CAPÍTULO 72
No podía pensar con claridad. Había llegado eufórica y todo se había desvanecido en cuestión de segundos. Decidí cerrar los ojos y encerrarme en el baño. Me di una ducha fría, casi helada, con la que llegué incluso a cortarme la respiración. Salí del baño y me vestí de nuevo, ahora ya un poco más decente. Entonces, salí de nuevo al salón y me quedé frente al espacio vacío en el que había estado colocado mi sillón hasta esa misma mañana, en la que había salido con Érica. Cogí las llaves de casa y respiré hondo un par de veces antes de salir una vez más al rellano y encerrarme en el ascensor en dirección a la tercera planta. Permanecí inmóvil frente a la puerta de Tristán, volví a coger aire y fui a llamar al timbre cuando me di cuenta de que la puerta en realidad estaba abierta. Ajustada, pero abierta. Llamé con los nudillos y no escuché respuesta al otro lado de la misma, por lo que al final, entré y cerré tras de mí. Lo que vi a continuación me dejó totalmente fuera de juego. ¿Qué significaba todo aquello?
El apartamento de Tristán estaba vacío. No había nada. Ya no quedaban fotos en las paredes, ni objetos sobre los muebles que seguramente, debían de pertenecer al casero. No había televisión ni tampoco cortinas. No había nada de nada. Llegué al salón muy lentamente, como si me asustara dar aquellos pasos que me faltaban. No había sofá, ni alfombra. Continué por el pasillo y al final encontré su dormitorio. Tenía la puerta entreabierta y la empujé con suma delicadeza, como si temiera poder romperla con el contacto de mi mano. En el interior tampoco había nada, no estaba la cama, ni las mesillas, ni la cómoda. Solo había una cosa. Una única cosa que me paralizó por completo. En el centro de la estancia estaba mi sillón, con una carpeta de plástico transparente sobre él. No entendía nada de lo que estaba sucediendo.
Me acerqué hacia el mismo de forma muy sigilosa, pues apenas alcanzaba a hacer ruido con los pies. Cuando llegué a él, me agaché y cogí aquella carpeta. No ponía nada. La abrí con cuidado y vi que había dos billetes de avión con destino a Nueva York para dos días más tarde.
―Son tuyos ―dijo de pronto una voz a mi espalda.
Di un pequeño grito asustada por aquella intromisión y me giré de golpe buscando el origen de la misma. Apoyado en la puerta encontré a Tristán, con los brazos cruzados a la altura del pecho. Estaba espectacular. Llevaba puesto uno de aquellos trajes capaces de quitar el hipo, secar tu garganta y hacer que suplicaras por tu propia vida. Era oscuro y perfectamente entallado. La camisa era blanca y lucía una corbata plateada que le confería un aire elegante y masculino. Ya no estaba desaliñado, al contrario, llevaba la espesa melena perfectamente peinada y la barba recortada al milímetro, realzando sus facciones y recordándome que tenía frente a mí al que posiblemente, junto a Andrés Velencoso, era uno de los modelos españoles más cotizados del panorama actual.
―¿Qué significa todo esto, Tristán? ―me atreví a preguntar al fin, a pesar de que tenía la boca seca y me temblaban las manos.
―Significa que te necesito a mi lado.
Aquellas palabras me descolocaron por completo. Ahora sí que no entendía nada. Fue como si un cubo de agua helada me cayera encima de forma inesperada. El impacto de sus palabras en mi cerebro retumbaba todavía por todo mi cuerpo, generando una sensación que nunca antes había experimentado por nadie.
―Ayer traté de decírtelo, pero no me diste oportunidad de hacerlo. Así pues, me he visto obligado a tomar medidas más severas.
Le miré a los ojos buscando una explicación, sin comprender todavía a qué se estaba refiriendo.
―¿Te marchas a Estados Unidos? ―pregunté al fin, temiendo más que nunca su respuesta.
―No, si tú no lo haces conmigo.
―¡¿Cómo dices?! ―exclamé ahora en un grito ahogado, todavía más descolocada que antes, si es que aquello era posible.
―Cuando llegué a Estados Unidos me di cuenta de que todo aquello no tenía sentido. Jamás había vivido nada con la misma intensidad con la que tú me has hecho vivir cada instante a tu lado. Sí, aquel era mi sueño, pero era un sueño vacío. Me sentí solo y ni siquiera llevaba dos horas en tierras americanas.
Le miré alucinada por lo que estaba declarando. Sin interrumpirle, me senté en el sillón, pues era incapaz de asumir todas aquellas palabras y empezaba a temer la posibilidad de desmayarme a causa de la impresión. Tristán, muy lentamente, se acercó hacia el lugar que yo ocupaba y cuando estaba lo suficiente cerca como para poder coger mi mano, se agachó y se arrodilló frente a mí, de forma que nuestros rostros quedaron muy cerca el uno del otro. Su fragancia me inundó y todo se tambaleó más aún. ¡Cómo le había echado de menos!
