CAPÍTULO 8
Si estás leyendo estas palabras es porque has decidido aceptar el juego. Las cosas no son tan fáciles como creías, novata. Nunca debiste subestimar a tu contrincante y mucho menos, dejarme a medias de aquella manera. Te va a costar el doble conseguir tu sillón.
Como no me gustan las cosas estipuladas, ni tampoco las normas escritas, tan solo te diré un par de cosas básicas que deberás tener en cuenta.
Si quieres tu sillón, vas a tener que cumplir con algunos retos. Llámale reto, desafío, jugarreta, o “lo que aquel osado se atrevió a hacerme mientras observaba cómo moría de vergüenza por un simple sillón” (realmente cómodo, por cierto).
Segundo: Yo mando. Si no sigues las reglas, estás fuera del juego.
Recibirás las instrucciones cuando menos te lo esperes, o cuando a mí me apetezca, que para eso mando yo. Así pues, borra esa sonrisa bobalicona de tu rostro y dedica dos segundos a pensar si estás preparada para jugar de verdad. Si es así, no será necesario que me lo hagas saber, recibirás las primeras instrucciones en las próximas horas.
De lo contrario, si prefieres rendirte y demostrar que no eres más que una niña pija que siempre consigue lo que quiere a base de pataletas, estaré en mi casa esperándote, sentado tranquilamente en mi precioso, cómodo y nuevo sillón.
Un beso, novata.
De aquellos que te mueres por probar.
―Pero, ¡¡será imbécil!! ―exclamé con todas mis fuerzas aunque nadie pudiera oírme.
Empecé a dar vueltas por el salón y de pronto ―casi de forma instintiva― me di cuenta de que me había dirigido hasta un punto en concreto y me había detenido sin ser consciente de ello. Me hallaba frente a aquel estúpido póster de mi sillón. Entonces, pude apreciar que mis labios llevaban un rato curvados, mostrando
una boba sonrisa que no podía borrar de mi rostro. Este no sabía hasta dónde era capaz de llegar para ganar… Si quería jugar, ¡iba a tener partida para rato!
Decidí no sacar aquel póster de la pared y lo dejé allí colgado, pues en el fondo me resultaba incluso divertido. No sé a qué clase de mente perversa se le podía haber ocurrido aquello pero sinceramente, era una de las cosas más curiosas que había vivido jamás.
Decidí tumbarme en el sofá, puesto que necesitaba un poco de ejercicio mental ―o de des-ejercicio―, como se prefiera. Lo que se conocía comúnmente como “tumbarse a la bartola”, vamos. Estaba segura de que ver un rato la televisión me distraería de aquella oleada de sensaciones que ese estúpido mono de feria me había provocado.
Sin embargo, los minutos pasaron y mi mente había decidido obcecarse con lo mismo. Menuda nochecita me esperaba. Enfadada conmigo misma pero, sobre todo, enfadada con el estúpido de mi vecino, apagué el televisor y me dirigí a mi dormitorio, no sin antes lavarme la cara con agua muy fría, que menudo sofoco tenía. Al fin, entre miles de pensamientos que traspasaban la fron-
tera de lo que cualquier persona normal podría considerar como cordura, me quedé dormida con la imagen de aquel joven grabada a fuego en mi piel.
Me levanté al día siguiente con una sensación extraña en el cuerpo. Era martes pero, después de eventos como el de anoche, solíamos tomarnos el día libre para poder recuperarnos un poco del ajetreo. A pesar de continuar adormecida, sentía la respiración agitada y un acelerado pálpito en la parte más baja de mi vientre. Aquello no era normal. Ese hombre me estaba robando los pensamientos, el alma y el aire de los pulmones. ¡Pues lo llevaba claro!
Me dirigí como una autómata hacia el baño y me encerré en el espacioso cubículo que tenía por ducha. Puse el agua ardiendo
y me dejé llevar por aquella sensación de paz que solo el agua era capaz de ofrecer. Cogí un poco de gel de ducha y empecé a deslizar las manos por mi cuerpo, con suavidad, sintiendo el contacto de mi propia piel. Sin darme cuenta, llegué a la cumbre de la feminidad y dejé que mis dedos hicieran de las suyas, deleitándome a mí misma con aquello que anoche me había sido robado.
Al terminar ―ahora con una nueva sensación de paz interior―, me envolví en una cálida y mullida toalla y, una vez mi cuerpo había dejado de gotear, anduve de nuevo hasta el dormitorio. Como no tenía que acudir al trabajo, decidí ir directamente a la parte de mi armario en la que guardaba mis prendas favoritas: todas aquellas que, siendo también de lo más elegantes, no solía llevar nunca para ir a la oficina.
