningún otro de nuestros artistas, el secreto de la composición de esos colores únicos que él inventó».

Yo me quedé callado, pensando solamente y con satisfacción, que tampoco podría el mudo y ciego Chimali revelar jamás al Venerado Orador, que yo había sido quien causó la desgracia pública y la ejecución de su hija mayor.

Él continuó, como si estuviera resumiendo el caso a favor y en contra de mí. «Nosotros todavía estamos encolerizados con usted, pero debemos aceptar como una mitigación las razones que nos ha dado por su conducta. Debemos aceptar que era un asunto de honor ineludible. Tenemos que aceptar que usted obedeció nuestra palabra, dejando que el hombre viviera, y nosotros sostendremos también nuestra palabra. Usted queda libre de todo castigo». Yo dije sincera y agradecidamente: «Gracias, mi señor». «Sin embargo, ya que nosotros hicimos nuestra amenaza en público y toda la población lo sabe en estos momentos, alguien debe expiar por la pérdida de nuestro artista de palacio». Detuve el aliento, pensando en que seguramente sería Zyanya, pero sólo dijo con indiferencia: «Bien, ya pensaremos en eso. La culpa caerá sobre alguna nulidad disponible, pero todos sabrán que nuestras amenazas no se las lleva el viento». Dejé salir mi aliento retenido. Él tenía razón. Aunque sonaba inhumano, realmente no podía sentir pena o culpa a favor de esa víctima desconocida, quizás un esclavo rebelde, que moriría por el capricho de ese tirano orgulloso. Auítzotl concluyó diciendo: «Su viejo enemigo será expulsado de palacio tan pronto como el tícitl haya terminado de vendar sus heridas. Chimali tendrá que vivir en un basurero como cualquier pordiosero callejero, en el futuro. Usted ha tenido su venganza, Mixtli. Cualquier hombre preferiría estar muerto a estar como usted dejó a ese hombre. Ahora salga de mi vista, antes de que me arrepienta. Vaya con su mujer, que probablemente debe de estar muy preocupada por su bienestar».

Sin duda que ella lo estaba, tanto por mí como por ella, pero Zyanya era una mujer de la Gente Nube, y no dejaría ver su preocupación a ningún sirviente de palacio que pasara. Cuando entré a nuestra recámara, ella estaba de rodillas rezando con su rostro tan grácilmente sereno como su postura, y su expresión no cambió hasta que le dije: «Está hecho. Él está acabado y yo estoy perdonado». Entonces lloró y rió y volvió a llorar y me abrazó apretadamente, sosteniéndome en sus brazos como si nunca más me quisiera dejar ir, otra vez.

Cuando le conté todo lo que había pasado, ella me dijo: «Debes de estar casi muerto de fatiga. Acuéstate otra vez y…». «Me acostaré —dije—, pero no para dormir. Debo decirte algo. El escapar escasamente de un peligro, parece que tiene cierto efecto sobre mí». «Ya lo sé —dijo ella sonriendo—. Puedo sentirlo. Pero, Zaa, se supone que debemos de estar rezando todavía». Yo dije: «No hay una forma más sincera de rezar que amar». «No tenemos cama». «El suelo alfombrado es más suave que una gruta en la montaña. Y estoy ansioso de que cumplas la promesa que me hiciste». «Ah, sí, recuerdo», dijo ella. Y despacio, sin resistencia y atormentadoramente, se desvistió para mí, quitándose todo lo que tenía puesto, excepto el collar de eslabones blanco-perla, que el artesano Tuxtem le había colgado al cuello en Xicalanca.

¿Les he contado ya, mis señores, que Zyanya era como un vaso simétrico de cobre quemado, brillando como miel puesta al sol? La belleza de su rostro la había conocido desde hacía algún tiempo, pero la de su cuerpo, la había conocido al tacto. En esos momentos en que lo estaba viendo, tuvo razón en su promesa, ya que pareció como si hubiera sido nuestro primer contacto. Literalmente sentí dolor al poseerla.

Cuando se paró desnuda frente a mí, todas sus partes femeninas parecían presionar hacia adentro y hacia afuera, en un ofrecimiento ardiente de sí mismas. Sus pechos se mantenían altos y firmes, en sus esferas de pálido cobre, sus aureolas coloreadas de cacao sobresalían como pequeños globos y sus pezones se extendían, pidiendo ser besados. Su tepili se levantaba también alta y hacia afuera; aun cuando estuviera parada con las piernas unidas modestamente, sus suaves labios se abrían ligeramente en la parte alta, en donde se juntaban, para permitir una mirada a la perla rosa de su xacapili, que en aquel momento estaba húmeda, como una perla acabada de salir del mar…

Es suficiente.

Aunque Su Ilustrísima no está presente en estos momentos, para callarme con su habitual repulsión, no les voy a contar lo que pasó entonces. He sido francamente explícito acerca de mis relaciones con otras mujeres, pero Zyanya fue mi amada esposa y creo que seré el avaro más miserable con su recuerdo. De todo lo que he poseído en mi vida, sólo me quedan mis recuerdos. En verdad, pienso que los recuerdos son el único tesoro verdadero que cualquier ser humano tiene la esperanza de poseer para siempre. Y ése fue su nombre. Siempre.

Pero estoy divagando. La delicia de hacer el amor no fue el último suceso notable de ese día todavía más notable. Zyanya y yo estábamos abrazados, nuestra respiración para entonces era suave y yo me empezaba a dormir, cuando oímos unos golpecitos en la puerta, como los que había hecho Cózcatl un poco antes. Entre la niebla del sueño, tuve la esperanza de no ser citado a pelear en otro duelo; con un esfuerzo me puse de pie, me eché el manto encima y fui a investigar. Era uno de los sirvientes de palacio. «Perdone que interrumpa sus devociones, señor escribano, pero un mensajero-veloz trae un requerimiento urgente de su joven amigo Cózcatl. Le pide que vaya lo más rápido posible a la casa de su viejo amigo Extli-Quani. Parece que el hombre se está muriendo». «Tonterías —dije con incredulidad—. Se deben de haber equivocado en el mensaje». «Ésa sería una esperanza, mi señor —dijo él con obstinación—, pero me temo que no sea así».

«Tonterías», me dije a mí mismo, otra vez, pero empecé a vestirme apresuradamente mientras le explicaba el recado a mi mujer. «Tonterías —me seguía diciendo—, Glotón de Sangre no puede estar muriendo». La muerte no podría clavar sus dientes en el pellejo curtido y robusto del viejo guerrero. La muerte no podría chupar, hasta secar, sus jugos todavía vitales. Podría ser que él fuera viejo, pero un hombre como él, todavía lleno de apetitos vitales no era lo suficientemente viejo como para morir. De todas maneras fui lo más rápido que pude y ya el sirviente me esperaba en un acali en el embarcadero de la corte, para llegar lo antes posible al cuartel Moyotlan de la ciudad.

Cózcatl me estaba esperando en la puerta de la casa, que todavía no estaba acabada de construir, retorciéndose las manos con ansiedad. «El sacerdote de La Que Come Suciedad está en estos momentos con él, Mixtli —dijo sollozando asustado—. Tengo la esperanza de que conserve suficientes alientos como para decirte adiós». «¿Entonces, sí está muriendo? —gemí—. ¿Pero de qué? Estaba en lo mejor de su vida en el banquete de la noche pasada. Comió como una bandada entera de buitres, y se la pasó poniendo su mano sobre las faldas de todas las muchachas que servían. ¿Qué pudo golpearlo tan de repente?». «Supongo que los guerreros de Auítzotl siempre golpean de repente». «¿Qué?». «Mixtli, yo creí que los cuatro guardias de palacio habían venido por mí, por lo que le hice a Chimali, pero ellos me hicieron a un lado con violencia y cayeron sobre Glotón de Sangre. Él tenía a mano su maquáhuitl, como siempre lo hace, así es que no sucumbió sin pelear y tres de los cuatro hombres estaban sangrando copiosamente cuando partieron. Sin embargo una de las lanzas alcanzó al viejo y lo hirió profundamente».

Ese hecho hizo que mi cuerpo entero temblara de horror y de pena. Auítzotl había prometido ejecutar a una nulidad disponible en mi lugar; debió de haberlo escogido mientras decía eso; había descrito, una vez, a Glotón de Sangre como una nulidad, por ser demasiado viejo y no servir para otra cosa que no fuera ayudante o maestro, o como para hacer el papel de «nana» en mis expediciones mercantiles. Y había dicho que todos debían de saber que sus amenazas no se las llevaba el viento. Bien, entre esos todos estaba incluido yo. Me había felicitado a mí mismo por haber sido liberado del castigo, lo había celebrado alegremente con Zyanya y en ese mismo momento eso se estaba llevando a efecto. No se había hecho eso sólo para horrorizarme y agraviarme, eso se había hecho también para que desechara toda noción que pudiera concebir de ser indispensable y para prevenirme de que nunca más volviera a menospreciar los deseos del implacable y déspota Auítzotl.

«El anciano te lega la casa y todas sus posesiones, muchacho —dijo una nueva voz. Era del sacerdote, que estaba ya parado en la puerta, dirigiéndose a Cózcatl—. Ya me he hecho cargo de su testamento, pero necesitaré un testigo…». Me moví para pasar al sacerdote y anduve a través de los cuartos de enfrente hasta llegar al de atrás. Sus paredes de piedra, que todavía estaban sin aplanar, se veían salpicadas de sangre y mi viejo amigo que yacía sobre su esterilla, estaba empapado en ella, aunque no vi ninguna herida en él. Tenía puesto sólo su taparrabo y estaba extendido sobre su vientre, su cabeza encanecida estaba vuelta hacia mí, sus ojos estaban cerrados.

Me dejé caer en la esterilla, a su lado sin fijarme en la sangre coagulada y dije apremiante: «¡Maestro Quáchic, soy su estudiante Perdido en Niebla!». Abrió sus ojos lentamente. Luego uno de ellos se cerró otra vez, brevemente, en un guiño acompañado de una débil sonrisa. Sin embargo, las señales de la muerte estaban allí: su mirada, una vez viva y penetrante, se había ido y un color cenizo estaba alrededor de sus pupilas; su nariz, una vez carnosa, se había convertido en delgada y aguda como la de un mosquito. «Siento mucho esto», dije con voz sofocada. «No lo sientas —dijo lánguidamente y continuó con pequeños jadeos forzados—. Peleé antes de morir. Hay peores maneras de morir, y yo me las he ahorrado. Te deseo… un fin tan bueno como éste. Adiós, joven Mixtli». «¡Espera! —grité, como si hubiera podido ordenarle a la muerte—. Fue Auítzotl quien ordenó esto, porque peleé con Chimali, pero tú no tenías nada que ver con este asunto. Ni siquiera tomaste partido por ninguno. ¿Por qué el Venerado Orador se vengó en ti?». «Porque yo fui —dijo él con trabajo— quien os enseñó a los dos a matar. —Sonrió otra vez, mientras cerraba sus ojos—. Os enseñé bien, ¿no es así?».

Ésas fueron sus últimas palabras y nadie pudo haber pronunciado un epitafio mejor. Pero yo me rehusaba a creer que no pudiera hablar más. Pensé que quizá la posición en que estaba no lo dejaba respirar bien y que si lo giraba, descansaría mejor sobre su espalda. Desesperadamente, lo sostuve levantándolo para girarlo y al hacerlo todas sus entrañas se le salieron.

