Once
—¡Ya está, señorita… señora! —Nancy dio unas palmadas de emoción cuando ella entró en el dormitorio—. ¡La noche de bodas!
Ella deseó sentirse igual de animada, que pudiese sentir algo aparte de un nerviosismo que le atenazaba las entrañas. Hizo un esfuerzo para sonreír.
—Me alegro de que estés aquí para que me ayudes a quitarme el vestido.
—¡Le ayudaré a quitarse el vestido y a que esté muy presentable para su nuevo marido!
Ella ni siquiera sabía si vería a su marido esa noche y se llevó una mano a la frente. Nancy la miró con una expresión de preocupación.
—Señorita… señora, ¿sabe algo sobre la noche de bodas?
¿La hija de la infame lady Summerfield no iba a saber nada sobre esos asuntos de la carne? Agarró una mano de Nancy y se la apretó.
—Soy una chica de campo. Sé algo sobre la noche de bodas.
Al fin y al cabo, había visto cómo se hacía.
—Uff… —Nancy abrió mucho los ojos—. Me había temido que tuviera que explicárselo y habría sido muy raro, ¿no?
—Muy raro —repitió Tess con una sonrisa sinceramente divertida.
Nancy siguió charlando mientras le desabotonaba el vestido, le ayudaba a quitárselo y le soltaba los lazos del corsé. Una vez vestida solo con la camisola, se lavó la cara y las manos y se sentó en el tocador para que Nancy le quitara las horquillas del pelo.
—Le cepillaré el pelo y se lo recogeré con un lazo.
Le tranquilizaba tanto que le cepillaran el pelo que llegó a pensar que es noche podría dormir. ¿No sería maravilloso que por la mañana se despertara en su cuarto de Summerfield House? Sus hermanas estarían allí y todo sería igual que antes de que su padre muriera. Cerró los ojos y vio ese cuarto luminoso, con las paredes azules, las mesas con faldones blancos y sus recuerdos bien ordenados en una estantería. ¿Dónde estarían ahora sus pequeños tesoros? Los había embalado para llevarlos a Tinmore Hall, pero no los había desembalado. ¿Estarían igual de perdidos que esa vida que tanto disfrutó?
Nancy le hizo una coleta bastante prieta y la ató con un lazo.
—Tengo algo para usted, señora —le comentó mientras le perfumaba con lavanda el cuello y los brazos—. No se mueva de ahí.
Ella, en el espejo, observó a Nancy que sacaba del armario una prenda blanca y cuidadosamente doblada.
—Dese la vuelta —le pidió Nancy.
Ella se dio la vuelta en la silla y Nancy levantó la prenda blanca para que se desdoblara como una nube ondulante. Era un camisón de muselina muy fina con encaje en el cuello y el dobladillo.
—¡Es precioso! —exclamó ella—. ¿De dónde lo has sacado?
—Lady Northdon me dio la muselina y el encaje y me dijo exactamente cómo quería que lo hiciera. ¡Tiene una bata a juego!
Nancy se puso el camisón en un brazo, se dio la vuelta y volvió al armario para sacar otra prenda del mismo tejido. Ella se levantó y acarició la tela.
—No puedo imaginarme cómo has cosido todas estas prendas, eres una maravilla, Nancy.
Nancy sonrió de oreja a oreja con orgullo.
—Fue un placer, señora, lo fue sinceramente.
Ella la abrazó.
—No sé como agradecértelo. Primero, ese precioso vestido de novia y ahora, esto. También tengo que agradecérselo a lady Northdon por proponerlo.
—¡Vamos a ponérselo! —exclamó Nancy—. Tiene que estar preparada, su marido puede venir en cualquier momento.
Ella se quitó la camisola y Nancy le ayudó a ponerse el camisón. Se dio la vuelta para mirarse en el espejo de cuerpo entero. Era tan fino que podía ver la carne a través de él. Se puso la bata, pero, aun así, podía ver el contorno de su cuerpo a contraluz del quinqué.
—¿Qué le parece? —le preguntó Nancy mientras recogía la camisola y la guardaba.
Quiso decir que era demasiado transparente, pero…
—Creo que es el camisón más bonito que pueda existir.
—¿Puedo hacer algo más? —le preguntó Nancy con una sonrisa—. Ya he abierto la cama.
Ella no quería que la chica se marchase, pero no había ningún motivo para que se quedase, aparte de ayudarle a no pensar demasiado.
