Seis
Marc llamó a la puerta de la sala de su madre.
—Qui est lá?
—C’est moi, maman.
—¿Marc?
Ella ya estaba de pie cuando él entró. Seguía delgada, con el pelo blanco y con unos rasgos hermosos. Era una mujer encantadora como siempre.
—¡Marc! —exclamó ella rodeándolo con los brazos.
Fue un abrazo fuerte y firme, el abrazo de una mujer que lo había aliviado de las heridas de la infancia, de una mujer que no se quejaba por no tener amigos y pocas relaciones sociales. Ella siguió hablando en francés.
—No te esperábamos. Siéntate y cuéntame dónde has estado y qué has hecho. Pasaste la Navidad en Escocia, ¿no?
—Oui —él también contestó en francés y era casi lo único que podía decir sobre lo que había hecho—. Acompáñame a ver a papá. Está en la biblioteca y tengo que deciros algo.
—¿Es necesario, Marc? —su madre arrugó la boca—. Dímelo aquí, no quiero salir de este cuarto.
—No. Quiero hablar con papá y contigo juntos.
Ya estaba otra vez en medio de los dos.
—No le gusta que lo molesten —replicó ella frunciendo el ceño.
Quería decir que pasaban los días lo más separados que fuese posible.
—Insisto, mamá —él señaló hacia la puerta—. Acompáñame, es importante.
—Muy bien. Si es importante…
Ella suspiró y lo agarró del brazo. Cuando llegaron a la biblioteca, ella entró primero.
—¡John! —exclamó ella en inglés—. Mira quién está aquí.
Su padre frunció el ceño por al tono estridente, pero sonrió en cuanto vio a Marc.
—¡Muchacho! ¡Qué sorpresa! Una sorpresa muy agradable.
Marc se encontró abrazado otra vez.
—Papá…
Su padre le pareció más alto de lo que recordaba. También lo abrazó, pero los viejos rencores lo asaltaron.
—¿Qué te trae por aquí? ¿Vas a quedarte? Has estado mucho tiempo fuera de casa —naturalmente, su tono se convirtió en una regañina—. Deberías quedarte un tiempo.
Llevaba menos de un minuto con su padre y ya estaba riñéndole, dándole órdenes o recordándole que no era su hermano, quien no podía hacer nada mal a ojos de él. Se separó de su padre e intentó que su voz no reflejara resentimiento.
—Es posible que alargue la visita —Marc señaló al sofá—. Por favor, sentaos. Tengo que deciros algo.
Ellos se sentaron en butacas separadas y él en el sofá. Había tenido tres días para preparar esa conversación y todavía no había decidido qué iba a decir. Era mejor ir al grano que dar rodeos.
—He venido con una mujer, una mujer con la que voy a casarme…
Sus padres lo miraron con los ojos fuera de las órbitas.
—¡Casarte! —gritó su madre aunque con los ojos iluminados por la emoción.
—¿Quién es esa mujer? —preguntó su padre con el ceño fruncido.
Él tomó aliento y empezó la explicación. Su padre sabría quiénes eran los padres de Tess y no tenía sentido negarles esa información. Sin embargo, no les diría el motivo por el que se casaban. En algún momento, cuando los invitados de lord Tinmore volvieran a la ciudad, la historia podría salir a la luz, pero decírselo en ese momento solo conseguiría que la presentación de Tess fuese más difícil para ella.
—¿Es la hija de sir Hollis y lady Summerfield? —preguntó su padre medio gritando cuando Marc terminó.
—¿Quiénes son sir Hollis y lady Summerfield? —preguntó su madre.
Su padre la miró con fastidio.
—Sir Hollis era un necio que dilapidó una fortuna con malas inversiones, pero después de casarse con una mujer que lo engañó una y otra vez hasta que acabó fugándose con uno de sus amantes. Tuvo tantos amantes que nadie sabe quién es el padre de sus hijas.
—Bah… —la madre de Marc hizo un gesto con la mano para desdeñar las palabras de su marido—. Amantes, ¿qué importa eso?
—La fidelidad importa mucho a algunas personas —replicó su padre.
—¿De verdad? —preguntó su madre mirándolo con rabia.
Santo cielo, ¿alguno de ellos, o los dos, tenían amantes? Su padre se aclaró la garganta.
—No obstante, en esta situación, sí importa que no sepamos qué sangre corre por las venas de esa joven.
