Quince
El desayuno terminó y Tess, su hermano y Marc salieron de las habitaciones y dejaron a Amelie y al capitán con lord y lady Northdon. El compromiso era inminente. Ella se despidió de Edmund y se quedó con Marc.
—Acompáñame, Tess. Quiero ir a visitar a alguien.
—¿A quién? —ella no quería más sorpresas—. No iré si no me lo dices.
—¿Te acuerdas de los caballeros que estaban conmigo en el parque?
Ella quiso preguntarle si se refería a los caballeros que estaban con la señorita Caldwell y él.
—No me acuerdo de sus nombres —reconoció ella en cambio.
—Uno era el capitán Upton, el que conocía a tu hermano. El otro era el señor Scott, que es el secretario del duque de Richmond, a quien vamos a visitar.
—¿Al duque de Richmond? ¿Para qué?
—No al duque, al señor Scott.
—¿Era uno de esos amigos con los que recorrías los Alpes? —preguntó ella con sarcasmo.
—No —contestó él sin inmutarse.
Ella no quería visitar a nadie, y menos si era amigo de Marc, aunque no hubiese participado en ese viaje inventado por los Alpes.
—Marc, ¿te importaría visitar a ese caballero sin mí? Estoy segura de que a tu madre le gustaría ir a ver tiendas conmigo.
—Mi madre está ocupada con Amelie y el capitán Fowler. Vamos. ¿Cuántas ocasiones vas a tener de ver la casa de un duque?
—¿Está muy lejos? —preguntó ella.
—Como a kilómetro y medio.
Ella acabó accediendo. Una vez fuera, tuvo que reconocerse que agradecía estar al aire libre y estirar las piernas dando un paseo. Había mucha actividad y muchas cosas que ver. Los carteles de las calles estaban escritos en francés y oían hablar más francés que flamenco. Había soldados por todos lados, algunos con casacas rojas y otros con casacas azul oscuro. Marc le señaló algunos edificios importantes por el camino y le contó la historia de la ciudad. Fue casi normal, como los pocos paseos que habían dado por Londres, si podía decirse que esos habían sido normales.
Llegaron a una casa muy elegante en la calle de la Blanchisserie. Marc llamó con la aldaba y los dejaron entrar. Un sirviente les explicó que el señor Scott estaba en otro edificio. Los acompañó por una antesala y los anunció a señor Scott.
—¡Glenville! —Scott se acercó a ellos e inclinó la cabeza a Tess—. Señora… Me alegro de verlos.
Él hizo un gesto que abarcaba toda la habitación. Era muy grande, las paredes tenían papeles pintados con rosas y las cortinas eran de los colores reales, rojo, dorado y negro.
—Aquí es donde se celebrará al gran acontecimiento —siguió Scott—. La duquesa me ha encargado que me ocupe de la organización.
Unos empleados estaban dando los últimos toques a una especie de plataforma. Otros metían sofás y butacas. Unas lámparas de cristal colgaban del techo y estaban colocando unos candelabros inmensos, más altos que un hombre, junto a las paredes. El señor Scott se rio.
—¿Puedes creerte que aquí era donde un constructor de carruajes los enseñaba? Los hijos daban clase, mejor dicho, jugaban al bádminton, hasta que la duquesa se lo quedó para el baile.
¿El baile? No podía ser el baile del que le había hablado Marc. ¿Por qué una duquesa iba a invitar a lord y lady Northdon y a la no menos escandalosa Tess Glenville?
—Por eso hemos venido —comentó Marc—. ¿Pudiste hacer lo que te pedí?
—Sí —Scott se inclinó con una mirada de complicidad—. Con un poco de ayuda de nuestro amigo.
¿Qué amigo? Ella, naturalmente, no sabía nada sobre los amigos de Marc.
—Invitaciones para todos —el señor Scott sacó unas tarjetas blancas del bolsillo—. Tus padres, tu hermana, el capitán Fowler —guiñó un ojo a Tess y sonrió—. Y para usted y su marido, señora. Su excelencia el duque de Wellington también ha prometido asistir.
—¿Estamos invitados al baile? —preguntó ella sin poder creérselo—. ¿Al baile de la duquesa? —¿un baile al que iba a asistir Wellington?—. ¿La duquesa sabe algo?
