CAPÍTULO 49
 

Llegué a la oficina sin saber qué excusa poner. Vi que Aritz se encontraba ya encerrado en su despacho y preferí no acercarme a saludar. Primero porque no me apetecía hablar con nadie y segundo, porque quizá así mi impuntualidad pasara desapercibida.

Dejé las cosas en el perchero que tenía en el despacho y encendí el ordenador. Abrí la agenda y vi que, por lo menos, dentro de lo malo me esperaba un día medianamente tranquilo.

Me encontraba absorta en la bandeja de entrada de mi correo electrónico cuando de pronto, una taza de café con envase de cartón y logotipo de Starbucks apareció frente a mí. Me giré de golpe, sobresaltada, y me encontré de frente con un sonriente Aritz.

―No es tu mejor día, ¿verdad? ―dijo dejando el envase sobre mi escritorio―. Tus ojeras se ven desde mi despacho.

¿Cómo tienes la mañana?

―La verdad es que los he tenido mejores… ―dije antes de coger el vaso de café que me había traído y que necesitaba con todas mis fuerzas―. Hoy poca cosa. Los de MAC tienen que confirmar el presupuesto y los de BMW tienen que dar vía libre al proyecto de noviembre.

―¿Qué tenemos para la semana que viene? ―continuó con el semblante sonriente y su masculino porte.

―La boda de la hija de los Baena está más que organizada y el cóctel que tenemos en el Hotel Pulitzer por la jubilación de dos de sus empleados está en marcha. La plantilla está cubierta y la decoración a cargo de los responsables de los centros. El día antes iré a dar un último vistazo para comprobar que todo ha quedado tal y como lo pacté con los clientes.

Vaya, tu eficiencia llega a límites insospechados. ¿Qué te

parece si terminas de pasarme las últimas cláusulas pactadas con los de MAC y te tomas el resto del día libre?

Abrí los ojos escandalosamente ante aquella propuesta. Había pensando en miles de excusas de camino a la oficina con las que plantearme una tarde libre: una visita al ginecólogo ―los hombres no suelen preguntar mucho cuando les hablas de esas visitas y eso me facilitaría las cosas―, una llamada inesperada de mis padres que necesitaba de urgente ausencia por mi parte… una crisis nerviosa de mi vecina, cuya familia estaba en Méjico y no tenía a nadie más en el mundo que la atendiera… Lo normal, vamos.

Pero gracias a Aritz y a su capacidad de ver más allá de la estricta vida profesional que nos unía, nada de aquello había sido necesario y podía tomarme el resto del día para mí.

Muchos de los empresarios y jefes de este mundo no eran conscientes de ello pero, cuando una persona es capaz de darle a sus empleados un poco de confianza y manga ancha para que puedan sentirse mejor en su vida personal, su rendimiento profesional puede incluso llegar a triplicarse, simplemente por el sentimiento de reciprocidad e implicación que se genera entre ambos. Algo tan sencillo de cumplir y que tanto costaba en este país… una verdadera lástima.

―Gracias, Aritz. Te debo unas cuantas. En una hora lo tendrás todo en tu despacho.

―No me des las gracias, un día necesitaré de ti y que no dudarás en echarme un cable ―dijo con una sonrisa que me ablandó el corazón.

―Eso ni lo dudes.

Me dio un ligero apretón en el hombro que me transmitió un poco de la calma y serenidad que necesitaba aquella mañana y tras dedicarme una última sonrisa, dio media vuelta y regresó a su despacho con otro vaso humeante entre las manos.

Con la mente únicamente puesta en el hecho de que iba a tener el resto del día libre, me aislé del mundo por completo ―lo

talla del ordenador y en todos los archivos y contratos que habíamos elaborado para el evento de MAC.

Tal y como le había prometido, una hora más tarde me presenté en su despacho con una nueva carpeta cargada de folios que contenían las últimas modificaciones contractuales y las cláusulas añadidas que requerían de la aprobación final de Aritz, después de que yo les hubiera dado el visto bueno una por una.