—Ya has hecho más que suficiente.
Nancy se acercó a ella y le dio un abrazo precipitado. No era lo más adecuado para una doncella, pero ella se dio cuenta de que estaba ávida de ese cariño.
—Entonces, le deseo buenas noches —la chica guiñó un ojo—. ¡Y una noche muy buena!
Se marchó y ella se quedó sola. Se quedó quieta como una estatua y oyó los ruidos de la casa. El susurro del fuego y los pasos encima de ella, de Nancy yendo hacia su cuarto. Sin embargo, no se oía la lluvia. Debía de haber dejado de llover.
Sabía que él no acudiría. Llevaba un camisón de mujer, tan seductor como cualquiera de los de su madre, pero él no lo vería porque su matrimonio era un matrimonio forzado. Vio todos los días que se avecinaban en su porvenir y estaban vacíos como una tierra devastada por una inundación. Fue hasta la ventana y la abrió para respirar el aire frío. El aire conservaba esa humedad fría que le recordaba a la noche en la cabaña. Se quedó así hasta que el frío le entró en el cuerpo. Podía notarlo en las mejillas, en los pulmones y en las pestañas. Habían trabajado bien en la cabaña. Naturalmente, Marc lo había hecho casi todo, pero ella había preparado el té y otras cosas así. La cuestión era que también podía hacer algo en ese momento. No se había mantenido pasiva e inútil en la cabaña y no tenía por qué considerarse inútil en ese momento.
Eran esposo y esposa. Había llegado el momento de que empezara a actuar como una esposa y no como una niña pequeña que lloriqueaba por sus muñecas y que deseaba que todo fuese distinto. ¿Qué más daba si sus recuerdos se habían perdido para ella? Podría encontrar otros en su vida con él.
Tampoco tenía por qué esperar a que él cruzara el pasillo y llamara a su puerta. Ella podía cruzar el pasillo y llamar a la de él. Quizá él la rechazara esa noche, pero ella podía ofrecerse… o, quizá, podrían dormir juntos como en la cabaña. Sería un primer paso.
Cerró la ventana, se tocó la cara para cerciorarse de que seguía fría, fue hasta la puerta y la abrió. Una vez en el pasillo, vio que él se dirigía hacia ella. No llevaba las calzas y la levita, sino una bata amplia y sedosa. Era como una aparición, casi como cuando lo vio cabalgando entre la lluvia hacia ella, solo era su silueta, pero sintió el mismo arrebato de alivio que sintió aquel día.
Si él la recibía con los brazos abiertos, ya no estaría sola.
Marc dudó cuando Tess apareció delante de él. Estaba tan tentadora como la noche que la visitó en su dormitorio. Aunque, es vez, tenía la cabeza despejada y eso ayudaba un poco, solo un poco.
—¿Qué pasa, Tess?
No había esperado que ella acudiera a él. Él iba a su cuarto para tranquilizarla, para decirle que no esperara nada de él hasta que estuviese preparada.
—Quería verte —ella le tendió la mano—. Marc, por favor, habla conmigo. Un… rato —ella tenía la voz quebrada—. En… en mi cuarto o en el tuyo.
Él tomó la mano.
—Tengo un poco de vino en mi cuarto.
Le había pedido a Staines que se lo llevara antes, cuando estaba vistiéndose. Un poco de vino en ese momento podría ser una buena idea.
—Entonces, en tu cuarto.
Entraron en su cuarto agarrados de la mano. Solo tenía dos velas encendidas y la luz era tenue. La llevó a una butaca junto a la ventana, que vibraba por el viento como la ventana de la cabaña. Él sirvió el vino y se lo entregó a ella.
—¿Querías hablar?
Quizá le gustara lo que ella quería decir. Tess dio un sorbo de vino.
—Deberíamos…
Ella empezó con decisión, pero fue como si el valor flaqueara y miró por la ventana.
—¿Has oído la lluvia de antes? Se parecía mucho al ruido de la lluvia en la cabaña.
—Me recordó a la cabaña cuando la oí.
Ese momento también le recordaba a la cabaña y la decisión de que fuese la cabeza la que gobernara empezaba a esfumarse rápidamente. Ella se dio la vuelta y lo miró con sus preciosos ojos. ¿De qué color eran en ese momento? En la ceremonia de la boda habían sido grises, como la lluvia.
—Nos apañamos bien en la cabaña, ¿verdad?