Aunque tuve duelo por Glotón de Sangre y sentía que me hervía la sangre de ira ante su asesinato, me consolé pensando que Auítzotl nunca sabría cuánta pena me causó. Y aun así, de golpe a golpe, yo todavía tenía prioridad sobre él. Yo le había privado de una hija. Así es que hice un gran esfuerzo por tragarme mi bilis y mi pena, por dejar el pasado atrás y por empezar esperanzado a prepararme para un futuro libre de más derramamientos de sangre, de dolor, de rencor y de riesgos. Y así Zyanya y yo ocupamos nuestras energías en la construcción de un hogar. El sitio que elegimos, como ustedes recordarán, fue comprado por Auítzotl como un regalo de bodas para nosotros. Esa vez no decliné el ofrecimiento y hubiera sido muy poco político de mi parte desdeñarlo después de nuestras mutuas hostilidades, pero en verdad, yo no necesitaba de regalos.

Los viejos pochteca habían vendido las mercancías de mi primera expedición, de plumas y cristales, con un beneficio tan grande que, aun después de dividir la utilidades entre Cózcatl y Glotón de Sangre, yo era lo suficientemente opulento como para llevar una existencia cómoda, sin tener que desempeñar nunca más algún comercio, o levantar mi mano para hacer cualquier otro trabajo. Pero más tarde, la segunda entrega de mercancías foráneas había incrementado astronómicamente mi riqueza. Si los cristales para prender lumbre habían sido un notable éxito comercial, los artículos tallados de los colmillos habían causado una positiva sensación y entre la nobleza se había sobrepujado frenéticamente por ellos. Los precios que esos objetos alcanzaron nos hicieron lo suficientemente ricos a Cózcatl y a mí como para establecernos, y si lo hubiéramos deseado, habríamos llegado a ser tan entumecidos, complacientes y sedentarios como nuestros viejos de la Casa de los Pochteca.

El lugar que Zyanya y yo habíamos escogido para nuestro hogar estaba en Ixacualco, uno de los lugares más residenciales de la isla, pero entonces estaba ocupado por una casa pequeña y parda, de adobe. Contraté un arquitecto y le dije que la derribara y construyera en su lugar un sólido edificio de piedra caliza que pudiera ser un hogar lujoso y un placer para la vista de los que pasaban, pero sin ostentación en ninguno de los dos aspectos. Ya que el lugar era, como todos los de la isla, alargado y estrecho, le dije que lo hiciera de dos pisos. Especifiqué que quería un jardín azotea, una habitación dentro de la casa para el sanitario, con todos los aditamentos necesarios, y una pared falsa en uno de los cuartos, con un lugar amplio, entre muros, para poder esconder cosas.

Mientras tanto, sin haberme mandado llamar para otra consulta, Auítzotl marchaba hacia el sur, hacia Uaxyácac, aunque no llevaba un inmenso ejército, sino una pequeña tropa con los guerreros más experimentados; a lo sumo quinientos hombres. Dejó a su Mujer Serpiente en el trono temporalmente, pero llevó con él, como lugarteniente militar a un joven cuyo nombre les es familiar a ustedes los españoles. Era Motecuzoma Xocóyotzin, lo que quiere decir «El Joven Señor Motecuzoma»; de hecho, él era un año más joven que yo. Era sobrino de Auítzotl, hijo del anterior Uey-Tlatoani Axayácatl, por lo tanto nieto del primer y gran Motecuzoma. Hasta entonces él había sido un alto sacerdote del dios de la guerra Huitzilopochtli, pero aquella expedición era su primera prueba en una guerra real. Él tendría muchas más, porque dejó el sacerdocio para convertirse en un guerrero profesional y, por supuesto, en un comandante de alto rango.

Más o menos un mes después de que la tropa partió, mensajeros veloces de Auítzotl, empezaron a llegar a intervalos a la ciudad y el Mujer Serpiente hizo públicos sus mensajes. Por las primeras noticias que trajeron sus mensajeros, era obvio que el Venerado Orador estaba siguiendo el consejo que yo le había dado. Había enviado con anticipación un aviso de su llegada, y como yo se lo había predicho, el Bishosu de Uaxyácac había dado la bienvenida a sus tropas y contribuido con un número igual de guerreros. Esas fuerzas combinadas de mexica y tzapoteca, invadieron las playas y las madrigueras de Los Desconocidos, haciendo un trabajo rápido entre ellos, matando suficientes hombres entre los que se rindieron y dejando una leva permanente para tomar como tributo su colorante púrpura, por tanto tiempo guardado.

Sin embargo, los mensajeros que llegaron después no trajeron tan buenas noticias. Los victoriosos mexica se habían acuartelado en Tecuantépec, mientras que Auítzotl y el gobernante Kosi Yuela conferenciaban sobre asuntos de estado. Como esos guerreros por mucho tiempo habían estado acostumbrados a su derecho de pillaje, en cualquier nación que vencieran se pusieron muy enojados e iracundos cuando supieron que su jefe había cedido el único y visible botín, el precioso púrpura, al gobernante de esa nación. Los guerreros mexica pensaron que habían estado en combate sólo para beneficiar al gobernante de esa nación. Ya que Auítzotl no era de esa clase de hombres que justifican sus acciones ante sus inferiores y así consiguen apaciguarlos, los mexica simplemente se rebelaron contra cualquier contención militar. Rompieron filas, no respetaron la disciplina y corrieron salvajemente por todo Tecuantépec saqueando, violando y quemando.

Ese motín hubiera podido romper las delicadas negociaciones que se llevaban a efecto de una alianza entre nuestra nación y Uaxyácac, pero por fortuna, antes de que los desenfrenados mexica pudieran matar a alguien de importancia y antes de que las tropas tzapoteca se interfirieran, lo que hubiera significado una pequeña guerra, el orgulloso Auítzotl metió en orden a su horda y les prometió que, inmediatamente después de su regreso a Tenochtitlan, personalmente le pagaría a cada yaoquizqui, de su tesoro personal, una suma mucho más alta de lo que hubieran podido esperar como botín de esa nación. Como los guerreros sabían que Auítzotl era un hombre de palabra, eso fue suficiente para poner fin al motín. El Venerador Orador también pagó a Kosi Yuela y al Bishosu de Tecuantépec, una indemnización considerable por el daño que había sido causado.

Las noticias de los estragos hechos en la ciudad natal de Zyanya, naturalmente que nos preocuparon a ella y a mí. Ninguno de los mensajeros-veloces nos pudo dar noticias acerca de si la posada de nuestra hermana Beu Ribé había estado dentro del área del pillaje. Así es que esperamos hasta que Auítzotl y su tropa regresaron y entonces hice algunas indagaciones discretas entre sus oficiales, pero ni así pude tener la certeza de que algo le hubiera pasado a Luna que Espera «Estoy muy preocupada por ella, Zaa», dijo mi esposa. «Pues parece que no se puede indagar nada, excepto yendo a Tecuantépec». Ella dijo vacilante: «Yo podría estar aquí y continuar con la dirección de la construcción de nuestra casa, si tú consideras…». «No necesitas ni siquiera pedírmelo. De cualquier modo ya tenía en mente volver a visitar esos lugares». Ella parpadeó de la sorpresa: «¿Qué tú tenías en mente? ¿Por qué?». «Un negocio que no he concluido —le dije—. Podría haber esperado un poco más, pero el no tener noticias de Beu significa que tengo que ir ahora». Zyanya comprendió rápidamente y jadeó: «¡Tú quienes ir otra vez a la montaña que camina en el agua! ¡No debes de ir, mi amor! ¡Esos bárbaros zyú casi te matan la última vez…!». Yo puse mi dedo, suavemente, a través de sus labios. «Yo voy al sur en busca de noticias de nuestra hermana y ésa es la verdad, y ésa es la única verdad que tú debes decir a cualquier persona que te pregunte. Auítzotl no debe oír ningún rumor acerca de que yo pudiera tener otro objetivo». Ella asintió, pero me dijo con tristeza: «Ahora me tengo que preocupar por dos personas a las que amo». «Regresaré sano y salvo y también sabré de Beu. Si ha sido agraviada, veré lo que se puede hacer. O si ella lo prefiere puede acompañarme cuando yo regrese. Y también me traeré otras cosas preciosas».

Por supuesto que Beu Ribé era lo que más me preocupaba y la razón inmediata para regresar a Uaxyácac. Pero también podrán percibir, reverendos frailes, que estaba cerca de consumar el plan que con mucho cuidado había preparado. Cuando le había sugerido al Venerado Orador que invadiera a Los Desconocidos y que llegara al acuerdo de tomar como tributo todo el colorante púrpura que ellos pudieran recolectar para siempre, no le mencioné el vasto tesoro que había en la cueva del Dios del Mar. Por las preguntas que hice a los guerreros que regresaron, sabía que, aún vencidos, Los Desconocidos no habían hecho alguna alusión acerca de la existencia de su colorante. Pero yo sí lo sabía y sabía de la gruta en la cual estaba escondido, y había arreglado que Auítzotl dominara lo suficientemente a los zyú, como para que me fuera posible ir y conseguir para mí esas fabulosas riquezas.

Hubiera llevado a Cózcatl conmigo, pero estaba muy ocupado, también, en terminar de construir la casa que había heredado de Glotón de Sangre, así es que sólo le pedí permiso para tomar prestadas algunas armas, del viejo guerrero. Después fui alrededor de la ciudad y reuní a siete de los viejos amigos y guerreros de Glotón de Sangre. Como él, pasaban de la edad de servicio y estaban retirados de las armas, pero, como él, todavía estaban fuertes y vigorosos. También estaban enfadados con su aburrido retiro. Cuando, después de hacerles jurar que guardarían el secreto, les expliqué lo que tenía en mente, estuvieron muy ansiosos por la aventura.

Zyanya me ayudó a propagar la historia de que iba a saber qué había pasado con su hermana y que mientras estuviera viajando, también aprovecharía para hacer una expedición comercial. Así es que cuando los siete y yo nos encaminamos hacia el sur por el camino-puente de Coyohuacan, no causamos comentarios o curiosidad. Por supuesto, que si alguien nos hubiera observado de cerca, se hubiera preguntado por qué habría yo escogido a unos cargadores tan viejos y por qué todos ellos tenían cicatrices o narices u orejas cortadas. Si hubieran inspeccionado los bultos que los hombres cargaban, aparentemente llenos de mercancías para el trueque, hubieran encontrado que contenían, aparte de las raciones de comida y las cañas de polvo de oro, solamente escudos de piel y toda clase de armas que fueran más fáciles de manejar que la lanza larga; varias pinturas de guerra, plumas y otras insignias guerreras en miniatura.

Continuamos a lo largo del camino que nos llevaría por la ruta del sur, pero sólo hasta más allá de Quaunáhuac. Luego, abruptamente nos desviamos hacia la derecha, a lo largo de un camino que casi no se utilizaba y que conducía hacia el oeste, la ruta más corta hacia el mar. Ya que esa ruta nos llevaba, la mayor parte de nuestro camino, a través de la orilla sur de Michihuacan, nos hubiéramos visto en problemas si alguien nos hubiera desafiado y examinado nuestros fardos. Nos hubieran tomado por espías mexica y nos hubieran ejecutado instantáneamente o quizá no tan instantáneamente. Todas las veces que nuestro ejército mexica intentó invadir esa tierra, en tiempos pasados, siempre fue rechazado gracias a las armas superiores de los purémpecha, hecha con algún metal misteriosamente duro y agudo. Por supuesto, que cada purempe estaba siempre en guardia en contra de cualquier mexica que entrara en sus tierras, con cualquier motivo.

