Diecinueve
Marc estaba donde tenía que estar, detrás de las líneas francesas. Había llegado de noche, se había infiltrado entre las tiendas de campaña de los soldados franceses como un ciudadano belga. Sin embargo, nadie la había dado el alto. Nadie se había acercado lo suficiente como para reconocerlo. Él supuso que fue por la lluvia, que, aunque incómoda, había actuado de protección.
Encontró un sitio que parecía vacío, un bosquecillo de árboles y matorrales donde Apolo y él se escondieron hasta al amanecer. La noche y la lluvia hicieron que se acordara de cuando Tess y él se quedaron atrapados por una lluvia así de fuerte. Estaba helado, pero nada comparado con aquel día de febrero. Pasó una noche muy desdichada.
Al alba, comió algo que había llevado y subió por una cuesta hasta que llegó a lo más alto. Debajo vio lo que parecía ser todo el ejército francés que se despertaba, como él. El valle se llenó enseguida de descargas. Los soldados estaban limpiando los mosquetones de la carga que habían tenido toda la noche.
Estaba claro que había llegado detrás de las líneas francesas. Tenía que observar, seguir al ejército si retrocedía, transmitir toda la información que pudiera ser útil y, si podía, crear discordia… cualquier cosa que pudiera ayudar a los aliados. Estaba en un punto privilegiado para ver lo que, según se creía, iba a ser el campo de batalla si Napoleón decidía atacar. Wellington había elegido la cima del monte St. Jean, un espacio estrecho para una batalla a solo cuatro kilómetros de distancia. A su derecha, la de Marc, había una granja, La Haye Sainte, y otra a su izquierda, Hougoumont. Wellington tenía hombres en ambas. Miró alrededor. Al parecer, estaba solo. La vista del campo era tan buena que esperó ver a Napoleón en persona que subía para utilizar ese punto como puesto de mando, pero no había nadie por allí. Sacó el catalejo de campaña y observó el ejército francés. No veía ningún puesto de mando. Lo primero que tenía que hacer era encontrar a Napoleón y sus generales, sin que lo descubrieran a él.
A la segunda mañana en casa de su madre, la esperó en el cuarto de costura mientras también esperaba oír los cañonazos, pero no se oyó nada. Deseó que volviera a llover para que no se pudiese librar la batalla, pero el cielo estaba despejado y el sol brillaba. Por la calle se veían carretas con soldados heridos. El conde von Osten mandó a Jakob, el sirviente, a que se enterara de dónde eran. Eran de la primera batalla en Quatre Bas. Algunos llevaban el uniforme del regimiento 28, pero no había podido enterarse de si Edmund había sobrevivido.
El conde von Osten había ido en persona al palacio real con la esperanza de conseguir alguna información. Su madre, quien se empeñaba en acompañarla, parecía dispuesta a hablar de cualquier cosa menos de la batalla inminente. Le preguntaba incesantemente sobre las personas que había conocido en Yardney, sobre los sirvientes de Summerfield House, sobre la propia casa. ¿Habían puesto muebles nuevos? ¿Habían cambiado el jardín? ¿Qué había pasado con el retrato que estaba colgado en la sala?
Su madre no preguntó qué había sido de las tres niñas pequeñas que había abandonado con un padre amargado. No preguntó quién se había ocupado de su educación, quién les había enseñado a comportarse como señoritas, quién les había cuidado los cortes, los arañazos y los sentimientos maltrechos. Ella no había tenido la ocasión de explicarle que Lorene, quien todavía era una niña, se había encargado de casi todo eso.
Sin embargo, su madre no era la única que eludía las preguntas. Ella no le había preguntado si le había costado abandonar a sus hijas ni por qué no les había escrito nunca ni por qué no había intentado verlas o enterarse de cómo estaban.
Eran casi las once de la mañana y su madre había estado parloteando durante casi dos horas. Su cabeza estaba en un campo de batalla donde iban a luchar su hermano y el capitán Fowler. ¿Dónde estaría Marc?
