Cinco
A la mañana siguiente, Tess recorría la sombría casa acompañada por sus hermanas. Iban a la puerta principal, donde la esperaban el señor Glenville y el carruaje de lord Tinmore. También la acompañaría una doncella de lord Tinmore, a la que no conocía, pero que volvería con el carruaje. Lorene la reñía a cada paso que daban.
—Te di la oportunidad de que te casaras con el hombre que eligieras y mira lo que has hecho.
Quizá fuese excesivo esperar que su hermana tomase partido contra su marido y ella, además, era incapaz de defenderse. Estaba dominada por la tristeza y el aturdimiento. Era la peor forma de casarse. No se casaba ni por amor ni por una ventaja económica o social. El señor Glenville estaba obligado a casarse con ella porque la había rescatado de una tormenta y la había resguardado en una cabaña para que estuviese seca y no pasara frío. Si al menos hubiese podido hablar con él… ¿Por qué no la había esperado en la salita? No podía creerse que saldría de Tinmore Hall para entrar en una vida nueva entre personas que no conocía y en un sitio donde no había estado jamás. Además, Genna se había pasado toda la mañana llorando.
—¿Por qué tienes que marcharte ahora? —preguntó Genna entre sollozos—. ¿Por qué no vas a Londres cuando vayamos nosotras?
—Es mejor así —Tess estaba dispuesta a que sus hermanas no supieran lo destrozada que estaba—. Además, os veré en Londres dentro de unas semanas.
Aunque no tenía ninguna certeza de que lord Tinmore fuese a permitirlo. Podría prohibirle que las visitara y ella podría perder a sus hermanas también. Lorene se había equivocado completamente acerca del insociable conde. No era ni ecuánime ni benévolo. Incumplía las promesas y ejercía su poder de la forma más despiadada. Sería mejor que no tratase a Lorene despiadadamente o ella… ¿Qué haría ella? Nada.
—Deberías haberte casado felizmente —siguió Lorene—. Ahora, ¿de qué ha servido mi… mi…?
Lorene no pudo decir la palabra pero ella, y todas, sabían lo que quería decir.
Llegaron al vestíbulo. Las espadas, lanzas y otras armas que colgaban de la pared alrededor de la puerta eran como un presagio de dolor y desolación. Ella se dirigió a Lorene.
—Me irá muy bien, Lorene. Algún día seré vizcondesa, será fantástico.
—Acabarás como mamá —replicó Lorene entre lágrimas—. Serás infeliz.
Ella abrazó a su hermana.
—No te preocupes por mí.
—Quería algo muy distinto para ti —Lorene se abrazó a ella—. Una Temporada en Londres, la ocasión de que conocieras a jóvenes idóneos, la ocasión de que encontraras tu verdadero amor.
—Estaré allí durante la Temporada, ¿no? —preguntó ella con una sonrisa forzada—. Así, Genna tendrá más oportunidades de encontrar a un joven del que enamorarse.
—No me mires a mí —Genna se secó los ojos—. Yo no quería nada de todo esto —se dirigió a Lorene—. Es culpa tuya. Esto no habría pasado si no te hubieses casado, Lorene.
—Lo hice por vosotras —Lorene rompió a llorar—. Por vosotras dos.
—Basta —Tess no podía soportarlo—. No podemos discutir y, por el amor de Dios, no lloréis. No va a pasarme nada. El señor Glenville es un buen hombre. Me rescató, ¿no? Su petición de matrimonio fue un gesto de integridad, ¿no? Estoy segura de que me irá muy bien.
Esperó haberlas convencido porque estaba costándole mucho convencerse a sí misma. La enorme puerta principal se abrió y entró un sirviente.
—El carruaje está esperándola, señorita.
—Tengo que marcharme —dijo ella con el corazón en la garganta.
Sus hermanas la acompañaron afuera. Tess miró a un lado del carruaje y vio a un hombre a caballo, al señor Glenville encima de Apolo.
—¿Es él? —le preguntó Genna.
El sombrero le ensombrecía la cara y estaba muy rígido sobre la silla de montar. ¿Con qué lo habría amenazado lord Tinmore para que se ofreciera a casarse con una mujer a la que ni siquiera conocía?
—Sí, ese es el señor Glenville.
—Bueno, al menos no es gordo —comentó Genna con un sollozo.