Debo hacer notar que Michihuacan, Tierra de Pescadores, era como nosotros los mexica la llamábamos, a lo que ustedes los españoles ahora le llaman la Nueva Galicia, sea lo que sea su significado. Para los nativos tenía varios nombres en sus diversas áreas —Xalisco, Nauyar Ixú, Kuanáhata y otros—, pero en su mayor parte lo llamaban Tzintzuntzaní, En Donde Hay Chupamirtos, como su ciudad capital que lleva el mismo nombre. A su lenguaje se le llama poré y durante aquella jornada y las siguientes, aprendí lo más que pude de él, o mejor debería decir de ellos, ya que el poré tiene muchos y diversos dialectos locales, como los tiene el náhuatl. Por lo menos tengo suficientes conocimientos de poré como para preguntarme el porqué de que ustedes los españoles insistan en llamar a los purémpecha, los tarasca. Al parecer, ustedes tomaron ese nombre de la palabra poré taraskue, que los purémpecha usan para designarse a sí mismos, prudentemente, en una «relación distante» con los otros pueblos vecinos. En fin, no importa; yo he tenido más que suficientes y diferentes nombres. Y en esa tierra tuve otro: Anikua Pakápeti, que es el equivalente de Nube Oscura.

Michihuacan era y es una nación rica y vasta, tan rica como nunca lo ha sido el dominio de los mexica. Su Uandákuari o Venerado Orador, reinaba, o por lo menos cobraba tributo, sobre una región que se extendía desde los huertos frutales de Xichú, al este de las tierras Otomí, hasta el puerto mercante de Patámkuaro, en el océano sur.

Aunque los purémpecha estaban constantemente en guardia y contra una intrusión militar de nosotros los mexica, no estaban en contra del comercio, así que intercambiaban sus riquezas con nosotros. Incluso enviaban mensajeros-veloces diariamente para llevar pescado fresco a las mesas de nuestros nobles, a cambio, se permitía a nuestros mercaderes viajar por todo Michihuacan sin ser molestados, como lo hicimos mis siete presuntos cargadores y yo.

Si realmente hubiéramos pensado comerciar a lo largo del camino, habríamos podido conseguir muchas cosas de valor: perlas del corazón de las ostras; cerámica de rico cristal; utensilios y ornamentos hechos de cobre, plata, nácar y ámbar; objetos de brillante lacado que sólo se pueden encontrar en Michihuacan. Esos objetos lacados le pueden tomar a un artesano, meses o años de trabajo, ya que varían en tamaño, desde una simple bandeja hasta un inmenso biombo.

Nosotros, los viajeros, podíamos adquirir cualquier producto local excepto el misterioso metal del que ya he hablado. A ningún extranjero le estaba permitido siquiera echar una mirada sobre él: incluso las armas hechas de ese material se mantenían guardadas, para ser distribuidas entre los guerreros sólo cuando las necesitaran. Ya que nuestros ejércitos mexica nunca habían podido ganar una simple batalla contra esas armas, ninguno de nuestros guerreros había podido recoger del campo de batalla ni siquiera un daga purempe tirada.

Bien, no comerciamos, pero mis hombres y yo probamos algunas comidas nativas que eran nuevas para nosotros o que rara vez estaban disponibles, por ejemplo, el licor de miel de Tlachco. Las ásperas montañas que circundaban esa nación, literalmente zumbaban todo el día. Puedo imaginarme que lo que oía era la vibración producida por los hombres, que bajo el suelo excavaban en busca de plata, pero arriba, en el exterior definitivamente podía oír el zumbido de enjambres y nubes de abejas entre las incontables flores. Y, mientras los hombres excavaban para desenterrar la plata, sus mujeres e hijos trabajaban en la recolección y elaboración de la miel dorada que producían esas abejas. Algunas veces, sólo se tenían que estirar las manos para tomar ese dulce sólido y claro; otras, lo tenían que dejar secar al sol, hasta que estuviera lo suficientemente dulce y cristalino. Alguna de esa miel, la convertían, por medio de un método tan celosamente guardado en secreto como el del metal, en una bebida que ellos llamaban chápari. Ésta era mucho más potente en sus efectos que el viscoso octli que nosotros los mexica conocíamos tan bien.

Ya que el chápari, como el metal, nunca se había exportado fuera de Michihuacan, mis hombres y yo tomamos todo lo que pudimos mientras estuvimos allí. También nos dimos un festín con los pescados, las ancas de rana y las anguilas de los lagos y los ríos de Michihuacan, cada vez que pasábamos la noche en una hostería. De hecho, pronto nos llegamos a cansar de comer pescado, pero esas gentes tenían una manera peculiar de pensar en contra de la matanza de cualquier animal disponible para la caza. Un purempe no cazaría un venado porque cree que éste es una manifestación del sol, y esto es debido a su creencia de que las astas de los venados machos se asemejan a los rayos del sol. Ni siquiera las ardillas pueden ser atrapadas o cazadas con dardos, porque a los sacerdotes purémpecha, tan sucios y desgreñados como los nuestros, los llaman tiuímencha, y esta palabra quiere decir «ardillas negras». Así es que casi todas las comidas que tomamos en las hosterías eran a base de pescado o aves salvajes o domésticas.

Muy seguido, se nos daba a escoger después de que hubiéramos comido otro tipo de ofrecimientos. Creo que ya les he mencionado las actitudes que asumían los purémpecha acerca de las prácticas sexuales. Un forastero podía llamar a ésas un alivio perverso o ideas muy liberales y tolerantes, dependiendo de su propia actitud, pero de hecho se daba gusto a los más inconcebibles. Cada vez que terminábamos de comer, el posadero nos preguntaba a mí y luego a mis cargadores: «¿Kaukukuárenti Kuézetzi iki Kuirarani? ¿Qué prefiere usted para putear, un hombre o una mujer?». Yo no respondía por mis hombres; les pagaba lo suficiente como para que ellos escogieran por sí mismos. Sin embargo, ahora que tenía a Zyanya esperándome en casa, no me sentía inclinado a probar cada uno de los ofrecimientos de cada nación nueva que visitaba, como lo había hecho en mis tiempos de soltero. Invariablemente replicaba al posadero: «Ninguno de los dos, gracias», y el posadero siempre persistía pestañando o enrojeciendo: «¿Imákani kezukezondini?», que traducido literalmente significa: «¿Entonces, usted come fruta verde?», que quiere decir lo que ustedes pueden suponer.

Para un viajero que buscara placer, realmente era necesario que especificara con claridad qué clase de maátitl deseaba —un hombre o una mujer ya madura o una jovencita o un jovencito—. Porque en Michihuacan a veces es difícil para un extranjero distinguir entre un sexo y otro, pues los purémpecha observan otra práctica peculiar. Todos aquellos que pertenecen a una clase más alta de las de los esclavos, depilan de sus cuerpos todo cabello o vello removible. Se rasuran o restriegan, o de alguna otra forma se quitan todo cabello de sus cabezas, de sus cejas y hasta el más ligero trazo de vello debajo de sus brazos o en medio de sus piernas. Hombres, mujeres y niños no tienen absolutamente nada de cabello y vello a excepción de sus pestañas. Y en contraste con cualquiera de los actos deshonestos que pudieran hacer durante la noche, de día van modestamente vestidos por varias capas de mantos y blusas, y es por eso que es tan difícil de decir quiénes son las mujeres y quiénes los hombres. En un principio, supuse que la práctica de llevar el cuerpo liso y lustroso representaba para los purémpecha tanto una singular noción de la belleza como una afectación pasajera de la moda, aunque muy bien podría ser una razón de obsesión sanitaria. En mi estudio de su lenguaje, descubrí que el poré tiene por los menos ocho palabras diferentes para caspa y muchas más para despiojar.

Llegamos a la costa del mar, que era como un inmenso refugio azul protegido por dos brazos de tierra abrigadores, contra las tormentas marítimas y las fuertes marejadas. Allí estaban situados el puerto y la aldea de Patámkuaro, llamado así por sus habitantes y Acamepulco por nuestros visitantes mercaderes mexica; ambos nombres, en poré y en náhuatl, fueron dados por las grandes extensiones en donde crecían juncos y cañas. Acamepulco era un puerto pesquero por sus propios derechos, y también un centro de mercado para las gentes que vivían a lo largo de la costa, hacia el este y hacia el oeste, quienes llegaban en canoas para vender sus mercancías procedentes tanto del mar como de la tierra: pescados, tortugas, sal, algodón, cacao, vainilla y otros productos tropicales de esas Tierras Calientes.

Entonces, no tuve la intención de alquilar sino que quise comprar cuatro canoas amplias con sus remos, para que los ocho pudiéramos ir y venir remando, sin tener testigos observando. Sin embargo, eso era más fácil de intentar que de llevar a efecto. La canoa usual que se utilizaba en nuestros lagos, el acáli, se hacía fácilmente de la madera suave del pino que crecía allí. Pero la canoa de mar, o chékakua, estaba construida con la madera pesada, dura y formidable de un árbol tropical llamado caoba y hacer una canoa llevaba meses de trabajo. Casi la mayoría habían sido usadas en Acamepulco a través de generaciones por una misma familia y ninguna deseaba vender, ya que eso significaría una suspensión temporal de toda utilidad proporcionada por la caza y la pesca mientras se construía una nueva. Pero finalmente pude adquirir las cuatro que necesitaba, aunque me costó todo mi poder de persuasión, frustrantes días de negociación y una cantidad mayor en polvo de oro de la que tenía en mente gastar.

No fue tan fácil como había supuesto, el remar a lo largo de la costa hacia el sureste, con dos de nosotros en cada chékakua. Aunque todos teníamos una gran experiencia en canoas de lago y las aguas de éstos algunas veces eran movidas tempestuosamente por los vientos, no estábamos acostumbrados a los tumbos de esas aguas de olas fluctuantes aun con el tiempo calmado que gracias a los dioses tuvimos en todo nuestro viaje por mar. Varios de esos fuertes y viejos guerreros cuyos estómagos jamás se habían revuelto ante los horrores nauseabundos de la guerra, se encontraron muy mal en los dos primeros días de viaje; yo no quizás porque ya había estado antes en el mar. Pronto aprendimos a no navegar muy cerca de la costa en donde el movimiento del agua era más violento e impredecible. Aunque todos nos sentíamos como si estuviéramos en un gran columpio sobre el Único Mundo, nos lo pasábamos bastante bien más allá de las primeras olas rompientes, solamente remando hasta que el sol se ponía, para pasar las noches agradablemente sobre la arena suave de la playa.

Esa playa, como ya la había visto antes, se iba oscureciendo gradualmente de un blanco brillante a un gris total y luego a un negro profundo de arenas volcánicas, y de repente, la playa se interrumpió por un alto promontorio que se internaba en el mar; la montaña que camina en el agua. Gracias a mi topacio, pude espiar con facilidad la montaña desde lejos, y estando ya cerca el ocaso, di instrucciones para desembarcar en la playa.