—¿Sabías que conocí al conde en los jardines Vauxhall? —preguntó su madre—. ¡Qué noche más maravillosa! Nos escabullimos y paseamos juntos por…
Naturalmente, su madre estaba casada en ese momento y su padre se había quedado preguntándose con quién se habría ido su madre esa vez. Había oído muchas veces la versión de su padre sobre lo que pasó.
—Sé que te costará comprenderlo, pero nos amamos. Fue amor a primera vista —su madre dominó un poco el tono—. Era innegable. Teníamos que estar juntos —miró hacia un lado y sonrió, pero la sonrisa no iba dirigida a Tess—. Todavía tenemos que estar juntos.
—¿De verdad? —preguntó ella intentando parecer indiferente.
Su madre le tomó una mano.
—Tienes que entenderlo, tú también te has casado por amor.
—Casado por amor… —repitió Tess—. ¿Por qué lo dices?
—¿Por qué lo digo? —su madre se rio—. Tu marido te adora. Eres muy afortunada. La vida es mucho más fácil si amas a tu marido y él te ama a ti.
—¿Más fácil?
Ella quiso gritar. Darse cuenta de que amaba a Marc no facilitaba nada cuando podían matarlo ese mismo día.
Oyeron un estruendo y su madre y ella dieron un respingo.
—La batalla ha empezado —susurró Tess.
Marc encontró el puesto de mando de Napoleón a solo kilómetro y medio de lo que sería el campo de batalla. Lo había visto con sus generales en una posada que se llamaba La Belle Alliance. Era raro, pero Napoleón había decidido quedarse en la posada, aunque sus ayudantes podrían haber encontrado el mismo punto que había encontrado él y que tenía una vista perfecta.
Observó la posada todo el tiempo que se atrevió, pero, aunque los generales se marcharon, Napoleón se quedó. Era más seguro volver al sitio desde donde podía ver la batalla, aunque, probablemente, él no serviría de nada a los aliados si estaba en el lado francés. Le costaría ver la batalla sin estar allí, le costaría presenciar que los hombres morían y no participar.
El sol estaba en lo alto cuando los franceses avanzaron hacia la granja Hougoumont, el primer paso de la batalla. Él había estado en una batalla antes de la muerte de su hermano y sabía que ese día presenciaría una carnicería y que no podría hacer nada. Sin embargo, también sabía que no podría apartar la mirada. Observó el ataque. La lucha parecía encarnizada, pero los aliados aguantaron. Los cañones franceses disparaban contra la línea inglesa, que seguía en lo alto de la cresta y, casi toda, escondida. Pudo ver con el catalejo que Wellington iba montado a caballo de un lado a otro dando órdenes y supervisando el campo de batalla, que no estaba en una cómoda posada.
Los cañones franceses dejaron de disparar, pero el humo dejó una neblina sobre el campo. Aun así, él pudo ver que la infantería francesa se dirigía al centro de las fuerzas británicas. Era una visión magnífica y espantosa. Miles de hombres avanzaban en columna, como un ariete humano que iba a derribar la puerta británica. ¿Aguantarían? Los franceses se acercaban y la artillería aliada les disparaba. Los hombres caían y quedaban abandonados mientras la masa seguía avanzando.
—La artillería no está deteniéndolos —comentó Marc en voz alta.
Tenía que quedarse tumbado para que no lo vieran, pero quería ir de un lado a otro gritando órdenes. Quería volar.
Los británicos, desde la cima del monte St. Jean, dispararon los mosquetones, una andanada tras otra, hasta que la infantería francesa se batió en retirada. Estuvo a punto de gritar de alegría cuando vio que la caballería los perseguía. Volvió a mirar por al catalejo. Vio los gorros de piel y supo que los Scots Greys estaban entre ellos. El capitán Fowler podría alcanzar la gloria, pensó intentando no envidiarlo.
