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Un vistazo al plan de rodaje me deparó medio día libre. No contaba con ello. Para más seguridad, llamé a Charlotte. Su padre, el viejo Auerbach, me lo confirmó: no había grabación. No dijo «Charlotte», sino «Charly», como treinta años antes, y añadió con gran circunspección:

—Charly está buscando piso.

En mi despacho, me puse con el archivo, pero al cabo de menos de media hora tuve claro que era una tontería pretender, en un único medio día libre, despachar lo no despachado.

En el salón reinaba una atmósfera relajada, aunque —como ya había sucedido el jueves de la semana anterior— casi se habían acabado las toallas porque a nadie se le había ocurrido poner la lavadora. Me desaté en improperios y exclamé, entre otras cosas:

—¡Chicos, esto no puede ser!

Alioscha y los empleados se lanzaron una de esas miradas… pero yo ya se lo había explicado a Tina: ése es el papel del jefe. Por mi compromiso con Así es la vida estaba pagando el precio de que en la peluquería aparecieran poco a poco condiciones rusas. Mi gente estaba a punto de instalarse en la desidia. Yo tenía dos posibilidades: empeorar el clima con mis gritos o restaurar mi imagen y recordar a mis empleados que también puedo ser un jefe bueno.

Me dirigí a Dallmayr antes de que la hora de comer desencadenara el asalto a los hirvientes mostradores.

Para no tener que abrirme camino por la calle Kaufinger, tomé la tranquila paralela, la Löwengrube, y de repente fui a dar a la pequeña calle Ett, delante del enorme edificio con altas ventanas, un friso y un aforismo sobre el portal: «El noble aspira al orden y a la ley». Allí reside la policía de investigación criminal de Munich.

Era sólo una idea, un intento. No me imaginaba que la comisaria, aquel martes 21 de abril poco antes de la hora de comer, sin haber quedado antes, estaría dispuesta a recibirme.

—Por favor —dijo la voz por el micrófono, detrás del cristal blindado—. La señora Glaser le espera. Despacho 308.

Conozco el camino y sé cómo es el edificio por dentro, con las plantas, los muebles gastados, la escasa luz y el olor a productos de limpieza. La policía no residía sino que se acurrucaba allí, pensé al entrar en el despacho y ver a Annette Glaser sentada detrás de su mesa.

—¿Qué hay que sea tan urgente? —me preguntó, indicándome una silla con un movimiento de cabeza.

—Es que estaba por aquí cerca —quise ser totalmente sincero, sólo que no debía parecer mortificado—: Se trata de nuestro caso, Zacharias Rosendráger. Antes, a usted siempre le interesaba lo que yo sé y lo que pesco así, de pasada.

Buscó por la mesa con la mirada.

—Y, exactamente —inquirió—, ¿qué es lo que ha pescado así, de pasada, sobre nuestro caso?

De repente tuve la sensación de que mis indicios —un papel estrujado sacado de la tumba del asesinado y una hoja arrancada del guión— eran una simpleza. Tal vez la idea de acudir allí hubiera sido demasiado espontánea.

—Por desgracia no puedo inspirarle nada; lo siento.

—No se haga el ofendido ahora.

La señora Glaser se apoyó en el respaldo y esperó a que me hubiera vuelto a sentar.

—De todos modos pensaba llamarlo en los próximos días. Es usted el primero de mi lista —sonó su teléfono, pero ella no le hizo caso—. Esa productora de televisión es una sociedad cerrada. Un lobo no muerde a otro lobo. Usted, por el contrario, se ha metido por medio.

—¡Justo!

—¿Entonces?

—La impresión que tiene usted de los lobos y todo eso… tengo que darle toda la razón. Hay un asesinato y en la productora está todo el mundo tan contento. Pero no es de sorprender. La muerte de Zacharias Rosendráger y todo ese espectáculo han resuelto un gran problema en Así es la vida. ¿Sabe una cosa? Los índices de audiencia se han estabilizado a un nivel bastante decoroso y nadie tiene motivos ya para preocuparse por su puesto de trabajo. La verdad es que todos deberían besarle los pies a Zacharias Rosendráger; quiero decir, a su asesino.

La comisaria dejó escapar una breve carcajada.

—¿Quiere usted decir que ése pudo haber sido un móvil? —me preguntó.