Cuando estuvimos sentados alrededor del fuego de nuestro campamento, les repetí a mis hombres las acciones planeadas para nuestra misión en la mañana, y añadí: «Alguno de vosotros podría tener alguna reserva para levantar la mano en contra de un sacerdote, aunque éste lo fuera de un dios extranjero. No lo tengáis. Esos sacerdotes pueden parecer desarmados, simplemente molestos ante nuestra intrusión y desamparados ante nuestras armas; pero no lo están. A la primera oportunidad que les demos, nos matarán a cada uno de nosotros, luego nos ensartarán como a verracos y nos comerán a su placer. Mañana cuando todo esté listo, nosotros los mataremos sin piedad o correremos el riesgo de que nos maten. Recordad eso y recordad mis señales». Así, cuando a la mañana siguiente nos volvimos hacer a la mar, no éramos ya un joven pochtécatl con su siete viejos cargadores, éramos un destacamento de siete temibles guerreros mexica guiados por uno no tan viejo, un quáchic «vieja águila». Habíamos deshecho nuestros fardos, poniéndonos nuestras insignias de guerra y nos habíamos armado.

Yo llevaba el escudo insignia quáchic, el bastón de mando y el yelmo quáchic de Glotón de Sangre. Lo único distintivo que me faltaba de ese rango era un hueso atravesado en la nariz, Pero nunca me había perforado el puente de la nariz para poder utilizarlo. Los siete guerreros, como yo llevaban una dura armadura de blanco impoluto; se habían puesto sus plumas guerreras, sostenidas en lo alto de sus cabezas con una cinta de tal modo que formaran un abanico y se habían pintado de diferentes colores, fieros diseños en sus caras. Cada uno de nosotros llevábamos una maquáhuitl, una daga y una jabalina.

Nuestra pequeña flota remó descaradamente hacia el promontorio de la montaña, sin tratar de ocultarse, sino con la intención deliberada de que los guardianes nos vieran llegar. Y así fue, ellos nos estaban esperando a un lado de la montaña, por lo menos doce de esos malvados sacerdotes zyú, con sus vestiduras de pieles harapientas y parcheadas. No dirigimos nuestras canoas hacia la playa para desembarcar con facilidad, sino que remamos directamente hacia ellos.

No sé si porque era una estación diferente del año o porque nos aproximamos por el lado oeste de la montaña, el océano estaba mucho menos agitado de lo que había estado en aquel entonces, cuando el difunto botero tzapoteca y yo llegamos por el lado este. De todas formas, el mar estaba lo suficientemente enojado y agitado como para que unos marineros tan inexpertos como nosotros, nos hubiéramos estrellado contra las rocas, de no ser porque algunos sacerdotes vinieron a nuestro encuentro para ayudarnos a desembarcar sanos y salvos. Naturalmente que lo hicieron gruñendo y solamente porque conocían y temían las costumbres de nuestros guerreros mexica, con lo que ya había contado.

Nosotros nos dimos maña para atracarlas allí y dejé a uno de los guerreros para vigilarlas. Entonces vadeé hacia las rocas haciendo un gesto para que me siguieran tanto mis hombres como los sacerdotes y todos empezamos ascender brincando de roca en roca a través de los tumbos y chorros de agua, a través de nubes de espuma de mar, hasta alcanzar el declive principal de la montaña. El sacerdote principal del Dios del Mar estaba parado allí, tenía sus brazos cruzados a través de sus pechos, intentando esconder sus muñones sin manos. Él no me reconoció inmediatamente bajo mi traje de batalla. Nos gritó algo en su dialecto huave. Cuando levanté mis cejas, en señal de que no comprendía lo que decía, él utilizó el lóochi diciendo con jactancia: «¿A qué más vienen ustedes los mexica? Nosotros sólo somos los guardianes del color del dios y ustedes ya lo tienen». «No lo tenemos todo», dije en el mismo lenguaje.

Él pareció temblar ligeramente ante la brusca seguridad con que hablé, sin embargo insistió: «Nosotros no tenemos más». «No —me mostré de acuerdo con él—. Pero tiene uno que es mío. Un púrpura por el que pagué mucho oro. ¿Recuerda? En el día en que yo hice esto». Con la parte plana de mi maquáhuitl separé sus brazos, de tal manera que los muñones de sus muñecas fueron visibles. Entonces me reconoció y su rostro malvado se veía todavía más horrible por la rabia y el odio impotente. Los otros sacerdotes que estaban a ambos lados de él se desparramaron alrededor de mí y de mis guerreros en un amenazante círculo. Había dos para cada uno de nosotros, sostuvimos nuestra lanza en un círculo de puntas levantadas. Yo dije al sacerdote principal: «Guíenos hacia la cueva del dios». Su boca se movió por un momento, probablemente intentando otras mentiras, antes de decir: «Su ejército dejó vacía la cueva de Tiat Ndik».

Hice un movimiento hacia el guerrero que tenía a mi derecha. Éste clavó profundamente su jabalina en las entrañas del sacerdote que estaba parado a la izquierda del jefe. El hombre se dobló, cayó y rodó por el suelo, cogiéndose el abdomen y gritando continuamente. Yo dije: «Esto es para demostrarles que estamos impacientes. Es para que vean que tenemos prisa». Hice otro gesto y el guerrero punzó de nuevo al hombre caído, esa vez atravesándolo en el corazón y él dejó de gritar. «Ahora —dije al sacerdote principal— iremos a la cueva».

Él tragó saliva y no dijo nada más; esa demostración había sido suficiente. Conmigo y mi jabalina a su espalda, y con mis guerreros apuntando a los restantes sacerdotes, nos guió todo el camino entre un montón de rocas y después por el hueco protector hasta la cueva. Sentí un gran alivio al encontrar que la gruta del dios no había sido devastada o enterrada por el temblor de tierra.

Cuando estuvimos enfrente del montón de piedras embadurnadas de púrpura que simulaban una estatua, señalando los recipientes de cuero y las redecillas de colorante que estaban amontonados por todas partes, dije al sacerdote principal: «Dígales a sus ayudantes que empiecen a llevar todo esto a nuestras canoas. —Él volvió a tragar saliva, pero no dijo nada—. Dígaselo —repetí—, o lo que le cortaré en seguida serán sus codos y luego sus hombros y así seguiré».

Él dijo apresuradamente algo en su lenguaje que no entendí, pero que fue lo bastante convincente. Sin palabras, pero dirigiéndome miradas asesinas, los desgreñados sacerdotes empezaron a levantar y a acarrear los recipientes y los fardos de hilaza de algodón. Mis hombres los acompañaban de ida a los botes y de vuelta a la cueva, durante los muchos viajes que les tomó el llevar todo ese tesoro de un lugar a otro. Mientras tanto, el sacerdote manco y yo estábamos a un lado de la estatua, inmovilizado por la punta de mi lanza puesta bajo su barbilla. Hubiera podido utilizar ese tiempo en obligarlo a que me devolviera el oro que me había robado aquella otra ocasión, pero no lo hice. Preferí dejarlo como pago por lo que estaba haciendo, así no me sentía un ladrón, sino más bien un comerciante que está concluyendo una transacción ligeramente retrasada, pero legítima.

No fue sino hasta que los últimos recipientes fueron llevados afuera de la cueva, que el sacerdote principal habló otra vez, con odio en su voz: «Usted ya antes ha profanado este lugar santo. Usted hizo que Tiat Ndik se enojara tanto que él mandó el zyuüù como castigo. Él volverá a hacer eso o algo peor. No le perdonará este insulto y esta pérdida. El Dios del Mar no dejará que usted se vaya libremente con su púrpura».

«Oh, quizás sí —dije tranquilamente—, si le dejo un sacrificio de otro color». Y al decir esto, empujé mi jabalina hacia dentro y la punta pasó a través de la quijada, la lengua y el Paladar hasta los sesos del hombre. Cayó totalmente sobre su espalda, un chorro de sangre manó de su boca y yo tuve que apoyar mi pie contra su barbilla para sacar el mango de mi lanza.

Oí un grito de inquietud y consternación atrás de mí. Mis guerreros acababan de llegar con los otros sacerdotes a la gruta y ellos habían visto caer a su jefe. Sin embargo, no necesité dar ninguna señal u orden a mis hombres; antes de que los sacerdotes pudieran recobrarse de esa estremecedora sorpresa, para pelear o huir, todos estaban muertos. Yo dije: «Prometí un sacrificio al montón de rocas que está aquí. Acomodad todos los cadáveres enfrente y a su alrededor».

Cuando eso fue hecho, la estatua del dios no se veía ya púrpura sino de un rojo brillante y la sangre manaba sobre el suelo de toda la cueva. Yo creo que Tiat Ndik debió de haber quedado muy satisfecho con esa ofrenda. No hubo ningún temblor de tierra mientras íbamos hacia nuestras canoas. Nada interfirió en contra de nuestro precioso cargamento o al echar al agua otra vez nuestros pesados botes. Ningún Dios del Mar agitó con violencia su elemento para evitar que nosotros pudiéramos remar libremente lejos, bien lejos de ese mar y de los alrededores de esas rocas cubiertas de agua hasta las partes más altas de su promontorio, fuera del territorio de Los Desconocidos. Sin ningún obstáculo remamos hacia el este directamente a la costa y nunca más volví a poner mis pies y mi mirada sobre la montaña que camina en el agua.

Sin embargo, todos nosotros seguimos llevando puestos nuestros trajes mexica de batalla en los siguientes días, mientras estuvimos todavía en aguas huave y tzapoteca, pasando Nozibe y otras aldeas costeras y hasta nos alejamos del istmo de Tecuantépec y llegamos al Xoconochco, la nación del algodón. Allí, desembarcamos por la noche en un lugar apartado y quemamos nuestros trajes y otras insignias, enterrándolo todo a excepción de unas cuantas armas. Luego volvimos a hacer nuestros fardos para poder transportar, entonces, los recipientes de cuero y las madejas de algodón con colorante.

Cuando nos hicimos a la mar al día siguiente, íbamos vestidos otra vez como un pochtécatl y sus cargadores. Desembarcamos en la tarde de ese mismo día, abiertamente, en el pueblo mame de Pijijía, y allí vendí nuestras canoas, aunque desgraciadamente a precio muy bajo ya que los pescadores de ese lugar, como los de todos los demás pueblos de la costa, tenían ya todos los botes que necesitaban. Como habíamos estado navegando por tanto tiempo, cuando mis hombres y yo tratamos de caminar lo hicimos balanceándonos ridículamente. Así es que pasamos dos días en Pijijía para acostumbrarnos otra vez a caminar en terreno sólido, lo que aproveché para tener unas conversaciones muy interesantes con los ancianos de los mame, antes de que volviéramos a tomar nuestros fardos y partir tierra adentro.

Usted me pregunta, Fray Toribio, por qué nos habíamos tomado tanto trabajo en hacer primero un viaje tan largo disfrazados como comerciantes, luego como guerreros y después otra vez como comerciantes.

Bien, la gente de Acamepulco sabía que un comerciante había comprado para él y para sus cargadores, cuatro canoas y la gente de Pijijía sabía que un grupo similar había vendido unas canoas similares y puede ser que a los dos pueblos les haya parecido una circunstancia extraña. Sin embargo, esos pueblos estaban tan lejos uno del otro que hubiera sido imposible que intercambiaran impresiones y ambos estaban tan distantes de las capitales tzapoteca y mexica que temía muy poco que sus chismes llegaron a los oídos del Bishosu Kosi Yuela o del Uey-Tlatoani Auítzotl.