―Ese mismo día me puse en contacto con Érica ―continuó, consciente del gesto de sorpresa que acababa de mostrar ante su revelación―. Le conté todo lo que sentía por ti, todo lo que me había pasado y toda la verdad sobre Néstor… y decidió creer en mí y apostar por nosotros. Entonces, por primera vez en mi vida, pedí ayuda. Le pedí que me ayudara a convencerte de que desde el mismo día en que te cruzaste en mi vida, no he deseado nada más que ver tu sonrisa cada mañana. Le dije que no había día en que no pensara la manera de provocarla, pues jamás había conocido una sonrisa capaz de perforar mi alma con aquella fuerza.
Tragué con dificultad pero, sobre todo, con muchísimo dolor. El centro de mi garganta me oprimía. Una lágrima cayó por mi mejilla y Tristán la secó con suma delicadeza con su pulgar. Aquel contacto me estremeció por completo. La suavidad y calidez de su mano sobre mi mejilla hizo que mi mundo se viniera abajo. Posé mi mano sobre la suya y me empapé de él con algo tan sencillo
como una caricia. Pero aquella era mía, me pertenecía a mí y hacía demasiados días que la soñaba.
―Valentina, quiero que formes parte de mi vida, que seas parte de mí. Quiero empezar de cero contigo y dejarme llevar a tu lado, hasta el día en que me duela respirar y pierda las fuerzas. Incluso, llegado ese momento, desearé que seas tú la que esté a mi lado. ―Ante aquella última declaración, hizo una pausa significativa y tragó con dificultad. Yo ya no podía controlar las lágrimas, pero ya no me importaba, le pertenecían en toda su integridad. Mi corazón era suyo desde hacía semanas y jamás pensé que llegaría a vivir algo tan intenso como lo que me estaba sucediendo en ese mismo instante―. Necesito tenerte a mi lado, sin juegos, sin mentiras y sin prejuicios. Quiero que seas la fuerza que me falta y el aire que necesito para respirar. Quiero que seas la parte que me completa, la que me falta y la que añoro cuando no está conmigo. Sé que todo es muy precipitado y que puede parecer cosa de locos, pero no quiero morir sin haberlo intentado antes.
En aquel momento se quedó en silencio. Continuaba sin poder controlar mis lágrimas, aunque para nada era un llanto doloroso. En absoluto. Eran lágrimas silenciosas con las que intentaba sacar de dentro todo lo que no me había atrevido jamás a sentir. Todo lo que me había negado a mí misma. Me pasé una mano por los ojos y las sequé con delicadeza, mientras pensaba cómo decirle lo que venía a continuación.
―Tristán… yo… Jamás había sentido nada igual por ningún hombre como lo que siento por ti.
El amago de sonrisa que cruzó su rostro en ese instante me atravesó el corazón. Me debatía entre las dos cosas más importantes que me habían sucedido en la vida, ¿cómo iba a poder decidir entre ellas?
―Tengo algo que contarte… El jueves recibí una propuesta de trabajo para MAC. Aritz se enteró y me ha ofrecido un despido improcedente para que acepte esta oportunidad. No puedo desperdiciar algo así. Si tú te vas a Nueva York, yo… yo no…
No me salían las palabras. La garganta volvía a dolerme por la presión y sentía que mi corazón iba a salir despedido de mi cuerpo. Aquello era demasiado para mí.
―Valentina, abre de nuevo la carpeta, por favor.
Le miré extrañada con los ojos anegados en lágrimas, pero obedecí sin contemplaciones. Me di cuenta de que los billetes estaban a nuestro nombre, al de los dos. Continué pasando hojas y de golpe, vi algo que me dejó casi en estado de shock. Eran unos papeles en los que podía distinguirse a la perfección el logotipo de MAC.
―¿Qué es esto? ―pregunté sacándolos de la carpeta y mirándole en busca de la respuesta.
―Es el mismo contrato que te ofrecen en Barcelona… pero para la sede de Nueva York.
―¡¡¿Qué?!! ―grité entonces, alarmada por lo que acababa de decirme.
―Érica me escribió contándome lo sucedido. Sabía que aquella era tu oportunidad y que no renunciarías a ella, así como tampoco me atrevería a pedirte que lo hicieras por mí. Sé lo duro que es luchar por un sueño y sobre todo, lo difícil que es llegar a alcanzarlo ―hizo una leve pausa en ese instante, dándole énfasis a aquella afirmación antes de continuar de nuevo―. Así pues, me puse en contacto con mi agencia y les pedí una única condición si querían que yo aceptara su oferta.
No daba crédito a lo que estaba escuchando, aquello no me podía estar pasando a mí.
―¿Cu… cuál? ―tartamudeé al fin.
―Debían mantenerte la oferta que te habían ofrecido en Barcelona, pero en Nueva York.
Aquello me superó, no podía ser cierto. Me puse en pie de golpe y di una vuelta nerviosa por la habitación, ahora ya vacía. Me pasé una mano por la frente y llevé la otra a la cintura. ¿En qué clase de torbellino se había convertido mi vida?
