CAPÍTULO 37
El martes desperté con una sensación horrible en la cabeza. De nuevo volvíamos a tener el día libre pero sentía que el cráneo me iba a estallar, estaba segura de ello. No tenía ni idea de por qué motivo me dolía tanto, pues apenas había tomado unas cuatro o cinco copas de champán la noche anterior y ya se sabe que en esta clase de eventos no suelen ir muy llenas que se diga.
Abrí los ojos y sentí que los tenía inflamados, tanto que no recordaba la última vez que los había sentido igual. Dolía. Me pasé una mano por la melena, o por lo que hasta ese momento había sido mi pelo, pues ahora no era más que una masa enmarañada de nudos, horquillas y laca.
@CookieCruz Me ha encantado la entrada de hoy. ¿Podrías cambiar ese “hasta el próximo vídeo” que utilizas siempre al final de cada entrada por algo menos chillón e intentar no describir tanto los productos? Pero me ha parecido muy interesante.
Aquel comentario, lejos de molestarme, terminó por resultarme gracioso. Hacía tiempo que no me encontraba nada tan contradictorio. ¿Acaso la gente se había vuelto loca? “Me caes pesada pero me gusta tu vídeo…”. El mundo estaba dejando de tener sentido.
@AnaBanana A veces, la descripción del uso de un producto por parte de otra persona nos puede ahorrar algún que otro susto. Trataré de ser menos explícita. ¡Gracias!
Dejé el móvil sobre la mesilla, puse los pies en el suelo y todavía sentada en la cama, me miré al espejo del armario que tenía justo enfrente. ¿Aquella que me devolvía la mirada era yo?
En momentos como ese me encantaba vivir sola, habría sido muy duro despertar acompañada y saber que otro podría ver mi horrorosa cara de resaca, aunque no hubiera llegado borracha la noche anterior. Sin embargo, me limité a pensar que aquel no era más que otro de mis episodios poco habituales de resaca general. Era mucho más fácil que detenerme a pensar en lo que realmente sentía y la mala corazonada que me invadía y que latía con fuerza en mi interior desde que había creído ver a Tristán a lo lejos, justo después de que Aritz me besara de forma desafortunada.
Al final, logré levantarme de la cama, me puse en pie ―con grandes dificultades, eso sí― y me dirigí hacia el baño casi a ciegas.
Me senté sobre la tapa del inodoro y dejé caer la cabeza entre mis manos. Me esperaba un día duro. En apenas cuatro días tenía lo del programa de Tristán y estaba segura de que por la tarde vendría a visitarme y a empezar a enseñarme la coreografía. No habíamos ensayado todavía, pero no era algo que me asustara demasiado pues confiaba por completo en su profesionalidad. Sin embargo, el mero hecho de pensar que un jurado estaría pendiente de mí, evaluando todos y cada uno de mis ―nuestros― pasos, provocaba que me ardiera el estómago. Creo que ponerme enferma ―como hacía cuando tenía quince años y muy pocas ganas de ir a clase― no iba a resultar una excusa creíble esta vez.
Antes de cualquier otra cosa, me dirigí hacia la cocina y cogí del congelador un par de discos de algodón empapados en café que siempre tenía allí guardados. Era uno de los mayores placeres cuando uno se levantaba con los ojos inflamados por el cansancio, pues la cafeína y el frío actuaban de forma directa ―y a una velocidad escandalosa― sobre mi piel, aliviando la congestión y los estragos del sueño. Tenía que darme una ducha antes de que el insensato de mi vecino decidiera que ya era un buen momento para presentarse en mi casa. Pero, de repente, como si hubiera podido leer mi mente, el timbre sonó y la realidad me golpeó con crueldad. Miré el reloj que llevaba en la muñeca: las doce y media.
No era posible, todavía era demasiado pronto.
Maldije mentalmente hasta convertir mis quejas en susurros que iban incrementando de volumen cada segundo que pasaba. No podía permitir que me viera así, era algo que no entraba en mis planes.
Volví a escuchar de nuevo la puerta y esta vez el sonido era claramente el de unos nudillos golpeándola de forma repetida. No iba a abrirla, lo tenía decidido. Por mí, como si se pasaba lo que quedaba de mañana llamando como un loco.
Entonces, mi móvil comenzó a vibrar de forma estrepitosa ―
¿en qué momento lo había metido en el bolsillo del pijama?―. Lo saqué rápidamente y fijé la vista en la pantalla que se iluminaba y se apagaba de forma intermitente. ¿Y ahora qué quería esta mujer?
Me sorprendí al ver su nombre en la pantalla, pues parecía una de aquellas casualidades demasiado extrañas incluso para ser ciertas. Descolgué y sostuve el aparato junto a mi oído.