—Naturalmente —el señor Scott le dio las invitaciones a Marc antes de gritar a unos empleados—. ¡Ahí, no! ¡Al otro lado!
Marc se guardó las invitaciones en el bolsillo.
—Nos marcharemos. Estás muy ocupado.
El señor Scott esbozó una sonrisa cansina.
—Una pizca ocupado en este momento. Me alegraré mucho cuando haya terminado el baile —Scott dirigió una mirada muy elocuente a Marc—. ¿Sabré algo de ti más tarde?
—Más tarde.
Se despidieron de Scott y salieron a la calle.
—¿Adónde vamos ahora? —preguntó Marc.
Tess se dio la vuelta y lo miró.
—No me dijiste que el baile al que tenía que ir era el baile de una duquesa.
—Era una invitación que podía conseguir —replicó él encogiéndose de hombros.
—¿Cómo ibas a poder conseguirla? La amistad con el secretario de un duque no es motivo para que nos inviten.
—Había algo más —él resopló—. ¿Qué más da, Tess? Es una invitación muy solicitada y he podido conseguirla.
—¿Crees que iba a importarme algo que consiguieras la invitación para un baile?
Habría sido mucho mejor que le hubiese dicho la verdad y lo ideal habría sido que no la abandonara.
—Esta invitación abrirá la puerta a otra. Al menos, debería gustarle a Amelie y a mi madre y debería hacer que el tiempo que estés en Bruselas sea más agradable.
A ella no le agradaba la invitación, no la habría buscado.
—Hablaron de mí en Londres cuando me abandonaste —replicó ella—. Que hablen de mí en Bruselas porque estás obligado a estar conmigo.
—No estoy obligado a estar contigo, Tess —él hizo una pausa—. Lamento muchísimo que cotillearan de ti por mi culpa.
Él la miró con arrepentimiento, pero ¿podía confiar ella en las apariencias?
—¿Y cómo voy a creerte? —ella se alejó—. Sobre cualquier cosa.
Él la agarró de los brazos y la obligó a pararse.
—Tenemos que aprender a llevarnos bien.
—¿Tenemos? —preguntó ella arqueando una ceja.
Él la agarró con más fuerza de los brazos.
—Sé que te hice daño al marcharme, pero el momento fue una desgracia accidental.
Causada por Napoleón, para más señas.
Ella lo miró con severidad y amargura.
—Estoy segura de que, para ti, abandonarme justo después de la noche de bodas fue una decisión sensata.
—Dejemos esto —replicó él en un tono más suave—. He pensado que voy a enseñarte otro sitio.
Empezaron a volver por donde habían llegado y él siguió hablándole de Bruselas.
—¿Por qué sabes tanto de Bruselas? —le preguntó ella cuando pasaron junto a la catedral—. ¿Has estado aquí todo el tiempo?
—No —él hizo una pausa—. Ya había estado aquí antes.
—¿Cuándo?
Había estado en Escocia justo antes de que se conocieran y antes de eso había habido una guerra. ¿Quién iba a haber viajado a Bruselas durante la guerra?
—Hace tiempo —contestó él sin dar más explicaciones.
¿Siempre iba a ocultarle algo? Los secretos y las mentiras habían sido una parte esencial del matrimonio de sus padres y, en ese momento, lo eran del de ella.
No volvieron al parque, sino que siguieron a la Grand Place. Era una plaza rodeada de edificios que quizá hubiesen sido magníficos en algún momento, pero que, en ese, parecían un poco deteriorados.
—Dicen que estaban en mejor estado —le explicó Marc mientras recorrían la plaza—, pero los revolucionarios saquearon los edificios hace unos veinte años.
Los edificios le recordaron a sí misma. Cuando era pequeña, su vida le parecía perfecta y resplandeciente, pero el tiempo fue arrebatándole lo que había sido hermoso y solo había dejado los recuerdos. Se alegró cuando salieron de la plaza.
—¿Eso era lo que querías enseñarme? —le preguntó ella con rabia por haber visto esos edificios tristes y descuidados—. ¿Ya podemos volver?
—No —el sonrió—. Lo que quiero enseñarte está pensado para divertir.
