21
El guión tenía las esquinas dobladas, estaba manchado de café y de té y entre las hojas había algunos pelillos esparcidos. Tenía un aspecto tan maltratado y tan usado que se hubiera podido decir que me lo había aprendido ya de memoria. Pero era justo lo contrario. No había echado ni una sola mirada a mi texto.
Las hojas cosidas estaban siempre de acá para allá. Con Alioscha en la cocinita del café, deslizándose luego entre las revistas, desde donde pasaba por muchas manos, de tal manera que todos los clientes conocían el contenido, que, en sentido estricto, debía tratarse confidencialmente.
—Tomas Prinz en AELV. ¡Quizá sea el comienzo de una nueva carrera! —dijo Vera Zernack, mientras le cortaba el flequillo.
—¿Crees que podría participar yo también? —gritó Lissy, para hacerse oír por encima del ruido del secador.
Theadora fue la única que se encogió de hombros con indiferencia e hizo que se balancearan las ondas que le había hecho con la plancha alisadora.
—Un papel —suspiró Theadora—. ¿No estamos todos interpretando algún papel continuamente?
—No es ningún «papel» —dije—. Me interpreto a mí mismo. Eso se llama cameo.
Le di, para que la probara, mi nueva shaping wax, y, como de costumbre, los besitos de despedida, a la derecha y a la izquierda. Luego dije a Alioscha:
—Por favor, no me pases ninguna llamada.
Abajo, en el despacho, me senté a la cabecera de mi gran mesa de reuniones y busqué la página del capítulo 5068, escena 12. Media hora, calculé, y seguro que con eso me sabría el texto al dedillo y sería capaz de recitarlo al día siguiente delante de la cámara. No podía ser tan difícil.
No eran muchas frases, y tampoco eran largas. Pero las palabras que ponía en mi boca un guionista, alguien que para mí era un completo desconocido, no me decían nada.
Necesitaba el consejo de un profesional y llamé a Charlotte. Quizá quería simplemente charlar con ella sin tanta gente oyendo en la productora. Y es que seguía habiendo un secreto que no quería que yo averiguara. En todo aquel tiempo no había dejado escapar nada.
No le pregunté directamente, sino que le dije:
—Hace mucho que te lo quería decir: he conocido a tu padre.
—Ya lo sé. Quería saber por ti si con Jan-Joachim estoy en buenas manos; ¿lo estoy?
—¿Y bien? ¿Lo estás?
Charlotte se rió; parecía contenta.
—Tommy, ¡las flores… eran todas de Jan-Joachim! —y luego me dio un consejo—: Tienes que plantearte el texto como una relación. Tienes que dialogar con el texto, una y otra vez. Y estúdialo paseándote de acá para allá. El movimiento ayuda, y el aire fresco también.
Me paseé de acá para allá con mi guión, pero me confundía de renglón a cada momento. Abrí la ventana y con el aire entraron las risas de la peluquería, el rock ruso y el estrépito de los secadores. ¿Por qué me encerraba voluntariamente y me condenaba a arresto domiciliario? Lo mío es el trabajo en equipo.
Al cabo de dos horas, después del cierre, había tres ejemplares del texto, junto a un tentempié y una botella de shiraz, encima de la mesa del comedor de mi casa. Bea se había declarado dispuesta a encargarse del texto de Viktoria (Trixi) y Alioscha quería decir el papel de Jan-Joachim (Max), aunque en ese momento estaba todavía buscando en Internet los billetes de tren a Zurich.
Le di a Bea un masaje en la cabeza y el cuello y mientras tanto le conté lo que ocupaba mi mente: la nueva dicha de Charlotte y Jan-Joachim y la separación de Viktoria y Matthias. Me parecía que se estaban produciendo desplazamientos que habían de desbloquear la visión de un rastro que hasta entonces quizá no habíamos podido descubrir. Pero, por muchas vueltas que le diera, siempre iba a parar a Matthias y a su intento de tomarme por tonto y atraerme hacia una pista falsa con sus bobadas sobre una misteriosa silueta, el gran desconocido.
Bea tenía los ojos cerrados; movió la cabeza como si mis manos fueran un suave motor.
—Esa maniobra de distracción —dijo— es tan transparente que casi se podría valorar como un reconocimiento de culpa.
—¿Crees eso de verdad?
—Por favor, sigue con el masaje —rogó Bea.
—Pero ¿y si Matthias está diciendo la verdad? ¿Y si ese desconocido estaba realmente en el aparcamiento?
—Pero entonces, dime, ¿de quién se trata?
—Del hombre al que desde un principio hemos prestado tan poca atención.
—Quieres decir… Perdona, Tom. Jan-Joachim ha birlado el jersey del osito, ha coqueteado y ha difamado, pero no ha asesinado a nadie.
—Tienes que entender —objeté— en qué situación estaba Jan-Joachim poco antes de que Zacharias fuera asesinado. Se han rodado cinco mil capítulos de Así es la vida. Su mejor amigo ha sido despedido y ha muerto. Le espera un papel en una silla de ruedas. Es muy deprimente. ¿No estamos de acuerdo en eso? Okay. Entonces sucedió.
—¿El qué?
—Charlotte Auerbach entra en la serie. Es decir, entra en su vida: irrumpe en ella, por así decirlo. Es descarada y viva de réplica. Al comprometerse con AELV arriesga su buena reputación como actriz cinematográfica seria, se lo juega todo a una carta una vez más. Tiene el valor que a él le falta. Posee la vitalidad y la determinación con las que él sueña. Jan-Joachim tiene que decidirse: odiar a esa mujer o amarla.
—Le regala flores.
—Exactamente. De pronto la vida vuelve a ser emocionante. Estando así las cosas, viene el guionista jefe y quiere echar a Charlotte. Para Jan-Joachim es una conmoción. La felicidad, las nuevas perspectivas en su vida sólo están empezando a perfilarse. Jan-Joachim piensa de una manera totalmente egoísta. Tiene que hacer algo. Sabe que Zacharias está ensayando en el plato a solas con Viktoria el domingo por la noche y decide hablar con él, de hombre a hombre. Vagabundea por el recinto de los estudios hasta que Viktoria sale del edificio. Entonces entra. Pero Zacharias se muestra intransigente. Dice que Charlotte no encaja en el equipo de AELV, que está sobrevalorada y ha sido una decepción. Puede que se exprese de un modo aún más drástico. Entonces a Jan-Joachim se le queman los fusibles.
—Tu teoría me parece tremendamente verosímil —dijo Bea—. No puedo descubrir ninguna falta de lógica. Sólo hay un problema: necesitas una prueba.
—Por supuesto —respondí—. Y por desgracia no la hay.
—Por eso tienes que dar ahora el siguiente paso —prosiguió Bea—. Tienes que planteárselo a Jan-Joachim cara a cara.
—De eso nada —Alioscha estaba en la puerta—. Ese hombre es imprevisible. ¿Qué pasa si se le queman los fusibles otra vez?
Bea me miró.
—Muy bien —dijo—. Nada de planteamientos cara a cara. ¿Qué hacer entonces? ¿Llamar a la Glaser? ¿Esperar que haga lo que tiene que hacer? —se puso en pie—. Estoy cansada. Si no tenéis nada en contra, preferiría irme ya.
Mientras yo reunía las hojas del guión, mi texto, en la mesa del comedor y colocaba ordenadamente las notas una encima de otra, Alioscha preguntó:
—¿He dicho algo que no debía?
—No —contesté—. Tienes toda la razón. Deberíamos dejar todo el asunto en manos de la policía.