Era inevitable que los zyú descubrieran pronto el asesinato de sus sacerdotes y la desaparición del púrpura acumulado en la cueva del dios. Aunque nosotros habíamos silenciado a todos los testigos del saqueo, era casi seguro que hubiera habido otros zyú en la playa que nos hubieran visto aproximarnos a la montaña sagrada o alejarnos de ella. Ellos levantarían un clamor que tarde o temprano llegaría a oídos de Kosi Yuela y de Auítzotl y que enfurecería a los dos Venerados Oradores. Pero los zyú sólo podrían imputar el hurto a un grupo de guerreros mexica, vestidos con sus atavíos de guerra. Kosi Yuela podría sospechar que Auítzotl le había jugado sucio para asegurarse ese tesoro, pero Auítzotl podría honestamente decir que él no sabía nada acerca de unos mexica que fueron en busca de botín por esa área. Por eso había estado vagando, para que hubiera una confusión tal que los guerreros nunca se podrían relacionar con los comerciantes y que ninguno de los dos grupos se pudiera nunca relacionar conmigo.

Mi plan requirió que fuera desde Pijijía a través de la hilera de montañas hacia la nación chiapa. Como mis portadores estaban con cargas muy pesadas, no vi la necesidad de que escalaran esas montañas. Así es que nos pusimos de acuerdo en el día y el lugar en que nos volveríamos a encontrar, en los eriales del istmo de Tecuantépec, y eso les daría tiempo suficiente para viajar con calma. Les dije que evitaran las aldeas y los encuentros con otros viajeros, pues un grupo de cargados tamémime sin el mercader que los guiaba podría provocar comentarios e incluso su detención para una investigación. Así es que cuando estuvimos bastante lejos de Pijijía, mis siete hombres se dirigieron hacia el oeste, quedándose en las tierras bajas del Xoconochco, mientras yo me dirigía hacia el norte, adentrándome en las montañas.

Al fin salí de ellas, para entrar en la magra ciudad capital de Chiapán y fui inmediatamente al taller del maestro Xibalbá. «¡Ah! —dijo encantado—. Pensé que regresaría, así es que he estado coleccionando todo el cuarzo posible y haciendo nuevos cristales para encender lumbre». «Sí, se venden muy bien —le dije—. Pero esta vez insisto en pagarle el valor total de la mercancía y de su trabajo». También le dije que mi topacio que ayudaba mi vista había enriquecido mucho mi vida, por lo cual le estaba profundamente agradecido.

Cuando terminé de arreglar mi fardo de cristales envueltos en algodón, quedé casi tan cargado como cada uno de mis portadores ausentes. Pero esa vez no me quise quedar y descansar en Chiapán, pues no me hubieran permitido quedarme en otro lado que no fuera la casa de los Macoboö, y allí habría tenido que rechazar los avances amorosos de las dos primas, lo cual habría sido muy descortés por parte de un invitado. Así es que le pagué al maestro Xibalbá con polvo de oro y me apresuré a encaminarme hacia el oeste.

Varios días después, y tras haber buscado un poco entre los alrededores, encontré el lugar en donde me esperaban mis hombres, sentados alrededor de un fuego de campamento y rodeados de desechos de huesos de iguanas, armadillos y demás, lejos de toda área habitada. Allí nos quedamos sólo el tiempo suficiente como para que yo echara un sueño y para que uno de los viejos compañeros me cocinara la primera comida caliente que probé desde que los había dejado: un faisán chachálatl asado sobre el fuego.

Cuando llegamos a la ciudad de Tecuantépec a través del camino del éste, pudimos ver los estragos hechos por los mexica, a pesar de que la mayoría de las áreas quemadas ya habían sido reconstruidas. De hecho, la ciudad había mejorado en muchas partes. Se habían construido casas decentes y fuertes en el lugar en donde antes había un área escuálida, en donde sólo se habían visto cabañas de gente miserable, incluyendo aquella que dejó una huella imborrable en mi vida. Cuando cruzamos la ciudad hacia la orilla oeste, encontramos que, aparentemente, los guerreros amotinados no habían llegado tan lejos en su violencia. La hostería que me era familiar, todavía estaba allí. Dejé a mis hombres en el patio, mientras que yo entraba vociferando a todo pulmón: «¡Hostelera! ¿Tiene cuartos para un pochtécatl cansado y para sus cargadores?». Beu Ribé salió de alguna habitación interior; estaba tan saludable, tan juiciosa y tan bella como siempre, aunque su único saludo fue: «En estos días, los mexica no son muy populares en los alrededores». Yo le dije, tratando todavía de ser cordial: «Seguro, Luna que Espera, que tú harás una excepción con tu hermano, Nube Oscura. Tu hermana me mandó desde tan lejos, nada más para estar segura que estás bien. Estoy muy contento de ver que quedaste a salvo de todos esos problemas». «A salvo —dijo con voz cortante—. Yo también estoy muy contenta de que tú lo estés, ya que tú fuiste quien hizo que esos guerreros mexica vinieran aquí. Todo el mundo sabe que ellos fueron enviados por tus desventuras con los zyú y de cómo fallaste en apoderarte del colorante púrpura». Admití que todo eso era verdad. «Pero no me puedes culpar por…». «¡Tengo bastante culpa que compartir contigo! —casi me escupió—. ¡Se me culpa, en primer lugar, de haberte dado siempre albergue en esta hostería! —Y luego, de repente, pareció desistir—. Aunque desde hace mucho tiempo he sido tratada con desprecio, ¿no es así? ¿Por qué me he de preocupar por la poca estimación que perdí? Sí, puedes tener una habitación y ya sabes dónde acomodar a tus cargadores. Los criados te atenderán». Ella me dio la espalda y se fue.

Pensé para mis adentros que había sido una bienvenida un tanto tumultuosa, aun viniendo de una hermana. Sin embargo, los sirvientes acomodaron a mis hombres, pusieron las mercancías en un lugar y prepararon una comida para mí. Cuando terminé de comer y estaba fumando un poquíetl, Beu entró en la habitación y habría pasado de largo si no la hubiera detenido cogiéndola de la muñeca. «No creas que me engañe a mí mismo, Beu —le dije—. Yo sé que no te caigo bien y los recientes desenfrenos de los mexica han servido para que tú me quieras todavía menos…». Ella me interrumpió y sus cejas se levantaron con altivez: «¿Caerme bien? ¿Quererte? Ésas son emociones. ¿Qué derecho tengo de sentir cualquier emoción por ti, esposo de mi hermana?». «Está bien —dije con impaciencia—. Despréciame. Ignórame. ¿Pero es que no le vas a mandar a Zyanya unas palabras, cuando yo regrese?». «Sí. Dile que me violó un guerrero mexica».

Aturdido, le solté la muñeca. Traté de pensar en algo que decir, pero ella se rió y continuó:

«Oh, no me digas que lo sientes mucho. Creo que todavía puedo decir que soy virgen, porque él era excepcionalmente inepto. En su deseo de avergonzarme, sólo confirmó la opinión tan baja que ya tenía de los arrogantes mexica». Le dije tratando de que mi voz se oyera: «Dame su nombre. Si no ha sido ejecutado todavía, veré que lo hagan». «¿Es que supones que él se presentó a sí mismo? —dijo riendo otra vez—. Creo que él no era un guerrero de rango común, aunque no conozco sus insignias militares y el cuarto estaba oscuro. Pero sí reconocí el traje que me hizo vestir para la ocasión. Me forzó a cubrir mi cara con hollín y a ponerme las vestiduras negras y tristes que usan las mujeres que atienden los templos». «¿Qué?», dije estupefacto. «No tuvimos mucha conversación, pero me pude dar cuenta de que mi simple virginidad no era suficiente para excitarlo. Comprobé que sólo podía tener erección, si pretendía que estaba violando algo santo e intocable». «Nunca he oído hablar de tal…». Ella dijo: «No trates de disculpar a tus paisanos. Y no necesitas tener lástima de mí. Ya te dije que ni siquiera podía ser un violador de mujeres. Su… creo que vosotros lo llamáis tepule, su tepule era nudoso, retorcido y doblado como un gancho. El acto de penetración…». «Por favor, Beu —dije sintiéndome incómodo—. Lo que me estás contando no debe de ser muy placentero para ti». «La experiencia tampoco lo fue —dijo tan fríamente como si estuviera hablando de otra persona—. Una mujer que tiene que sufrir el ser víctima de una violación, por lo menos debería ser bien violada. Su tepule defectuoso sólo podía penetrar hasta su cabeza o bulbo o como sea que llaméis a eso. Y a pesar de todos sus esfuerzos y gruñidos, ni siquiera lo pudo mantener allí. Cuando al fin emitió su jugo, éste simplemente goteó sobre mi pierna. No sé si hay diferentes grados de virginidad, pero creo que todavía me puedo llamar virgen. Pienso también, que ese hombre se sintió más humillado y avergonzado que yo. Ni siquiera me pudo mirar a los ojos mientras me desvestía otra vez, para que pudiera recoger esas horribles vestiduras de templo y llevárselas con él». No pude evitar decir: «Realmente no me suena como si fuera…». «¿Como si fuera el típico mexica, sanguinario y muy macho? ¿Como Zaa Nayàzú? —Bajando la voz me susurró—: Dime la verdad, Zaa, ¿ha quedado mi hermana realmente satisfecha en su lecho conyugal?». «Por favor, Beu. Eso es vergonzoso». Ella soltó una blasfemia: «¡Gi zyabà! ¿Qué puede ser vergonzoso para una mujer ya degradada? ¿Si tú no me lo dices, por qué no me lo demuestras? Pruébame que eres un marido adecuado. Oh, no te pongas colorado o te vayas. Recuerda que yo te vi una vez haciéndolo con mi madre, pero nunca nos dijo después si habías sido bueno para eso o no. Estaré muy contenta de saberlo por experiencia propia. Ven a mi cuarto. ¿Por qué has de tener escrúpulos en tomar a una mujer que ya ha sido utilizada? Aunque no mucho, por supuesto, pero…».

Cambié de tema con firmeza: «Le dije a Zyanya que te llevaría conmigo a Tenochtitlan si estabas sufriendo o en algún peligro. Tenemos una casa con bastantes habitaciones. Te lo pregunto, Beu, si encuentras tu situación intolerable aquí, ¿te vendrías con nosotros?». «Imposible —gritó—. ¿Vivir bajo tu mismo techo? ¿Cómo puedo ignorarte allí, como has sugerido?». Sin poder contenerme por más tiempo, le grité: «He hablado con cortesía, con contrición, con simpatía y con el cariño de un hermano. Te he ofrecido que empieces otra vez en un buen hogar, en una ciudad diferente, en donde puedas levantar la cabeza y olvidar el pasado. Pero tú sólo me contestas con burlas, despectivamente y con malicia. Me iré por la mañana, mujer, ¡y puedes venir conmigo si quieres!».

Ella no quiso.