Tampoco era feo, pensó ella. Al contrario, era guapo, alto y fuerte. Además, cuando sus ojos azules se clavaban en ella, algo se le removía por dentro. Sin embargo, no la amaba. ¿Cómo iba a amarla? Él ya había elegido una posible novia, una mujer que podía venirle bien, una mujer que tenía lo único que ella no podría darle jamás; una reputación familiar sin escándalos.
Él le hizo un gesto con la cabeza y ella notó que las mejillas le ardían. Abrazó a sus hermanas por última vez antes de que el sirviente la ayudase a subir al carruaje.
Marc siguió el carruaje en un estado de ánimo más que sombrío. La furia lo dominaba por dentro. Furia contra lord Tinmore y furia contra la hermana de la señorita Summerfield por haberse casado con un hombre así. Furia contra sí mismo por no haberse despertado antes del amanecer para cerciorarse de que no los descubrieran. Incluso debería haber tenido la prudencia de no dormir en la misma cama que ella, aunque no hubiese hecho nada más que darle calor.
Había esperado todo lo que había podido en la salita, donde le habían servido la comida, pero ella no había aparecido. Al final, un mayordomo algo mayor había llegado para comunicarle que tenía que marcharse. No habría cambiado nada, pero quizá hubiese podido tranquilizarla de alguna manera.
Maldito Tinmore. Si hubiese declarado que los creía, el escándalo se habría disipado enseguida. Sin embargo, había sido innecesariamente inhumano y la señorita Summerfield no se merecía esa inhumanidad. Solo había ido al pueblo de compras. Ir de compras era la principal diversión de su madre. ¿Cómo se podía reprochar a una mujer que quisiera visitar unas tiendas? La señorita Summerfield también se había equivocado con el tiempo, como él.
Llegaron a Yardney, el pueblo al que la señorita Summerfield había intentado llegar durante la tormenta, donde había comprado las cintas. Pudo ver que ella asomaba la cabeza por la ventanilla del carruaje. Estaba desolada. El destino era un bromista despiadado. Si hubiese comprado durante una hora más o una hora menos, incluso durante unos minutos más o unos minutos menos, no habría estado en el camino durante la tormenta y estaría libre. En cambio, estaba atrapada y tenía que casarse con él.
Al menos, el cochero mantenía una buena velocidad si se tenía en cuenta que los caminos no estaban secos todavía. Ese viaje duraría tres días, pero Apolo estaba acostumbrado a cabalgadas fatigosas. El carruaje cambiaba de caballos cuando hacía falta y él se ocupaba de que no reemprendieran el viaje hasta que Apolo hubiese descansado. Cuando llegaron a la casa de postas de Bourne, era más de mediodía y el momento de pararse para comer algo. Sería la primera ocasión de hablar con ella. Entregó a Apolo a uno de los mozos de cuadras y fue a ayudarla para que se bajase del coche.
—Gracias.
Parecía tensa y fatigada.
—Señorita Summerfield, ¿comería conmigo?
Ella asintió con la cabeza. Una doncella, de cuarenta y muchos años, la había acompañado en el carruaje. La mujer frunció el ceño y resopló con impaciencia.
—Señorita, ¿necesitará mis servicios?
Lo preguntó en un tono excesivamente solícito y claramente desagradable.
—No, Ivers —contestó la señorita Summerfield en un tono tenso—. Por favor, come bien. ¿Necesitas… necesitas algo de dinero?
¿La señorita Summerfield tenía dinero? Se preguntó él. ¿Lord Tinmore la había privado de eso completamente? La doncella levantó la nariz.
—Milord me lo ha proporcionado —contestó la mujer antes de marcharse.
La señorita Summerfield resopló con alivio.
—Es bastante desagradable —comentó Marc.
—Eso es decir poco —añadió la señorita Summerfield con un suspiro.
Él no le ofreció el brazo porque pensó que ella no querría tomarlo, pero Tess entró en la posada a su lado. El comedor no estaba lleno y el posadero los saludó.
—¿Tiene un comedor privado? —le preguntó Marc.
—Naturalmente, señor —contestó el hombre—. Síganme.
