16

Martina y sor Claudia acudieron a mi despacho la víspera de la vista.

No fui directamente al grano. Me pasé un rato dando unas cuantas vueltas alrededor, tal como suelo hacer casi siempre. Lo primero que hice fue decirle a Martina que no era necesario que se presentara a la mañana siguiente. En aquella vista sólo se abordarían cuestiones preliminares, sugerencias de la acusación y peticiones de pruebas. Para eso era suficiente mi presencia.

No era necesario que perdiera un día de trabajo, dije.

No era necesario que se asustara antes de lo necesario. Pensé.

Sólo tendría que estar presente en la vista en la que la tendríamos que interrogar, probablemente en cuestión de unas cuantas semanas.

Me preguntó qué ocurriría exactamente en aquella vista. He ahí la cuestión.

Le dije lo que ocurriría con todo el tacto del que fui capaz.

Primero la interrogaría la Fiscalía y después yo también le haría algunas preguntas. Al final, vendría el turno de la defensa.

—Ésta es la parte más... complicada. La acusación se basa esencialmente en su palabra y, por consiguiente, el propósito del abogado de Scianatico es muy sencillo: desacreditarla. Intentará conseguirlo por todos los medios. Intentará hacerla incurrir en contradicciones; intentará provocarla para que pierda la calma. No es probable que se comporte amablemente y, si lo hace, será tan sólo para hacerle bajar la guardia. Hice una pausa antes de revelarle la peor parte. La miré a la cara. Parecía tranquila. Un poco aturdida, pero tranquila.

—Sacará a relucir sus problemas de salud, Martina. Sacará a relucir la historia de su ingreso hospitalario y el hecho de que haya tenido problemas... el tratamiento psiquiátrico.

Martina no cambió de expresión. Tal vez sólo hubo un aumento del desconcierto de su mirada.

Tal vez. Pero percibí casi de inmediato el olor. Intenso y ligeramente ácido.

Siempre he podido percibir el olor de las personas, reconocerlo y darme cuenta cuando cambia.

De niño, cuando entraba en el ascensor, siempre sabía decir cuál de los vecinos había pasado antes por allí. Y hasta asignaba nombres a los olores. Por ejemplo, había una señora que vivía en nuestro edificio que olía a sopa de judías. Una chica triste, gafotas y pálida olía, en cambio, a papel viejo y polvo. El propietario de una charcutería dejaba en el ascensor un olor cálido y compacto que ocupaba el espacio y provocaba una sensación de incomodidad. Muchos años después aspiré otro igual en una tienda de Estambul. Era tan parecido que, por un instante, pensé que el señor Curci iba a salir de repente de algún sitio, con su grueso cuello, su pequeña cabeza y sus cortos y macizos brazos. Transcurrieron unos cuantos segundos antes de que consiguiera escapar de aquel cortocircuito olfativo y recordar que aquel señor había muerto diez años atrás, cuando yo aún vivía en casa de mis padres. Y, por consiguiente, no era posible que estuviera recorriendo las tiendas de Estambul.

A menudo me doy cuenta de si una mujer está indispuesta por el olor. Es una cosa que no suelo decir por ahí, porque no es exactamente la clase de noticia que hace que las señoras se sientan cómodas.

Soy capaz de percibir y reconocer el olor del miedo, que es muy desagradable, rancio y ancestral. Lo he advertido muchas veces en las comisarías, en los cuarteles de los carabineros, en las cárceles, asistiendo a los interrogatorios de mis clientes. De los más desesperados, los más débiles o sólo los más cobardes, cuando comprenden que están metidos de verdad en un buen lío y no tienen ninguna escapatoria.

La primera vez fue cuando, recién convertido en letrado, tuve que atender de oficio a un hombrecillo acusado de homicidio. Me llamaron de noche desde la comisaría —estaba de guardia— porque tenían que someterlo urgentemente a interrogatorio. Decían que había apuñalado a un energúmeno que poco antes le había propinado una tanda de bofetadas y puñetazos en un bar. Decían que había un testigo que lo había visto. El hombrecillo —hombros estrechos y un poco encorvados, cara extraviada de pequeño depredador— se defendía, negándolo todo. No es verdad, no es verdad, no es verdad, repetía meneando la cabeza con una voz casi monótona y fuera de lugar, dada la situación. Pedía un careo con el testigo, que se equivocaba y seguramente se daría cuenta del error cuando lo viera. Era convincente en la gris y escueta esencia de su defensa, y a mí me asaltó la duda de que los agentes hubieran metido la pata. Y creo que esa duda también asaltó al fiscal sustituto que lo estaba interrogando.