Aritz les echó una ojeada rápida y mientras las leía, una sonrisa de satisfacción cruzó su rostro. Le había sorprendido y me sentía feliz por ello, pues aquello solo podía significar que estaba a un paso más cerca de conseguir consolidar mi nuevo puesto en el equipo de dirección.

―¿Cuántos días necesitas? ―dijo cogiéndome totalmente por sorpresa.

―¿Cómo dices? ―contesté algo turbada, pues no entendía la pregunta que mi jefe acababa de realizarme.

―Me refiero a eso que te tiene tan preocupada desde hace días. ―Lo dijo mientras me señalaba con un bolígrafo que llevaba en la mano y me dedicaba una cariñosa mirada cargada de afecto y respeto―. Uno no lleva unas ojeras tan marcadas por algo que no sea realmente importante… O por lo menos, no alguien que sepa usar el maquillaje tan bien como tú.

―Lo siento, Aritz. Yo…

¿Cómo sabía lo del maquillaje? ¿Podía fijarse tanto un hombre? ¿Habría descubierto mi canal de youtube? Por el amor de Dios, ¡qué vergüenza!

―Valentina, no te he pedido explicaciones. Quiero que me digas cuántos días necesitas para regresar con la misma sonrisa y actitud de siempre. Si te sucede algo, lo solucionamos, que para eso estamos.

―Uno más… a lo sumo dos ―dije sin querer abusar de su confianza. Me sentía en deuda con él y por nada del mundo iba a traspasar los límites de aquel compañerismo que él estaba sembrando entre nosotros.

―De acuerdo. Es lunes. Lo de MAC será a finales de la semana que viene. Hasta el viernes no quiero verte cruzar esa puerta de la oficina. Solo te pido una cosa ―dijo sin borrar en ningún momento la sonrisa de su rostro―, soluciónalo y haz el favor de dormir. No quiero volver a verte con esas bolsas bajo los ojos ni un día más. Te necesito entera. Hay mucho dinero y prestigio en juego con este contrato.

Por primera vez en lo que llevaba de día sonreí y lo hice con tantas ganas que no pude evitar levantarme del asiento, acercarme a Aritz y abrazarle. Era plenamente consciente de que me había excedido con ello y de que le había pillado por sorpresa mi gesto pero, ¡qué narices! Hacía tan solo unos días que aquel tipo me había besado, ¿teníamos que ponernos ahora quisquillosos?

―Gracias, Aritz. No sabes cuánto lo necesitaba. Seguiré trabajando desde casa por eso, te doy mi palabra. Por cualquier cosa, tienes mi teléfono y dirección electrónica.

Pude ver que se sonrojaba ligeramente lo que me pareció un gesto tierno ―aunque peligroso―. Así pues, sin más dilación, le dediqué una última sonrisa y corrí hasta mi despacho donde, en cuestión de segundos, recogí todas mis pertenencias y me marché sin mirar atrás.

El espejo de #cookiecruz
titlepage.xhtml
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_000.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_001.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_002.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_003.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_004.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_005.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_006.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_007.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_008.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_009.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_010.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_011.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_012.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_013.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_014.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_015.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_016.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_017.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_018.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_019.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_020.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_021.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_022.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_023.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_024.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_025.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_026.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_027.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_028.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_029.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_030.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_031.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_032.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_033.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_034.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_035.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_036.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_037.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_038.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_039.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_040.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_041.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_042.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_043.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_044.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_045.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_046.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_047.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_048.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_049.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_050.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_051.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_052.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_053.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_054.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_055.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_056.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_057.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_058.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_059.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_060.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_061.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_062.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_063.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_064.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_065.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_066.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_067.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_068.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_069.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_070.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_071.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_072.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_073.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_074.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_075.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_076.html
CR!X195HMH3RH1VD6FHD31JBCQRSNEG_split_077.html