Los llevó entre mesas y sillas y por un pasillo corto hasta que llegaron a una habitación. Tenía una ventana que daba al patio y una mesa redonda con cuatro sillas. El posadero tomó nota. Té para ella, cerveza para él y un pastel de carne para los dos. Cuando el posadero se marchó, Marc sacó una silla para que ella se sentara.
—¿Le parece bien? Parece una habitación cómoda.
—Es maravillosa —contestó ella mientras se sentaba—. Esa doncella detestable no está aquí.
—¿Por qué la acompaña? —preguntó él mientras se sentaba enfrente.
—Lord Tinmore la envió para que me acompañara. No la conozco en absoluto. No es una de las doncellas que había conocido.
—¿No la conoce?
¿Lord Tinmore la había obligado a viajar con una desconocida? Ella se quitó los guantes.
—Es muy estricta. Supongo que le habrán contado la versión más sórdida del tiempo que pasamos juntos.
—¿Por qué lord Tinmore no permitió que la acompañara su propia doncella?
Ella lo miró fugazmente a los ojos.
—Compartía una doncella con mi hermana y no iba a pedirle que dejara la casa por mí. Si me lo hubiesen preguntado, claro.
—¿Quiere librarse de esta?
—Es inútil que quiera algo —contestó ella.
Llegó la comida y bebida y él se acordó de la última vez que comieron juntos. Pan y queso rancios y jarras con forma humana. Ese día le pareció agradable en comparación con esa situación.
—¿Por qué se ofreció a casarse conmigo? —preguntó ella mirándolo.
Le sorprendió esa pregunta tan directa, pero tuvo que admirar que no eludiera el asunto.
—Era mi deber —contestó él.
Ella cerró los ojos y giró la cara como si le hubiese dado una bofetada.
—Era la única solución —añadió él suavizando el tono—. Nos sorprendieron en una situación comprometedora.
Además, Tinmore amenazó con repudiarla y dejarla sin un penique. ¿Lo sabía ella? Si no, él se lo diría más tarde.
—Lo siento, señor Glenville —se lamentó ella con los ojos brillantes por las lágrimas.
Se sintió dominado por un impulso de abrazarla y de asegurarle que todo saldría bien. Quiso secarle las lágrimas con besos para que olvidara cualquier infelicidad que hubiese sentido en su vida… No. Eso no podía ser. Ninguna mujer lo había alterado como esa. Tenía que mantener la cabeza despejada.
Ella tomó aliento y esbozó una sonrisa desvaída.
—¿Cree que sería posible que si tenemos un noviazgo lo bastante largo, todo el mundo se olvidará de nosotros y podrá casarse con la mujer con la que quiere casarse?
¿Eso era lo que la preocupaba? Qué raro. Él no había pensado en Doria desde que tomó la decisión.
—Dudo mucho que Tinmore sea de los que se olvidan —él dio un sorbo de cerveza—. ¿Qué le haría si no nos casamos?
—Da igual lo que me haga —contestó ella con un brillo de rabia en los ojos—. Lord Tinmore dijo que dejaría a Genna y a Edmund sin un penique, que se echaría atrás de lo que le había prometido a mi hermana. Probablemente, le haría la vida más desdichada todavía.
Ella se secó los ojos y dio un sorbo de té.
—Maldito Tinmore.
Tess lo miró con sorpresa y él dio un sorbo muy largo de cerveza.
—Librémonos de él y de sus amenazas —Marc se inclinó sobre la mesa—. ¿Qué le parece si despedimos el carruaje de Tinmore y a esa arpía? No necesitamos que él nos lleve a Londres. Yo organizaré algo para usted.
—¿Lo haría? —preguntó ella con los ojos como platos.
—Con mucho placer —contestó él con una sonrisa.
El señor Glenville actuó deprisa. En cuanto terminaron de comer, despidió a la doncella y la mandó de vuelta en el carruaje a Tinmore Hall. Llegarían allí antes de que terminara el día. A ella le encantaría poder ver la cara de lord Tinmore cuando llegaran. Esperó que se asfixiara por la rabia.
No había esperado que el señor Glenville fuese tan considerado. Naturalmente, tenía que detestar ese matrimonio, pero era demasiado caballeroso como para decirlo. Había dicho que no quería un matrimonio por amor, entonces, era posible que no le importara tanto… Sin embargo, sí quería respetabilidad y eso era algo que ya había perdido. ¿Hasta cuándo duraría su amabilidad? ¿No empezaría a detestarla como su padre había detestado a su madre?