La gloria se convirtió en devastación muy poco después. La caballería se había abierto paso entre la artillería, pero había llegado demasiado lejos y los coraceros estaban cortándoles la retirada. Tuvo que presenciar la matanza. Pocos Scots Greys consiguieron volver a sus líneas y era probable que Fowler no estuviera entre ellos. Memorizó el terreno donde habían caído, donde tendría que buscar a Fowler.
Esa tarde, más tarde, la caballería volvió a cargar. Esa vez cargó con todas sus fuerzas contra la infantería británica. ¿No era un error? La infantería formó cuadrados que resistieron, pero los cuadrados iban haciéndose cada vez más pequeños a medida que los soldados caían heridos o muertos. Sin embargo, esa vez, la caballería francesa sufrió muchas bajas por el fuego de la infantería. Vio por el catalejo que el 28 mantenía su posición. El hermano de Tess sería uno de los oficiales que, a caballo, estaba en medio de uno de los cuadrados. Era donde él estaría si su hermano viviera. Charles y él habrían luchado juntos en esa batalla si las cosas hubiesen sido distintas. Apartó esos pensamientos de la cabeza y analizó la táctica de los dos bandos. La estrategia de Napoleón parecía equivocada. ¿Por qué atacaba por el centro y no por los flancos, que eran más vulnerables? ¿Por qué dedicaba tantos hombres a tomar Hougoumont? ¿Por qué atacaba en columna y no línea, lo que le daría más potencia de fuego? Aun así, a pesar de esos errores, los soldados de Napoleón estaban cerca de la victoria. Los aliados estaban sufriendo para resistir. El campo estaba repleto de cuerpos y sangre y pronto iba a anochecer.
Otro ejército se acercó por su derecha y el alma se le cayó a los pies. ¿Refuerzos franceses? Si era así, Wellington estaba perdido. Volvió a mirar por el catalejo, pero esos regimientos estaban muy lejos. No dejó de mirar mientras se acercaban poco a poco. Su ánimo rebotó hasta lo más alto. Los prusianos se dirigían hacia el campo de batalla, ¡habían llegado para apoyar a Wellington! Giró el catalejo hacia el campo de batalla y la euforia se esfumó. Napoleón había enviado a la Vieja Guardia, sus mejores soldados. Avanzaban hacia una línea británica muy debilitada. Los prusianos llegarían tarde por muy poco. El redoble de paso ligero le retumbó en los oídos y la Guardia cargó. Él casi pudo saborear su triunfo cuando abrieron fuego contra la escasa línea de casacas rojas. Sin embargo, cuando había perdido toda esperanza, miles de soldados británicos surgieron como por arte de magia y dispararon andanada tras andanada contra la Guardia. Muchos cayeron y los demás huyeron en desbandada. Se levantó de un salto y vitoreó.
Todo el ejército francés se descompuso y corrió con los aliados pisándoles los talones. Se guardó el catalejo en el bolsillo y corrió hasta Apolo. Los soldados que huían se dirigían hacia él y si no se marchaba de allí, pronto se encontraría con centenares de hombres desesperados y presas del pánico.
Tess no podría haberse imaginado un día más atroz. Cuando el ruido de la batalla llegó a Bruselas, ni su madre pudo hablar de otra cosa. Se quedaron sentadas, preocupadas y en silencio, mientras los cañones no dejaban de disparar. El conde von Osten salió cada dos horas para buscar información, pero no encontró nada digno de crédito. Cada vez que volvía a la casa decía que había oído que todo estaba perdido o que Wellington había logrado la victoria, pero no podía creerse nada. En un momento dado, todo un regimiento de soldados belgas cruzó la ciudad diciendo que la batalla estaba perdida, pero los mensajeros de la batalla no lo confirmaron y los cañones siguieron disparando, lo que indicaba que no había terminado.
Casi había caído la noche cuando los cañones se quedaron en silencio y von Osten salió otra vez. No volvió hasta medianoche, hasta que irrumpió en la sala donde había pasado todo el día con su madre.
—¡Querida! ¡Tess!
