6
Alessandra se fue sin que hubiéramos tenido ocasión de volver a vernos. Tal como ella tenía previsto hacer.
Se acercaba la primavera. La vida discurría con normalidad. Cualquier cosa que signifique la palabra normal. Salíamos con Margherita y a veces con sus amigos. Con los míos nunca. Admitiendo que todavía existieran amigos míos.
Después del funeral de Emilio, en algún momento se me había ocurrido la idea de llamar a alguien. Salimos una noche a tomarnos dos cervezas y a charlar un rato acerca de la vida. Y después, por suerte, lo dejé correr.
Dos o tres veces Margherita me preguntó si había algo que no marchaba y si me apetecía hablar. Le dije que gracias, no, de momento. No quedó muy claro qué momento. Ella no insistió. Es una experta en aikido y sabe muy bien que no puedes empujar —o ayudar— a otra persona a hacer algo que no haya empezado por su cuenta.
Cada vez con más frecuencia me quedaba a dormir en mi apartamento.
Una vez que me quedé en su casa, mientras permanecía tumbado en la cama, me asaltó una sensación extraña. Entorné los ojos y, de repente, me vi observando la escena desde una posición distinta de aquella en la cual me encontraba situado físicamente. En la escena, conseguía verme también a mí mismo. Era un espectador.
Margherita se desnudaba, había muy poca luz, reinaba el silencio, yo estaba tumbado en la cama y mantenía los ojos entornados, pero no estaba durmiendo. Era una escena muy triste, como ciertos silenciosos interiores de Hopper.
Entonces me levanté y, volviéndome a vestir, dije que necesitaba tomar un poco el aire y que iba a dar un paseo. Margherita me miró y por primera vez tuve la impresión de que estaba verdaderamente preocupada por mí.
Por nosotros.
Se quedó así unos cuantos segundos y en su mirada había una especie de conciencia triste, una fragilidad que no era habitual en ella. Parecía a punto de decir algo, pero al final no lo hizo. Buenas noches, me dijo tan sólo, y yo me escapé.
Por la calle me encontré finalmente un poco mejor. Soplaba un aire fresco, casi frío, y seco. Las calles estaban desiertas. Como es normal sobre la medianoche de un miércoles en aquella zona de la ciudad.
Sin pensarlo ni apenas darme cuenta de lo que hacía, llamé a sor Claudia. Mientras marcaba el número, me dije que, si estaba durmiendo, seguramente tendría el móvil apagado. Si no estaba durmiendo...
Contestó al segundo timbrazo. Apenas una nota perpleja en la voz, pero no me preguntó qué había ocurrido ni por qué razón llamaba a aquella hora. Estuvo bien que no me hiciera aquella pregunta, porque no habría sabido qué contestarle.
Estaba dando un paseo a solas por la ciudad. No tenía sueño. ¿A lo mejor me apetecía dar un par de vueltas y charlar un ratito? Sí me apetecía. No, no hacía falta que fuera a recogerla, podíamos reunimos en algún sitio. ¿Me iba bien al final de Corso Vittorio Emanuele, delante de las ruinas del Teatro Margherita? Me iba bien. Dentro de media hora. Media hora. Ciao. Clic.
Para pasar aquella media hora me fui a un bar que permanece abierto toda la noche. Una especie de mancha luminosa en la oscuridad un poco escuálida e irreal de la zona que marca la frontera entre el centro mandado construir por Murat, cuñado de Napoleón, con sus típicas calles rectas y paralelas, y el barrio de la Liberta. Aquel bar siempre ha estado abierto toda la noche, desde mucho antes de que la ciudad se llenara de toda suerte de locales y de que el único problema consistiera en elegir el sitio donde quedarse hasta tarde. Cuando era un muchacho, aquel bar siempre estaba lleno, porque era uno de los poquísimos lugares donde ir a tomar un café o a comprar los cigarrillos que vendían ilegalmente en mitad de una noche de hacer el gilipollas. Ahora está casi siempre desierto, porque para los cigarrillos hay máquinas automáticas.
Cuando entré, sólo había una pareja de mediana edad, es decir, de sólo unos cuantos años más que yo. Estaban en un extremo de la barra en forma de L, en el lado más corto. Yo me senté en un taburete del otro lado, de espaldas a la gran luna de cristal y a la calle. El hombre, vestido con chaqueta y corbata, fumaba conversando con el rubio y delgado barman con chaqueta y sombrerito blancos; la mujer, una pelirroja de aire triste, muy mal maquillada y con profundas ojeras, tenía la mirada perdida en el vacío y parecía preguntarse qué había hecho para quedarse en semejante estado. Pedí un café que no me hacía ninguna falta, porque de todos modos aquella noche no iba a dormir. Durante los diez minutos que permanecí en aquel bar no entró ningún otro cliente y yo no conseguí librarme de la inquietante sensación de haber vivido —o de haber visto hat’s me in the spotlight— previamente aquella escena.
Claudia bajó de la furgoneta con su habitual soltura. Vestía como siempre —vaqueros, camiseta blanca, chaleco de piel—, pero llevaba el cabello suelto, y no recogido en una coleta, como todas las demás veces que la había visto.
Me saludó con un gesto de la cabeza y yo correspondí de la misma manera. Sin decir nada más echamos a andar por el paseo marítimo, iluminado por las farolas de hierro antiguo.
