14
A la mañana siguiente tenía un juicio en Lecce. De modo que me levanté temprano y, después de la ducha y el afeitado, me puse uno de aquellos trajes serios que me ponía cuando viajaba por motivos de trabajo. Eso del traje serio, generalmente de color gris oscuro, era una costumbre adquirida cuando era un jovencísimo procurador. Había aprobado los exámenes a los veinticinco años y a aquella edad mi aspecto era el de un novato estudiante universitario. Para parecer un auténtico abogado, tenía que envejecer un poco, pensaba; y el traje gris oscuro me parecía ideal.
Con el paso de los años, en Bari, donde me conocían, el uniforme gris dejó de ser indispensable. Entre otras cosas porque, con el paso de los años, mi rostro de novato estudiante universitario ya mostraba alguna señal de evolución. Por así decirlo.
A los cuarenta años conservaba la costumbre de ponerme un traje gris cuando viajaba por motivos de trabajo. Para que quedara claro allí donde no me conocían que era efectivamente un abogado. Concepto acerca del cual yo mismo albergaba en mi fuero interno alguna duda secreta.
En resumen y sea como fuere, me puse un traje gris, una camisa azul, una corbata estilo uniforme, cogí la cartera que me había llevado a casa del despacho la víspera y salí tras haber dejado un café en la mesilla de Margherita. Seguía durmiendo, con su firme y serena respiración.
Había llegado al garaje y estaba a punto de subir al coche cuando sonó el móvil.
Era el compañero de Lecce que me había incorporado a su defensa. Me comunicaba que el presidente del tribunal al que se había asignado nuestra causa se había puesto enfermo y, por consiguiente, el juicio se aplazaría. O sea que era inútil que me desplazara a Lecce sólo para escuchar un decreto de aplazamiento. Era inútil, en efecto, convine. Pero ¿cómo se las había arreglado para saber a las siete y media de la mañana que el presidente se había puesto enfermo? Bueno, ya lo sabía desde la víspera, pero había tenido un día muy ajetreado y se había olvidado. Muy bien, hombre. En cualquier caso, ya me comunicaría la fecha del aplazamiento. Ah, gracias, demasiado amable. Entonces, adiós. Pues sí, adiós. Y a tomar por culo.
A mí, por regla general, no me gusta levantarme temprano por la mañana, a menos que sea estrictamente indispensable. Si me apetece ver un amanecer —a veces ocurre—, prefiero quedarme despierto toda la noche y después irme a dormir por la mañana. Un procedimiento de cierta dificultad los días laborables. Levantarme temprano —tener que levantarme temprano— me pone más bien de los nervios.
Y aquella mañana había ocurrido, por culpa de mi compañero de Lecce. O sea que estaba por ahí poco antes de las ocho en una bonita mañana de noviembre. Sin nada que hacer, puesto que aquel día, según el programa, lo iba a dedicar al juicio que se había aplazado en otra ciudad.
Estaba claro que no tardaría en sentirme dominado por el ansia y acabaría en mi despacho, tramitando asuntos que no eran urgentes y haciendo llamadas que no servían para nada. Conozco el ansia. A veces consigo comprender sus trucos y derrotarla.
Pero a menudo gana ella y me obliga a cometer estupideces, aunque yo sepa muy bien que son estupideces. Como ir al despacho un día en que podría irme a otro sitio a leer un libro, escuchar un disco o ver una película en uno de aquellos cines de sesiones matinales.
O sea que me iría al despacho, pero aún no eran las ocho; demasiado pronto para dejarse aspirar por el torbellino del ansia de producción. Así que pensé que podía acercarme al paseo marítimo y desayunar en uno de aquellos bares de la zona del puerto que tanto me gustaban.
También me podía fumar un buen pitillo.
No, eso no.
Menuda idea tan cabrona esa de dejar de fumar, pensé mientras me dirigía hacia Corso Vittorio Emanuele.
Ya casi había llegado a las ruinas del Teatro Margherita y a sus obras de restauración definitiva cuando vi acercarse a mi encuentro un rostro que me resultaba vagamente familiar. Entorné los ojos —las gafas sólo me las ponía en el cine y para conducir— y observé que el otro esbozaba una especie de sonrisa y después levantaba un brazo a modo de saludo.
—¡Guido!
—¡Emilio!
Emilio Ranieri. Quince años sin vernos, quizá. Puede que más. Cuando nos acercamos el uno al otro, tras un breve titubeo, me abrazó. Después de otro instante de titubeo, yo correspondí al abrazo. Emilio Ranieri había sido compañero mío de estudios en el instituto y después, durante dos o tres años, habíamos ido juntos a la universidad. Él lo había dejado antes de licenciarse para dedicarse al periodismo. Había empezado en una radio de Toscana y más adelante lo había contratado el periódico comunista L’Unità, donde había permanecido hasta su cierre.
