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Recorrimos con la furgoneta de Claudia todos los paseos marítimos de la ciudad dos y tres veces sin decir ni una sola palabra. Cuando vi que ya había pasado una hora, le pregunté si podíamos ir a comisaría. Dijo que sí. Sin ningún tono especial, sin ningún color en la voz.

Fuimos a comisaría y le tomaron declaración. Estaba Tancredi y estaba una agente de aspecto y modales amables. Redactaron la historia que ya había contado Tancredi cuando aún estábamos en casa de Martina.

No fue necesario mucho y Claudia firmó sin leer.

Cuando pregunté si mis declaraciones también tenían que constar en acta, Tancredi me miró unos instantes directamente a los ojos.

—¿Qué declaraciones? Tú entraste allí dentro cuando ya todo había terminado. Entonces, ¿qué declaraciones quieres hacer?

Pausa. Yo miré instintivamente a la chica policía, pero estaba haciendo una fotocopia y no nos prestaba atención.

—Ahora vosotros ya os podéis ir, que a nosotros nos toca trabajar de noche para completar todas las actas que mañana enviaremos a la Fiscalía.

Exacto. ¿Qué declaraciones quería hacer?

No había nada más que añadir y, por consiguiente, Claudia y yo nos fuimos.

Margherita estaba fuera por motivos de trabajo. Me alegré de que no estuviera, porque no me apetecía contar lo ocurrido. No aquella noche, por lo menos. Así que no volví a encender el móvil, que había apagado al entrar en comisaría.

Regresamos a la furgoneta sin decir una sola palabra. Sólo tras habernos sentado Claudia rompió el silencio. Hablaba mirando hacia delante con rostro inexpresivo.

—No tengo ganas de regresar. Me apetece dar una vuelta.

Yo tampoco tenía ganas de regresar. A ningún sitio. Puse en marcha el vehículo sin decir nada. Enfilé la autopista por el peaje Bari-Norte y quinientos metros más allá me detuve en el bar-restaurante de la primera área de servicio. Aunque fuera absurdo, me apetecía comer. De aquella manera provisional, bellísima y sin normas de los largos viajes por carretera. A lo mejor, había entrado en la autopista precisamente por aquel motivo. Tomamos dos capuchinos y dos trozos de tarta. Porque Claudia, absurdamente, también tenía apetito.

En el momento de pagar, le pedí al cajero un encendedor y una cajetilla de MS. Una cajetilla suave que sostuve en la mano unos segundos antes de metérmela en el bolsillo.

Nos pusimos de nuevo en marcha hacia la oscuridad sosegada y acogedora de aquella noche de abril.

—¿Recuerdas que te quería contar una historia?

—Sí.

—Vamos a detenernos en algún sitio donde podamos estar tranquilos.

Unos veinte kilómetros más allá me introduje en una área de descanso; entre los árboles desiertos, oscuros y silenciosos y la débil luz de unas cuantas farolas. El ruido de los escasos automóviles que pasaban como una exhalación llegaba amortiguado y tenía algo de extraño y tranquilizador. Bajamos de la furgoneta y nos sentamos en un banco.

Noches blancas, me vino a la mente. Quiero decir, vi las palabras concretas escritas en la cabeza con caracteres tipográficos. Y las imágenes de la película y las palabras del libro. Un banco y dos personas que no duermen y se pasan la noche hablando. Suspendidas en un universo en suspenso.

Abrí el paquete con calma. Primero el hilo de plata, después el plástico de la parte superior y, a continuación, el papel plateado. Un golpe con el índice y el medio sobre la parte cerrada para hacer salir el cigarrillo.

Cerré los ojos al sentir llegar el humo a los pulmones y el aire fresco a la cara.

Pensé que no me importaba nada de nada mientras fumaba con los ojos cerrados aquel cigarrillo áspero y fuerte. Perdí el contacto; fluctuaba en algún lugar que estaba allí, en aquella área de descanso, y simultáneamente en otro sitio. Muchos años atrás, en una oscuridad y un desconocimiento olvidados y cordiales.

—Yo no soy monja.

Abrí los ojos y me volví hacia ella. Tenía un codo apoyado en la pierna y la cabeza apoyada en la mano. Miraba —o parecía mirar— hacia la negra sombra de un eucalipto.

