PRÓLOGO
10 de Agosto de 2014.
Aquella mañana había llegado a la oficina con la cabeza a punto de estallar. Después de tanto trabajo, al final el evento había salido de maravilla. Aunque luego la cosa se nos hubiera ido un poco de las manos. Los asistentes habían quedado hechizados con el trabajo de nuestra empresa, la puesta en escena, la exquisitez de la comida servida y la profesionalidad de mis chicos. Sí, aquellos jóvenes tenían mucho potencial y se habían dejado la piel para que todo saliera a pedir de boca.
Sin embargo, no todo eran sonrisas. La propuesta de Gemma me había calado hondo y me sentía en una especie de encrucijada. De acuerdo que jamás me había planteado vivir de mi hobby, por el amor de Dios, ¡los vídeos no eran más que un simple pasatiempo para mí! Pero estábamos hablando de ellos… Llevaba usando sus productos desde que tenía uso de razón ―y sueldo propio, claro―. ¿Cómo iba a poder resolver todo ese entuerto?
En ese instante, lo sucedido la noche anterior se adueñó de mis pensamientos y mi estómago se convulsionó nervioso. Tenía que volver a verle la cara y no sabía cómo debía reaccionar. Entonces, un pensamiento llevó a otro y ahora fue el modelo el que se adueñó por completo de mi mente. Le echaba muchísimo de menos. Ojalá estuviera aquí para poder explicarle todo lo que me había sucedido en las últimas horas. Bueno, estaba claro que todo no. Tenía una sensación muy extraña a la par que contradictoria, pues a pesar de que no me gustaba lo que había hecho la noche anterior, tampoco tenía remordimientos por ello. Solo había una
cosa de la que no estaba nada orgullosa, pues era consciente de que mi arrebato seguramente acabaría afectando a Aritz, causándole un dolor que no se merecía. Era un hombre extraordinario.
―Vaya, veo que estás más feliz de lo normal. ¿Novedades?
Lo dijo como si nada. Apoyé los tacones sobre el suelo e hice que la silla girara conmigo encima ciento ochenta grados en un gran alarde de feminidad ―irónica, claro―. Me encontré de frente a Aritz, que me observaba entre curioso y divertido con aquella media sonrisa capaz de marear hasta un trapecista. Mire, señor Statham, que no estoy para sus juegos.
Su sonrisa se agudizó todavía más y por un momento temí haber dicho aquello en voz alta. Aritz cruzó los brazos sobre el pecho y sin saber muy bien por qué, sentí que me ruborizaba por momentos. Algún día dejaría de trabajar tan cerca de hombres como el que tenía delante, seguro. Por favor, ¡es que incluso la entrada de la oficina olía a testosterona mezclada con AXE!
¿Acaso alguien duda de los efectos de ese desodorante sobre el sexo femenino? Vale que sus campañas publicitarias eran una exaltación al machismo y la prepotencia del hombre sobre la mujer pero… ¿Es que había alguna mujer en la faz de la tierra que no sintiera temblores en el estómago cuando un portento como mi jefe pasaba por delante y dejaba una estela de aquel aroma a su paso? Por favor, era pensarlo y aplaudir como un mono de circo. En fin, tenía que dejar de pensar en estas tonterías, no podía permitir que entre nosotros volviera a suceder nada más. ¿Cómo podía estar tan tranquilo después de todo?
―¿Val?
―¡¿Sí?! ―exclamé de pronto, siendo consciente de que me había quedado embobada con la mirada perdida en el horizonte.
Aritz soltó una carcajada disimulada y sentí que todavía me sonrojaba un poco más. Maldito seas, Statham griego, no deberías de hacer uso de tus facultades a esas horas intempestivas de la mañana.
―Son las doce del mediodía ―añadió entonces como si me
hubiera leído la mente―. Termínate el café y acércate a mi despacho. Tenemos que hablar.
Cogí la taza que había dejado en una de las esquinas de mi mesa y le di un largo trago a su contenido. El café, dijo… Inocente… Como mínimo iba a necesitar un par de esos si quería aguantar lo que me quedaba de jornada. ¿Cómo lo habría hecho? Tal vez mis ojeras delataran mi estado.
―De acuerdo ―dije mientras pensaba en la posibilidad de que mi corrector continuara en el neceser de mi bolso―. En unos minutos estoy ahí.