―¿Qué es lo que debe de hacer alguien para que decidas voluntariamente abrirle la puerta? ―dijo Érica al otro lado de la línea sin esperar siquiera a que contestara a la llamada.
―¿Cómo dices?
―¡Que me abras la puerta!
Dicho esto, colgó. Pandilla de tarados. Todos estaban locos y yo no hacía nada más que rodearme de ellos. ¡Y eso que pensaba que me había mudado a una buena zona! Iban a acabar con cualquier resquicio de la cordura que todavía conservaba.
Sin detenerme a ver mi imagen reflejada en el espejo una vez más y sintiendo todavía los ojos como dos pelotas de tenis, me dirigí hacia la puerta y abrí sin esperar a que ella volviera a llamar.
―¿Te das cuenta de la hora que es? ―dije tal como crucé la mirada con la suya.
―¿Y tú te das cuenta de que pareces un oso panda en la guerra?
Érica se coló en mi casa con una sonrisa en el rostro. Así era ella, ejercía el perfecto contrapunto a mi disciplinado y ordenado carácter.
―Deduzco por tu cara que no era precisamente a mí a quien, de nuevo, esperabas encontrar al abrir. Créeme, tienes suerte de que haya sido yo. Cualquier otra persona hubiera salido corriendo si te hubieras dejado ver con estas pintas que llevas. ¿Una mala noche?
―Por si no lo habías notado, no tenía intención alguna de abrir la puerta hasta que has decidido llamarme y obligarme a hacerlo.
―Ah… ―añadió pensativa―. Ahora lo entiendo todo. ¿Te apetece tomar una cerveza?
―¡Acabo de salir de la cama!
―Eso no es problema para la señora Coronita. Ella siempre sabe cómo solucionar los problemas que el día a día nos plantea. Sonreí. No tenía más remedio que hacerlo. A continuación,
fui a la cocina y saqué una bolsa de patatas fritas con la que llené un bol de cerámica. Cogí también un bote de aceitunas y vertí su contenido en otro más pequeño que el de las patatas y me dirigí con ambas cosas hacia el salón, donde Érica me esperaba sentada en el sofá. Sobre la mesa había dejado un par de cervezas en las que ni siquiera había reparado cuando la dejé entrar en casa.
―Dame unos minutos. Me doy una ducha y vuelvo. Guárdame algo.
―No tardes o se volverá aguachirri.
Levantó el botellín en una especie de brindis a su afirmación y dio un trago a su contenido.
Regresé junto a ella más o menos veinte minutos después. Continuaba en la misma posición en la que la había dejado al marcharme, solo que ahora quedaban menos de la mitad de las patatas fritas que había servido para las dos.
―Algún día me explicarás el secreto para comer todas esas guarradas y no engordar ni un solo gramo.
―Algunos lo llaman metabolismo, otros lo denominamos estrés. Para la mayoría de mortales, esto no es más que una forma de vida. Tienes la cerveza en la nevera, se estaba calentando demasiado.
Me levanté, anduve hasta el frigorífico, cogí mi botellín y regresé junto a ella.
―Bueno, como mínimo te ahorras tener que perder la dignidad en una clase de spinning.
―Sí, pero me fundo la cuota mensual del gimnasio en zumo de cebada.
Me senté a su lado y la miré justo después de que pronunciara aquellas palabras. Giró la cabeza y nuestros ojos se cruzaron. Tras unos segundos de analítico silencio, alzamos nuestros botellines y los chocamos en el aire, antes de dar un largo trago, apoyar la cabeza en el respaldo y estallar en una sonora carcajada.
Érica me tranquilizaba. A su lado me sentía reconfortada, como si llevara toda la vida compartiendo secretos con ella.
―¿Puedo quedarme un rato contigo? Podemos encargar algo de comida al mejicano. Bajaré a buscarla en un momento.
Aquella pregunta me sorprendió y un mal presagio volvió a remover mi estómago. ¿Qué sucedía?
―De acuerdo. Me muero de hambre.
―Bien, ¿qué te parece si voy llamando mientras tú entras el sillón que tienes en el recibidor?
Escuché esas palabras cuando me encontraba a escasos pasos de la cocina. Mi estómago volvió a contraerse y mi corazón empezó a latir con fuerza, como si peleara por escapar de mi pecho y buscar un lugar en el que refugiarse de aquel dolor que amenazaba con acabar con él. Ahí estaba mi corazonada, mi realidad y la confirmación de todos mis miedos. Ahí estaba el final de mi cuento. Ahí estaba todo, todo menos él.