Hasta que él se quedó dormido y permitió que los sorprendieran juntos en la cama.
—Tú lo hiciste muy bien —contestó él.
El olor de ella hizo que pensara en otra cosa, el olor a lavanda de la ropa de cama. Ella parecía cálida y delicada, como si su sitio estuviese entre las sábanas, pero él ya se había prometido a sí mismo que no consumarían el matrimonio esa noche. Su cabeza le decía que esperaría a que ella lo deseara, si lo deseaba alguna vez, pero, en ese momento, la idea de esperar no le atraía lo más mínimo. Dio un sorbo de vino mientras ella daba vueltas a su copa.
—En la cabaña dijiste que te casarías con sensatez, que el matrimonio tenía que ser ventajoso para el hombre y la mujer.
¿Él había dicho eso? En ese momento, se sentía cualquier cosa menos sensato.
—Me previniste contra el matrimonio por amor —añadió ella.
—Lo recuerdo.
Los hombres y las mujeres confundían el amor con la pasión y la pasión significaba que se actuaba al dictado de las emociones, como habían hecho sus padres.
—Si te hubieses casado con sensatez… —ella sonrió levemente—. Doy por supuesto que querrías… que querrías un matrimonio de verdad.
Naturalmente, tenía la obligación de tener un heredero, ¿no?
—Claro.
Ella se levantó, se acercó y se arrodilló a sus pies.
—Entonces, creo que debería ser un matrimonio de verdad. Podríamos sacar algo positivo de todo esto. Al fin y al cabo, ¿qué diferencia hay entre un matrimonio sensato y otro forzado?
¿Era una pregunta retórica?
Ella le puso las manos en las rodillas y lo miró. ¿Estaba ofreciéndose? Por todos los santos, la deseaba por encima de todo, pero ¿deseaba ella eso de verdad?
—Tess, no tienes que sentirte obligada…
Ella se apartó, se levantó y lo miró con rabia.
—No he venido porque me sienta obligada. Quería intentar sacar algo positivo de esto, pero no puedo hacer nada sola. Tú también tienes que desearme, y, evidentemente, no me deseas.
Se dio media vuelta y se dirigió a la puerta.
—¡Espera! —gritó él.
Marc se levantó de un salto, la agarró de la muñeca y le dio la vuelta para que lo mirara. Se quedó sin palabras al tenerla entre los brazos. Tomó aliento y la miró a los ojos.
—Nunca dije que no te deseara.
—Entonces, ¿por qué no? —ella entreabrió la boca y parpadeó—. Lo deseo, Marc.
Tenía que reconocer que tenía agallas.
—¿Deseas que te enseñe lo que es hacer el amor, Tess?
La sangre le hervía en las venas y ella también lo miró a los ojos.
—Sí, eso es lo que deseo.
Eso era lo único que necesitaba él. La tomó en brazos y ella se abrazó a su cuello sin dejar de mirarlo a los ojos. La sentó en la cama y se quedó delante de ella.
—¿Qué sabes de esto, Tess?
—Suficiente —contestó ella con la respiración acelerada—. Más que la mayoría. Sé qué pasa.
Él seguía sin estar convencido. Su cabeza le decía que ella se ofrecía por obligación. Sin embargo, su corazón quería sacar algo positivo de eso, como había dicho ella. Ella se desató el lazo de la bata.
—Sé que tengo que desvestirme.
Él la observó mientras se quitaba la bata y, al moverse, la tela del camisón se le pegó al cuerpo. Era tan fina que podía ver la carne debajo. Sus dedos anhelaban tocar esa piel tersa.
Ella parecía más decidida que apasionada cuando agarró el camisón por abajo, pero él se sintió orgulloso de su valor. Se levantó lentamente el camisón y fue mostrándose poco a poco hasta que se lo quitó por encima de la cabeza y lo tiró a un lado. Sin dejar de mirarlo, se sentó delante de él. Tenía los pechos firmes y con unos pezones oscuros en comparación con la blancura de la piel. La abundancia de los pechos y la redondez de las caderas resaltaban la delicadeza de la cintura. El triángulo entre las piernas tenía un tono castaño, como el pelo. Las piernas eran largas y estilizadas, como si las hubiese cincelado un escultor. Mostró su desnudez casi desafiantemente. Esa mujer afrontaba cualquier situación con un arrojo admirable. Ya lo había hecho y estaba haciéndolo otra vez. ¿Sería igual de desinhibida al hacer el amor? La sangre le bulló solo de pensarlo. Retrocedió un paso y la imitó. Se quitó la bata lentamente y dejó que cayera al suelo. Él también mostró su cuerpo desnudo, y la erección. Ella, como había esperado, no apartó la mirada.