—¡Sí! —su madre estuvo a punto de saltar de su butaca—. Podría ser sangre normal y corriente, ¡sería una tragedia!
Su padre se puso rojo.
—No quería decir eso y lo sabes. Quería decir que podría haber algún desequilibrio mental en la familia, o una deformidad.
—¡Silencio! —exclamó Marc levantándose.
Los dos lo miraron como si les sorprendiera que estuviese allí.
—No importa quiénes fueron sus padres ni la sangre que corre por sus venas, voy a casarme con la señorita Summerfield, no con sus padres —siguió él mirándolos con rabia.
—Santo cielo —su padre se frotó la cara—. Bastante doloroso es que tu hermano… —su padre hizo una pausa y tardó un instante en reiniciar el ataque a Marc—. ¿Qué prisa hay para que te cases? ¿Está en estado?
—¿En estado? Di lo que quieres decir —su madre se dirigió a él—. ¿Está embarazada?
—¡No! —contestó Marc—. No espera un hijo. Es una joven virtuosa y respetable y como tal la he tratado.
—Bueno, su familia no es respetable —su padre resopló—. Su madre… Su padre… Además, ¿no he leído en algún sitio que una hermana se ha casado con el viejo Tinmore? Eso no puede ser respetable.
—¡Bah! —su madre miró a su padre con un brillo en los ojos—. Das demasiada importancia a lo respetable, siempre se la has dado.
—No siempre —replicó él mirándola con furia.
Se miraron el uno al otro y Marc se sintió como si no estuviese en la habitación.
—Podrías haber detenido a Lucien —susurró su madre.
Otra vez la misma historia. ¿Seguían peleándose por la muerte de su hermano? Eso era lo más doloroso de todo. Sin embargo, su madre volvió al asunto que los ocupaba.
—¿Qué pasa con ese Tinmore? ¿No es… respetable?
El tono de su padre se convirtió en casi cortés.
—Tiene ochenta años y ha pasado años enclaustrado —miró pensativamente hacia otro lado—. Me pregunto si está bien de la cabeza. No puede estarlo si una muchacha lo ha engañado para que se case.
—¿Crees que ha sido una maniobra de la mujer? —contraatacó su madre—. Lo más probable es que ese Tinmore la obligara a casarse.
—¡Da igual, padre! —intervino Marc—. ¿Vais a recibir bien a la señorita Summerfield o tengo que llevarla a un hotel o algo así hasta que pueda organizar la boda? Tengo que saberlo ahora mismo porque está esperando en la sala.
Nancy se sentó por fin en una silla que había pegada a la pared y Tess se sentó en una butaca desde donde podía ver la puerta. Había visto desde la ventana que terminaban de llevarse el equipaje y que el carruaje se alejaba. Era desconcertante no saber exactamente dónde estaba ni cómo ir a ninguna parte. Si estuviese en las calles de Mayfair, se encontraría tan perdida como lo estuvo en la tormenta.
Se abrió la puerta y ella se preparó. Sin embargo, no entró Marc ni sus padres. Era una joven rubia y hermosa que se parecía tanto a Genna por la estatura y el color del pelo que anheló volver a ver a su hermana. La chica, sin embargo, parecía más joven que Genna, que tenía diecinueve años. Ella se levantó y Nancy también se levantó de un salto.
—Hola —las saludó la chica.
Tenía los mismos ojos azules y penetrantes que el señor Glenville y llevaba un elegante vestido casi del mismo tono.
—Staines me ha dicho que mi hermano está aquí —siguió la chica—. Y que, además, tenemos visitantes —se acercó a Tess e hizo una reverencia—. Me llamo Amelie Glenville.
¿Hermana? Marc no le había dicho que tuviese una hermana menor. Ella también hizo una reverencia.
—Soy la señorita Summerfield. Tess Summerfield —señaló a Nancy—. Ella es mi doncella Nancy.
Nancy hizo una reverencia más profunda.
—Señorita…
—Han venido con mi hermano, ¿verdad? —le preguntó la señorita Glenville en un tono vacilante.
Tess supuso que era tímida.
—Sí, efectivamente.
—He pedido que les traigan té —la señorita Glenville bajó la mirada—. Por favor, siéntense.
Tess volvió a sentarse y la señorita Glenville se sentó cerca de ella.
—¿Dónde está mi hermano?
