CAPÍTULO 6
Pasé el sábado encerrada en casa a la espera de que Tristán se dignara a subirme el sillón, tal y como le había ordenado que hiciera. Sin embargo, aquello no sucedió y eso no hizo más que incrementar mi sed de venganza. No obstante, por mucho que deseaba poder devolverle aquella jugarreta, en mi cabeza no paraban de aparecer imágenes de la noche anterior y de las diferentes sensaciones que aquel descerebrado de mi vecino me había hecho sentir con tan solo rozar mis labios.
Cada vez que lo recordaba ―la mayor parte del día, prácticamente―, un escalofrío me recorría entera y todo mi cuerpo temblaba de placer, imaginando aquellas maravillosas y varoniles manos recorriéndome entera, haciéndome estremecer por completo.
Salí al balcón para tomar el aire y calmar el sofoco que me poseía cuando, al girar la cabeza, me encontré a Érica enfrascada en su mundo de yupi. No quise molestarla, pues parecía muy metida entre aquellas páginas, o eso reflejaba la dulce sonrisa de su rostro. Sin embargo, la joven se dio cuenta de mi presencia y sin levantar la vista, se dirigió a mí sin borrar la sonrisa de su rostro.
―Una noche movidita, ¿eh?―dijo en un tono juguetón que consiguió ruborizarme por completo.
―Bueno, las he tenido de mejores ―dije, aunque continuaba dudando que alguna vez me hubieran besado con aquella intensidad.
―Querida, en el colegio me enseñaron que no es bueno mentir… ―añadió con una nueva y más divertida sonrisa, mientras ponía un marcapáginas en la novela y se acercaba hacia mí.
―Ay, Dios… ¡Qué vergüenza! ¿Cómo pude permitir que pasara?
―Porque está tan bueno que cualquier mujer en su sano juicio dejaría que hiciera con ella lo que le viniera en gana… Ni más,
ni menos ―dijo en un tono lacónico y cargado de sabiduría femenina.
La miré con un gesto escéptico y terminé sonriendo ante la verdad que escondían sus palabras.
―Ese hombre sí que sabe llevarte al país de las maravillas… de verdad. Estoy por sugerirle que para el próximo disfraz escoja el de sombrerero loco, le iría perfecto.
Érica sonrió ante la ocurrencia y ambas nos sumimos en un repentino silencio mientras mirábamos hacia el horizonte.
―¿Sabías que fue él quien me robó el sillón del rellano? ― dije sin ningún rastro de enfado en el rostro, sino más bien con cierta diversión por la ocurrencia―. El tío lo tiene en su salón, ahí, bien puestecito, como si la cosa no fuera con él.
―Tienes que devolvérsela, esto no puede quedar así ―añadió divertida con la sed de venganza supurando por todos los poros de su piel.
―Oh, y lo haré… ¡Créeme que lo haré!
El resto del fin de semana transcurrió tranquilo, sin gran cosa a destacar. Evidentemente, Tristán no apareció, lo cual no hizo más que incrementar las ganas que tenía de presentarme en su casa y partirle los morros, o jugar con ellos… ―¡qué sabía yo!―. Pero no dejé que mi voluntad me venciera y me mantuve fuerte, aguantando el tipo y las ganas de volver a probar de sus labios.
Desperté el lunes más cansada de lo habitual, había aprovechado la tarde anterior para acabar de dar los últimos retoques al evento que tenía al día siguiente. Esa misma tarde, nos íbamos a reunir en el famoso Hotel Vela de Barcelona para hacer un cóctel de celebración por la compra de una empresa multinacional muy importante y que, a partir del año siguiente, tendría sede física en la ciudad. Se juntaban los directivos de diferentes estados y eso me traía de cabeza, aunque nada de aquello fuera conmigo. Pero si ese acto salía bien y los directivos quedaban contentos, supondría que la empresa para la que yo trabajaba sería la encargada de llevar todos los eventos de la multinacional en cuestión, lo que se traducía en un nuevo ascenso directo para mí y una gran suma de dinero extra cada fin de mes.