―¿Cómo puede ser eso posible? ―pregunté al fin.
―MAC es una de las marcas de cosméticos de referencia en Estados Unidos. Muchas agencias de modelos trabajan codo con codo con ellos, entre las cuales está la mía. Así pues, se pusieron en contacto con dicha empresa y les comunicaron el caso. Gemma les hizo llegar tus referencias y habló por ti, todo ello en cuestión de horas, de manera que accedieron a hacerte la misma oferta para las oficinas de Nueva York. También llamaron a Aritz para pedir referencias tuyas quien, al margen de dejarte como la mejor empleada que había tenido a su cargo, se encargó de hacerles saber que el inglés no supondría ningún problema para ti, pues estabas más que cualificada para ese puesto. Esas hojas que hay en la carpeta contienen el nuevo contrato. Si lo aceptas, el puesto es tuyo.
No podía dar crédito a lo que acababa de contarme. ¿Cómo era posible que su palabra tuviera tantísimo valor? ¿Cómo podían depender de su decisión tantos factores?
―¿Qué pasaría si yo no…?
―¿…aceptaras? ―dijo terminando él la frase―. Pues que me quedaría aquí en España, contigo. Seguiría mi carrera de modelo desde aquí y haría trabajos esporádicos fuera del país.
―Entonces… ¿Por qué has vaciado el apartamento? ¿Es que has tomado ya una decisión? ―dije todavía sin comprender nada.
―Érica me contó lo del despido, tal y como te he dicho, así como también el hecho de que tendrías que dejar tu apartamento y tu vehículo. Antes te he pedido empezar una vida junto a ti, desde cero. Así pues, si decides quedarte en España y aceptas una nueva oportunidad, empezaremos desde cero donde tú elijas. Aquí, en el que hasta ahora había sido mi apartamento, o en cualquier otro donde no haya nada antes que nosotros, donde podamos dar inicio a una vida juntos y donde podamos llevar ese cochambroso sillón al que pareces guardar tanto aprecio.
Aquello último me hizo sonreír. Nada de aquello podía ser cierto, ¡era una maldita locura! Le miré y me encontré con su media sonrisa, que esperaba paciente algún tipo de respuesta por mi parte. Sin decir nada más, anduve hasta el sillón y cogí de nuevo la carpeta, mirando con atención todo el contenido de la misma. Al final de todos aquellos papeles, encontré las fotos de un luminoso apartamento, de exclusivo diseño y decoración minimalista, con una enorme cristalera en una de las paredes del salón desde la que podía verse una maravillosa estampa de la ciudad de los rascacielos.
―Si aceptas, ese apartamento sería tuyo, o nuestro, si tú así lo desearas. La decoración es parecida a la del que tienes ahora, tu sillón podría quedar bien.
―Tristán, ¿todo esto va en serio? ―dije al fin sintiendo que de verdad empezaba a creérmelo―. Júrame que esta no es otra de tus jugarretas.
―Valentina ―dijo entonces acercándose a mí. Por primera vez en todo el rato que habíamos estado ahí dentro pasó sus manos por mi cintura y me miró directamente a los ojos, sin desviar la vista de ellos ni un solo instante―. Te prometo que esta es la locura más grande que he cometido en toda mi vida y quiero que tú la vivas conmigo. Tú tienes la última palabra.
»En pocas semanas me has hecho sentir cosas que jamás había sentido por nadie y no pienso renunciar a esto. Sé que es una locura, que apenas hace un mes y medio que nos conocemos y que hay las mismas probabilidades de que salga bien como de que salga mal… Pero si hay algo que no podría soportar es, sin lugar a dudas, la incertidumbre de no saber qué habría pasado con nosotros si el miedo no nos hubiera permitido intentar lo que nuestros corazones están pidiendo a gritos. Qué me dices, ¿aceptas ser mi compañera en este viaje de locos?
Aquella era la proposición más extraña, surrealista y atractiva que me habían hecho en toda mi vida. Su mirada era tan penetrante... Le había echado muchísimo de menos pues, hasta ese instante, pensaba que era yo la única que sentía todo aquello por él. Enterarme de que no era así había resultado una fuerte conmoción, pero jamás nada me había parecido tan natural. Claro que deseaba vivir esa locura a su lado… Viviría esa y todas las que él estuviera dispuesto a proponerme. Debía plantearme muy bien la situación y sopesar los pros y los contras de tomar aquella decisión, pero mi alma estaba vendida a su voluntad y ahora ya pocas cosas podrían evitarlo.
Le miré por última vez y sin poder soportarlo más, le besé. Nos fundimos en un beso que los dos necesitábamos, un beso que pedía a gritos algo más, un beso que nos llevaría a cualquier rincón del mundo, a cualquier estado mental, a cualquier sitio en el que solo estuviéramos nosotros. Donde nada más pudiera tambalear nuestra complicidad, donde a partir de ahora respiraríamos juntos esperando que aquello que sentíamos por el otro, jamás llegara a su fin. Un beso que no entendía de dudas, que no conocía temores y que no comprendía el miedo.
FIN