Él reservó unas habitaciones en la posada y encontró a una muchacha del pueblo que trabajaba con la costurera pero quería mejorar de posición. Se la presentó a Tess para que diera el visto bueno.
—Buenas tardes, señorita —la muchacha, una rubia con el pelo rizado y muy vivaracha, hizo una reverencia—. Me llamo Nancy Peters. ¿Qué desea saber de mí? Me gustaría ser la doncella de una dama si me encuentra de su agrado.
La muchacha tenía los ojos brillantes y un aspecto saludable, y parecía muy dispuesta.
—¿Quiere ir a Londres, señorita Peters? —le preguntó Tess.
La muchacha se llevó las manos a las mejillas.
—Llámeme Nancy, señorita. No soy tan mayor como para ser la señorita Peters. Me parece como si estuviese hablando de mi tía. Ella es vieja, tiene treinta años, creo. Pero ¿quiere saber si quiero ir a Londres? —la muchacha puso los ojos como platos—. ¡Mi sueño es ir a Londres! —su expresión cambió otra vez—. ¿Pero quiere saber si sé ocuparme de su ropa y peinarla?
Tess estuvo a punto de sonreír.
—¿Sabes hacer esas cosas?
—Llevo toda mi vida cosiendo ropa —contestó Nancy en tono serio—. Sé cuidar la ropa. No sé mucho del pelo, pero puedo aprender. Aprenderé mucho en Londres solo con mirar a las mujeres. Tengo buenas referencias y soy honrada, lo prometo.
Nancy era tan natural y alegre que conseguía que pareciera que la primavera se había adelantado.
—Creo que lo harás muy bien, Nancy.
La muchacha dio unos saltos.
—¡Gracias, señorita! ¡Gracias! Yo… yo tengo que decírselo a mi madre y hacer el equipaje, pero ¿puedo hacer algo por usted ahora?
—Nada. Tómate el tiempo que necesites.
La muchacha hizo una reverencia, sonrió y se marchó bailando. El señor Glenville llamó a la puerta y asomó la cabeza.
—¿Servirá?
—Sí —contestó ella—. Gracias, señor Glenville.
Él entró y se acercó a ella.
—Llámeme Marc, señorita —dijo él imitando a la nueva doncella—. No soy tan mayor como para ser el señor Glenville.
—Marc —ella sonrió, pero la sonrisa de desvaneció enseguida—. Supongo que es aceptable que nos llamemos por el nombre de pila ya que estamos prometidos —ella lo miró—. Yo me llamo Tess.
—Tess —repitió él en voz baja—. Creo que he encontrado un carruaje de alquiler que estará libre mañana. Entonces, podremos marcharnos.
Ella volvió a mirarlo a los ojos.
—Creo que me has rescatado otra vez.
Por tercera vez, en realidad. ¿Acaso su ofrecimiento de casarse no era un rescate? Podría haberse desentendido y olvidarse de ella.
—Nancy es tan encantadora como Ivers desagradable —añadió ella.
—No me gusta que me controlen y sería un necio si dejara que esa arpía servil me espiara.
Naturalmente, tenía razón. No lo había pensado antes, pero, evidentemente, Ivers tenía que informar sobre ella. Glenville volvió hacia la puerta, pero se dio la vuelta y la miró otra vez.
—¿Quieres que te traigan la cena a esta habitación?
¿No quería cenar con ella? Se preguntó decepcionada.
—Muy bien —contestó ella para no demostrárselo.
Los dos días siguientes, durante el camino, fueron mucho más agradables en compañía de Nancy, pero Marc pasó poco tiempo con ella. Viajaba con Nancy, comía con ella y compartían la misma habitación en las posadas cuando paraban para pasar la noche. Nancy era tan franca, tan curiosa y estaba tan deseosa de complacerla que se sintió tentada de contarle todo sobre su familia, sobre sus hermanas y sobre lo que había pasado para que se casara. Echaba de menos a sus hermanas con toda su alma. Sincerarse con alguien le aliviaría esa soledad, pero no sería justo que una sirvienta cargara con sus pesares. Solo le contó que se había prometido repentinamente y que los padres de Marc no sabían nada. A la muchacha le pareció muy romántico y emocionante. Era emocionante, ella estaba de acuerdo, pero, evidentemente, el romance no entraba en eso.