Salí por la puerta de casa vestida con el traje más elegante que tenía. Era un Armani de color azul marino consistente en una falda de tubo que me llegaba hasta las rodillas, una camisa blanca de corte americano y una chaqueta perfectamente entallada, que realzaba y definía mi figura y mi no tan generoso busto. Llevaba la melena recogida en una coleta alta terminada en un tirabuzón que confería aquel último toque de feminidad y belleza que le faltaba al atuendo. En ningún momento me habían mencionado qué tipo de producto era el que comercializaba aquella empresa, por lo que solo tenía órdenes estrictas de ir elegante y mantener confidencialidad de todo cuanto viera ahí dentro.
Llegué al hotel con tiempo de sobras, sin embargo, el ambiente ya estaba agitado y muy concurrido. Me recibieron en la recepción con mucha educación y me entregaron una acreditación para que durante toda la jornada pudiera entrar y salir del edificio sin ningún tipo de problema. Después de saludar de forma conveniente a un par de directivos con los que previamente había establecido las premisas del evento, me excusé con la intención de ir al baño un momento. Sin embargo, cuando fui a pasar a través de la sala de convenciones ―en la cual se iba a llevar a cabo el acto― mi respiración se paralizó de golpe ante lo que acababa de descubrir. Sin duda alguna conocía a aquel joven que había al fondo de la sala, alrededor del cual se habían congregado un montón de fotógrafos dispuestos a captar la mejor instantánea en el recién instalado photocall. Intenté pasar con sigilo cerca de él, con el firme propósito de que no reparara en mi presencia. No obstante, me encontraba tan hechizada con la imagen que estaba viendo, que no fui capaz de darme cuenta de que aquel no era el
único rostro familiar que había allí dentro.
―Disculpe, señorita… ―dijo una voz masculina y profunda cerca de mí.
Me giré sobresaltada y me hicieron falta muy pocos segundos para reconocer a aquel joven como Max, el chico que me había ayudado el día en que me mudé.
―¡Max! ―exclamé sorprendida― ¿Qué haces tú aquí?
―Pues mira, trabajo como guardia de seguridad privada. Me dedico a controlar que todo vaya de la forma que tiene que ir… ― añadió en un tono enigmático―. ¿Has visto ya a Tristán? Hoy es su día de gloria…
Le miré con el ceño fruncido y le sonreí con educación pero justo cuando iba a preguntarle algo al respecto, Max se adelantó dejándome con la palabra en la boca.
―Lo siento, tengo que irme. Me reclaman en la entrada. Disfruta de este día, ¡el éxito está de tu parte!
Y sin más, se marchó en dirección opuesta a paso ligero. Volví a girarme hacia la zona del photocall justo a tiempo para encontrarme con la mirada de Tristán, que me sonreía desde la distancia con la misma suficiencia que había mostrado el viernes en su casa. Sin que las fotos cesaran en ningún momento, levantó la mano con los dos dedos alzados ―el mismo gesto que había usado aquella noche― y con los labios pronunció la palabra “dos”, sin emitir sonido alguno. Aquella referencia a la particular victoria que llevaba el joven en la extraña lucha que ambos habíamos emprendido provocó que algo en mi interior se removiera y se agitara compulsivamente, impidiéndome discernir con claridad. Sin cortarme un pelo, alcé la mano en su dirección y levanté el dedo corazón hacia Tristán que, al verlo, estalló en una perfecta y sonora risotada que los periodistas aprovecharon para fotografiar.
Tristán le dijo algo al oído a un señor que tenía a pocos centímetros de distancia y éste, de repente, detuvo la sesión de fotos, concediéndole un descanso al joven. En el momento en que vi a Tristán caminando decidido hacia mí, sentí que mi corazón palpitaba sin tregua. Tenía que controlarme como fuera, no podía dejarle ver lo nerviosa que me sentía en ese instante.
―Vaya, ¿qué hace mi glamurosa vecina en un evento como este? ―dijo él cuando estuvo lo suficiente cerca de mí.
―Mira, Chococrispi, no sé a qué narices estás jugando pero de hoy depende que me den un importante ascenso. Así que, por favor, aquí dentro no quiero tonterías de las tuyas. ¿Me puedes explicar qué narices haces tú aquí? ―dije intentando no pensar en el efecto que su barba y su sonrisa estaban causando en la parte más baja de mi vientre.
