CAPÍTULO 56
 

―Hola, Érica ―escuché que decía nada más abrir la puerta. Por el tono supe que estaba extrañado. Les observaba desde el rellano del piso superior, apoyada en la barandilla sin que

hubiera riesgo de ser descubierta por Tristán.

―Buenas tardes… ―escuché que decía mi amiga. Parecía asustada o intimidada. O tal vez ambas cosas.

―Dime, ¿necesitas algo? ―preguntó solícito tras unos instantes de silencio.

―Esto… Me ha llegado una máquina de café nueva esta mañana y no logro hacerla funcionar.

Se hizo de nuevo un silencio incómodo entre los dos. ¿De verdad que no se le había ocurrido nada mejor?

¿Te estás quedando conmigo? ―espetó de pronto Tristán en un tono nada amigable.

No veía muy bien desde donde estaba situada, pero supe que Érica pensaba a gran velocidad para salir airosa de aquello.

―No, para nada… lo siento. Valentina me dijo que eras un tipo agradable y que podría acudir a ti si pasaba algo. No sabía a quién pedirle ayuda y he pensado que podrías echarme una mano. Siento de veras haberte molestado. Que pases una buena tarde.

Asomé un poco la cabeza por encima de la barandilla para poder observar qué narices era lo que estaba haciendo. ¿Se estaba dando por vencida? De pronto, vi los pies de Érica que empezaban a moverse en dirección al ascensor. No daba crédito a lo que estaba pasando. Iba a matarla tan pronto llegara al sexto.

―¡Espera! ―dijo entonces Tristán para mi sorpresa―. Deja que coja las llaves y te acompaño. No he tenido nunca ninguna máquina de estas, pero no creo que sea muy difícil de poner en marcha. Dame un segundo.

―Gracias ―añadió la otra con voz angelical.

De pronto, escuché los pasos de Tristán que se adentraban en el interior de su apartamento y Érica asomó la cabeza desde el piso inferior, me guiñó el ojo y sin emitir sonido alguno, sus labios dibujaron un perfecto “tienes diez minutos” que pude leer sin problemas. Levanté el dedo pulgar para que supiera que lo había entendido y volví a esconderme cuando escuché de nuevo los pasos de Tristán. Permanecí inmóvil hasta que la puerta del ascensor que se cerraba, justo antes de que este se pusiera en funcionamiento. Aproveché aquel momento para bajar corriendo los escalones que me faltaban, me planté frente a su puerta y con la llave que Max me había facilitado, la abrí y me colé en el interior de aquel apartamento que olía al único perfume por el que sería capaz de vender mi alma al mismísimo diablo.

Cerré la puerta sin hacer ningún ruido y permanecí allí plantada mientras aspiraba aquel aroma que tan bien empezaba a conocer. Como casi siempre me sucedía cuando estaba en su presencia, un escalofrío me recorrió la espalda y sentí que se me erizaba el vello de la nuca. Cuánto poder tenía aquel hombre sobre mi cuerpo… incluso desde la distancia. Vencí mis propios pensamientos y me dirigí a toda prisa hacia el dormitorio de mi vecino, pues el tiempo apremiaba y era muy consciente de ello. Llegué a él sin problemas pues su distribución era una copia exacta de la de mi apartamento. Busqué con la mirada alguna cómoda o mesilla de noche donde Tristán pudiera guardar su ropa interior. Vi una cajonera en uno de los laterales de la estancia y decidí probar suerte primero con ella. Abrí con cuidado el primer cajón y…