Tal y como desapareció, me retoqué un poco el maquillaje y me pellizqué las mejillas para que cogieran color, aquel pálido postresaca laboral no me sentaba nada bien. Me inquietaba aquel trato suyo, pues para nada era lo que me esperaba después de todo lo sucedido. Pero casi prefería que así fuera, cada vez que lo pensaba, la vergüenza se apoderaba de mí y me sonrojaba a unos límites que hasta el momento desconocía.
Llegué al despacho de Aritz sintiendo todavía aquel dolor de cabeza que me martilleaba. Era bastante intenso y tormentoso. Mucho más de lo que debería. Pero, como mínimo, mis ojeras ya no me delataban. Iba a meterme en la cama tal y como llegara a casa. Estaba decidido.
No sabía muy bien por qué querría verme, aunque lo único que deseaba era que fuera muy breve lo que fuera que tuviera que decirme y sobre todo, que no tuviera nada que ver con la noche anterior.
―Ya estoy aquí ―dije entrando a su despacho tras llamar con los nudillos a la puerta.
―Adelante, siéntate.
Tomé asiento en la misma silla que siempre ocupaba cuando nos reuníamos pero, a pesar de que no sabía de qué iba todo aquello, un extraño hormigueo se apoderó de mi estómago y se hizo con el control de mi cuerpo.
―¿Sucede algo? ―quise saber al fin, temerosa de su res-
puesta.
―Nada, estoy muy orgulloso del trabajo que hiciste ayer.
Quería felicitarte personalmente, una vez más.
Aquello sí que me pilló por sorpresa. ¿Felicitarme personalmente? ¿No podía haberlo hecho en mi despacho? ¿Es que no iba a querer hablar de nada más que de trabajo?
―Gracias ―añadí algo avergonzada―. Pero el mérito no es mío, ya te lo dije. Trabajamos todos muy duro para que todo saliera bien.
―Tienes razón, pero no te quites parte del éxito. A veces, el trabajo más difícil es convertir el gran esfuerzo en algo sencillo, fácil y asequible. Los chicos están encantados de trabajar contigo y Gemma y su equipo terminaron muy contentos con el resultado final. Llevo toda la mañana recibiendo informes positivos de su parte.
―Me alegro mucho, Aritz. De verdad que me hace muy feliz que todo saliera a pedir de boca y a vuestro gusto.
―Sin embargo…
Ya estaba tardando en llegar el dichoso “pero”. Sabía que pasaba algo, ¡lo sabía! Volví a sentir que mi estómago se retorcía nervioso y supe a ciencia cierta que algo no marchaba del todo bien. Pensé a gran velocidad pero no caía en la cuenta de qué podía tratarse.
―¿Sí…? ―añadí con cierto temor en la voz, a pesar de que intentaba mantener la compostura.
―Hay una cosa sobre la que quiero que hablemos y que me gustaría haber conocido por ti misma… Teniendo en cuenta que tuvimos tiempo de sobras para comentarlo.
―¿Cómo dices? ―solté sin poder evitarlo, ahora mucho más desconcertada que antes.
―Gemma, la directora… ―Mierda, se había enterado de la propuesta. Ahora sí que lo había estropeado todo.
―Aritz, antes de que continúes, quiero que sepas que he rechazado su propuesta ―dije casi de carrerilla―. Me comprometí con vosotros durante un mínimo de un año y a pesar de que era una buena oferta, he decidido cumplir con mi palabra. No me gusta dejar las cosas a medias y me gustaría que el hecho de no haberos comunicado nada al respecto no afectara a la confianza que depositasteis en mí.
Aritz me miraba con atención mientras escuchaba con una especie de asombro y curiosidad todas mis palabras.
―Sé que es una oferta muy buena ―continué―, soy consciente. Pero puedo darte mi palabra de que la rechacé y de que seguiré trabajando igual que lo he hecho hasta ahora, si a vosotros os parece bien. Por favor, no quiero darle más vueltas a algo que no puede ser.
―¿Has terminado? ―dijo después de que yo me quedara en silencio tras aquellas últimas palabras. Levanté la cabeza y apreté los labios sin ser consciente de ello. Hice un gesto afirmativo con la cabeza y deseé con todas mis fuerzas que aquel calvario terminara cuanto antes. Pero su pregunta me cogió totalmente por sorpresa. ¿A qué venía aquel tono?
―Lo que haga en mi tiempo libre no tiene nada que ver con mi vida laboral.
―Lo siento, pero visto el curso que han tomado los acontecimientos en las últimas horas, no me dejas más opción que esta…
―dijo mucho más serio que antes mientras me tendía unos papeles en una pulida carpeta de cartulina oscura―. Valentina, estás despedida.