—Con sus padres, creo.
Parecía como si se hubiese marchado hacía mucho tiempo y eso era una mala señal. Entonces, Staines entró llevando una bandeja con té y pastas. La señorita Glenville, con la lentitud de una anfitriona inexperta, sirvió el té para las dos. Nancy, todavía atónita, pero súbitamente cohibida, y quizá más deseosa que Tess de beber y comer algo, se retiró a la silla junto a la pared con su té y sus pastas.
—Vinieron en un carruaje —comento la señorita Glenville con timidez—. ¿De dónde han venido?
—De Lincolnshire —contestó Tess.
—¡Lincolnshire! —exclamó la joven—. Habrán tardado unos días.
—Sí.
Pareció como si la señorita Glenville buscase algo más que decir.
—Estarán muy cansadas.
Partieron con la primera luz del alba, cuando el reloj de su habitación solo había dado tres campanadas.
—Nos detuvimos por el camino.
La señorita Glenville se quedó en silencio, como si estuviese intentando decidir algo.
—¿Es… es amiga de mi hermano? —preguntó con cierta brusquedad—. ¿Por qué la ha dejado sola en la sala?
Ella no iba a explicarle por qué su hermano había llegado a su casa con una mujer desconocida que llevaba equipaje.
—Quería hablar primero con sus padres.
La señorita Glenville frunció el ceño con desconcierto y esbozó una sonrisa tímida.
—Me gusta que haya visitas. No recibimos muchas cuando venimos a Londres.
Ella quiso tranquilizar a la chica.
—Entonces, hay mucha gente que se pierde una casa preciosa. Esta habitación es muy elegante.
—Lo es —la señorita Glenville sonrió—. A mi madre le gusta mucho decorar bien las habitaciones.
—Y lo consigue.
Se hizo otro silencio y ella captó que la señorita Glenville estaba pasándolo mal por su retraimiento. Era guapa como Genna, pero no tenía su desparpajo. Entonces, la señorita Glenville se levantó.
—¿Quiere que vaya a ver qué retiene a mi hermano?
—Sí, por favor —contestó ella con una sonrisa—. Se lo agradecería.
La señorita Glenville hizo otra reverencia y se marchó. Nancy habló en voz baja.
—Es guapa…
—Muy guapa.
Amelie Glenville era tan guapa como su hermano, tan rubia como él era moreno. Ella se consideraba pasable a sí misma, pero no tenía la belleza de la rubia Genna ni de Lorene, quien tenía el pelo de color caoba. Tampoco la de su madre, famosa por su belleza, aunque ella no se acordaba casi de cómo era. ¿Sería una belleza la mujer con la que quería casarse Marc? Suspiró. No tenía sentido darle vueltas a esas cosas. Haría lo que tenía que hacer por Genna y Edmund, y por Lorene.
Oyó pasos al otro lado de la puerta, pasos de varias personas, y se levantó. La puerta se abrió y Marc fue el primero en entrar. La miró, pero su mirada no la tranquilizó. Detrás entró una mujer con gesto serio, pero esbelta y con un pelo blanco que debía de haber sido tan rubio como el de la señorita Glenville. A continuación, entró un caballero de pelo gris e igual de serio. La señorita Glenville, la última en entrar, era la única que sonreía. El señor Glenville se acercó a ella.
—Te presentaré a mis padres.
Ella levantó la barbilla cuando sus padres se pusieron delante de ella y se miraron el uno al otro con una expresión sombría.
—Os presento a la señorita Tess Summerfield —Marc hizo un gesto a sus padres—. Mis padres, lord y lady Northdon.
Lady Northdon dejó escapar una risa nerviosa. Era un momento espantoso y ella solo pensaba en sobrevivir.
—Comprendo que soy una sorpresa enorme. Me disculpo por ello y os aseguro que intentaré no ser un problema…
—¿Un problema? —preguntó lady Northdon con acento francés—. Efectivamente, es una sorpresa, pero podemos alojar a una invitada, aunque sea tan repentino.
—Entonces, ¿voy a quedarme? —preguntó ella.
Lord Northdon se aclaró la garganta.
—No esperábamos a nuestro hijo, de modo que tendrás que disculparnos si necesitamos un poco de tiempo en acostumbrarnos a ti.
Entonces, ¿no iba a quedarse? Los miró a los dos.