¡bingo! Premio para Valentina. Aquel golpe de suerte llegó incluso a decepcionarme, pues pensaba realmente que aquel hurto iba a llevarme un poco más de tiempo. Abrí la bolsa de plástico que llevaba en las manos y con cuidado de no coger más cosas de la cuenta, fui metiendo en ella todos los calzoncillos ―todos negros y de tipo bóxer, por cierto― y los calcetines que encontré allí dentro. Cuando lo tuve todo metido en la bolsa, cerré el cajón y abrí el

siguiente para cerciorarme de que no me dejaba nada. Encontré camisetas de todos los colores, jerséis en el siguiente y de nuevo, más camisetas en el último cajón. Me levanté de nuevo y miré el reloj, llevaba cinco minutos en el interior por lo que tenía que salir de ahí cuanto antes. Empecé a caminar hacia la puerta que me llevaba al pasillo cuando, de pronto, algo llamó mi atención. Volví atrás sobre mis pasos y busqué aquello que me había sorprendido. A simple vista parecía una fotografía normal, pero había un rostro que yo conocía y que para nada me encajaba con aquella estampa. Le di la vuelta en busca de alguna inscripción que me permitiera entender lo que estaba viendo y la encontré a la primera: “Néstor, Lidia y sus hijos el día de su boda”. Más abajo había una fecha y descubrí que tan solo hacía tres meses desde que había sido tomada la instantánea. Volví a darle la vuelta y la miré con más atención. Los nombres no me sonaban, pero estaba segura de que era él.

Con una sensación ahora muy distinta en el cuerpo, apagué las luces y volví sobre mis pasos hasta llegar a la puerta. Me aseguré de que no hubiera nadie en el rellano antes de abrirla y tras confirmar que así era, salí y la cerré sin hacer ruido. Subí por las escaleras después de corroborar que nadie bajaba por ellas y cuando llegué al sexto ―y último― piso, entré en mi apartamento con el pulso muy acelerado. Cogí mi teléfono móvil y le envié un mensaje a Érica para que supiera que ya lo había conseguido. A continuación, dejé la bolsa con la ropa interior de Tristán en el suelo y me dirigí como una autómata hasta uno de los taburetes de la cocina. Me senté en él, saqué la foto del bolsillo y la observé con atención. Aquello no podía ser posible.

Érica no llamó al timbre sino que con los nudillos, dio un par de toques a la puerta para evitar hacer más ruido de la cuenta. Me dirigí hacia allí, la abrí y me encontré con un gesto divertido en el rostro de mi vecina. Se lo había pasado bomba con toda aquella encerrona.

¿Te ha costado mucho? ―preguntó jovial, cerrando la puerta a sus espaldas.

―No… Ha sido más fácil de lo que imaginaba. ¿Ha sospechado algo? ―quise saber curiosa por cómo se las había apañado ella.

―No. Me regalaron una de esas máquinas hace un par de semanas, pero todavía no la había usado, por lo que seguía como nueva. Claro que sabía cómo funcionaba, pero era lo único que se me ocurría. Se las ha apañado bien, tienes a un buen manitas por amante.

―No es mi amante ―repliqué sin apenas mirarla.

―Pues por novio.

―No es mi novio ―volví a puntualizar con voz cansina.

―Pues lo que sea. Oye, ¿qué te pasa? Pensé que estarías eufórica esperando a que él volviera a recuperar sus pertenencias…

Levanté la vista hacia ella y me encontré de frente con su rostro contrariado. ¿Cómo podía explicarle lo que había visto?

¿Cómo iba a reaccionar?

―¿Sucede algo…? ―preguntó, esta vez con cierto temor en la voz.

Apreté los labios de forma instintiva y pensé con rapidez, pero no era capaz de hallar ninguna solución. Tenía que contárselo, no podía guardarme aquello.

Cuando he entrado a su dormitorio he visto algo que me ha llamado la atención ―dije mientras ella tomaba asiento en el taburete que había frente al mío―. Llevo rato dándole vueltas, pero no logro entender nada…

―Si no me das más detalles, no creo que lleguemos a ningún puerto…

La miré de nuevo y observé la mueca interrogativa de su rostro. A continuación, cogí aire y le entregué la foto del revés. Érica leyó la inscripción dubitativa y al final, le dio la vuelta. Su rostro se fue transformando por momentos hasta el punto en que su piel palideció tanto que empecé a temer que se hubiera quedado sin sangre en el cuerpo.

