12

En el camerino de Charlotte había flores frescas, como todos los lunes. Puse en otro sitio el jarrón con jacintos. A las nueve de la mañana el aroma era excesivo para mí.

En el tocador, delante del espejo, se apilaban los antiguos guiones, muy deteriorados. Yo necesitaba espacio para mi estuche con el peine y las tijeras, el fijador y la laca, y no quería perderme la escena que en ese momento se estaba grabando abajo, en el plato, y que se transmitía por el canal estudio. Era la que Lukas había arrojado a la tumba del guionista jefe.

GLORIA Y MAX TIENEN EN LA MANO SENDOS VASOS CON BEBIDAS ALCOHÓLICAS. EN EL FONDO SE VEN INVITADOS A LA FIESTA.

GLORIA (en tono confidencial):

¿Puede usted creer que Trixi hizo pedazos una foto de nuestro padre y la tiró a la papelera sin más?

MAX (hipócrita):

¿Eso hizo?

GLORIA (preocupada):

Y cuando le pedí explicaciones afirmó que no tenía nada que ver con ello. No comprendo a mi hermana. Ya no tengo comunicación con ella, sencillamente.

MAX MUEVE LA CABEZA CON FINGIDA SIMPATÍA.

Yo me sabía la escena de memoria. Con Bea y Alioscha, la había analizado frase por frase, palabra por palabra en el papel.

Esperábamos encontrar algo, un mensaje cifrado, una explicación de por qué Lukas había arrojado al guionista jefe asesinado la hoja que contenía aquella escena. ¿Por odio, por desprecio?

GLORIA (más tranquila):

Es un alivio hablar con usted, Max. Y ver que hace todo lo que puede por Trixi. Con el empleo en su nueva agencia tiene por fin un propósito.

MAX (afectuoso):

¿Por qué no nos tuteamos? Llámame Max.

GLORIA (en un susurro):

Y tú a mí Gloria.

MAX MIRA A GLORIA FIJAMENTE A LOS OJOS.

GLORIA LE SOSTIENE LA MIRADA. PARECE COMO HECHIZADA. SUS ROSTROS SE APROXIMAN…

UN EMPLEADO:

Se ha terminado el champán. ¿Queda más en alguna parte?

MAX (disgustado):

Ahí atrás.

GLORIA APROVECHA LA OCASIÓN Y ESCAPA TURBADA. MAX LA SIGUE CON UNA MIRADA PENETRANTE.

Un aviso por los altavoces: «Quince minutos para el cambio de vestuario, luego seguimos con el 5048, escena 7. Charlotte y Viktoria, estudio dos».

Era la primera vez que el figurante Lukas decía una frase ante la cámara en Así es la vida. Incluso había dicho dos frases: «Se ha terminado el champán. ¿Queda más en alguna parte?». Quité el sonido al canal estudio. En realidad, los extras no tienen texto.

—Siéntate —dije a Charlotte cuando volvió al camerino. Para la siguiente escena, una escena nocturna de insomnio, quería crearle un elegante look out of bed. Ahora había que apresurarse.

Pero Charlotte se puso a buscar algo.

—¿No habrás traspapelado mi guión, Tommy? Aquí están sólo las antiguallas.

—No. Vamos a empezar.

Mientras yo le atusaba el cabello con los dedos, entró Lukas sin hacer ruido, trayendo un tentempié a Charlotte; empujó a un lado mi estuche, que casi se cae al suelo, para poner el plato en el tocador al alcance de Charlotte. La sección de vestuario le había asignado una camiseta ajustada para su pequeña aparición, y entonces comprendí por qué aquella mañana había estado haciendo flexiones y abdominales como un loco.

—¿Qué tal estuve? —interrogó Lukas.

—¡Sugar, estuviste estupendo! —respondió Charlotte—. Creo que mi guión está en el decorado del salón, debajo de los cojines del sofá. También puede que se haya quedado en el de la consulta y la sala de espera, metido en el revistero. Si te das prisa aún podría echarle un vistazo rápido.