A la mañana del tercer día, Marc apareció mientras Tess y Nancy entraban en el comedor para desayunar.
—Buenos días, Tess —la saludó él con una sonrisa.
El corazón le dio un vuelco. ¿Desde cuándo le daba vuelcos el corazón? Quizá con el señor Welton, pero le parecía que hacía un siglo de eso.
—Buenos días —le saludó ella bajando las pestañas.
Él se dirigió a Nancy.
—Nancy, me gustaría desayunar a solas con la señorita Summerfield, ¿te importa?
Se lo pedía a una doncella… Nancy hizo una reverencia.
—En absoluto, señor Glenville —la muchacha sonrió—. No se preocupe por mí.
La doncella entró en el comedor y se sentó a una mesa. Tess miró a Marc.
—No la perderemos de vista, no me gusta dejarla sola.
—Claro.
Él la llevó a una mesa que estaba cerca de la de la doncella. ¿Por qué tenía Tess la respiración entrecortada como si hubiese bajado las escaleras corriendo? Se acercó una camarera y le pidieron la comida. Él la miró con sus impresionantes ojos azules.
—Creo que llegaremos hoy a Londres —comentó él con expresión seria—. Quiero decirte lo que puedes encontrarte.
Ella abrió los ojos. Le había preocupado lo que pasaría cuando llegaran a Londres. ¿La abandonaría en algún sitio como un hotel para damas? ¿Se quedaría sola en una ciudad que solo conocía por las revistas y los libros?
—Tengo pensado llevarte a casa de mis padres.
Tess respiró con alivio, pero él frunció el ceño.
—No puedo predecir cómo te recibirán. Solo puedo avisarte de que mis padres son… —él hizo una pausa como si tuviese que pensar bien lo que iba a decir—. Bueno, su situación… No están socialmente relacionados como tú podrías desear…
—No te preocupes por eso —le interrumpió ella—. No estoy nada segura de que quiera tener relaciones sociales.
Al menos, si esa gente se parecía a lord Tinmore.
—Ya te conté que mi madre no nació en la alta sociedad —siguió él en tono defensivo—. Es posible que esa sociedad no la acepte, pero es una buena persona.
Tess estuvo a punto de tomarle la mano, que estaba a unos centímetros encima de la mesa.
—Sí, me lo contaste y yo sería la última persona que la juzgaría por el origen de sus padres. Solo espero que tus padres no me reprochen ser la hija de sir Hollis y lady Summerfield.
—Eso es lo que no puedo predecir.
—Tú esperabas casarte con una mujer respetable —ella parpadeó—. Supongo que ellos deseaban lo mismo. Lo siento.
Él frunció el ceño, pero sus ojos azules siguieron taladrándola.
—Basta de disculpas, Tess. El pasado ya ha pasado, solo podemos mirar hacia el futuro.
Sin embargo, el futuro era como la lluvia de la tormenta que los había llevado hasta ese momento. No podía ver hacia dónde se dirigía. Para ella, el futuro se presentaba frío y gris, un sitio donde se encontraría sola y perdida.
A mediodía, y para alegría de Nancy, empezaron a ver los edificios de Londres. Tess reconoció la cúpula de la catedral de san Pablo por los grabados que había visto en los libros. Se había imaginado muchas veces ese momento, pero la llegada a Londres la desasosegaba. Nancy no se enteró. Se asomaba por la ventanilla y comentaba todo lo que veía. ¡Una casa con la puerta roja! ¡Un vendedor ambulante que vendía pasteles de jengibre! ¡Un hombre con librea morada!
Ella miraba de vez en cuando a Marc, quien dirigía al cochero hacia la casa de sus padres. Él le había contado que estaba en Mayfair. Una dirección magnífica, en la calle Grosvenor, cerca de la plaza. Estaba nerviosa por conocer a sus padres. Quizá fuese preferible que la dejara en un hotel, o en un banco del parque, mientras les explicaba a sus padres que estaba obligado a casarse con la hija de los infames sir Hollis y lady Summerfield.