Escogí unos shorts blancos y una camiseta con cuello de barco en color salmón de Adolfo Domínguez, que caía de forma coqueta dejando uno de mis hombros al descubierto. Me puse un cinturón marrón y, satisfecha con el resultado, regresé al baño de nuevo y empecé con las rutinas faciales ―las mascarillas, cremas hidratantes, exfoliantes y cualquier cosa que tuviera que ver con ellas era mi absoluta perdición… por si no se había notado todavía―.
No hizo falta que pasara mucho más rato para que terminara por preguntarme a mí misma qué era lo que hacía arreglándome tan pronto cuando no tenía ninguna cita prevista ni esperaba visita alguna. Sin embargo, mi subconsciente pedía a gritos grandes dosis de glamour y feminidad, así que yo no era nadie para negarme a sus peticiones, ¿no? Así pues, decidí que aquel era un buen momento para hacer una nueva entrada en el canal y un nuevo vídeo con un maquillaje y look veraniego en tonos rosados. Cogí los neceseres de maquillaje con productos de un montón de marcas que adoraba: MAC, NARS, Benefit, Bobbi Brown y un largo etcétera más. Situé la cámara encima del tocador ya que había decidido que el nuevo telón de fondo de mis vídeos iba a ser mi dormitorio. Una vez lo tuve todo bien colocado, pulsé el
botón del play y empecé otro de mis cientos de vídeos caseros, filmando todo el proceso del maquillaje que tenía previsto para ese día.
Llegué al salón con una inyección de energía renovada y mi vista se dirigió de forma automática y acelerada hacia el punto donde Tristán había colgado el póster la noche anterior. Sí, continuaba allí, por lo que nada de aquello había sido un sueño. Aunque eso no era más que la prueba fehaciente de que su petición continuaba en pie y de que, por lo tanto, yo debía de tomar una decisión al respecto. No creo que fuera algo duro… aunque pensándolo bien, se la había jugado demasiado en aquel baño como para no merecerme una cruel venganza por su parte.
Sonreí divertida por lo que seguramente su imaginación me haría vivir y me dirigí a la cocina con una sonrisa instalada en el rostro. El café salía humeante de la cafetera que había dejado unos minutos atrás sobre la vitrocerámica y me deleité con aquel aroma durante unos segundos antes de darle el primer sorbito. A continuación, dejé la taza que había cogido sobre la encimera y me preparé una tostada con miel y canela. Era una antojosa, cada vez lo tenía más claro.
@CookieCruz Muy interesante el tutorial sobre labios, colores y perfilados. Me gustó todo menos el color de labios. Tampoco com parto mucho esa clase de perfilado intenso. Hubiese quedado mejor uno más vivo… o por lo menos con más brillo. Pero me encantó el vídeo.
Me había perdido en algún punto del mensaje. ¿Debería contestarle algo acerca de los estudios sobre la bipolaridad incipiente? Tal vez la mejor opción fuera terminarme el café y hacer como que no había visto el comentario... Pero siempre contestaba a mis seguidoras, no podía dejar pasar aquello… Cortesía ante todo, ¿no?
@PitufaAsesina Pásame la referencia de algún labial que te guste y trataré de darle salida en el canal. ¡Gracias!
Pasé el resto del día poniendo un poco de orden a mi nuevo hogar, sin embargo, no podía sacarme de la cabeza ―entre muchas otras cosas, claro― la insensatez que habíamos cometido la tarde anterior―. ¿Cómo podía decirle que estaba preocupada?
¿Lo estaría él también? ¿Sería portador de alguna clase de enfermedad venérea? Pensé que no podía ser, que alguien que supiera que podía contagiar algo así no sería tan insensato como para ir manteniendo relaciones sin protección alguna… Pero algo me decía que aquello no era tan raro en los tiempos que corrían. Era como si la gente se hubiera vuelto loca y no se cuidaran ni valoraran lo suficiente. ¿Y precisamente era yo la que lo pensaba? Yo,
¿justamente la que había cometido ese mismo error?
Cada minuto que pasaba me sentía más y más nerviosa, como si la hora del juicio final se acercara a gran velocidad. Ese hombre me las iba a pagar, ¡qué manera de estresarme! No me lo podía sacar de la cabeza, ni a él, ni a sus posibles virus, ni a su estúpida forma de tenerme pendiente de sus movimientos. Me había dicho que tenía que seguir las instrucciones y que, si no le decía nada, estaba en el juego. Entonces, ¿por qué tardaba tanto?
¿Es que no había quedado claro que estaba dispuesta a jugar con él?