Las dos se levantaron de un salto.
—¡Lo ha conseguido! ¡Wellington lo ha conseguido! ¡Los franceses están retrocediendo y los prusianos los persiguen hasta Francia!
—¡Es maravilloso!
Su madre se arrojó en sus brazos y él dio vueltas de alegría.
—¿Estáis seguro? —preguntó Tess con cautela.
Él había vuelto muchas veces a casa diciendo una cosa primero y la contraria después.
—Estaba en el palacio real cuando llegó del despacho —él le sonrió—. ¡No hay duda!
Ella, agotada de repente, se dejó caer en la butaca.
—Gracias a Dios.
—Ossie, tenemos que celebrarlo —comentó su madre—. Tenemos que brindar por nuestros soldados. Saquemos champán y reunamos al servicio para que beba también. ¡Champán! ¡Es perfecto para brindar por una victoria sobre Napoleón!
Él salió de la habitación y volvió al cabo de unos minutos con una botella de champán y tres copas.
—El servicio también está celebrándolo, no temas. Esta botella es para nosotros.
Su madre se levantó y tomó dos de las copas. Él las llenó hasta el borde con el vino espumoso y ella entregó una a Tess.
—¡Alégrate, mi niña querida! Hemos ganado.
Ella aceptó la copa y se le derramó un poco por los dedos.
—Estaré más tranquila cuando sepa que no le ha pasado nada a Edmund.
Y al capitán Fowler… Y a Marc… ¿Dónde había estado durante la batalla? ¿Había corrido peligro? ¿Estaba a salvo?
—Dicen que ha habido muchas bajas —comentó el conde con una expresión seria.
Parte de la alegría se esfumó y el conde puso una mano en el hombro de Tess.
—No te preocupes. Mañana iré al campo de batalla en el carruaje e intentaré enterarme de algo sobre nuestro querido Edmund.
—¿Puedo acompañaros? —preguntó ella.
—¿Al campo de batalla? —preguntó él mirándola con un gesto afable—. Creo que no.
Marc volvió a ponerse su ropa antes de dirigirse con Apolo hasta donde los soldados habían acampado para pasar la noche, a solo unos pasos de donde habían librado la batalla más encarnizada que él podía haberse imaginado. No habían podido perseguir a Napoleón en su retirada. El emperador derrotado se había mezclado entre los hombres desesperados que desbordaban los caminos y que intentaban llegar a la seguridad de su tierra. Oscurecía deprisa y eso lo complicaba más todavía. Además, sin ejército, ¿adónde iba a ir sino a París?
Él, en cambio, buscaría al hermano de Tess y al prometido de Amelie entre los supervivientes. Los hombres, agotados y con expresiones de espanto, estaban sentados alrededor de fogatas. Podían ver el campo de batalla, pero era una visión macabra de cuerpos que parecían bultos grises en la oscuridad. Solo se oían los gritos de los hombres y caballos heridos y moribundos y el olor a sangre y muerte lo llenaba todo. Nadie se atrevía a acudir en su auxilio. Los saqueadores, los hombres y mujeres más desapiadados y desalmados, se movían entre los cuerpos quitándoles la ropa, arrancándoles los dientes, llevándose todo lo que pudiese valer algo de dinero. Los saqueadores no dudarían en matar a quien intentara impedírselo. Sin embargo, cada grito que oía lo atravesaba como un sable. ¿Tenía que pasar por alto los gritos de Edmund o Fowler? Si los encontraba vivos, no tendría que buscarlos entre los muertos cuando despuntara el alba. Empezó por el 28. Las posibilidades de que Edmund hubiese salido vivo eran mayores que las de Fowler. Además, no quería que Tess sufriera otra pérdida.
Tardó horas, pero acabó encontrando a Edmund entre los heridos. Estaba tumbado en el suelo, delante de una casa donde uno de los cirujanos militares estaba amputando miembros. Edmund tenía el uniforme empapado de sangre.