Lukas salió.

Trabajé con la plancha alisadora y Charlotte ladeó la cabeza. Ensimismada, sonrió a las flores, que con su perfume me agobiaban casi físicamente incluso allí, junto a la ventana.

—¿A que son maravillosas? —me preguntó Charlotte, y agregó—: Yo, en tu lugar, no habría dejado escapar a Lukas.

—¿Son de Lukas las flores? —con una ligera presión obligué a Charlotte a mirar de frente al espejo—. Qué interesante. Y por cierto: no le he «dejado escapar». Por el contrario…

—No tienes que decirme nada. Sé lo que es eso.

Antes de que pudiera objetar algo, Charlotte se volvió hacia atrás. Estaba allí la mujer de la sección de vestuario, que susurró:

—¿Qué te parece? ¿Está bien éste? Yo creo que este azul claro va muy bien con tus ojos.

Mostró a Charlotte un albornoz de seda.

—Gracias.

Charlotte, peinada con el pelo alborotado, tomó la prenda y se dirigió hacia la puerta; allí estaba, un poco jadeante, Lukas, que le entregó el guión.

Desenchufé la plancha.

Por Charlotte se iba corriendo a buscar algo que se había quedado sabe Dios dónde, le traía flores y hacía de rendido galán. Pero yo evitaba encontrarme con él. En realidad, desde el principio. Además, había logrado colarse en la serie utilizándome y haciendo creer a todos que era amigo mío. Y al cabo de apenas tres meses ya había dejado de ser un comparsa mudo para conseguir un minúsculo papel hablado. Un individuo perseverante.

En lo alto del montón de las «antiguallas» había un guión. En la cubierta ponía: «Así es la vida. Bloc 1009. Fecha de grabación: 20-24 de abril». Y en letra muy pequeña, abajo, en el centro: «Versión del 6 de marzo». En esa fecha aún vivía el guionista jefe.

Contenía exactamente los capítulos que se estaban filmando aquella semana. Pero la versión de la época de Zacharias ya no era actual. Había habido cambios. Tina había decidido también que se rehicieran varias escenas. Eso sucedía cuando alguien se ponía criticón, por ejemplo, los redactores de la cadena, o cuando a la productora misma le entraban deseos de cambio. Tal vez fuera interesante comparar aquella versión antigua con la nueva, especialmente con la escena en la que Lukas hacía de empleado.

«Los guiones deben tratarse confidencialmente», se leía allí. Y: «Toda contravención se sancionará como ruptura de contrato y puede conducir a un despido sin previo aviso».

Hice desaparecer el guión en mi bolsa.

—¿Has sido tú? —Viktoria estaba en la puerta. Tenía la voz trémula—. ¿Has escondido tú su jersey?

Iba vestida con un pijama, el traje para la escena con Charlotte, y llevaba al brazo un osito de trapo. En un primer momento creí que aquel peluche de panza y zarpas claras era un accesorio, simpático aunque un tanto infantil. Mi ademán de cogerlo fue un movimiento reflejo, porque Viktoria me lo había tendido con gesto acusador. Pero antes de que pudiera hacerlo ella lo estrechó de nuevo contra sí.

—¡Devuélvemelo inmediatamente!

—¿El qué?

—¡El jersey del osito! ¡No disimules! ¿Dónde lo has metido?

Me reí.

—No hablarás en serio, ¿verdad?

Al parecer, alguien se había permitido una broma con ella y su mascota. Menuda guardería.

Cuando iba ya de camino al despacho de Tina se oyó un aviso: «Una convocatoria más: por favor, madame de Schlaipfering, haga el favor de presentarse en el estudio dos».

Tina estaba sentada ante su escritorio y decía:

—No quiero ningún chamizo. ¡Quiero una boutique de lujo!

El hombre que estaba enfrente de ella recogió apresuradamente las fotos. Noté que Tina estaba bastante furiosa.

