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A la mañana siguiente fui al Tribunal directamente desde casa. Tenía un juicio por proxenetismo.
Mi clienta era una ex modelo y actriz de películas porno, acusada de haber organizado un negocio con otras chicas. Junto con otras dos, actuaba de intermediaria entre las chicas y los clientes; trabajaba con el teléfono e Internet y cobraba una comisión sobre las transacciones que llegaban a feliz término. Ella misma se prostituía con algunos clientes muy selectos y muy acaudalados. No gestionaba una casa de citas ni nada por el estilo. Simplemente ponía en contacto la demanda con la oferta. Las chicas trabajaban en casa, ninguna de ellas era explotada; nadie sufría daños.
Con un empeño digno sin duda de mejor causa, la Fiscalía y la policía se habían pasado meses indagando acerca de esta peligrosa organización. Habían efectuado labores de vigilancia, habían detenido a los clientes a la salida de los domicilios de las chicas y, sobre todo, habían pinchado teléfonos y ordenadores.
Al término de la investigación, se había dictado el ingreso en prisión para las tres organizadoras del tinglado. La disposición decía que «el alto grado de peligrosidad social manifestado por las tres investigadas, su capacidad de servirse con soltura, para la puesta en práctica de sus proyectos delictivos, de los medios más sofisticados de la moderna tecnología (teléfonos móviles, Internet, etc.), su habilidad para reiterar conductas antisociales, conduce a considerar indispensable la custodia cautelar en su forma más severa, es decir, la prisión preventiva».
Nadia había permanecido dos meses en la cárcel y otros dos bajo arresto domiciliario, tras los cuales había sido puesta en libertad. En la primera fase del juicio la había representado otro compañero; después había recurrido a mí sin explicarme por qué motivo había querido cambiar de abogado.
Era una mujer elegante e inteligente. Aquella mañana yo tenía que defender su causa en un proceso abreviado, es decir, delante del juez de la audiencia preliminar.
Casi el total de las pruebas en su contra lo proporcionaban los teléfonos y ordenadores pinchados. Sobre la base de los resultados de las grabaciones quedaba claro que Nadia, junto con sus dos amigas, había —tal como se leía en los cargos— «organizado, coordinado, dirigido a un número indeterminado pero en cualquier caso considerable de mujeres dedicadas a la prostitución, sirviendo de intermediaria entre las citadas mujeres y sus clientes y percibiendo por el mencionado servicio y, en general, por el apoyo logístico proporcionado al ilícito tráfico, porcentajes sobre los emolumentos de las meretrices, que oscilaban entre el diez y el veinte por ciento...», etc, etc.
Mientras leía atentamente las actas, me había dado cuenta de que había un vicio de forma en las disposiciones mediante las cuales se habían autorizado los pinchazos. Sobre aquel vicio de forma tenía previsto jugarme el juicio. Si el juez me daba la razón, los pinchazos no se podrían utilizar y quedaría verdaderamente muy poco en contra de mi cliente. Y, por supuesto, no lo suficiente para una condena.
Cuando el secretario judicial pasó lista y Nadia contestó que estaba presente, el juez la miró sin conseguir ocultar una sombra de estupor. Con su traje sastre gris antracita, la blusita blanca, el sobrio e impecable maquillaje, parecía todo menos una puta. Cualquiera que hubiera entrado en la sala y la hubiera visto allí, sentada a mi lado entre las copias del expediente, habría pensado que era una abogada. Sólo que mucho, pero que mucho, más agraciada que la media.
Una vez despachadas las formalidades, el juez dio la palabra a la acusación pública. Era un joven fiscal de aspecto descuidado y aburrido. Sustituía al que había llevado a cabo las investigaciones y no se esforzaba lo más mínimo en disimular su tedio. No me caía demasiado simpático.
Dijo que la responsabilidad penal de la acusada resultaba evidente en las actas del juicio, que el decreto de aplicación de la custodia cautelar ya contenía una reconstrucción completa de los hechos y las responsabilidades y que la pena a cumplir indicada en este caso, indudablemente grave, era la de tres años de reclusión y multa de dos mil quinientos euros. Fin de las conclusiones.
Nadia entornó los ojos un segundo mientras escuchaba aquellas peticiones y meneó la cabeza como si quisiera apartar un pensamiento desagradable. El juez me dio la palabra.
—Señoría. Podríamos defendernos fácilmente de estas acusaciones examinando punto por punto los resultados de las investigaciones y demostrando de qué manera no se deduce de ellos, por parte de mi defendida, una conducta de explotación o tan siquiera de encubrimiento de la prostitución ajena.
Era falso. Examinando punto por punto los resultados de las investigaciones, se deducía con toda claridad que Nadia había organizado, coordinado y dirigido un grupo indeterminado pero en cualquier caso considerable de mujeres dedicadas a la prostitución. Justo eso.
Pero nosotros los abogados funcionamos por reflejo condicionado. Cualquiera que sea la situación, nuestro cliente es inocente, y lo que haga falta. No conseguimos evitarlo.
—Sin embargo, el deber de un defensor —añadí—, es también el de detectar y señalar al juez cualquier cuestión preliminar que permita llegar a una decisión rápida y económica.
Y le expliqué cuál era la decisión rápida y económica. Expliqué que las grabaciones no se podían utilizar porque algunas de las órdenes emitidas carecían por completo de motivo. La ausencia de motivo es un defecto irreparable en cualquier orden de autorización para una intervención telefónica. Dije que, si aquellas intervenciones no se podían utilizar —y, efectivamente, no se podían utilizar—, ni siquiera era posible considerarlas y contra mi cliente no quedaba más que un castillo de arena de conjeturas, etc etc. Mientras me dirigía al juez, hojeaba el expediente.
