CAPÍTULO 52
 

Entré en el interior de su apartamento y al momento, pude distinguir un rastro de lujuria y sexo por todos los rincones. Que no se me malinterprete. Todo estaba en su sitio y debidamente ordenado, pero era aquella clase de orden que se respira después de un buen rato de pasión y desenfreno. Ya no había ropa por el suelo ni nada que indicara que un hombre hubiera pasado por ahí. Tal vez era cosa mía, que andaba necesitada de lo mismo que imaginaba que había pasado en ese lugar las horas previas a mi llegada.

Érica sacó un par de Coronitas y cortó algunas rodajas de limón para meter la mitad de ellas en el cuello del botellín. También sacó una bolsa de Cheetos Pandilla y sonreí casi al instante al recordar la última vez ―hacía ya muchos años de aquello― en que había comido esas patatas fritas que tanto adoraba.

―Max dijo entonces dejándome con la duda reflejada en el rostro.

―¿Qué le pasa a Max? ―añadí sin querer meter la pata más de lo debido.

―Él es la respuesta.

¡Tócate las narices!

―Que sí, créeme ―dijo antes de meterse una patata con forma de fantasma en la boca.

Resultaba graciosa incluso comiendo patatas, lo suyo era puro vicio.

―Pues ya me explicarás…

―Max es quien arregla muchas de las cosas que se estropean en la comunidad, entre ellas las puertas.

―Espera, a ver si me aclaro y entiendo lo que me estás queriendo decir… ¿Max no es guardia de seguridad?

―Sí.

―¿Ergo…?

―¿Ergo… qué?

―¡¡Que te expliques mejor!! ―dije entonces algo más alterada que antes.

―A ver, Max era el anterior conserje de la finca, por eso siempre está por aquí. Todos los vecinos le conocen y es un hombre de fiar. Sin embargo ―continuó mientras jugueteaba con el botellín de cerveza entre los dedos―, hace unos meses le contrataron en una empresa de seguridad privada y desde entonces, trabaja allí y aquí solo viene cuando se le necesita para algo en concreto.

―Como para desatascarte las tuberías, por ejemplo… dije con picardía sin poder evitar soltar el comentario socarrón en ese momento.

Su cara se transformó en cuestión de segundos. La había descubierto, conocía su secreto y ella no tenía ni idea. Vi que se ponía roja casi al instante mientras miraba a cualquier parte en busca de algo que aliviara la vergüenza que sentía.

―No te juzgo, pero me lo podrías haber contado antes

añadí con diversión señalándola con un dedo recriminatorio.

Yo…

―Eh, de verdad que no importa. Como si no te hubiera dicho nada ―volví a exclamar sonriente.

Levanté mi botellín esperando a que ella imitara mi gesto y brindáramos así por aquellas confesiones que todavía nos acercaban un poco más la una a la otra. En ese momento, me di cuenta de que Érica se encontraba igual de sola de lo que me sentía yo, a pesar de que ella lo interiorizaba mucho más.

―Sigue, por favor. Se me acaba el tiempo…

―A ver ―empezó a decir de nuevo, tratando de recomponerse de aquella confesión que no estaba preparada a realizar―. La cuestión es que Max podría abrirte la puerta de Tristán sin ningún problema, siempre y cuando, Tristán no la deje cerrada con

una vuelta de llave.

―Vale, ¿y cómo narices puedo saber yo eso?

―Solo lo conseguiremos si le hacemos salir con urgencia del interior.

―Claro, como si fuera tan fácil.

―Oye, podrías darle un poco al cerebrito ese que tienes… No te voy a hacer yo todo el trabajo.

Yo que sé, ¡lo mío no es la imaginación!

Me miró como quien mira a alguien que está perdiendo del todo la cabeza. Estaba perdiendo el juicio por culpa de un hombre y encima, no podía dejar de pensar en continuar con aquella locura que me traía entre manos.

―Lo que no es si Max accederá a abrir la puerta de Tristán. Te recuerdo que sigue siendo un delito.

―El allanamiento de morada solo es delito si el propietario te denuncia. Y créeme, Tristán no me va a denunciar.

Vale, punto número uno: esa norma te la acabas de inventar ―dijo mucho más seria que antes―. Y punto número dos: tal vez no te denuncie a ti pero, ¿y si lo hace con Max?

―¡No se enterará de que Max está metido en el ajo! Si tengo que dar cualquier explicación, asumiré la totalidad de la culpa.