—Vuestro hijo os ha hablado… de mí.
Marc, para su sorpresa, le tomó una mano y se la apretó.
—Les he contado que estamos prometidos y que queremos casarnos en cuanto pueda organizarlo.
Aunque todos sus sentidos cobraron vida por su contacto, ella sabía que ese gesto solo había sido una señal, que estaba intentando decirle que no les había explicado todo.
—¿Vais a casaros? —preguntó la señorita Glenville con los ojos como platos.
—Sí —contestó Tess sonriéndole—. No podía decírselo antes de que lo supieran sus padres.
—Casados… —añadió la chica en un tono soñador.
Lord Northdon frunció el ceño y lady Northdon lo miró riéndose.
—Mi marido llegó a creer que estaba encinta.
—¿Qué iba a creer? —preguntó lord Northdon con seriedad.
—Eso habría explicado muchas cosas, ¿verdad, milord? —Tess intentó apaciguarlo—. Pero no, no estoy encinta.
La palabra quedó flotando en el aire hasta que lord Northdon volvió a hablar.
—Muy bien, ¿vamos a sentarnos o vamos quedarnos de pie todo el día?
—Esa no es manera de hablar a una invitada, John —intervino lady Northdon mientras tomaba a Tess del brazo—. Siéntate con Amelie y conmigo. ¿Quieres tomar algo?
Ella se sentía como si estuviese entre dos gatos que se peleaban.
—La señorita Glenville nos ha servido té —contestó ella sentándose donde le había indicado lady Northdon—. ¿Puedo preguntar si mi doncella y yo vamos a quedarnos en esta casa?
—Oui —lady Northdon frunció los labios—. Si mi hijo lo pide, te quedarás.
Ese no era precisamente el mejor de los recibimientos.
—Entonces, ¿puedo pedir que enseñen nuestros cuartos a mi doncella y que le presenten al resto de empleados para que le expliquen las costumbres de la casa?
—Yo puedo presentarle al ama de llaves, maman —se ofreció la señorita Glenville mientras se levantaba.
—Muy bien, hazlo, Amelie.
Nancy miró a Tess con una mezcla de nerviosismo y emoción antes de seguir a la señorita Glenville fuera de la habitación.
—Sirve un poco de brandy —le pidió lord Northdon a su hijo.
Marc fue hasta el mueble y se dio la vuelta.
—¿Un vino, maman? ¿Tú, Tess?
Ella esperó a que lady Northdon aceptara para contestar.
—Me encantaría un poco de vino.
O una botella entera, más bien. Lady Northdon dio unas palmadas cuando las copas estuvieron servidas.
—Ahora, tenemos que planear la boda, ¿no? ¿Qué iglesia? ¿La capilla de Grosvenor? Ya sé que la moda es casarse en san Jorge, pero Grosvenor está más cerca.
—Inés, no quieren casarse en una iglesia —replicó lord Northdon—. La moda es casarse en casa con un permiso de matrimonio especial.
—Yo no sé nada de todo eso. Casarse en casa… ¡Bah! Una boda es en una iglesia.
—Una boda en una iglesia es cuando va a haber muchos invitados —insistió lord Northdon—. En esta no va a haber invitados.
Marc se bebió el brandy de un sorbo.
—Lo decidiremos Tess y yo, pero no vamos a decidirlo ahora.
Tess se preguntó si habría caído en un manicomio por equivocación.
—¿Podría retirarme a mi dormitorio hasta la cena? —preguntó ella—. Estoy un poco fatigada por el viaje.
—Naturalmente —contestó lady Northdon—. La habitación debe estar ya preparada.
Marc se acercó a ella.
—Te acompañaré.
Marc estuvo a punto de sacarla a rastras de la habitación, pero aminoró el paso una vez en el pasillo.
—Lo siento, Tess. Han estado peor de lo que temía.
—¿Cómo podías esperar que me aceptaran? —preguntó ella.
—No hay ningún motivo para que no te acepten.
¿Lo creía de verdad?
—Mi padre conoce a tus padres, claro —siguió él mientras subían las escaleras—, pero no es el más indicado para reprocharles nada —se detuvo en el primer descansillo y la agarró de los brazos como si fuese una novia de verdad—. No les he contado toda la historia. Solo les he contado que estamos prometidos y que nos casaremos en cuanto podamos.
—Y que no estoy encinta —añadió ella con una sonrisa irónica.
