CAPÍTULO 26
 

Desperté al día siguiente igual de aturdida que los últimos días. No entendía muy bien qué me estaba sucediendo, pero yo siempre había sido de las que dormían a pata suelta y si caía un rayo ni se inmutaba. Para que luego digan que el amor es bonito, porque aquello debía de ser amor, ¿no? Tenía que serlo, sino, estaba tocando fondo.

Me tapé la cabeza con la sábana y estiré los brazos tanto como pude, arqueándome por completo en aquella cama de uno sesenta que me había concedido a misma. Me desperecé durante unos largos minutos y sin sacar la cabeza de aquella cueva que había creado, alargué el brazo, cogí el teléfono móvil de mi mesilla y lo metí en el interior junto a mí.

@CookieCruz Si saliera así a la calle mi madre pensaría que voy de camino al cementerio a reunirme con el guardián del infierno. Me encanta tu look para Hallowen. Es total.

 

Me hizo gracia aquel comentario. Cuando empecé a maquillarme tenía gran afición por los colores oscuros. Mi madre me perseguía por toda la casa al grito de “¡así no vas a salir a la calle!”. Pobre mujer, no ganaba para disgustos conmigo. Aunque lo de mi hermano era peor, él también se maquillaba… y lo hacía mejor que yo. ¡Qué envidia me daba! Luego me explicó un par de trucos y se abrió un nuevo mundo ante mis ojos. Más tarde descubrí lo de su trabajo en aquel local de despedidas de soltera y fui consciente de lo que significaba lo de “caerse un mito”. Y yo que pensaba que él solo lo hacía para enseñarme a mí… Bendita inocencia.

@GoticaDeAgua Todos hemos pasado por esa etapa. Si no pue des con tu madre, ¡únete a ella! Prueba de hacerle un ahumado en tonos tierra… acertarás seguro. ¡Suerte!

 

Cuando miré la parte superior de la pantalla encontré que tenía diferentes notificaciones pendientes. Miré primero las de Facebook y luego hice lo mismo con Twitter. Parecía mentira, pero aquella era una buena manera de mantenerme alerta de los últimos acontecimientos. Como era sábado, en vez de mirar noticias de actualidad, me dediqué a navegar por las páginas de cotilleos y moda que tanto me gustaban. El fin de semana era para desconectar, ¿no? Pues eso. De pronto, una nueva notificación llegó a mi teléfono y WhatsApp me indicó que tenía un nuevo mensaje pendiente de leer. Lo abrí y descubrí que no era uno, sino varios los que había recibido durante la noche y que todavía no había leído.

«¿Cómo va con Boris? Me olvidé decirte que, al final, Ezequiel tenía que marcharse antes y te traería al perro esta noche. Espero que no te moleste. De todos modos, intuyo que tu plan era película y manta, así que no te incordiará demasiado. Ayer, 23.18». A buenas horas avisaba. ¡Menudo caradura! Ni siquiera me había preguntado si me gustaban los animales y se las había agenciado para meter en mi casa nada menos que un gigante con forma canina. O de vaca, o de ballena. Vamos, que aquello era de todo menos un perro. Yo siempre había sido más de Chihuahuas, Carlinos, Yorkshires o el perro de mis sueños, un Bichón maltés.

¡Eran tan achuchables…!

«Buenos días, bella durmiente. ¿Cómo has pasado la noche? Espero que Boris no te haya dado mucho la lata, aunque, por lo que tengo entendido, es muy tranquilo. ¡Que paséis un buen día! 07:30».

«Por cierto, se me había olvidado. Boris es muy regular con sus horarios. Así que, si no quieres que te inunde el piso, más te vale levantarte y sacarle a pasear. Besitos de chimpancé cariñoso. 08:13».

¿Regular? ¿Qué quería decir regular? ¿Podía un simple pis

inundarme el piso? Dios, ¡quería matar a ese hombre!

Me destapé la cabeza en un movimiento rápido con las sábanas y me di tal susto que por poco caí de la cama por el lado opuesto al que me encontraba. Boris estaba sentado en el suelo frente a y su cabeza estaba suspendida en el aire justo encima de donde segundos antes había estado la mía. Me temblaba el pulso a causa del impacto y mi corazón latía desbocado.

―¿Pero no te dejé la cama afuera?

Boris me miró y ladeó la cabeza ligeramente, en un gesto tierno que consiguió ablandarme un poco. En definitiva, él no tenía la culpa de que el amigo de su dueño fuera un completo tarado.

Me encontraba de pie frente al animal, quedando separados únicamente por mi cama. Apoyé ambos puños sobre la misma y bajé la cabeza abatida. Eran las ocho y media de un maldito sábado y yo ya estaba en pie sin nada mejor que hacer que ponerme cualquier cosa y salir a pasear a aquella bestia parda. Anduve con parsimonia hasta el baño y Boris hizo el intento de seguirme, pero por ahí que no iba a pasar.

―Tú te quedas aquí, esto es solo para mayores, y humanos.

Que yo sepa, no eres ni una cosa, ni la otra.

Boris ladeó de nuevo la cabeza y se sentó justo en el hueco de la puerta, sin apartar la vista de mí. Me estaba vacilando, lo que me faltaba. Traté de apartarlo como pude, pero empujar aquel bicho y arrastrarlo hacia el pasillo era tarea solo apta para valientes y ni siquiera logré moverlo un solo centímetro.

¡¿En serio?! ―exclamé de nuevo mirando al perro.

Boris continuaba con la vista clavada en y al final, tuve que acabar por rendirme. Me miré al espejo, respiré hondo, cerré los ojos y volví a pensar en los instrumentos de tortura que se utilizaban en la Edad Media y que hacía siglos que habían desaparecido, por desgracia para mí. Esto no me podía estar pasando. Vale que Boris era un perro y que no iba a contárselo a nadie, ¡pero es que aquello era muy íntimo!

Al final, rendida por completo a la voluntad de aquel perro color café con ojos de cordero degollado y tierna mirada, di un par de pasos, me bajé los pantalones y me senté en el inodoro, escondiendo la cara entre mis manos, como si aquella fuera la única manera de encubrir el pudor y dignidad que todavía me quedaba.

Cuando terminé, como si Boris lo hubiera adivinado, se puso de nuevo a cuatro patas y me permitió salir del baño. Me dirigí a mi habitación y me puse unos shorts de tela y una camiseta de deporte. Cogí las zapatillas que solía usar para salir a correr y me las llevé al comedor. Me senté en el sofá para atarme los cordones mientras observaba cómo Boris se dirigía hacia la puerta, cogía la correa con el hocico y se sentaba frente a la misma en una pose que no dejaba lugar a dudas sobre cuáles eran sus intenciones.

Cogí por pura precaución un par de bolsas de plástico de las que te daban al comprar la fruta en el supermercado y me las puse en el bolsillo trasero del pantalón. Me dirigí hasta la entrada y traté de agarrar su correa, sin duda, una de las cosas más asquerosas que había hecho en los últimos meses. ¡Aquello estaba pringado de una enorme y viscosa capa de babas de perro gigante!

El espejo de #cookiecruz
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