Sin darme cuenta, me encontraba ahora frente al espejo de mi dormitorio. Mis ojos sonreían risueños y mi cara reflejaba un estado de embriaguez muy distinto al habitual. La mirada que me devolvía el reflejo brillaba por sí misma, como si supiera que iba a recibir el mejor regalo del mundo. El ansia me podía y los nervios me comían por dentro, pero tenía que vencerle, no podía dejarle ganar.
De pronto, el timbre sonó de forma breve y mi corazón empezó a latir desbocado. Creo que se me hubiera salido del pecho de no haber sido por la presión de mi magnífico sujetador de encaje con súper push-up que me había comprado en Intimissimi du-
rante las últimas rebajas. Era una verdadera preciosidad, ¡y toda una ganga!
Desvié mis pensamientos de aquella prenda que tanto me gustaba y tras guiñarle un ojo con picardía a mi propio reflejo, anduve a paso ligero hasta el recibidor. Respiré hondo antes de abrir la puerta y me obligué a mantener un gesto impasible en el rostro, como si no llevara todo el día esperando aquella visita.
―Vaya, has tardado poco en… ―empecé a decir antes de quedarme en silencio.
―Me parece que no me esperabas precisamente a mí, ¿me equivoco?
―Ah, no… Pasa, Érica, pensé que serías otra persona…
―¡¿Te lo estás montando con Tristán?! ―exclamó de pronto con una expresión de sorpresa y lujuria en el rostro.
―¡Shhhhhh! ―chisté haciendo un gesto de aspavientos un tanto histérico por mi parte.
―Tía… ¿pero qué te pasa?
―Pasa y calla, anda. Que todavía conseguirás que se enteren todos los vecinos…
―Entonces, ¿es cierto? ―preguntó de nuevo con la misma sonrisa aún en los labios.
―¡No! ―dije en un tono algo más elevado de lo habitual―. Fue una locura lo de aquella noche, ¿vale? Íbamos borrachas, por si no te acuerdas.
―¡Ja! La que por lo visto no se acuerda eres tú. Pensé que después de aquello estarías como loca por repetir con él.
―Tú sí que estás loca. ¿Qué crees que pasó? Porque fue un simple y estúpido beso tonto, nada más. Anda, dime, ¿qué quieres?
―Nada, estoy caprichosa y me apetecen unos huevos fritos… ―dijo justo antes de dirigirse hacia la cocina y sentarse en uno de los taburetes.
―Ah, muy bien. ¿Debo felicitarte por ello? ―pregunté extrañada por el planteamiento de Érica aunque divertida por lo inverosímil que me estaba resultando aquella situación.
―Me basta con que me prestes un par de huevos. No tengo ninguno y no me apetece bajar al supermercado…
―Ahora entiendo estas pintas de sin techo que luces hoy ― dije sonriéndole divertida mientras abría el frigorífico en busca de algunos huevos.
―Eh, no te pases. Estos pantalones me costaron una fortuna en su día ―añadió señalándose las piernas con fingida ofensa.
―Cariño, ha llovido mucho desde la época de los tupés y las melenas a lo afro.
Ambas reímos durante unos instantes y comentamos por encima nuestras intenciones para el próximo fin de semana. Bueno, en mi caso, mis fingidas intenciones, pues lo que realmente quería hacer era bajar al tercero y meterme en la cama de aquel hombre que me estaba quitando el sueño, pero aquello no se lo iba a contar a mi nueva amiga, seguro que terminaría pensando que no estaba muy equilibrada.
No sabía en qué momento habíamos traspasado aquella barrera imaginaria que se establece entre dos personas que simplemente comparten rellano, pero tenía la sensación de que la conocía desde hacía mucho tiempo. Ni siquiera me llegué a plantear si se había tomado demasiadas confianzas al venir a pedirme unos huevos y sentarse en mi taburete como si nada, pues aquello me parecía muy natural entre nosotras, como si siempre hubiera sido de ese modo.
―Por cierto, muy bueno el vídeo de hoy. ¿Podrías prestarme algún día esa base de Clinique? Parecía que tuvieras la piel de terciopelo… ―añadió mirándome fijamente al rostro y escudriñándolo en busca de alguna imperfección tal vez.
―¿Ya lo has visto? ―pregunté ruborizándome por completo. Una cosa era filmar en casa sin público, otra muy distinta era que alguien te reconociera y te examinara abiertamente.
―Cielo, ya tienes más de dos mil visualizaciones.
―¡Pero si solo lleva una hora colgado! ―añadí sorprendida
por completo. No negaré que a veces me daba por observar las visualizaciones de mis vídeos pero cada vez que lo hacía se me revolvía el estómago al pensar cuántas personas me veían a diario. Por eso casi nunca revisaba ese aspecto, para evitar ponerme nerviosa cada vez que quisiera subir un nuevo vídeo al canal. Por ahora, el que más visitas acumulaba era el vídeo del maquillaje que había hecho para la boda de mi amiga que, a día de hoy, llevaba más de un millón quinientas mil visitas. Toda una proeza.