De vez en cuando me habían hablado de él algunos amigos comunes, pero cada vez menos con el paso de los años. En el período mítico de mi vida, a caballo entre finales de los años setenta y principios de los ochenta, Emilio había sido uno de mis poquísimos amigos de verdad. Después había desaparecido; y yo también había desaparecido de alguna manera.
—Guido. Cuánto me alegro. Coño, pero si estás igual, aparte de un poco menos de pelo.
Él no estaba igual. Conservaba todo el pelo, pero lo tenía casi enteramente blanco. En los ángulos de los ojos tenía unas arrugas que parecían excavadas en cuero; violentas y dolorosas, me parecieron. Y hasta la sonrisa era distinta, como asustada y derrotada.
Pero yo también me alegraba. Es más, me encantaba haberlo encontrado. Mi amigo Emilio.
—Yo también me alegro. Pero ¿qué haces en Bari?
—Ahora trabajo aquí.
—¿Qué significa eso de que trabajas aquí?
—Estaba en el paro desde que cerró L’Unità. Después me enteré de que aquí en Bari buscaban gente para completar la redacción de la ANSA2, me ofrecí y me contrataron. Con los tiempos que corren, se puede decir que me ha ido bien.
—¿Quieres decir que ahora vives aquí permanentemente?
—Si no me echan. Cosa no imposible, pero bueno, procuraré portarme bien.
Mientras Emilio me hablaba, experimenté una extrañísima y dolorosa mezcla de alegría, rabia y tristeza. Había reparado de repente en una verdad que me había ocultado cuidadosamente a mí mismo: desde hacía tiempo, ya no tenía ni un solo amigo.
Puede que eso sea normal cuando llegas a los cuarenta. Todos tienen sus ocupaciones, familias, niños, separaciones, carreras, amantes, y la amistad es un lujo que no se pueden permitir. Quizá la verdadera amistad es el lujo de los veinte años.
O, a lo mejor, es que sólo digo chorradas. El caso es que en aquel momento me di cuenta, dolorosamente, de que ya no tenía amigos.
Por eso me alegraba tanto de que Emilio estuviera allí conmigo; me alegraba de que aquel juicio se hubiera aplazado y me alegraba de haber decidido tomarme una hora libre.
—Venga, vamos a tomarnos un café.
—Vamos —dijo él, esbozando una vez más aquella sonrisa como asustada.
Tan incongruente en aquel rostro suyo de jefe del servicio de orden de la Federación Juvenil Comunista Italiana, en la época de las palizas con los fascistas por una parte y las brigadas autónomas socialistas por otra.
Nos sentamos en un pequeño bar en los confines de la ciudad vieja. Yo tomé un capuchino y un croissant; Emilio solo café. Tras habérselo bebido, se fumó uno de los MS que fumaba desde la época del instituto. Éste no era el cigarrillo ultraslim y ultralight de Martina, a los que era tan fácil renunciar. Era un pedazo de historia, un prisma de emociones, una especie de máquina del tiempo.
Cuando dije no, gracias, con un trivial gesto de la mano, casi rechazando el paquete que Emilio me había ofrecido, observé una especie de decepción en el rostro de mi amigo.
Fumar juntos, lo sabía muy bien, siempre había tenido un significado especial. Como un ritual de amistad.
Intercambiamos unas cuantas palabras sin la menor consistencia, de esas que se dicen para reanudar el contacto cuando ha transcurrido mucho tiempo; de esas que se dicen para volver a crear las coordenadas de un territorio que se ha convertido en desconocido.
Y también sin la menor consistencia le pregunté por su mujer —no la conocía, solo sabía que Emilio se había casado seis o siete años atrás en Roma con una compañera—, formulando la habitual y trivial pregunta que la gente se suele intercambiar hacia los cuarenta.
—¿Tú estás separado o has resistido?
Mientras hacía la pregunta, oí caer un hielo metálico. Antes de que Emilio contestara; antes incluso de que terminara de pronunciar aquellas palabras que ya estaban fuera y no podía retirar.
—Lucia murió.
La escena pasó a blanco y negro. Muda y ensordecedora. Y repentinamente sin sentido.
Me vino a la mente una frase de Fitzgerald, pero no la recordaba muy bien. En la noche oscura del alma siempre son las tres de la madrugada.
