CAPÍTULO 31
Aquel día nos había dado fuerte por el futbolín. El local estaba bastante más vacío de lo habitual, pues empezaba a notarse que era verano en la ciudad. Llevábamos un par de partidas y como no había nadie más pendiente de iniciar otra, dimos comienzo a una tercera tras el empate al que habíamos llegado.
―¿No se te hace raro mantener más de un trabajo a la vez?
―Bueno, tampoco tengo más opciones… ―añadió justo antes de marcarme un nuevo gol.
―Hombre, con el sueldo del hotel y lo que cobra Lidia podéis vivir tranquilamente… ¿No?
―Tengo dos bocas más a las que dar de comer cada día.
―Ya contaba con ellos, por supuesto. Aún así, siguen sin salirme los números ―añadí tratando de acertar en su portería.
Néstor le dio un trago a su Coca-Cola y continuó defendiéndola con chulería. No podía dejarle ganar, aunque solo fuera por fastidiar ese ego que tenía.
―Lidia tiene muchos caprichos… Que si un bolso, que si unas sandalias nuevas, que si ahora quiero ir a Menorca…
―Ya, claro… Conozco a Lidia desde hace años y no me encaja con lo que dices. Lo que pasa es que te estás fundiendo el sueldo en apuestas…. O en el casino… ¿verdad? ―volví a insistir tratando de mantener la pelota en mi dominio, no sin un gran esfuerzo por mi parte.
―Ya quisiera yo… Con la suerte que tengo hoy, ¡seguro que saldría ganando! ―contestó con una carcajada divertida.
―¡Ya lo tengo! ―exclamé de golpe a viva voz, justo después de marcarle el gol de la discordia.
―Oh, ¡vamos! ¡Ese ha entrado de rebote! A ver, Einstein, cuéntame tu teoría.
―¡Tu amante te saca la pasta! Cenas en sitios caros, hoteles secretos, escapadas nocturnas… ¡Eso no hay quien lo pueda pagar!
En aquel momento volví a meterle otro gol, pero había sido demasiado fácil. Era como si mi amigo hubiera perdido la concentración por completo. Alcé la mirada esperando descubrir qué le había sucedido pero tenía la vista fija en la nueva bola que acababa de lanzar. Aquel gol no le había sentado nada bien, menudo mal perder tenía a veces.
―Vamos, te dejo ventaja. Voy a pedir otro refresco. ¿Quieres algo?
―No, gracias. Estoy bien. Te espero.
Vaya, ¡pues sí que le había sentado mal el gol! Me dirigí sonriente hacia la barra sin darle más importancia de la que aparentemente tenía. No iba a dejarle ganar siempre, ¿no?