―Me escogieron como imagen del evento, bueno, de la marca que hoy se presenta aquí en España.
―¿Tú? ―exclamé sorprendida en un tono más elevado del que esperaba―. ¡Pero si hace dos días ibas vestido de mono por la calle!
―Y a eso me dedico, novata. Soy la imagen publicitaria de la marca que quiera contratarme. Y hoy me han escogido sin necesidad de lucir un dichoso disfraz… ¡Fíjate tú qué suerte la mía!
¿Algún inconveniente al respecto?
―No… No entiendo nada. Pero supongo que ambos nos jugamos el pellejo en esto. No la cagues.
―O sino… ¿qué? ―añadió él juguetón acercándose más a mí y reduciendo considerablemente la distancia prudencial que debería de existir entre ambos, por decoro, protocolo o simplemente, por necesidad de ciertas partes de mi cuerpo.
―Mira, guapito. Si crees que vas a hacer que caiga en tus garras simplemente por esa carita bonita que tienes, lo llevas claro. A otra con tus tonterías, majo.
Nos sostuvimos la mirada con una intensidad fuera de lo común.
―En cinco minutos. Baño de la segunda planta. Segunda puerta. Te espero allí. A ver si eres capaz de decirme esto mismo a la cara sin mostrar esa mirada de gata en celo que se te pone cada vez que me cruzo en tu camino ―y lo dijo tan cerca de mi
oído que pude sentir la reacción de todas mis terminaciones nerviosas al contacto de su aliento sobre mi piel. Mis rodillas temblaron y mi estómago se revolucionó por segundos. Aquello no auguraba nada bueno.
Sin decir nada más, me guiñó un ojo y empezó a caminar hacia la puerta en la misma dirección por la que antes había salido Max. Tardé unos segundos en reponerme de la sensualidad con la que Tristán había pronunciado aquellas palabras hasta que, al fin, me pasé una mano por la falda para colocármela bien y alisé mi perfectamente planchada camisa, mientras respiraba hondo tratando de relajar el estado de nervios en el que mi vecino había logrado dejarme.
Abrí la puerta del baño después de asegurarme de que nadie me había visto dirigirme hasta allí, entré y volví a cerrarla sin hacer apenas ruido. Conté hasta cinco puertas en el lateral izquierdo y empecé a caminar junto a ellas, evitando hacer apenas ruido con los tacones. Sin embargo, cuando pasé de largo el primer cubículo y me dirigía ya hacia el segundo, la puerta del primero se abrió y de ella salió un brazo que me asió por la muñeca y me arrastró hacia adentro del mismo.
De golpe, me encontré de frente con Tristán, vestido con aquel esmoquin que tan bien le quedaba y que tanto conseguía realzar su belleza. Sentí mi respiración acelerándose por momentos conforme la penetrante mirada del chico se clavaba en mí y en cada parte de mi cuerpo. Tristán se acercó todavía más a mí y puso sus labios sobre mi cuello. Empezó a dibujar por él un reguero de besos que terminaron con un suave mordisco y que provocaron que temblara de los pies a la cabeza.
―No sigas por ese camino, tengo que estar pendiente de que todo salga como está previsto.
―En esta vida todo puede esperar, todo menos nuestros deseos. Estos deben ser siempre nuestra máxima prioridad.
Traté de luchar contra mis instintos más primarios, pero el
temblor de las rodillas, las mariposas de mi estómago, el pulso acelerado y las descargas que sentía entre las piernas hicieron que no pudiera resistirlo más. Le besé con fuerza, dejándome llevar de nuevo por aquella sensación que me inundaba y me llenaba de vida. Sin darme cuenta, aquel beso se convirtió en una súplica y mi falda terminó en la cintura antes incluso de lo que ambos lo hubiéramos esperado. Sin detenerme a pensar en las consecuencias de mis actos, dejé que Tristán se hundiera en mí con verdadera premura, con una necesidad que salía directamente desde el fondo de mi ser y que necesitaba calmar cuanto antes si no quería acabar explotando por la magnitud de lo que aquel hombre me estaba haciendo sentir. No era yo misma, era la versión primaria de mi persona. Tristán había desatado a la pantera que habitaba en mi interior y yo no podía hacer nada al respecto que no fuera dejarla salir y rugir de verdadero placer. Era como si hubiera dejado de ser dueña y señora de mi propia voluntad, siendo consciente de que aquello que estaba haciendo era una verdadera locura y algo que siempre había reprochado.