Llegamos a la ciudad capital de Záachilà, para seguir en mi papel de comerciante. Otra vez visité al Bishosu be’n zaa quien me recibió en audiencia y le conté mi mentira: como había estado vagando por la nación chiapa y como hasta hacía muy poco había sabido sobre los sucesos del mundo civilizado, le dije: «Como el Señor Kosi Yuela debe de haber adivinado, fue por mi instigación que Auítzotl trajo a sus hombres a Uaxyácac. Así es que me siento en la necesidad de pedir algunas disculpas». Él hizo un gesto como no dándole importancia. «Cualesquiera que hayan sido las intrigas en las que nos vimos envueltos, no tienen la menor importancia. Estoy muy contento de que su Venerado Orador viniera con buenas intenciones y estoy satisfecho de que la larga animosidad que había entre nuestras naciones, haya cedido finalmente, además de que no tengo nada que objetar en recibir un tributo tan rico como el púrpura». Yo le dije: «Sin embargo los hombres de Auítzotl tuvieron una conducta reprobable en Tecuantépec. Simplemente como un mexica debo pedir disculpas por eso». «No culpé a Auítzotl. Ni siquiera culpo mucho a sus hombres».

Debí de mostrar mi sorpresa, porque me explicó: «Su Venerado Orador se movió con rapidez para detener los ultrajes. A los peores los mandó matar por medio del garrote y a los demás los aplacó con promesas, que estoy seguro de que cumplirá. Luego pagó para expiar esos estragos o por lo menos lo más que se hubiera podido pagar por ellos. Nuestras naciones, probablemente, estarían en estos momentos en guerra si no hubiera sido porque actuó rápida y honorablemente. No, Auítzotl estaba ansiosamente humilde por restaurar las buenas relaciones». Era la primera vez que oía describir al colérico Monstruo del Agua con el apelativo de humilde. «Sin embargo, había otro hombre, un hombre joven, su sobrino. Uno que estaba al mando de los mexica mientras nosotros conferenciábamos y fue cuando empezó el tumulto. Ese joven lleva un nombre que nosotros la Gente Nube detestamos por una razón histórica, él se llama Motecuzoma, y creo que ha heredado el deseo sanguinario de su tocayo. También creo que él vio como un signo de debilidad la alianza que Auítzotl concertó con nosotros. Pienso que desea a los be’n zaa como vasallos de los mexica y no como iguales. Tengo la fuerte sospecha de que él fomentó ese motín, con la esperanza de que nos degolláramos los unos a los otros, otra vez. Si usted puede hacerse oír de Auítzotl, joven mercader, le sugiero que le insinúe unas palabras para prevenirle acerca de su sobrino. Enaltecido de repente, este nuevo Motecuzoma, si llega a tener cualquier tipo de posición en el poder, podría arruinar todo el bien que su tío pudiera buscar para su satisfacción».

En el camino-puente hacia Tenochtitlan, en donde la ciudad iba apareciendo ante nosotros, luminosamente blanca contra el crepúsculo rojizo como el color de la tórtola, mandé a mis hombres adelante de dos en dos. La noche ya había caído cuando puse un pie en la isla y la ciudad estaba iluminada por las llamas de las antorchas, de los candiles y las lámparas. A través de esa parpadeante iluminación, pude ver que mi casa ya estaba terminada y que tenía una fachada muy bonita, pero no pude apreciar todos los detalles exteriores; ya que había sido construida sobre pilares más o menos de mi estatura, tuve que subir una pequeña escalera para entrar. Fui admitido por una mujer de mediana edad, que obviamente era una nueva esclava, ya que nunca antes la había visto. Ella se presentó como Teoxihuítl, o Turquesa, y dijo: «Cuando los portadores llegaron, mi señora subió al piso de arriba, para que usted pudiera hablar en privado con los hombres sobre sus negocios. Ella le esperará en la alcoba, mi amo».

La mujer me guió hacia una habitación que estaba en la planta baja, en donde mis siete compañeros estaban devorando una comida fría, que ella tuvo que preparar con precipitación. Después de que me dio a mí también un plato de comida y de que todos apaciguamos nuestra hambre, los hombres me ayudaron a mover la pared falsa del cuarto secreto y a guardar nuestros fardos allí, en donde ya habían sido almacenadas otras mercancías. Luego, les pagué el salario que les correspondía de regreso y les di más de lo que les había prometido, ya que se habían portado admirablemente. Todos besaron la tierra ante mí cuando se fueron, después de hacerme jurar que los citaría otra vez si concebía otros proyectos que fueran del agrado de siete viejos guerreros, que de otra forma estarían en el ocio de la paz y del aburrimiento.

En el piso de arriba, encontré el cuarto sanitario exactamente como le había dicho al arquitecto que lo quería: tan completo y eficiente como aquellos que se vaciaban solos y que había utilizado en los palacios. En el cuarto de vapor adyacente, la esclava Turquesa ya había colocado y calentado las piedras al rojo vivo y cuando terminé mi primer baño, dejó caer agua sobre ellas para producir una nube de vapor. Sudé allí por un rato y luego regresé al estanque de baño otra vez, hasta que estuve seguro de que todo el polvo, la suciedad y el mal olor del viaje estaban fuera de mis poros.

Cuando pasé desnudo de allí a la recámara, encontré a Zyanya igualmente desnuda y recostada sobre los suaves cobertores de la cama en una posición incitadora. Sólo había en la habitación la pequeña luz roja de un brasero, pero era suficiente para alumbrar su mechón de pelo pálido y delinear sus pechos puntiagudos. Cada uno de ellos era una bella semiesfera simétrica, en cuyas cumbres se encontraban sus pequeñas aureolas como otras esferitas, exactamente como ustedes pueden ver a través de la ventana el perfil del Popocatépetl, mis señores frailes; un cono sobre otro cono. No, por supuesto que no tengo necesidad de explicarles estos detalles. Sólo quería decirles qué fue lo que alteró mi pulso, mientras me encaminaba hacia Zyanya. Yo le dije: «Tengo noticias que darte, pero pueden esperar». «Entonces deja que esperen», respondió ella con un susurro de voz y sonrió alargando su mano para alcanzarme.

Después le di las noticias que traía sobre Beu Ribé; de que estaba sana y salva, pero que era muy infeliz. Me alegro de que hubiéramos hecho primero el amor, ya que le proporcioné a Zyanya la languidez usual que da al último el placer satisfecho, con lo cual tenía la esperanza de que las palabras que dijera fueran o resultaran más suaves. Le conté el encuentro infortunado que Beu Ribé tuvo con el oficial mexica y traté de que se pareciera, tal como Beu lo había hecho, más a una farsa que a una tragedia.

Concluí diciéndole: «Pienso que es su orgullo obstinado el que hace que se quede allí, atendiendo la hostería. Tiene la determinación de no tomar en cuenta lo que la gente del pueblo pudiera pensar de ella, ya sea que sientan vergüenza o simpatía por ella. No dejará Tecuantépec por ninguna buena razón o por una vida mejor, porque eso sería tomado como un signo de debilidad por parte de ella». «Pobre Beu —murmuró Zyanya—. ¿Hay algo que podamos hacer por ella?». Reprimiendo mi propia opinión acerca de la «pobre Beu», medité y dije al fin: «No puedo pensar en otra cosa, más que tú sufras una desgracia. Si tú, que eres su única hermana, la necesitaras con desesperación, creo que vendría a verte. Pero no provoquemos a los dioses. No dejemos que un infortunio nos ponga a prueba».

Al día siguiente, cuando Auítzotl me recibió en su horrible salón del trono, otra vez conté la historia que había inventado; que había ido a ver si la hermana de mi esposa no había sufrido ningún percance en el saqueo de Tecuantépec, y que mientras estuve allí aproveché la oportunidad para ir un poco más hacia el sur, para procurarme más cristales para encender. Otra vez, ceremoniosamente le regalé uno y él me dio las gracias entusiasmado.

Entonces, antes de traer a colación un tema que estaba seguro que se le saltarían los ojos y pondría su irascibilidad al rojo candente, le dije algo que aplacaría su carácter. «En mis viajes, Señor Orador, he llegado hasta la costa de la tierra del Xonocochco, desde donde proviene la mayor parte de nuestro algodón y de nuestra sal. Pasé dos días entre la Gente Mame, en su aldea principal de Pijijía y los ancianos me llevaron a su consejo. Deseaban que yo trajera un mensaje al Uey-Tlatoani de los mexica». Él se encogió de hombros con indiferencia: «Dígame el mensaje». Yo dije: «Sepa usted, mi señor, que el Xoconochco no es una nación, sino simplemente una vasta extensión de tierra fértil, habitada por varios pueblos: Los mame, los mixe, los comiteca y otras tribus aún más pequeñas. Sus territorios se encuentran en esa extensión de tierra y están aliados por medio de esas tribus de ancianos como la de Pijijía. El Xoconochco no tiene una capital principal o un cuerpo de gobierno, ni un ejército». «Interesante —murmuró Auítzotl—. Pero no mucho». Continué sin dejarme apabullar: «Al este del Xoconochco, que es rico en huertos frutales, está la selva improductiva de la nación de Quautemalan, El Bosque Enmarañado. Sus nativos, los quiché y lacandón, son descendientes degenerados de los maya. Son pobres, sucios y flojos y en tiempos pasados fueron considerados como muy despreciables. Sin embargo, recientemente han sacado energías para salir de Quautemalan e invadir los territorios del Xoconochco. Esos desgraciados amenazan con hacer sus correrías más frecuentes, hasta convertirlas en una guerra continua, a menos de que los pueblos del Xoconochco estén de acuerdo en pagarles un gran tributo en algodón y sal». «¿Tributo? —gruñó Auítzotl, al fin interesado—. ¡Nuestro algodón y nuestra sal!». «Sí, mi señor. Pues bien, es difícil poder esperar que un puñado de recolectores de sal y algodón, y simples pescadores puedan defender fieramente sus tierras. Sin embargo, han tenido las suficientes agallas como para encolerizarse ante esas demandas arrogantes. No están dispuestos a darles a los quiché y lacandón lo que nos han estado vendiendo formalmente y con provecho a nosotros los mexica. Ellos piensan que nuestro Venerado Orador debería sentirse igualmente ultrajado ante esta idea». «Ahorre su énfasis en lo que es obvio —rezongó Auítzotl—. ¿Qué es lo que sus ancianos proponen? ¿Que nosotros entremos en guerra con Quautemalan por ellos?». «No, mi señor. Ellos ofrecen darnos el Xoconochco». «¿Qué?». Él se tambaleó honestamente sorprendido. «Si el Uey-Tlatoani acepta las tierras del Xoconochco como un nuevo dominio, sus pequeños gobernantes abandonarán sus puestos y todas sus tribus dejarán a un lado sus identidades y todas sus gentes jurarán lealtad a Tenochtitlan, como mexica voluntarios. Sólo piden dos cosas: que les sea permitido seguir viviendo y trabajando como siempre lo han hecho, sin que se les moleste, y que continúen recibiendo un pago por su trabajo. Los mame, hablando por todas las demás tribus, quieren pedir que un noble mexica sea enviado como gobernante y protector del Xoconochco y que una fuerte guarnición de tropas mexica se establezca y sea mantenida allí permanentemente». Viéndose muy complacido y hasta deslumbrado por el cambio, Auítzotl murmuró para sí: «Increíble. Una tierra rica, libre para ser tomada. Dada libremente. —Dirigiéndose hacia mí, me dijo mucho más calurosamente de lo que nunca antes se había dirigido a mí—: No siempre nos traes problemas y molestias, joven Mixtli». Yo callé modestamente. Él continuó pensando en voz alta: «Éste sería el dominio más lejano de la Triple Alianza. Si ponemos un ejército allí, el Único Mundo tendría un amplio dominio de mar a mar, entre dos mandíbulas. Las naciones que quedaran cercadas por éstas siempre se lo pensarían antes de causarnos problemas, pues esas quijadas se cerrarían y las aplastarían. Vivirían siempre con temor, sumisas y serviles…». Yo volví a hablar: «Puedo hacerle notar otra ventaja, Señor Orador. Ese ejército, aunque esté muy lejos de aquí, no necesita ser mantenido por Tenochtitlan. Los ancianos de los mame me prometieron que lo mantendrían y lo aprovisionarían sin restricción. Los guerreros vivirán muy bien en la abundancia del Xoconochco».