Cerré con cuidado la puerta detrás del hombre y dije:

—Quería hablar otra vez contigo de Zacharias y de lo que podía estar haciendo aquel domingo por la noche ahí arriba, en la galería. Me pareció que tenías una idea.

—¿Una idea? —Tina levantó los ojos—. ¿Qué clase de idea?

—Una sospecha.

Tina miró con fijeza hacia delante. Pensé que estaba tratando de recordar. Pero no hacía más que mirar la pantalla de la televisión. En el canal estudio se veía aún a Charlotte y a Viktoria, ambas peinadas en un estilo out of bed y con una taza en la mano, una bebida caliente.

—¿Por qué narcisos? —inquirió Tina. Después chilló al auricular—: ¿Lo tenéis todo? ¡Está programado para primeros de junio! —colgó y me preguntó, distraída—: ¿Dónde estábamos?

—En lo que hablamos en el Seehaus.

Entró el ayudante.

—Disculpa. ¿Has echado un vistazo ya a los futures?

Tina cogió un texto.

—¡No hay cronometraje! ¡No han hecho cronometraje!

Ahora la cuestión era si los guionistas estaban «amputados del cerebro» o si había que aplazar la reunión con la redacción. Sí y sí.

Tina se oprimió las sienes con los dedos y cerró los ojos. El ayudante cerró la puerta al salir.

Un último intento:

—¿Te apetecería ir a cenar conmigo esta tarde, con toda tranquilidad?

Tina suspiró.

—Me gustaría mucho, Tommy.

—Magnífico. Entonces vamos a…

—Por desgracia estoy citada con la comisaria, con esa señora Glaser.

Renuncié.

Ya tenía la mano en el tirador, aunque aún no había salido, cuando Tina añadió:

—No hago más que preguntarme qué tiene que ver Viktoria… —aguardó a que hubiese cerrado de nuevo la puerta— con el asunto. El lunes la esperaba una escena difícil. Sé que quería discutirlo punto por punto con Zacharias el fin de semana sin falta.

—¿No es el preparador de actores el que se ocupa de eso?

—¿En fin de semana? —Tina soltó una risita—. No. Para esas cosas Viktoria siempre prefería acudir a Zacharias. Llevaba días tratando de convencerlo para hacer un ensayo.

—¿Te refieres a un ensayo en el plato? ¿En la galería? ¿Quizá el domingo por la noche?

Tina se encogió de hombros.

—Pero eso tiene que quedar entre nosotros —concluyó—. ¿O crees que es mejor que le hable de ello a la señora Glaser?

Me miró como si esa cuestión fuera el problema más grave.

Cuando metí la llave en la cerradura, el reloj de la iglesia daba las ocho. Había pasado la hora de AELV; era muy posible que la hubieran vuelto a ver tres millones de personas.

Allí, en casa, no se oía ningún sonsonete de televisión ni de rockeros rusos. Agradecí aquel silencio. La alfombra de piel de cordero estaba extendida sobre el parquet. Olía a cebollas y ajos.

—¿Alioscha? —llamé. No hubo respuesta. Puede que hubiera salido a tomar el aire.

Tiré la bolsa sobre la mesa del comedor; el guión se salió de ella. Casi lo había olvidado.

Ojalá Lukas Schmidt-Denninger, Tina Schmale, Viktoria Peichl, toda esa pandilla, ojalá me vinieran con sus confesiones, como hacen mis clientas en la peluquería… ¡Lo que había tenido que oír aquella misma tarde!

Me dejé caer de espaldas en el sofá y mandé los zapatos a cualquier sitio.

Theadora, por ejemplo. Había venido sólo a cortarse las puntas. Quince minutos, profundos suspiros incluidos, le bastaron para informarme de que su marido, el japonés, un auténtico global player, había estado sexualmente disponible tan pocas veces ese año que se podían contar con los dedos de una mano, y eso incluyendo Nochevieja y Año Nuevo.