Conocedora de que si me dejaba llevar acabaría mucho antes que él, no opuse ningún tipo de resistencia a mi instinto y le dejé hacer, llegando al clímax en apenas un par de minutos en un silencioso y ahogado grito que amenazaba con salir de mi garganta y traspasar aquellas finas paredes. Fue entonces cuando, con un movimiento hábil, provoqué que el joven saliera de mi interior y se quedara totalmente descolocado por lo que acababa de hacer. Entonces, rápida como el viento, levanté la mano y alcé un dedo amenazante, lo cual le hizo sonreír de forma aún más sexi y juguetona.
En ese instante, levanté una ceja prepotente, sabiendo que ahora era yo la que dominaba el juego. Vale, se me había ido de las manos y aquello distaba mucho de mi comportamiento habitual, pero ahora mismo era incapaz de pensar con claridad qué narices era lo que estaba haciendo en el interior de aquel baño. Si me hubiera visto desde fuera, me estaría avergonzando de mi comportamiento ―nada femenino ni correcto― pero juro por lo que más quiero que en aquel instante aquello era lo que más deseaba en el mundo.
―No me hagas esto, Val… ―dijo usando un tono de súplica por primera vez conmigo.
―Esta misma noche quiero el sillón en mi casa ―continué con una autoridad que solo provocó que Tristán enloqueciera todavía un poco más.
―Está bien ―aceptó al tiempo que se acercaba a mí de nuevo para besarme, gesto que evité con astucia.
―Y quiero una botella de vino, la más cara que tengas.
Tristán dirigió la vista al suelo, con la sonrisa más maliciosa que me hubiera mostrado jamás, tratando de buscar la manera de ganar aquella partida que, evidentemente, estaba perdiendo.
―De acuerdo ―añadió vencido.
―Y más te vale que así sea porque, de lo contrario, voy a decirles a todos los aquí presentes que no eres más que una mascota publicitaria y les enseñaré fotos de otros eventos en los que has participado como cualquier otro animal del que te hayas disfrazado. Creo que eso haría bajar un poco tu caché de modelo…
¿me equivoco?
―Joder… no me hagas esto. Te llevaré lo que quieras, el sillón, el vino y la mejor cena de tu vida… pero no digas nada.
―Trato hecho. Vístete anda, que te están esperando abajo
―dije mientras ponía en su sitio la camisa y la falda.
―¿Me vas a dejar así? ―exclamó fuera de combate.
―Cumple con tu palabra y prometo darte la mejor noche de tu vida. Considera esto un jaque mate.
Y a continuación, de nuevo vestida y a punto, crucé la puerta dejándole allí plantado, incapaz de procesar la manera en la que yo había ganado aquel juego. Tal y como había salido al pasillo, una sensación de náusea me invadió al pensar en el enorme error que había cometido. Por primera vez en mi vida había mantenido relaciones sexuales sin ningún tipo de precaución y con un tipo al
que apenas conocía. Se me había ido de las manos por completo.
¡¿Cómo no había podido evitarlo?! Y encima, lo peor de todo era que lo había hecho porque su presencia me poseía como una fuerza animal, capaz de anular toda mi voluntad. ¡Jamás había hecho nada parecido! ¡Y mucho menos en un baño público!
Decidí respirar hondo y tratar de recuperar el aliento que me faltaba por culpa del miedo que me estaba poseyendo. De acuerdo, no me podía quedar embarazada porque hacía años que me tomaba las píldoras anticonceptivas por temas hormonales pero… ¿qué pasaría si me hubiera contagiado algo? No… Ahora no podía preocuparme de aquello. Tenía que concentrarme en el evento como fuera y dejarlo para más tarde, ya pensaría en una solución al llegar a casa.