Se mezcló con los fragmentos de una conversación inexistente en el interior de mi cabeza, que giraba en vacío como el motor de un automóvil. ¿Cuándo murió? ¿Por qué? Ah, se llamaba Lucia. Encantado. Es un bonito nombre, Lucia. Lo siento. ¿Cuántos años tenía? ¿Era guapa? ¿Cómo estás, Emilio? Mi más sentido pésame. Hay que seguir adelante. ¿Por qué nunca nadie me dijo nada? ¿Y quién me lo habría tenido que decir? ¿Quién?
Oh, mierda, mierda, mierda.
—Se puso enferma y murió en tres meses.
La voz de Emilio era serena, casi átona. Delante de mi rostro mudo y disperso contó su historia y la de Lucia. Muchacha de treinta y cuatro años que un día de abril fue al médico a recoger unos análisis y se enteró de que su tiempo ya estaba casi a punto de caducar. A pesar de las muchas cosas que todavía le quedaban por hacer. Cosas importantes, como un niño, por ejemplo.
—Sabes, Guido, en estos momentos piensas un montón de cosas. Y, sobre todo, piensas en el tiempo malgastado. Piensas en los paseos que no has dado, en las veces que no has hecho el amor, en la vez que mentiste. Y en las veces que hiciste de contable con la moneda de los afectos. Sé que es una tontería, pero piensas que desearías volver atrás y decirle lo mucho que la quieres todas las veces que no lo hiciste y deberías haberlo hecho. Es decir, siempre. Y no es sólo el hecho de que no quieres que se muera. Es el hecho de que quisieras no haber malgastado el tiempo de aquella manera.
Hablaba en presente. Porque su tiempo se había roto.
Me lo contó todo con calma. Como si quisiera agotar el tema. Me contó cómo ella se había transformado en el transcurso de aquellas pocas semanas; cómo se le había empequeñecido el rostro, se le habían adelgazado los brazos y se le habían quedado las manos sin fuerza.
Yo permanecía en silencio, pensando que jamás en mi vida había contemplado el dolor de una manera tan tersa, nítida y pura.
Desesperada.
Después llegó el momento de despedirnos.
Nos levantamos de la mesita y dimos unos cuantos pasos juntos. Emilio parecía tranquilo. Yo no. Sacó el billetero, rebuscó un poco en su interior y sacó un resguardo. De una lavandería que funcionaba con fichas, de esas que estaban empezando a proliferar por toda la ciudad, con rótulos amarillos y un nombre americano. Escribió encima su número de teléfono y me lo entregó mientras yo le daba una de mis estúpidas tarjetas de visita. Me dijo que lo llamara, aunque él me llamaría de todos modos.
Parecía tranquilo. Sus ojos miraban hacia otro lugar.
Lo dejé sonar tres, cuatro, cinco, seis veces. A cada timbrazo aumentaba la urgencia y la angustia. Estaba a punto de colgar y probar con el móvil cuando oí en el otro extremo de la línea la voz de Margherita que contestaba.
—¿Sí?
Tono apremiante de alguien que está a punto de salir de casa para irse al trabajo. Yo permanecí en silencio un instante porque, de repente, no sabía qué decir y me sentía la garganta obstruida.
—¿Quién habla?
—Soy yo.
—Uy. Estaba a punto de salir, me has pillado en la puerta. ¿Ya estás en Lecce?
—Te quería decir...
-¿...?
—Te quería decir...
—Guido, ¿qué pasa? ¿Te encuentras bien? ¿Ha ocurrido algo?
Ahora una ligera nota de alarma en la voz.
—No, no. No ha ocurrido nada. No he ido a Lecce, el juicio se ha aplazado.
Interrumpí mis palabras, pero esta vez ella no preguntó nada. Permaneció en silencio, esperando.
—Margherita —mientras hablaba, me di cuenta de que jamás la llamaba por su nombre—, ¿recuerdas la vez que me enviaste un mensaje a través del móvil...?
—La recuerdo. Te escribí que haberte encontrado era una de las cosas más bonitas que me habían ocurrido en la vida. No era verdad. Es la más bonita.
—Pues bueno, yo quería decirte lo mismo... pero quería decir que ahora no te puedo explicar...
Tartamudeaba.
—Guido, yo te quiero. Como jamás he querido a nadie en toda mi vida.
Entonces dejé de tartamudear.
—Gracias.
—¿Gracias? Eres un tío muy raro, Guerrieri.
—Es verdad. ¿Cenamos fuera esta noche?
—¿Invitas tú?
—Sí. Hasta luego.
—Hasta luego. Nos vemos esta noche.
Se cortó la comunicación. Yo estaba parado en la esquina entre Corso Vittorio Emanuele y Via Sparano. Las tiendas estaban abriendo, los camiones descargaban sus mercancías, la gente caminaba con la cabeza gacha.
Gracias, repetí antes de reanudar mi camino.