―¿Sabías que Max tenía un hermano gemelo? ―pregunté con cierto temor a conocer la respuesta.

Érica continuaba en silencio, observando la fotografía con toda su atención puesta en ella.

―¿Érica?

De pronto, levantó la cabeza y su mirada se había tornado oscura. Era increíble cómo la rabia podía transformar un rostro de aquella manera. Había sentimientos que no podían disimularse. El miedo, la ira, la tristeza… todos ellos tenían la capacidad de agitar a una persona y convertir su rostro por completo, desfigurando sus habituales rasgos que, en el caso de Érica, solían ser risueños e infantiles. Sin embargo, en ese momento daba un miedo primitivo, pues resultaba imposible descifrar lo que fuera que estuviera pasando por su cabeza.

―¿Estás bien? ―quise averiguar, asustada incuso por lo que pudiera responderme.

―No es su hermano. El de la foto es Max.

Aquello todavía me pilló más desprevenida. ¿Cómo podía pensar que era Max? Como si me hubiera leído la mente una vez más ―empezaba a preguntarme si realmente resultaba tan transparente a ojos de los demás―, tendió la foto ante justo antes de volver a hablar.

―Mira la mano izquierda. La que está apoyada sobre el hombro de la chica. Tiene una mancha de nacimiento en el dorso de la misma que ocupa casi la mayoría de la piel de la zona. Esa mano pertenece a Max.

Me fijé en aquel detalle y me di cuenta de que estaba en lo cierto.

¿No puede tratarse de alguna sombra? ―dije tratando de evitar la obviedad de lo que estaba viendo.

Érica alzó una ceja escéptica y automáticamente cerré la boca.

―Esta noche vendrá a entregarte las llaves. Fíjate en su mano.

Nos quedamos mirándonos la una frente a la otra, sumidas en un extraño silencio que incluso llegaba a doler. No era fácil descubrir algo así, pero era mucho más difícil encontrarle algo de sentido a lo que estábamos viendo.

¿Chocolate o vainilla? ―me atreví a preguntar al fin mientras me dirigía al congelador en busca de un bote de helado.

―Ginebra ―sentenció sin darse siquiera la vuelta.

Dudé durante algunos instantes sobre su decisión, pero conocía muy de cerca el dolor que el desamor podía producir y me sentía en la obligación de comportarme como una verdadera amiga. Cerré el congelador y saqué una copa de balón del armario. La llené de cubitos, puse un buen chorro de ginebra y saqué una tónica del frigorífico. Regresé a la barra donde ella continuaba sentada, volví a situarme frente a ella y le tendí la copa con una sonrisa triste en los labios.

―No puedo beber sola… ―dijo al fin casi ahogada.

Quise abrazarle en ese momento. Podría tratar de inventarme cualquier historia que pudiera calmar sus sentimientos, pero no se me ocurría nada que tuviera el suficiente sentido como para llegar a esconder lo que la fotografía evidenciaba. La fecha la situaba tan solo tres meses atrás, había pasado muy poco tiempo como para que nada de aquello tuviera una explicación plausible. En silencio, me levanté de nuevo y me dirigí hacia el frigorí-

fico otra vez. No me apetecía una copa a aquellas horas así que, cogí un botellín de cerveza del interior, saqué un abridor del cajón y regresé hacia el taburete en el que había estado sentada momentos antes.

―Por todas las mujeres inocentes del mundo ―dijo entonces alzando su copa esperando a que yo brindara con ella.

―Por nosotras ―contesté chocando mi botellín con su copa.

Aquello no iba a terminar bien. Nada que empezara de aquel modo acabaría teniendo un buen final.

El espejo de #cookiecruz
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