Me contó aquella historia.

Abrí la puerta y me detuve con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo tras haber dado uno o dos pasos en el interior de la estancia. Él levantó la cabeza y me miró. Había una sombra de estupor en aquellos ojos empañados.

—¿Dónde está Anna?

Mientras contestaba, me di cuenta de que temblaba de pies a cabeza. Piernas, brazos, hombros, mentón.

—Déjala en paz.

Alargó la cabeza hacia mí entornando los ojos en un gesto instintivo. Como si no creyera lo que acababa de oír. Como si no creyera que yo pudiera desafiarlo de aquella manera.

—Dile a Anna que venga inmediatamente aquí.

—Deja en paz a la niña.

Se levantó de la cama.

—Ya te enseñaré yo, pequeña zorra.

Yo temblaba toda, pero me mantuve firme, dos pasos dentro de la estancia. Sólo levanté el brazo derecho cuando él ya estaba muy cerca.

Fue entonces cuando él vio el cuchillo. Era un cuchillo largo, puntiagudo y afilado. De esos que se utilizan para cortar carne. El estaba tan cerca que yo podía ver los pelos que le salían de la nariz y de las orejas. Podía percibir el olor de su cuerpo y de su aliento.

—¿Qué coño crees que vas a hacer con ese cuchillo, zorra?

Fueron sus últimas palabras. Apoyé la mano izquierda en la derecha y empujé con toda la fuerza que tenía. De abajo a arriba y hasta el fondo. El sólo experimentó una sacudida y después, lentamente, apoyó las manos en las mías en un gesto de defensa que entonces ya era inútil. Permanecimos así unidos por un instante interminable, manos en las manos, ojos en los ojos.

En los suyos sólo había un estupor infinito. En los míos no había nada.

Después aparté las manos, retrocedí unos cuantos pasos sin volverme. Y cerré la puerta.

Anna no había oído nada —él no había soltado ni siquiera un gemido— y no se dio cuenta de nada. La cogí de la mano y le dije que teníamos que ir al patio. Ella recogió sus muñecas y me siguió. En determinado momento, mientras bajábamos por la escalera, se detuvo. Y señaló con el dedo.

—Te has hecho daño, Angela. Te sale sangre de la mano.

—No es nada. Me lavo en el grifo del patio.

—Pero te tienes que desinfectar.

—No hace falta. Basta con agua.

Después, los recuerdos son confusos. En secuencias. Algunas cosas nítidas y otras tan oscuras que no se ve nada.

Al cabo de un rato regresó mi madre, pasó por delante de nosotras y subió a casa. No recuerdo si nos saludó o si sólo nos vio. Unos minutos después oímos sus gritos, espantosos. Después, gente que se asomaba a los balcones, o bajaba al patio, o subía a nuestro edificio. Después, silbidos de sirenas y luces intermitentes azules. Uniformes oscuros, una muchedumbre que se apretujaba delante de nuestro portal, las horas que pasaban, la oscuridad que empezaba a caer, la gente que hablaba en voz baja mientras dos hombres con camisa blanca se llevaban una litera con el cuerpo, cubierto por una sábana.

Me quedé allí dentro sujetando la mano de mi hermana hasta que una señora muy amable se acercó y nos dijo que teníamos que ir con ella.

Nos llevaron a un despacho donde también había un hombre y aquella señora nos preguntó si nos apetecía comer algo. Mi hermana dijo que sí; yo contesté que no, gracias, no tenía apetito. Le llevaron un panecillo con jamón y una Coca-cola y cuando terminó de comer nos hicieron unas preguntas. Querían saber si había ido alguien a ver a papá, si habíamos visto a algún desconocido entrar en nuestro edificio, y otras cosas. Yo les pregunté si podían hacer salir a la niña, porque tenía que decirles algo. Se miraron a los ojos y después la señora cogió de la mano a mi hermana y la sacó de aquella estancia.

Cuando volvió a entrar yo ya estaba contando mi historia. Con calma lo conté todo, desde aquella mañana de verano hasta aquel Jueves Santo.

Con calma, sin sentir nada.