A Tess le gustaría que él no sonriera así. Hacía que sintiera un cosquilleo como si tuviese miles de mariposas por dentro. Parecía más atractivo todavía cuando sonreía, se parecía menos a un bucanero y más a alguien que podía conseguir que el sol brillara con mayor intensidad. No quería que le pareciera atractivo. No quería recordar lo que sentía cuando la abrazaba y le acariciaba la piel. Parecía como si estuviese intentando agradarle, pero sería mucho más sencillo si la dejaba en paz. Apretó los labios antes de que doblaran una esquina.
—Cierra los ojos —le pidió él.
—Es una majadería —farfulló ella aunque cerró los ojos, sobre todo, para no mirarlo a él.
Él avanzó un poco con ella.
—Ábrelos.
Ella abrió los ojos y se rio sonoramente al ver la estatua de un niño que soltaba agua por cierta parte de su cuerpo.
—¡Está aliviándose! —exclamó ella.
Él se puso detrás de ella con las manos en sus hombros.
—Se llama Mannekin Pis y lleva doscientos años aquí.
Sus manos casi consiguieron que se olvidara de todo lo demás y tuvo que hacer un esfuerzo para hablar.
—¿Por qué levantaron una fuente así?
—No se sabe el significado verdadero —contestó él con la voz más profunda—, pero había una estatua antes que esta desde el siglo doce.
Él se acercó, ¿o había sido ella? Notó el aliento de él en el cuello. Olía a lima y bergamota, un olor que hacía que su cuerpo reaccionara. No quería sentir eso y tampoco quería apartarse de él. Las campanas de una iglesia dieron las doce. Él la soltó y retrocedió.
—Tengo que acompañarte al hotel —dijo él en un tono apremiante.
—¿Tienes que ir a otro sitio? —preguntó ella.
—Sí.
Él le ofreció el brazo y empezaron a caminar.
—¿Adónde?
—A encontrarme con alguien —contestó él con el ceño fruncido.
Algo le atenazó la garganta. Si no era con una mujer, ¿por qué no se lo decía? ¡Que se largara! Quería deshacerse de esa compañía.
—¿Por qué me has hecho que te acompañe? —le preguntó ella en tono tajante después de unos pasos—. No lo entiendo.
Ella notó que el brazo se le tensaba debajo de los dedos.
—Tenemos que empezar de alguna manera, Tess.
A Marc se le cayó el alma a los pies. En cuanto las cosas se tranquilizaban entre ellos, él hacía algo que volvía a alejarla de él. Maldita reunión. No podía explicarle a Tess por qué era tan importante ni que, probablemente, la información que iba a conseguir podría mantenerlos a salvo a ella y a su familia. Si pudiese ser sincero con ella, le ayudaría mucho. La Tess que conocía entendería que su deber podía alejarla de ella, aunque fuese a la mañana siguiente de su noche de bodas. Había pasado muchas noches pensando en ella y temiendo que fuese a perderla para siempre por no poder ser sincero. Sin embargo, su risa al ver el Mannekin Pis le había dado un poco de esperanza, aunque hubiese dejado de hablarle.
¿Qué curaría las heridas que se habían abierto entre ellos? ¿El tiempo? El tiempo no había curado las de sus padres. Seguían tan enfadados el uno con el otro como cuando él era pequeño.
Tess le agarraba el brazo mientras caminaban, pero de una forma mecánica que era como si tuviese un cuchillo clavado en el corazón. No soportaba ese silencio entre ellos, pero ya había dicho todo lo que sabía sobre Bruselas. ¿De qué más podía hablar cuando tenía que mantener en secreto casi todo? Eso daba alas a la imaginación. Su padre, por ejemplo, creía que estaba siéndole infiel con Doria. Él esperaba que Tess no lo creyera, pero tampoco sabía qué creía ella que estaba ocultándole. Todo se solucionaría si pudiera contarle que era un espía, que el señor Scott y el duque de Richmond eran sus contactos en Bruselas, que si no decía nada era porque no podía hacerlo por su país, no porque fuera infiel o porque la rechazaba a ella. Había estado peligrosamente cerca de irse de la lengua con su padre. En ese momento, entendía que Rosier hubiese roto su juramento de silencio. A este solo le había costado la vida. A él le parecía que su decisión de mantener su juramento y de cumplir con su deber podía costarle algo más valioso, su matrimonio y la felicidad de Tess.
¿Era inútil esperar que podía recuperarla? Ella no le hablaba mientras recorrían juntos las preciosas calles de Bruselas. Se agarró a un clavo ardiendo, o, dicho de otra manera, decidió sacar un tema que sabía que le disgustaría a ella, pero que, al menos, contestaría.