Se incorporó, alargando el brazo, para coger una carpeta que estaba sobre la mesa, y se dejó caer de nuevo en su silla.

—¿Qué hay de la vida privada de Zacharias Rosendráger? —pregunté.

—¿Vida privada? —murmuró, mientras pasaba las hojas—. Así es la vida era su vida —hizo un gesto hacia la mesa a la que habitualmente se sentaba su ayudante—. Así lo expresó él hace poco.

El lápiz de labios, según me pareció, se lo acababa de aplicar. Llevaba una blusa camisera a cuadros, más bien rústica de no ser por la guarnición de encaje que rodeaba el escote cuadrado. Si uno tuviera que hablar del estilo de Annette Glaser, aquellas cómodas blusas camiseras serían muy reveladoras. Pero ¿de qué servía aquello? Ella tenía criminales que atrapar y yo no estaba en la policía del gusto.

—¿Qué hacía Zacharias Rosendráger en el estudio el domingo por la noche? —interrogué.

La comisaria dijo, dejando vagar la mirada a un lado y otro:

—Posiblemente no hacía más que informarse sobre los progresos en la construcción de los decorados.

—¿Hubo lucha?

La comisaria negó con la cabeza.

—Lo empujaron por detrás. El ataque fue totalmente inesperado. No tuvo ninguna oportunidad.

—¿Hay pisadas del asesino?

—Tenemos un montón de pisadas. Los constructores de los decorados iban a toda prisa. Pero todavía no hemos podido identificarlas todas.

Puede que Tina no le hubiera revelado nada de los problemas del guionista jefe con Viktoria Peichl.

—El domingo, antes del asesinato, ¿recibió Rosendráger alguna llamada?

—Ya lo creo —citó de los documentos—: la señora Schmale, el señor Schmidt-Denninger, la señora Auerbach y otra vez la señora Schmale. Estuvo sin parar todo el fin de semana, en el móvil y en el fijo. La última llamada fue de la señora Auerbach, de móvil a móvil.

—¿Cuándo?

—Poco después de las diez de la noche —la comisaria cerró la carpeta—. Señor Prinz, me alegro de que haya venido y de que hablemos. ¡Pero yo esperaba que me contase algo interesante!

—¿Recuerda la última vez que la llamé? Fue hace dos meses.

—Seis semanas antes del asesinato. Se trataba de Johannes Beyerle, el antiguo actor, el suicidio. Lo recuerdo.

—No. Se trataba de su sobrino Lukas.

—Es verdad. ¿Qué pasa con él?

Le expliqué cómo aquel individuo, en contra de la opinión de Zacharias Rosendráger, se había metido de extra en la serie a base de trampas, utilizándome a mí para ello e inventándose la historia de que éramos amigos. Quería conocer el mundo de su tío. Averiguar quién le había jugado una mala pasada en AELV. ¡Todo cuentos! En realidad, se dedicaba a coquetear con la actriz Charlotte Auerbach y a hacer gimnasia, y no perseguía más que un fin: ascender de extra a actor; era ambicioso y astuto y se valía de todos los medios a su alcance.

—¿No le parece eso sospechoso?

La comisaria me miró durante varios segundos. Luego movió la cabeza.

—No.

Me puse en pie. Lo cierto era que tenía que irme.

—¿No tiene usted nada concreto? —me preguntó la comisaria.

—Lo único —respondí— sería esta nota estrujada.

Le conté lo del entierro, al que ella no había asistido, y la forma en que Lukas había arrojado a la tumba la escena de la fiesta del capítulo 5048. En la que él —como ya se había comprobado en la grabación en el plato, por la mañana— decía por primera vez dos breves frases precisamente en aquella escena. Annette Glaser tomó nota. Le dije que había una versión antigua del guión, la versión original, hecha estando aún Zacharias.

Y que yo no había podido comparar la escena antigua con la nueva porque justo esa escena había sido arrancada del antiguo guión.

—Una cosa estrujada y otra arrancada —Annette Glaser daba vueltas al lápiz.

—Lo siento —repliqué—. No tengo nada más concreto.

—¿Dónde están las dos cosas… la nota y el guión?

—El guión está en mi casa y la escena tendría que estar aún en la peluquería, probablemente abajo, en la cocinita.

—¡Torsten! —llamó la comisaria.