«¡Por Huitztli que lo haremos! —exclamó Auítzotl—. Por supuesto que nosotros presentaremos esta proposición a nuestro Consejo de Voceros, pero sólo será una formalidad». Yo dije: «También, mi señor, podría decir al Consejo de Voceros que una vez que la guarnición esté establecida, las familias de los guerreros podrían ir a reunírseles. Proveedores y comerciantes podrían seguirlos, y quizás otros mexica que quisieran dejar estas tierras del lago, ya muy abarrotadas de gente y asentarse en las amplias tierras del Xoconochco. La guarnición llegaría a ser una semilla de colonización, y aunque más pequeña que Tenochtitlan, quizás algún día llegue a ser la segunda gran ciudad de los mexica». Él dijo: «Sus sueños no son pequeños, ¿verdad?». «Quizás me tomé una libertad, Venerado Orador, al mencionar esta posibilidad de colonización al Consejo de Ancianos de los mame. Sin embargo, lejos de objetar, ellos me dijeron que se sentirían muy honrados si su tierra llegara a ser con el tiempo, por decirlo así, la Tenochtitlan del sur».

Él me miró con aprobación y tamborileó con sus dedos por un momento antes de hablar. «En su condición civil, usted no es más que un mercader contando semillas de cacao y en el rango militar un simple tequíua…». «Por la cortesía de mi señor», dije humildemente.

«Y todavía sobre eso, usted, un don nadie, viene a darnos toda una nueva provincia, mucho más valiosa que cualquier otra anexada por tratado o por conquista, desde la época reinante de nuestro estimado padre Motecuzoma. También este hecho debe ser presentado a la atención de nuestro Consejo de Voceros». Yo dije: «La mención de Motecuzoma, mi señor, me recordó algo».

Y le dije lo que me costaba tanto trabajo repetir: las palabras ásperas y suspicaces del Bishosu Kosi Yuela acerca de su sobrino. Como ya lo esperaba, Auítzotl empezó a bufar, a resoplar y a ponerse colorado visiblemente, pero su ira no estaba dirigida a mí. Él dijo en un tono de exasperación: «Ahora comprendo. Como sacerdote, el joven Motecuzoma era muy celoso de dos cosas. Una, prestarle una infatigable obediencia a cada una de las más triviales e imbéciles supersticiones, impuestas por los dioses, y otra trataba siempre de abolir cualquier falla o debilidad en él mismo, como en los otros. Nunca rabiaba o echaba espuma por la boca, como muchos de nuestros sacerdotes lo hacen; sino que siempre permanecía frío e inalterable. Una vez que dijo algo que le pareció que no era del agrado de los dioses, se perforó la lengua y pasó a través de ella un hilo en el que estaban anudadas unas veinte espinas de maguey. Lo mismo hacía cuando un mal pensamiento cruzaba por su mente; se agujereaba en la base de su tepule y se castigaba de la misma manera con un hilo de espinas. Bien, ahora que ha llegado a ser un militar, parece ser que es igualmente fanático en la manera de hacer una guerra. Parece que al tener el mando por primera vez, el cachorro de cóyotl ha doblado la fuerza de sus músculos, en contra del orden y del buen gobierno…».

Auítzotl hizo una pausa. Cuando continuó, pareció como si otra vez pensara en voz alta. «Sí, naturalmente que desearía vivir sobre el nombre de su abuelo, El Señor Furioso. El joven Motecuzoma no está contento con que reine la paz entre nuestra nación y las otras, ya que así no tendrá muchos adversarios a quienes desafiar. Quiere ser respetado y temido como a un hombre de puño duro y voz fuerte, pero un hombre debe ser algo más que eso, o se humillará cuando se enfrente a un puño más duro o una voz más fuerte». Yo me aventuré a decir: «Tengo la impresión, mi señor, de que el Bishosu de Uaxyácac tiene terror a la posibilidad de que Motecuzoma El Joven llegue a ser algún día el Uey-Tlatoani de los mexica». En esos momentos Auítzotl me miró directamente y dijo con frialdad: «Kosi Yuela estará muerto mucho antes de que tenga que preocuparse por unas nuevas relaciones con algún otro Uey-Tlatoani. Nosotros sólo tenemos cuarenta y tres años y pensamos vivir mucho más. Antes de que nosotros muramos o chocheemos, dejaremos saber al Consejo de Voceros quién será nuestro sucesor. Aunque nosotros hemos olvidado cuántos de nuestros veinte hijos son varones, es seguro que entre ellos debe de encontrar otro Auítzotl. Tenga en mente Tequíua Mixtli, que el tambor más ruidoso es el más hueco y que su único servicio o función es estar en pie para ser golpeado. Nosotros no pondremos sobre el trono a un tambor hueco como nuestro sobrino Motecuzoma. ¡Recuerde mis palabras!».

Las recordé. Las recuerdo con tristeza.

Le tomó algún tiempo al Venerado Orador tranquilizarse de su momentánea indignación. Después dijo con suavidad: «Le damos las gracias, Tequíua Mixtli, por la oportunidad de establecer esa guarnición en el lejano Xoconochco. Será la siguiente asignación para el joven Señor Furioso. Recibirá la orden de salir inmediatamente hacia el sur, para construir, establecer y tomar el mando en ese distante lugar. Sí, tendremos a Motecuzoma ocupado y a salvo, lejos de nosotros, o si no, pudiera ser que nosotros nos sintiéramos tentados a utilizar nuestro puño en contra de los que llevan nuestra propia sangre».

Pasaron algunos días, y el tiempo que no estuve en la cama, familiarizándome con mi esposa, lo pasé acostumbrándome a mi primera casa. Su exterior estaba hecho con la piedra caliza de Xaltocan, deslumbrantemente blanca y decorada modestamente con algunas filigranas talladas, ninguna de ellas embellecidas por el color. Para los transeúntes, no era más que la casa típica de un pochtécatl con éxito, pero no demasiado próspero. Adentro, sin embargo, sus acabados eran mucho más finos y olía a nuevo y no al humo, a la comida, al sudor y a viejas rencillas, como olía con sus anteriores habitantes. Todas las puertas eran de hermoso cedro tallado, y se movían sobre pivotes puestos arriba y abajo, teniendo también una cerradura de aldaba con un broche de picaporte. Los huecos de las ventanas daban hacia los muros de enfrente y de atrás, y todas ellas tenían celosías de tablitas que se enrollaban.

El piso de abajo —que no descansaba en el suelo como ya he dicho— tenía una cocina, otra habitación separada para el comedor y otra todavía más grande, en la cual podíamos entretener a un grupo de invitados o podía atender mis negocios con los socios que me visitaran. Como allí no había suficiente espacio como para hacer un cuarto para criados, Turquesa simplemente se enrollaba en una cobija y se acostaba sobre su pétlatl, alfombrilla, en la cocina, después de que nosotros nos habíamos ido a la cama. En el piso de arriba se encontraba nuestra estancia y otra para las visitas, cada una de ellas con su sanitario y su baño de vapor; había también otra más pequeña a la que de momento no hallé ningún propósito, hasta que Zyanya me dijo sonriendo tímidamente: «Algún día puede haber un niño, Zaa. Quizás niños. Así, esta habitación es para ellos y su niñera».

La azotea de la casa era plana, circundada por una balaustrada de piedras y cemento con un diseño calado, más o menos de la altura de mi cintura. Toda la superficie ya había sido preparada con la rica tierra de labranza de los chinampa, lista para plantar las flores, los arbustos de sombra y las hierbas de cocina. Nuestra casa estaba rodeada por otros edificios más altos, así es que no teníamos vista al lago, pero podíamos contemplar los dos templos gemelos en lo alto de la Gran Pirámide, los picos de los volcanes, el humeante Popocatépetl y el dormido Ixtaccíhuatl. Zyanya había amueblado todos los cuartos, tanto arriba como abajo, con las cosas más necesarias; las camas con sus varios cobertores, guardarropas de mimbre, unas cuantas icpaltin, sillas bajas, y bancas. Así es que en los cuartos cualquier sonido producía eco por lo vacíos que estaban, sus pisos de madera brillaban pues no tenían alfombras todavía, y sus lisos muros encalados estaban sin adornar. Ella dijo: «Pienso que los muebles más importantes, los ornamentos y tapices para colgar en las paredes, debe escogerlos el hombre de la casa». «Visitaremos los talleres y los mercados juntos —dije—. Sólo iré para estar de acuerdo con lo que tú escojas, y para pagar».

Con la misma deferencia, ella había comprado la única esclava, y Turquesa era suficiente para ayudar a Zyanya en el trabajo de la casa. Sin embargo, decidí adquirir otra mujer para compartir las labores diarias de cocinar, limpiar y demás, y también un esclavo que hiciera el trabajo duro, atendiera el jardín-azotea, llevara recados y cosas por el estilo. Para ese trabajo pesado, adquirimos un esclavo no muy joven, pero todavía fuerte y aparentemente listo, llamado según la patética manera grandilocuente de la clase de los tlacotli, Citlali-Cuicani, o sea Estrella Cantadora; también conseguimos a una joven criada llamada, contrariamente a la costumbre de los esclavos, Quequelmiqui, que quiere decir Cosquillosa. Quizá mereció ese nombre, porque constantemente se estaba riendo de la manera más tonta y sin motivo.

Inmediatamente, en sus ratos libres, mandamos a los tres, a Turquesa, a Estrella Cantadora y a Cosquillosa, a estudiar a la nueva escuela fundada por mi joven amigo Cózcatl. Su más grande ambición, en aquellos días en que era un niño esclavo, había sido aprender todos los rudimentos necesarios para atender el Puesto doméstico más alto en la casa de un noble, o sea el de Mayordomo. Pero para entonces se había elevado considerablemente sobre su posición, poseyendo una casa estimable y una fortuna propia. Así es que Cózcatl había convertido su casa en una escuela para adiestrar sirvientes, es decir, para hacer de ellos los mejores sirvientes.