Sin duda tiene que ver con la intimidad que surge cuando palpo el cabello con las manos, rozo el lóbulo de la oreja o toco las sienes o la nuca.

Vera, en cuyas mechas, desde que le corté el pelo, habíamos pasado del rubio medio al rubio dorado claro, tenía otro problema. Reconoció que azuzaba a su nuera contra su propio hijo.

—No puedo hacer otra cosa —chilló—. Cada día se parece más a su padre.

Seguro que también tiene que ver con la mirada en el espejo, que nunca es crítica, siempre interrogadora y a menudo comprensiva. Y, por añadidura, con el chasquido de las tijeras, que llena las pausas en la conversación con su sonido un tanto arcaico.

A Lissy, crónicamente escasa de dinero, incluso le había hecho una vez un corte gratis, y mientras tanto me había enterado de que acordaba citas por Internet —Lissy las llamaba «cenas a la luz de las velas»— sólo para conseguir una comida caliente de vez en cuando.

—¿Crees que es una forma de prostitución? —me preguntó.

Yo la tranquilicé:

—No, Lissy. No es más que una forma de pragmatismo.

En el cuarto de baño, abrí los grifos y me decidí por un producto para baño de vainilla, almendra y cafeína, parte de una línea propia de cuidados que había sido un éxito como regalo de Navidad. Dejé el guión en el borde de la bañera para leerlo. Me quité la camisa y el pantalón y de pronto me acordé del resto de crémant que había en el frigorífico.

Oí las voces justo cuando me estaba preguntando por qué estaba cerrada la puerta de la cocina. Entonces se abrió.

—Ahí está —dijo Alioscha, y me preguntó—: ¿Tienes hambre?

En la mesa había una botella de vodka.

Christopher quitó los pies de la silla.

—Aún hay algo de pasta.

—Pero ponte algo —terció Stephan, aplastando su cigarrillo.

Volví al cuarto de baño y cerré los grifos.

La perplejidad y la compasión eran casi tangibles en el vaho de cigarrillo y cebolla, ajo y tomate. Nadie podía entender lo que le había pasado a Régula. Pero si todo era perfecto: Munich-Schwabing, los niños, el tío peluquero, el abuelo Auerbach; a todo eso quería renunciar aquella mujer por una empresa que ella transfiguraba de una manera romántica y por unas cuantas fábricas de ropa que producían beneficios aun sin su intervención. Yo tenía mala conciencia porque el problema de Christopher con Régula se había agravado aún más a causa de mi iniciativa telefónica.

—Lo siento —le dije mientras pinchaba con el tenedor los tallarines con salsa—. Mi discusión con Régula tomó un rumbo totalmente equivocado.

Christopher fumaba. Alioscha servía el vodka.

Me pareció bien que Stephan analizara el caso como alguien ajeno a él. De todos modos, había conseguido irse nada menos que a Nueva Zelanda para salvar su relación, por la que yo ya no daba un céntimo.

Afirmó que los hombres somos demasiado gentiles y que Christopher era el mejor ejemplo de ello. Era muy imaginativo, y no sólo cuando se trataba de emprender tal o cual negocio en Internet. También tenía aptitudes prácticas poco comunes: planchaba las blusas de Régula y arreglaba la excavadora de juguete de Jonas. Y eso de que pronto le fuera a colgar una pequeña barriga por encima del cinturón, Dios mío, eso eran cosas superfluas —lo mismo que, dicho sea de paso, la frente despejada—, y dice mucha gente que es sexy.

La solución que propuso Stephan, dar un buen puñetazo en la mesa y ya está, halló la aprobación general; pero en cierto modo armonizaba con el vodka, los cigarrillos y Tom Waits, que retumbaba por allí, desde que había llegado a la mesa la segunda botella. Sin embargo, de un abogado que ni siquiera entonces se quitaba la corbata se hubiera podido esperar algo más.