Él puso los ojos en blanco, pero también sonrió.
—Sí, eso también.
Podía notar le tensión de Marc incluso después de que la soltara. Estaba haciendo un esfuerzo inmenso para facilitarle las cosas. Marc Glenville era muy considerado.
—Vamos, te enseñaré tu habitación —siguieron hasta el tercer piso—. Me temo que tu cuarto va a ser bastante normal. No creo que el interés por decorar de mi madre haya llegado hasta este piso.
—No necesito nada elegante.
Su cuarto de Summerfield House había sido agradable, pero no había tenido la opulencia del que le había asignado lord Tinmore, ni mucho menos.
—¿Estoy sola en este piso? —preguntó ella.
—No, mi cuarto también está aquí.
Ella sintió un hormigueo por dentro.
Oyeron voces al acercarse a la puerta. Era Nancy que estaba hablando alegremente con alguien. Nancy levantó la cabeza cuando abrieron la puerta. Otra doncella y ella estaban haciendo la cama. Una tercera muchacha estaba quitando el polvo de los muebles.
—¡Señorita…! —exclamó Nancy—. Ya hemos terminado casi, si no le importa…
Pasar el rato observando a tres alegres doncellas haciendo su trabajo le pareció lo mejor que podía ofrecerle ese día.
—No me importa. Solo quiero descansar del viaje.
—Os dejaré.
Marc se limitó a hacer un gesto con la cabeza y se marchó. Tess se sentó en una butaca junto a la ventana, se frotó la frente y deseó estar en Lincolnshire.
Marc fue a buscar a Staines para que lo ayudara a cambiarse de ropa. Una camisa, un chaleco y una levita que no estaban cubiertos por el polvo del camino era casi revitalizante, pero estaba demasiado agitado como para disfrutarlo. Quería aire fresco y un paseo rápido por el parque le calmaría lo suficiente para afrontar el resto del día. Iba a salir cuando se encontró con Amelie en las escaleras.
—No he tenido tiempo de saludarte como es debido, hermanita.
—Me alegro mucho de que estés aquí.
Ella lo abrazó con fuerza y el remordimiento por dejarla sola con sus padres se adueñó de él.
—He estado demasiado tiempo fuera, lo sé —se disculpó él abrazándola también.
—Lo entiendo, Marc. De verdad que lo entiendo.
Ella no sabía nada. No sabía sus motivos para dejar la familia, normalmente, sin aviso previo. La soltó del abrazo, pero la mantuvo agarrada con los brazos extendidos.
—Caray, creo que he estado fuera más tiempo del que creía. Te has convertido en una mujer muy guapa.
—No digas bobadas —replicó ella sonrojándose.
—Lo digo en serio —volvió a mirarla. No le faltarían pretendientes atractivos con una cara como esa—. Deberías disfrutar de la Temporada.
—Mama y papá no reciben muchas invitaciones —le explicó ella con cierta tristeza.
Ninguna, más bien.
—Yo me ocuparé de eso, te lo prometo.
Doria Caldwell, la mujer con la que había pensado casarse, le habría abierto las puertas a Amelie. Los Caldwell no se movían en los círculos más elevados, pero recibían muchas invitaciones. Ya no sabía qué podía hacer por Amelie. Había llevado más escándalo, no menos.
Amelie le tiró del brazo.
—Ven. Habla un rato conmigo. Háblame de la señorita Summerfield, de cómo la conociste, de todo.
—Hay poco que contar —él miró hacia otro lado—. Nos conocimos en Lincolnshire y decidí casarme con ella.
Ella abrió la boca como si fuese a preguntar algo más, pero la cerró otra vez y sonrió.
—Háblame de Escocia y de los sitios donde has estado.
Él le rodeó los hombros con un brazo.
—Tengo una idea mejor. Ponte una capa y vamos a dar un paseo por el parque. ¿Quién sabe? A lo mejor un joven apuesto se fija en ti…
Ella lo empujó.
—Eso me da igual, pero me encantaría pasear por el parque contigo.
Era la mejor hora, pero un paseo por el parque en esa época del año no podía considerarse un acto social. Era una pena, quizá lo único que necesitara ella fuese que la viesen por el parque. Decidió que ya encontraría la manera de presentar a Amelie en sociedad, pero, mientras tanto, disfrutaría del paseo con ella.