―No es tan fácil como crees. ¿Cómo pretendes sacarlo de casa para que puedas entrar y cometer tu estrafalaria fechoría?

Me quedé pensativa durante algunos momentos. No podía sacarle yo misma del interior si pretendía meterme en su casa. Existía la opción de esperar a que él solo saliera por su propio pie, ya fuera a comprar o a lo que fuera que pudiera necesitar. Pero aquella era la opción más arriesgada. Primero, porque no sabríamos el tiempo que tardaría en regresar y segundo, porque seguramente dejaría la puerta cerrada con una vuelta de llave, como lo hacían la inmensa mayoría de mortales.

Tendrás que hacerlo ―aseveré en un tono grave y definitivo.

―¡¿Cómo?! ―exclamó de golpe sorprendida―. A ver, corazón mío. Cuando te he dicho que te ayudaría me refería al hecho de ayudarte a montar todo este entuerto para observar luego desde fuera cómo solita te partes los cuernos para entrar en su casa, robar su ropa interior y salir indemne de todo ello. En ningún momento he dicho que quisiera ser parte del plan.

Vamos, Érica… ¡no podré hacerlo sin ti!

―Pero a ver, cerebrito de cacahuete, ¡¿no ves que nosotros dos no tenemos relación alguna para que esto no le parezca altamente sospechoso?!

Me levanté y me llevé una mano a la cabeza mientras con la otra sostenía todavía el botellín que continuaba a medias. Pensaba a gran velocidad, tratando de encontrar una solución a aquel “pequeño” detalle. Vale, Érica tenía toda la razón del mundo. Aquello olería a leguas, a no ser que…

―¡Lo tengo! ―exclamé sobresaltándola por completo.

Ay, Dios… No ni si quiero escucharlo.

Érica se llevó ambas manos a la cara y se tapó con ellas los ojos mientras movía la cabeza de lado a lado en un gesto que me resultó gracioso.

―Si nos adelantamos a su sospecha, haremos que parezca más natural.

―Espero que sola entiendas el significado de tus propias palabras porque, en lo que a respecta, no he entendido ni jota.

―Que sí… Escucha ―añadí. A continuación, me acerqué de nuevo hasta ella y volví a sentarme en la silla que había ocupado momentos antes―. Tendrás que bajar a su casa, llamar al timbre y de entrada, decirle que acudes a él porque he sido yo quien te lo ha dicho. De ese modo, no va a sospechar que se trata de una jugarreta porque ya de antemano, le estás diciendo que yo tengo algo que ver en todo aquello. La reacción será instantánea: se verá “obligado” a ayudarte en lo que necesites si actúa como creo que lo haría.

―A ti lo que te pasa es que te has vuelto completamente loca. ¿Por casualidad crees que se lo tragará?

―¿Qué más da si se lo cree o no? La cuestión es que consigas que salga de su casa. En el tiempo que tardáis en subir hasta aquí, entretenerle algunos minutos y que vuelva a bajar, yo habré podido entrar en su casa, coger su ropa interior y salir por patas.

―Joder, Val ―dijo usando el mismo diminutivo que tan solo Tristán había usado alguna vez para referirse a mí. Era curioso, jamás le había permitido a nadie su uso, pero en boca de aquellos dos no me suponía ninguna molestia, incluso al contrario, llegó a hacerme gracia de hecho―. Me vas a meter en un buen lío…

―Vamos, Érica, te prometo que, si sale mal, asumiré todas las culpas y no os pasará nada…

Dije aquellas últimas palabras casi en una súplica, un murmullo que salió de mi interior y llegó hasta ella con fuerza. Sentía que los párpados me pesaban y el cansancio se apoderaba de mi cuerpo, pero debía aguantar. Quizá aquella flojera era la que me hacía estar más susceptible de la cuenta y tal vez, fruto de aquel cansancio, mis ojos se anegaron en lágrimas cuando pronuncié aquellas palabras y gracias a eso, tal vez Érica terminó de ceder por completo.

―De acuerdo… claudicó al final―. Te ayudaré a conseguirlo. Pero ―añadió levantando un dedo justo antes de que yo me lanzara de nuevo a su cuello para abrazarla con fuerza―, promete que, si todo esto sale bien, me vais a recompensar con creces… ¡Ese tío se está forrando gracias a ese dichoso perfume!

―Gracias, ¡gracias! ―dije besuqueándole la cara con cariño―. ¡Eres la mejor!

El espejo de #cookiecruz
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