Después se produjo un golpe de escena. En la sala donde tenía lugar el interrogatorio entraron dos agentes; uno de ellos llevaba una bolsita de plástico transparente a través del cual se veía un cuchillo de gran tamaño, de esos tipo «rambo», con la hoja manchada de sangre. La cara de ambos agentes era la de un gato con un ratón en la boca. El de la bolsita la balanceó delante de la cara del hombrecillo.

—Ahora sí que estás bien jodido, cabroncete. Habría sido mejor que tú mismo nos ayudaras a encontrarlo. Ahora ya no sabemos qué hacer con tu confesión. Hay más huellas aquí que en todos los archivos de la comisaría. Y son todas tuyas.

Estaba muy claro que el agente habría deseado subrayar sus palabras con un par de guantazos bien propinados. Pero, por desgracia —debió de pensar—, no podía hacerlo en presencia del juez y el abogado.

No recuerdo exactamente lo que ocurrió después. El hombre empezó a negarlo, pero poco después confesó, hay que reconocerlo. Aunque no recuerdo muy bien la secuencia, ni lo que dijo, ni lo que preguntaba el fiscal y tampoco lo que dije yo para otorgar un significado a mi inútil presencia. En aquel momento no era importante. Lo que, en cambio, recuerdo muy bien es el olor que poco después invadió la pequeña estancia de la comisaría. Anulando el pestazo a humo —el pestazo frío de muchos años y el pestazo aún caliente de una noche de interrogatorios—, los olores de las personas, del papel, del polvo, de los posos de café en los vasitos de plástico.

Era un olor agrio, invasor y un poco obsceno. Inconfundible para mí después de aquella noche.

Inmediatamente después de haberle dicho a Martina que el abogado de Scianatico escarbaría en sus problemas más íntimos y personales, percibí aquel olor. No muy fuerte, pero inconfundible. Y no fue agradable. Traté de ignorarlo mientras empezaba a facilitarle instrucciones acerca de la manera en que debería comportarse.

—Tal como ya hemos dicho, intentará provocarla. Y, por consiguiente, la primera norma es no responder a las provocaciones. Es lo que él quiere, pero nosotros no se lo tenemos que dar.

—¿Cómo... cómo puede intentar provocarme?

—Con el tono de voz; con insinuaciones; preguntas agresivas.

Antes de seguir adelante, hice una breve pausa. Para respirar y echar un vistazo a sor Claudia. Su rostro mostraba la animada expresión de una escultura de la isla de Pascua.

—Alusiones a sus problemas personales... tal como ya le he dicho.

—¿Pero qué tienen que ver mis problemas con el juicio?

Claro, ¿qué tenían que ver? Buena pregunta. Si has tenido necesidad de acudir a un psiquiatra, ¿no puedes actuar como testigo? ¿Puedes ejercer como abogado?, me pregunté antes de contestar, recordando algunos angustiosos fragmentos de mi pasado.

—En abstracto, y quiero subrayarlo, en abstracto, el hecho de que un testigo haya tenido algún tipo de problema de incomodidad o malestar con algo puede ser significativo. Para valorar la credibilidad de lo que dice, para reconstruir mejor la historia de sus declaraciones, etcétera. En concreto, nosotros —me refiero tanto a mí como a la Fiscalía— prestaremos mucha atención para impedir que se produzcan abusos. Pero tampoco sería una buena idea oponerse a cualquier pregunta acerca de sus problemas de salud...

Dificultad emocional. Problemas de salud. Me detuve a pensar que estaba haciendo auténticas acrobacias verbales para no llamar a las cosas por su verdadero nombre.