—Túmbate en la cama, Tess —le pidió él.
Ella se tumbó y él se puso a su lado.
—Tengo que acariciarte para prepararte.
Ella asintió con la cabeza y abrió mucho los ojos cuando le acarició los brazos y los hombros. Él todavía podía utilizar la cabeza y sabía que sería preferible que ella se acostumbrara a sus caricias. Sus entrañas querían despertar el cuerpo de ella, como se había despertado el suyo. Quería unirse a ella. Ya eran uno por el matrimonio, pero quería que lo fuesen por la carne, que dejaran atrás el pasado y forjaran algo juntos.
Ella se relajó y él fue avanzando. Ella contuvo la respiración cuando le acarició un pecho. Fue delicado aunque tuvo que hacer un esfuerzo. El deseo lo apremiaba y su piel era muy suave. Fue bajando la mano.
Ella no se había esperado que sintiera eso por las caricias de un hombre. Su mano era fuerte y segura, pero delicada, y las sensaciones que le producía se esparcían por todo el cuerpo. Creyó que iba a deshacerse cuando le acarició un pecho. Esa intimidad la dejó atónita. ¿Quién la había tocado ahí desde que era una niña y tenían que ayudarla para que se bañara?
Sin embargo, su caricia no era solo placentera. Sus dedos, la tocaran donde la tocaran, le despertaban un anhelo entre las piernas que se hacía más intenso con cada caricia. No era doloroso, era una necesidad. Él fue bajando la mano, acercándola, y ella quería llevársela ahí, como si su caricia fuese a aliviar el anhelo. Por fin, sus dedos llegaron…
—Tengo que acariciarte ahí, prepararte, hacértelo más fácil —le explicó él.
Él le pasó el dedo por el punto más sensible y el anhelo aumentó. Se arqueó y gimió con un sonido parecido al que hizo su madre cuando ella la vio con su amante.
—¿Sientes el placer? —le preguntó él con la voz ronca.
—No es placer —¿cómo podía explicárselo?—. No es eso.
Ella no tenía palabras. Era un hombre magnífico. Era alto y estaba tan bien formado como la estatua griega de Tinmore Hall. Mejor formado en realidad. Era más esbelto y musculoso. ¿Era lascivo pensar eso y disfrutar tanto con sus caricias?
—Ahora —él se incorporó—. Entraré en ti.
Una oleada de miedo se añadió al batiburrillo de sensaciones y sentimientos. Su miembro viril era grande y ella pudo imaginarse el dolor, pero no quería que él parara. Quería que esa necesidad, ese anhelo acabara, aunque no sabía cómo iba a acabar.
—No pares —le pidió ella—. No pares.
Fue como si su cuerpo se hubiese abierto para él y entró con una serie de acometidas. Los músculos de ella reaccionaron con voluntad propia y se movieron con él, se contraían y se dilataban, se contraían y se dilataban. El anhelo se hizo más intenso todavía, tan apremiante que ella perdió la capacidad de pensar. Solo podía sentir la fusión con ese hombre grandioso, su marido. Él aceleró el ritmo y la respiración y ella lo siguió queriendo gritar con cada embestida.
Entonces, pasó algo insólito. Todas las sensaciones explotaron dentro de ella y la llenaron con un placer inimaginable. Un instante después, él dejó escapar un gruñido y se estremeció dentro de ella, quien se dio cuenta que había derramado su simiente. Mientras su cuerpo languidecía placenteramente, comprendió que eso era la consumación.
Él se derrumbó encima de ella, pero se incorporó inmediatamente y se dejó caer a su lado.
—Lo has sentido.
Ella no podía hablar, asintió con la cabeza y parpadeó para contener las lágrimas que, de repente, le habían brotado en los ojos. Él se apoyó en un codo y la miró con desconcierto. Ella se secó las mejillas.
—No estoy llorando. No me ha dolido. No estoy triste.
No podía explicarlo. Él le pasó un pulgar por las mejillas y ella intentó sonreír, quería sonreír. Él puso una expresión de cariño y la besó en los labios. Entonces, ella se dio cuenta de que era el primer beso, de él y de un hombre, y había llegado después de hacer el amor.