—¿Glenville…? —farfulló aturdido cuando él se arrodilló a su lado—. ¿Puede saberse qué haces aquí?
—Tess querría que estuviese aquí —contestó él.
El día siguiente a la batalla fue más angustioso todavía, si eso era posible. El conde salió temprano, pero volvió enseguida porque los caminos estaban llenos de heridos que se dirigían a Bruselas, unos en carretas y otros andando. Volvió a salir, esa vez al palacio real, para ver los nombres que había en las listas de muertos y heridos. Entonces, ella también salió, contra la voluntad de su madre. Fue al camino principal, por donde entraban centenares de soldados heridos, y preguntó a todos los soldados del regimiento 28 si sabían qué le había pasado a su hermano. Ver a tantos hombres heridos era desolador. Algunas heridas eran tan aterradoras que no entendía cómo podían seguir vivos esos hombres. Sospechaba que no vivirían mucho tiempo. ¿Adónde iban a ir?
Vio una carreta con hombres que llevaban la casaca roja y el casco del regimiento 28. Corrió hasta ellos.
—Disculpadme, caballeros, ¿conocen al teniente Edmund Summerfield?
—Lo conocemos —contestó uno de ellos.
—¿Está vivo?
Dos hombres sacudieron la cabeza.
—No lo sabemos, señora.
—Yo lo vi caer —añadió un tercero—. No vi que volviera a levantarse.
—¿Está muerto?
Ella se detuvo y la carreta siguió su camino. Sintió un regusto amargo en la boca. Debería seguir, debería buscar al capitán Fowler, pero las lágrimas le nublaban la vista. Se las secó con el dorso de la mano, no era el momento para desfallecer cuando esos hombres habían pasado por algo tan espantoso que ella no podía ni imaginárselo. Todavía podía pensar en Amelie y encontrar al capitán Fowler aunque hubiese perdido a su querido hermano… y, a lo mejor, a Marc. ¿Cómo podía buscar a Marc? No sabía dónde estaba ni si volvería, pero sí sabía a quién podía preguntárselo.
Dio media vuelta intentando reunir fuerzas. Con las torres de la catedral como referencia, empezó a dirigirse hacia la calle de la Blanchisserie, a la casa de un duque y su secretario que, con toda certeza, sabrían más sobre el paradero de Marc que cualquier otra persona.
Intentó cruzar la calle. Las carretas avanzaban trabajosamente y una multitud de hombres heridos se amontonaba detrás de ellas. El gentío se dividió un instante y ella pudo ver un hombre a pie, que no iba uniformado y conducía un caballo. ¡Era Marc! ¡Ese hombre era Marc!
Corrió hacia la calle para intentar alcanzarlos, pero los pobres soldados heridos se lo impedían.
—¡Marc! —gritó ella cuando se acercó un poco—. ¡Marc!
Él levantó la mirada y se detuvo. Ella siguió corriendo y se abalanzó en sus brazos.
—¡Estás a salvo! ¡Estás a salvo!
Él la abrazó con todas sus fuerzas mientras los hombres pasaban a su lado.
—Tess… Tess… Deberías estar en Amberes.
—No —ella se aferró a él—. Me quedé, me dio miedo que no fueses a volver.
La riada de hombres los arrastraba, pero él tardó un rato en separarse de ella.
—Los he encontrado.
Ella no supo de qué estaba hablando, hasta que él se dio la vuelta y señaló a los hombres que iban sobre el caballo, sobre Apolo. Uno de los hombres sujetaba al otro, que estaba envuelto en una manta.
—Capitán Fowler…
Parecía la muerte personificada.
—Hola, Tess —la saludó el otro hombre.
Ella lo miró. Era Edmund, pero era como ver un espectro. Corrió hasta él aunque solo pudo agarrarle una pierna.
—Edmund…
Él hizo un gesto de dolor.
—La pierna, Tess. Está herida.
Ella se apartó de un salto.
—Llévalos a casa de mi madre —le pidió ella a Marc.