—No sé por qué te he llamado.
—Estabas solo, quizá.
—¿Es un motivo válido?
—Uno de los pocos.
—¿Por qué te hiciste monja?
—¿Por qué te convertiste en abogado?
—No sabía qué hacer. Y si lo sabía, tuve miedo de intentarlo.
Pareció sorprenderse de que hubiera contestado; y pareció tomar en consideración mi respuesta. Después meneó la cabeza y no dijo nada. Durante varios minutos caminamos en silencio.
—¿Vives solo?
Experimenté el impulso de contestar que sí, pero enseguida me avergoncé.
—No. O sea, yo tengo mi casa, pero vivo con una persona.
—Quieres decir una mujer.
—Sí, sí, una mujer.
—¿Y ella no tiene nada que decir acerca del hecho de que salgas solo en mitad de la noche?
Mientras Claudia me hacía aquella pregunta, se superpusieron en mi cabeza los rostros de Margherita y de Sara, mi ex mujer. Lo cual me provocó vértigo, es decir, la sensación de estar allá arriba sin ninguna barandilla, sin nada a lo que agarrarme; la sensación de estar a punto de caer al vacío y de saber que todo se iba a romper irremediablemente.
Después los dos rostros se separaron y volvieron a sus correspondientes lugares en mi cabeza. Cualesquiera que fueran aquellos lugares. No había contestado a las preguntas de Claudia y ella no insistió.
A partir de aquel momento caminamos rápido, como si tuviéramos una meta o algo concreto que hacer. Nos detuvimos al final del paseo marítimo, en el límite sur de la ciudad, y nos sentamos muy juntos en el parapeto de piedra calcárea, a menos de dos metros del agua.
No tendría que estar aquí, pensé mientras percibía el contacto de su pierna musculosa contra la mía y aspiraba su olor suave y un poco amargo. Demasiado cercano.
Todo está fuera de lugar y una vez más no comprendo lo que ocurre, pensé mientras nuestras manos —mi derecha y su izquierda— se rozaban de manera inofensiva y totalmente prohibida. Ambos estábamos mirando fijamente hacia delante. Como si hubiera algo que mirar entre los feos edificios que se difuminan en la oscuridad hacia las tristes afueras de mala nota del barrio de Iapigia.
Nos quedamos así un buen rato, sin mirarnos en ningún momento a la cara. Pensé, sin que ella hubiera dicho u hecho nada, que de su mano parecía brotar una corriente pura de dolor.
—Hay un disco —dijo ella, volviéndose hacia mí sin previo aviso— que escucho a menudo desde hace años. No estoy segura de que me sea beneficioso escucharlo. Pero lo hago a pesar de todo.
Yo también me volví.
—¿Qué disco?
— Out of time, de los R.E.M. ¿Lo conoces?
Pues claro que lo conozco. ¿Con quién te crees que hablas, monja?
No lo dije así. Me limité a hacer un gesto con la cabeza para decir que sí, lo conozco.
—Hay una canción...
— Losing my religion.
Entornó los párpados y después dijo que sí.
—¿Sabes qué significa Losing my religion?
—Al pie de la letra, «perdiendo mi religión». ¿Significa alguna otra cosa? —pregunté.
— Losing my religion es una expresión coloquial. Significa algo así como ya no poder más.
La miré sorprendido. Me lo habría esperado todo de ella menos algo como aquello. Aún la estaba mirando sin saber qué decir cuando su rostro se acercó más y más hasta que ya no conseguí distinguir los rasgos.
Sólo tuve tiempo de pensar que su boca era dura y suave al mismo tiempo, que su lengua me recordaba los besos con las niñas de mi edad a los catorce años; sólo tuve tiempo de apoyar la mano en su espalda y de notar unos músculos con la consistencia de cables metálicos.
Después se echó de golpe hacia atrás y se quedó unos segundos con los ojos abiertos sobre mi rostro. Hasta que se levantó sin decir nada y echó a andar por donde habíamos venido. Yo la seguí y un cuarto de hora después estábamos de nuevo en su furgoneta.
—Hablar no se me da muy bien.
—No es indispensable.
—Pero a veces ocurre que te apetece.
Asentí con la cabeza. Ocurre a menudo. Lo malo es encontrar quien te escuche.
—Otra vez que nos veamos quiero hablar contigo. Quiero decir, sin escaramuzas y todo lo demás. No sé por qué, pero tengo ganas de contarte una historia.
Hice un gesto que significaba, más o menos: «si quieres, podría ser ahora mismo».
—No, ahora no. Esta noche no.
Tras una breve vacilación, me dio un rápido beso. En la mejilla, muy cerca de la boca. Antes de que yo pudiera decir algo más, ya estaba en la furgoneta, alejándose en la noche.
Regresé a casa caminando despacio y eligiendo las calles más desiertas y oscuras, con la cabeza absurdamente ligera.
Antes de irme a la cama busqué entre mis discos. Out of time estaba y lo puse en el lector, pulsé skip y dejé sonar la canción número dos. Losing my religion, precisamente.
La escuché sosteniendo en la mano el librito con las letras porque quería tratar de comprender.
That’s me in the corner
That’s me in the spotlight
Losing my religion
Trying to keep up with you
And I don’t know if I can do it
O no, I’ve said too much
I haven’t said enough