Él me dijo con orgullo: «Por supuesto que he contratado a los mejores maestros para enseñar los trabajos básicos como cocina, jardinería, bordado; cualquier cosa en que los estudiantes quieran sobresalir. Pero soy yo quien les enseña a tener maneras elegantes, que de otra manera sólo podrían aprender a lo largo de mucho tiempo de experiencia, si es que lo aprenden. Ya que he trabajado en dos palacios, mis estudiantes prestan mucha atención a mis enseñanzas, aun cuando la mayoría de ellos son mucho mayores que yo». «¿Maneras elegantes? —dije—. ¿Para simples criados?». «Así no serán simples criados, sino valiosos miembros de la casa. Les enseño cómo comportarse con dignidad, en lugar de la actitud servil y obsequiosa usual, y también cómo anticiparse a los deseos de sus amos antes de que ellos se los digan. Un mayordomo, por ejemplo, aprende a tener siempre preparado el poquíetl, para que su amo fume. La mujer que está al mando de la casa, aprende a avisar a su ama cuáles son las flores que están floreciendo en su jardín; así su señora puede pensar con anticipación qué arreglos florales quiere en sus habitaciones». Yo dije: «Con toda seguridad, un esclavo no podría pagar tus enseñanzas». «Pues, no —admitió—. Como todos mis estudiantes están trabajando como domésticos, como los que tú me trajiste, los que pagan son sus amos. Sin embargo, al estudiar aumentarán sus habilidades y su valor, de tal manera que ganarán promociones entre sus amos, o podrán ser vendidos por más dinero, lo que quiere decir que necesitarán reemplazarlos, por lo que puedo ver una gran demanda de graduados de mi escuela. Eventualmente, podré comprar esclavos en el mercado, adiestrarlos, buscarles colocación y cobrarles de los salarios que ganen». Yo asentí y dije: «Eso sería una cosa muy buena para ti, para ellos y para las personas que los empleen. Es una idea ingeniosa, Cózcatl. No solamente has encontrado tu lugar en el mundo, sino que has tallado un nicho, completo y nuevo, en donde nadie cabe tan bien como tú». Él dijo con humildad: «Pero nunca lo hubiera podido hacer si no hubiera sido por ti, Mixtli. Si no nos hubiéramos aventurado juntos, probablemente todavía estaría trabajando muy duro, en algún palacio de Texcoco. Y mi buena suerte se la debo al tonali, ya sea al tuyo o al mío, que unió nuestras vidas».

Y yo también, pensé mientras caminaba lentamente hacia mi casa, estaba en deuda con un tonali que una vez juzgué caprichoso y hasta maligno. Ese tonali me había causado problemas, pérdidas y desdichas, pero también me había hecho un hombre de propiedad, un hombre rico, un hombre que se había elevado de la posición social que por derecho de nacimiento le correspondía, un hombre casado con una de las mujeres más deseables y un hombre todavía lo suficientemente joven como para seguir explorando y haciendo descubrimientos en el futuro.

Mientras me encaminaba a mi cómoda casa y hacia el abrazo de bienvenida de Zyanya, estaba contento por haber echado a volar mi gratitud hacia el cielo, supuesta residencia de los dioses mayores. «Dioses —dije, no en voz alta sino en mi mente—, si existen los dioses y si ésos sois vosotros, os doy las gracias. Algunas veces, me habéis quitado con una mano mientras me dabais con la otra. Pero en la cuenta total, me habéis dado más de lo que me habéis tomado. Beso la tierra ante vosotros, dioses». Y los dioses debieron de sentirse contentos con mi gratitud, pues no perdieron el tiempo en componer las cosas, de tal manera, que cuando entré a la casa me encontré con un paje de palacio que me estaba esperando para que me presentara ante Auítzotl. Sólo me entretuve lo suficiente como para darle un beso de saludo y despedida a Zyanya y luego seguí al muchacho a través de las calles Del Corazón del Único Mundo.

Era bastante noche cuando regresé a casa otra vez y llegué vestido de muy diferente manera y más que ligeramente borracho. Cuando nuestra criada Turquesa me abrió la puerta, perdió toda la serenidad que pudo haber aprendido durante su primer día en la escuela de Cózcatl. Me miró, a mí y mi profusión de plumas desordenadas, y dando un grito penetrante, huyó hacia la parte de atrás de la casa. Zyanya vino mirando con ansiedad. Ella dijo: «¡Zaa, estuviste tanto tiempo afuera…! —Entonces también dio un grito y reculó exclamando—: ¿Qué te hizo ese monstruo de Auítzotl? ¿Por qué está sangrando tu brazo? ¿Qué traes en tus pies? ¿Qué es eso que llevas en la cabeza? ¡Zaa, di algo!». «Hola», murmuré estúpidamente, hipando. «¿Hola? —repitió haciendo eco, sorprendida ante ese saludo absurdo. Entonces dijo enojada—: Sea como sea, estás borracho». Y se fue hacia la cocina.

Me dejé caer con cuidado sobre una icpali, silla, pero me puse de pie rápidamente, otra vez, y quizás a bastante altura sobre el suelo, cuando Zyanya dejó caer una jarra de agua, estremecedoramente fría, sobre mi cabeza. «¡Mi yelmo!», grité, cuando dejé de temblar y de farfullar. «¿Es un yelmo? —dijo Zyanya, mientras yo forcejeaba por quitármelo y secarlo antes de que el agua lo echara a perder—. A mí me pareció como si estuvieras agarrado por el pico de un ave gigante». «Mi señora esposa —dije con la augusta sobriedad del que está medio borracho—, podrías haber arruinado esta noble cabeza de águila. Y en estos momentos estás parada en una de mis garras. Y mira… mira nada más, mis pobres plumas desaliñadas». «Ya lo veo. Ya lo estoy viendo», dijo ella, con voz ahogada y entonces me di cuenta de que estaba tratando con todas sus fuerzas de no soltar la carcajada. Me dijo con frases cortas, tratando de mantener firme la voz, después de cada una: «Zaa, quítate ese traje tonto. Ve al cuarto de vapor. Suda un poco el octli que tienes adentro. Límpiate la sangre de tu brazo. Y luego, por favor, ve a la cama y explícame… explícame todos los…». No pudo contener más la risa, que brotó a carcajadas. «¿Cómo que un traje tonto? —dije, tratando de que mi voz se oyera a la vez, presuntuosa y herida—. Sólo una mujer puede ser tan insensible ante una insignia de tan alto honor. Si fueras un hombre, te arrodillarías en reverencia y admiración, y me felicitarías. Pero no. He sido ignominiosamente empapado y te has reído de eso». Después de lo cual, me volví y subí majestuosamente las escaleras, aunque con algunas cuantas caídas ocasionales, debido a mis sandalias de largas garras, y fui a remojarme el mal humor al cuarto de vapor.

Si tuve una conducta tan lúgubremente colérica se debió a que tuve un recibimiento de regocijada indulgencia en el día que debió ser el más solemne de mi vida. Ni diez o veinte mil de mis compatriotas llegarían a ser jamás lo que yo llegué a ser en ese día, un Tlamahuichihuani Cuaútlic, o sea un Campeón de la Orden del Águila, de los mexica.

Más tarde, me sentí mortificado conmigo mismo, por haberme quedado dormido en el cuarto de vapor, y porque de alguna manera Zyanya y Estrella Cantadora tuvieron que llevarme a la cama totalmente inconsciente. Así es que no fue sino hasta la siguiente mañana, cuando me desperté ya tarde, que le pude contar a Zyanya coherentemente lo que había pasado en palacio, mientras sorbía en la cama una taza de chocólatl caliente, con el objeto de disminuir el poderoso peso de mi jaqueca.

Auítzotl estaba solo en el salón del trono cuando llegué, siguiendo al paje, y me dijo con brusquedad: «Nuestro sobrino Motecuzoma dejó Tenochtitlan esta mañana, guiando una fuerza considerable que será la guarnición del Xoconochco. Como se lo prometimos, nosotros mencionamos ante el Consejo de Voceros el admirable papel que usted desempeñó en la adquisición de ese territorio y se decidió que usted fuera recompensado por ello».

Hizo una seña al paje y éste se fue; un momento después la habitación se empezó a llenar con otros hombres. Había esperado que fueran el Mujer Serpiente, varios de los viejos tlamatínime y otros miembros del Consejo de Voceros, pero cuando miré a través de mi topacio me quedé sorprendido, pues todos ellos eran viejos guerreros —los más grandes guerreros—, todos ellos campeones Águila, con sus trajes de batalla, completamente emplumados, sus yelmos de cabeza de águila, sus alas plegadas a sus brazos y sus sandalias de garras en sus pies.

Auítzotl me presentó con cada uno de ellos, los más grandes jefes capitanes de la Orden del Águila y dijo: «Ellos han votado, Mixtli, por unanimidad, para elevarlo del grado insignificante de tequíua, al más alto grado de su orden, el campeonato».

Y por supuesto, hubo varios rituales que se llevaron a efecto. Como me había quedado mudo de la sorpresa, tuve que hacer un esfuerzo para encontrar mi voz y poder hacer todos los juramentos: que sería fiel y pelearía hasta morir por la Orden del Águila, por la supremacía de Tenochtitlan, por el poder y el prestigio de la nación mexica, por la preservación de la Triple Alianza. Tuve que hacer un corte en mi antebrazo, pues los campeones lo hacían así, para poder restregar mi antebrazo con los otros y así mezclar nuestra sangre en hermandad.

Luego me dieron mi traje acojinado con todos sus adornos, así es que mis brazos se convirtieron en anchas alas, mi cuerpo se cubrió de plumas y mis pies, con las fuertes garras del águila. La culminación de la ceremonia fue el momento de mi coronación con el yelmo: una cabeza de águila hecha de madera, papel endurecido y plumas pegadas con goma. Su ancho pico se abría, sobresaliendo por encima de mi frente y bajo mi barbilla, y sus ojos brillantes de obsidiana quedaban en alguna parte atrás de mis oídos. Me dieron, también, otros emblemas de mi nuevo rango: un escudo de cuero muy fuerte, con el glifo de mi nombre trabajado en plumas al frente; un brillante gallardete sobre un asta, que llevaría como banderola para reunir a mis hombres a mi alrededor en el campo de batalla; las pinturas que harían que mi cara se viera más feroz, y el pendiente de oro que llevaría en la nariz, cuando me la agujereara para eso…

Después, cargado con todos esos atavíos abrumadores, me senté junto a Auítzotl y con los otros campeones, mientras los sirvientes de palacio servían un banquete opulento y muchas jarras del mejor octli. Tuve que pretender que comía bastante, ya que para entonces estaba tan borracho y excitado que casi no tenía apetito. No hubo manera, pues, de eludir tanta bebida en respuesta a los numerosos y vociferantes brindis: por mí, por los campeones Águila allí presentes, por los campeones Águila que habían muerto espectacularmente en el pasado, por nuestro comandante supremo Auítzotzin, para que perdurara el gran poderío de los mexica… Después de un rato, no supe ni por qué brindábamos. Por todo esto, cuando al fin me dejaron salir del palacio estaba algo más que mareado y mi nuevo y espléndido traje, algo más que desarreglado.

«Estoy orgullosa de ti, Zaa y también muy feliz por ti —dijo Zyanya, cuando terminé de contarle todo—. En verdad que es un gran honor. Y ahora, mi guerrero esposo, ¿qué gran hazaña piensas hacer? ¿Cuál será tu primera muestra de valor, como un campeón Águila?». Yo dije débilmente: «¿No tenemos que ir hoy a comprar las flores, cuando la flota de canoas llegue de Xochimilco? ¿Flores para plantar en nuestro jardín-azotea?».

Mi cabeza me dolía tanto como para que me esforzara más, así es que ni siquiera traté de comprender por qué Zyanya, como lo había hecho la noche anterior, soltó la carcajada.