Cuando terminé, el juez se retiró a la sala de deliberaciones y allí se quedó durante casi una hora. Después salió y leyó una sentencia absolutoria con la fórmula: por falta de pruebas.
Bravo, Guerrieri, me dije mientras el juez leía. Después saludé con gran cordialidad —nosotros los abogados saludamos siempre con cordialidad a los jueces cuando absuelven a nuestros clientes— y abandoné la sala en compañía de Nadia.
Tenía las mejillas arreboladas, como cuando te has pasado mucho rato en un ambiente muy caldeado o estás muy alterado. Sacó un paquete de Marlboro y se encendió un cigarrillo utilizando un zippo.
—Gracias —dijo, tras haber dado un par de ansiosas caladas.
Hice un movimiento de modestia con la cabeza. Pero me sentía muy orgulloso.
Me dijo que pasaría por la tarde por mi despacho. Para saldar las cuentas. Después, tras haberme mirado unos segundos a la cara, me preguntó si podía decirme una cosa. Por supuesto que sí, contesté.
—Usted es un abogado muy bueno, por lo que yo he podido ver. Pero es también algo más. Yo hago un trabajo en el que he aprendido a conocer a los hombres y a reconocer a los que valen la pena. Las pocas, poquísimas veces que los encuentro. Tuve dos abogados antes de usted. Los dos me pidieron, ¿cómo diría?, un complemento de la minuta directamente en sus despachos y cerrando con llave la puerta. Supongo que para ellos debía de ser normal, en el fondo soy una puta y, por consiguiente...
Dio una profunda calada al cigarrillo; yo no supe qué decir.
—Y bueno, usted, aparte de conseguirme la absolución, me ha tratado con respeto. Y eso yo jamás lo olvidaré. Cuando vaya a su despacho le llevaré un libro. Aparte del dinero, claro.
Después me estrechó la mano y se fue.
Decidí irme a tomar un café o cualquier otra cosa. Me sentía tan liviano como después de un examen en la universidad. O de haber ganado un juicio, precisamente.
En el pasillo que conducía al bar, vi delante de mí a Dellissanti en medio de un grupo de pasantes, jóvenes abogados y secretarias. Después de su llamada a mi despacho, no nos habíamos vuelto a hablar.
Mi primer impulso fue dar media vuelta, abandonar el Palacio de Justicia e irme a tomar el café en un bar de la calle. Para evitar el encuentro. Incluso aminoré el ritmo de mis pasos y casi me había detenido cuando oí un vozarrón diciéndome en mi cabeza: «¿pero es que te has agilipollado del todo? ¿Tienes miedo de este fanfarrón y de su banda de esbirros? El café te lo tomas donde te da la gana y ellos que se jodan». Textualmente. A veces me ocurre.
Volví a acelerar el paso, adelanté a Dellissanti y a su séquito fingiendo no verlos y entré en el bar.
Me alcanzaron en la barra mientras estaba pidiendo un zumo de naranja.
—Hola, Guerrieri.
Amable como una pitón.
Me volví como si sólo en aquel momento me hubiera percatado de su presencia.
—Ah, hola, Dellissanti.
—Bueno, pues, ¿qué me dices?
—¿Sobre qué?
—¿Has comprobado lo que te dije? Sobre esa señorita, quiero decir.
No sabía qué contestar. Me fastidiaba darle cualquier tipo de respuesta y aquel hombre sabía cómo poner nervioso a su interlocutor. Vaya si sabía.
En realidad, habría tenido que decirle que se cuidara de atender a su cliente. Acusado de graves delitos. Yo me cuidaría de defender a mi cliente. Víctima de aquellos mismos graves delitos.
Habría tenido que decirle que no volviera a intentar hacerme llamadas como la de unos cuantos días atrás, porque yo le quitaría las ganas de hacerlo.
En resumen, respuestas de hombre.
En lugar de eso, me las arreglé para decirle que las cosas no eran lo que parecían y que, en todo caso, eran distintas a como se las habían contado. Y, además, que no sabía cómo salir de aquel lío apenas unos días después de haber aceptado el encargo. Sin un pretexto válido, no había nada que hacer. Quizá en cuestión de unas cuantas semanas o unos cuantos meses, según la marcha del juicio, podríamos volver a hablar.
En resumen, respuestas de cobarde.
—De acuerdo, Guerrieri. Yo lo que te tenía que decir ya te lo he dicho. Haz lo que te parezca, después cada cual asume sus responsabilidades y paga las consecuencias de sus actos.
Dio media vuelta y se fue. Y con él todos los demás, alineados como los miembros de un equipo. Perfectamente entrenados.
Al cabo de unos segundos, meneé la cabeza, tal como hacen los perros cuando están mojados y quieren sacudirse el agua de encima, y después me acerqué a la caja del bar para pagar.
—Ya ha pagado el abogado Dellissanti —me dijo el cajero.
Estuve a punto de contestar que el zumo me lo pagaba yo o algo por el estilo. Después pensé que era mejor evitar hacer el ridículo.
Siempre es mejor, dentro de los límites de lo posible.
Así que asentí con la cabeza, hice un gesto de saludo y me fui.
El buen humor que me había proporcionado el resultado del juicio de aquella mañana había desaparecido.