—¿Iras a ver a tu madre?
—No —contestó ella en un tono tenso.
—¿Aunque tu hermano esté viviendo allí? —insistió él.
—Él puede visitarme a mí —ella dio varios pasos antes de hablar otra vez y, cuando lo hizo, fue más para sí misma que para él—. No lo entiendo. Ella no es su madre. Él tenía dos o tres años cuando ella se marchó. Que yo recuerde, ella nunca le hizo mucho caso —Tess aminoró el paso y miró a un punto indefinido—. Ella no pasaba mucho tiempo con nosotros. Nos visitaba cuando dábamos clase y ella estaba en casa.
—Al parecer, el tiempo que pasó con tu hermano sí significó algo para él —comentó él para que ella siguiese hablando.
—Siempre era encantadora. Supongo que atraía hasta a los niños pequeños.
—Y a las niñas pequeñas —se atrevió a añadir él.
Ella lo agarró con más fuerza del brazo.
—Sí —reconoció ella en voz baja—. Cuando mi madre estaba allí, todo lo demás daba igual.
¡Pobre niña! Él quería que ella siguiese hablando.
—Cuando Amelie, Lucien y yo éramos pequeños, mis padres estaba tan ocupados peleándose que no nos prestaban casi ninguna atención.
Ella lo miró con una expresión de sorpresa y él también la miró fijamente.
—Te habrás dado cuenta de que no paran de discutir —siguió él.
—Son infelices —reconoció ella—, pero me sorprende que digas que no os prestaban atención. Se les cae la baba con Amelie.
—Sí, seguramente. Haber venido a Bruselas es un detalle muy grande con ella.
—Han estado muy de acuerdo en lo relativo al capitán Fowler y no discuten delante de él —siguió ella.
Él se sintió animado, eso era casi una conversación agradable.
—¿Qué sabes del capitán Fowler? —le preguntó él.
—Es el hijo menor de lord Ellister, un hombre al que tu padre aprecia mucho, al parecer. Según tu padre, es una buena familia.
—¿Sin escándalos? —preguntó él con una sonrisa irónica.
—Si escándalos —contestó ella en el mismo tono.
Eso le encantó y lo animó más.
—¿Fowler te cae bien?
—Parece cautivado por Amelie —contestó ella encogiéndose de hombros.
—Pero ¿no te convence? —preguntó él con el ceño fruncido.
—¿Cómo se puede estar convencida? —contestó ella mirándolo a la cara.
El dardo fue dirigido a él y siguieron caminando.
—¿Amelie está igual de cautivada? —preguntó él al cabo de un rato.
—Me temo que más todavía.
—Espera —él se detuvo—. ¿Qué quieres decir con que lo temes? Pensaba que creías en el amor.
—Ya no —replicó ella mirando hacia otro lado.
El dardo lo alcanzó en el corazón.
Esa conversación sobre el amor era muy dolorosa y ella deseó que terminara.
—¿Debería estar preocupado por Fowler? —le preguntó él.
—Claro. Tiene la capacidad de hacerle mucho daño —como Marc se lo había hecho a ella—. He aprendido que el amor tiene esa capacidad.
Él frunció el ceño, pero ¿se daba cuenta de que ella estaba hablando del daño que le había hecho? Siguieron andando en silencio y se alegró porque no quería que él le dijera nada más. Sin embargo, no soportaba su silencio, aunque daba igual porque enseguida la abandonaría para ir a ver a esa persona de la que no quería hablarle y ella se libraría de su compañía.
—¿Sabes por qué mi amigo Charles se presentó voluntario aquella misión casi suicida? —le preguntó él de repente.
—¿Por qué? —preguntó ella asombrada.
—Charles quedó prendado de una mujer española. Estaba loco por ella. Al menos, eso era lo que decía en las cartas que me escribió sobre ella —él tomó aliento—. Ella lo dejó por otro hombre y él se presentó voluntario. Me escribió que le daba igual vivir que morir.
¡Era espantoso! Ella había sentido una desesperación parecida por él, pero nunca lo diría.
—Charles creyó que estaba enamorado —siguió él en un tono desolado—. Estaba obsesionado por ella y perdió el juicio.
—Es muy triste —ella frunció el ceño—, pero ¿por qué…?
