CAPÍTULO 22
Hice un gesto afirmativo de cabeza y se me iluminó la mirada ante la expectativa que mi cerebro acababa de dibujar en mi mente.
―Pero solo te voy a dejar dormir a mi lado, no pienses que voy a llevarte al séptimo cielo tan pronto. Soy un hombre de palabra y me debo a las normas que escribí en ese trozo de papel.
Me ardían las mejillas. ¡¿Cómo era posible?! Hacía apenas unos segundos que habíamos compartido el momento más romántico del mundo y ahora volvía a mirarme con aquella expresión juguetona que tantas promesas escondía. ¿Pretendía quedarse en mi casa… para dormir únicamente? ¡¿En serio?! Mi frustración se estaba incrementando a niveles exponenciales.
Todavía sentía mi cuerpo trabajando a una velocidad muy lenta. Todo lo vivido en aquellos escasos tres minutos que había durado la canción había sido demasiado intenso como para pensar con claridad. ¿Qué debía de hacer ahora?
―Bueno, ¿qué?
―Qué… ¿de qué?
―Que si voy a tener que meterme solo en la cama o si piensas acompañarme.
―Nadie te ha dicho que puedas dormir en mi cama.
―Tampoco nadie me ha dicho lo contrario.
Tocada y hundida. Otra vez me había dejado fuera de combate. ¿Y ahora qué? Sabía perfectamente que no iba a poder soportar dormir a su lado sin lanzarme a su cuello.
―Al fondo está mi dormitorio. Tú puedes dormir en este sofá.
Tienes una manta allí.
―Supongo que debes de estar de coña, ¿no?
―¿Eso crees? ―dije, cuando en realidad yo misma me estaba preguntando exactamente lo mismo.
Se acercó a mí y tal y como había sucedido antes, mi respiración comenzó a acelerarse. Sentí un sofoco arrasando mi cuerpo y mis pupilas se dilataron al contemplar cómo el muy sinvergüenza se sacaba la camiseta en un sexi ―muy pero que muy, sexi― gesto y dejaba poco lugar a la imaginación. Mi boca se secó al instante, aquello no podía ser real. Era un maniquí prefabricado, seguro. Le tenía frente a mí, a muy poca distancia. Nuestros vientres entraron de nuevo en contacto y sentí su respiración sobreponiéndose a la mía. Me pasó una mano por la espalda y la acarició con maestría.
―¿De verdad quieres que me marche, Valentina?
No estaba segura de que aquella fuera la primera vez que se dirigía a mí por mi nombre y no de cualquier otra manera. Y eso me resultó… inexplicable.
¿Cómo alguien podía provocar que te estremecieras por completo con tan solo pronunciar tu nombre? Porque juro que lo hice. Temblé de arriba abajo en un lento escalofrío. Una sensación que se desplazaba por cada parte de mi cuerpo, por cada gota de sangre que recorría mis venas. Entonces, me besó una vez más. Un beso cálido, suave, puro y casto ―y lo de casto va muy en serio―. Ahora sí que no entendía nada.
Le cogí de la mano y le guié hasta mi dormitorio a través de la oscuridad. Llegamos y tardamos escasos segundos en tumbarnos en la cama. Sentí que sus brazos me envolvían en un ardiente abrazo. Pegué mi cabeza a su pecho y me empapé de su aroma, de la suavidad de su piel y cerré los ojos mientras sentía sus labios posándose sobre mi frente.
―¿Dónde has estado todo este tiempo?
De verdad que aquello fue lo último que escuché antes de caer rendida en sus brazos. Ya no tenía ganas de provocarle ni de ponerle a prueba. No me apetecía pensar en aquel juego que manteníamos y en sus estúpidas normas. Solo podía pensar en que había llegado aquel momento que había estado evitando durante tantos años y lo había hecho con una profundidad que jamás pensé que llegaría. Si aquello no era lo que sentía alguien al enamorarse, solo podía significar que mi vida, tal y como había sido hasta ese momento, había llegado a su fin.
Cuando desperté a la mañana siguiente, lo hice con una extraña sensación en el cuerpo. Abrí los ojos todavía descolocada y le busqué con la mano a tientas en la oscuridad. Sin embargo, la cama estaba vacía. No había ni rastro de él.
Mi corazón se aceleró y pude percibir el miedo corriendo por mis venas. Lo había hecho. Esa había sido mi prueba. Había jugado conmigo. Tristán pudo percibir mis sentimientos y se había aprovechado de ello. Y ahora, me había abandonado. Me lo merecía, por tonta.
Me levanté de la cama después de encender la luz de la habitación de un porrazo y puse los pies en el suelo mientras sentía que mi estómago se encogía por momentos y una sensación de náusea se instalaba en mi cuerpo.
Anduve con la mirada perdida hasta el baño y me lavé la cara con agua fría. Me recogí el pelo de cualquier manera y me dirigí hacia la cocina de mal humor. Todavía era temprano y tenía tiempo de sobras para arreglarme antes de ir a trabajar. Encendí la luz de la cocina y la sorpresa activó mi organismo casi de golpe.
Tenía el desayuno listo allí preparado, esperándome solo a mí. Me acerqué ―ahora ya con una sonrisa en el rostro― y encontré un vaso de zumo y un plato con mini croissants, además de una nota con mi nombre. Desdoblé con prisas el papel y distinguí la pulcra y masculina caligrafía de Tristán.
Buenos días.
He tenido que marcharme pronto. Mi avión sale a Madrid en unas horas. Volveré el fin de semana. No te olvides de mí, aunque estoy seguro de que hace días que no puedes sacarme de tu cabeza. Un beso, novata.
P.D: estás preciosa cuando llenas la almohada de babas y roncas con ese sonido de ardillita roedora.
Tristán.