—No hay quien entienda a las mujeres —Stephan concluyó su defensa y encendió otro cigarrillo.

Christopher le puso a Alioscha una mano en el hombro:

—Alégrate de no tener ese problema con Tomas. ¿Sabes? Con Régula, todo el mundo tiene que bailar al son que ella toca. Tomas es completamente distinto. Míralo ahí sentado, tan relajado, tan…

Cuando Alioscha me miró con aquel surco entre las cejas, enmudeció también Tom Waits. Pensé en nuestra discusión de aquella tarde. Y en la del día anterior. Lo cierto es que reñíamos casi a diario desde que él venía a la peluquería. Porque se hacía el sordo. Porque no quería entender que la manera de trabajar de Kitty era mucho más eficaz que aquel caos que él organizaba cada día.

En aquel instante se me ocurrió una idea:

—Christopher, ya sé lo que tienes que hacer —todos me miraron—. Es sencillísimo y totalmente evidente.

Apenas había explicado cómo Christopher podía hacer que Régula renunciara finalmente a sus planes de Zurich sólo con ponerse al frente del asunto de una manera consistente y sin escrúpulos, cuando se armó. Alioscha hallaba genial mi estrategia; Stephan, por el contrario, demasiado arriesgada. Christopher los miraba alternativamente mientras escuchaba sus argumentos a favor y en contra de mi propuesta. Pero para mí ya no había nada que discutir. Puedo evaluar a mi hermana tan bien como a mis clientas de la peluquería. Sabía de sobra qué confesiones me esperaban las siguientes semanas y meses: en breve, Theadora se echaría un amante, Vera concedería refugio a su hijo sin hogar, ¿y Lissy? Naturalmente, más tarde o más temprano se enamoraría de uno de sus protectores.

Pero por lo que atañe a la gente de Así es la vida no tenía ni idea. Lukas traía guiones, tomates con mozzarella y jacintos. Viktoria buscaba al ladrón que había robado la ropa de su osito. Tina dirigía un regimiento duro como el hierro, sin que la tropa pareciera entenderlo. Y yo sospechaba de todos y de ninguno. Sin embargo, la solución estaba mucho más cerca de lo que yo pensaba.

—¡Gracias, peluquero! —me dijo Christopher al despedirse—. Te tendré al corriente.

Cuando fui al cuarto de baño vi que la bañera estaba llena y el borde vacío.

La precipitación con que metí el brazo en el agua fría era absurda. Una vez en el agua con vainilla, almendra y cafeína, el guión estaría de todos modos hecho una pena.

Alioscha me tocó en el hombro. Prudente como era, había dejado el guión en la repisa de la ventana, con las revistas viejas.

Busqué la escena en la que Lukas decía sus dos frases. ¿Qué capítulo era? Tal vez hubiese alguna diferencia entre aquella versión y la que se había filmado hoy. Pasé las hojas. Capítulo 5048. La escena de la fiesta. Leí:

GLORIA Y MAX TIENEN EN LA MANO SENDOS VASOS CON BEBIDAS ALCOHÓLICAS. EN EL FONDO SE VEN INVITADOS A LA FIESTA.

GLORIA (en tono confidencial):

¿Puede usted creer que Trixi hizo pedazos una foto de nuestro padre y la tiró a la papelera sin más?

Me sabía el texto de memoria. Me salté unos pasajes y leí más abajo, al final de la escena, donde entra el empleado cuyo papel hacía Lukas.

MAX MIRA A GLORIA FIJAMENTE A LOS OJOS.

GLORIA LE SOSTIENE LA MIRADA. PARECE COMO HECHIZADA. SUS ROSTROS SE APROXIMAN…

UN EMPLEADO:

Se ha terminado el champán. ¿Queda más en alguna parte?

Volví a hojear el guión. Fui hacia atrás. Fui hacia delante. Nada. Faltaba una hoja.

Alguien había arrancado el final de la escena del ejemplar de Charlotte.