―¿No trabajas hoy? ―quise saber extrañada.
―Tengo un horario bastante flexible. ¿Te patrocinan las marcas que usas? ―cambió de tema mientras cogía una aceituna del bol que había servido.
―Algunas me envían productos para que los pruebe y haga una reseña después en el canal. Cada vez son más marcas las que se interesan y me hacen llegar sus propuestas.
―Jo, qué envidia me das. Yo tengo menos arte con el maquillaje que un pato borracho.
Solté una carcajada ante aquella salida, me hacía gracia pensar que Érica no tuviera ni idea de maquillarse cuando sus facciones y aquella piel perfecta y cuidada que lucía invitaban a hacer las mil maravillas con cualquier clase de sombras, lápiz de labios o gloss.
Érica desapareció al cabo de media hora, después de que hubiéramos hecho un pequeño vermut y nos hubiéramos metido en el cuerpo un par de cervezas. Al fin y al cabo, comenzaba a pensar que mi adaptación a ese nuevo edificio iba a resultar mucho más fácil de lo que había imaginado en un principio.
Me hallaba distraída mirando los vídeos que habían subido algunas de mis compañeras a la red, cuando escuché de nuevo el timbre de la puerta. Me acerqué sin dejar de mirar la pantalla y la abrí sin preguntar siquiera quién era.
―Si lo que quieres ahora es que te fría los huevos, vas a
tener que hacerme más la pelo… ―Y me quedé a medias.
En vez de encontrarme con el rostro angelical de Érica, tenía a un imponente Tristán frente a mí, ataviado con una camisa azul cielo metida por dentro de unos tejanos desgastados que se sujetaban de forma escandalosamente morbosa a su cadera.
―Vaya, veo que vas más fuerte de lo que imaginaba ―dijo sin ningún tipo de titubeo en la voz.
Creo que me quedé en estado de shock ahí mismo. Mi cuerpo no reaccionaba a mi voluntad ―que no era otra que la de salir corriendo de allí y esconderme bajo la cama deseando que la tierra me tragara en ese mismo instante y me escupiera en alguna parte del Caribe― y el rubor me cubría el rostro de un rojo intenso a una velocidad vertiginosa. Allí en pie, inmóvil, debía de tener el mismo aspecto que cualquier adolescente ante alguno de sus ídolos. Esta vez me estaba luciendo.
Cogí aire con fuerza e hice el intento de recuperar un semblante teñido de sensual indiferencia con el que poder responder a mi contrincante.
―Ahora ya sabes lo que te pasará si te pasas un solo punto de la raya.
―Sosiega, novata. He venido a cumplir con la primera parte del juego. Porque sigues decidida a jugar… ¿verdad? ―dijo con aquella sonrisa de suficiencia que me llevaba por el camino de la perdición.
―¿Qué es lo que te hace pensar que haya cambiado de idea? ―dije haciéndome la valiente, aunque mis piernas temblaran como un flan y toda mi sangre se concentrara en un único punto de mi cuerpo.
―Nada, tan solo quería asegurarme ―añadió acercándose a mí. Pude aspirar su fragancia, dulce y adictiva, y sentí que mi cerebro se nublaba por momentos. Aguanté el tipo y le puse una mano en el pecho, impidiéndole de aquella manera que continuara acercándose más―. Aquí tienes la dirección. Próximo sábado. A las nueve y media te espero para cenar. Ponte elegante.
―¿Elegante? ―pregunté sintiendo un montón de gusanos removiéndose en mi interior.
Tristán me guiñó un ojo justo antes de dedicarme aquella sonrisa tan suya y sin contestar nada más, dio media vuelta y anduvo hasta la escalera, por donde comenzó a bajar hasta desaparecer por completo de mi vista.
Pero, de pronto, cuando se encontraba ya a unos tres o cuatro escalones por debajo, se detuvo en seco y se giró de nuevo hacia mí.
―Puedes ponerte el look ese de “estilos para comerse… el mundo” ―añadió juguetón arrastrando las palabras―. Estabas espectacular en ese vídeo.
¡Y desapareció de nuevo entre el hueco de las escaleras! Mi cara hablaba por sí misma y sentía que ninguna parte de mi cuerpo respondía a mi voluntad. ¿Cómo podía saber lo del canal? ¿Érica se había chivado? Dios santo, necesitaba sentarme y controlar los nervios si no quería acabar con un ataque de histeria. ¡¿Cómo era posible aquello?!