—... acerca de sus problemas de salud, porque podría parecer que tenemos algo que ocultar. Por tanto, mi idea es la siguiente, si ustedes... si usted está de acuerdo. Vamos a tratar de adelantarnos. Cuando me corresponda a mí interrogarla, yo seré el primero en hacerle preguntas acerca de estos temas. Ingreso hospitalario, tratamientos psiquiátricos, etcétera. De esta manera, sacamos a relucir esta cuestión con toda naturalidad, mostramos que no tenemos nada que esconder, le arrebatamos al abogado de la defensa el efecto sorpresa y la ocasión de influir en el juez, reducimos el riesgo de pasar por momentos de tensión. ¿Qué le parece?

Martina se volvió a mirar a sor Claudia; después me miró de nuevo a mí e hizo una señal mecánica de asentimiento con la cabeza. El olor era más intenso y me pregunté si sor Claudia podía percibirlo. En caso afirmativo, no se podía deducir de la expresión de su rostro. De la expresión de su rostro no se podía deducir nada. Reanudé mi exposición.

—Como es lógico, para poder hacerlo, es necesario que usted me lo cuente todo con calma.

Encendió un cigarrillo. Miró a su alrededor como si buscara algo entre los estantes, en el escritorio o al otro lado de la ventana. Después me lo contó todo. Una historia vulgar, como muchas otras.

Problemas con la alimentación desde la adolescencia. Problemas con los estudios en la universidad. Agotamiento nervioso causado por un examen que no conseguía aprobar. La depresión, la anorexia y el ingreso hospitalario. Y después el comienzo de la recuperación. Los medicamentos, la psicoterapia. Conocer a una enfermera que también trabajaba como voluntaria en Safe Shelter. Conocer a sor Claudia, su compromiso con las chicas en la casa-refugio. Al final, la licenciatura. El trabajo.

Conocer a Scianatico.

Y todo lo demás, que yo sabía en parte. Me dijo también otras cosas que yo no sabía acerca de su convivencia con Scianatico y de ciertas aficiones de éste. Cosas muy desagradables, pero que quizá podríamos exponer en el juicio si yo conseguía encontrar la manera de hacerlo.

Dijo también algo acerca de su familia. Algo de su madre. Y de su hermana menor, que estaba casada y ahora tenía un hijo. Del padre, en cambio, no me habló, y lógicamente se me ocurrió pensar que había muerto, pero no le hice ninguna pregunta al respecto.

El relato de Martina duró como mínimo tres cuartos de hora. Parecía un poco más tranquila, como si se hubiera quitado finalmente un peso de encima, y me repitió que ya no tomaba medicamentos desde hacía por lo menos cuatro años.

Esperemos que no vuelva a tomarlos después de este juicio, pensé.

—¿Le puedo preguntar una cosa? —dijo tras haber encendido otro de sus cigarrillos.

—Dígame.

—¿Él estará presente en la sala cuando me interroguen?

—No lo sé. Es libre de ir o no ir; sólo lo sabremos aquella misma mañana. Pero a usted le tiene que ser indiferente el hecho de que esté o no esté.

—¿Pero él también me podrá hacer preguntas?

—No. Las preguntas sólo se las puede hacer su abogado. Y a este respecto, recuerde una cosa: cuando el abogado la interrogue y cuando usted responda, no lo mire a él. Mire al juez, mire hacia delante; no lo mire a él. Recuerde que no tiene que entrar en conflicto con él, y eso es más fácil si evita enfrentarse a él con la mirada. Y después, si no ha entendido bien una pregunta, no trate de contestar. Amablemente y sin mirarlo, dígale al abogado que no ha comprendido y pídale que se la repita. Y, si yo o la Fiscalía protestamos por alguna pregunta que le hagan, deténgase, no conteste y espere la decisión del juez. Todas estas cosas se las repetiré la víspera de la primera vista en la que será interrogada, pero trate de recordarlas ya desde ahora.

Pregunté si había alguna otra cosa que quisieran saber. Martina meneó la cabeza. Sor Claudia me miró unos instantes. Después debió de pensar que no era el momento para aquella pregunta, cualquiera que ésta fuera. Ella también negó con la cabeza.

—Pues entonces, todo arreglado. Nos llamamos mañana por la tarde y les digo qué ha ocurrido.

Es lo que dije mientras las acompañaba a la puerta.

Pero no estaba nada convencido de que todo estuviera arreglado.

Cuando se fueron, abrí las ventanas, a pesar de que fuera hacía frío. Para ventilar.

No quería que el ácido olor del miedo permaneciera mucho rato allí dentro.