—Lo de mi hermano no fue muy distinto —le interrumpió él—. Lucien perdió la cabeza por una joven, pero los padres de ella no lo aceptaban. Se fugaron e iban a toda velocidad hacia Gretna Green cuando se rompió el eje del carruaje y lo tiró al suelo —él tragó saliva—. Duró unas semanas y volví a casa desde mi regimiento…
Él no pudo terminar y ella siguió en un tono más suave.
—Entonces, ¿has llegado a la conclusión de que el amor mata?
—Bueno, el amor mató a mi hermano y a mi amigo y condenó a mis padres a la infelicidad…
Él se detuvo bruscamente, como si la emoción le impidiese seguir. No era de extrañar que no creyera en el amor. Ella habría preferido que no le hubiese contado todo eso. La dejaba sin defensas contra él. Si se permitía a sí misma sentir el mismo dolor que él, su coraza se desvanecería y podrían hacerle daño otra vez.
Llegaron a la Place Royale antes de que ella volviera a hablar.
—No te preocupes demasiado por tu hermana y el capitán Fowler. Al parecer, coinciden en temperamento y posición. Creo que serán afortunados —ella hizo una pausa—. Si él no muere en la batalla, claro.
No volvieron a hablar. Llegaron al hotel Flandre y él la acompañó a su habitación. Ella sacó la llave y la metió en la cerradura. Él le entregó las invitaciones para el baile del duque de Richmond.
—Toma las invitaciones. ¿Se las darás a mis padres, a Amelie y al capitán Fowler?
Ella lo miró con recelo.
—¿Por qué? ¿No vas a dárselas tú en mano?
—Por si no los veo…
—¿Piensas desaparecer otra vez? —preguntó ella poniéndose rígida.
Él la agarró de los hombros y sus cuerpos se quedaron a unos centímetros.
—Volveré para el baile.
—Pero no vas a cenar esta noche —añadió ella mirándolo a los ojos.
—Si puedo, te acompañaré durante la cena —replicó él mirando hacia otro lado.
—Salvo que te salga un viaje a Suiza.
Ella abrió la puerta y entró en la habitación antes de que él pudiera ver que se había sonrojado y que su cuerpo había cobrado vida por la sensación de tenerlo tan cerca.
Marc se separó de la puerta. No había pensado tenerla tan cerca. Su cuerpo anhelaba más. ¿Alguna vez se merecería ese derecho?
Volvió apresuradamente a su hotel para transformarse en un bonapartista sin vínculos con la aristocracia británica y acudió a la reunión con otros seis hombres. Uno afirmó que tenía noticias que le había transmitido otro hombre que estaba en contacto con los ayudantes de campo de Napoleón. Marc dijo lo acertado y, aparentemente, lo aceptaron porque ese hombre habló si reservas. Dijo que tenían que prepararse para el regreso triunfal de Napoleón a Bruselas. Según él, Napoleón podía aparecer en cualquier momento, mientras los británicos y los aliados iban a fiestas y representaban operetas militares en vez de prepararse para la batalla. Esa información era de segunda mano en el mejor de los casos, pero esos bonapartistas se la tomaron tan en serio que redactaron octavillas y prepararon víveres para celebrar la victoria con una cena. Él prometió que estaría preparado para repartir las octavillas o ayudar como hiciese falta cuando llegara el momento. Se estrecharon las manos, se dieron palmadas en la espalda y gritaron vive l’Empereur! Cuando se marchó, tuvo mucho cuidado de no parecer sospechoso ni de llevarlos hasta el señor Scott o el duque. Pasó una hora viendo tiendas y bebiendo cerveza como si fuese un día como otro cualquiera.
Hasta que acabó yendo a la calle de la Blanchisserie para ver a Scott. Scott llamó al duque y los tres se reunieron en la biblioteca. Scott y el duque pusieron una expresión sombría cuando él les contó lo que había oído.
—¿Podemos conectar contigo en tu hotel? —le preguntó Scott.
—En mi hotel o en el de mi esposa —¿querría ella que se quedara? Eso esperaba—. Ella está en el hotel Flandre.
—Si lo que has dicho es correcto —intervino el duque en tono sombrío—, Bruselas puede convertirse en un sitio muy peligroso para los ingleses.
Y todo el mundo al que él quería, entre ellos la mujer que amaba, estaba en Bruselas.