Las hileras de tiendas dejaron paso a hileras de casas con las puertas rojas, verdes o azules. Los carruajes eran más elegantes en esas calles. Distinguidos faetones conducidos por hombres elegantemente vestidos y con un muchacho subido en la parte trasera para ocuparse de los caballos cuando hiciese falta.
—¿Había visto alguna vez algo parecido? —exclamó Nancy.
—Nunca —contestó ella con sinceridad.
La gente refinada que visitaba a su familia eran vecinos o amigos de su padre que estaban de paso y llevaban ropa de viaje. Los carruajes de lord Tinmore eran de otra época. Nada de lo que había visto, que no fuera en libros o ilustraciones de moda, era tan llamativo y nuevo como lo que veía por allí.
—Debemos de estar en Mayfair —comentó Tess.
Estaba cerca del final del viaje y del principio de una vida de incertidumbres. ¿Lord y lady Northdon la aceptarían o se pondrían furiosos porque su hijo estaba obligado a casarse con ella?
El carruaje se detuvo delante de una fila de casas. Habían llegado. Marc se bajó de Apolo y abrió la portezuela.
—Hemos llegado.
Parecía tan decaído como se sentía ella. Tess asintió con la cabeza y le ofreció la mano para que la ayudara a bajarse. ¿Podía notar que le temblaba la mano? La miró a los ojos con un gesto que pretendió tranquilizarla, pero que solo le transmitió que estaba tan inseguro como ella. Sin embargo, fue un segundo de intimidad y eso la animó un poco.
—Espérame aquí.
Él subió hasta la puerta y llamó con la aldaba de hierro forjado.
—¡Señor Glenville! —exclamó un sirviente—. Bienvenido. ¿Sus señorías están esperándolo?
—En absoluto —contestó Marc—. Me alegro de verte, Staines.
¿Por qué no había escrito a sus padres para decirles que iba a llegar? Podría haberles mandado una carta desde cualquiera de las posadas donde habían dormido. Podría haber evitado que la presencia de ella fuese una sorpresa…
—¿Están en casa? —preguntó él.
—Sí, señor —contestó el sirviente abriendo la puerta para que entrara.
—No he venido solo —Marc señaló hacia Tess, Nancy y el cochero que estaba bajando el equipaje para dejarlo en la acera—. Despediré el carruaje, pero necesito que alguien se ocupe del equipaje y de mi caballo.
—Naturalmente, señor.
Staines los miró con los ojos como platos antes de desaparecer dentro de la casa, pero enseguida volvió con otros dos sirvientes. Uno tomó las riendas de Apolo y el otro tomó un baúl y se dirigió hacia la entrada de servicio, que estaba por debajo del nivel de la calle.
—Entra —le pidió Marc a Tess antes de dirigirse a Staines—. ¿Sabes en qué sitio de la casa están mis padres?
—No estoy seguro, señor, pero lo más probable es que su padre esté en la biblioteca y su madre en su sala privada —Staines tomó dos de las bolsas más pequeñas—. ¿Les digo que está aquí?
—No —contestó Marc—. Yo los encontraré.
Tomó a Tess del brazo y la acompañó adentro. La ayudó a quitarse la capa y la dejó en una silla del vestíbulo.
—Ven a la sala. No tardaré mucho.
Nancy miró las molduras del techo mientras los seguía. Entraron en una sala muy elegante que parecía sacada de una ilustración de una revista de muebles. No eran los muebles gastados aunque refinados de Summerfield House ni los opulentos de una época pasada de Tinmore Hall.
—Volveré enseguida.
Él salió por la puerta antes de que ella pudiese decir una palabra. Cerró los ojos e intentó sosegarse.
—¡Este cuarto es impresionante! —exclamó Nancy dando vueltas—. Y enorme —fue de un lado a otro mirándolo todo—. ¡Mire! Personas de porcelana.
Eran figuras de Meissen en una mesilla. Ella solo escuchó a medias el inventario de los objetos que había en la habitación.
—¡No puedo creerme que vaya a vivir en esta casa! —volvió a exclamar Nancy.
—No te precipites —le aconsejó Tess—. Es posible que no podamos quedarnos. Recuerda que lord y lady Northdon no saben nada de nosotras.
Nancy se dio la vuelta para mirar hacia la puerta, como si lord y lady Northdon fuesen a entrar en cualquier momento.
—Me pregunto qué estará diciéndoles el señor Glenville.